El mar sin orillas

Corrían años aún jóvenes; yo habitaba las soledades de un apartamento en el número 43 de Radnor Walk, en Londres, a palmos de la casa del modesto y por entonces ya extinto escritor John Betjeman. Un medallón azul azotado por letras blancas recordaba a los transeúntes el evento, del que yo era cómplice cada vez que iba en busca de mi ración de café en la tienda junto a la iglesia metodista de Chelsea, cuyo portero me saludaba invariablemente con la cortesía que se suele desplegar sólo para los fieles. Betjeman no se había propuesto acabar por ser un poeta cómico, pero había conseguido ese galardón con holgura; en ocasiones, para aliviar los fríos soplos del otoño, yo repetía para mis adentros la fascinación con la que Betjeman había relatado su encuentro con una mujer a la que había admirado por su inusual corpulencia:

The sort of girl I like to see

Smiles down from her great height at me.

She stands in strong athletic pose

And wrinkles her retroussé nose….

(The Olympic Girl)


Francis Bacon: Estudio del retrato de Inocencio X de Velázquez, 1953. Des Moines Art Center, Nathan Emory Coffin collection.

Aunque cueste creerlo, les es posible también a los ingleses escribir mal. Una mañana de sol apenas tibio recibí el saludo epistolar de una amistad antigua a la que yo creía irrevocablemente extraviada. La persona en cuestión y yo nos habíamos conocido por obra de menguante azar en un teatro cercano a la calle Corrientes unos seis años atrás, en lo que fue mi único y enteramente reprochable experimento sobre las tablas hasta la actualidad. Ella dirigía una pieza de Federico Mertens, Las d’enfrente, y buscaba la osamenta que encajase en el personaje de Gennaro,el dependiente italiano que se enamora de la hija del dueño del almacén, a la sazón también un inmigrante de esa península. No tomé mi aceptación inmediata para el rol como un acto de disimulado elogio: Gennaro no era, precisamente, un galán. Las d’enfrente duraría un corto mes en cartel; la puesta no generó por parte de la prensa más que un medio comentario arrinconado en los sobrantes de las páginas de espectáculos. La directora agregó párrafos de su propia producción al ingenio de Mertens; así, quiso dotar a Gennaro de un apellido, y su creación se afanaba en encontrar aquél que sonara apropiadamente. Yo releía por esos tiempos el volumen de David Yallop, In God’s Name, acerca de la muerte, nada misteriosa, del papa Luciani. Sugerí este nombre, pero a ella se le antojó demasiado provocador tentar al espíritu de un papa caído bajo el veneno, y algo insolente comparar a un pontífice con un empleado semianalfabeto y su galimatías. Era una madrugada de jueves cuando en un café de puertas siempre abiertas hablé, con las inflexiones que corresponden a la novela policial, luego de que ella corrigiera una vez más las graciosas intervenciones de Gennaro, de la solitaria muerte del papa en sus aposentos y del vasto número de beneficiarios del crimen. La directora, enfundada su mano en el humo de un cigarrillo en el que sus labios habían dejado los rastros de una yerra gentil (en aquel Buenos Aires menos políticamente correcto era aún posible fumar en las íntimas mesas de un café), escogió el nombre, que no la figura, del cardenal Siri, un genovés ultraconservador que había estado a punto de aventajar a Luciani en las votaciones. Yo lo sabría más tarde: de Siri corría el rumor de que en verdad había sido el preferido de los cónclaves de 1958 y 1963, pero que cruentas amenazas le habían hecho declinar el áureo puesto en favor de Roncalli en un principio, de Montini más tarde, para que (de acuerdo a los grupos católicos menos soportables) la abominación del Concilio Vaticano II pudiera consumarse. Siri fue venerado como el verdadero papa hasta su muerte por los más cerriles de entre los tradicionalistas; según éstos, desde Juan XXIII hasta el actual papa Ratzinger, la Santa Sede ha estado ocupada por odiosos antipapas, a la manera del Medioevo. De Siri se sabe que era seguidor incondicional de Eugenio Pacelli; es verosímil deducir que de haber llegado al pontificado el concilio no se hubiese congregado nunca. Su fallida elección pertenece al reino de la mera conjetura; no así sus simpatías con el Nationalsozialistische Deutsche Arbeitpartei (el Partido Nazi Alemán), a uno de cuyos miembros más prominentes, Adolf Eichmann, ayudara a huir a las oscuridades de América del Sur. También yo ignoraba (como tantas otras cosas), que Siri era el apelativo paterno de un intendente de la ciudad de Buenos Aires nombrado en 1946 por Juan Perón. De Emilio Siri se recuerdan dos infamias: la de haber acatado en 1947 la orden de Perón de cerrar el periódico del Partido Socialista, La Vanguardia, dirigido por Américo Ghioldi, y la de haber capitaneado la degradación de Borges de su modesta posición en la biblioteca Miguel Cané en el barrio de Boedo a inspector de gallinas, pollos y conejos en ferias municipales. El cardenal murió en 1989; su silencio acerca de las afirmaciones que lo hacían víctima de una conspiración probablemente inflamaba, para gloria de su vanidad, a sus fanáticos. El más humilde Emilio Siri fallece en Octubre de 1976; ignoramos su opinión acerca del infierno en el que Argentina se sumergiría por ocho largos y flacos años desde ese entonces.

La altiva mujer que estaba a la cabeza de Las d’enfrente afrontaba por esos días un divorcio complejo. Las atribuladas (y en ocasiones, ásperas, ya que a muchos intérpretes les resulta harto fastidioso digerir la autoridad del director) horas de ensayo eran seguidas, con creciente frecuencia, por instantes de confidencias y de lágrimas enturbiadas por el humo de un cigarrillo. En los pasillos del teatro se insinuaba que yo había sido elevado, por gracia de su decisión erótica, a la categoría de protégé. De haber estado interesado en insistir en el error de aventurarme en un oficio para el que carezco de talento, es posible que esa distinción me hubiese obnubilado. En lugar de ello, yo sentía la amarga mordedura de la compasión y la obligación de fingir una leve euforia.

La obra, es baladí negarlo, fracasó. La troupe, a la que no le faltaban actores y actrices capaces, se disolvió mansamente. Luego de un café y un cigarrillo, ella y yo nos marchamos; yo lejos, ella a su ciudad natal. Desde esa inmensa distancia me llegó su carta en la mañana.

Desde la Argentina profunda, Septiembre

Hadrian:

He aquí de nuevo mis ganas de escribirte. Desde ya agradezco tu carta anterior, me gustó mucho que me respondieras, fue una carta muy linda. Debo decirte que tenías razón: Proust es hartamente descriptivo, me aburre eso. Estoy siguiendo la lista de recomendaciones que alguna vez me diste; como verás, la conservo. Ahora que tengo todo el tiempo libre y las ganas de leer, voy a dedicarme a eso.

No voy a volver este año a las clases. Estoy muy cansada, mi hija mayor se fue a vivir con el novio y, sabrás, eso aquí es como una sentencia de muerte. No es que me importe, me importa ella, su bienestar, que no cometa mis errores, pero seguramente eso es demasiado pedir. No quiero olvidarme de contarte que con un grupo de personas a las que les gusta el teatro armamos unas funciones en las vacaciones de invierno y hasta gente de la municipalidad nos vino a ver (¡me pidieron autógrafos!). Quise pensar en vos y preparamos Las d’enfrente. El actor que hizo de Gennaro estaba un poco mayorcito para el papel, pero igual salió todo bien.

Antes de intentar  con Proust me deleité con Oscar Wilde (otra recomendación tuya). Leí El Retrato de Dorian Gray. Hay un personaje que me recuerda mucho a vos, Lord Henry Wotton. No creo que se parezcan (de todos modos él es sólo un personaje), pero sí que inspiras esa misma sensación de encanto ácido que él.

Un lugar raro en este pueblo es la biblioteca. Es pequeña, pero los empleados atienden muy bien, están siempre de buen humor. Hace tiempo que volví a acostumbrarme a la siesta, antes me molestaba mucho cortar en la mitad del día, ahora la necesito, supongo que si la pierdo otra vez la extrañaré.

Hadrian, me voy despidiendo  y no quiero, pero odiaría hacerte perder el tiempo, y además no quiero ni sé escribir cartas largas. Me quedo con las ganas de seguir contándote cosas (Milly murió de viejita, ya estaba ciega y apenas podía caminar, así que preferí sacrificarla), pero quedarán para otra carta. Puede ser que a fin de año viaje a Buenos Aires; si es así, voy a pasear por ese café en donde le dimos un poco más de vida a Gennaro.

Gracias.

Madame La Directora

Me entretuve en demasiadas negligencias antes de contestar la carta; unos meses pasaron, quizás. Lo hice, finalmente, después del día de Año Nuevo. Varias semanas más tarde me fue devuelto el sobre sin abrir: el destinatario había mudado su lugar de residencia y ahora esas palabras tardías no tenían más dueño que su perplejo autor. De la paciente y bella directora de teatro nada más he sabido; el mundo es un mar sin orillas en cuyas aguas es fácil hundirse. He guardado y perdido y vuelto a guardar docenas de veces la carta que transcribí más arriba en el huracán de papeles que me rodea. Una fotografía en la que aparezco entregándole un ramo de rosas la noche del estreno era la única prueba que demostraba que esa estrecha amistad no había sido una alucinación intensa; mucho me temo que jamás me reencontraré con ese ícono.

De la señora retengo uno a uno los rasgos que hacían a su rostro elegante, uno a uno sus dedos ágiles en los que danzaban con desvergonzada asiduidad cigarrillos, uno a uno los pliegues de la ropa que en las desnudas butacas deslizaba, para mórbido solaz de los fantasmas que moran en cada teatro de rancia estirpe. Penosamente, yo, que recuerdo tantas cosas inútiles, he olvidado su nombre.

Hadrian Bagration

Eva Gonzalès: Sur la terrasse, ca. 1875-1878. Colección privada.

Existe en el escritor la imperfectamente oculta avidez de que sus textos lo sobrevivan, y por mucho. Esa módica perennidad incluye, aun cuando lo neguemos,  las cartas que falazmente componemos para ojos privados; en rigor de verdad, quien escribe siente que su pluma entera merece la vida eterna, por lo que todo secreto que llega al papel es, en realidad, un grito. Los exégetas a los que los altibajos de nuestro talento buscan enamorar suelen juzgar que cada párrafo derramado con mal disimulada prolijidad es una joya rara y espontánea; es sólo en infrecuentes ocasiones que un autor se deja sorprender sin que la agobiada máscara de la afectación arrobe su escritura.

En nuestra correspondencia nos otorgamos con tonante soberbia un rol central, el cual es a la vez el mismo sitio marginal al que nos relegan las líneas de quienes en sus misivas hablan sin mucha compostura de nosotros. He olvidado muchos de los detalles que construyeron el episodio que las palabras de más abajo revelan sin escándalo para nadie. Persisten algunos nombres que quizás no vuelva a pronunciar, algunos lugares a los que ciertamente no regresaré (poco importa si por propia voluntad  o por ajena disposición), unos cuantos indicios que confirman la mediocre veracidad de los hechos, los que son ya como piezas de un sueño, como casi todo lo pasado y como buena parte de lo presente. De lo futuro, sólo sabemos que todo es posible, pero que sólo lo desgraciado es inevitable.

Hadrian Bagration


Roma, 23 de Agosto del nuevo milenio

Queridísimo:

Dicen que la venganza es un plato que se come en la cama. Con piadosas intermitencias, he tenido una aventura con una romana cuarentona y tonta, adepta a las aburridas cenas de sociedad y a la numerología. Según sus pacientes mediciones, soy un cuatro, algo así como una persona que posee muchas virtudes, algunos defectos, no poca suerte, una pizca de miedos e inseguridades, un promisorio futuro; en fin, nada muy distinto a las demás infinitas cifras que pueblan el sistema decimal.

Hay amistades, tú y yo lo sabemos, que son dogma de fe. He debido frecuentar la casa de un abogado español que reside en estas afueras; te he explicado el pequeño inconveniente que la salud de esa editorial de Madrid provoca en mis ánimos. Temo que sus conocimientos acerca de las leyes que necesito para mi protección estén tan frescos como las arenas del Sahara. En su estudio el teléfono suena constantemente, los socios se entrometen, los clientes reclaman, las secretarias interrumpen, los ascensores se atascan; el buen hombre me ofreció participar de su ámbito y me explicó el itinerario que me acercaría a su morada en el Gianicolo. Allí me presentó a sus tres hijos (y conocerlos fue tan interesante como observar los hábitos de las aves de corral) y a su mujer. Ésta ya no se consideraba tal, puesto que el trámite de divorcio estaba a punto de llegar a su término, y sólo la vanidosa estupidez del macho hacía que el letrado se negara a dejar de hollar el antiguo domicilio conyugal, que ya había sido dividido en favor de la hembra.

