El temor

Karl Friedrich Lessing: El último cruzado. Sin datación. Colección privada.

Karl Friedrich Lessing: El último cruzado. Sin datación. Colección privada.

El descubrimiento correspondió al historiador Shelomo Dov Goitein: la Guenizah du Caire reveló, entre sus cientos de miles de manuscritos, las cartas de Hugues de Paynes, dictadas un día antes de su muerte, a un receptor secreto; su nombre, si bien se menciona, no ha sido recogido por la Historia y es ahora sólo unas cuantas letras ordenadas. Fulquerio de Chartres confirma (en vida, ya lejana) que las misivas existieron, pero según su versión los destinatarios eran abstractos: como de Paynes, un grupo de Advocati Sancti Sepulchri en Jerusalén. Goitein opinaba en contrario: las líneas estaban dirigidas a un pariente o amigo de Hugues de Paynes: son evidentes las ansias de ser recordado por su valentía, generosidad, humildad. Mi nombre se perderá, asegura, pero lo que desea es que tal cosa no ocurra. Además de una breve enumeración de disposiciones testamentarias, sobresale una sola anécdota.

Era el 12 de Agosto de 1099. Capturada la Ciudad Santa, Godofredo de Bouillón se dirigió contra las fuerzas de Al-Afdad en Ascalón y las derrotó. Hugues de Paynes cabalgaba junto a él. Los judíos que habían sobrevivido a la devastación de Jerusalén se habían refugiado entre los fatimitas: la caída de Ascalón les arrebató su último protector. Los cruzados ejercieron ilimitada crueldad: Fulquerio de Chartres escribió con cierto regocijo que las escenas de la destrucción de la sinagoga de Jerusalén revivieron; la sangre inundaba las piernas de los soldados de Bouillón. La matanza se prolongó hasta la noche.

En su tienda, Bouillón celebraba la victoria. Vio a de Paynes cabizbajo; como aterido, lo recorría un temblor. ¿Temes?, fue la pregunta. Por mi alma inmortal, de Paynes contestó: hemos matado a mujeres y a sus hijos pequeños. Quizás me haya condenado. Bouillón lo miró con dureza: Lo has hecho por Cristo. Descansa. Yo estaré junto a ti. De Paynes obedeció, pero rechazó el vino y el calor; no dormiría esa noche. Godofredo de Bouillón moriría un año después, de rápidas fiebres. Hugues de Paynes persistió en el hábito de la vida por treinta y seis años.

Y sin embargo, acaba su carta, jamás he dormido, ni un solo instante, ni aun tras el abrazo de mi amigo y la bendición del sacerdote y el elogio del rey, por una sola noche. ¿Me condenará Dios a una eternidad en su infierno con Godofredo? No lo sé. 

H.B.

La mujer adúltera

Rembrandt van Rijn: La mujer adúltera, 1644. National Gallery, Londres.

Rembrandt van Rijn: La mujer adúltera, 1644. National Gallery, Londres.

La conversación con Ehrman se había extendido hasta horas de la noche. Amable, me invitó a hospedarme en su casa, pero el clima en Chapel Hill era feliz y no deseaba yo importunar su trabajo cotidiano; podía caminar hasta el hotel. Quizás mi timidez le desagradara, porque antes de que ganase la puerta escapó de su boca la pregunta: ¿Conoce usted el texto del pasaje de Juan según Lightfoot? Confieso que temblé: mi erudición no era vasta (no lo es tampoco hoy), la impresión que yo pretendía causar en él se derrumbaba. Ensayé una defensa respetuosa: No estoy al tanto de sus conclusiones. Seguramente un estudioso más férreo que yo habrá sabido dar con él. Ehrman sonrió. Señaló de nuevo la silla que yo había abandonado para marcharme y se internó en su biblioteca. Tardó unos minutos en regresar. Ufano, el libro que llevaba en sus manos era acariciado como un tesoro.

“Hubert Jedin menciona a Paulo Manucio (Canones et Decreta Concilii Tridentini), pero es probable que Manucio obedeciera la orden del papa Medici de imprimir separadamente los cánones secretos y que su descubrimiento en las bibliotecas vaticanas fuera obra del soborno. El texto circuló desde al menos el medioevo del siglo XIX; de otro modo el obispo Lightfoot no hubiera podido declarar a la interpolación del pasaje de Juan como una falsificación desenfadada y ofrecer la alternativa. Jedin declinó traducir el párrafo; debemos el esfuerzo de disponerlo en lenguas modernas a Hugh Schonfield. Las verdaderas líneas de Juan, suprimidas celosamente desde la tardía Antigüedad, son las que siguen:” 

“7:53 Y cada uno se fue a su casa.
8:1  Y Jesús se fue al monte de los Olivos.
8:2 Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba.
8:3 Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio,
8:4 le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio.
8:5 Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?
8:6 Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.
8:7 Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: Lo he dicho ya: No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.
8:8 E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra.
8:9 Los hombres apedrearon a la mujer hasta que ésta hubo muerto. Luego se retiraron, uno a uno, comenzando por los ancianos, y quedó sólo Jesús.
8:10 Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie a su alrededor, se alejó.
8:11 Los guardias del templo, una vez que los animales de carroña se hubieron saciado con el cadáver de la mujer, tomaron sus ropas y echaron suertes sobre ellas.”

H.B.

Ópera

Gabriel Jacques de Saint-Aubin: "Armide" de Jean-Baptiste Lully, 1761. Museum of Fine Arts, Boston.

Gabriel Jacques de Saint-Aubin: “Armide” de Jean-Baptiste Lully, 1761. Museum of Fine Arts, Boston.

