Venezuela entre la economía y la política

La terreur n’est autre chose que la justice prompte, sévère, inflexible; elle est donc une émanation de la vertu.

Maximilien de Robespierre

Francisco de Goya y Lucientes: El tres de Mayo, 1814. Museo del Prado, Madrid.

Francisco de Goya y Lucientes: El tres de Mayo, 1814. Museo del Prado, Madrid.

No otra cosa que conflicto preanunciaban en Venezuela las elecciones presidenciales del 14 de Abril de 2013. Algo menos de doscientos mil votos, una cifra ínfima y tormentosa, dieron el triunfo a Nicolás Maduro, el sucesor de Hugo Chávez cuyo carisma es la primera víctima de cada una de sus apariciones públicas. La victoria fue anunciada sin fervor y luego de horas de cavilaciones sordas. La alternativa entre George Bush y Al Gore en Noviembre de 2000 pudo haber sido igual de escandalosa, pero el sistema estadounidense prevé que esos malabares de números se diriman en las cortes. Las cortes suelen ser conservadoras y la colocación de Bush en la Casa Blanca no sorprendería sino a los cortesanos más tenaces de la fe democrática: Jean- François Revel dedicó un volumen, uno de los últimos de su obra, a bendecir y justificar la previsión de la prestidigitación política de Washington. Haya sido justa o falaz la concesión a Bush Jr., la apatía política del estadounidense medio siguió su rectilíneo curso y esa sociedad se encaminó a cuatro años (ocho a la sazón) de administración republicana esperando que los asuntos domésticos coexistieran en su acostumbrado tedio. La destrucción de las Torres, la respuesta militar en Afganistán e Irak y el advenimiento de la Posguerra Fría afectarían la vida de cientos de miles, quizás millones de estadounidenses, pero los Estados Unidos y sus zonas de influencia poderosa o débil poco o nada importarían al votante frío. Es la salud de la economía la que, en la democracia formal y funcional, decide una elección y la alternancia en el poder. La preeminencia de la economía sobre la política es total en los escenarios electorales del Occidente desarrollado.

América Latina ha aprendido a esquivar esa necesaria lección. Casi ningún analista político sagaz se atrevió a no desconfiar de la deslucida victoria de Maduro en las frágiles urnas de Venezuela, pero el apoyo de los clientes petroleros de la región y allende ésta restó ímpetu a las protestas de Henrique Capriles, quien aseveraba, no sin razones atendibles, que el triunfo había sido suyo. El mundo no perdió su compostura y, a excepción de alguna protesta mesurada, permitió a Nicolás Maduro ejercer el poder desde la jefatura del Estado y desde la ridiculez mística. La política se encaramaba sobre la economía, por razones económicas: los Estados Unidos adquieren buena parte del petróleo que Venezuela se permite producir, al tiempo que países como la Argentina dependen energéticamente de ese grato suministro y no pueden sino desear que el estado de cosas carezca de pánicos. El rumbo de la economía venezolana, por razones políticas, continuó su descenso a los infiernos; el derrumbe de la capacidad productiva de cualquier nación fomenta la disolución de las habilidades del sector privado para generar divisas y la torpeza (quizás imposibilidad) del sector público para suplantarlas. Venezuela ha optado por la economía planificada que no se propone un plan, sino la única ambición de ocupar hasta el último rincón de la actividad económica. No hay grado de eficiencia que resista una decisión de naturaleza tan osada y tan pobre: de allí que el Estado venezolano, miembro pleno de la OPEP y poseedor de ingentes reservas de petróleo, se vea obligado a recurrir a la devaluación permanente para sostenerse. Sólo en las fábulas existe la devaluación sin inflación y la inflación sin desempleo; sólo en las leyendas el desempleo encubierto puede sobrevivir sin emisión monetaria. Sólo en el ámbito del mito esos ingredientes de pócima de médico brujo no producen pobreza, y sólo en la fantasía de economistas sin lustre el estancamiento en que degenera la pobreza no produce miseria. Ahogada en el llanto del desatino económico parido por el delirio político, Venezuela estalló.