Esa misma tarde, la señora me ofreció té y su conversación. Yo hubiera quedado de todos modos satisfecho sólo con el té. Una hora después nos besábamos en su auto en un lugar apartado pero coqueto murallas afuera. Curiosamente, prefería entenderse conmigo en español (il linguaggio del mio nemico, según ironizaba), así que me resigné a susurrar tímidas groserías que hubiesen sido de la envidia de La lozana andaluza mientras la marea del orgasmo se agitaba en su cintura, elegantemente preservada. Volví al día siguiente (de estos episodios no ha todavía transcurrido un par de meses), a la media tarde. Llevé papeleríos en los que el antiguo pater familias se sumergió. El té era servido por madame con gentileza y complicidad; ella creería que yo compartía de seguro la triunfal sensación que le proporcionaba esa  justa retribución que se tomaba por dieciséis años de frustraciones, renunciamientos, placeres lánguidos y cuernos. Es sabido que el odio que más lejos viaja es aquél que sentimos por quien ha estado más cerca. Yo saboreaba desganadamente el té y deseaba, sinceramente, serle útil.

Finalmente, el desvencijado  y depuesto amo del dormitorio  debió abandonar el hogar. Ciertos fines de semana cargaba con los niños para que lo ayudasen a cumplir con su deber de progenitor nuevamente célibe. La señora hizo uso entonces de su derecho a ser poseída en lo que fuera el viejo tálamo, antes maldito, ahora renovado por el agua bendita que santificaba sus espasmos, en este caso tal vez verdaderos. Ella  pertenece al bando de las gimoteantes o lloronas, aquéllas que, contrariamente a las volcánicas o explosivas, no estallan en un clímax sonoro y feroz, sino que derraman una suerte de placentero llanto  continuo  y monótono, mientras musitan un nombre; quiera la Fortuna que sea el nuestro.

Inútil hubiese sido confesarle mis heterodoxas ansias en el territorio del sexo: la audacia de la señora se había agotado en aquella fornicación falsamente ilícita. Sensatamente, advirtió que mi aburrimiento era imposible de ser barrido bajo la alfombra de su fervor por los cálculos, y lentamente dejamos de vernos, sin extrañarnos, sin zaherirnos, sin acosarnos; más bien, sin nada. Un té nos reúne cada tanto; es entonces cuando escucho con fingida atención sus cuitas de divorcio en la pequeña burguesía sin ilustrar: incidentes alimentarios, acaloradas discusiones en ocasión de los fracasos escolares de la prole, disputas por el tiempo para estar con los niños y sin ellos, los malos oficios del plomero y las inadmisibles ausencias de la fámula.

Me recuerdas bien, y a mí me golpea la nostalgia de esos tiempos en los que no aplastaba con peso de león la fragilidad de las mujeres, ni mi rostro de polvo era recorrido con desesperación por dedos ávidos, y era aún un misterio el sabor de la lengua. A veces creo que echo de menos esa blindada debilidad, a pesar de la risa que vomitamos cuando hacemos sangrar nuestros sudores con esas espadas a medio afilar a las que te ruego no dejes morir de herrumbre. Bebo de vez en cuando con paciencia tediosa el tibio té que me prepara con sus propias manos esta mujer modesta,  y oigo como un eco confuso las vagas predicciones que tocan a mi porción del zodíaco para el próximo domingo.

Te abraza,

Hadrian

P.S.: La perseverancia, que todo lo vence (especialmente a sí misma), empujó a la señora a demandar obstinadamente una pieza de literatura escrita por mí y dedicada a ella. En media hora o algo menos di forma a un poema adormilado que no quiero enviarte. Un mes, el del inicio de la liaison, es mencionado sin mayores explicaciones. Diría Lucio Mansilla que es un poema causerie, sólo para entendidos, un selecto círculo de dos. La obra mereció su aprobación y una copia descansa entre las consultadas hojas de un horóscopo.

Migajas de amor

Entre los meses de Diciembre de 2008 y Enero de 2009, la revista estadounidense redactada en español “Ambigüedades Sexuales” de Miami, Florida, publicó una extensa polémica entre el escritor Hadrian Bagration y un columnista de tal publicación cuyo nombre, en razón de tratarse algunos de los párrafos que la componen de correspondencia privada, debe permanecer en anónimo recato. El diálogo, en ocasiones ajetreadamente intenso, versó sobre los tópicos de la sexualidad y la  violencia, los hábitos eróticos no convencionales, la razón o sinrazón del  consentimiento y las consecuencias políticas de estos marcos. El debate se reproduce aquí en su totalidad, aunque despojado de ciertas expresiones acres por motivos sencillamente estéticos.

El columnista, 26 de Diciembre de 2008

Nancy Norovsky: Uffizi wrestlers, 1992. Colección privada.

Hay prácticas eróticas y sexuales entre varones que son muy divertidas, excitantes y al mismo tiempo igualitarias, y no requieren de antipáticos roles y estereotipos. Los cuerpos naturales de los varones están llenos de zonas erógenas muy interesantes de explorar y de disfrutar, y se puede practicar una sexualidad erótica sin centrarse exclusivamente ni principalmente en la penetración y con sensaciones corporales y afectivas que van mucho más allá del orgasmo genital. Creo que me gustan los cuerpos de varones porque me encanta mirar mi propio cuerpo desnudo, tocarlo, acariciarme, sentir mi propia fuerza física, palpar mis músculos, acalorarme corriendo o levantando pesas o nadando. El sudor es una poderosa fuente de excitación, también cosa que me atrae siempre de los hombres y de mí mismo, pero nunca o muy rara vez en las mujeres.

En cierta forma, la piel de un hombre es más cálida porque suele ser más gruesa, grasosa y estar mucho más profusamente cubierta de vello, y al mismo tiempo puede resultar deliciosamente suave y dulce. También resulta más caliente el cuerpo de un varón porque en la mayoría de los casos hay más musculatura, y  la sangre bombea muy intensamente. Por eso los abrazos entre hombres son muy excitantes, son al mismo tiempo fuertes y un tanto bruscos, cariñosos y contenedores. No encuentro nada en común entre estas delicias que son puro disfrute mutuo de los cuerpos, y las prácticas sadomasoquistas. En éstas puede haber luchas y golpes alternados con caricias pero siempre hay una lógica de dominio y sumisión, y se juega a conciencia con el dolor y la posibilidad excitante, realizada o simbólica, de ocasionar un daño psicofísico al otro. En las prácticas de las que hablo no hay ganadores ni perdedores, no hay golpes destinados a ocasionar dolor o daño o sumisión, se trata solamente de una modalidad intensa de erotismo de la piel y de los músculos, sin amos ni esclavos, sólo compañeros de sexo intercambiando sus atributos corporales. Aun cuando los abrazos, revolcones, caricias fuertes y demás puedan dar una impresión belicosa, se trata de una especie de excusa para tocarse febrilmente, una caricia calurosa y fuerte que puede ser más intensa que el orgasmo peneano. De hecho, el jugar a la lucha es una importante vía de escape para el homoerotismo más o menos oculto o negado de todos los hombres, supuestamente heterosexuales puros.

Félix Maurice Charpentier: Les lutteurs, ca. 1890. Colección privada.

La verdad es que luchar con mujeres no tiene para mí el menor aliciente erótico, ya que para mí la lucha es algo sumamente homoerótico; tampoco me gusta que sea necesariamente reposada. Es más, me gusta un cierto grado de rudeza sin llegar a la humillación, ni nada por el estilo (soy férreamente anti-sadomasoquismo). Es un combate amistoso y me agrada sobremanera si es cálido e intenso, con una intensidad que a mi parecer no conjuga con el cuerpo de una mujer, convertiría la escena muy fácilmente en una paliza sobre la mujer, cuya erotización a mi entender sería perversa y nociva. Claro que tal vez sea posible realizar una lucha de algún modo igualitaria, no opresiva y cariñosa entre hombres y mujeres, pero si lo pienso no me motiva eróticamente para nada, a pesar de que me atraen estética y sexualmente las mujeres, pero digamos que en cierta manera me atraen de diferente modo los cuerpos según su sexuación, y no estoy dispuesto a hacer las mismas cosas con hombres que con mujeres. Me resulta más atractiva la sexualidad concreta con varones ya que nuestros cuerpos son mas similares entre sí que los cuerpos de las mujeres, y las relaciones entre nosotros pueden ser igualitarias, horizontales y basadas en la cooperación y no el dominio y la sumisión que cuando nos relacionamos con mujeres, si es que dejamos a un lado el modelo de imitación de la heterosexualidad en nuestras relaciones, claro está.

Por otra parte la relación erótica afectiva y sexual entre hombres, y más aun si se basa en la ternura y la amistad sentimental y el igualitarismo, tiene un valor subversivo frente a la sociedad heteropatriarcal masculinista y competitiva, y a sus modelos de virilidad torcida, exigidos muchas veces por las mismas mujeres y que nos convierten en caricaturas de hombres. En cierta forma entonces, y a pesar de ser bisexual y no homosexual y mucho menos gay, soy partidario de un cierto grado de separatismo de hombres, entre otras cosas para crear nuestra propio erotismo no atado a estereotipos heterosexuales ni estereotipos gay y menos aun a prácticas perversas como el sadismo-masoquismo.

Los luchadores, copia romana en mármol de un original griego del siglo III AEC, Galleria degli Uffizi, Florencia.

Mi interés por la lucha erótica con hombres no pasa por el lado de la competitividad, sino sólo del afecto y del disfrute estético y erótico. Considero que la competitividad es un rasgo negativo que hay que trabajar duramente para erradicar de nuestras relaciones interpersonales y sociales, y en este sentido el erotismo y la sexualidad no son una excepción. La sociedad patriarcal educa a los hombres para competir ferozmente entre nosotros y someter a las mujeres: ese es el rol del macho con el cual se nos deforma y nos arruina la vida. Y es así desde hace milenios, y así le va a la humanidad, o sea muy mal. Como es algo tan arraigado culturalmente que se nos impone casi desde la cuna, no es posible desterrar de un solo golpe todos los aspectos competitivos e insolidarios de nuestras vidas. Por lo tanto la lucha puede ser un buen ámbito para pasar desde la belicosidad machista a la empatía, la ternura y la contención entre varones, lejos de toda jerarquía, de todo dominio y de toda sumisión. Para mí una lucha amistosa no es una medición de fuerzas sino un retozo, una caricia fuerte donde no busco abatir al oponente sino sumar nuestras fuerzas en un abrazo donde ambas fuerzas se potencien: no veo al otro como un competidor, solamente como un compañero. Nada más lejos de mi intención que erotizar la competencia, ya que esta es una forma de violencia y mi propuesta es la creación de un erotismo totalmente despojado de violencia: un erotismo de lo bueno y constructivo de los seres humanos, un erotismo de la libertad totalmente contrapuesto al erotismo machista y sadomasoquista que predomina en esta sociedad injusta y decadente. Sé que hay mujeres que se excitan contemplando cómo dos hombres se enfrentan cual bestias en celo por poseerla; considero a esa mujer como una persona que tiene un problema tal vez patológico con su sexualidad, sin duda vinculado a la aberración sadomasoquista, contra la cual sí que combato, ya que es dañina y deforma a la sexualidad y a las personas. Lo mismo valdría para los hombres que se prestaran a la erotización de algo tan sórdido. Si se pueden hacer este tipo de caricias intensas y cálidas con aspecto de lucha entre hombres y mujeres sin que se transforme en una situación de dominio y sumisión, me parece excelente, aunque a mí en lo personal no me excita este tipo de actividades con mujeres, sino solo con hombres. Repito: no lo vivo como un enfrentamiento sino como una forma intensa de pasión donde se suman las fuerzas de dos cuerpos similares. Que se entienda: no propongo la creación de una cultura bisexual exclusiva de hombres; propongo que continuemos creando una cultura de los y las bisexuales, varones, mujeres y trans, pero dentro de este gran ámbito de la bisexualidad. Los varones bisexuales podemos contar con ámbitos propios, y también relacionarnos con varones no bisexuales para reflexionar sobre nuestra vida como varones y cuestionar la masculinidad que la sociedad machista busca siempre imponernos. Obviamente no estoy hablando sólo del erotismo y las relaciones sexuales, sino de todos los aspectos de nuestra vida, ya que los hombres bisexuales y los hombres en general no solamente somos quienes somos en la cama, sino en todas partes.

El columnista

Hadrian Bagration, 9 de Enero de 2009


Estimado columnista:

Ferdinando Tacca: Due donne che si battono, ca. 1650-1690, The Walters Art Museum, Maryland.

Concuerdo con usted  acerca de que resulta dificultoso entablar un combate erótico y a la vez competitivo con una mujer, ya que en la mayoría de los casos (no en todos; es posible toparse con agradables sorpresas) las diferencias de tamaño y peso juegan demasiado en favor del varón. Sus reflexiones sobre los modelos de masculinidad son muy acertadas: es fácil hallar exigencias de sumisión para con las mujeres en los hombres y reclamos de virilidad machista para con los hombres en las mujeres. Sin ir más lejos que los límites marcados por mis propias experiencias, la mera mención de la posibilidad de medir fuerzas amistosamente con otro hombre en una situación sexual que incluya la participación de una mujer (las más de las veces como espectadora) conlleva miradas que suponen incómodas sospechas. Ahora bien, es titánica la tarea de convencer a propios y a ajenos de convertir esos sueños lúbricos en realidades gratas. En cuanto a la creación de una cultura erótica bisexual exclusivamente masculina, admito que debo detenerme a pensar acerca de las ventajas y desventajas de la propuesta.

