L’Heure Bleue

81S6Qkxg93L._SL1500_“Los viejos textos que ha olvidado el escritor son fuente, las más de las veces, de solitario arrepentimiento. El origen de esta nouvelle (ese género tan gratamente circunspecto en lo que toca a la extensión) es antiguo y ya confuso: una serie de lecturas de Thomas Mann y Winfried Sebald me había empujado a la torpísima emulación y a la innecesaria prisa. L’heure bleue fue escrita, sus vaivenes retóricos lo confiesan, en algo más de una semana, en un verano bajo un sol que no era el de York, en el año 2007. La redacción, que no es dichosa, se presentó accesible; el más grávido de mis errores fue ensayar un final que revelara un asombro. Fracasé. Parcialmente debo a esa derrota previsible esta versión, de renovada impotencia estética pero menor ambición narrativa. Prodigué indiferencia a ese primer intento hasta la mitad de 2011; fue entonces que cedí a la tentación de publicar. El carácter inofensivo de esa mínima vanidad me absuelve de justificar, en las páginas que siguen, las correcciones y omisiones, las interpolaciones y modificaciones que opté por operar. La literatura es una forma pública de intimidad: carente de propósito valedero, el escritor se empeña en mejorar una creación que será siempre pródiga en imperfecciones. De haber sido el universo obra de una inteligencia inmóvil (no lo es), quizás el oficio de escribir fuese secreta imitación de esa larga, divina contrición.”

“No hay, la comprobación es evidente, paraísos que nos sean fieles, pero contamos con la colaboración de obcecados infiernos. Puede la vida de un hombre ignorar por completo aquello que lo hará feliz (un consuelo será, quizás, imaginarlo), pero el mundo es pletórico en desgracias, algunas de ellas excéntricas. He intentado prefigurar una realidad en la que la dicha poseyera creciente declinación y su antónimo, además de reiteración incremental, omnipresencia. He pensado en una hora hospitalaria pero vacía, la azul; la he poblado, aun sin destreza, de escenas incómodas y de inmensas soledades que se rehúyen. Finalmente, he deseado olvidarlo todo y renunciar para siempre a la redacción de esta obra, si es que esa palabra puede ser usada para estas páginas.”

“En nuestra casa múltiple y común, el pasado, mi hora, la que es más cara a ciertas borrosas nostalgias, es la mitad de la tarde, la quietud de la siesta adornada por la ensoñación, un acto lúbrico o la esperanza de una noche de modesta magnificencia. L’heure bleue pasó por mi vida, jornada tras jornada, casi sin huellas.”

H.B.

Hadrian Bagration: L’heure bleue. CSpace Editions, Scotts Valley, California, 2014. 56 páginas.

Edición electrónica: L’heure bleue. ADS, Seattle, 2014. 48 páginas.

Todo destino

Pietro da Cortona: César cede a Cleopatra el trono de Egipto, 1637. Museo de Bellas Artes de Lyon.

Pietro da Cortona: César cede a Cleopatra el trono de Egipto, 1637. Museo de Bellas Artes de Lyon.

Debemos la preservación de la escena a los festejos que siguieran al estreno de César y Cleopatra, obra menor de Bernard Shaw, en el Theatre Royal de Newcastle, el 15 de Marzo de 1899. Oscar Wilde envió un telegrama de felicitación que era a la vez (aun desde la relativa miseria de su refugio en el Hôtel d’Alsace) un acto de desdén: había razones para agradecer el exilio en Francia. Shaw, que era, no menos que Wilde, un table talk master, habló de su amistad con Mommsen: confesó que no había sido inspiración para su drama, pero que las largas tardes transcurridas junto al historiador obcecado en su asombro por Roma lo habían decidido a intentar un tema de la Antigüedad.