Conocemos la calaña de un gobierno merced a su comportamiento en las crisis. Maduro cuenta con todos los elementos imprescindibles para organizar una efectiva represión; los utiliza y los utilizará. En tanto la comunidad internacional emita ofendidos balbuceos, Venezuela responderá con sus exportaciones a China y su comercio de material bélico con Rusia. Washington, aleccionado por una guerra perdidosa en el Oriente Medio, reprende con tibia vehemencia a Irán y a Siria. ¿Por qué habría de ser su reacción diferente ante su bienamado proveedor, la Venezuela de Maduro? Sangre ha corrido en las calles de Teherán, Damasco y Caracas, pero es sólo sangre, un bien renovable; no es petróleo, y su valor, en la economía que rige a las relaciones internacionales, es sustancialmente menor. Los venezolanos que protesten y marchen a riesgo de sus vidas deben saber (y lo saben) que estarán apoyados sólo por la solidaridad de los sin poder y el silencio de los empoderados.

Es curioso, a la vez tétrico, el rol de Cuba en la crisis venezolana. Raúl Castro intenta en su país reformas harto cautelosas que desaconseja a su vasallo en Caracas. La conveniencia de Cuba consiste en intentar una apertura económica tímida y convertir a Venezuela en patio trasero, en siervo de la gleba atado al oro negro al cual trasmitir todo el saber totalitario para prometer a posibles inversores que sus activos estarán respaldados por petróleo venezolano. Quienes tachan a Barack Obama de socialista (ignorando las bases teóricas del socialismo) bien pueden condenar ahora a Cuba por proyectarse como potencia imperial al estilo decimonónico.

Cabe preguntarse, entonces, en qué se ha convertido Venezuela, qué clase de animales políticos, al decir de Aristóteles, la habitan. La respuesta es sencilla: Venezuela es una dictadura militar presentada como una democracia plebiscitada, un Estado fallido y quebrado que es mantenido en funciones sacrificando vida y bienes de su población sin otra meta que la perpetuación en el poder de la casta militar que Hugo Chávez prohijó y adiestró, un país sin siquiera el simulacro de la división de poderes y el sometimiento a la ley: no es fácil dictaminar quién es la ley cuando las cortes (ay, tan conservadoras pero eficaces, como en los Estados Unidos) se resignan a no aplicarla, el Presidente se somete a la fuerza armada y ésta obedece a la milicia popular, en parte venezolana, en parte provista por Cuba. Es un Estado que comunica a su pueblo quién debe triunfar en el innecesario acto electoral, un régimen que declara enemigos del Estado a todos quienes no se avengan a la genuflexión frente a sí. Es la supremacía de la política por sobre la economía, y el fin de ambas, subordinadas y suprimidas por el terror, económico y político. Venezuela es la patria póstuma de Robespierre. Quizás gobernar allí, y no sólo allí, le hubiera complacido.

Hadrian Bagration

Un intérprete

Je ne suis qu’un exécutant, je me borne à traduire. Mais on ne traduit que son trouble: c’est toujours de soi-même qu’on parle.

Marguerite Yourcenar: Alexis ou le Traité du Vain Combat (1929).

No soy más que un intérprete, me limito a traducir. Pero no se traduce sino confusión: es siempre de uno mismo de quien se habla.

The New Criterion

Pieter Bruegel el Viejo: El país de Cucaña, 1567. Alte Pinakothek, München.

Pieter Bruegel el Viejo: El país de Cucaña, 1567. Alte Pinakothek, München.

“En las universidades y demás instituciones a las que se les ha confiado la preservación y transmisión del capital cultural de nuestra civilización se han puesto en marcha deformaciones afines. La pseudoerudición propagada por una prosa bárbara y a prueba de lectores, escrita con una inquina política adolescente, es la boga de hoy. The New Criterion decidió batirse en este caótico campo de batalla con el objetivo no sólo de anunciar que el rey está desnudo, sino hacerlo con ingenio, claridad y elegancia literaria. Reconocemos que éstos han sido tiempos difíciles para las artes de la sátira y la parodia. Con velocidad creciente, la realidad de hoy supera a la exageración satírica de ayer. Aun así, The New Criterion se ha distinguido por su eficiente empleo de la sátira, la denuncia y la ridiculización, ácidos recursos en el arsenal de la polémica. Pero The New Criterion no sólo se nutre de polémica. Una parte igualmente importante de la crítica se centra en la tarea de combatir la amnesia cultural. Desde nuestra primera entrega, hemos trabajado en el vasto depósito de los logros culturales para hacer que nuestros lectores accedan o recuperen a las figuras señeras cuyas obras han contribuido a tejer la permanente expansión del tapiz de nuestra civilización. Escritores y artistas, filósofos y músicos, científicos, historiadores, polemistas, exploradores y políticos: The New Criterion se ha especializado en resucitar figuras importantes cuyas voces han sido ahogadas por la crasa fatuidad de la cultura popular o anquilosadas por la letra muerta del academicismo.” 