Es posible que usted y yo demos una significación distinta (pero en ambos casos válida) al concepto de competitividad. Resulta claro que ninguno de los participantes debe buscar la aniquilación del otro.  En lo que respecta a la mirada de la mujer sobre la lucha, es cierta su aseveración: así como entre varones poco amables existen aquéllos que se inclinan por ver riñas desaforadas entre mujeres como corolario de su erótica diversión, deben de existir damas que sienten atracción por peleas violentas entre hombres (un hecho socialmente aceptado y hasta valorado, del mismo modo que es más censurada una mujer alcohólica que un hombre que comparte la misma enfermedad). De idéntica manera, doy fe que tanto varones cuanto mujeres encuentran excitante el presenciar un encuentro de lucha erótica, encuadrado dentro de los límites mencionados más arriba, sin que ello suponga, en opinión de quien suscribe, demora alguna en el desarrollo de su salud psicosexual. Me resulta de lo más desagradable el dolor, recibirlo quizás menos que ejercerlo, pero no me arrogo el derecho de descalificar a aquéllos que dan su consentimiento para entregarse a él desde cualesquiera de esos puntos de vista. Sostener lo contrario (que la reprobación proviene de la calidad opinable de la práctica y no del consenso de quienes se someten a ella) implica crear una jerarquía de fetiches en la que relegaremos a los últimos puestos a aquéllos que nos resulten antipáticos o ridículos, cosa que seguramente no pocas personas desinformadas hacen con la lucha erótica.

Edgar Degas: Muchachas espartanas provocando a un grupo de jóvenes, ca. 1862, National Gallery, Londres.

Toda creación es, tal vez, un regreso. La Antigüedad Clásica bendijo a la bisexualidad masculina como norma más que recomendable para las capas distinguidas de la sociedad, al precio de caer, en muchas ocasiones, en la misoginia. El atroz trabajo de los siglos hundidos en los monoteísmos cambió ese equilibrio grato a los árbitros de la elegancia de antaño y santificó en su lugar a la tajante división de roles y orientaciones. Me inclino por un camino que propugne la aceptación de la bisexualidad como una preferencia ajena a la sospecha, la burla o la imposibilidad intelectual. Se me antoja que el o la bisexual de hoy debe afrontar prejuicios parecidos a los que azotaban a las personas exclusivamente homosexuales hace no demasiado tiempo. En ocasiones se asemeja a una suerte de carencia imaginativa, de falta de confianza sexual o de maniqueísmo erótico por parte de escasamente avisados detractores; simplemente no se cree que un individuo pueda sentirse sexualmente gozoso con pares de todo género, como si de unicornios, grifos o lobizones se tratara.

Cierta mala forma de liberación sexual pensó que la respuesta ante la discriminación de las conductas carnales consideradas anormales era la asimilación, de allí ha surgido la odiosa costumbre de emular, en los ámbitos lésbicos, gay y transexuales -ignoro si existe un espacio verdadera y felizmente bisexual, y me atrevo a ponerlo sombríamente en duda- la mirada heterosexual y henchidamente machista de los acontecimientos, situación a la que usted hace referencia en sus párrafos, observación con la que coincido calurosamente.

Agradezco la oportunidad que me otorga de intercambiar opiniones, y sus más que valiosos y continuos aportes a este periódico.

Hadrian Bagration


El Columnista, 11 de Enero de 2009

Hadrian:

Eugène Delacroix: Lutte de Jacob avec l’ange (detalle), 1861, fresco de la iglesia de San Sulpicio, París.

Parece que las cosas en las que estamos de acuerdo son más que en las que diferimos; aun así hay puntos importantes que sería largo tratar. Intentaré ser sintético. Tal vez parte de los desacuerdos sean aparentes y tengan que ver con que usamos las mismas palabras para diferentes cosas. En mi opinión vivimos en una sado-sociedad, en la cual se nos entrena para imponernos a los demás, o bien para obedecer y someternos, o  para saber combinar ambas actitudes, así funciona este sistema que por otra parte está destruyendo todo. El orden establecido se basa en la competencia, en la violencia y en la manipulación y esto se da en todos los planos: desde el dormitorio matrimonial hasta la política internacional. Crear un nuevo erotismo es importante para tratar de incidir en la cultura, para tratar de que haya más libertad e igualdad reales entre las personas. El erotismo pornográfico y sadomasoquista, basado siempre en el dominio y en la sumisión, es el que impera en esta sociedad, aun cuando no se muestren siempre genitales en primer plano ni se use la típica parafernalia de las perversiones BDSM (cuero negro, instrumentos de tortura, etc.). La lucha erótica puede ser algo totalmente contrapuesto a esto, y lo he vivido personalmente. Si bien en su práctica en cierta forma son ineludibles los elementos competitivos, éstos pueden superarse totalmente sin que por ello la relación pierda sensualidad ni intensidad. Para quienes la miren de afuera y sin haberlo vivido, tal vez parezca una lucha competitiva, pero no lo es, al margen de que así lo parezca, ya que no hay ganadores ni perdedores, sino que se busca el intercambio de fuerzas, sumar las fuerzas y no imponer una fuerza sobre la otra. Creo que comprender esto es una clave importante para avanzar hacia formas más humanas de relación en el plano erótico. También hay que recordar que la sexualidad no es una esfera pura situada más allá de toda crítica: es una dimensión de nuestra condición humana, y como tal se puede vivir en modalidades sanas o en modalidades patológicas e incluso destructivas. No todo lo que produzca placer contribuirá al bienestar espiritual, psíquico y físico de la persona, el placer no justifica cualquier tipo de actividad por sí solo. La sexualidad puede enfermarse, y mucho, y no solo por la excesiva represión sino también por la ausencia de parámetros y la inexistencia de límites, por la reducción de la misma a una mera búsqueda de placer a toda costa. En tal sentido mi oposición total al sadomasoquismo es clara: erotizar la crueldad y el sufrimiento en cualquiera de sus formas es indicio de una seria perturbación en la persona y constituye una forma perversa y nociva de sexualidad enferma. Nada más alejado del sadomasoquismo que la lucha erótica entendida como un abrazo dinámico, una caricia sumamente intensa donde entra en juego la fuerza muscular, pero no para vencer al otro ni ocasionarle dolor. No es muy fácil entenderlo y sacar el concepto de lucha de una connotación bélica, de enfrentamiento, y llevarlo a una dimensión de simple amistad y expresión de afectos que, como te decía antes, no tiene por qué ser reposada, sino que puede ser de gran intensidad. No es sólo que me guste y me excite la lucha así entendida, sino que la considero sana y beneficiosa, absolutamente diferente de cualquier actividad de dominio, castigo o enfrentamiento. Es necesario poner en crisis todos los mecanismos que llevan a la erotización de lo destructivo en el ser humano, y éso es lo que intento.

El columnista

Hadrian Bagration, 12 de Enero de 2009

Estimado columnista:

Francis Bacon: Two figures, 1953. Colección privada.

Sin vacilaciones debo dar a usted la razón en lo que respecta a nuestras coincidencias y a lo engorroso en que puede convertir la terminología al acto de la comunicación. Su definición de este tipo de sociedad (en términos más estrictos de la predominancia de la Kultur sobre la Zivilisation) es tétricamente acertada; desde la entronización de los fascismos de distinto signo en los años veinte y treinta la apelación al sometimiento se ha hecho insolentemente desembozada. Aun cuando a largo plazo soy optimista, es casi un deber ser lo contrario en lo que concierne a lo más inmediato.

Creo recordar un ensayo de dos notables escritores franceses, cuya edición en español se titula El Nuevo Desorden Amoroso, y en el cual arguyen, corrigiendo los aspectos más utópicos de Fourier, que la liberación sexual, aun cuando transcurre necesariamente por la política, pasa igualmente por la cama, hecho a veces olvidado por quienes se ufanan de estar a la proa de los cambios sociales y sexuales acaecidos en la segunda mitad del siglo pasado. Sin más, sistemas tan distintos como la China de Mao, la Unión Soviética, Cuba (paraíso de la homofobia, o pregúntesele a los espíritus de Reinaldo Arenas y Lezama Lima), Vietnam o la grotescamente singular Corea del Norte, tienen nada que envidiarle a las diatribas medievales del republicanismo más cerril o a los apenas letrados artículos de Díaz Colodrero en revistas de importante tirada de los años más sanguinariamente apacibles de la última dictadura militar argentina. Mi tesis descansa en la necesidad de cualquier régimen con ansias totalitarias de llevar a cabo el más férreo (y a la vez más velado, según las circunstancias) control de la sexualidad, algo que la sociología alemana denominó sexualpolitik, y que el propio Freud estimó imprescindible para sostener las raíces de un patriarcado atroz al que alababa como pilar de la cultura (sus propias palabras, Das Unbehagen in der Kultur, 1929), en oposición al francés y cosmopolita concepto de civilización, como buen filofascista antes de tiempo y acompañando a su tiempo, luego despreciado por el fascismo.

No creo errar por mucho si intuyo que existe una conexión entre su pensamiento y mis líneas anteriores. Es verdad, y lo ha expresado usted muy claramente, que el placer, como cualquier otro concepto absoluto, no se justifica por sí mismo. De ser así, la consecución de ese goce abriría forzosamente las puertas a todo orden de humillaciones que imponer al prójimo. No obstante, y es éste el punto en el que me obstino, sostengo que un concepto absoluto debe echar mano a un concepto relativo para hallar en él su freno, o correrá el riesgo de verse envuelto en un estéril conflicto de extremismos que ha devastado generaciones enteras (lujuria o castidad, liberación o dependencia, capital o trabajo, el apellido de cierto líder carismático y poco proclive a las alternativas sexuales o muerte).

Auguste Rodin: Femmes furieuses, sin datación (atribuido al artista). Museo Rodin, Philadelphia.

En mi opinión, tal concepto relativo no es un aristotélico punto medio, equidistante entre ambos abismos, y demasiado sumido en la materia de lo opinable como para servir de parámetro, sino el consentimiento. Tal término implica una madurez, refrendada por una edad legal, y una responsabilidad personal con la que aventurarse en terrenos a veces inquietantes. ¿Significa esto que pienso que un individuo tiene derecho a la autodestrucción a través de la droga, del alcohol, del dolor o del suicidio, si así lo desea? Respondo que sí. La propiedad última, en el campo de lo tangible, es la propia vida, representada por el cuidado o el abandono del propio cuerpo, el cual no pertenece a la comunidad, al Estado o a una divinidad, sino a uno mismo, y con ello la posibilidad de darle un lento o rápido fin si se cree que las circunstancias así lo aconsejan. Claro que es más que posible para quienes nos sobreviven que una decisión irrevocable siembre desolación entre los más cercanos, mas la opción contraria es el paternalismo vital al que los seres humanos han estado sometidos durante siglos, las más de las veces parcialmente, ya que las autoridades que se arrogan el derecho de recomendarnos mesura y frugalidad difícilmente proveen los medios para gozar de una vida que merezca tal nombre, sino que con displicencia suelen decidir inmolar nuestros cuerpos en rituales de destrucción de masas como son las guerras, la miseria, la explotación o la marginación.

Queda por saber si el camino más directo para alcanzar un apaciblemente orgásmico fluir de la Historia es la deserotización de lo destructivo o, sólo quizás, la destrucción de lo deserotizante. La respuesta es por este entonces una incógnita, pero me atrevo a opinar que sus aportes a este periódico y a mis torpes reflexiones sobre estos temas son invalorables. Agradezco, por lo tanto, esta posibilidad que usted me otorga de refinar la tosquedad de mis ideas.

Hadrian Bagration

El columnista, 14 de Enero de 2009

Hadrian:

Guido Reni: Hércules lucha con Aqueloo, 1622, Museo del Louvre.

La ideología del consentimiento hoy es esgrimida por la derecha liberal que todo lo domina (y a la cual los fascismos que nombras nada tienen que envidiarle en capacidad deshumanizadora y destructiva) para desarticular y poner en ridículo toda aspiración a un cambio social que saque a la libertad y sueños semejantes de la estantería de las bonitas intenciones. Los obreros, por ejemplo, consienten en ser explotados, en que sus vidas sean consumidas por la maquinaria infernal del capitalismo, consienten frente al hambre en lamer el ano podrido de los patrones, ya que de otra manera se ven expulsados del sistema sin el cual no se come, y no parecen existir alternativas reales. Luego, cualquier protesta contra la explotación será desarticulada no sólo mediante la represión sino mediante la apelación a un hipotético consenso en ser explotados. De la misma manera todos y cada uno de nosotros consentimos día a día a una enorme cantidad de atropellos e injusticias. El consentimiento es una mentira, está en la base de esta sociedad perversa, desquiciada y suicida. El consentimiento sirve para justificar todas y cada una de las barbaries que nos impiden salir del callejón sórdido y tenebroso en el cual nos encontramos todos sin excepción, este falso concepto de libertad de la ideología liberal ultraindividualista que agita el cuco de los totalitarismos (¿acaso no estamos viviendo en uno?). Yo digo que sí: vivimos en el totalitarismo del consumo, de la mercancía, del placer a toda costa, de la ceguera conformista y mediocre, el totalitarismo de la libertad, del consenso…) que se esgrime para justificar nuestro atroz suicidio colectivo, del cual pareciera que no nos atrevemos a hacernos cargo: mirar de frente lo que estamos haciendo con nuestro planeta causa demasiado pavor. Por mi parte, y sin ánimo de entrar en discusiones estériles (ya nos hemos alejado bastante del motivo de esta charla) estoy dispuesto a (defecar) en esta ideología del consentimiento que se nos impone, para beneficio de los mismos poderosos de siempre. Si veo a mi hermano despedazar su propia vida y según él lo hace libremente, ya que es dueño de su cuerpo, y permanezco de brazos cruzados sin intentar al menos disuadirlo, soy cómplice de su autodestrucción con la cómoda excusa del consentimiento. Esta noción pérfida y atroz (que parte sin duda de algo cierto, pero se desvirtúa totalmente) se utiliza para indiferenciarlo todo: da igual si quieres llevar una vida sana que si quieres hacerte (heces) en plena juventud, y nadie tiene derecho a decirte nada, ya que supuestamente eres libre. A algunos sin embargo no nos basta una idea tan escuálida y vacua de la libertad. Me opongo como anarquista que soy a toda autoridad, me opongo a toda jerarquía: el capital, el género, el Estado, ya que todas estas instancias se apoyan en el dominio y la sumisión, en la fuerza bruta en definitiva, y atentan contra la libertad de las personas. Ser libre para ser esclavo, ser libre para someterse, es una total contradicción y una evidente perversión del sentido de la libertad. Ésta es la enfermedad que nos corroe y que acabará llevándonos a un abismo inimaginablemente horroroso (ya lo hace con cientos de millones, puede hacerlo con todos y de manera definitiva…) si no se da una toma de conciencia. Apelamos al consentimiento porque no tenemos agallas para hacernos cargo del horror que nos rodea, de la masacre que transcurre delante de nuestras narices.

