Augusto

Jean-Joseph Taillasson: Virgilio lee la Eneida a Augusto y Octavia, 1787. National Gallery, Londres.

Jean-Joseph Taillasson: Virgilio lee la Eneida a Augusto y Octavia, 1787. National Gallery, Londres.

Multus hinc ipso de Augusto sermo, plerisque vana mirantibus, quod idem dies accepti quondam imperii princeps et vitae supremus, quod Nolae in domo et cubiculo in quo pater eius Octavius vitam finivisset. Así principia Tácito el apartado noveno del libro primero de los Annales. Dos mil años hacen de esa muerte una ocasión para la crónica, la novela o la arqueología; también ha sido un grato pretexto para la obra de arte. Nos ocupan dos cuestiones literarias de la vida de aquél al que la Historia conoció como Augusto; es deseable que los asuntos militares y políticos, cuyas consecuencias se han diluido en el caos de la sucesión temporal, sean abandonados al análisis del paciente especialista.

Voltaire (Dictionnaire philosophique) anotó que las causas del destierro de Ovidio a la tediosa Tomis, en el Mar Negro, son sabidas pero cuidadosamente ocultadas: no era posible que la redacción de volúmenes o versos de costumbres, inocentemente sazonados con consejos sobre las causas de la seducción (Ars amatoria, Remedia Amoris, y el más esotérico Medicamina faciei feminae), pudieran escandalizar al maduro emperador. Las sátiras de Horacio fueron más acerbas, pero Augusto no halló en ellas motivo de reprensión. Argumentan quienes juzgan la memoria del viejo Octavio, cargado ahora con la púrpura, que las leges Iuliae contra el adulterio y la concupiscencia de las matronas habrían endurecido el carácter del César. En verdad, el rigor de las disposiciones morales no había sido ideado para reprimir la cópula, sino para evitar dos males considerados más severos que la locura de la mujer infiel: la magra tasa de natalidad de la Roma del principado temprano (lo que equivalía a contar con menor número de espadas) y el activo rol que muchas mujeres ambiciosas tomaban en conspiraciones para hacerse con una finca, un testamento y hasta un trono: las malhadadas y desterradas hijas del propio Augusto, las dos Julias, fueron sorprendidas en flagrante adulterio combinado con inhábil complot. El emperador se vio obligado a actuar contra su familia de modo imparcialmente riguroso. Había en los territorios de la frágil Pax romana incontables Ladies Macbeth.

La bella y rara obra de Rosario Guarino Ortega, El Ibis de Ovidio, da cuenta de la historia de la composición de ese vago poema escrito en el exilio, cuya redacción recoge la judaica tradición de impureza de esa ave del Nilo: acusa en los versos Ovidio a un falso amigo, un antiguo mendaz protector devenido animoso adversario, a quien achaca su caída en desgracia. Ibis ha sufrido múltiples identificaciones y permanece, como lo quiso Ovidio, tal vez menos evidentemente en su tiempo, en la niebla: pudo ser Higino, un cortesano y bibliotecario de Augusto, o el celoso poeta Manilio, o el afiebrado orador Tito Labieno, o bien el astrólogo de Tiberio, el egipcio Trasilo. No lo sabremos, pero la cuestión habría entusiasmado al propio sucesor de Augusto, inclinado a disputar con sus invitados sobre puntillosos asuntos literarios, según recuerda, o finge recordar Suetonio en sus biografías sobre los príncipes.

Insiste Voltaire: hace decir a un borroso autor, contempóraneo del misterio, el oscuro Minuciano Apuleyo, que Pulsum quoque inex ilium quod Agusti incestum vidisset. Johan Madvig aseveró que Minuciano era una apócrifa creación de anóminos gramáticos del siglo X y aun de comienzos del Renacimiento. Voltaire no conoció la objeción; fue su opinión que Augusto gozaba encerrado en una pasión baja, similar a la que colonizaría a Cayo Germánico y más tarde a Nerón, y que Ovidio habría sido un testigo ilustre pero molesto. Se abstuvo, aun así, de ordenar, bajo cualquier cargo, su ejecución. Engendró Augusto, involuntariamente, los arduos trabajos de Ovidio durante su forzosa y perpetua ausencia en Roma; a ninguno faltó inspiración ni elegancia. Son incognoscibles los designios de los Césares.

