With Wand’ring Steps

Edward Alcock: Portia y Shylock, 1778. Yale Center for British Art, New Haven.

Edward Alcock: Portia y Shylock, 1778. Yale Center for British Art, New Haven.

Hacia el fin de esa tímida (en cuanto a su pública difusión) masterpiece, The Merchant of Venice de Michael Radford, las escenas se desenvuelven según la providencia prescrita por Shakespeare: Shylock se precipita en la derrota y en la forzosa conversión a la fe de la cruz; su fortuna se disgrega entre su falsa hija y el hombre que la ama; Bassanio y Gratiano se reúnen en intimidad con Portia y Nerissa; Antonio, su causa triunfante, sus barcos salvados de las aguas, sus dineros intactos, deambula en cierta lenta soledad por los cuartos del palacio; sólo Shakespeare sabe acerca de qué afectos su rostro agoniza.

Surge el amanecer. Las barcas silenciosas se hacen a la pesca sobre el lago. El sol de la voz de Andreas Scholl despierta y derrama sobre el humilde espectador, el agradecido y asombrado espectador, las líneas que Milton sólo previó para su paraíso perdido, y que, bien desde la ambigua profecía, bien desde la precaución en la que Shakespeare se afanara para que todo verso derramado por su pluma pluguiera a cualquier instante de la realidad humana, parecen pertenecer a la Obra, a aquella obra cuyo final no avizoramos y que quizás escriba, como creen los creyentes, el Espíritu, si es verdad (tal vez sólo es deseo) que la historia, toda historia, desde la inflexible muerte de Enkidu o el derrumbe de Ilión hasta la helada e ignorada destrucción de hombres anónimos bajo la nieve del gulag, es una crónica extensa y casi infinita que el porvenir labrará hasta que el mundo carezca de lenguas y los amados y los amantes abandonen, una vez más, su Edén, que al comienzo de toda jornada ganan, y a su final extravían, como lo quiere el despecho de los dioses, quienes, misteriosa y resignadamente, envidian la rústica fragilidad del mortal:

The world was all before them,
Where to choose their place of rest,
And providence their guide:They hand in hand
With wand’ring steps
And slow,through Eden
Took their solitary way.

La libra de carne que Shylock exige de Antonio el mercader es la concreta consumación del amor que, en los límites de la recta razón isabelina, podían prodigarse Antonio y Bassanio; los anillos que Bassanio y Gratiano ceden a Portia y Nerissa, aun ignorantes de esa comedia de disfraces previsibles bajo los que ambas se han disimulado, son la solemne promesa de que el orden del dios iracundo que aconteció after the Fall obtendrá su tributo. Cada quien, entonces, with wand’ring steps, proseguirá su camino.

HB

Hilda

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Albert Anker: A la luz de la vela, 1875. Colección privada.

Suele ser una fortuna el gozar de los encantos de la ambigüedad. En su niñez, menos dramática de lo que su crónica tiende a exagerar, Truman Capote fue malcriado por su tía y su prima maternas, Edna y Nanny Faulk. La infelicidad personal de esas mujeres se tradujo en férreo amor por Truman, cuya madre era, en su afán por lograr ansiado ascenso social, olvidadiza. Edna y Nanny intercambiaban silenciosamente grados de parentesco en sus cotidianos puestos en la cocina y los jardines de una finca del profundo Sur de los todavía borrosos Estados Unidos de la primera posguerra.

Tantos varones crecemos rodeados por el afecto constante de tantas mujeres que remedan (algunas hasta la perfección del rol) la maternidad, y alguna que otra distante y rígida presencia de hombre. Invariablemente acudimos a ese término múltiple, tía, que designa sin precisión a primas mayores, primas lejanas, aun vecinas. En esos matriarcados mansos anidaron gentes notables: Reinaldo Arenas, Vargas Llosa, Capote, Lovecraft.  A pesar del carácter pacífico de esos hogares, los destinos que luego se abren para quienes maduran son harto distintos, aun trágicos.

La décadas decretan que los años deban consumar sus puntuales asesinatos. Ocupados en esa tarea rústica que es el vivir, destruimos el espejo que refleja al niño solitario que fuimos, al que la paciencia y la piedad de las entonces jóvenes tías rescataban de la siesta; con esa dureza intentamos devolver los golpes que rutinariamente inflige el mundo. Un mensajero nos informa que la delgada y esbelta tía Hilda muere; durante unos instantes perplejos somos nuevamente un dulce, una taza de té y un juguete; tan poco era necesario para provocar nuestra gratitud y nuestro fervor. El universo se despoja de tías, de lejanas primas y de madres encarnadas y frágilmente poderosas, y comprendemos, con amargura y cierta resignación, que hemos quedado algo más solos, como quienes oyen la lluvia.