Hombres luchando, mosaico del siglo III EC, Museo Bardo, Túnez.

El consentimiento es la trampa del nihilismo posmoderno y del estómago ahíto de los poderosos para aniquilar toda solidaridad humana. A quienes osamos insinuar que hay valores por encima del egoísmo, que no todo empieza y termina en el capricho individualista, se nos tacha de extremistas y de favorecer el totalitarismo, o sencillamente se nos anula, ignorándonos. Es más divertido, tal vez, dedicarse a inventar nuevos placeres como pedía el sadomasoquista y prostituyente Foucault, que plantear cambios radicales; estamos tan acostumbrados a consentir, a resignarnos a la podredumbre, que la tentación de disfrutar de la podredumbre es muy fuerte, es más cómodo, pero nos destruye igual. Sé muy bien que no tengo derecho a hacer lo que me venga en gana con mi cuerpo, entre otras cosas porque no soy el centro del universo y lo que yo haga o no haga con mi cuerpo repercute en vida o en muerte a mi alrededor, influye en mis semejantes, siempre. La ideología del consentimiento sirve para encubrir y perpetuar las peores atrocidades inhumanas y no tiene nada que ver con la verdadera libertad, que no es libertad para cualquier cosa; libertad sin contenido y sin responsabilidad es pseudolibertad, es una nueva forma de esclavitud. Y no soy autoritario ni totalitario, ya que no propongo ir a obligar a punta de pistola a los perversos autodestructivos a abandonar sus nefastas prácticas consentidas, propongo la toma de conciencia y la acción cultural, propongo la participación, la educación sexual para la libertad, el compromiso en iniciativas solidarias. Por supuesto que en ocasiones la fuerza deberá emplearse contra los que someten a sus semejantes e incluso las manipulan e inducen a exhibir un torcido consentimiento, como ocurre tan a menudo con las víctimas de trata y explotación sexual. El derecho del masoquista a comer (heces), termina donde empieza el derecho de los demás a destinar los recursos sociales a la promoción de la vida y la libertad. Ante la cada vez más abyecta destrucción y envilecimiento de la libertad humana no cabe ni el recurso a la represión ni el cruzarse de brazos indolentemente: hay que buscar canales de acción cultural, hay que intentar hacer algo. Por más libre que yo pueda sentirme, mi vida y mi salud no me las debo pura y exclusivamente a mi autonomía personal, sino a una compleja red de interacciones sociales que la hacen posible; no soy el ombligo del mundo y por lo tanto no tengo legítimo derecho a hacer lo que se me venga en gana, tampoco con mi cuerpo y mi sexualidad. Lejos de proponer cualquier forma de control autoritario o paternalista, lo que propongo es la toma de conciencia y la lucha contra toda forma de opresión, incluso la opresión sexual sadomasoquista que se camufla bajo la forma de liberación sexual: lo que se entiende por ésta no ha sido en realidad mucho más que un aflojamiento parcial de las restricciones a fin de que los dominantes puedan disponer con menos trabas de vaginas y anos, sin siquiera las viejas restricciones de la moralidad puritana. La liberación sexual masculinista del siglo XX es la liberación de los proxenetas, pornógrafos y pedófilos y su hazaña libertaria ha consistido más que nada en construir una cada vez más sólida y redituable red mundial de tráfico, corrupción y esclavitud sexual de decenas de millones de mujeres, niñas y niños cuyas vidas pisoteadas todos contribuimos a denigrar en la medida en que consentimos seguir viviendo de esta manera. El sexo debiera ser una manera de celebrar la vida, la libertad y el amor entre las personas. Lo hemos convertido libremente en una cloaca.

El columnista

Hadrian Bagration, 15 de Enero de 2009

Estimado columnista:

Lamento haberle hecho perder la paciencia, no así el habernos desviado un tanto del tema original, ya que el debate es una de las formas más amenas de gastar las tardes de lo que es para mí un verano levemente tórrido. Trataré, en la medida en la que mi capacidad lo haga posible, de responder a sus acertadas objeciones en orden cronológico.

Niego que el consentimiento sea una ideología. Es, más bien, un duramente conquistado derecho social, legal y personal que tomó siglos colocar entre las libertades concedidas al animal humano. Sobran muestras de los abusos con los que quienes detentaron por tiempo inmemorial el monopolio de los valores establecidos sometieron a los más débiles o a los política y socialmente insignificantes, precisamente debido a que no era necesario contar con su consentimiento. A guisa de ejemplo, en los opacos años del siglo XIX un hombre podía hacer encerrar en un loquero a su molesta esposa sólo contando con el aval de un médico. Oscar Wilde, quien no necesita presentación, fue alojado durante dos años en una nada augusta prisión merced a que nadie se dignó a escuchar que todos sus amantes (no sólo el más famoso de ellos, Alfred Douglas), sin excepción mayores de edad y mentalmente sanos, consintieron en relacionarse sexualmente con él. Podría inferirse de sus encendidas opiniones que, dado que muchos de esos jóvenes eran miembros de clases poco acomodadas y recibían de Wilde una compensación en metálico, el escritor mereció la pena que el puritanismo sexual de la era victoriana le impuso, no en razón de ser homosexual, sino por haber aprovechado su condición de dandy frente a valets y palafreneros. Curiosa situación sería ésta, la de que un defensor de la libertad sexual alejada de toda jerarquía y dominación como es usted estuviese de acuerdo en arrojar a las mazmorras a uno de los artistas homosexuales más grandes desde la invención de la escritura sólo por comprar el consentimiento de sus amantes.

Si se impusiese su forma de pensar y consintiéramos en prescindir del consentimiento… ¿cuál hubiera de ser la alternativa? Mi miope análisis sólo intuye dos: la prohibición, muy afín a regímenes poco amistosos para con el anarquismo que usted defiende, o la reeducación, catastrófico experimento de masas con el que personajes de la calaña de Ernesto Guevara de la Serna o Emilio Eduardo Massera (el primero de ellos, perturbadoramente célebre; el segundo, un factotum de la más mortal dictadura militar argentina) pretendieron hacer cambiar de opinión a sus oponentes políticos echando mano al trabajo forzado, a la tortura y a la eliminación para con los más obstinados. Pensar en la fraternidad universal y el abrazo de la humanidad alrededor del planeta es una bella idea (depende de con quién tengamos que tomarnos de las manos, claro está), pero ni usted ni yo tenemos el poder de llevarlo a cabo, y de suceder así, seríamos tan distintos que dudo que quisiéramos hacerlo. Como de la teoría ha de pasarse necesariamente a la impura praxis (al igual que en el caso de las democracias, imperfectas pero perfectibles, muy superiores a cualquier régimen que las antecedió, aun teniendo en cuenta sus falencias), es el consentimiento, aun con sus lagunas y zonas grises, lo que garantiza el mejor (no he escrito óptimo) equilibrio entre libertad y los límites de ésta. A menos, claro está, que se piense que una dictadura, no esta vez del proletariado sino del placer, sea preferible.

Es curioso que comparta usted mi desagrado por Foucault. Si bien en sus últimos años pasó a sostener opiniones más moderadas que las que lo ponían en ridículo al alabar regímenes que masacran homosexuales, como la cruenta teocracia de los ayatolás en Irán, su abrazo con las filosofías huecas de la posmodernidad, que pregonaban la muerte del hombre como ser individual, deberían resultar atractivas para quien se manifiesta en contra del culto a uno mismo. Nada me acerca al pensamiento de Foucault (ni al de Deleuze, Guattari o Derrida, otros tardíos discípulos de Nietzsche), ni siquiera su vida privada o sus particulares parafilias, a las que no juzgo, más que nada por ausencia de interés. No lo acuso, como el historiador Arthur Herman, de propagar a sabiendas la enfermedad que acabó con su vida entre sus amantes; estoy dispuesto a darle el beneficio de la duda. De todos modos, es el pensamiento de Foucault (salvo algunas pocas páginas honrosas) lo que me ha alejado de él y no su afición a las prácticas sadomasoquistas, lo cual me deja frío. De buscar vulnerabilidades en los maestros del pensamiento en virtud de sus vidas íntimas, sería inexcusable no concordar con un apologista barato del franquismo como Paul Johnson y sus obras, que pasan por reveladoras biografías y no son sino latosas columnas de chismes acerca de la intelectualidad más chic.

Llegamos a un tópico más que interesante para discurrir, el totalitarismo. Me pregunta usted si pienso que estamos viviendo en uno (creo suponer que su inquisición tiene que ver con el sistema político del Occidente capitalista, industrializado y, en la mayor parte de los casos, liberal). No, no lo creo. Sin sucumbir a la tentación de justificar cualquier desviación, injusticia o atropello cometidos en las incompletas democracias, pienso que la peor de éstas es siempre mucho mejor que la más blanda de las dictaduras. El totalitarismo es la captación absoluta de toda institución de la sociedad y su deglución por parte del aparato del Estado, lo cual incluye la posibilidad (y hasta del deber) con que cuentan los sistemas totalitarios de inmiscuirse en la vida privada de los individuos hasta en sus detalles más íntimos, tal vez para impedirles que se aten y se flagelen unos a otros, o para sancionar severamente a aquéllos encontrados envueltos en una lucha cálida y sudorosa. A pesar de sus horrores y de sus imbecilidades, Bush deberá ceder el poder en los próximos días. Por el contrario, personajes de la calaña de Perón (derribado por un golpe de Estado en el momento en que sus relaciones con los Estados Unidos pasaban por un período de galante romance), Hitler, cometiendo suicidio en su guarida, Stalin, asesinado en una oportuna conjura, Mussolini, ejecutado por partisanos, Castro, convertido en celebridad zombie o Kim Il Sung, quien gobierna los destinos de Corea del Norte desde las regiones celestiales como mandatario eterno, sólo se marchan mediante el puñal, el desplazamiento palaciego o la muerte en el poder. Nada puede el pueblo oponer a los designios de esas monstruosidades con forma política, ni siquiera la debilidad infrecuente del voto. Sin ir más lejos que África, un truhán como Mugabe comete latrocinio tras latrocinio contra su propia nación y niega los resultados de las elecciones que impusieron a su rival, Tsvangirai. Sabe bien que la fuente de su poder está en no permitir la democracia bajo circunstancia alguna, o los comicios lo evaporarán. De ser tan inocua y manipulable la democracia, en todos los casos, no veo por qué dictadores, mullahs y generales le temen tanto.

Étienne Dinet: La lutte des baigneuses, 1909. Colección privada.

Es mi deseo que la mayor parte de la derecha sea liberal. Es posible debatir y hasta llegar a un acuerdo con un conservador con hábitos liberales, no así con un conservador fundamentalista cuya tradición no se basa en la supervivencia del capitalismo sino en la de la religión institucionalizada y en el dominio de la vida privada de los ciudadanos antes que en el carácter prevalente del capital sobre el trabajo. Desafortunadamente, gran parte de la izquierda ha caído en la trampa del nacionalismo y el comunitarismo; lo que alguna vez sostuvieron Rosa Luxemburg o Walter Benjamin quedó en las vulgares manos de un Régis Debray o (peor aún) de un Jorge Abelardo Ramos, teóricos impresentables del izquierdismo socialista nacional, en no pocas oportunidades afín a muchos aspectos del nacional socialismo. El reemplazo del concepto de individuo por el de comunidad, del de comunidad por pueblo como entidad indivisible, y el de éste por el de partido, y finalmente el de partido por el de Estado es el origen del fin de la utopía socialista. Si el único modo de producción de riqueza superviviente es el capitalismo, no se debe tanto a sus aciertos sino a los errores, y muchas veces desatinos, cometidos por sus adversarios. Si han triunfado quienes detentan el capital, ha sido más bien un mérito de quienes no supieron valorar el trabajo, cosificando a quienes lo ejercían en nombre de un interés superior al ser humano mismo, su libertad y su placer. No hay tal interés, pero así como el hombre fue adiestrado alguna vez para colocar sus esperanzas en un reino de igualdad más allá de este mundo, lo fue también para esperar un estado de cosas más allá de las elecciones, de los partidos políticos, de la participación ciudadana y de la libertad individual y la búsqueda personal del placer. Por supuesto, el experimento que prometía ese obediente edén fracasó.