Es más feliz la segunda cuestión: Augusto indujo, sin réplica posible, a los albaceas literarios de Virgilio, Lucio Vario Rufo y Plocio Tuca, a emular al venidero Max Brod; era deseo de Virgilio que su inacabada Eneida fuese entregada al fuego; se opuso el emperador y los versos de la Sibila sobrevivieron: ibant obscuri sola sub nocte per umbram, la transmutación que ha sido dada en llamarse hipálage permaneció ajena a las cenizas. Un breve texto de Francisco García Jurado (Borges y su Eneida) razona cabalmente acerca de la ventura de esta voluntad incumplida. Pudo así Hermann Broch escribir su tal vez también inacabado poema en prosa en donde Virgilio se une a Dante (y al hacerlo, también se funde, aunque desganada o equívocamente, con Platón): Der Tod des Virgil. Broch había corrido, más amargamente, parte de la suerte de Ovidio: encarcelado por el régimen nazi tras el Anschluss, seguro de su muerte mientras componía poemas en la prisión, la valerosa intercesión de sus amigos (entre ellos Albert Einstein), lo sorprendió con el azar de la liberación. Salvado, como la Eneida, del fuego, se dedicó a cantarla. Cuesta imaginar mayor suerte o mejor destino.

Curiosa inmortalidad la de Augusto: su tarea política y militar ya no existe, no han pervivido sus leyes. Subsiste en la queja del hombre al que condenó, por razones que nos serán siempre legendarias, y en el verso del hombre cuya obra, con la magnánima, esta vez sabia, razón del César, eligió retener.

Hadrian Bagration

 

El imperio de Alejandro

Charles Le Brun: Alejandro en el Hidaspes, 1673. Musée du Louvre.

Charles Le Brun: Alejandro en el Hidaspes, 1673. Musée du Louvre.

Sometido Poro a orillas del Hidaspes, Alejandro ordena avanzar sobre otro río, el Hyphasis, y acometer al próximo reino bárbaro. Los soldados ceden al temor: la tierra es húmeda y oscura, las lluvias constantes los envuelven en un hálito putrefacto; desean el regreso a casa. El ejército coquetea con el motín; Alejandro responde con astucia: se encierra en su tienda y no consiente en ser visto por tres días (la cifra, aplicada a otra leyenda, será profética). Sus generales se inquietan; visitan tímidos la tienda y preguntan al gran rey si algo necesita. Ser obedecido, contesta Alejandro. Las tropas se resignan; miles de mensajes son enviados a Grecia, entre lágrimas: la Hélade será un recuerdo aun para los que en esos suelos cenagosos moren como fantasmas. Alejandro traspasa el Hyphasis y a su encuentro acude el total de la fuerza del imperio nanda: doscientos mil infantes, veinte mil jinetes, dos mil carros, mil elefantes. Los macedonios morirán con honor en medio del cieno y del fragor, pero antes de la embestida de las hordas Alejandro, la cabeza descubierta y sus cabellos rubios flotando sobre el huracán, se lanza a la guerra junto a un puñado de hetairos, casi solo. Tantos siglos después Shakespeare hará que Enrique V emule esa carga en Agincourt. Las falanges murmuran que en la punta de la lanza de Alejandro el brillo que enceguece a las primeras filas de los indios no es sino un destello del rayo, y el rayo es Zeus. Veinte mil hoplitas rugen el nombre del padre de los dioses y avanzan, casi a la carrera. Las flechas de los arqueros enloquecen a los elefantes; los caballos de los indios se derrumban, los carros son aplastados, mueren los infantes, los jinetes ruegan una montura para la huida. Sin perder un solo hombre, Alejandro es señor de la India, desde el océano hasta los Himalayas. Entra en la capital, Pataliputra, en donde la nobleza lo recibe con la prosternación. Tardará cinco años en dominar el sur, desde la meseta del Decán hasta Ceilán. Luego, su historia se pierde.