“Es de hacer notar que nuestro interés en estos temas no ha sido nunca meramente estético. Al comienzo de La república, Sócrates recuerda a su joven interlocutor, Glaucón, que la conversación no versará sobre asuntos triviales sino sobre “la correcta dirección de la vida”. Compartimos ese concepto. The New Criterion no es, lo espero, una publicación solemne, pero sí seria. Miramos al pasado en busca de guía y al arte como forma de humanizar una educación y regir la emociones que distinguen al hombre culto del bárbaro.” 

The New Criterion suele ser descrita como una publiación de corte “conservador”, y alabada o desaprobada de acuerdo a la inclinación política de quien la juzgue. En verdad, somos una publicación liberal, si entendemos el término “liberal” del modo en que lo hacía Russell Kirk cuando afirmaba que era conservador precisamente porque era liberal. Conservador, en el sentido de querer conservar aquello que merece serlo de los estragos del tiempo y la ideología, el mal y la estupidez. En épocas de abundancia, como Evelyn Waugh observó en uno de sus ensayos, la labor es sencilla y es por ello que en ocasiones olvidamos cuán necesaria es. En otras épocas, los enemigos de la civilización transforman la tarea de la preservación en un combate por la supervivencia. Es en ese tiempo en el que creemos estar. Y tal es una de las razones por las cuales el esfuerzo de The New Criterion por decir la verdad sobre la cultura es tan importante hoy como lo fuera en 1982.” 

Roger Kimball sobre los 25 años de la revista cultural The New Criterion. Traducción de H.B.

The New Criterion nació en New York en 1982, fundada por Samuel Lipman y quien fuera  uno de los críticos de arte más influyentes y más sensatos de la segunda mitad del siglo XX, Hilton Kramer. Tres hechos que bien pueden ser considerados actos de valor reseñan su apego a la cultura: en 1952 Kramer se apresuró a denunciar como fraudes a los movimientos artísticos posmodernos: la obscenidad pictórica del action painting y los subsiguientes timos conocidos como pop art, op art, conceptual art y demás imbecilidades. Huelga decir que fue tildado por sus maliciosos colegas de reaccionario. Kramer se opuso asimismo a que los estímulos a las artes pagados con dineros públicos fuesen otorgados en virtud de la variedad étnica, de género o la cercanía ideológica y sólo se tuviera en cuenta el mérito artístico. Naturalmente se lo acusó de estar en contra de la multiculturalidad, acusación que no le desagradara. Por último, Kramer lucía orgulloso su mote de anticomunista, y elogió con indisimulado placer la obra maestra de Anne Applebaum, Gulag: A History, reseña de la que vale la pena extraer unas cuantas líneas:

“What has to be understood, of course, is that the horrors of the Soviet system had never penetrated the public imagination in this country on anything like the scale that made the Nazis a familiar symbol of evil and criminality. Even as kids Americans of my generation recognized the swastika as an emblem of the “bad guys,” if only from the movies we saw and the comic books we read. No Soviet symbol ever acquired a comparable status in the public mind. Nor did Hollywood make any movies about heroic anti-Soviet resistance movements.”

Hilton Kramer: Remembering the Gulag. The New Criterion, Mayo de 2003

“Lo que ha de entenderse, por supuesto, es que los horrores del sistema soviético nunca han penetrado en la imaginación pública de este país [los Estados Unidos] en una escala similar a la del nazismo como sinónimo del mal y la criminalidad. Aun de niños, en mi generación, reconocíamos en la esvástica el emblema de “los malos”, aunque sólo fuera por las películas que veíamos y las historietas que leíamos. Ningún símbolo soviético  adquirió jamás una categoría comparable en la mente general. Tampoco Hollywood realizó producción alguna acerca del heroísmo de los movimientos de resistencia antisoviéticos.”

Sobre el estado de la crítica de arte actual, Kramer era amargamente lapidario: “…gobernada por una marcada hostilidad, o un rechazo visceral a cualquier cosa que pueda regalar a la vista una experiencia placentera.”

Hilton Kramer falleció en Maine en 2012. La conducción de The New Criterion quedó desde entonces en las hábiles manos de Roger Kimball.