Tres términos de muy distinto valor coronan sus líneas, escritas, indudablemente, con sincero apasionamiento en pos de hallar un camino hacia una vida mejor para todos: proxenetas, pornógrafos y pedófilos. El proxenetismo es privilegio tanto de individuos aislados cuanto de instituciones más acá de toda sospecha. Nada tiene que ver esa forma de explotación sexual con la decisión de una mujer ya llegada a la edad adulta de colocar su cuerpo como mercancía en la vidriera de la prostitución. Los Estados Unidos, entre sus muchas miserias, son casi con seguridad el único país desarrollado de Occidente que penaliza la prostitución, aun la libremente consentida y ejercida sin intermediarios, como un atentado a la moral de ciertas capas sociales dadas a la concurrencia al culto dominical. El feminismo infantil de personas como Andrea Dworkin, ella misma una ex-prostituta que brega por la abolición total de la prostitución por considerarla una forma de violación basada en la pobreza no logra advertir que el nivel de vida de muchas profesionales del sexo es considerablemente más alto que el de homólogas menos agraciadas que trabajan en ocupaciones mucho menos rentables, en geografías mucho menos apacibles. Dworkin podría entonces exponer un flanco menos débil y sostener que la prostitución debería prohibirse en razón de que se trata de una violación basada en la holgazanería de la persona violada.

Es famosa la trampa dialéctica de considerar pornográfico aquéllo que hace sobresalir a la genitalidad. En su discurso,  usted repite numerosas veces que la lucha erótica no es una forma de pornografía ni de violencia, y estoy enteramente de acuerdo. No obstante, no muchas personas ajenas al ámbito de la bi u homosexualidad compartirán nuestros puntos de vista. No es por nada que las cintas que exhiben matches de lucha erótica entre varones, entre mujeres o mixtos se hallan en los anaqueles reservados a la pornografía y sean vendidos como material de esa clase. Creo suponer qué sensación ha de causarle a usted el ver imágenes tan estéticamente logradas en infausta compañía. Así como la belleza está muchas veces en el ojo del espectador, la pornografía habita en el ojo del legislador, y es su ignorancia la que traza el límite de lo tolerable en su permanente búsqueda de sufragios (otro error más que señalar a la democracia).

La igualación capciosa entre homosexualidad y pedofilia es vieja como el cristianismo, y proviene seguramente de su horror ante la contemplación de estadios de la educación griega, como la pederastia (término en absoluto liado con el primero). El ex-senador republicano Richard Santorum llegó a afirmar que es derecho y deber insoslayable del gobierno estadounidense promulgar duras leyes acerca de aquéllo que ocurre en las alcobas de los contribuyentes. Incluyó, por supuesto, en su catálogo de horrores (según su particular parecer), a la zoofilia, el coito anal y la homosexualidad; según él, todas son formas de agresión condenables aunque tengan lugar en espacios ocultos bien delimitados.

No atino, a pesar de agudos exámenes de conciencia, a descubrir en qué y en cuánto estoy yo contribuyendo a la esclavitud de decenas de millones de mujeres, niños y niñas. Nada obtengo de los suculentos dividendos, consistentes en unos treinta mil millones de dólares anuales, que reporta el trabajo infantil, cifra astronómicamente superior a cualquier otra devengada por la trata de blancas o la comercialización de material pornográfico, aunque muy inferior a la obtenida por los turbios negociados que involucran el tráfico de armas (sobre todo el legal), de drogas y el fútbol, gigantesco vehículo de estupidización de masas al que muy pocos parecen oponerse, aun en medio de respetables arranques de solidaridad con los oprimidos.

Veinte siglos de monoteísmo en el poder y en las conciencias han bastado para hacer del placer una comodidad reprochable, sacrificable en el altar de la supervivencia del alma, la pureza de las costumbres o la dictadura del proletariado, según se adhiera a una forma de irracionalidad u otra. Llevaré más lejos mi apuesta. No pocos sospecharán que, entre otros defectos,  soy ateo y afortunado (ésto último debido a que he nacido en una época en la que el castigo para las transgresiones indicadas más arriba es una mirada de disgusto o desaprobación, no la hoguera, el asilo de enajenados o el campo de concentración). Mi ateísmo no sólo envuelve las zonas divinas, sino también las sociales; soy ateo en el sentido de descreer de la acción directa, de los cambios sociales provocados por el ardor popular sordo a los mecanismos históricos y económicos, de las revoluciones que pugnan por enterrar un modelo de sociedad sin proponerse reemplazarla por otro, de ser posible, mejor. Las fracasadas rebeliones de esclavos en la Antigüedad y de siervos de la gleba en la Edad Media sugieren que no fue sino hasta que la burguesía acumuló suficiente capital, y con ello oportunidades de disputar el poder, que una revolución (la francesa) tuvo éxito. La rusa, una mala copia de la anterior, acabó por desmoronarse luego de que la facción que había llevado al partido bolchevique al Kremlin (el ejército) sucumbiese como casta privilegiada en razón de sus dispendios a principios de la década de los noventa del siglo XX. La liberación sexual, aun con sus altibajos y errores, surgió incontenible, acompañando procesos de transformación políticos y económicos, en la segunda mitad del siglo pasado. Sus detractores están a la defensiva y huyen dejando día tras día copioso botín para nuestro solaz. Está en nosotros avanzar hacia el reconocimiento total en la medida en que la muerte de las distopías basadas en la desaparición de la individualidad lo haga factible.

Hadrian Bagration

El columnista, 16 de Enero de 2006, correspondencia privada

Oscar Wilde en 1882

Creí que habían leves desacuerdos entre nosotros por el uso de ciertas palabras para nombrar cosas diferentes, pero no es así: la verdad es que estamos en desacuerdo casi en todo, y en este momento de mi vida no tengo ningún interés en seguir dialogando contigo. No soy un teórico ni lo quiero ser, soy un simple activista que seguramente ha leído mucho menos que tú, y te dejo con tus lecturas y con tu refinamiento, con tu democracia y con tu búsqueda de placer. Tu última carta de lector me parece de lo más deprimente, no tengo ganas de seguir deprimiéndome, necesito energía para intentar seguir viviendo en un planeta dominado por este sistema maldito al que apoyas. Todavía la cultura sadomasoquista y denigrante que defiendes no logró quitarme todas las esperanzas de encontrar una que otra migaja de amor (cosa que seguramente para ti es algo muy cursi). Sigue opinando si quieres, el diario no es mío, pero no entiendo porque tienes que hacerlo en este diálogo que yo abrí para hablar de un tema puntual, que se aleja muchísimo ya de las últimas cosas que escribiste. No pienso molestarme en entrar en tus planteos históricos y políticos, ¿quedaré como el iletrado frente al erudito? No importa, hay cosas mucho peores en la vida. Pobrecito Oscar Wilde, me parece muy mal lo que le pasó, la cárcel es una institución opresora más, tanto como el sistema capitalista, pero no dejo de culparlo por la prostitución de la que él hacía uso como abusador prostituyente y que incluso, si no me equivoco, lo llevó al abuso de adolescentes en su país y en el extranjero. Me (defeco) en toda su excelsa literatura (que antes me gustaba bastante) pero todo su remanido ingenio no me va a disuadir de oponerme a la prostitución y al abuso de menores. No me importa en lo más mínimo quedar como el perdedor frente a tu despliegue de citas y argumentos, y si me hiciste perder la paciencia, no está mal, no es algo que considere una virtud ni que me atraiga tener. Quédate como el ganador si quieres, lo que hagas o no hagas, escribas o no escribas me tiene completamente sin cuidado. En mi opinión formas parte de los privilegiados que nos oprimen, y no tengo ganas de gastarme en discutir contigo, puedo intentar resistir y combatir la dictadura del dinero y del placer que tú representas sin ponerme a perder el tiempo hablando contigo. Igual, la gente como tú lleva las de ganar, están en su salsa en un sistema opresor y prostituyente como éste, así que puedes dormir tranquilo, nadie te va a perturbar en tu afán de placeres por ahora. Puedes hacerme quedar como un totalitario frente a la gente del diario, no me interesa rebatirte. No me considero compañero tuyo en nada, al contrario de lo que ocurre con muchas otras personas que participan de este medio, y podría ponerme a contradecir con argumentos todo lo que afirmas y todo lo atroz que defiendes, pero por ahora no me interesa. Estamos completamente en veredas opuestas, no hay nada en lo que coincidamos, y digo esto con dolor, ya que había pensado lo contrario en un momento, pero lamentablemente somos enemigos, estás a favor de todas las cosas que considero aberrantes y de todo lo que hace de este planeta una cárcel. Por mi parte seguiré tratando de sumarme a las personas que luchan contra la violencia sexual en todas sus formas: machismo, discriminación, abuso sexual, violación, pedofilia, prostitución, pornografía y sadomasoquismo, todas características muy placenteras de tu democrática civilización occidental. Hasta nunca.

El columnista

Hadrian Bagration eligió respetar la decisión de su interlocutor y se retiró del debate. El 18 de Enero, el jefe de redacción de Ambigüedades Sexuales, Iván Andrada, publicó la siguiente nota editorial:

“La redacción de Ambigüedades Sexuales lamenta que un diálogo tan interesante y enriquecedor, que daba gusto leer, haya terminado de una manera tan triste y desafortunada por decisión de uno de sus participantes.  Era un lujo, un placer, tener en esta publicación tal nivel de intercambio de opiniones. En nombre del staff de Ambigüedades Sexuales agradecemos la voluntad de ambos aportantes y sus contribuciones, sin dejar de advertir que  todo puede malograrse por un exceso de ideología, lo cual es tan pernicioso como no tenerla o tenerla sólo a un nivel muy rudimentario…”

Iván Andrada

La dieta de los hombres decentes

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Edward Abbey

En el duodécimo capítulo de su asombroso volumen, The Idea of Decline in Western History, el historiador Arthur Herman obsequia al lector un epígrafe exuberante de profética comicidad: “Men come and go, cities rise and fall, whole civilizations appear and disappear- the earth (sic) remains, slightly modified…  Man is a dream, a thought, an illusion, and only rock is real. Rock and sun”. Estas líneas son el producto de una mano sencilla. Edward Abbey las escribió alrededor de 1988 para extender la inmerecida duración de su libro Desert Solitaire: A Season in the Wilderness, un muy estadounidense desfile de memoirs acerca de su excitante y valerosa función como guardián de la naturaleza en el Arches National Park (por ese entonces sólo national monument) en Utah. Abbey se nutre del vitalismo y la Lebensphilosophie de los románticos alemanes en su arrobada visión de los paisajes a los que debe proteger de los molestos turistas; así lo hace notar Herman comparando la óptica de Abbey a la del Frankenstein de Mary Shelley: ambos exudan horror ante el monstruo que asomaba su pavorosa cabeza en tiempos de Shelley y ya su cuerpo entero durante los días de Abbey como funcionario del Estado, entidad a la que él aseguraba detestar; después de todo, la creación del doctor Frankenstein es una suerte de máquina. En cuanto a que la Tierra ha cambiado poco desde su formación (desplazamientos de masas continentales, cambios climáticos extremos, desapariciones masivas de especies -no es necesario echar mano a la que hizo naufragar el reinado de los dinosaurios: la colosal extinción que tuvo lugar a fines del Pérmico y principios del Triásico barrió con casi la totalidad de las especies marinas y un setenta por ciento de los animales terrestres; treinta millones de años requirió el ecosistema para recuperarse, sin que tal catástrofe de bíblicas proporciones pudiese hasta hoy ser achacada a la industria), es verosímil presuponer que Abbey no asistió a muchas de sus citas con las materias que imparten conocimientos pertenecientes a las ciencias duras en su paso por la escuela secundaria.  Abbey comparte con un mentor al que no solía citar, Michel Foucault, no sólo la advertencia acerca de la desaparición del hombre (en sendos casos, se referían al hombre en cuanto hijo de la Ilustración y, por extensión, al hombre educado en la civilización occidental), sino la ávida esperanza de que tal cosa suceda. Cuando Abbey elogia a Sartre y desprecia a Cocteau, lo hace en razón de uno de los períodos menos notables del autor de La Náusea: el olvidable prólogo  con el que su literatura se rebajara al oprobio de exaltar los delirios de Frantz Fanon en Les Damnés de la Terre. Ambos, Abbey y Foucault, murieron sin que sus augurios hubiesen sido sazonados por el éxito: el último, de acuerdo a Jürgen Habermas, ignorando si demasiadas sombras de Kant no enturbiaban su idealización de Nietzsche; el primero, en medio de un happening de cerveza y disparos que se le organizó a modo de funeral, ya que, según su parecer y su testaruda pertenencia a la ultraconservadora NRA (National Rifle Association), el rifle es el arma de la democracia.