“El dominio casi absoluto de los repertorios clásico y romántico en el universo de la ópera, la acotada difusión del estilo barroco, no es sino un retorno a los orígenes, un regreso temporal, postulado, desde los estoicos hasta Poincaré y Eliade, bajo el disfraz del rito que remite a la edad de oro. El Renacimiento italiano había dispuesto la resurrección de la Antigüedad; no sucedió sólo con las artes plásticas: las costumbres de la nobleza y de la incipiente y afluente clase mercantil intentaron emular los symposia de la Grecia clásica; se creía que la reunión debía incluir la apreciación de pasajes eruditos de la dramaturgia antigua (redactados, según era la opinión de la época, tanto para la lectura cuanto la representación). La declamación se alternaba con intervalos musicales; esa variación dio origen, hacia 1577, al stile recitativo: en él se conjugarían, de acuerdo a la progresión del Renacimiento, las categorías de Boecio (De Institutione Musica), la tragedia griega (el autor preferido era Eurípides), y la sumisión de la textura musical a la palabra. Inspirado en Boecio, Girolamo Mei (miembro fundador de la feliz Camerata del conde Giovanni de’ Bardi en Florencia, ese prolegómeno del salon français) escribió, bajo la forma de reflexiones epistolares, De modis musicis antiquorum, páginas en las que fundamentaba su opción por el recitativo secco, la voz del intéprete acompañada solo por continuo: Mei aseveraba que en razonados tiempos de los griegos no sólo el coro se dirigía al público utilizando el canto, sino que el actor tenía a su cargo porciones de la obra compuestas para la melodía. Las cartas se dirigían a Vincenzo Galilei (el padre de Galileo), quien concordó con ellas de modo de aconsejar la recreación del lamento de Ugolino en el Infierno de Alighieri hacia 1582; un año antes había dado a  conocer su trabajo, en apoyo de las teorías de Mei, Dialogo della musica antica et della moderna (que dedicó a su protector, Bardi), en el que contradecía toda visión opuesta a la vigencia de una única línea melódica para cada línea del texto: la voz debía prevalecer sobre el instrumento y la importancia de la inteligibilidad de lo recitado por el intérprete subsumía a la inventiva del compositor. El grupo de Galileo y Mei se dio a la creación de música para el acompañamiento de la poesía: en 1598, insistiendo en la adopción de temas de la Antigüedad clásica, llegó el turno de Ottavio Rinuccini y su Dafne. El poema se conserva íntegro; el acompañamiento musical, casi totalmente compuesto por Jacopo Peri y completado por Jacopo Corsi (mecenas de las artes en directa competencia con Bardi, con quien amaba disputarse ingenios), se ha perdido; probablemente Corsi auxiliara a Peri, músico menos hábil, en momentos de zozobra; aun así su lápida en la basílica de Santa Maria Novella homenajea a Peri como creatore del melodramma. La historia difiere poco de la contenida en las Metamorfosis de Ovidio, pero no hay lugar para la exaltación: el mito de la ninfa se narra en evocación serena, a la que el mismo Ovidio sirve de introductor. Sin proponérselo, el esforzado grupo de florentinos cobijados por Bardi ejecutaba la primera ópera.”

Hadrian Bagration: Seminario sobre los orígenes de la ópera y ópera barroca. Centro Cultural Asís, Guaminí 1728, jueves 24 de Julio, 17 hs, Ciudad de Buenos Aires. 11-4686-2652.

Soy barbarie

Johann Eckstein: Rioters Burning Dr. Priestley's House at Birmingham, 14 July 1791, (1791). Susan Lowndes Marques Collection.

Johann Eckstein: Rioters Burning Dr. Priestley’s House at Birmingham, 14 July 1791, (1791). Susan Lowndes Marques Collection.

El viernes 9 de Septiembre de 1988, en otra de las huelgas desplomadas sobre el gobierno radical por la pomposamente autodenominada Confederación General del Trabajo (el brazo laboral, en ocasiones armado, del peronismo), la esquina de la calle Perú y Avenida de Mayo fue reducida a escombros por el sempiterno vandalismo argentino; un tradicional comercio de ropa masculina de Buenos Aires sufrió solemne saqueo. Las imágenes causaron breve estupor, y quienes las presenciaban estaban lejos de imaginar que la escena, como las muertes en las tragedias de Shakespeare, se multiplicaría: Argentina es tierra fértil para la concepción y exitosa evolución de lo perverso. La letanía que intentó justificar el fenómeno explicó que en la fiesta popular habíanse infiltrado grupos de revoltosos rentados; nada debía el pueblo temer, puesto que sólo se trataba de células minúsculas, incapaces de dañar la anatomía de la gran familia argentina.

Un cuarto de siglo más tarde, la célula ha devenido cáncer; la enfermedad ha arrastrado al enfermo a la impotencia y a la postración; la cura, si es que existe, luce lejana. En la Argentina, inseguridad, miedo, crimen, narcotráfico, precarización, pobreza, miseria, muerte, de constituir episodios, se han convertido en una pavorosa continuidad cuyo comienzo y dilatado desarrollo surgen en cualquier oportunidad, en cualquier sitio, bajo cualquier pretexto y sin excepción de víctimas; bastará que éstas sean más tarde culpadas de tentar o provocar al ofensor, y que los verdugos conozcan sus innumerables derechos a contribuir, desde sitios cada vez más destacados, al latrocinio. La vejación, en la sociedad argentina, es una vieja costumbre (recuérdense los crudos párrafos de El Matadero), sólo que ahora es alentada desde la ausencia de castigo y desde la necesidad política de contar con soldadesca fiel con la que amenazar a la tímida oposición y al votante tibio. El peronismo solía creer en la obligación de cooptar líderes de provincia y de municipio; ahora sabe que la boga es lidiar, con tacto y diplomacia, con organizaciones delictivas; donde no existan, las creará.

¿Qué ha sucedido en los estamentos social y político para que este país circunde la desintegración que cada cuatro años se intenta desandar mediante la apelación al tedio del fútbol, y que suele acabar en fracaso? Muchas cosas, pero podemos permitirnos sufrir santo horror por una: la elevación a sitiales de poder, de toma de crasas decisiones a personas de nula calificación, de flagrante deshonestidad y de manifiesta incapacidad. Un caso servirá para ilustrar a todos: escribió Juan Cabandié, diputado nacional por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, encumbrado miembro de la tenebrosa hermandad que rinde culto a la memoria de un orate servil, La Cámpora, las siguientes ominosas palabras: “Soy peronista, maradoniano, populista, negrero (sic; ignora que ese término define al tratante de esclavos de color). Ante la disyuntiva planteada por Domingo Faustino Sarmiento, yo estoy con la barbarie.” Sarmiento, que te sacó del Egipto del desierto iletrado y del planificado atraso de Rosas. Barbarie, aquello contra lo que combatieron miles de fusiles en El Alamein y Normandía. Desde la autoridad, Argentina engendra estos candidatos; desde la ciudadanía, los elige; desde el poder, los perpetúa con puntillosa puntualidad. Como Odiseo ante la sombra de Aquiles en el Hades, sólo resta refugiarnos tras la toga viril y ceder al llanto.

Hadrian Bagration

Antonio y Cleopatra

Lorenzo Castro: Batalla de Actium, 1672. National Maritime Museum of Greenwich, Londres.

Lorenzo Castro: Batalla de Actium, 1672. National Maritime Museum of Greenwich, Londres.

