Bioy

1-Bioy-CasaresTantas gratas distinciones cupieron en la vida de Adolfo Bioy Casares que la monótona enumeración se antoja, en su caso, aún más tediosa. Acordemos en consignar una media docena, que puede resumirse en apenas unas cuantas palabras: la dichosa anticipación: en 1940 Bioy publicó La invención de Morel, fantasmagoría elegante que precedió en alrededor de medio siglo a la vulgar versión de la realidad virtual que es hoy herramienta de abuso común. Su clarividencia letrada no acabaría en ese volumen: en 1948 prodigó su primer libro de cuentos; en él se incluye La trama celeste; en la narración figura la hipótesis de una realidad múltiple pero igualmente voraz en cada uno de sus avatares. Casi una década después el físico Hugh Everett III asombraría, no sin provocar cierto risueño estupor, con su interpretación de la mecánica del quantum basada en la existencia de universos estrictamente paralelos. A diferencia de la literatura de Bioy, las osadas aseveraciones de Everett le merecieron cierto descrédito.

Adolfo Bioy Casares ha sido comparado con aquel excelente amanuense y entrometido biógrafo de Samuel Johnson, el abogado y diarista escocés James Boswell. La equivalencia puede ser elogiosa: Boswell sobrevive gracias al genio de su personaje, el doctor Johnson, quien no cesa de  aparecer inmenso como un acantilado de literaria extravagancia y belleza; Boswell se refugia en su sombra y halla bajo ese muro magnífico justificación y solaz. La dilatada amistad con Borges pudo ser para Bioy un acicate similar: también llevó Bioy diarios extensos en los que las conversaciones con Borges, aun las triviales y las escasamente agradables, se consignaron. Es al esfuerzo de Daniel Martino que debemos la preservación de esas joviales curiosidades. El talento fue quizás más generoso con Bioy que con las ofrendas con las que obsequiara a Boswell; aunque autor menor si es colocado junto a la gigantesca luz del ciego, Bioy fue un escritor envidiable y clásico; pocos de sus párrafos carecen de las serenas pasiones de la derrota y de la melancolía. A diferencia de Boswell, Bioy fue colaborador y par de Borges en textos que compusieron en somnolientas sesiones tras largas cenas. Al igual que Boswell, era Bioy un hombre de fácil seducción y de preocupaciones cosméticas. Johnson y Borges, sumergidos en el abismo del genio, no acertaban a hallar tiempo para las inquietudes de lo cotidiano. Ignoramos en cuál de esas posturas habita el error.

Bioy posee un privilegio secreto que, al igual que la robada carta de Poe, yace a la vista del mundo pero es difícilmente descifrado: nadie ha superado (es de sospechar que esa plusmarca no le será arrebatada) sus líneas finales sobre el final de la vida de Borges, en la querida, en la lejana, en la íntima Ginebra sobre la que escribió Conrad y en cuyas calles no coincidieron Jean-Jacques Rousseau y Ferdinand de Saussure. Dice Bioy, impecable y quedadamente fatigado por la dolorosa vía en la que se tradujo la predecible muerte de su amigo:

“Borges murió en una casa alquilada, cerca de la Grande Rue (tal vez la cruza). Estaba muy contento en esa casa y dijo que le hubiera gustado vivir allí cuando era joven y vivía cerca de la iglesia rusa. La casa no tiene número; la calle no tiene nombre, pero tiene llave, que es también la de la casa.”

“Bernès grabó a Borges cantando La morocha y otros tangos. Dice que en esa grabación Borges ríe con la risa de siempre.”

Adolfo Bioy Casares
15 de Septiembre de 1914 – 8 de Marzo de 1999

Hadrian Bagration

 

 

 

La hermana menor

Jan Veemer: Mujer sentada al virginal, 1972. National Gallery, Londres.

Jan Veermer: Mujer sentada al virginal, 1672. National Gallery, Londres.