Mommsen era cortejado por el nacionalismo alemán; ese coqueteo era correspondido sin timidez. Le fastidiaba admitir que las legiones habían llegado al Albis (el río que hoy llamamos Elba). Un apretado combate con los restos de alguna tribu (Mommsen rescata la frase res ad triarios venit) animó a los romanos; las cohortes insistían en cruzar el Elba, pero los oficiales fueron prudentes; quién sabe qué tediosos misterios se ocultaban en los bosques germanos. De ese estrépito sobrevivió una carta; no hay región de la Historia que no contenga su magra porción de milagros.

Seguramente de rango tribunicio, el redactor se declara en la cuarentena; un veterano, quizás, de las campañas de Augusto en Hispania. Borges escribió sobre el lombardo Droctulft, que desairó a su plebe y sirvió a los romanos en el sitio de Ravena; mencionan a ese hombre (que los germanistas vituperan) Gibbon y Pablo el Diácono (la fuente, sin embargo, es Benedetto Croce); el tribuno reprocha a quien no leerá esas líneas el abandono de Roma, el furtivo cruce del Elba, la huida junto a los queruscos. Calla Mommsen sobre el estilo de amistad (φιλία) que unía a esos dos hombres: lamenta el mayor que el menor, del que nada sabemos, prologue, con una antelación de dos mil años, el final de Historia del guerrero y la cautiva: A esa barbarie se había rebajado una inglesa, desploma Borges. En los densos y oscuros bosques de la Germania, piensa lentamente el tribuno sobre al amigo perdido.

Mommsen (siempre de acuerdo a Shaw), que no compartía el perenne antisemitismo alemán, se maravillaba (was puzzled, de acuerdo al preciso original inglés) ante una línea: En algún rincón de la mente de Caín, el asesino fue Abel. No faltaban judíos en las legiones; Aureliano contó con ellos para su victoria en Emesa. Desde el instante en que la humanidad trascendió la crueldad de la naturaleza, no hay ley en el mundo que no pueda, aun por unos cuantos milagrosos segundos, cambiarse. Todo destino es un designio. Quizás el tribuno profesase una variante epicúrea del judaísmo (condenada por la Mishnah, que le rehusó su parcela en el mundo por venir). Querrá la leyenda literaria que un párrafo del Mémoires, en el que Adriano medita el albur de cabalgar hacia esa parte ninguna que eran las planicies de Panonia o de Dacia y desaparecer del mundo, tuviera en esos párrafos su origen. No lo revela Yourcenar.

Antes del fin de la fiesta, satisfecha la sed de brillo de Shaw, alguien preguntó qué se había hecho de esa carta. No lo sé, contestó Shaw. Jamás la he visto. Siempre he pensado que fue invención de Mommsen, para mitigar esas lentas tardes lluviosas. Él creía lo mismo de mí.

H.B.

Póstumo Keats

Benjamin Robert Haydon: Retrato póstumo de John Keats, 1821. National Portrait Gallery, Londres.

Benjamin Robert Haydon: Retrato póstumo de John Keats, 1821. National Portrait Gallery, Londres.

El más grande y mejor de los románticos ingleses, John Keats, (el juicio no empequeñece las estaturas, ya inmensas, de Byron o Shelley; tan sólo destina una porción más de asombro a aquél) muere acorralado por la pobreza y la enfermedad en Roma el 23 de Febrero de 1821. Son famosas sus palabras casi finales: carcomido por la tuberculosis y ansiando, inútilmente, la muerte, sus amigos le negaban la botella de láudano que oficiaba de primitivo anéstesico, para prevenir el suicidio. How long is this posthumous existence of mine to go on?, clamaba. Esa grata costumbre de morir con una broma en los labios, que quizás se iniciara con Sócrates, dio origen a una biografía (Posthumous Keats); Stanley Plumly examina, no sin curiosidad para el lector, los bocetos del rostro de Keats que la preocupación de sus allegados por su posteridad les moviera a intentar. Los retratos son, aun en su torpeza, logrados: nada que Keats inspirara se rebajó a la mediocridad.