El 2 de Septiembre del año 31 AEC, Octavio, aún agotado por sus guerras con Sexto Pompeyo y la insurgencia de Lépido, declina enfrentarse a la gruesa flota de Marco Antonio y sus buques retornan lentos a Italia. Marco Antonio gobernará el Este, desde el Adriático hasta Armenia; ese reparto incluye, Cleopatra lo celebra, a Egipto. Las fiestas se hacen interminables y en todas partes se anuncia que el dios (Dionisio) no ha abandonado a Antonio. Éste obliga a oficiales y dignatarios a asistir a su boda con Cleopatra y a prosternarse ante el hijo de Julio César, Cesarión, que es por ahora el heredero. Antonio está tranquilo: Partia no desafiará a un soberano victorioso, sus manos disponen de las puntuales cosechas de trigo que alimentan a Roma, el pueblo de Egipto lo proclama divinidad. Piensa que es bueno reinar.

Los días en la quieta cúspide comienzan a cansarlo. Cleopatra intuye que su reemplazo está próximo; no, es claro, como monarca (el trono es suyo), sino como amante: su juventud desobedece y debe cuidarse aun de las esclavas innúbiles. Cleopatra no ha tenido amores, sino aliados, pero la afrenta que supone la cotidiana indiferencia de Antonio la alarma: Egipto (ella lo sabe bien) es roja tierra de veneno y puñal. Nada costaría embaucar a la plebe con fastuosos funerales que prologaran la coronación de una nueva reina y un nuevo faraón de sangre extranjera; a esas alturas, Egipto todo lo soportaría con tal de no ver interrumpido su sopor. Decide que Marco Antonio morirá.

La emboscada se prepara para el festival de Isis en Busiris, junto al lago Mariout. Cleopatra  ha pensado en emular a Alejandro: ha instruido al asesino para que apuñale a Antonio al momento de rendir tributo a Isis; la recompensa es inmensa: su amor (que el hombre ya ha probado) y el oro. El asesino ignora que otros hombres han sido pagados para matarlo cuando la sangre de Antonio toque el suelo. Cleopatra planea anunciar que la muerte de Antonio es designio de la diosa Isis, y que ese hombre, que será enterrado con honores, es un instrumento. Reinará sola.

Llega el día. Antonio se yergue para ofrecer sacrificio. Un mensajero se inclina ante el oído de Cleopatra: un presente la espera. Es una cesta. En el interior, la cabeza del asesino. Cleopatra no se sobresalta; toda su vida ha sabido fingir. La dura mirada de Marco Antonio le explica que ya no cohabitarán. Tras la celebración, muda su residencia a otro palacio en Alejandría. Reinarán juntos, como enemigos.

En Roma, Octavio recibe, casi al unísono, dos cartas. La de Marco Antonio lo insta a renovar la alianza: matará a Cleopatra, convertirá a Egipto en provincia romana y sólo pedirá a cambio el gobierno del Nilo. Está harto de esa tierra de bárbaros supersticiosos. La de Cleopatra lo urge a la amistad, a la mutua confianza, y al amor. Se declara prisionera de la brutalidad de Antonio: lo matará, ofrecerá a Egipto como provincia romana y soló pedirá a cambio el gobierno del Nilo. Está harta de la tiranía de Antonio. Octavio siente que es oportuno organizar la flota.

Los egipcios son derrotados. Antonio se refugia en su palacio en Alejandría y acaricia la huida. Un dolor muerde su mano: es un áspid. Alguien la ha deslizado entre sus sábanas. Angustiado y furioso, llama a los médicos; ordena a su guardia que arrastre ante sí a Cleopatra. Ella grita inocencia; Antonio toma su espada y le parte el pecho. Un instante después se desploma, muerto. Octavio entra en Alejandría. Los egipcios lo reciben como a un dios: Egipto se entrega, como a sus amantes Cleopatra.

H.B.

Solitarios, auténticos, profundos

Pierre-Auguste Renoir: La liseuse, 1876. Musée d'Orsay.

Pierre-Auguste Renoir: La liseuse, 1876. Musée d’Orsay.

No hay gran escritor que no haya sido, hasta el día de su última línea, un gran lector. La lectura es el alimento del escritor pero también su segundo nacimiento: no es posible escoger los detalles del primero, pero, a excepción de desorientadas aventuras juveniles, las ventajas o los detrimentos del renacer están en manos del elector de páginas. Mucho ayuda una educación que privilegie la solidez por sobre el experimento y el fondo por sobre la forma; generaciones de mal guiados aunque desganadamente ávidos lectores sucumbieron al culto de la personalidad literaria (o musical, o artística, no existen grandes diferencias) o a la simpatía política.

Quizás no se haya compuesto geografía más acabada de la ciencia de la lectura que How to Read and Why (2000). Harold Bloom (quien a sus ochenta y cuatro años prosigue serena enseñanza en Yale) insiste: el énfasis debe concentrarse en los great books, los grandes libros, saber oponer lo perenne y trascendente ante la banalidad y aun vulgaridad de las period pieces, la literatura que exige del lector sólo la complicidad de lo trivial. La lectura es un oficio tan silencioso y solitario como la escritura; el reverso de una sociedad secreta y múltiple establecida entre lector y escritor; conviene lanzarse a una unión alborotada por el amor que a un mariage de raison en donde la razón está ausente.

Bloom, durante una entrevista en la que se hablaba de su libro, confesó: “Do I feel isolated in America? Yeah, I guess in a way I do. It does seem to me … I’m a somewhat outspoken old monster. You know, why not, at my age—what can they do to me? One wants to tell the truth. And I think the truth is pretty dreadful nowadays, culturally speaking and intellectually speaking … I guess I can feel kind of isolated. Isolated, maybe, in the profession. Isolated in terms of the media … But not isolated with the reading public … Clearly there are a vast number of what I would call solitary and authentic deep readers in the United States who have not gone the way of counterculture, and they are of all ages, and all races, and all ethnic groups.”

(¿Que si me siento aislado en mi país? Sí, creo que de alguna manera es así. Creo que soy… una especie de antigua monstruosidad locuaz. Verá, a mi edad, ¿qué pueden hacerme? Quiero decir la verdad. Y creo que la verdad es hoy día terrible, cultural e intelectualmente hablando. Creo que me siento un poco aislado. Aislado, tal vez, en mi profesión. Aislado, en términos mediáticos. Pero no aislado respecto del público lector. Es claro que existe un vasto número de lo que yo llamaría solitarios, auténticos y profundos lectores en los Estados Unidos que no se han pasado a la contracultura, de todas las edades, razas y grupos étnicos).