HB

 

 

Los que vamos a morir

Michelangelo Merisi da Caravaggio: Muerte de la Virgen, 1606. Musée du Louvre.

Michelangelo Merisi da Caravaggio: Muerte de la Virgen, 1606. Musée du Louvre.

Aquejado por la falta de luz y la terca sordera, Sir Edward Downes, sabedor de que su esposa, que ha cuidado de él desde que cayera sobre sus ojos el crepúsculo, padece un incurable mal, sostiene con ella una breve conversación en un jardín. La decisión es mutua. El 10 de Julio de 2009, en Zürich, serán ayudados, juntos, a cesar. La noticia permanece por unos cuantos días en los espacios que la prensa reserva para curiosidades.

En fecha indeterminada de, quizás, Febrero de 2014, Oriella Cazzanello, bellísima mujer de alrededor de ochenta y cinco años, viaja a Basilea, habiendo decidido que su tiempo se ha cumplido. No comunica a nadie la resolución; de casi perfecta salud, erguida y padeciendo orgullosa soledad, sólo su abogado recibirá una carta cuando su voluntad suceda. Es de exigida elegancia afrontar ciertos momentos arduos en secreto.

A los siempre tempranos veintinueve años, Britanny Maynard, sufriendo de dolor que nubla cerebro e intelecto, se anticipa a la jugada del azar y elige morir en paz el 1 de Noviembre de 2014 en Oregon, antes de que la enfermedad comience a desintegrar sus capacidades. Invariablemente opinando desde el error, los círculos vaticanos se empeñaron en condenarla. Quizás crean que el infierno que la teología reserva a los réprobos es más temible que la voraz destrucción diaria de aquello que alguna vez fue un ser humano.

Lo sostuvieron no sin sabiduría los epicúreos: non fui, fui, non sum, non curo. Es raro, tal vez fabuloso, poder vivir según lo queramos; es nuestro sereno derecho poder morir evitando aquello que Gombrowicz llamaba la cosa concreta, la verdadera realidad: el dolor (la chose concrète, la vrai réalité, c’est la douleur). Es de recordar que no todas las dolencias aquejan al cuerpo: el hastío, la servidumbre hacia hechos ingratos, el perpetuo desánimo, son variaciones dolorosas de las que también es lícito huir.

¡Oh, muerte, ven callada, como sueles venir en la saeta! El verso magnífico es obra de Andrés Fernández Andrada y quiere la buena fortuna que lo encuentre el lector en una referencia en la que Borges, que no olvida citar a quien la recogiera, Pedro Henríquez Ureña, rememora que la sombra de Tiresias promete a Ulises una muerte feliz; es decir, sin agonía, sin inútil combate. No a todos sonreirá, como a Cayo Julio César, el sol de que se cumpla el deseo de una muerte inesperada, la que escogiera como la más favorable al moribundo, aun para quien ignora que lo es, en la víspera de los idus de Marzo. Para los que vamos a morir, existe ese placer, casi ese deber, el de la calmada dignidad.

H.B.

L’Heure Bleue

81S6Qkxg93L._SL1500_“Los viejos textos que ha olvidado el escritor son fuente, las más de las veces, de solitario arrepentimiento. El origen de esta nouvelle (ese género tan gratamente circunspecto en lo que toca a la extensión) es antiguo y ya confuso: una serie de lecturas de Thomas Mann y Winfried Sebald me había empujado a la torpísima emulación y a la innecesaria prisa. L’heure bleue fue escrita, sus vaivenes retóricos lo confiesan, en algo más de una semana, en un verano bajo un sol que no era el de York, en el año 2007. La redacción, que no es dichosa, se presentó accesible; el más grávido de mis errores fue ensayar un final que revelara un asombro. Fracasé. Parcialmente debo a esa derrota previsible esta versión, de renovada impotencia estética pero menor ambición narrativa. Prodigué indiferencia a ese primer intento hasta la mitad de 2011; fue entonces que cedí a la tentación de publicar. El carácter inofensivo de esa mínima vanidad me absuelve de justificar, en las páginas que siguen, las correcciones y omisiones, las interpolaciones y modificaciones que opté por operar. La literatura es una forma pública de intimidad: carente de propósito valedero, el escritor se empeña en mejorar una creación que será siempre pródiga en imperfecciones. De haber sido el universo obra de una inteligencia inmóvil (no lo es), quizás el oficio de escribir fuese secreta imitación de esa larga, divina contrición.”