Dos versiones surgen: una habla de un voluntario regreso a Babilonia, en donde morirá, tras apacible vejez, hacia el año 286 antes de la Era Común. Otra afirma que su sed no se apagó en las aguas de la India y que su tropas, compuestas por hombres de todos los colores, prosiguieron hacia el Este. Murió parcamente. Fue enterrado bajo una sencilla tumba, quizás en las laderas del Hindu Kush, el Caucasus Indicus. Quizás haya querido que su lugar de reposo fuera secreto.

Dos siglos transcurrirán hasta que el imperio de Alejandro bordee las posesiones de los Chu. Cien años tomará la conquista de China. Es una época de rebeliones, revueltas y revoluciones en el imperio más vasto; finalmente todas son aplastadas. Hay paz, y la leyenda asevera que Alejandro reina, imperturbable, en la lejana Babilonia, a la que los habitantes del Este del inmenso reino imaginan como ciudad de magos y de prodigios. En el Occidente, los cortesanos negocian el reparto del mundo con Roma: las tierras al oeste de Grecia corresponden a los latinos; el inconcebible mundo oriental es macedonio, es de Alejandro. El Senado se pregunta si firma tratados con un espectro; Alejandro sólo parlamenta a través de embajadores que jamás lo han visto. Hacia lo que para nuestra cuenta del tiempo es el siglo XVI, los macedonios (sus descendientes, ya asimilados con persas, indios, tibetanos, gentes de la China, gentes de la Corea, mongoles, sármatas, escitas) bañan sus pies en el mar del Jumon, que los pacientes geógrafos denominan Yamato.

La orden llega con tardanza de Babilonia: al igual que Roma, el dominio de Alejandro será un imperium sine fine.  El 22 de mayo de 1703 ochenta mil hoplitas, diez mil hetairos, quinientos elefantes y cientos de máquinas de guerra desembarcan en lo que hoy hemos bautizado el Japón. La visión de los paquidermos aterroriza a los caballos de los samurái. Orgullosos del coraje individual, ignoran el combate en formación: una arremetida brusca de los hoplitas los desbanda. Se fuerza el suicidio del emperador para evitar su captura y su vergüenza; Kyoto es ocupada. Un contingente al mando de un general de razonable ascendencia macedonia pone sitio a Osaka; la atemorizada ciudad sucumbe. El general, cansado y polvoriento, bebe agua de un manantial. Una pareja se acurruca tras unos arbustos; para darse valor, cada uno empuña una daga con la que matará al otro. El general interrumpe la escena y los conmina a aceptar su presencia. Pregunta sus nombres a través de un intéprete: Tokubei es el varón, ella es Ohatsu. Él sirve a un mercader, ella a un burdel. El día de la invasión griega era el de su ejecución : Tokubei había sido falsamente acusado de robar la dote de la prometida que le había sido destinada, y a quien no ama; es reo de muerte, ella será marcada con el fuego y destinada a la servidumbre. Han resuelto, bajo la oportuna ocupación de los bárbaros más allá del mar, morir juntos.

Es viejo el general. Ha nacido en tierras de China, poco o nada conoce de esa leyenda dentro de la leyenda que es Grecia, y la leyenda de las leyendas, Babilonia y Alejandro. Se dirige con autoridad a los amantes: Vuestra felicidad tiene un precio. Llevaréis este mensaje a Babilonia, la guardia os guiará. Diréis al emperador que el Yamato es suyo, que yo existo y que le deseo, más allá de mi vida, aún más gloria. Comed, bebed, descansad. Mañana partiréis. Antes de despedir a la pareja, manda traer a los falsos acusadores: los hace crucificar. La justicia del Japón bajo gobierno macedonio será áspera. Tokubei y Ohatsu, en la madrugada, inseguros de su destino, hacen por primera y quizás última vez el amor.