Es a ese grupo, grande o pequeño, desorganizado, debilitado, sangrante y doliente pero impertérrito e invencible, los lectores solitarios, auténticos y profundos, a quien el escritor que se sabe infinitamente menos importante que su obra (y a quien, sin embargo, la posteridad preocupa más que el presente) se dirige cuando escribe.

H.B.

 

Claudio Uriarte: cultura, Ilustración, antiperiodismo

Anders Zorn: Retrato de Emma Zorn leyendo, 1887. Zornsamlingarna, Mora, Suecia.

Anders Zorn: Retrato de Emma Zorn leyendo, 1887. Zornsamlingarna, Mora, Suecia.

Era, involuntaria y graciosamente, la mejor prosa periodística de la literatura argentina; esta aseveración lo aproxima a la estatura del escritor. Sus novelas permanecen inéditas; quizás el ejercicio literario hubiera revelado a un Claudio Uriarte endeble y hubiera arrojado sobre sus lectores, probablemente agazapados en el desconcierto, el polvo de la desazón. No ocurrió así y Uriarte es débilmente recordado como magnífico redactor y asombroso biógrafo. La muerte temprana, ciertamente absurda, derriba dos añejos mitos: que la partida hacia ningún lugar en años de juventud otorga inmortalidad (a excepción de colegas –muchos de ellos rencorosos-, Uriarte descansa en sereno olvido) y que los dioses imparten justicia en los asuntos humanos: escandaliza la aniquilación de Claudio Uriarte y la supervivencia de tantos meticulosos mediocres; no es forzoso decretar para nadie la pena capital, aquello que lamentamos es que Uriarte (o bien Julio Nudler, o Susana Viau, quien no en toda ocasión fue justa con Uriarte) haya desertado del mundo mientras medievales campeones de la vociferación y aun de la idiotez se mantengan en sus puestos, incólumes.

Los detalles de su vida, usos y costumbres son innecesarios. Serán accesibles para cualquier investigador interesado en años por venir, si es que se apresura. La anécdota y la curiosidad del carácter no deberían prevalecer por sobre obra y pensamiento. Claudio Uriarte fue, en el medio periodístico argentino, una voz que osó derramar crítica sobre su propia profesión, considerada ineludible y sagrada por quienes la ejercen. Cuestionar el propio modus vivendi, la razón de trabajo, la fuente de ingresos, al fin, es un esfuerzo reflexivo (pun intended) digno de reconocimiento respetuoso. No se trata de desmotivar al aprendiz o de demandar perfección: el texto de Uriarte se pregunta sobre la validez del oficio periodístico  en su forma pura y en su organización práctica; la respuesta no es siempre alentadora. A pesar de que muchas de las líneas que componen esta pequeña obra maestra merecen elogio, es dudoso que Uriarte suscribiese hoy el total de los conceptos: el contexto histórico de los años 90 se traducía, para muchos desilusionados ex marxistas (Uriarte lo era) en amarga impotencia: el ala dirigista del fascismo (Unión Soviética y satélites) había colapsado y la mal llamada izquierda había perdido referentes que pudieran desafiar a Washington (Cuba o Corea del Norte, ya lo sabemos, son sólo una broma de mortífero gusto). China se desentendía de la economía planificada y se concentraba formalmente en la represión política. En la Argentina menguaba un ciclo de reformas pro mercado ejecutadas con extrema desprolijidad. Lejos estaba de suponer Uriarte que una de las últimas zonas de resistencia al Estado corrupto y devorador que se encaramó al poder luego de la crisis de 2001 sería la prensa no controlada por el régimen. El epígrafe de su extenso soliloquio es un error: Spengler, un agrio cultor del Kulturpessimismus, no podría haber sido más feliz en un Estado que, a similitud del prusiano o el napoleónico, eliminara a la prensa y a quienes en ella se involucran. El peronismo kirchnerista obró en la misma dirección con método distinto: la obliteración de la prensa a través de la multiplicación, ad nauseam, de los medios que se le sometan, aun cuando su audiencia sea nula. Como la robada carta de Poe, la desaparición es lograda merced a la omnipresencia.

Otra equivocación de Uriarte (no podían estar ausentes en una sucesión tan profusa de párrafos) es la infundada crítica a la Ilustración, compartida por el pesimismo cultural alemán (Spengler) y por las ímprobas páginas de la escuela de Frankfurt (las hay impecables): la confusión respecto de los orígenes del fascismo de economía mixta y sus hipérboles totalitarias (el nazismo es, probadamente, una reacción contra la Ilustración y no su subproducto) fuerza a creer que el capital no es una herramienta de desarrollo sino un autoritarismo enmascarado que recurrirá al fusil cuando las masas obreras se alcen en rebelión. El proletariado apoyó la llegada de los dictadores al poder en Italia, Alemania, Portugal y España y fue reprimido hasta la desfiguración cuando cayó en la cuenta de que había sido engañado en la Europa del Este y aliados incómodos. La incapacidad de los pensadores de la segunda posguerra para resolver este enigma de la Historia condujo al intento de creación de una izquierda no marxista (que denostaba a Marx por eurocéntrico), filosóficamente fragmentada en ideólogos que predicaban el horror a las categorías de Marx desde un marxismo aguachento, económicamente analfabetos,  y que finalmente reconocieron en la irrupción del populismo latinoamericano su nuevo norte. La reacción contra la Ilustración será, como todo proceso, inevitable mientras una traza de la labor de los nobles pensadores franceses subsista.

Claudio Uriarte brilla cuando lamenta la conversión de la cultura en información, la griega costumbre del diálogo trocada en consumo mediático, el reemplazo de los grandes libros (lo refrendaría Harold Bloom) por la especialización en disciplinas que se estudian a sí mismas, cuyo objeto de examen es su propia evolución o estancamiento y que argumentan sobre la concepción de la filosofía que de sí mismas poseen: si la cultura devino información, los estudios superiores se fundieron en materia maleable para la propalación de ideología, las más de las veces tosca, cuando no mero e inelegante sofisma.

No es ya común hallar piezas de la calidad de las escritas por Uriarte (aun con sus zonas de sombra) en las delgadas páginas culturales de los periódicos; casi nadie lee textos dilatados. Se trata, seguramente, de la adquisición de un mal hábito, de un vicio de conducta intelectual que debe desandarse. Hacia el final de su grata filípica, Claudio Uriarte aconseja alguna respuesta.

H.B.