“No hay, la comprobación es evidente, paraísos que nos sean fieles, pero contamos con la colaboración de obcecados infiernos. Puede la vida de un hombre ignorar por completo aquello que lo hará feliz (un consuelo será, quizás, imaginarlo), pero el mundo es pletórico en desgracias, algunas de ellas excéntricas. He intentado prefigurar una realidad en la que la dicha poseyera creciente declinación y su antónimo, además de reiteración incremental, omnipresencia. He pensado en una hora hospitalaria pero vacía, la azul; la he poblado, aun sin destreza, de escenas incómodas y de inmensas soledades que se rehúyen. Finalmente, he deseado olvidarlo todo y renunciar para siempre a la redacción de esta obra, si es que esa palabra puede ser usada para estas páginas.”

“En nuestra casa múltiple y común, el pasado, mi hora, la que es más cara a ciertas borrosas nostalgias, es la mitad de la tarde, la quietud de la siesta adornada por la ensoñación, un acto lúbrico o la esperanza de una noche de modesta magnificencia. L’heure bleue pasó por mi vida, jornada tras jornada, casi sin huellas.”

H.B.

Hadrian Bagration: L’heure bleue. CSpace Editions, Scotts Valley, California, 2014. 56 páginas.

Edición electrónica: L’heure bleue. ADS, Seattle, 2014. 48 páginas.

Todo destino

Pietro da Cortona: César cede a Cleopatra el trono de Egipto, 1637. Museo de Bellas Artes de Lyon.

Pietro da Cortona: César cede a Cleopatra el trono de Egipto, 1637. Museo de Bellas Artes de Lyon.

Debemos la preservación de la escena a los festejos que siguieran al estreno de César y Cleopatra, obra menor de Bernard Shaw, en el Theatre Royal de Newcastle, el 15 de Marzo de 1899. Oscar Wilde envió un telegrama de felicitación que era a la vez (aun desde la relativa miseria de su refugio en el Hôtel d’Alsace) un acto de desdén: había razones para agradecer el exilio en Francia. Shaw, que era, no menos que Wilde, un table talk master, habló de su amistad con Mommsen: confesó que no había sido inspiración para su drama, pero que las largas tardes transcurridas junto al historiador obcecado en su asombro por Roma lo habían decidido a intentar un tema de la Antigüedad.

Mommsen era cortejado por el nacionalismo alemán; ese coqueteo era correspondido sin timidez. Le fastidiaba admitir que las legiones habían llegado al Albis (el río que hoy llamamos Elba). Un apretado combate con los restos de alguna tribu (Mommsen rescata la frase res ad triarios venit) animó a los romanos; las cohortes insistían en cruzar el Elba, pero los oficiales fueron prudentes; quién sabe qué tediosos misterios se ocultaban en los bosques germanos. De ese estrépito sobrevivió una carta; no hay región de la Historia que no contenga su magra porción de milagros.

Seguramente de rango tribunicio, el redactor se declara en la cuarentena; un veterano, quizás, de las campañas de Augusto en Hispania. Borges escribió sobre el lombardo Droctulft, que desairó a su plebe y sirvió a los romanos en el sitio de Ravena; mencionan a ese hombre (que los germanistas vituperan) Gibbon y Pablo el Diácono (la fuente, sin embargo, es Benedetto Croce); el tribuno reprocha a quien no leerá esas líneas el abandono de Roma, el furtivo cruce del Elba, la huida junto a los queruscos. Calla Mommsen sobre el estilo de amistad (φιλία) que unía a esos dos hombres: lamenta el mayor que el menor, del que nada sabemos, prologue, con una antelación de dos mil años, el final de Historia del guerrero y la cautiva: A esa barbarie se había rebajado una inglesa, desploma Borges. En los densos y oscuros bosques de la Germania, piensa lentamente el tribuno sobre al amigo perdido.