Una reiterada superstición hace de los cultores de Keats cuidadosos guardianes de la memoria de su fiancée más notoria, Fanny Brawne; algo nada distinto ocurre con Kafka y Milena Jesenská. Amargos los tiempos en que las mujeres eran sinónimos reducidos de sus cónyuges; algo superficial la costumbre de explicar al artista o escritor por sus impulsos eróticos. Fanny Brawne fue la preferencia de un moribundo Keats; los cielos saben qué hubiese sido de la suerte de esa pasión de haber nacido Keats robusto y rico. Muerto Keats y acabado el luto de seis años que su prometida sostuvo, ella casó con un hombre cualquiera y parió tres hijos. Murió en 1865. Unos cuarenta años separan la muerte de ambos.

¿Quién o qué fue Fanny Brawne al cabo de cuatro décadas después de la muerte del hombre por el que guardó silencio ante la sociedad por más de un lustro? Keats se diluyó a causa de lo que la fragmentaria medicina de la época llamaba consumption, y cuyo padecimiento conllevaba estigma: el enfermo quizás la contrajera en razón de la debilidad de su carácter, de la locura o el placer solitario. Keats, desde Italia y sabedor de su sentencia, escribía a Fanny Brawne: Sobre dos lujos medito oscuramente mientras paseo: tu gracia y la hora de mi muerte. Fanny Brawne usó en sus épocas de luto el anillo que había unido ese frágil compromiso, acaparó cartas y miniaturas de retratos; laboriosamente insistió en retener la memoria de Keats. Su correspondencia se modificó según el paso de los años. Gradualmente habrá ido olvidando esos sentimientos. Las preocupaciones cotidianas nos acercan a la inmortalidad: las urgencias nos transforman en ínfimos dioses que deben abocarse a la tarea pueril de preservar la prole. El accidente, la enfermedad, la paulatina destrucción del cuerpo nos arrojan de ese inmerecido Olimpo, al que nunca agradecemos adecuadamente. En sus años finales Fanny Brawne, agotada la herencia familiar, recurrió a las sobras de Keats para legar a sus hijos la promesa de algún dinero. Entre esas reliquias figuraban las cartas que se habían deparado. Los críticos quisieron desdeñar aquéllas en las que Fanny Brawne reniega de su tiempo con Keats y lo juzga un hombre sin atributos. Alguien justificó esa dureza apelando a su condición de heredera tenaz; los años con Keats habían sido de escasez. Quizás en sus últimos meses haya abrigado la esperanza de que la fama (póstuma) de Keats pusiera sobre la mesa de sus hijos algo de alimento.

Fanny Brawne se nos antoja similar a los antiguos libertos: manumitidos por sus amos en sus  testamentos, dejaban la morada familiar bendiciendo su nombre; con el tiempo llegaban a detestarlo, porque los había hecho conocer, cuando esclavos, la servidumbre, aun cuando tomaran (era parte del romano ritual de los nombres múltiples)  el nomen de quien había sido su dueño. Tras años largos, morían con nostalgia, merodeando la casa en donde habían servido, echando de menos, con labios apagados por la vejez, la sombra de su señor.

H.B.

Bioy

1-Bioy-CasaresTantas gratas distinciones cupieron en la vida de Adolfo Bioy Casares que la monótona enumeración se antoja, en su caso, aún más tediosa. Acordemos en consignar una media docena, que puede resumirse en apenas unas cuantas palabras: la dichosa anticipación: en 1940 Bioy publicó La invención de Morel, fantasmagoría elegante que precedió en alrededor de medio siglo a la vulgar versión de la realidad virtual que es hoy herramienta de abuso común. Su clarividencia letrada no acabaría en ese volumen: en 1948 prodigó su primer libro de cuentos; en él se incluye La trama celeste; en la narración figura la hipótesis de una realidad múltiple pero igualmente voraz en cada uno de sus avatares. Casi una década después el físico Hugh Everett III asombraría, no sin provocar cierto risueño estupor, con su interpretación de la mecánica del quantum basada en la existencia de universos estrictamente paralelos. A diferencia de la literatura de Bioy, las osadas aseveraciones de Everett le merecieron cierto descrédito.