Claudio Uriarte: Contribución a la crítica de la verdad periodística (s/f, probable redacción hacia fines de la década de 1990. Publicado originalmente en revista La caja, de Tomás Abraham. Difundido por Diego Rottman).

Un demócrata de vieja cepa no pediría hoy libertad de prensa, sino libertad respecto de la prensa”.

Oswald Spengler: La decadencia de Occidente (1922)

“Los diarios, semanarios, quincenarios y demás ediciones periódicas son publicaciones que sólo deberían salir de vez en cuando. El concepto mismo de periodicidad es lo que debe ser críticamente puesto en duda, tanto más en un mundo en el que el periodismo ha adquirido la legitimidad autorreferente y tautológica de un poder que se encuentra más allá de todo cuestionamiento, y en una sociedad en la que el periodismo ha sustituido efectivamente a la metafísica, la filosofía, la ideología social, la discusión de las ideas y hasta el mismo arte. Se diría que, a medida que estas disciplinas mueren como preocupaciones sociales, el periodismo las vampiriza para capitalizar sus desechos bastardos, como una inconsistente y cambiante ciencia de híbridos que reciclara todo pensamiento para volverlo lugar común, o bien lo acepta sólo cuando éste se había vuelto cliché. El periodismo no sólo sería colección de los fragmentos rotos del gran edificio de la historia, sino basurero de los pedazos en que se ha desmoronado toda reflexión sobre ella.”

“El periodismo ha otorgado legitimidad a una idea cuya única verdad son los ritmos de reproducción de la fuerza de trabajo de la productividad alienada: la noción de que el tiempo transcurre en períodos de 24 horas por día (o de una semana, o de un año). Los hechos, ante los que el periodismo se comporta como si fuera un recipiente hueco y neutro, se acumulan analizan y desmenuzan en sus prolijos compartimentos temporales como si fuera él lo que les diera forma, y cada tanto se publica un “balance semanal” o “mensual” o “del año” como si el almanaque fuera lo que verdaderamente definiera los límites, la duración y la mecánica de los procesos, y en inconsciente pero perfectamente consistente reproducción de la práctica de la empresa capitalista que a fin de año realiza su “memoria y balance”: se hace un equilibrio de entradas y salidas, de ingresos y deudas en la gran fábrica de procesamiento de la información (que es la materia prima de la que viven estos medios), y en esto se destruyen la idea de historia y el concepto de proceso histórico en el mismo momento en que los periodistas, con paradójica e involuntaria ironía, y como si quisieran curarse en salud del mismo sistema de banalización e intrascendencia a que los lleva su oficio, adornan su producción con adjetivos como “histórico”, “trascendental” y “sin antecedentes”, en parte porque la memoria de la que viven es breve, ignorante, aconceptual y fenoménica, y en parte porque necesitan volver a despertar permanentemente la atención de un proletariado intelectual de lectores abúlicos, convencerlos de repetir la compulsión de consultar el diario cada día. Sin duda, hay que preguntarse si es el periodismo el que destruye la historia o meramente refleja esta destrucción; si la historia misma no se ha vuelto periodística, mecánica y cuantitativa (en cuyo caso el periodismo sería su espejo fiel y funcional, a lo sumo un auxiliar privilegiado de sus medios de reproducción) y fundamentalmente debe aclararse una división metodológica: si se cree en un concepto de historia como universal, con sentidos, procesos, organicidad y lógica propias o si se la considera como un mero receptáculo de hechos. La posición de este artículo es la primera: si la posición del lector es la segunda, abandone la lectura y vaya a comprar el diario.”

“La irracionalidad del periodismo puede mostrarse con un extremo de su propia práctica; la necesidad, cuando se trabaja un domingo -día generalmente pobre en noticias- para el matutino de un lunes, de exagerar hechos de importancia secundaria para que justifiquen los títulos de un diario, si el domingo en cuestión no ha tenido acontecimientos deportivos importantes. Vale decir que el criterio que manda es el formato del diario, su diagramación, su espectáculo y su propuesta de lo que constituye un día, principio por otra parte idéntico al que rige en los días de más noticias, cuando éstas deben ajustarse a la pauta publicitaria o “forzarse” ligeramente con estratagemas de estilo: “Quedan 48 horas para el vencimiento del ultimátum, “Serían inminentes definiciones sobre la crisis planteada”, “Primera visita del Papa a Benín” o “La recesión más grave en doce años”. El Guinness Book of Records es el pobre sustituto para los instrumentos de valorización y jerarquización de hechos que sólo puede proveer una filosofía de la historia. Incluso cuando ocurren acontecimientos verdaderamente importantes y novedosos, ya es difícil distinguirlos en esa rutina tipográfica, por más que se apele a titulares catástrofe. Y se aplasta toda proporcionalidad: la seudonoticia de un día cualquiera se infla para que luzca importante; la noticia importante se comprime y achata para que acate el formato del diario. El periodismo comprime el rango dinámico de los acontecimientos, del mismo modo que la música funcional apaga los extremos para compatibilizar a Mozart, Louis Armstrong y Prince.”

“Actualmente, es cierto, las publicaciones periódicas se han desprendido un poco de estas herramientas primitivas y en lugar de exagerar información abordan temas específicos de actualidad en forma monográfica, publican seudoensayos y ofrecen investigaciones de carácter relativamente intemporal que justifiquen la edición. Sin embargo, y bajo el pretexto de jamás discontinuar el servicio de informar al público, estas nuevas técnicas terminan confiriendo al periodismo una inusitada autonomía respecto a la noticia: el periódico mismo se vuelve protagonista de los hechos y hasta el mismo hecho; su misma existencia resulta noticia. Sin que se note mucho, comienza a cerrarse el círculo de un gesto esencialmente autoritario, de una actividad con capitales, jerarcas, especialistas y reporteros que esencialmente se han nombrado como autoridades a sí mismos, y que se legitiman en la sociedad por el solo hecho de la repetición: cualquier firma reimpresa con frecuencia en un periódico puede convertir al portador en un experto, por lo mismo que decía Joseph Goebbels que la gente creería cualquier cosa si se la repitiera suficientes veces.”

“El hecho que hay que reprocharle al periodismo no es su frivolidad, su inconsistencia o sus faltas a la verdad, sino que él mismo, por su propia dinámica, es una falta a la verdad, es la versión degenerada de la historia de una sociedad que ha renunciado al concepto de verdad. Al periodismo hay que reprocharle que existe.”

