La deslealtad de Monseñor Aguer

No pocos matutinos publicaron en sus respectivas ediciones del día jueves 30 de Julio las indignadas declaraciones del arzobispo de La Plata y presidente de la Comisión de Educación del Episcopado, Monseñor Héctor Aguer, en ocasión de exponer su parecer acerca de los contenidos de un manual de formación docente que se interna en la tímida posibilidad de orientar a niñas y niños curiosos en lo que toca al nada sencillo tema de la sexualidad humana. El documento en cuestión, destinado a maestros y profesores, no al alumnado, sufrió dura reprobación de parte de los labios de Monseñor Aguer, quien arremetió resolutamente contra sus páginas al tildarlo de neomarxista, de abierta reivindicación de cierto anhelado y pocas veces satisfecho deseo de fornicar tempranamente, de propagador del, según su opinión, malsano hábito de utilizar condón durante la cópula, de imposición totalitaria de un Estado, es legítimo sospecharlo, también totalitario. La cólera de Monseñor Aguer en referencia a asuntos de alcoba no olvidó fustigar a quien para muchos es, desde los bíblicos tiempos de Sodoma, el escalón más abyecto de la iniquidad: el homosexual. Las sentencias de Monseñor Aguer advertían contra la posibilidad de otorgar una permisiva carta de ciudadanía, una suerte de nefando cheque en blanco, a la erótica reciprocidad entre personas del mismo género y, siempre según Monseñor Aguer, sus variantes, enigmática vaguedad sobre la que no abundó. Las opiniones de Monseñor Aguer no asombrarán, de seguro, a muchos; los altos dignatarios de la Iglesia Católica suelen despacharse arrebatada y periódicamente  contra lo que consideran abominaciones; las más de las veces éstas rebosan de índole sexual. La arraigada convicción de los herederos de Pedro es que los peores pecados del mundo se cometen en la cama, o en sus variantes, podríamos agregar.

Quien escribe estas líneas es, de acuerdo a la sabia clasificación del pensador Jacques Maritain, un ateo absoluto. No he perdido la fe, pues siempre he carecido de ella. Si esa virtud es un don divino, entonces las divinidades han sido avaras conmigo, al menos en ese respecto. Aun así, he leído, sin apasionamiento pero con interés, más en razón de mi agrado por ciertas ramas de la literatura fantástica que por el deseo de hallar la clave que revele el nombre que esconde el número de la Bestia, los Testamentos. A causa de su brevedad y de sus, escribámoslo así, variantes, la historia que cuentan los Evangelios mereció mi humilde frecuentación. No me jacto de ser un profuso lector, pero sí de acometer el acto de la lectura con respeto. Mi memoria guarda los detalles de la vida, obra, muerte y resurrección de quien es, no puedo ser culpado por presumirlo, adalid, inspiración y fuente de toda razón, toda justicia y todo amor para Monseñor Aguer: Jesús, llamado por sus millones de seguidores el Cristo. No me detendré a examinar la veracidad de lo afirmado por los Evangelios canónicos, pues es tarea que supera con creces las capacidades de mi intelecto. Doy por sentado, sí, que la religión a la que con orgullo pertenece Monseñor Aguer en calidad de pastor considera a las respectivas obras de Mateo, Marcos, Lucas y Juan como la más alta narración de  los hechos que describen la experiencia terrenal  del fundador de la fe cristiana y segundo miembro de la Trinidad, Hijo de Dios hecho hombre, Jesús. De acuerdo al dictamen de la Iglesia Católica, tales páginas no contienen  falsedad ni prevaricación ni error algunos, ya que han sido inspiradas por Dios y reproducidas fielmente durante dos milenios, siglos más, siglos menos, por anónimos y esforzados copistas desde Constantino hasta Gutenberg, e impresos más tarde en todo formato, toda geografía y toda lengua.

Lavinia Fontana: Jesús se aparece a María Magdalena, 1581, Galleria degli Uffizi, Florencia.

Las múltiples y demandantes ocupaciones que los cargos de Monseñor Aguer le imponen a éste habrán hecho que, es mi arriesgada deducción, recordase sólo fragmentariamente el contenido de los Evangelios.  Jesús, quien estallara en divina ira frente a la invasión del Templo de Jerusalén por parte de ávidos mercaderes, quien aborreciera la hipocresía de escribas y fariseos, quien advirtiera contra los riesgos espirituales que acarrea la riqueza, no encontró hueco verbal en su breve y espectacular paso por el planeta para condenar a persona alguna en razón de su conducta sexual. Más aun, salvó la vida de una mujer sorprendida en adulterio, la cual estaba a punto de ser lapidada por una turba acicateada por un grupo de enemigos del propio Jesús. Más aun, entre sus fieles admitió, y hasta prodigó elogios y afecto, a una prostituta conocida como María de Magdala, la Magdalena. Más aun, en la grisura de ese triste viernes que marcara su muerte, lloraban al pie de la cruz el amado discípulo, María, madre de Jesús, su hermana, tía de Jesús, y  Magdalena, la prostituta, llenando a medias el hueco dejado por la huida de los demás varones. Más aun,  luego de la pasión, crucifixión y muerte de Jesús, junto a la tumba desierta sollozaba con amargura Magdalena ante la visión de la ausencia del cadáver de su maestro. Un hombre, al que ella creía un jardinero, se le acercó y la llamó. En buen romance, Jesús resucitado, el cumplimiento de la promesa divina de enviar a un redentor que borrase con su sangre las faltas de la humanidad, la fundación de la Nueva Alianza entre Dios y el hombre, se consumó por primera vez ante los azorados ojos de una prostituta. La única ocasión en la que, tal vez, Jesús aludiese a un comportamiento sexual aberrante tuvo lugar cuando tronó contra quienes escandalizaban a los niños, una posible referencia al abuso sexual infantil, práctica sobre la cual la Iglesia Católica se esfuerza permanentemente por echar un piadoso manto de silencio. No existe, además de esta probable y quizás osada interpretación, instante de la vida de Jesús que éste utilizara para reprochar a los amantes amores ilícitos, perpetrados con o sin asistencia de métodos de control de la natalidad, condones y otras variantes incluidos.

Jesús dice en la pluma de Juan, capitulo octavo, versículo quince, hablando a los fariseos: vosotros juzgáis según la carne, pero yo no juzgo a nadie. La deslealtad de Monseñor Aguer y de innumerables miembros de la Iglesia Católica, y de otras iglesias cristianas, no es para con la modernidad, la diversidad, la libertad individual, los derechos humanos o sus prójimos, sino para con su propio dios, y para con el dolor que éste eligiera padecer para hacer, según el credo de Monseñor Aguer, al propio monseñor y a la humanidad entera, salvos. Quiera ese mismo dios que Monseñor Aguer se arrepienta y aprenda y enseñe a no condenar. Todavía está a tiempo.

Hadrian Bagration, 31 de Julio de 2009

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