El estado de las corrientes de pensamiento actual se asemeja en mucho a la sensación de tristeza que alarga la penumbra de nuestra mañana cuando aquella persona por la que profesamos amor se ha ido. La pasión nos arroja quizás a la violencia, nos despoja de las metáforas, nos promete la muerte. Los andrajos de esos párrafos inconexos que constituyen la apática filosofía de hoy nos invitan sólo a mendrugos, juegan como con mascotas con las metáforas, siguen prometiéndonos, de no mediar enmienda de nuestra parte, la muerte. Liberación o muerte, socialismo o muerte, patria o muerte, Cristo de nuevo coronado o muerte, muerte a los infieles o muerte; esta incompleta enumeración de algunas de las más comunes necrofilias del intelecto no puede sino estar rematada por una relativa novedad del Hades de la posmodernidad ya entregada a los irredentos brazos de la Contra-Ilustración: el ecopesimismo.  Más que una ideología, es una expresión de deseos entrenada en paladear la muerte del hombre en tanto capitalista, industrialista, occidental, ilustrado y laico. Desde Roger Bacon y Wilhelm von Ockham hasta Saint-Simon y Francis Bacon, la tecnología constituyó un aspecto esencial del progreso. La Encyclopaedia de Diderot rebosaba con imágenes que demostraban la potestad de la industria en su capacidad (es decir, su potencia, que no su acto irremediable o su resultado inevitable) para modificar positivamente las relaciones de poder en una sociedad y ser artífice de una mayor igualdad. Francis Bacon ubicó su Nova Atlantis, una isla en la que la conquista de la naturaleza a través del uso de la ciencia suponía la razón de ser de sus habitantes, al oeste del Perú, cuya porción más occidental había sido territorio del Imperio Inca. Más al sur, anexada no sin efusión de sangre por Huayna Cápac, yace la actual Bolivia, regida en esta graciosa actualidad por Evo Morales, orgulloso aymará, etnia a quien los quechuas, amos de la civilización inca, habían sometido como a simples ilotas, pero a los que Morales reivindica en flagrante contradicción con su permanente oposición a los sueños imperiales de Washington.

No poco puede escribirse sobre la relación de Evo Morales con el poder político, a riesgo de caer en una tediosa repetición de un argumento a estas alturas casi circense: un candidato surgido de los lodos de la llaneza más chata del pueblo genera un incontenible entusiasmo electoral que lo encumbra a alguna primera magistratura. Meses después los barros del entusiasmo popular se han secado; las mentes menos sensibles descubren que simplemente se ha elegido a un nuevo señor feudal. Sólo un puñado aprende que la revolución no fracasa apenas tiene éxito, sino cuando acontece ese momento mágico en que se la cree posible por gracia y virtud de un movimiento o de un nombre. Ateos religiosos, los jóvenes que militan en las filas de estos barones de la perversión conservadora de  los gobiernos del Tercer Mundo son creyentes políticos provistos del más incendiario fervor y de la más fanática superstición: la de la prisa. Son criticables, y en exceso, las peligrosas amistades que Morales se ufana de hacerse acreedor para con monstruos de la talla de Fidel Castro o Mahmoud Ahmadinejad. Son ilusorias, y por mucho, las suposiciones que hacen de Morales un adalid de la hermandad latinoamericana y un redistribuidor de la riqueza de los recursos naturales de la castigada Bolivia; nada ha cambiado con su burocracia, nada nuevo sucederá luego de su partida. Bolivia será un poco más pobre y sus habitantes serán hechizados (como los de tantas y tan disímiles geografías) por otro espejismo de sobria presencia o de colorido atuendo, según convenga. No es Morales el problema central que aqueja a Bolivia, ni los miles que se le asemejan, sino la lejanía que sufren los bolivianos respecto de aquello que ocupaba los largos días de maître Diderot: una visión materialista de la existencia basada en el carácter efímero de la vida, la posibilidad del goce como propiedad alcanzable del animal humano y la idea de que es posible controlar el progreso mediante el dominio de la técnica y la explotación racional de la naturaleza. El énfasis de Morales en la puntillosa recreación de ridículos (el insulto es deliberado) cultos incaicos, no diferente a la propagación de la santería y el vudú en Cuba por el estólido Fulgencio Batista como mecanismo de control de masas y de su obligación de permanecer en tranquila ignorancia, no acerca al pueblo boliviano ni en un palmo a esos objetivos. Al decir de Fernando Savater en su prólogo a Etica senza fede del filósofo italiano Paolo Flores d’Arcais, los creyentes tildan a los ateos de mutilados espirituales. Así, quienes han sido convencidos, con harta facilidad, me temo, de las bondades del retorno a las plegarias a la Madre Tierra como expresión de la verdadera y plena cultura popular y de la necesidad de la supresión de cualquier intento de racionalizar la industrialización y la modernización de una nación a través de la educación y del dominio de la técnica y del reemplazo de ambas por el retorno al neolítico me considerarán, quizás no sin cierta razón, aunque por malas razones, un mutilado romántico.

Una faz insospechada de Evo Morales emergió en medio de cierta hilaridad por parte de su sempiterna claque, la que tomó sus palabras, quizás a despecho de su líder, en tono de comedia. No es nuevo que Morales arremeta contra la industria, en tanto prosigue, esta vez en nombre del Estado boliviano (que no del pueblo) la explotación gasífera con métodos nada artesanales. Sí lo es que se proclame ecónomo y nutricionista máximo de su nación. Morales sostiene, y sus labios no tiemblan, que la homosexualidad de los europeos y su galopante alopecía son debidas, ambas dolencias, a la ingesta descontrolada de pollos malamente alimentados con comida de ínfima calidad, repleta de hormonas femeninas las que, una vez digeridas por los varones, son la causa de la peste sexual. Morales guardó silencio acerca de cuáles serían las aves consumidas por las mujeres que (de acuerdo al juicio del presidente boliviano) padecen la homosexualidad, y qué clase de hormonas contendrían. Tampoco abundó acerca de los platos, ingredientes y cocciones a evitar a fin de eludir caer en la bisexualidad, el travestismo, las relaciones poliamorosas, la transexualidad; es de suponer que su dieta personal asegurará un comportamiento viril y una apariencia irresistiblemente masculina. Aun así, tal vez debido a su modestia o a su reserva en lo que toca a su vida privada, no osó compartirla con su público. Sólo instó a consumir ancestrales alimentos como la quinoa y la papa. A juzgar por los numerosos pleitos entablados contra él por las madres de sus hijos no reconocidos, quizás tales delicias no abstengan totalmente al consumidor del pecado nefando; sí lo tornarán tan prolífico como a un conejo.

Amante y amado besándose, detalle de tondo en un kílix, ca. 480 AEC, Museo del Louvre.

La clacisista y pensadora estadounidense Martha Nussbaum anotó en su The Fragility of Goodness: Luck and Ethics in Greek Tragedy and Philosophy, que en la Hélade, el erômenos, o amado (ἐρώμενος) era “… a beautiful creature without pressing needs of his own. He is aware of his attractiveness, but self-absorbed in his relationship with those who desire him. He will smile sweetly at the admiring lover; he will show appreciation for the other’s friendship, advice, and assistance. He will allow the lover to greet him by touching, affectionately, his genitals and his face, while he looks, himself, demurely at the ground. The inner experience of an erômenos would be characterized, we may imagine, by a feeling of proud self-sufficiency. Though the object of importunate solicitation, he is himself not in need of anything beyond himself. He is unwilling to let himself be explored by the other’s needy curiosity, and he has, himself, little curiosity about the other. He is something like a god, or the statue of a god.” Y sin embargo, la dieta de los griegos consistía, variantes regionales aparte, además de la tríada mediterránea (trigo, aceite de oliva y vino), en coles, cebollas, lentejas, almendras, pescado, huevos de ganso, faisán y codorniz, queso de cabra. Por cierto que criaban pollos, pero no los consumían en demasía ni los alimentaban con horrorosos productos industriales mientras eran encerrados en estrechas celdillas. Y sin embargo, y pese a esta carencia en su dieta, cierta forma de amor que no osa decir su nombre es conocida tanto por sus adherentes cuanto por sus detractores como amor griego. Evo Morales bien podrá deducir de qué clase de caricias se trata.

Miyagawa Isshô: Hombre besando a su joven amante, ca. 1750. Colección privada.

En tiempos del renacimiento florentino, los alemanes daban en llamar Florenzer a cualquier varón que apeteciera las beldades de otro. No obstante, no formaban las aves la principal delicia del paladar del norte de Italia: trippa, lampredotto, filetes y ensaladas con papas y tomates se llevaban los primeros lugares. Del pollo, los florentinos consumían el hígado en forma de patê. Los turcos otomanos se deleitaban con palomas asadas, arroz y melones rellenos de dulces, y asimismo con los rakkas, jovencitos entrenados en imitar a las mujeres que seducían mediante la danza del vientre, ataviados como ellas y provocando en las bailarinas tales celos que en no pocas ocasiones éstas conspiraban para hacer asesinar a un favorito. El islam actual, avergonzado por esas prodigalidades, niega que bellezas implacables como la del gitano Ismail fueran cortejadas por sultanes, y que su presencia debiera ser reservada con meses de antelación, y que su compañía desarmaba sólidas fortunas. En la cuna del sol, el Japón, la práctica del  衆道 (shudô) hubiera sido reconocida por cualquier hoplita: el envejecido Nabeshima, guerrero sin señor al que obedecer ni batallas en las que morir, prescribe en su tratado de etiqueta militar que un joven samurai debe examinar la paciencia de su cultor hasta por varios años para comprobar las duraderas intenciones de su amante menos lozano, mientras saborea albaricoques, duraznos, abulones, ciruelas, granadas, arroz y pescado. Los jesuitas fingían no advertir la sodomía imperante en los monasterios budistas, dado que los votos de castidad prohibían sólo las relaciones íntimas con mujeres. La pudibunda era Meiji desterró esta malsana costumbre a la que consideraba, con toda razón, occidental.

Huaco erótico, cultura moche, ca. 300 EC, Museo Arqueológico Rafael Larco Herrera, Lima.

Bartolomé de las Casas culpa al dios Chin por el hecho de haber introducido la homosexualidad en la nobleza maya, la cual devoraba maíz, porotos y chile (la tríada precolombina). No ofenderé a Morales evitando explayarme sobre la homosexualidad en culturas preincaicas, las que desconocían los virulentos atracones de pollo. Los huacos (alfarería) eróticos que sobrevivieron a la sistemática destrucción organizada por el virrey Francisco de Toledo representan casi exclusivamente el coito anal, homosexual tanto como heterosexual, la celebración de la erección mutua y alguna vaga escena de lesbianismo. De la mayoría de ellos sólo resta el polvo. Lejos estoy de fomentar la leyenda de un continente edénico hasta la llegada de los españoles: los arqueólogos disputan acerca de qué clase de cataclismo (aún no imputado a la industria) destruyó a la cultura moche: una feroz inundación seguida de decenios de sequía que diera origen a extenuantes guerras intestinas por el control de los escasos recursos es una de las hipótesis. Los chimúes, arrasados por los incas en la segunda mitad del siglo XV EC, se entregaron a la sodomía ritual impuesta por sus ritos lunares. El imperio incaico, dice bien Morales, no toleraba estos atentados al religioso pudor:  la pena por ser hallado en sudorosa compañía con otro varón era la confiscación de los bienes, por magros que fuesen, la destrucción de los hogares de los amantes, y la muerte. No hallaron los españoles mucho que reprochar en cuanto a la lasitud de hábitos represivos se refiere entre los señores del Tawantinsuyu. Quienes defienden la teoría del perdido paraíso precolombino desconocen, entre otros datos, que en las alejadas regiones del norte del imperio (el Ecuador y sur de Colombia) la tolerancia de aquéllo que no había sido aplastado de las culturas moche y chimú permitía que la homosexualidad no fuera objeto de tenaz persecución. Pésimas o interesadas lecturas de los cronistas españoles (de las Casas, Fernández de Oviedo, Cieza de León, Garcilaso de la Vega) extendieron más tarde esa relajación de costumbres a todo el territorio inca.