Era un policía viejo, amante del monólogo. Era su agrado el relatar anécdotas antiguas; quizás creyese que de ese modo sus años útiles, tímidamente, despertaban. No había ocasión en la que no ofreciese a juicio de la audiencia su caso más extraño: el de aquel escritor, cuya fama asomaba segura, y que cuando fuera preguntado acerca de qué mujer escogería, si le fuese concedido el deseo de elegir aquélla que desease sin límite alguno, deslizó el nombre de una bella y madura clavecinista que vivía en París. El reportaje se difundió; una semana más tarde un billete de avión hacia París llegó a su puerta. El escritor aceptó el reto: voló a Francia y los novísimos amantes se presentaron el uno al otro en los jardines que poseía la mujer cerca de los Elíseos.

El enlace se celebraría con una exhibición íntima: la novia tocaría para una mínima y selecta multitud entre la que se contaba algún ministro ávido de imágenes. Cercano el instante de principiar, la mujer alegó una indisposición. Apenados pero comprensivos, los asistentes se retiraron obsequiando deseos de pronta recuperación y de dicha. El asombro, sin embargo, crecía: la intérprete cancelaba conciertos, se negaba a las grabaciones; jamás se la oyó tocar otra vez. Los críticos culparon al esposo: ninguna otra causa se sospechaba obstáculo entre el arte de la concertista y su público. Harto de las habladurías, el escritor se arrojó al paso de un tren. La viuda lo lloró en un entierro silencioso: su último homenaje fue un inmóvil clavicordio cubierto por un velo oscuro, sobre el que juró no volver a posar sus manos o mirar. Moriría un par de años después.

El acto final de la comedia (son palabras del viejo policía) ocurrió mucho más tarde, tal vez una década, cuando la casona de la mujer en los Elíseos se reformaba tras una venta. De debajo de la húmeda tierra de los jardines surgió un cadáver: la paciente investigación decretó que se trataba del cuerpo de la mujer que el mundo había admirado merced a su música; la autopsia reveló muerte por veneno. La ciencia permitó un examen más rígido y una precisión más tenebrosa: quien yacía en un glorioso ataúd en un cementerio de París era otra mujer, hermana menor de la clavecinista. El parecido había sido colosal: el viejo policía  (en este punto, orgulloso de su hallazgo) reconstruyó la historia: la sombra de la inmensa hermana mayor había pisoteado a la menor por más de medio siglo; de su existencia ni siquiera había habido más que noticias vagas; tal vez la razón fuese el humilde y aun bastardo origen de ambas, que la fama de la mayor se había afanado en disimular. Era deducción del viejo policía que el envenenamiento había sido espontáneo: reemplazar a la hermana mayor fue impulso crecido del deseo de suplantarla no sólo ante el clavicordio, sino en el lecho; es casi seguro que antes del hombre que voló hasta París la hermana menor no había conocido varón. El escritor, de cuyas páginas casi ni memoria ha quedado, quizás no sospechó nada, nunca.

H.B.

Terror

Anónimo: Fusilamientos en Nantes, 1793. Biblioteca Nacional de Francia.

Anónimo: Fusilamientos en Nantes, 1793. Biblioteca Nacional de Francia, París.