H.B.

 

El señor García

Hyeronimus Bosch: Alegoría de la intemperancia, ca. 1488-1510. Yale University Art Gallery, New Haven.

Hieronymus Bosch: Alegoría de la intemperancia, ca. 1488-1500. Yale University Art Gallery, New Haven.

La mejor de las anécdotas que retratan el círculo privado de Gabriel García es revelada por Reinaldo Arenas en una breve carta, La insoportable fealdad de García Márquez, en la que una rápida línea describe la desesperación de una de sus amigas íntimas, quien, aun copiosamente obsequiada con ventajas materiales, clamaba: ¡No puedo tener relaciones con una caguama! El escritor contaría ya con una buena porción de años, pero ha sido comidilla de los cenáculos literarios el nada velado horror que le producían, en comparación a su propia persona, las aposturas de autores harto más agraciados, como Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes, por citar sólo a los latinoamericanos.

Arenas consigna en otra obra, la más lograda y a la vez más aquejada de fama, su autobiografía, Antes que anochezca, una escena menos divertida en la que Gabriel García tuviera participación no menor: en ocasión de la irrupción de un bus en la embajada del Perú en La Habana, en Enero de 1980, su conductor y ocupantes ávidos de asilo político, un reguero de personas comenzó una limitada emigración hacia terrenos que eran frágil refugio. El régimen intentó restar importancia al asunto. En Abril, casi diez mil almas ocupaban cada centímetro del edificio, los patios y los jardines, ansiosos por abandonar el paraíso de los creyentes en el capitalismo burocrático de Estado. Varios países ofrecieron visas de salida. Protegidos por ese escudo diplomático, los cubanos prestos a partir pudieron volver a sus casas. Era entonces cuando el mecanismo del terror echaba a andar: gentes bien adiestradas y probablemente bien remuneradas se lanzaban en su persecución y hostigamiento: algunos sólo eran amedrentados, otros fueron golpeados y sus hogares atacados y dañados; hubo algún que otro muerto. Desde el púlpito que la estrecha asociación con Fidel Castro le concedía, Gabriel García exhortaba a los perseguidores y hostigadores a no cejar en su combate contra los agentes del imperialismo. Su lenguaje, en esos momentos de nerviosismo, era escasamente cuidado.

Leer la obra de Gabriel García es adentrarse en una traducción heterodoxa de los vastos volúmenes de William Faulkner, sazonados con el seco sabor de la prosa de Juan Rulfo. Sabida es la sentencia de Borges en la que se concluye que cada escritor crea a sus precursores; en el caso de Gabriel García, la creación implicó asimismo el inhábil pastiche y la secreta equivalencia, no exenta de emulaciones línea por línea: As I Lay Dying es la superior prefiguración de Crónica de una muerte anunciada; Absalom! Absalom!  (la mejor novela sobre la tragedia del Sur en los Estados Unidos) no constituye sino la previa encarnación de trozos de El otoño del patriarca y El coronel no tiene quien le escriba. Yoknapatawpha es el nombre que Macondo recibió con décadas de antelación. El coronel Aureliano Buendía fue llamado alguna vez el coronel Thomas Sutpen. Tal vez exhausto por tanta imitativa admiración, Gabriel García ni siquiera atinó a cambiar el rango militar.

Son muchas las razones por las que un mero plagiario como Gabriel García recibiera premios, distinciones y la devoción de quienes profesan la perversa religión del progresismo: la errónea creencia de que quien se pronuncie contra gobiernos que finjan obrar en dirección al socialismo coquetee necesariamente con el fascismo; la profunda incultura, disfrazada de superficial pasión ideológica, del militante de izquierdas; el pérfido sentido de la oportunidad política de García y su adhesión a la moda literaria en épocas de esplendor; el sencillo hecho de ignorar que había existido un grato escritor, de notoriedad tardía y conocido como William Faulkner, de quien ni siquiera sus compatriotas guardan demasiada memoria. Esta letanía es aplicable en buen grado a escritores de producción orate pero glamorosa actuación política y riesgo nulo: autores como Nicolás Guillén, Julio Cortázar, Ernesto Cardenal o Juan Gelman son celosos poseedores de una fenomenal mediocridad, cuando no una crasa incapacidad literaria, pero la ceguera del devoto progresista puede más que cualquier fundamentada razón. No faltan quienes arguyen que el sentimiento, en las artes, todo lo domina y todo lo justifica. Ya Alain Finkielkraut explicó que el siglo XX fue la centuria en la que el pensamiento de la Ilustración fuera derrotado.