Adolfo Bioy Casares ha sido comparado con aquel excelente amanuense y entrometido biógrafo de Samuel Johnson, el abogado y diarista escocés James Boswell. La equivalencia puede ser elogiosa: Boswell sobrevive gracias al genio de su personaje, el doctor Johnson, quien no cesa de  aparecer inmenso como un acantilado de literaria extravagancia y belleza; Boswell se refugia en su sombra y halla bajo ese muro magnífico justificación y solaz. La dilatada amistad con Borges pudo ser para Bioy un acicate similar: también llevó Bioy diarios extensos en los que las conversaciones con Borges, aun las triviales y las escasamente agradables, se consignaron. Es al esfuerzo de Daniel Martino que debemos la preservación de esas joviales curiosidades. El talento fue quizás más generoso con Bioy que con las ofrendas con las que obsequiara a Boswell; aunque autor menor si es colocado junto a la gigantesca luz del ciego, Bioy fue un escritor envidiable y clásico; pocos de sus párrafos carecen de las serenas pasiones de la derrota y de la melancolía. A diferencia de Boswell, Bioy fue colaborador y par de Borges en textos que compusieron en somnolientas sesiones tras largas cenas. Al igual que Boswell, era Bioy un hombre de fácil seducción y de preocupaciones cosméticas. Johnson y Borges, sumergidos en el abismo del genio, no acertaban a hallar tiempo para las inquietudes de lo cotidiano. Ignoramos en cuál de esas posturas habita el error.

Bioy posee un privilegio secreto que, al igual que la robada carta de Poe, yace a la vista del mundo pero es difícilmente descifrado: nadie ha superado (es de sospechar que esa plusmarca no le será arrebatada) sus líneas finales sobre el final de la vida de Borges, en la querida, en la lejana, en la íntima Ginebra sobre la que escribió Conrad y en cuyas calles no coincidieron Jean-Jacques Rousseau y Ferdinand de Saussure. Dice Bioy, impecable y quedadamente fatigado por la dolorosa vía en la que se tradujo la predecible muerte de su amigo:

“Borges murió en una casa alquilada, cerca de la Grande Rue (tal vez la cruza). Estaba muy contento en esa casa y dijo que le hubiera gustado vivir allí cuando era joven y vivía cerca de la iglesia rusa. La casa no tiene número; la calle no tiene nombre, pero tiene llave, que es también la de la casa.”

“Bernès grabó a Borges cantando La morocha y otros tangos. Dice que en esa grabación Borges ríe con la risa de siempre.”

Adolfo Bioy Casares
15 de Septiembre de 1914 – 8 de Marzo de 1999

Hadrian Bagration

 

 

 

La hermana menor

Jan Veemer: Mujer sentada al virginal, 1972. National Gallery, Londres.

Jan Veermer: Mujer sentada al virginal, 1672. National Gallery, Londres.

Era un policía viejo, amante del monólogo. Era su agrado el relatar anécdotas antiguas; quizás creyese que de ese modo sus años útiles, tímidamente, despertaban. No había ocasión en la que no ofreciese a juicio de la audiencia su caso más extraño: el de aquel escritor, cuya fama asomaba segura, y que cuando fuera preguntado acerca de qué mujer escogería, si le fuese concedido el deseo de elegir aquélla que desease sin límite alguno, deslizó el nombre de una bella y madura clavecinista que vivía en París. El reportaje se difundió; una semana más tarde un billete de avión hacia París llegó a su puerta. El escritor aceptó el reto: voló a Francia y los novísimos amantes se presentaron el uno al otro en los jardines que poseía la mujer cerca de los Elíseos.