Acompañados de un centenar de soldados, la pareja cruza el mar del Jumon hacia tierras coreanas. Desde allí emprenden el viaje que les tomará, casi exactamente, cincuenta años. Al final de la quinta década, solos (todos los soldados han muerto), ya ancianos, Babilonia abre sus puertas y permite que se postren ante el emperador, que no es sino un hombre al que llaman Alejandro; todos han sido llamados Alejandro, todos lo serán. Comunican el mensaje, conocen ahora docenas de lenguas: Yamato es provincia de Macedonia, el viejo general ha servido con eficacia y fidelidad. Alejandro, el que es ahora Alejandro, ofrece agasajarlos. Ellos cortésmente rehúsan: están enfermos y débiles, sólo piden la gracia de morir juntos, como en esa antigua madrugada en la que se unieron con el fervor de sospechar que era el goce último. A la mañana siguiente los hallan abrazados, sonrientes, muertos. Alejandro ordena que sean enterrados en su jardín, que es magnífico, y que un árbol sea plantado sobre su tumba. Cien años después, Alejandro, un otro Alejandro, consagra a los dioses el árbol, del que asoman dos flores que, como el imperio, no tienen fin ni principio, ni jamás se extinguen.

H.B.

 

Los cabellos de Hera

Annibale Carracci: Júpiter y Juno, 1597. Palazzo Farnese, Roma.

Annibale Carracci: Júpiter y Juno, 1597. Palazzo Farnese, Roma.

Walter Burkert (Griechische Religion der archaischen und klassischen Epoche, 1977) refiere que la fábula es antigua: en Agrigento, una mujer posee un hato de cuerdas que, al ser aplicado sobre un rostro, restaura la belleza y la juventud. Utilizado con prudencia, el prodigio podía atenuar las dificultades de la vejez. Su origen, sugiere Burkert, se remonta a tiempos en que Heracles caminaba entre los mortales: ya unido a Hebe, llega a sus oídos que una enorme serpiente encierra entre sus anillos a pueblos enteros en la lejana India, allí donde Alejandro había querido penetrar. Hebe intenta retenerlo pero la sed de Heracles por sumar victorias es más grande; se embarca hacia el Decán.

Zeus dormita. Hera se ha engalanado, le ha dado de beber y se le ha entregado; segura de que el sueño de su señor es largo, Hera soborna a Poseidón. Los mares se embravecen; al unísono se abaten en huracanes sobre la nave de Heracles. Sabedor de que su muerte está próxima, Heracles recuerda a Hebe y recita las últimas líneas de un poema, algo tosco, que para ella ha compuesto; morir intestado amarga su valor. Hebe escucha su canto y corre hacia su padre. Zeus despierta. Una mirada hacia el mundo lo hace comprender todo: con un rugido envía a Poseidón a ocultarse entre rocas. Las aguas se calman; durante meses no habrá barco capaz de navegar en ningún océano de la tierra.

Hera tiembla, pero Zeus se ha cegado: desploma sobre ella castigo (Burkert obvia descripciones rotundas). Sobre la Magna Grecia pende la diosa, cabeza abajo, como los criminales: para los mortales serán momentos; Hera sentirá que han transcurrido siglos. Una mujer, tímidamente, se acerca a la sollozante cabeza de la desgraciada esposa de Zeus Olímpico y corta un puñado de cabellos. Será bella para siempre. Cuando fallece, el amuleto, cuyo secreto se desconoce, es enterrado con ella. El árbol que ha crecido sobre la tumba nunca muere.

H.B.

Crucifixión

Fyodor Bronnikov: Esclavos crucificados, 1878. Galería Tretyakov. Moscú.

Fyodor Bronnikov: Esclavos crucificados, 1878. Galería Tretyakov. Moscú.