Izquierdismo profesional

“La dificultad para analizar críticamente este poder radica en un bloqueo conceptual que se encuentra en los dispositivos fundantes del pacto democrático: el proyecto del periodismo como colaborador de la Ilustración, como socializador de ideas, noticias y tendencias y como agitador del iluminismo, la cultura y la información después de siglos de oscuridad y opresión. El periodismo dispuso siempre de una intensa filiación jacobina, que puede rastrearse tangencialmente por el hecho de que en él tradicionalmente encontraron refugio artistas, escritores, intelectuales, contestatarios y desclasados, y que es el hilo que lo conecta al volante político, al cartel callejero y a la pancarta de masas: vendría a ser algo así como el house organ de la sociedad civil. El prestigio iluminista del periodismo se remonta a la historia preburguesa, cuando no sólo se impedía la información, sino la misma alfabetización, donde la cultura era restringida y donde todo saber se correspondía a un determinado poder de clase. El periodismo, en las épocas en que la Iglesia todavía dominaba la cultura, en que la burguesía estaba lejos de desplazar a la nobleza y los señores feudales, hubiera resultado una idea intrínsecamente subversiva, y en la época de la Ilustración y de la burguesía acompaño decisivamente cada avance. El periódico resultaba político por el solo hecho de existir.”

“Hay una sorprendente continuidad constitutiva respecto a estos orígenes, en una época en que la Ilustración ya no es subversiva, en que el poder quiere alfabetizarnos a todos, pero sólo para que leamos sus órdenes. El periodismo, que recién ahora logra desprenderse un poco del estigma de sus orígenes lúmpenes, siempre ha dependido para sostenerse de la producción de noticias, que en el glorioso pasado eran la verdad, las armas, las redes y las contraseñas de la sociedad emergente y que ahora son las células en las que coagula la descomposición del tiempo. Las noticias son quiebres de la continuidad, son rupturas, anomalías y anormalidades; como decía un veterano Secretario de Redacción argentino a sus subordinados, “la noticia es el hombre que muerde al perro”; y es natural que los más indicados para encontrar, investigar y develar esas noticias sean contestatarios, marginales y desposeídos, que ansían ver en cada sacudón una ruptura y una crisis del poder: “Los mejores diarios de derecha -decía otro experimentado periodista argentino, en las épocas de represión- se han hecho siempre con redactores de izquierda”. Se puede decir que la noticia, punto aislado del decurso de las cosas, y que el periodista debe desentrañar para encabezar una nota, tiene una vida paradójica: los periodistas la anuncian o la denuncian, como si fueran los detectives sociales que descubrieran la verdad de un jeroglífico de múltiples significados posibles, pero que entretanto el público lector la recibe como estructuralmente ajena, como lo que “le pasa” a él y como constatación de su propia inactividad histórica.”

“El periodismo, de esta manera perfectamente diabólica, tiene para sí lo mejor de los dos mundos, come su torta y se queda con ella, repica y anda en la procesión: al mismo tiempo que está legitimando la pseudohistoria de la productividad burguesa, absorbe, neutraliza y capitaliza para sí a los ingenuos redactores de la izquierda que de otro modo quizá se opusieran a ella, y que en lugar de eso se sienten heroicos, orgullosos y provocativos por el hecho de “llegar” al público con una supuesta verdad liberatoria y desmitificante, lo que antes tenía que ver con propósitos de agitación revolucionaria pero ahora se identifica cada vez más con la vanidad más egocéntrica y frívola, y en realidad sirve solo a los propósitos de los poderes que organizan carcelariamente el tiempo. La masa lectora no es inocente de esta pantomima: el lector sigue y admira a su periodista rebelde y contestatario y cada cosa queda en su lugar, en el diario que ha dejado de ser agitador y movilizador para convertirse en una simulación congelada de enfrentamientos, tendencias y dinámica social, y en maqueta de un Parlamento abierto dentro de una sociedad ideológicamente cerrada: The New York Times, por ejemplo, suele publicar en su página de opinión artículos antagónicos sobre un mismo asunto, lo que a primera vista abre el arco de disenso democrático pero visto más de cerca fija los límites del enfrentamiento y de la oposición posibles.”

“Iluminista primero, el periodismo se volvió izquierdista a los ritmos de la historia del socialismo, el marxismo, la socialdemocracia y el revolucionarismo leninista. Anarquistas, contestatarios y socialistas primitivos tuvieron a la palabra escrita en el mismo lugar de trascendencia social que el iluminismo burgués; Marx y Engels, como lo prueban El 18 Brumario de Luis Bonaparte o el Manifiesto Comunista no desdeñaron formas periodísticas o semiperiodísticas; la socialdemocracia alemana era notable por su erudición, sus periódicos, sus bibliotecas y sus archivos; la teoría revolucionaria de Lenin proponía que el “organizador colectivo del Partido” fuera nada menos que un diario, aptamente llamado Iskra (La chispa) -el incendio revolucionario iluminaría la oscuridad rusa- y Trotsky relata en sus memorias con estremecimientos casi sensuales el placer que le causaba abrir el diario del día. El periodismo, de hecho, fue a menudo la ocupación “burguesa” del revolucionario profesional, tanto un vector de agitación como un medio de vida.”

“El periodismo disfruta así de un prestigio un poco tramposo, que consiste en haber sido la oposición de anteayer. El anacronismo de sus laureles consiguió un maquillaje de lustre rejuvenecedor en las últimas décadas de este siglo por haber librado un revival de la lucha entre Ilustración y oscurantismo en sociedades y regímenes políticos suficientemente atrasados, anacrónicos, cerrados en sí mismos y radicalmente débiles como para construir su idea del Estado en la imagen de una fortaleza asediada, tales como las sociedades de planificación estatal del viejo Este (o, para el caso, la dictadura militar argentina).”

“La incapacidad de estos regímenes para legitimarse, su necesidad de controlar cada aspecto de la vida social, su identificación del poder con el dominio sobre lugares físicos concretos, dio al enfrentamiento entre la Ilustración universal televisada y la realidad local el aspecto de una guerra de posiciones librada con armamentos anacrónicos, como si fuera posible defenderse de misiles nucleares con ballestas. Se puede argumentar que, más que la amenaza armamentista o tecnológica (que sólo pesó en la conciencia de los dirigentes) fueron Radio Europa Libre y las emisiones televisadas de Europa Occidental lo que acabó con los regímenes del Este, y no por su propaganda ideológica propiamente dicha sino por simple difusión del modo en que eran las cosas en el resto del mundo. La caída del Muro de Berlín fue un simulacro posmoderno de la toma de la Bastilla: el triunfo del hombre común contra las utopías, la irónica victoria final del buen soldado Schweick. Los periodistas, situados en este escenario, parecieron volver a brillar por un rato a la luz de las lejanas llamas de la Revolución Francesa, y terminaron de cumplir su papel vendiendo como nueva una ideología vencida. La cuantitivización del desarme político, militar, social y moral ganó la escena como “el menor de los males posibles”, y se impuso la democracia en la acepción borgeana como “abuso de las estadísticas”, ya que las estadísticas son un recuento de cuerpos inmóviles.”