El enlace se celebraría con una exhibición íntima: la novia tocaría para una mínima y selecta multitud entre la que se contaba algún ministro ávido de imágenes. Cercano el instante de principiar, la mujer alegó una indisposición. Apenados pero comprensivos, los asistentes se retiraron obsequiando deseos de pronta recuperación y de dicha. El asombro, sin embargo, crecía: la intérprete cancelaba conciertos, se negaba a las grabaciones; jamás se la oyó tocar otra vez. Los críticos culparon al esposo: ninguna otra causa se sospechaba obstáculo entre el arte de la concertista y su público. Harto de las habladurías, el escritor se arrojó al paso de un tren. La viuda lo lloró en un entierro silencioso: su último homenaje fue un inmóvil clavicordio cubierto por un velo oscuro, sobre el que juró no volver a posar sus manos o mirar. Moriría un par de años después.

El acto final de la comedia (son palabras del viejo policía) ocurrió mucho más tarde, tal vez una década, cuando la casona de la mujer en los Elíseos se reformaba tras una venta. De debajo de la húmeda tierra de los jardines surgió un cadáver: la paciente investigación decretó que se trataba del cuerpo de la mujer que el mundo había admirado merced a su música; la autopsia reveló muerte por veneno. La ciencia permitó un examen más rígido y una precisión más tenebrosa: quien yacía en un glorioso ataúd en un cementerio de París era otra mujer, hermana menor de la clavecinista. El parecido había sido colosal: el viejo policía  (en este punto, orgulloso de su hallazgo) reconstruyó la historia: la sombra de la inmensa hermana mayor había pisoteado a la menor por más de medio siglo; de su existencia ni siquiera había habido más que noticias vagas; tal vez la razón fuese el humilde y aun bastardo origen de ambas, que la fama de la mayor se había afanado en disimular. Era deducción del viejo policía que el envenenamiento había sido espontáneo: reemplazar a la hermana mayor fue impulso crecido del deseo de suplantarla no sólo ante el clavicordio, sino en el lecho; es casi seguro que antes del hombre que voló hasta París la hermana menor no había conocido varón. El escritor, de cuyas páginas casi ni memoria ha quedado, quizás no sospechó nada, nunca.

H.B.

Terror

Anónimo: Fusilamientos en Nantes, 1793. Biblioteca Nacional de Francia.

Anónimo: Fusilamientos en Nantes, 1793. Biblioteca Nacional de Francia, París.

Es de general aceptación entre quienes se avienen a inquirir sobre la ruda historia de Europa que el día 5 de Septiembre que corresponde al año 1793 es el inicio de La Terreur. A esas alturas, el moderado acierto de la Revolución Francesa se había tornado un enorme error, sólo reparado por la simétrica equivocación del Congreso de Viena. La retrospectiva sentencia de Orwell, ese sórdido pero tristemente acertado juego de palabras entre dictadura y revolución no podía sino provenir del fracaso de la insurrección francesa en constituirse gobierno democrático (limitaciones de época mis à part) y burgués. El Terror fue la tenebrosa confesión de esa derrota política: perdidos, en parte a sabiendas, los objetivos revolucionarios, la Revolución debía continuar, como un vaudeville sangriento que revivía a las públicas ejecuciones del Antiguo Régimen. La inquisición revolucionaria, el Comité de Salut Public, halló en el Terror una política de Estado y un arma política: la composición sectaria del comité lo hacía tan arbitrario como los gabinetes de la monarquía; la concepción saludable implicaba la visión antropomórfica y anatómica de la sociedad francesa, de la cual debían extirparse los miembros enfermos, cuyo presencia aseguraba contagio; público remitía a la franca posición de la Revolución acerca de la aniquilación del hemisferio individual: públicos eran los juicios, en los que los acusados carecían de derecho a la defensa y de la potestad de llamar a testigos que declarasen en su favor (según infame ley de uno de los menos conocidos artífices del Terror, el burócrata Georges Couthon), públicas las caídas en desgracia, las delaciones, las ejecuciones, en múltiples ocasiones sin proceso previo. Fue crimen la emigración (retroactiva al 1 de Julio de 1789: se exigía a los viajeros el don de la clarividencia revolucionaria); los bienes de los arrestados y arrojados a las gemonias eran confiscados para calmar el hambre popular. El pueblo llano cumplía con entusiasta desgano su papel de comparsa: cuestionar al Terror significaba cortejar a la guillotina. El ardor de la sangre y las cabezas cortadas hartó a una población carcomida por la carestía; al Terror sucedió La Grande Terreur: la moderación era traición, pero lo eran también la cautela o el silencio. La Revolución gestaba, innominadamente, al fascismo.