Es de general aceptación entre quienes se avienen a inquirir sobre la ruda historia de Europa que el día 5 de Septiembre que corresponde al año 1793 es el inicio de La Terreur. A esas alturas, el moderado acierto de la Revolución Francesa se había tornado un enorme error, sólo reparado por la simétrica equivocación del Congreso de Viena. La retrospectiva sentencia de Orwell, ese sórdido pero tristemente acertado juego de palabras entre dictadura y revolución no podía sino provenir del fracaso de la insurrección francesa en constituirse gobierno democrático (limitaciones de época mis à part) y burgués. El Terror fue la tenebrosa confesión de esa derrota política: perdidos, en parte a sabiendas, los objetivos revolucionarios, la Revolución debía continuar, como un vaudeville sangriento que revivía a las públicas ejecuciones del Antiguo Régimen. La inquisición revolucionaria, el Comité de Salut Public, halló en el Terror una política de Estado y un arma política: la composición sectaria del comité lo hacía tan arbitrario como los gabinetes de la monarquía; la concepción saludable implicaba la visión antropomórfica y anatómica de la sociedad francesa, de la cual debían extirparse los miembros enfermos, cuyo presencia aseguraba contagio; público remitía a la franca posición de la Revolución acerca de la aniquilación del hemisferio individual: públicos eran los juicios, en los que los acusados carecían de derecho a la defensa y de la potestad de llamar a testigos que declarasen en su favor (según infame ley de uno de los menos conocidos artífices del Terror, el burócrata Georges Couthon), públicas las caídas en desgracia, las delaciones, las ejecuciones, en múltiples ocasiones sin proceso previo. Fue crimen la emigración (retroactiva al 1 de Julio de 1789: se exigía a los viajeros el don de la clarividencia revolucionaria); los bienes de los arrestados y arrojados a las gemonias eran confiscados para calmar el hambre popular. El pueblo llano cumplía con entusiasta desgano su papel de comparsa: cuestionar al Terror significaba cortejar a la guillotina. El ardor de la sangre y las cabezas cortadas hartó a una población carcomida por la carestía; al Terror sucedió La Grande Terreur: la moderación era traición, pero lo eran también la cautela o el silencio. La Revolución gestaba, innominadamente, al fascismo.

Quiso la paradoja que fuera una victoria militar francesa, en la batalla de Fleurus, en Junio de 1794 sobre la coalición liderada por Austria, la que decretara la obsolescencia del Terror: el límite racional de la irracionalidad del fascismo clama por una ralentización de la violencia cuando los enemigos externos han sido derrotados y cuando ya no es posible discernir a los enemigos en el interior: que cualquiera sienta la amenaza del pelotón es finalidad de la revolución fascista, pero también su derrumbe: si casi nadie está a salvo, será el sitio de quienes lo están el único lugar seguro; el coup d’État está garantizado. Hacia fines de Julio de 1794 había en Francia cincuenta mil cadáveres nacidos de la inevitabilidad revolucionaria. No es inútil recordar que esas muertes quitaron de su trono a un rey para que más tarde lo ocupase un emperador, y que las campañas que siguieron a esa prestidigitación costaron no menos de cinco millones de muertos. Tras Waterloo, las fronteras nacionales del Occidente europeo habían variado apenas en unos cuantos cientos de millas en aguda comparación con las de la Francia prerrevolucionaria. El ala progresista del pensamiento populista contemporáneo suele detenerse en las miserias bélicas del fascismo conservador; las atrocidades de las revoluciones (léase fascismo jacobino) duermen calladamente bajo la tierra de los camposantos.

No hay mejor film que analice la degradación de la Revolución Francesa que Danton. El guión es de creación múltiple (sobresalen Jean-Claude Carrière y el director, Andrzej Wajda), pero la historia se inspira en Sprawa Dantona (El caso Danton), de Stanisława Przybyszewska. La obra data de 1929: asombra la ironía que revela que las líneas se escribieron en defensa de la figura máxima de la Terreur, Maximilien Robespierre; Przybyszewska no alzó su pluma para condenar a Robespierre, sino para justificarlo y hallarlo probo. La movía, en esas décadas, su credo comunista (la expresión es casi un pleonasmo: el comunismo, al igual que cualquier religión -política o supersticiosa- , es insostenible sin un acto de fe; no hay vez que esta caída no corresponda a un acto de ceguera). Wajda, que rodaba en 1983, maniobró para equiparar el terror de la Revolución con el terror, menos evidente, del régimen de Jaruzelski: la emigración, aun la forzada, (entre otras contravenciones y en medio del sempiterno racionamiento de las economías dirigistas) también fue un crimen en la Polonia soviética.

