La Argentina sin brazos

El siguiente artículo pertenece al blog del programa Raza Paria, en el que fue publicado el 25 de Junio de 2008.

EL ABRAZO DEL ALMA

El periodista Mariano Arraña celebra la conmemoración de un nuevo aniversario de la obtención por parte del seleccionado argentino de fútbol de su primer campeonato mundial. El escritor Hadrian Bagration, con su característica posición en desmedro de ese deporte, reflexiona acerca de la significación de ese logro. Aquí las distintas versiones del mismo acontecimiento:

Un día como hoy, pero hace ya tres décadas, la Selección Argentina se coronaba campeona del mundo en el torneo que se llevó a cabo en nuestro país. El equipo de César Luis Menotti derrotaba en el Estadio Monumental a la selección holandesa por 3 goles a 1 y se adjudicaba el primer título mundial en la historia futbolística argentina.

En el momento en el que el árbitro italiano Sergio Gonella señaló la finalización del partido, una cantidad considerable de particulares invadió el campo para saludar a sus ídolos. Uno de ellos fue Víctor Dell’Aquila, un joven de unos 25 años por aquel entonces, sin brazos, quien quedó inmortalizado, junto al Conejo Tarantini y al Pato Ubaldo Matildo Fillol, como uno de los protagonistas de la mejor fotografía del Mundial ‘78.

Así relata este momento el mismo Víctor Dell’Aquila:  “Caminé despacito y me puse al lado del palo de Fillol. Y cuando tocó pito el juez salí corriendo en busca de alguien a quien abrazar. En un momento, Tarantini se arrodilló como rezándole a Dios. Fillol hizo lo mismo y se abrazaron. Justo llegué yo. Me frené y las mangas se fueron para adelante. Y ahí Alfieri sacó la foto…” Su autor, Ricardo Alfieri, reportero de la revista El Gráfico, recibió numerosas distinciones por su obra, la cual fue denominada tiempo después como El abrazo del alma.

Mariano Arraña

Me resulta imposible poner en tela de juicio la meritoria calidad de la crónica de Mariano Arraña y el valor de la anécdota (quizás algo irónico, si tenemos en cuenta que la imagen delata la exclusión de la persona sin brazos de la calurosa celebración de los jugadores). Aún así, afirmo que la obtención del primer puesto (logrado con justicia o no; no lo sabremos nunca) en ese certamen futbolístico representó para Argentina una de sus horas más trágicas. La dictadura emergió fortalecida. La euforia del triunfo apagó cualquier protesta, aun la más tibia, dirigida contra el régimen desde fuera de las fronteras; es más, convenció a los más desorientados de entre los observadores políticos extranjeros de que la imagen proyectada hacia el exterior por los propagandistas de la Junta Militar era la acertada. La sensación de invencibilidad sembró una peligrosa impronta tanto en las élites dirigentes cuanto en el pueblo llano: si la contienda del deporte se había resuelto exitosamente, ¿por qué no habría de suceder lo propio en los campos de batalla en donde otros bravos muchachos defenderían la ultrajada soberanía nacional? Una demencial guerra con Chile fue evitada por los esfuerzos combinados de la administración Carter y la diplomacia vaticana en el último minuto. La ocasión de guerrear contra la lejana Gran Bretaña fue demasiado tentadora como para que mediador alguno se interpusiera entre las ambiciones de perpetuación de los generales y la sangre en las islas.

No es ocioso mencionar que los festejos de Junio de 1978 se llevaron a cabo en medio de la más horrorosa conculcación de los derechos humanos (una expresión por estos días bastardeada que sin embargo mantiene intacto su valor intrínseco) de la historia de este país. Es necesario retroceder hasta las épocas más duras del rosismo para hallar una pálida emulación de esos hábitos monstruosos. Es amargo recordar que gran parte de la población sabía de tales abusos, una considerable porción los aprobaba, un sector no menor los vivía con gris indiferencia. Todas esas parcialidades se unieron para congratular ruidosamente a los campeones del mundo, incluyendo a secuestradores, torturadores y ejecutores, y también, en una muestra más de la peste emocional que se desata como corolario de ese matrimonio siniestro entre política y deporte, secuestrados y torturados.

Mi intención dista mucho de sugerir que la actuación del equipo nacional argentino fue defectuosa, tarea para la que no estoy preparado. En lugar de ello, guardo la leve esperanza de que los jugadores de ese añejo plantel, con motivo de algún aniversario de esa victoria un tanto olvidada, se reúnan para lamentar, aun en medio de la algarabía de los recuerdos, haber prestado triste servicio a un gobierno de ineptos y de asesinos que no merecía nada, ni siquiera el fútbol.

Hadrian Bagration

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