Acabada la masacre del río Silario, Craso inquiere sobre el destino de Espartaco. Le informan que nada se sabe: los cadáveres han sido examinados con paciencia, los moribundos rematados, los prisioneros esperan de rodillas un final cruel y próximo, pero no hay indicio del rebelde. Craso decide que un castigo ejemplificador elevará su fama y le abrirá las puertas del consulado en Roma: seis mil esclavos son crucificados en la longitud de la Vía Appia entre Capua y la capital. Antes de regresar a su villa, Craso, que se ha asegurado de que no haya sobrevivientes, deduce que o bien Espartaco ha muerto en la batalla o pende ahora de una cruz. Qué más da.

Silenciosamente, Espartaco ha cruzado el río junto a un grupo de fieles y ha huido antes del comienzo de la sangre. Les dice que seguirá solo, que ha recibido mensaje de un alzamiento servil en Crotona, hacia el Este, y que acude a negociar una alianza con sus líderes; unirán sus fuerzas, derrotarán a Craso y marcharán sobre Roma; en un año harán que sus antiguos amos los reverencien como a dioses. Espartaco desaparece en la madrugada.

Transcurridos casi veinte años, Craso ambiciona el poder que Roma vende y se embarca en la conquista de Partia; allí morirá, pero aún no lo sabe. Se dirige a Siria. El ejército bordea un pequeño pueblo; Craso exige agua y comida en un mercado. Un hombre ceniciento se apresura a servirlo. El alimento desagrada a Craso; a gritos ordena ser atendido como el imperator que es. Otro hombre, fornido, de viejas canas, lo tranquiliza; trae sus mejores manjares y promete castigar al servidor que ha hecho mal su tarea. Craso, apaciguado, pregunta por el nombre del mercader. Espartaco, que se siente seguro tras su oficio de comerciante de esclavos, habla falsamente. Ignora que Craso lo ha reconocido al llegar, que ha instruido a sus soldados a rodear la finca. Espartaco es aprehendido. Algunos de los hombres que ha comprado o vendido lo aprecian; otros lo injurian, ha sabido ser veloz con el látigo y terco con el hierro y el fuego.

Craso manda construir una cruz.

H.B.

 

John Lyly

Anónimo: Madame de Rambouillet, siglo XVII. Colección privada.

Anónimo: Madame de Rambouillet, siglo XVII. Colección privada.

Como todo innovador refugiado en la tradición, John Lyly se atribuyó la fundación de una escuela literaria que contemplaba el pasado para fundar venturoso futuro: fue dada en llamarse eufuismo. El nombre, que confunde al lego con la doctrina de los sufíes, se yergue de una precoz y olvidada obra de Lyly: Euphues, or the Anatomy of Wit. El eufuismo fue en la Inglaterra apenas anterior a Shakespeare lo que en España equivalió al culteranismo y en Francia a las préciosités. No faltó quienes vieran en él escasa sustancia y meros juegos de artificio verbal. Sus aún defensores le adjudican un carácter retórico cuya ausencia hubiera hecho imposible al mismo Shakespeare, a Góngora, a Giambattista Marino (aquél de Porpora de’giardin, pompa de’prato/Gemma di primavera, occhio d’aprile…) y a la Chambre Bleue del salón de Catherine de Vivonne, marquesa de Rambouillet. La cuidadosa enumeración, la aliteración, la hipérbole y el hipérbaton eran lengua común entre esos idiomas que distaban algunos cientos de millas entre sí. John Lyly, que no reconocería su quizás flagrante deuda con los monjes que crearon, con placer cargado de tedio, el latín de Hibernia, se proclamaba, sin embargo, pionero en el barroquismo literario cuyo primer y acaso único amor es el asombro.

“It is virtue, yea virtue, gentlemen, that maketh gentlemen; that maketh the poor rich, the base-born noble, the subject a sovereign, the deformed beautiful, the sick whole, the weak strong, the most miserable most happy. There are two principal and peculiar gifts in the nature of man, knowledge and reason; the one commandeth, and the other obeyeth: these things neither the whirling wheel of fortune can change, neither the deceitful cavillings of worldlings separate, neither sickness abate, neither age abolish.”