Robespierre gustaba asimilar el terror a la virtud; aún suena su tétrica fraseLa terreur n’est autre chose que la justice prompte, sévère, inflexible; elle est donc une émanation de la vertu. Se trata de otra confesión: no hay revolución que no se crea virtuosa, reparadora, y el ejercicio de esa virtud es la dosificación de la violencia a través del terror; administrado con celeridad, el sereno y permanente terror deviene el gran terror; no es sólo la etapa en la que la revolución devora a sus propios hijos sino la fase en la que se afana en remontarse en meticulosa imitación y ampliación al régimen al que suplantó: Robespierre en su breve cacicazgo y Bonaparte en su medroso imperio que se soñaba a si mismo prolongación juliana gozaron de poderes superiores a aquéllos de los Luises. Stalin ofició de omnipotente zar; Mao gobernó como Hijo del Cielo; soñó inútilmente Fulgencio Batista con la opulencia dictatorial de Castro. La virtud revolucionaria quizás consista en una desordenada y crudelísma restauración; Giuseppe Tomasi di Lampedusa bien podría aleccionarnos al respecto.

Sólo queda formular una idea más acerca de las revoluciones: la verdadera revolución siempre es la que ha de venir. Traidores, incapaces, agentes del imperialismo, malas cosechas, la naturaleza humana, la mala suerte, la mala fe, han prevenido el triunfo de la buena causa esta vez; ayer nos fue esquiva, pero no importa, mañana nos organizaremos con más firmeza, nuestro fervor llegará más lejos. Y al fin, un hermoso día, como escribió Fitzgerald

Y así continuamos, creyentes contra toda evidencia, arrastrados sin pausa hacia la sangre.

Hadrian Bagration

 

Navidad

BookCoverPreview“Hallado en el vacío cuarto que Hiram Prado legó para extraños luego de su muerte, el manuscrito, leído hoy, resulta profético. No hay consenso sobre su autor: hay quienes sindican a Prado como aquél que compuso las dolorosas líneas; otros afirman que las dictó; no faltan quienes aseveran que se trató de un plagio o de un robo. Prado, nos recuerdan sus detractores, había ejercido un oficio despreciable pero cercano a la literatura: esa sombría familiaridad le habría enseñado, aun involuntariamente, ciertas astucias. La fecha (la que corresponde a la redacción), si bien se supone reciente, es incierta. Quizás le llevara una noche, la anterior; quizás fuera una labor paciente y secreta.”

“Hiram Prado menciona escasos datos firmes: unas cuantas dataciones, una ciudad, nombres sin demasiada precisión. El hábito del secreto y el hábito del disimulo lo habitaron hasta el final. Es posible que creyera que ciertas revelaciones incómodas pudieran perjudicar a los nombrados, pero quiere la coincidencia que ninguno de ellos, al menos según el relato de Prado, more ya entre los vivos. Los párrafos de Prado son un diálogo de muertos, un coloquio detallado y hasta cruel con quienes lo esperan (la sentencia es de Borges) del otro lado del mármol. La metáfora sonará risible a oídos de quienes conozcan vida, muerte y destino de Hiram Prado: no acabó, ni en memoria ni en cuerpo, en tumba digna.”

“Hiram Prado, hacia el fin de sus horas, padeció una insana pasión por la confección de desordenadas listas de libros. Los títulos figuran, no así los autores, que probablemente Prado ignoraba o aun quería ocultar; hemos resaltado su propensión a la sombra. Por accidente o designio del destino, esas listas ya no existen: un descuido de investigadores o forenses, o quizás la inclemencia del azar, ha borrado su acalorado trabajo. El lector curioso hallará satisfacción: en varios párrafos Prado confiesa, aun acudiendo al arte de la máscara y al de la justificación, el origen de la locura. No dejó de advertirlo un comentador: pesaba en la conciencia de Prado la irreparable ofensa a esos volúmenes; a excepción de una o dos víctimas (su padre no es una de ellas), su remordimiento por el sino de las gentes es tan frío como en lo que respecta a su propia suerte. Tienen razón quienes afirman que a la hora de escribir su testamento (según la grata expresión de García Jurado) Hiram Prado ya no creía pertenecer a este mundo.”