Quiso la paradoja que fuera una victoria militar francesa, en la batalla de Fleurus, en Junio de 1794 sobre la coalición liderada por Austria, la que decretara la obsolescencia del Terror: el límite racional de la irracionalidad del fascismo clama por una ralentización de la violencia cuando los enemigos externos han sido derrotados y cuando ya no es posible discernir a los enemigos en el interior: que cualquiera sienta la amenaza del pelotón es finalidad de la revolución fascista, pero también su derrumbe: si casi nadie está a salvo, será el sitio de quienes lo están el único lugar seguro; el coup d’État está garantizado. Hacia fines de Julio de 1794 había en Francia cincuenta mil cadáveres nacidos de la inevitabilidad revolucionaria. No es inútil recordar que esas muertes quitaron de su trono a un rey para que más tarde lo ocupase un emperador, y que las campañas que siguieron a esa prestidigitación costaron no menos de cinco millones de muertos. Tras Waterloo, las fronteras nacionales del Occidente europeo habían variado apenas en unos cuantos cientos de millas en aguda comparación con las de la Francia prerrevolucionaria. El ala progresista del pensamiento populista contemporáneo suele detenerse en las miserias bélicas del fascismo conservador; las atrocidades de las revoluciones (léase fascismo jacobino) duermen calladamente bajo la tierra de los camposantos.

No hay mejor film que analice la degradación de la Revolución Francesa que Danton. El guión es de creación múltiple (sobresalen Jean-Claude Carrière y el director, Andrzej Wajda), pero la historia se inspira en Sprawa Dantona (El caso Danton), de Stanisława Przybyszewska. La obra data de 1929: asombra la ironía que revela que las líneas se escribieron en defensa de la figura máxima de la Terreur, Maximilien Robespierre; Przybyszewska no alzó su pluma para condenar a Robespierre, sino para justificarlo y hallarlo probo. La movía, en esas décadas, su credo comunista (la expresión es casi un pleonasmo: el comunismo, al igual que cualquier religión -política o supersticiosa- , es insostenible sin un acto de fe; no hay vez que esta caída no corresponda a un acto de ceguera). Wajda, que rodaba en 1983, maniobró para equiparar el terror de la Revolución con el terror, menos evidente, del régimen de Jaruzelski: la emigración, aun la forzada, (entre otras contravenciones y en medio del sempiterno racionamiento de las economías dirigistas) también fue un crimen en la Polonia soviética.

Robespierre gustaba asimilar el terror a la virtud; aún suena su tétrica fraseLa terreur n’est autre chose que la justice prompte, sévère, inflexible; elle est donc une émanation de la vertu. Se trata de otra confesión: no hay revolución que no se crea virtuosa, reparadora, y el ejercicio de esa virtud es la dosificación de la violencia a través del terror; administrado con celeridad, el sereno y permanente terror deviene el gran terror; no es sólo la etapa en la que la revolución devora a sus propios hijos sino la fase en la que se afana en remontarse en meticulosa imitación y ampliación al régimen al que suplantó: Robespierre en su breve cacicazgo y Bonaparte en su medroso imperio que se soñaba a si mismo prolongación juliana gozaron de poderes superiores a aquéllos de los Luises. Stalin ofició de omnipotente zar; Mao gobernó como Hijo del Cielo; soñó inútilmente Fulgencio Batista con la opulencia dictatorial de Castro. La virtud revolucionaria quizás consista en una desordenada y crudelísma restauración; Giuseppe Tomasi di Lampedusa bien podría aleccionarnos al respecto.