“Avanzaba la normalización “final” del mundo, su sujeción eficiente a la lógica del mercado económico y político, y los periodistas, que antes habían actuado como instancia de iluminación contra el poder, ahora le sostenían la linterna y prodigaban su elogio: no por nada Bernard Shaw, anchorman de la cadena norteamericana de noticias CNN, abrió su cobertura del inicio de los bombardeos norteamericanos contra Irak, una noche de 1991 con la memorable frase: “Los cielos sobre Bagdad han sido iluminados”.”

“El periodismo es el departamento de agitación del iluminismo convertido en proyecto opresivo tal como lo denunciaron Adorno y Horkheimer en 1947: se diría que los estados mayores periodísticos han leído y estudiado la Dialéctica del Iluminismo, pero esta vez como manual de instrucciones. El iluminismo como sistema de dominación implica un fuerte contenido de positivismo y de materialismo vulgar, donde las únicas cosas que se nombran son las que existen “objetivamente”, cada cosa que existe tiene sólo por eso la dignidad de una verdad, “la única verdad es la realidad”, la especulación está prohibida y se debe callar de aquello de lo que es difícil hablar. El iluminismo se convierte en los focos de un benévolo campo de concentración universal, de satélites y radares que no sirven tanto para esclarecer como para controlar, fijar, situar, inmovilizar, detener, cosificar, contabilizar. Y la alianza del iluminismo opresivo con el periodismo consiste en la tarea de desencantar, desublimar y destruir cualquier trascendencia que se aparte de la lógica del mercado, de su impersonal sistema de equivalencias, pesas y medidas. La ideología de esta alianza es el progresismo.”

“La relegitimización moderna del periodismo como agente iluminista comenzó en las sociedades desarrolladas con el escándalo de Watergate en 1972, que elevó al periodista a la posición de fiscal y terminó con la caída del presidente Nixon. La investigación, el exposé y la denuncia se pusieron a la orden del día, como si fuera un intento de sustituir con inofensivos ataques a figuras del sistema la reprimida y en el fondo añorada potencia de reflexión crítica, y el periodismo empezó a verse crecientemente a sí mismo como según el argumento cinematográfico del inconformista y solitario reportero que libra contra poderes inmensos y siniestros una batalla desesperada, quijotesca, pero finalmente triunfante. Los periodistas supieron aprovecharse muy bien del fuerte momento de paranoia universal del hombre común desposeído y alienado, alentaron toda su desconfianza hacia las instituciones y luego se propusieron como la institución de reemplazo, como su agente jacobino y como su Robin Hood. Que haya políticos que mientan siempre resultó muy ventajoso para el periodismo, ya que entonces eso quiere decir que la prensa dice la verdad. El crédito de los periodistas creció, como si fuera un voto de protesta contra el Establishment, aunque éste en el fondo daba la bienvenida a las operaciones de limpieza correctiva del periodista disfrazado como justiciero popular. Los cínicos se consolaron: si la gente ya no creía en los políticos, por lo menos con los periodistas seguía creyendo en algo. La intervención revelatoria y denunciante del periodismo también fue decisiva para la terminación de la guerra de Vietnam, a tal punto que muchos generales pensaron que la guerra se había perdido en los aparatos de TV en los living-rooms de los hogares de Estados Unidos (El izquierdismo sesentista coloreaba todo esto en un rosado pálido).”

Una modesta proposición

“El periodismo siempre se vinculó al poder, expresándolo, deseándolo o queriendo destruirlo; siempre encontró referencia en el Estado, y se postuló como una especia de Estado ideal. Sin embargo, la imbricación del periodismo con el poder después de cumplidas las revoluciones burguesas mostró que la relación no era unilateral ni simple y ahora ya es lícito preguntarse quién condiciona a quién, si el poder formal al periodismo o viceversa, o si el periodismo no ha trascendido en realidad ya al poder formal, y no será como fuerza dominante de la ideología y conciencia, el espacio del poder real.”

“La dependencia del poder democratizado respecto de la opinión pública depositó una fuerza inédita en manos de los periodistas, que empezaron a ser cortejados y manipulados por un poder oficial que encontró que la vida sin el periodismo era imposible: los funcionarios del Pentágono, por ejemplo, filtrarían a la prensa secretos del gobierno para desequilibrar a su favor una puja interna; los presidentes empezaron a calcular la hora de su discurso de modo de poder “hacer” o evitar las noticias televisivas en la hora de mayor audiencia; los políticos y candidatos programaron sus actividades de modo de usurpar el mayor espacio gratis posible de TV, y los jefes de Estado ya aparecen hoy en los avisos de la CNN diciendo: “Me enteré de la noticia por CNN”. Las grandes negociaciones internacionales se han vuelto torneos por la opinión pública: el poder ha perdido la máscara hermética y enigmática del pasado para convertirse en un conversador compulsivo y en un incontinente chismoso crónico sobre sí mismo.”

“La manipulación periodística del público se disfrazó en los Estados Unidos de objetividad por medio de un montaje que organizó ideológicamente la noticia mediante una sucesión planificada de golpes emocionales; algo similar hicieron con la prensa escrita donde el ordenamiento de los párrafos, cada uno de los cuales no suele contener más que un solo hecho, se programa para generar determinada deducción. El extremo opuesto se encontró en Francia, donde el periodismo montó un espectáculo de su propia importancia por medio de una intrascendente y vacua cortina de palabras bien fraseadas, en una verborragia seudoensayística y seudoliteraria. El periodismo inglés eligió la forma tal vez más honesta: contar los hechos al tiempo que se opina explícitamente sobre ellos.”

“La rebelión contestataria contra estas formas más o menos tradicionales y estabilizadas fue el llamado “nuevo periodismo” de los años ’60, una cruza del reportaje con la sensibilidad del autor y con la literatura, que en su forma más exitosa partió en realidad de escritores que usaron técnicas del periodismo y hechos reales para construir obras de literatura a secas (Los ejércitos de la noche, de Norman Mailer, o A sangre fría, de Truman Capote) y que en su versión más pedestre terminó bastardeando tanto periodismo como literatura, ya que sus practicantes eran periodistas y escritores frustrados cuya idea de la literatura, la subjetividad y el estilo no iban mucho más allá de la novela negra o el bestseller de espionaje, y entonces abrían sus notas con cosas como: “Eran las 4 PM. El presidente golpeó la mesa y descerrajó: ‘¡Demonios!’”.”