Morales en sombrío maridaje con Ahmadinejad

La psicóloga María Galindo, también fundadora de la agrupación Mujeres Creando, primer colectivo feminista de Bolivia, junto a Mónica Mendoza y Julieta Paredes, entendió que el modelo conservador de la izquierda nacionalista que apoya a Morales es, a fin de cuentas, una máscara más con la que ocultar el rostro de la mujer mediante nada originales artilugios como la manipulación de la historia (cuando no su falsificación) y la exaltación del jefe tribal de turno, poco o nada interesado en el avance de los derechos de la mujer y de las minorías sexuales. Mujeres creando es periódicamente amedrentado o abiertamente agredido por la policía boliviana por su campaña en favor de los derechos de los hombres y mujeres homosexuales y de su prédica en favor de la legalización del aborto. Muda respuesta han recibido hasta ahora de un presidente que recomienda a sus acólitos renunciar a la degustación de pollos para no caer en la tentación del afeminamiento. Si ni un céntimo de piedad puede esperarse del conservadurismo en relación a los padecimientos de las militantes feministas en Bolivia, de igual modo ni una gota de estos atropellos escapa de la censura de los ya grotescos (y en casi toda oportunidad, algo desaseados) remolinos de las izquierdas vernáculas. En otro acto de valentía por parte de Galindo, ésta le recriminó a Morales el hecho de recibir al presidente iraní Ahmadinejad, en cuyo país la persecución, tortura y ejecución sumaria de los homosexuales es una tragedia cotidiana. Es válido recordar que el ya citado Michel Foucault (quien firmara en 1977 con Jacques Derrida y Louis Althusser una petición dirigida a la Comisión de Reforma del Código Penal del Parlamento Francés para declarar lícitas las relaciones consentidas entre adultos y jóvenes mayores de quince años, petición que también yo hubiera firmado) emprendió en 1979 dos iniciáticos viajes por el Irán de Khomeini, al cual halagó profusamente en una serie de artículos de mínimo valor histórico y estético. Foucault, algo miope por ese entonces, optó por no percartarse de las lapidaciones en las que eran asesinadas las mujeres tachadas de adúlteras, los linchamientos de homosexuales, entre tantas otras letanías de vejaciones. Dos de sus biógrafos, Didier Eribon y Paul Veyne, confirman que sus loas a la asesina teocracia iraní publicadas por el Corriere della Sera son, tristemente, inocultables.

Evo Morales no es, ni política ni históricamente hablando, un nuevo de tipo de personaje en emerger en la escena pública. Oportunista, pragmático hasta el cinismo, manipulador, explotador de la ignorancia popular (y sembrador de la propia), tiene por antecesor más directo a la banalidad y la estulticia de Juan Perón, quien llegó a afirmar ante un auditorio formado por jóvenes fascinados (quienes voluntariamente bien pudieron haber dado su vida por él años después) que de la civilización griega sólo quedaban unas cuantas columnas rotas. Tardará en llegar a Latinoamérica algún vestigio de la modernidad, e ignoramos, si es que tal cosa ocurre algún día, de la mano de quién. Sí sabemos, por fortuna, quién y quiénes se interponen entre nosotros y ella.

Hadrian Bagration

Sitio oficial de Mujeres Creando: http://www.mujerescreando.org

Radio online de Mujeres Creando: http://www.radiodeseo.org


La deslealtad de Monseñor Aguer

No pocos matutinos publicaron en sus respectivas ediciones del día jueves 30 de Julio las indignadas declaraciones del arzobispo de La Plata y presidente de la Comisión de Educación del Episcopado, Monseñor Héctor Aguer, en ocasión de exponer su parecer acerca de los contenidos de un manual de formación docente que se interna en la tímida posibilidad de orientar a niñas y niños curiosos en lo que toca al nada sencillo tema de la sexualidad humana. El documento en cuestión, destinado a maestros y profesores, no al alumnado, sufrió dura reprobación de parte de los labios de Monseñor Aguer, quien arremetió resolutamente contra sus páginas al tildarlo de neomarxista, de abierta reivindicación de cierto anhelado y pocas veces satisfecho deseo de fornicar tempranamente, de propagador del, según su opinión, malsano hábito de utilizar condón durante la cópula, de imposición totalitaria de un Estado, es legítimo sospecharlo, también totalitario. La cólera de Monseñor Aguer en referencia a asuntos de alcoba no olvidó fustigar a quien para muchos es, desde los bíblicos tiempos de Sodoma, el escalón más abyecto de la iniquidad: el homosexual. Las sentencias de Monseñor Aguer advertían contra la posibilidad de otorgar una permisiva carta de ciudadanía, una suerte de nefando cheque en blanco, a la erótica reciprocidad entre personas del mismo género y, siempre según Monseñor Aguer, sus variantes, enigmática vaguedad sobre la que no abundó. Las opiniones de Monseñor Aguer no asombrarán, de seguro, a muchos; los altos dignatarios de la Iglesia Católica suelen despacharse arrebatada y periódicamente  contra lo que consideran abominaciones; las más de las veces éstas rebosan de índole sexual. La arraigada convicción de los herederos de Pedro es que los peores pecados del mundo se cometen en la cama, o en sus variantes, podríamos agregar.

Quien escribe estas líneas es, de acuerdo a la sabia clasificación del pensador Jacques Maritain, un ateo absoluto. No he perdido la fe, pues siempre he carecido de ella. Si esa virtud es un don divino, entonces las divinidades han sido avaras conmigo, al menos en ese respecto. Aun así, he leído, sin apasionamiento pero con interés, más en razón de mi agrado por ciertas ramas de la literatura fantástica que por el deseo de hallar la clave que revele el nombre que esconde el número de la Bestia, los Testamentos. A causa de su brevedad y de sus, escribámoslo así, variantes, la historia que cuentan los Evangelios mereció mi humilde frecuentación. No me jacto de ser un profuso lector, pero sí de acometer el acto de la lectura con respeto. Mi memoria guarda los detalles de la vida, obra, muerte y resurrección de quien es, no puedo ser culpado por presumirlo, adalid, inspiración y fuente de toda razón, toda justicia y todo amor para Monseñor Aguer: Jesús, llamado por sus millones de seguidores el Cristo. No me detendré a examinar la veracidad de lo afirmado por los Evangelios canónicos, pues es tarea que supera con creces las capacidades de mi intelecto. Doy por sentado, sí, que la religión a la que con orgullo pertenece Monseñor Aguer en calidad de pastor considera a las respectivas obras de Mateo, Marcos, Lucas y Juan como la más alta narración de  los hechos que describen la experiencia terrenal  del fundador de la fe cristiana y segundo miembro de la Trinidad, Hijo de Dios hecho hombre, Jesús. De acuerdo al dictamen de la Iglesia Católica, tales páginas no contienen  falsedad ni prevaricación ni error algunos, ya que han sido inspiradas por Dios y reproducidas fielmente durante dos milenios, siglos más, siglos menos, por anónimos y esforzados copistas desde Constantino hasta Gutenberg, e impresos más tarde en todo formato, toda geografía y toda lengua.

Lavinia Fontana: Jesús se aparece a María Magdalena, 1581, Galleria degli Uffizi, Florencia.

Las múltiples y demandantes ocupaciones que los cargos de Monseñor Aguer le imponen a éste habrán hecho que, es mi arriesgada deducción, recordase sólo fragmentariamente el contenido de los Evangelios.  Jesús, quien estallara en divina ira frente a la invasión del Templo de Jerusalén por parte de ávidos mercaderes, quien aborreciera la hipocresía de escribas y fariseos, quien advirtiera contra los riesgos espirituales que acarrea la riqueza, no encontró hueco verbal en su breve y espectacular paso por el planeta para condenar a persona alguna en razón de su conducta sexual. Más aun, salvó la vida de una mujer sorprendida en adulterio, la cual estaba a punto de ser lapidada por una turba acicateada por un grupo de enemigos del propio Jesús. Más aun, entre sus fieles admitió, y hasta prodigó elogios y afecto, a una prostituta conocida como María de Magdala, la Magdalena. Más aun, en la grisura de ese triste viernes que marcara su muerte, lloraban al pie de la cruz el amado discípulo, María, madre de Jesús, su hermana, tía de Jesús, y  Magdalena, la prostituta, llenando a medias el hueco dejado por la huida de los demás varones. Más aun,  luego de la pasión, crucifixión y muerte de Jesús, junto a la tumba desierta sollozaba con amargura Magdalena ante la visión de la ausencia del cadáver de su maestro. Un hombre, al que ella creía un jardinero, se le acercó y la llamó. En buen romance, Jesús resucitado, el cumplimiento de la promesa divina de enviar a un redentor que borrase con su sangre las faltas de la humanidad, la fundación de la Nueva Alianza entre Dios y el hombre, se consumó por primera vez ante los azorados ojos de una prostituta. La única ocasión en la que, tal vez, Jesús aludiese a un comportamiento sexual aberrante tuvo lugar cuando tronó contra quienes escandalizaban a los niños, una posible referencia al abuso sexual infantil, práctica sobre la cual la Iglesia Católica se esfuerza permanentemente por echar un piadoso manto de silencio. No existe, además de esta probable y quizás osada interpretación, instante de la vida de Jesús que éste utilizara para reprochar a los amantes amores ilícitos, perpetrados con o sin asistencia de métodos de control de la natalidad, condones y otras variantes incluidos.

Jesús dice en la pluma de Juan, capitulo octavo, versículo quince, hablando a los fariseos: vosotros juzgáis según la carne, pero yo no juzgo a nadie. La deslealtad de Monseñor Aguer y de innumerables miembros de la Iglesia Católica, y de otras iglesias cristianas, no es para con la modernidad, la diversidad, la libertad individual, los derechos humanos o sus prójimos, sino para con su propio dios, y para con el dolor que éste eligiera padecer para hacer, según el credo de Monseñor Aguer, al propio monseñor y a la humanidad entera, salvos. Quiera ese mismo dios que Monseñor Aguer se arrepienta y aprenda y enseñe a no condenar. Todavía está a tiempo.

Hadrian Bagration, 31 de Julio de 2009

La Argentina sin brazos

El siguiente artículo pertenece al blog del programa Raza Paria, en el que fue publicado el 25 de Junio de 2008.

EL ABRAZO DEL ALMA

El periodista Mariano Arraña celebra la conmemoración de un nuevo aniversario de la obtención por parte del seleccionado argentino de fútbol de su primer campeonato mundial. El escritor Hadrian Bagration, con su característica posición en desmedro de ese deporte, reflexiona acerca de la significación de ese logro. Aquí las distintas versiones del mismo acontecimiento:

Un día como hoy, pero hace ya tres décadas, la Selección Argentina se coronaba campeona del mundo en el torneo que se llevó a cabo en nuestro país. El equipo de César Luis Menotti derrotaba en el Estadio Monumental a la selección holandesa por 3 goles a 1 y se adjudicaba el primer título mundial en la historia futbolística argentina.

En el momento en el que el árbitro italiano Sergio Gonella señaló la finalización del partido, una cantidad considerable de particulares invadió el campo para saludar a sus ídolos. Uno de ellos fue Víctor Dell’Aquila, un joven de unos 25 años por aquel entonces, sin brazos, quien quedó inmortalizado, junto al Conejo Tarantini y al Pato Ubaldo Matildo Fillol, como uno de los protagonistas de la mejor fotografía del Mundial ‘78.

Así relata este momento el mismo Víctor Dell’Aquila:  “Caminé despacito y me puse al lado del palo de Fillol. Y cuando tocó pito el juez salí corriendo en busca de alguien a quien abrazar. En un momento, Tarantini se arrodilló como rezándole a Dios. Fillol hizo lo mismo y se abrazaron. Justo llegué yo. Me frené y las mangas se fueron para adelante. Y ahí Alfieri sacó la foto…” Su autor, Ricardo Alfieri, reportero de la revista El Gráfico, recibió numerosas distinciones por su obra, la cual fue denominada tiempo después como El abrazo del alma.

Mariano Arraña

Me resulta imposible poner en tela de juicio la meritoria calidad de la crónica de Mariano Arraña y el valor de la anécdota (quizás algo irónico, si tenemos en cuenta que la imagen delata la exclusión de la persona sin brazos de la calurosa celebración de los jugadores). Aún así, afirmo que la obtención del primer puesto (logrado con justicia o no; no lo sabremos nunca) en ese certamen futbolístico representó para Argentina una de sus horas más trágicas. La dictadura emergió fortalecida. La euforia del triunfo apagó cualquier protesta, aun la más tibia, dirigida contra el régimen desde fuera de las fronteras; es más, convenció a los más desorientados de entre los observadores políticos extranjeros de que la imagen proyectada hacia el exterior por los propagandistas de la Junta Militar era la acertada. La sensación de invencibilidad sembró una peligrosa impronta tanto en las élites dirigentes cuanto en el pueblo llano: si la contienda del deporte se había resuelto exitosamente, ¿por qué no habría de suceder lo propio en los campos de batalla en donde otros bravos muchachos defenderían la ultrajada soberanía nacional? Una demencial guerra con Chile fue evitada por los esfuerzos combinados de la administración Carter y la diplomacia vaticana en el último minuto. La ocasión de guerrear contra la lejana Gran Bretaña fue demasiado tentadora como para que mediador alguno se interpusiera entre las ambiciones de perpetuación de los generales y la sangre en las islas.

No es ocioso mencionar que los festejos de Junio de 1978 se llevaron a cabo en medio de la más horrorosa conculcación de los derechos humanos (una expresión por estos días bastardeada que sin embargo mantiene intacto su valor intrínseco) de la historia de este país. Es necesario retroceder hasta las épocas más duras del rosismo para hallar una pálida emulación de esos hábitos monstruosos. Es amargo recordar que gran parte de la población sabía de tales abusos, una considerable porción los aprobaba, un sector no menor los vivía con gris indiferencia. Todas esas parcialidades se unieron para congratular ruidosamente a los campeones del mundo, incluyendo a secuestradores, torturadores y ejecutores, y también, en una muestra más de la peste emocional que se desata como corolario de ese matrimonio siniestro entre política y deporte, secuestrados y torturados.

Mi intención dista mucho de sugerir que la actuación del equipo nacional argentino fue defectuosa, tarea para la que no estoy preparado. En lugar de ello, guardo la leve esperanza de que los jugadores de ese añejo plantel, con motivo de algún aniversario de esa victoria un tanto olvidada, se reúnan para lamentar, aun en medio de la algarabía de los recuerdos, haber prestado triste servicio a un gobierno de ineptos y de asesinos que no merecía nada, ni siquiera el fútbol.