“Es la virtud, sí, la virtud, caballeros, lo que nos hace caballeros; lo que hace rico al pobre, noble al plebeyo, soberano al súbdito, hermoso al deforme, sano al enfermo, fuerte al débil, el más feliz al más desgraciado. Hay en la naturaleza del hombre dos dones peculiares y predominantes: el conocimiento y la razón; el primero ordena, y la segunda obedece: a estas cosas ni la cambiante rueda del destino puede alterar, ni los reparos mundanos separar, ni la enfermedad abatir, ni la edad desgastar.”

John Lyly: Euphues, the Anatomy of Wit (1580).

Hacia esa fecha Lyly disfrutó de la preferencia del público de las cortes y de la estimación de los letrados: su estilo se emuló y muchos acudieron a sus lecciones de retórica. Obtuvo varias veces sitial en el Parlamento. Alrededor de 1593 Lyly escribe a Isabel I por segunda vez: su primera petición no ha sido escuchada, ha esperado más de diez años por un cómodo puesto en la corte: “Thirteen yeres your highnes servant but yet nothing. Twenty friends: hat though they saye they will be sure, I finde them sure to be slowe. A thousand hopes, but all nothing; a hundred promises but yet nothing. Thus casting up the inventory of my friends, hopes, promises and tymes, the summa totalis amounteth to just nothing.” (He sido durante trece años servidor de Su Majestad, pero nada he recibido. Veinte amigos, aun cuando me aseguraron llegada a vos, se han esforzado con lentitud. Mil esperanzas, pero nada; cien promesas, pero aún nada. De modo que al hacer inventario de mis amigos, esperanzas, promesas y tiempos, la suma total se reduce a sólo nada). Sus escasos biógrafos sospechan que Isabel halló la manera de otorgar alguna magra recompensa. No otra cosa recibiría Lyly hasta sumergirse en una austera y olvidada vejez. Muere en 1606, legando pobre testamento a sus hijos.

La vida de John Lyly es invención de la literatura: una vida dentro del drama, vivida con intención gozosa, sepultada en la aridez de la erudición y quizás en el hábito de la soledad y la pesadilla.

H.B.

 

Barroco final

Evaristo Baschenis: Instrumentos musicales, ca. 1650. Museo Real de Bellas Artes de Bélgica, Bruselas.

Evaristo Baschenis: Instrumentos musicales, ca. 1650. Museo Real de Bellas Artes de Bélgica, Bruselas.

“El sereno siglo XVIII, que culminará con la Revolución Francesa y el inicio de las campañas napoleónicas, comienza con violencia: a la guerra de Sucesión Española siguieron, casi inmediatamente, la Guerra de la Cuádruple Alianza y, más tarde, la Guerra de Sucesión Austríaca. Muy conocidas son la primera de ellas y la última; menos lo es la intermedia, que, sin embargo, tuvo un carácter global: los franceses, combatiendo a España, se lanzaron contra sus posesiones en la península de la Florida; los españoles contraatacaron destruyendo los emplazamientos franceses en Carolina del Sur; España redobló la apuesta enviando desde Cuba un contingente que asaltara las Bahamas, bajo tutela británica; fueron repelidos en la batalla de Nassau. Los poderes europeos guerreaban constantemente los unos contra los otros, las alianzas se construían y deshacían en trátados volátiles; ciertas consecuencias fueron, no obstante, duraderas: el poder de España se hundía para siempre, la hegemonía francesa en Europa tambaleaba, sus conquistas de ultramar se evaporaban en manos inglesas, Gran Bretaña completaba su dominio de los mares. Todo este estrago implicaba fuertes gastos: los ejércitos y las flotas exigían mantenimiento constante; las fortunas de las cortes podían permitirse estipendios menos fabulosos. El Siglo de las Luces, en su primera mitad, se halla en sequía económica. Los compositores que recurrían a los monarcas para que su visión fuera financiada eran recibidos con alguna indiferencia y magra esplendidez.”