“La versión presentada aquí no contiene omisiones; nada hay ya entre las líneas de Hiram Prado que solicite discreción. Hemos preferido omitir las notas al pie de las ediciones anteriores, ya que las conjeturas sobre nombres y personalidades se han mostrado contradictorias y aun falaces (los razonamientos etimológicos han sido particularmente baladís). Como posfacio (bella palabra que la Academia se rehúsa, quizás fundamentadamente, a habilitar) se incluye una brevísima relación del texto que indujera a Hiram Prado a decretar tantas caídas en desgracia, aun la suya propia.”

Hadrian Bagration: Navidad. CSpace Editions, Scotts Valley, California. 42 páginas.

Edición electrónica: Navidad. ADS, Seattle. 

Augusto

Jean-Joseph Taillasson: Virgilio lee la Eneida a Augusto y Octavia, 1787. National Gallery, Londres.

Jean-Joseph Taillasson: Virgilio lee la Eneida a Augusto y Octavia, 1787. National Gallery, Londres.

Multus hinc ipso de Augusto sermo, plerisque vana mirantibus, quod idem dies accepti quondam imperii princeps et vitae supremus, quod Nolae in domo et cubiculo in quo pater eius Octavius vitam finivisset. Así principia Tácito el apartado noveno del libro primero de los Annales. Dos mil años hacen de esa muerte una ocasión para la crónica, la novela o la arqueología; también ha sido un grato pretexto para la obra de arte. Nos ocupan dos cuestiones literarias de la vida de aquél al que la Historia conoció como Augusto; es deseable que los asuntos militares y políticos, cuyas consecuencias se han diluido en el caos de la sucesión temporal, sean abandonados al análisis del paciente especialista.

Voltaire (Dictionnaire philosophique) anotó que las causas del destierro de Ovidio a la tediosa Tomis, en el Mar Negro, son sabidas pero cuidadosamente ocultadas: no era posible que la redacción de volúmenes o versos de costumbres, inocentemente sazonados con consejos sobre las causas de la seducción (Ars amatoria, Remedia Amoris, y el más esotérico Medicamina faciei feminae), pudieran escandalizar al maduro emperador. Las sátiras de Horacio fueron más acerbas, pero Augusto no halló en ellas motivo de reprensión. Argumentan quienes juzgan la memoria del viejo Octavio, cargado ahora con la púrpura, que las leges Iuliae contra el adulterio y la concupiscencia de las matronas habrían endurecido el carácter del César. En verdad, el rigor de las disposiciones morales no había sido ideado para reprimir la cópula, sino para evitar dos males considerados más severos que la locura de la mujer infiel: la magra tasa de natalidad de la Roma del principado temprano (lo que equivalía a contar con menor número de espadas) y el activo rol que muchas mujeres ambiciosas tomaban en conspiraciones para hacerse con una finca, un testamento y hasta un trono: las malhadadas y desterradas hijas del propio Augusto, las dos Julias, fueron sorprendidas en flagrante adulterio combinado con inhábil complot. El emperador se vio obligado a actuar contra su familia de modo imparcialmente riguroso. Había en los territorios de la frágil Pax romana incontables Ladies Macbeth.

La bella y rara obra de Rosario Guarino Ortega, El Ibis de Ovidio, da cuenta de la historia de la composición de ese vago poema escrito en el exilio, cuya redacción recoge la judaica tradición de impureza de esa ave del Nilo: acusa en los versos Ovidio a un falso amigo, un antiguo mendaz protector devenido animoso adversario, a quien achaca su caída en desgracia. Ibis ha sufrido múltiples identificaciones y permanece, como lo quiso Ovidio, tal vez menos evidentemente en su tiempo, en la niebla: pudo ser Higino, un cortesano y bibliotecario de Augusto, o el celoso poeta Manilio, o el afiebrado orador Tito Labieno, o bien el astrólogo de Tiberio, el egipcio Trasilo. No lo sabremos, pero la cuestión habría entusiasmado al propio sucesor de Augusto, inclinado a disputar con sus invitados sobre puntillosos asuntos literarios, según recuerda, o finge recordar Suetonio en sus biografías sobre los príncipes.