Hadrian Bagration

Ensayo sobre la normalidad de la idiotez

Eichmann en Jerusalén

En 1993 Norbert Bilbeny, catedrático de Ética de la Universidad de Barcelona, casi ganó el Premio Anagrama de Ensayo merced a su obra El Idiota Moral, La Banalidad del Mal en el siglo XX, libro en el cual concluye que los acontecimientos más tenebrosos de los últimos cien años (guerras mundiales, genocidios, campos de concentración y exterminio, desapariciones forzadas, actos terroristas) son animados por autoridades políticas o religiosas que adolecen de la misma indiferencia hacia el sufrimiento del prójimo que la observada en asesinos psicópatas. Bilbeny tomó prestado parte del título del más famoso trabajo de la pensadora Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, Ensayo sobre la Banalidad del Mal, escrito en ocasión del juicio a uno de los más arduos responsables del Holocausto, Adolf Eichmann, capturado por agentes del Mossad, el servicio secreto israelí, en 1960 en Argentina, luego de residir en un suburbio de Buenos Aires durante diez plácidos años gracias a la oscura generosidad de Perón.

Según Arendt, Eichmann era un individuo cuya única anormalidad era ser aún más estrictamente normal que el grueso de las gentes. Sus motivaciones en la orquestación del asesinato de millones de personas desde la comodidad de su escritorio no eran patológicas, sino sencillamente de gris conveniencia personal. Eichmann no había ingresado en la feroz orden de las SS como resultado de su ciega fe en el credo nazi, sino con el nada espectacular (y más tarde, confeso) objetivo de forjarse una carrera en los promisorios y demandantes tiempos del régimen de Hitler. Su recatado puesto en la burocracia de la Endlösung le permitía mantenerse lejos de los albures de las batallas, beneficio adicional al que jamás renunció. Si la consecución de su propio bienestar y el de sus seres queridos era obstaculizado por la necesidad de obedecer instrucciones que implicaban la ruina de los judíos de Europa, así como también la de los gitanos, eslavos, homosexuales, disidentes y demás malas compañías, no era ése asunto suyo.

Hombre de gustos sencillos, es imposible que Eichmann no hubiera presenciado una función de Die Grosse Liebe (El Gran Amor), el film más lucrativo de entre todos los producidos en los plomizos años del Tercer Reich. Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda del gobierno nacionalsocialista alemán, ansioso por recuperar parte de la influencia sobre su Führer que le había sido arrebatada, irónicamente, por la consolidación del Partido Nazi en el poder (ya que, una vez aplastada la resistencia interna, Hitler se preparaba para la guerra en el exterior, lo cual le hacía recurrir en menor medida al cinismo de su paladín ideológico), había dado forma a su plan para dotar a Alemania de una industria cinematográfica capaz de competir -o tal cosa él suponía- con los gigantes de Hollywood. Goebbels opinaba acertadamente que el pueblo alemán sería más fácil de mantener en estado de permanente idiotización moral a través de películas superficiales, melodramas chirles y comicidad apta para toda la familia. La propaganda política agresiva sería reservada para los noticiarios y los films documentales, los que dotarían a la justificación pseudocientífica del racismo nazi de un aura de sapiencia.

Joseph Goebbels

El sueño de Goebbels era fundar un star system a la manera estadounidense. A la cabeza de este selecto grupo debía encontrarse a la máxima estrella alemana de ese entonces y actriz favorita del notable director Josef von Sternberg, Marlene Dietrich. La fascinación que Dietrich ejercía sobre el público no tenía parangón; sus comienzos como cantante de revista y vaudeville le otorgaban un aire donoso y ciertamente sensual, más apto para la extinta y liberal República de Weimar que para los puritanos escenarios del nazismo. Exiliada en los Estados Unidos junto a su mentor, Dietrich despreciaba públicamente la militarizada pompa del nacionalsocialismo. Aun así, Goebbels se afanó en tentarla con suculentos honorarios y privilegios; Dietrich no cedió. El enjuto ministro debió contentarse con una cantante sueca de operetas de apariencia algo menos nórdica, y de la que se rumoreaba tenía antepasados judíos: Zarah Leander.

Zarah Leander

Resulta curioso que la figura elegida para sustituir a la terca Marlene Dietrich llevase el nombre con el que se ridiculizaba a toda mujer de origen hebreo en la burlona jerga del nazismo. Zarah Leander firmó en 1936 un ventajoso contrato con la compañía cinematográfica Universum Film, controlada por Goebbels. Allí se estipulaban, además de sus cuantiosos emolumentos, su comportamiento dentro y fuera de los estudios de filmación, su vestimenta, el contenido de sus respuestas a los reporteros y, por sobre todo, su adhesión patriótica a la causa de la Alemania nazi. Al momento de estampar su firma, ya regían en el Reich las infames leyes de Nürnberg, que habían despojado a los judíos de todo derecho en la totalidad del suelo alemán, incluyendo el de ciudadanía. En 1938 asistió impasible, con cinco películas acabadas y exhibidas, al mayor pogrom antijudío del siglo pasado en Alemania: la Kristallnacht o Noche de los Cristales Rotos. Cien personas de origen judío fueron asesinadas, treinta mil deportadas a campos de concentración, dos mil sinagogas ardieron y decenas de miles de comercios y casas particulares fueron destrozados; todo ello en las largas horas de la noche del 9 al 10 de Noviembre. Goebbels distrajo unos minutos de sus ajetreadas ocupaciones para pronunciar un discurso en donde felicitó a los alemanes que habían colaborado en los estragos. Desde el otro lado del Atlántico, Dietrich arremetió contra la barbarie del nazismo. Leander simplemente se preparó para acometer su próximo proyecto fílmico en el más absoluto silencio.

Marlene Dietrich

El contraste entre las dos actrices no podía ser más brutal: Marlene Dietrich, abiertamente bisexual, desenfadada, en ocasiones andrógina, bellísima, mimada por directores como Von Sternberg, Wilder, Hitchcock y Welles, vocalmente antinazi y ferviente adepta al bando de los Aliados, admirada por escritores de la talla de Erich Maria Remarque, Ernest Hemingway y Noël Coward, condecorada con la Medal of Freedom de los Estados Unidos y Comandante de la Legión de Honor de la República Francesa por su apoyo a las tropas en los frentes de combate más peligrosos (en una de sus apariciones junto al general George Patton se encontraba a distancia de tiro de los obuses alemanes). Zarah Leander era, en cambio, correctamente femenina, prudente, reservada, gélida, de puntual sonrisa ante grupos de oficiales de las SS en varias portadas de la publicación propagandística Signal, requerida en persona para la firma de autógrafos con los que obsequiar a las ejércitos del Reich en la ocupada París, dirigida por cineastas de ínfima categoría a las órdenes de Goebbels en lo que eran repeticiones de un mismo personaje llevado hasta los extremos de la cursilería. Dietrich no vaciló en aceptar roles osados para su época, los que la pintaban ávida en la seducción de amantes o liándose a puñetazos con su ocasional rival en amores. Leander representó invariablemente el papel de la mujer ardiente en su sumisión al varón, a la guerra y al Estado, sumergida en púdica espera ante los deberes soldadescos de su prometido y siempre presta al sacrificio en favor de intereses comunitarios más altos. El ignominioso epítome de esta variante de consumo masivo de la cinematografía nazi es Die Grosse Liebe.

En verdad, el guión del film no será jamás atribuido erróneamente a Shakespeare. Un joven piloto de la Luftwaffe enviado al Norte de África conoce en una misión de enlace en Berlín a una cantante danesa (Dinamarca ya formaba parte de la Europa ocupada por los ejércitos de Hitler); se enamora a primera vista. Ella le corresponde, mas él debe partir para proseguir la pugna contra los fastidiosos británicos. Ella jura que castamente soportará esa dilación. La despedida es seguida por una sucesión de frustradas intentonas de reencuentro. Él propone matrimonio por carta; ella acepta. La noche anterior a la boda él debe volver a la lid. Alemania invade a la Unión Soviética. El piloto es en estos culminantes momentos imprescindible para el triunfo de su patria. Uno de sus amigos es muerto en acción. Él envía otra carta, despidiéndose de su amada, puesto que las misiones que se le encomiendan son cada vez más temerarias. Es herido y enviado a un hospital militar. Ella arriba; esa convalecencia los reúne definitivamente, preparados ambos para la fundación de un nuevo hogar y para persistir en la búsqueda de la victoria final. La escena última los muestra felices, observando las oleadas de bombarderos alemanes en ruta hacia sus objetivos en Rusia. Al igual que la mayoría de las películas realizadas bajo la bota de cualquier totalitarismo, Die Grosse Liebe es más elocuente en sus silencios que en sus mal logradas secuencias bélicas. El gran amor no es, ciertamente, el que amarra a los protagonistas, sino el sentimiento del piloto por su Volk, su comunidad racial y política por la que debe combatir y, si es preciso, morir heroicamente. Su gran mérito es saber inculcar en la cantante y futura esposa ese mismo amor, ausente en la decadentes democracias occidentales hundidas en el hedonismo, la degenerada mezcla de razas y la carrera por una inmerecida felicidad personal. El mérito de ella es la paciente aceptación de esa fe.

Die Grosse Liebe

El aspecto más terrorífico de este ejemplo de cine basura es, lógicamente, la característica más conspicua de la ordenada mente de Adolf Eichmann: la escalofriante normalidad. Los personajes caminan por las calles de una ciudad apenas aquejada por alguna que otra aislada alarma de ataque aéreo, usan automóviles, reciben y envían correspondencia, hablan por teléfono; en fin, llevan adelante sus vidas como si cientos de miles, más tarde millones, de judíos, gitanos, eslavos, homosexuales y disidentes no estuviesen siendo arrastrados frente a los pelotones de ejecución, a las rebosantes fosas comunes, a las cámaras de gas,  los laboratorios en donde se experimentaba con seres humanos, a los campos de exterminio mediante el trabajo forzado y a docenas de otros destinos quizás peores que la muerte. La cinta data de fines de 1941; fue estrenada en Berlín un año más tarde, en el período de mayor extensión del imperio nazi, con los mecanismos productores del Holocausto encaminándose a su apogeo en todas las porciones de la Europa avasallada. Los espectadores comprendieron el juego, el film à clef propuesto por los servidores del Ministro de Propaganda y se plegaron a la ficción de normalidad que emanaba de la pantalla para que esas imágenes sustituyeran, en la adormilada conciencia de los alemanes, a la realidad  de una Alemania en donde todas esas atrocidades eran parte de la vida diaria de sus habitantes, pero que la mayoría fingía no ver.

El desastre de Stalingrad hizo presentir al mundo la venidera derrota de Hitler. El gobierno sueco, hasta entonces temerosamente neutral pero de hecho sometido a las exigencias alemanas, comenzó a desprenderse lentamente de sus compromisos con el monstruoso vecino. Lo propio sucedió con Zarah Leander. Las sucesivas derrotas alemanas, sumadas a la destrucción de su mansión en Berlín durante un bombardeo, la convencieron de que había llegado la hora de abandonar a su suerte a sus otrora todopoderosos protectores. Tras adornar las salas de proyección alemanas con once films de idéntica calidad, regresó a su país, donde no era aguardada con ansiedad. El fin de la pesadilla nazi la sorprendió añorando su popularidad perdida. Se le concedieron algunos papeles de ocasión en musicales y comedias, pero algo del extraviado éxito la acechaba de nuevo sólo en Alemania y Austria, territorios en los que su atildamiento no había sido olvidado por las incorregibles generaciones de la pre-guerra. En medio de la mayor apatía murió en Estocolmo en 1981. Marlene Dietrich, afortunadamente para nosotros, la sobreviviría por algo más de una década.

Zarah Leander en años finales

Zarah Leander, quizás concienzudamente, reiteraba en las infrecuentes entrevistas que le eran solicitadas que nunca había consentido en colaborar con el régimen nacionalsocialista, que era tan sólo una profesional de la actuación encargada de complacer a una audiencia entusiasta en momentos difíciles. Como disculpándose, con una expresión a medias bovina, agregaba: soy políticamente una idiota. Es imposible contradecir una aseveración tan exacta; no obstante, la multiplicidad de adverbios que son pasibles de ser usados en lugar del que figura en sus declaraciones incluye a aquél relacionado con la ética.

Imaginemos por un instante que existe un alma dentro de la frágil anatomía del animal humano, y que la escenografía de ultratumba concede la razón a los antiguos sacerdotes egipcios. Anubis, el dios con cabeza de chacal, tomará el corazón de Zarah Leander y lo colocará cuidadosamente en la divina balanza donde esos órganos son medidos respecto del peso de una pluma. El corazón de Zarah Leander, abrumado por demasiados actos de indiferencia para con las víctimas y demasiados actos de complicidad para con los verdugos, devendrá sólido y atolondrado como la roca. Anubis, dios severo pero justo, impedirá el paso del alma de Zarah Leander a regiones más diáfanas y la enviará a reencontrarse con sus viejos amigos, a los que deberá entretener hasta el tedio con su repertorio pueril, estén donde estén, por días sin fin.

Hadrian Bagration