“Hacia 1750 el texto de Fux fue reinterpretado: el parnaso, desde la poesía (recuérdense los orígenes dramáticos de la ópera en Florencia) hasta la música, si bien era descrito con las mismas palabras, infundía ahora en ellas un significado distinto: perfecta construcción, ausencia de trivialidad y de excentricidades, presencia de lo sublime, movimiento de manera natural y ordenada, combinación de brillantez y excelencia técnica (la resumida definición del barroco) no se entendía de manera de fundamentar a músicos como Lully o Handel, sino como forma de contrariarlos: la apoteosis del estilo trocaba en simplicidad y claridad: el barroco se identificaría con la trivialidad y la excentricidad, la ausencia de naturalidad y el desorden; la embriagadora excelencia técnica devenía superfluidad. Aun secretamente, la teoría estética de Fux continuó enseñándose y fueron sus discípulos compositores de renombre: Leopold Mozart, Haydn, Beethoven; era sin embargo incómodo declararse heredero de la veleidad barroca. Autores como Kamien han denominado a toda la música anterior a la segunda mitad del siglo XVIII período preclásico. Los notables precursores eran alojados desdeñosamente en las dependencias de la servidumbre.”

“Hay, es preciso señalarlo, una naturaleza política en el rechazo al barroco: las personas ajenas a la historia de la música suelen considerar con ceño fastidiado al movimiento, el estilo y la forma de composición del barroco como música de las cortes. Es común que la ramificación de un agravio acabe por enaltecer al ofendido: las cortes del siglo XVII (al fin y al cabo, gestor de la filosofía racionalista y la ciencia moderna, moderado prólogo a la Ilustración) se ufanaron en sus mecenazgos y compitieron, en muchos casos, por la posesión de talentos: la nobleza era, aun con ineptitudes, letrada y apasionada ejecutante de piezas de músicos magníficos. Las apesadumbradas épocas que las sustituyeron debieron lidiar con problemas más urgentes que la elección de un maître de musique. Los compositores del período clásico no contaron con el apoyo irrestricto de generaciones anteriores y, quizás a su pesar, debieron resignarse a la tarea de restringir su creación a un público menos entendido: las capas inferiores del estrato nobiliario, la ascendente burguesía, los sectores populares menos arrinconados por la miseria. José II de Habsburgo-Lorena es una cerrada síntesis: redujo la cantidad de conciertos de la corte de Austria a tres a la semana, casi sin audiencia, y limitados a una pequeña orquesta de cámara en la que él, por puro placer, oficiaba en el fortepiano.”

“¿Qué ocurrió con la sentencia del Pseudolongino, la que inspirara a Fux a escribir su Gradus Ad Parnassum: lo sublime es una elevación y una excelencia en el lenguaje? Fue olvidada: la elevación y la excelencia cedieron sitio a la simpleza y la claridad, y más tarde a la penumbra del romanticismo. Sin desear el desmedro de los períodos que lo sucedieron, quizás pueda afirmarse que la caída del barroco es el inicio que nos transportará, luego de largo trajín, al desastre musical al que asistimos hoy, rescatados parcialmente por excepciones como Arvo Pärt o John Tavener. No faltaba razón a Roger Scruton (aun en medio de sus aberrantes errores) cuando explicó que la belleza, e incluso la innovación, son posibles dentro de una tradición: desvanecida la del barroco, la clásica fue demasiado breve y en mucho su deudora; la tradición romántica y sus derivados prosiguen hasta la actualidad, de modo que la batalla se libra, como en Ponte Milvio (con un resultado, lo ansiamos, distinto) entre la sublimidad y elegante claridad del barroco, en palabras de Fux, y el historicismo de la tradición romántica. Ernst Hoffmann y la Musikwissenschaft del siglo XIX concuerdan con esta aseveración, pero desean una resolución favorable al particularismo decimonónico. Nietzsche, que hubiera abominado del barroco, entendió el agon como un conflicto entre Apolo y Dionisio: Die Geburt der Tragödie aus dem Geiste der Musik es una dilatada letanía en favor del dios niño; en un opúsculo anterior, Nietzsche concluía que de la música había surgido la tragedia en siglos griegos. Su tesis fue discutida y aun refutada; sabemos que, al menos en Florencia, la tragedia precede al drama lírico.”