Una anécdota final retrata con claridad la habilidad literaria (o su carencia) y el talante moral del señor García. En noviembre de 1999 se hunde la embarcación que arrastra a la madre de Elián González y al niño desde Cuba hasta la Florida; muere la mujer y Elián llega a los Estados Unidos sin que su edad le permita solicitar asilo. La típica pusilanimidad demócrata en materia de política exterior provoca que se reconozca el derecho de su padre, que ha permanecido en Cuba, a que su hijo le sea devuelto, pese al ofrecimiento de familiares a acogerlo en Miami. Gabriel García escribe (este verbo es una hipérbole) una veloz crónica digna del mejor aprendiz justificando la repatriación, que no fue sino un regreso a la miseria. El texto desgrana un vagaroso complot para extraer incautos ciudadanos de la próspera isla. Hoy Elián González es un miembro más de la soldadesca de las Juventudes Comunistas. El señor García está muerto.

Hadrian Bagration

El abrazo en la sombra

William Turner: La bahía de Baia, 1823. Tate Britain, Londres.

William Turner: La bahía de Baia con Apolo y la Sibila, 1823. Tate Britain, Londres.

En el atardecer frente a las templadas costas del Tirreno meridional Adriano lleva su vista al módico vaivén del mar y piensa: Ojalá muriese mañana. A sus más de sesenta años, es un hombre exhausto cuya única pasión es el sueño. Su más grande enemigo, Serviano, quien ansiaba sucederlo y a quien mandara ejecutar para impedirlo, le auguró: Quieran los cielos que anhele la muerte y le sea imposible morir. El voto se ha cumplido y Adriano es prisionero de sus súbditos, que le cierran solícitos la vía del suicidio. La vida de Adriano se estira, inútil, como el oleaje, o como la vida de todo aquél que aún vive y cuyo propósito no es otro que el de seguir viviendo.

Uno de sus centuriones  ha capturado a un vagabundo. Para animar la lenta tarde del emperador, es traído a su presencia de modo que la sentencia divierta al séquito. Es un anciano, un rabino. Adriano, que ha destruido Jerusalén, se niega a verlo, pero los cortesanos insisten. El rabino, hambriento y cansado, ruega comida. ¿Puedes hablar con los muertos?, pregunta Adriano, y la frase suena a coacción. Los cortesanos murmuran cuando el rabino asiente, sin alzar la vista ante el emperador, guardando respeto. Cuando el sol se oculte hablarás con los muertos, señor, dice. Te va en ello la vida, responde Adriano. El rabino se inclina ante el emperador y comienza a trazar signos en la arena. Las horas pasan. El sol se extingue y no hay señales del prodigio. Alguien acusa al rabino de falsario. Adriano esboza una mueca de fastidio cuando una ola, que muere como todas en la calurosa costa de Baia, estalla frente a la corte y pálida emerge la translúcida silueta de Antínoo. Los cortesanos tiemblan, algunos caen de rodillas. Adriano se yergue, turbado, y avanza unos pasos. El rabino elude a la guardia azorada y pone su mano en el hombro del César: Háblale, señor, pero no lo toques. Si lo haces, mueres. Adriano aparta de sí al rabino con rauda gentileza. En la playa se reencuentran los antiguos amantes. Háblame de tu muerte, dice Adriano, y en su discurso hay miedo y dulzura. Antínoo no obedece. Habla, pero su voz es otra y su mirada es distinta. No me sigas, señor. Vive cuanto puedas. Es solitaria y oscura la muerte. Son sus únicas palabras. Una ola lo devuelve a la infinita tumba que es el océano.

Adriano regresa a su asiento. Sus cortesanos gimen como mujeres. Se vuelve hacia el rabino y pregunta: ¿Puedes hacer que muera mañana? Nada que manos humanas puedan ofrecerte te será negado. El rabino responde: Puedo, señor. Pero no desoigas la advertencia de tu amado. La muerte es solitaria y oscura. Adriano sonríe al rabino y agrega: La vida no lo es menos. Dime tu precio. El rabino alza sus ojos al cielo, abre sus brazos, cierra sus párpados y musita: Sea restaurada la ciudad de mis padres y de las generaciones que los precedieron. Adriano concuerda: Quiero, dice con firmeza. Gruñe unas órdenes y sus generales se apresuran.  Manda ser dejado solo con el rabino. El sol se ha puesto y la vaga luz de las antorchas los cubre. En la larga noche, el rabino cuenta al emperador la historia de Absalón, hijo de David, quien se rebelara contra el trono de su padre y fuera muerto por los soldados en la huida. Adriano derrama unas lágrimas, las últimas, cuando oye al rabino recitar los versículos en los que David reprocha al dios de Israel no haber muerto en lugar de su hijo, y fija su anciana mirada en el mar, solitario y oscuro.