“La literaturización, a pesar de estos inicios tentativos (siendo más un rechazo de los establecido que una clara orientación sobre a dónde se quería ir), avanzaría no obstante, como tendencia de época, y llegaría a recorrer con el tiempo el camino desde rebelde outsider a figura consagrada del sistema. Sin duda, algo de ella se había insinuado en clásicos como la revista Time (con su estilo colorido y cinematográfico) e incluso en Primera Plana y otras revistas argentinas de actualidad de los ’60, pero se trataba de productos donde lo político era preeminente y lo literario decorativo, exactamente lo opuesto a lo que ocurrió después. A partir de cierto momento (supongo que entre los ’70 y los ’80) los jefes del periodismo empezaron a darse cuenta de que había que tratar de interesar al lector por métodos nuevos. Ya legitimizado el tiempo productivo, ahora se trataba de entretener y seducir al público, de contarle una maravillosa historia. La última decisión del presidente podía ser perfectamente aburrida, pero no si se contaba cómo estaba vestido, qué chistes hizo y cómo trató a sus ministros. Apareció la cholulez (degradación del snobismo) como método de conocimiento, consistente en la apariencia de violar mágicamente el tabú de la intimidad del poder para dejarlo reforzado después de un breve instante de voyeurismo por interpósita persona periodística, por el que el periodista también recibe cierto lustre residual de “insider”. Las noticias se novelizaron, las notas se convirtieron en capítulos de un incesante folletín.”

“Un izquierdista ingenuo de los años ’60 podría haber dicho que este era un nuevo instrumento del poder para distraer a las masas de sus tareas históricas, pero la verdad era mucho más evidente, deprimente y temible: se empezó a literaturizar el periodismo para disimular que en realidad no pasa nada. Terminadas la revolución y la oposición, que producían noticias que hubiera urgido conocer en cualquier formato y estilo, el periodismo debió brindar una ficción sustitutiva de actividad histórica. Si la prensa reconociera que no pasa sustancialmente ninguna cosa nueva, si honestamente se llamara a silencio ante la desaparición (que ella misma alentó) de los procesos históricos, a lo mejor el entero sistema de dominación colapsaría por aburrimiento. La gente, que cada vez se habla menos, tiene al diario como pretexto de conversación y pasatiempo del tiempo vacío: información y crucigrama se tocan. La idea del “fin de la historia” escandalizó menos por su audacia o por su procapitalismo que por el secreto temor que todos tenían de que lo que Fukuyama decía pudiera ser cierto: necesitaban callarlo aún antes de enteder lo que decía, y en ningún ámbito esta reacción fue más virulenta que entre los periodistas, que se lanzaron a esgrimir sucesos irrelevantes a la tesis -la guerra del Golfo, la desintegración de Yugoeslavia- para rebatir a un antagonista que les hablaba desde el concepto hegeliano de historia.”

“La gente ya no es culta: es informada. Las conversaciones se vuelven intercambios de cocktail, pases de salón, slogans de estúpidos de Flaubert, contraseñas universitarias mal aprendidas. La capacidad de atención y concentración disminuye. Cualquier intensidad es tachada de “autoritaria”, “terrorista” o “loca”. La filosofía universal es el esceptisismo vulgar, el cinismo de barrio. Ya no se sabe leer de verdad: los alumnos de literatura, que en su gran mayoría solo aspiran a volverse apparatchiks de la nomenklatura universitaria, aprenden solamente los fragmentos, las citas y los códigos para pasar los exámenes, y reciben una estructura conceptual cuya frigidez, desapasionamiento y además de necia superioridad analítica frente al objeto jamás les permitirá, por ejemplo, conmoverse con Madame Bovary o reírse con Bouvard y Pécuchet; antes tendrán que hacer la autopsia semiológica y descubrir dónde están el significante, el sintagma y el rizoma, de modo de poder continuar arruinando la sensibilidad de las generaciones venideras. La carrera en boga es Ciencias de la Comunicación, un híbrido que las chicas de barrio estudian para llegar a ser, precisamente, periodistas, como antes estudiaban corte y confección y después quisieron ser psicólogas. Textos con la demanda, la devolución y la riqueza de En busca del tiempo perdido o El hombre sin atributos estan fuera del alcance para una generación cuya idea de la duración está formada por el videoclip, y cuya ambición verdadera es tener algún quiosquito de poder. Invirtiendo una frase de los años ’60, habría que desconfiar preventivamente de todos los que tengan menos de 30 años, ya que no vivieron la valentía, la generosidad y el arrojo de las épocas en que la historia parecía viva. Y el destino inevitable de esta época y de esta generación termina siendo el periodismo, que ya organizaba las cosas de este modo antes de que fueran así. Con el tiempo, todo el mundo será periodista, en potencia o en acto.”

“La resistencia es difícil, y probablemente sin esperanzas. Sin embargo, el sistema, por la misma lógica de su sobreextensión totalitaria ha dejado libre un espacio: la posición del disidente, única figura de oposición posible en una sociedad sin oposición. El disidente es el problemático opositor en sociedades de totalitarismo consensuado, sea en su vieja versión, policial y oscurantista (viejos regímenes del Este) o en su formato iluminista, progresista, reluciente y moderno. El disidente tiene fundamentalmente un “contra qué” estar, no necesariamente un “para qué”. El disidente correctamente carece de esperanzas en el “proletariado” o el “pueblo” (una manga de canallas con vocación de informantes policiales), pero no cede al consuelo del colaboracionismo progresista y se mantiene en su reflexión crítica solo, estoicamente, le cueste lo que sea, como si fuera un iluminista de nuevo tipo; quizás (para parafrasear libremente a Adorno) como un iluminista negativo.”

“Ya no es posible reeditar el Iskra, pero sí consumar una modesta proposición: el “diario” aperiódico, que debería salir sólo de vez en cuando (cuando hubiera novedades, cuando hubiera algo nuevo que decir), que resistiera toda lógica y presentación de mercado, renunciara a toda homogeneidad ideológica y se propusiera y circulara como consigna y como forma de reconocimiento y supervivencia de una diáspora de individuos anónimos, asilados y dispersos. El “diario” aperiódico, periódico del antiperiodismo, quizá ni siquiera debería tener nombre.”