“¿Habremos de esperar un regreso del barroco? Es verosímil suponer que sí, aunque es también posible que el retorno se prolongue y que, llegado, no atinemos a reconocerlo. Hemos desesperado de la música y tomado refugio en el glorioso, a veces opaco pasado del arte. Es ésta una era de formas vulgares que son reemplazadas reiteradamente por modos de grave pobreza: el parnaso es ya un no-lugar y quienes fuera de él hemos quedado contemplamos una distopía artística. Está allí, para quien desee en él aventurarse, el pretérito candor del barroco,  una historia que aguarda al genio venidero. Muchas gracias.”

Hadrian Bagration: Seminario sobre los orígenes de la ópera y ópera barroca. Centro Cultural Asís, Guaminí 1728, jueves 24 de Julio, 17 hs, Ciudad de Buenos Aires.

 

El temor

Karl Friedrich Lessing: El último cruzado. Sin datación. Colección privada.

Karl Friedrich Lessing: El último cruzado. Sin datación. Colección privada.

El descubrimiento correspondió al historiador Shelomo Dov Goitein: la Guenizah du Caire reveló, entre sus cientos de miles de manuscritos, las cartas de Hugues de Paynes, dictadas un día antes de su muerte, a un receptor secreto; su nombre, si bien se menciona, no ha sido recogido por la Historia y es ahora sólo unas cuantas letras ordenadas. Fulquerio de Chartres confirma (en vida, ya lejana) que las misivas existieron, pero según su versión los destinatarios eran abstractos: como de Paynes, un grupo de Advocati Sancti Sepulchri en Jerusalén. Goitein opinaba en contrario: las líneas estaban dirigidas a un pariente o amigo de Hugues de Paynes: son evidentes las ansias de ser recordado por su valentía, generosidad, humildad. Mi nombre se perderá, asegura, pero lo que desea es que tal cosa no ocurra. Además de una breve enumeración de disposiciones testamentarias, sobresale una sola anécdota.

Era el 12 de Agosto de 1099. Capturada la Ciudad Santa, Godofredo de Bouillón se dirigió contra las fuerzas de Al-Afdad en Ascalón y las derrotó. Hugues de Paynes cabalgaba junto a él. Los judíos que habían sobrevivido a la devastación de Jerusalén se habían refugiado entre los fatimitas: la caída de Ascalón les arrebató su último protector. Los cruzados ejercieron ilimitada crueldad: Fulquerio de Chartres escribió con cierto regocijo que las escenas de la destrucción de la sinagoga de Jerusalén revivieron; la sangre inundaba las piernas de los soldados de Bouillón. La matanza se prolongó hasta la noche.

En su tienda, Bouillón celebraba la victoria. Vio a de Paynes cabizbajo; como aterido, lo recorría un temblor. ¿Temes?, fue la pregunta. Por mi alma inmortal, de Paynes contestó: hemos matado a mujeres y a sus hijos pequeños. Quizás me haya condenado. Bouillón lo miró con dureza: Lo has hecho por Cristo. Descansa. Yo estaré junto a ti. De Paynes obedeció, pero rechazó el vino y el calor; no dormiría esa noche. Godofredo de Bouillón moriría un año después, de rápidas fiebres. Hugues de Paynes persistió en el hábito de la vida por treinta y seis años.

Y sin embargo, acaba su carta, jamás he dormido, ni un solo instante, ni aun tras el abrazo de mi amigo y la bendición del sacerdote y el elogio del rey, por una sola noche. ¿Me condenará Dios a una eternidad en su infierno con Godofredo? No lo sé. 

H.B.