Es la mañana del 10 de Julio del año 138 de la Era Común. Adriano muere en brazos de un rabino cuyo nombre la Historia olvidó y entra en el solitario y oscuro universo de la muerte, en donde buscará, ciego en la oscuridad, unir dos soledades que ensayarán el abrazo en la sombra.

H.B.

El oráculo

Eugène Delacroix: La justicia de Trajano, 1858. Museo de Arte de Honolulu, Hawaii.

Eugène Delacroix: La justicia de Trajano, 1858. Museo de Arte de Honolulu, Hawaii.

Edward Courtney sugiere que creamos que la maravilla del Satyricon pudo haberse extendido por cientos de páginas más, que sólo ha llegado hasta nosotros una pequeña parte (no hay erudito que no consienta este milagro disfrazado de desgracia), que en algún lugar de la obra perdida un oráculo le comunica a Encolpio que en su destino habitan viajes por Egipto y el Danubio.

Concluyamos que la predicción se lleva a cabo en Crotona, en el templo de Príapo, tras el sacrificio de uno de los gansos sagrados con el que la sacerdotisa Enotea obsequia a Encolpio. Éste oye las vagas palabras que le prometen un futuro de aventura junto al Nilo y más allá de las fronteras del norte, en tierras pálidas y disimuladas. Seducido por el misterio y por la gutural voz del porvenir, Encolpio desdeña Egipto en favor de los campos bárbaros. Quizás creería que en esos dominios sin dueño él podría ser rey. Se despide de sus amantes y amigos, que tratan de retenerlo con el llanto, y se aleja para siempre. Todos quienes lo han visto y amado lentamente lo olvidan. Alcanza a cada uno la vejez y la enfermedad, y mueren. Ya nadie queda que recuerde quién ha sido Encolpio.

Un siglo después, Trajano emprende la conquista de Dacia, tras el Danubio. Doblega la fuerza de Decébalo, de quien se decía poseía el vigor de diez hombres; los ejércitos dacios son arrasados y la nobleza se suicida de a docenas. En pocos meses Dacia es una nueva provincia romana. Trajano saborea la victoria e imagina la caída de reinos de nombres impronunciables, allende Partia y Arabia, cuando sus soldados llevan ante su presencia a un hombre viejo. Es Encolpio. Trajano se asombra al oírlo hablar, con ligeras variaciones, el latín. Con la cautela de saberse frente a un trozo de la divinidad, pregunta a Encolpio quién es. Encolpio no contesta. Sólo habla de un oráculo que profetiza a los hombres un destino errabundo que sólo se interrumpirá cuando quien lo haya oído se convierta, él mismo, en un oráculo; esto sólo ocurre cuando quien forzosamente deba recibir la predicción llegue hasta él. Encolpio convirtió en oráculo a Enotea (nadie sabrá cuántos cientos o miles de años Enotea aguardó para poder ofrecer su auspicio); él, Trajano, trocará en oráculo a Encolpio. Encolpio pregunta a Trajano si desea oír lo que los años, las décadas o los siglos le reservan, porque hasta que no halle a quien deba escuchar su augurio su vida no tendrá término.  Trajano, espantado, ordena que Encolpio sea ejecutado de inmediato.

Nada detiene al idioma de los augures. Esa noche, en sueños, Trajano oye las proféticas palabras de Encolpio: conquistará Partia y Arabia y se sentará, frente al inmenso océano que no podrá abrazar, a sollozar. Pedirá ser dejado solo. Se ocultará tras unas rocas. Sus cortesanos creerán que se ha arrojado al mar. Adriano lo sucederá. Trajano aguardará, su débil llanto ahogado por el fragor de las playas del Índico, la lenta llegada de aquél que está destinado a escuchar su oráculo; aquél que, irremisible e involuntariamente, devenga su libertador.

 H.B.