Mommsen (siempre de acuerdo a Shaw), que no compartía el perenne antisemitismo alemán, se maravillaba (was puzzled, de acuerdo al preciso original inglés) ante una línea: En algún rincón de la mente de Caín, el asesino fue Abel. No faltaban judíos en las legiones; Aureliano contó con ellos para su victoria en Emesa. Desde el instante en que la humanidad trascendió la crueldad de la naturaleza, no hay ley en el mundo que no pueda, aun por unos cuantos milagrosos segundos, cambiarse. Todo destino es un designio. Quizás el tribuno profesase una variante epicúrea del judaísmo (condenada por la Mishnah, que le rehusó su parcela en el mundo por venir). Querrá la leyenda literaria que un párrafo del Mémoires, en el que Adriano medita el albur de cabalgar hacia esa parte ninguna que eran las planicies de Panonia o de Dacia y desaparecer del mundo, tuviera en esos párrafos su origen. No lo revela Yourcenar.

Antes del fin de la fiesta, satisfecha la sed de brillo de Shaw, alguien preguntó qué se había hecho de esa carta. No lo sé, contestó Shaw. Jamás la he visto. Siempre he pensado que fue invención de Mommsen, para mitigar esas lentas tardes lluviosas. Él creía lo mismo de mí.

H.B.

Póstumo Keats

Benjamin Robert Haydon: Retrato póstumo de John Keats, 1821. National Portrait Gallery, Londres.

Benjamin Robert Haydon: Retrato póstumo de John Keats, 1821. National Portrait Gallery, Londres.

El más grande y mejor de los románticos ingleses, John Keats, (el juicio no empequeñece las estaturas, ya inmensas, de Byron o Shelley; tan sólo destina una porción más de asombro a aquél) muere acorralado por la pobreza y la enfermedad en Roma el 23 de Febrero de 1821. Son famosas sus palabras casi finales: carcomido por la tuberculosis y ansiando, inútilmente, la muerte, sus amigos le negaban la botella de láudano que oficiaba de primitivo anéstesico, para prevenir el suicidio. How long is this posthumous existence of mine to go on?, clamaba. Esa grata costumbre de morir con una broma en los labios, que quizás se iniciara con Sócrates, dio origen a una biografía (Posthumous Keats); Stanley Plumly examina, no sin curiosidad para el lector, los bocetos del rostro de Keats que la preocupación de sus allegados por su posteridad les moviera a intentar. Los retratos son, aun en su torpeza, logrados: nada que Keats inspirara se rebajó a la mediocridad.

Una reiterada superstición hace de los cultores de Keats cuidadosos guardianes de la memoria de su fiancée más notoria, Fanny Brawne; algo nada distinto ocurre con Kafka y Milena Jesenská. Amargos los tiempos en que las mujeres eran sinónimos reducidos de sus cónyuges; algo superficial la costumbre de explicar al artista o escritor por sus impulsos eróticos. Fanny Brawne fue la preferencia de un moribundo Keats; los cielos saben qué hubiese sido de la suerte de esa pasión de haber nacido Keats robusto y rico. Muerto Keats y acabado el luto de seis años que su prometida sostuvo, ella casó con un hombre cualquiera y parió tres hijos. Murió en 1865. Unos cuarenta años separan la muerte de ambos.

¿Quién o qué fue Fanny Brawne al cabo de cuatro décadas después de la muerte del hombre por el que guardó silencio ante la sociedad por más de un lustro? Keats se diluyó a causa de lo que la fragmentaria medicina de la época llamaba consumption, y cuyo padecimiento conllevaba estigma: el enfermo quizás la contrajera en razón de la debilidad de su carácter, de la locura o el placer solitario. Keats, desde Italia y sabedor de su sentencia, escribía a Fanny Brawne: Sobre dos lujos medito oscuramente mientras paseo: tu gracia y la hora de mi muerte. Fanny Brawne usó en sus épocas de luto el anillo que había unido ese frágil compromiso, acaparó cartas y miniaturas de retratos; laboriosamente insistió en retener la memoria de Keats. Su correspondencia se modificó según el paso de los años. Gradualmente habrá ido olvidando esos sentimientos. Las preocupaciones cotidianas nos acercan a la inmortalidad: las urgencias nos transforman en ínfimos dioses que deben abocarse a la tarea pueril de preservar la prole. El accidente, la enfermedad, la paulatina destrucción del cuerpo nos arrojan de ese inmerecido Olimpo, al que nunca agradecemos adecuadamente. En sus años finales Fanny Brawne, agotada la herencia familiar, recurrió a las sobras de Keats para legar a sus hijos la promesa de algún dinero. Entre esas reliquias figuraban las cartas que se habían deparado. Los críticos quisieron desdeñar aquéllas en las que Fanny Brawne reniega de su tiempo con Keats y lo juzga un hombre sin atributos. Alguien justificó esa dureza apelando a su condición de heredera tenaz; los años con Keats habían sido de escasez. Quizás en sus últimos meses haya abrigado la esperanza de que la fama (póstuma) de Keats pusiera sobre la mesa de sus hijos algo de alimento.