Sólo queda formular una idea más acerca de las revoluciones: la verdadera revolución siempre es la que ha de venir. Traidores, incapaces, agentes del imperialismo, malas cosechas, la naturaleza humana, la mala suerte, la mala fe, han prevenido el triunfo de la buena causa esta vez; ayer nos fue esquiva, pero no importa, mañana nos organizaremos con más firmeza, nuestro fervor llegará más lejos. Y al fin, un hermoso día, como escribió Fitzgerald

Y así continuamos, creyentes contra toda evidencia, arrastrados sin pausa hacia la sangre.

Hadrian Bagration

 

Navidad

4110vIzS8tL“Hallado en el vacío cuarto que Hiram Prado legó para extraños luego de su muerte, el manuscrito, leído hoy, resulta profético. No hay consenso sobre su autor: hay quienes sindican a Prado como aquél que compuso las dolorosas líneas; otros afirman que las dictó; no faltan quienes aseveran que se trató de un plagio o de un robo. Prado, nos recuerdan sus detractores, había ejercido un oficio despreciable pero cercano a la literatura: esa sombría familiaridad le habría enseñado, aun involuntariamente, ciertas astucias. La fecha (la que corresponde a la redacción), si bien se supone reciente, es incierta. Quizás le llevara una noche, la anterior; quizás fuera una labor paciente y secreta.”

“Hiram Prado menciona escasos datos firmes: unas cuantas dataciones, una ciudad, nombres sin demasiada precisión. El hábito del secreto y el hábito del disimulo lo habitaron hasta el final. Es posible que creyera que ciertas revelaciones incómodas pudieran perjudicar a los nombrados, pero quiere la coincidencia que ninguno de ellos, al menos según el relato de Prado, more ya entre los vivos. Los párrafos de Prado son un diálogo de muertos, un coloquio detallado y hasta cruel con quienes lo esperan (la sentencia es de Borges) del otro lado del mármol. La metáfora sonará risible a oídos de quienes conozcan vida, muerte y destino de Hiram Prado: no acabó, ni en memoria ni en cuerpo, en tumba digna.”

“Hiram Prado, hacia el fin de sus horas, padeció una insana pasión por la confección de desordenadas listas de libros. Los títulos figuran, no así los autores, que probablemente Prado ignoraba o aun quería ocultar; hemos resaltado su propensión a la sombra. Por accidente o designio del destino, esas listas ya no existen: un descuido de investigadores o forenses, o quizás la inclemencia del azar, ha borrado su acalorado trabajo. El lector curioso hallará satisfacción: en varios párrafos Prado confiesa, aun acudiendo al arte de la máscara y al de la justificación, el origen de la locura. No dejó de advertirlo un comentador: pesaba en la conciencia de Prado la irreparable ofensa a esos volúmenes; a excepción de una o dos víctimas (su padre no es una de ellas), su remordimiento por el sino de las gentes es tan frío como en lo que respecta a su propia suerte. Tienen razón quienes afirman que a la hora de escribir su testamento (según la grata expresión de García Jurado) Hiram Prado ya no creía pertenecer a este mundo.”

“La versión presentada aquí no contiene omisiones; nada hay ya entre las líneas de Hiram Prado que solicite discreción. Hemos preferido omitir las notas al pie de las ediciones anteriores, ya que las conjeturas sobre nombres y personalidades se han mostrado contradictorias y aun falaces (los razonamientos etimológicos han sido particularmente baladís). Como posfacio (bella palabra que la Academia se rehúsa, quizás fundamentadamente, a habilitar) se incluye una brevísima relación del texto que indujera a Hiram Prado a decretar tantas caídas en desgracia, aun la suya propia.”

Hadrian Bagration: Navidad. CSpace Editions, Scotts Valley, California. 42 páginas.

Edición electrónica: Navidad. ADS, Seattle.