Insiste Voltaire: hace decir a un borroso autor, contempóraneo del misterio, el oscuro Minuciano Apuleyo, que Pulsum quoque inex ilium quod Agusti incestum vidisset. Johan Madvig aseveró que Minuciano era una apócrifa creación de anóminos gramáticos del siglo X y aun de comienzos del Renacimiento. Voltaire no conoció la objeción; fue su opinión que Augusto gozaba encerrado en una pasión baja, similar a la que colonizaría a Cayo Germánico y más tarde a Nerón, y que Ovidio habría sido un testigo ilustre pero molesto. Se abstuvo, aun así, de ordenar, bajo cualquier cargo, su ejecución. Engendró Augusto, involuntariamente, los arduos trabajos de Ovidio durante su forzosa y perpetua ausencia en Roma; a ninguno faltó inspiración ni elegancia. Son incognoscibles los designios de los Césares.

Es más feliz la segunda cuestión: Augusto indujo, sin réplica posible, a los albaceas literarios de Virgilio, Lucio Vario Rufo y Plocio Tuca, a emular al venidero Max Brod; era deseo de Virgilio que su inacabada Eneida fuese entregada al fuego; se opuso el emperador y los versos de la Sibila sobrevivieron: ibant obscuri sola sub nocte per umbram, la transmutación que ha sido dada en llamarse hipálage permaneció ajena a las cenizas. Un breve texto de Francisco García Jurado (Borges y su Eneida) razona cabalmente acerca de la ventura de esta voluntad incumplida. Pudo así Hermann Broch escribir su tal vez también inacabado poema en prosa en donde Virgilio se une a Dante (y al hacerlo, también se funde, aunque desganada o equívocamente, con Platón): Der Tod des Virgil. Broch había corrido, más amargamente, parte de la suerte de Ovidio: encarcelado por el régimen nazi tras el Anschluss, seguro de su muerte mientras componía poemas en la prisión, la valerosa intercesión de sus amigos (entre ellos Albert Einstein), lo sorprendió con el azar de la liberación. Salvado, como la Eneida, del fuego, se dedicó a cantarla. Cuesta imaginar mayor suerte o mejor destino.

Curiosa inmortalidad la de Augusto: su tarea política y militar ya no existe, no han pervivido sus leyes. Subsiste en la queja del hombre al que condenó, por razones que nos serán siempre legendarias, y en el verso del hombre cuya obra, con la magnánima, esta vez sabia, razón del César, eligió retener.

Hadrian Bagration

El imperio de Alejandro

Charles Le Brun: Alejandro en el Hidaspes, 1673. Musée du Louvre.

Charles Le Brun: Alejandro en el Hidaspes, 1673. Musée du Louvre.

Sometido Poro a orillas del Hidaspes, Alejandro ordena avanzar sobre otro río, el Hyphasis, y acometer al próximo reino bárbaro. Los soldados ceden al temor: la tierra es húmeda y oscura, las lluvias constantes los envuelven en un hálito putrefacto; desean el regreso a casa. El ejército coquetea con el motín; Alejandro responde con astucia: se encierra en su tienda y no consiente en ser visto por tres días (la cifra, aplicada a otra leyenda, será profética). Sus generales se inquietan; visitan tímidos la tienda y preguntan al gran rey si algo necesita. Ser obedecido, contesta Alejandro. Las tropas se resignan; miles de mensajes son enviados a Grecia, entre lágrimas: la Hélade será un recuerdo aun para los que en esos suelos cenagosos moren como fantasmas. Alejandro traspasa el Hyphasis y a su encuentro acude el total de la fuerza del imperio nanda: doscientos mil infantes, veinte mil jinetes, dos mil carros, mil elefantes. Los macedonios morirán con honor en medio del cieno y del fragor, pero antes de la embestida de las hordas Alejandro, la cabeza descubierta y sus cabellos rubios flotando sobre el huracán, se lanza a la guerra junto a un puñado de hetairos, casi solo. Tantos siglos después Shakespeare hará que Enrique V emule esa carga en Agincourt. Las falanges murmuran que en la punta de la lanza de Alejandro el brillo que enceguece a las primeras filas de los indios no es sino un destello del rayo, y el rayo es Zeus. Veinte mil hoplitas rugen el nombre del padre de los dioses y avanzan, casi a la carrera. Las flechas de los arqueros enloquecen a los elefantes; los caballos de los indios se derrumban, los carros son aplastados, mueren los infantes, los jinetes ruegan una montura para la huida. Sin perder un solo hombre, Alejandro es señor de la India, desde el océano hasta los Himalayas. Entra en la capital, Pataliputra, en donde la nobleza lo recibe con la prosternación. Tardará cinco años en dominar el sur, desde la meseta del Decán hasta Ceilán. Luego, su historia se pierde.