Fanny Brawne se nos antoja similar a los antiguos libertos: manumitidos por sus amos en sus  testamentos, dejaban la morada familiar bendiciendo su nombre; con el tiempo llegaban a detestarlo, porque los había hecho conocer, cuando esclavos, la servidumbre, aun cuando tomaran (era parte del romano ritual de los nombres múltiples)  el nomen de quien había sido su dueño. Tras años largos, morían con nostalgia, merodeando la casa en donde habían servido, echando de menos, con labios apagados por la vejez, la sombra de su señor.

H.B.

Bioy

1-Bioy-CasaresTantas gratas distinciones cupieron en la vida de Adolfo Bioy Casares que la monótona enumeración se antoja, en su caso, aún más tediosa. Acordemos en consignar una media docena, que puede resumirse en apenas unas cuantas palabras: la dichosa anticipación: en 1940 Bioy publicó La invención de Morel, fantasmagoría elegante que precedió en alrededor de medio siglo a la vulgar versión de la realidad virtual que es hoy herramienta de abuso común. Su clarividencia letrada no acabaría en ese volumen: en 1948 prodigó su primer libro de cuentos; en él se incluye La trama celeste; en la narración figura la hipótesis de una realidad múltiple pero igualmente voraz en cada uno de sus avatares. Casi una década después el físico Hugh Everett III asombraría, no sin provocar cierto risueño estupor, con su interpretación de la mecánica del quantum basada en la existencia de universos estrictamente paralelos. A diferencia de la literatura de Bioy, las osadas aseveraciones de Everett le merecieron cierto descrédito.

Adolfo Bioy Casares ha sido comparado con aquel excelente amanuense y entrometido biógrafo de Samuel Johnson, el abogado y diarista escocés James Boswell. La equivalencia puede ser elogiosa: Boswell sobrevive gracias al genio de su personaje, el doctor Johnson, quien no cesa de  aparecer inmenso como un acantilado de literaria extravagancia y belleza; Boswell se refugia en su sombra y halla bajo ese muro magnífico justificación y solaz. La dilatada amistad con Borges pudo ser para Bioy un acicate similar: también llevó Bioy diarios extensos en los que las conversaciones con Borges, aun las triviales y las escasamente agradables, se consignaron. Es al esfuerzo de Daniel Martino que debemos la preservación de esas joviales curiosidades. El talento fue quizás más generoso con Bioy que con las ofrendas con las que obsequiara a Boswell; aunque autor menor si es colocado junto a la gigantesca luz del ciego, Bioy fue un escritor envidiable y clásico; pocos de sus párrafos carecen de las serenas pasiones de la derrota y de la melancolía. A diferencia de Boswell, Bioy fue colaborador y par de Borges en textos que compusieron en somnolientas sesiones tras largas cenas. Al igual que Boswell, era Bioy un hombre de fácil seducción y de preocupaciones cosméticas. Johnson y Borges, sumergidos en el abismo del genio, no acertaban a hallar tiempo para las inquietudes de lo cotidiano. Ignoramos en cuál de esas posturas habita el error.

Bioy posee un privilegio secreto que, al igual que la robada carta de Poe, yace a la vista del mundo pero es difícilmente descifrado: nadie ha superado (es de sospechar que esa plusmarca no le será arrebatada) sus líneas finales sobre el final de la vida de Borges, en la querida, en la lejana, en la íntima Ginebra sobre la que escribió Conrad y en cuyas calles no coincidieron Jean-Jacques Rousseau y Ferdinand de Saussure. Dice Bioy, impecable y quedadamente fatigado por la dolorosa vía en la que se tradujo la predecible muerte de su amigo:

“Borges murió en una casa alquilada, cerca de la Grande Rue (tal vez la cruza). Estaba muy contento en esa casa y dijo que le hubiera gustado vivir allí cuando era joven y vivía cerca de la iglesia rusa. La casa no tiene número; la calle no tiene nombre, pero tiene llave, que es también la de la casa.”

“Bernès grabó a Borges cantando La morocha y otros tangos. Dice que en esa grabación Borges ríe con la risa de siempre.”

Adolfo Bioy Casares
15 de Septiembre de 1914 – 8 de Marzo de 1999

Hadrian Bagration