Dos versiones surgen: una habla de un voluntario regreso a Babilonia, en donde morirá, tras apacible vejez, hacia el año 286 antes de la Era Común. Otra afirma que su sed no se apagó en las aguas de la India y que su tropas, compuestas por hombres de todos los colores, prosiguieron hacia el Este. Murió parcamente. Fue enterrado bajo una sencilla tumba, quizás en las laderas del Hindu Kush, el Caucasus Indicus. Quizás haya querido que su lugar de reposo fuera secreto.

Dos siglos transcurrirán hasta que el imperio de Alejandro bordee las posesiones de los Chu. Cien años tomará la conquista de China. Es una época de rebeliones, revueltas y revoluciones en el imperio más vasto; finalmente todas son aplastadas. Hay paz, y la leyenda asevera que Alejandro reina, imperturbable, en la lejana Babilonia, a la que los habitantes del Este del inmenso reino imaginan como ciudad de magos y de prodigios. En el Occidente, los cortesanos negocian el reparto del mundo con Roma: las tierras al oeste de Grecia corresponden a los latinos; el inconcebible mundo oriental es macedonio, es de Alejandro. El Senado se pregunta si firma tratados con un espectro; Alejandro sólo parlamenta a través de embajadores que jamás lo han visto. Hacia lo que para nuestra cuenta del tiempo es el siglo XVI, los macedonios (sus descendientes, ya asimilados con persas, indios, tibetanos, gentes de la China, gentes de la Corea, mongoles, sármatas, escitas) bañan sus pies en el mar del Jumon, que los pacientes geógrafos denominan Yamato.

La orden llega con tardanza de Babilonia: al igual que Roma, el dominio de Alejandro será un imperium sine fine.  El 22 de mayo de 1703 ochenta mil hoplitas, diez mil hetairos, quinientos elefantes y cientos de máquinas de guerra desembarcan en lo que hoy hemos bautizado el Japón. La visión de los paquidermos aterroriza a los caballos de los samurái. Orgullosos del coraje individual, ignoran el combate en formación: una arremetida brusca de los hoplitas los desbanda. Se fuerza el suicidio del emperador para evitar su captura y su vergüenza; Kyoto es ocupada. Un contingente al mando de un general de razonable ascendencia macedonia pone sitio a Osaka; la atemorizada ciudad sucumbe. El general, cansado y polvoriento, bebe agua de un manantial. Una pareja se acurruca tras unos arbustos; para darse valor, cada uno empuña una daga con la que matará al otro. El general interrumpe la escena y los conmina a aceptar su presencia. Pregunta sus nombres a través de un intéprete: Tokubei es el varón, ella es Ohatsu. Él sirve a un mercader, ella a un burdel. El día de la invasión griega era el de su ejecución : Tokubei había sido falsamente acusado de robar la dote de la prometida que le había sido destinada, y a quien no ama; es reo de muerte, ella será marcada con el fuego y destinada a la servidumbre. Han resuelto, bajo la oportuna ocupación de los bárbaros más allá del mar, morir juntos.

Es viejo el general. Ha nacido en tierras de China, poco o nada conoce de esa leyenda dentro de la leyenda que es Grecia, y la leyenda de las leyendas, Babilonia y Alejandro. Se dirige con autoridad a los amantes: Vuestra felicidad tiene un precio. Llevaréis este mensaje a Babilonia, la guardia os guiará. Diréis al emperador que el Yamato es suyo, que yo existo y que le deseo, más allá de mi vida, aún más gloria. Comed, bebed, descansad. Mañana partiréis. Antes de despedir a la pareja, manda traer a los falsos acusadores: los hace crucificar. La justicia del Japón bajo gobierno macedonio será áspera. Tokubei y Ohatsu, en la madrugada, inseguros de su destino, hacen por primera y quizás última vez el amor.

Acompañados de un centenar de soldados, la pareja cruza el mar del Jumon hacia tierras coreanas. Desde allí emprenden el viaje que les tomará, casi exactamente, cincuenta años. Al final de la quinta década, solos (todos los soldados han muerto), ya ancianos, Babilonia abre sus puertas y permite que se postren ante el emperador, que no es sino un hombre al que llaman Alejandro; todos han sido llamados Alejandro, todos lo serán. Comunican el mensaje, conocen ahora docenas de lenguas: Yamato es provincia de Macedonia, el viejo general ha servido con eficacia y fidelidad. Alejandro, el que es ahora Alejandro, ofrece agasajarlos. Ellos cortésmente rehúsan: están enfermos y débiles, sólo piden la gracia de morir juntos, como en esa antigua madrugada en la que se unieron con el fervor de sospechar que era el goce último. A la mañana siguiente los hallan abrazados, sonrientes, muertos. Alejandro ordena que sean enterrados en su jardín, que es magnífico, y que un árbol sea plantado sobre su tumba. Cien años después, Alejandro, un otro Alejandro, consagra a los dioses el árbol, del que asoman dos flores que, como el imperio, no tienen fin ni principio, ni jamás se extinguen.

H.B.

 

Los cabellos de Hera

Annibale Carracci: Júpiter y Juno, 1597. Palazzo Farnese, Roma.

Annibale Carracci: Júpiter y Juno, 1597. Palazzo Farnese, Roma.

Walter Burkert (Griechische Religion der archaischen und klassischen Epoche, 1977) refiere que la fábula es antigua: en Agrigento, una mujer posee un hato de cuerdas que, al ser aplicado sobre un rostro, restaura la belleza y la juventud. Utilizado con prudencia, el prodigio podía atenuar las dificultades de la vejez. Su origen, sugiere Burkert, se remonta a tiempos en que Heracles caminaba entre los mortales: ya unido a Hebe, llega a sus oídos que una enorme serpiente encierra entre sus anillos a pueblos enteros en la lejana India, allí donde Alejandro había querido penetrar. Hebe intenta retenerlo pero la sed de Heracles por sumar victorias es más grande; se embarca hacia el Decán.

Zeus dormita. Hera se ha engalanado, le ha dado de beber y se le ha entregado; segura de que el sueño de su señor es largo, Hera soborna a Poseidón. Los mares se embravecen; al unísono se abaten en huracanes sobre la nave de Heracles. Sabedor de que su muerte está próxima, Heracles recuerda a Hebe y recita las últimas líneas de un poema, algo tosco, que para ella ha compuesto; morir intestado amarga su valor. Hebe escucha su canto y corre hacia su padre. Zeus despierta. Una mirada hacia el mundo lo hace comprender todo: con un rugido envía a Poseidón a ocultarse entre rocas. Las aguas se calman; durante meses no habrá barco capaz de navegar en ningún océano de la tierra.

Hera tiembla, pero Zeus se ha cegado: desploma sobre ella castigo (Burkert obvia descripciones rotundas). Sobre la Magna Grecia pende la diosa, cabeza abajo, como los criminales: para los mortales serán momentos; Hera sentirá que han transcurrido siglos. Una mujer, tímidamente, se acerca a la sollozante cabeza de la desgraciada esposa de Zeus Olímpico y corta un puñado de cabellos. Será bella para siempre. Cuando fallece, el amuleto, cuyo secreto se desconoce, es enterrado con ella. El árbol que ha crecido sobre la tumba nunca muere.

H.B.