Eva Gonzalès: Sur la terrasse, ca. 1875-1878. Colección privada.

Existe en el escritor la imperfectamente oculta avidez de que sus textos lo sobrevivan, y por mucho. Esa módica perennidad incluye, aun cuando lo neguemos,  las cartas que falazmente componemos para ojos privados; en rigor de verdad, quien escribe siente que su pluma entera merece la vida eterna, por lo que todo secreto que llega al papel es, en realidad, un grito. Los exégetas a los que los altibajos de nuestro talento buscan enamorar suelen juzgar que cada párrafo derramado con mal disimulada prolijidad es una joya rara y espontánea; es sólo en infrecuentes ocasiones que un autor se deja sorprender sin que la agobiada máscara de la afectación arrobe su escritura.

En nuestra correspondencia nos otorgamos con tonante soberbia un rol central, el cual es a la vez el mismo sitio marginal al que nos relegan las líneas de quienes en sus misivas hablan sin mucha compostura de nosotros. He olvidado muchos de los detalles que construyeron el episodio que las palabras de más abajo revelan sin escándalo para nadie. Persisten algunos nombres que quizás no vuelva a pronunciar, algunos lugares a los que ciertamente no regresaré (poco importa si por propia voluntad  o por ajena disposición), unos cuantos indicios que confirman la mediocre veracidad de los hechos, los que son ya como piezas de un sueño, como casi todo lo pasado y como buena parte de lo presente. De lo futuro, sólo sabemos que todo es posible, pero que sólo lo desgraciado es inevitable.

Hadrian Bagration


Roma, 23 de Agosto del nuevo milenio

Queridísimo:

Dicen que la venganza es un plato que se come en la cama. Con piadosas intermitencias, he tenido una aventura con una romana cuarentona y tonta, adepta a las aburridas cenas de sociedad y a la numerología. Según sus pacientes mediciones, soy un cuatro, algo así como una persona que posee muchas virtudes, algunos defectos, no poca suerte, una pizca de miedos e inseguridades, un promisorio futuro; en fin, nada muy distinto a las demás infinitas cifras que pueblan el sistema decimal.

Hay amistades, tú y yo lo sabemos, que son dogma de fe. He debido frecuentar la casa de un abogado español que reside en estas afueras; te he explicado el pequeño inconveniente que la salud de esa editorial de Madrid provoca en mis ánimos. Temo que sus conocimientos acerca de las leyes que necesito para mi protección estén tan frescos como las arenas del Sahara. En su estudio el teléfono suena constantemente, los socios se entrometen, los clientes reclaman, las secretarias interrumpen, los ascensores se atascan; el buen hombre me ofreció participar de su ámbito y me explicó el itinerario que me acercaría a su morada en el Gianicolo. Allí me presentó a sus tres hijos (y conocerlos fue tan interesante como observar los hábitos de las aves de corral) y a su mujer. Ésta ya no se consideraba tal, puesto que el trámite de divorcio estaba a punto de llegar a su término, y sólo la vanidosa estupidez del macho hacía que el letrado se negara a dejar de hollar el antiguo domicilio conyugal, que ya había sido dividido en favor de la hembra.

Esa misma tarde, la señora me ofreció té y su conversación. Yo hubiera quedado de todos modos satisfecho sólo con el té. Una hora después nos besábamos en su auto en un lugar apartado pero coqueto murallas afuera. Curiosamente, prefería entenderse conmigo en español (il linguaggio del mio nemico, según ironizaba), así que me resigné a susurrar tímidas groserías que hubiesen sido de la envidia de La lozana andaluza mientras la marea del orgasmo se agitaba en su cintura, elegantemente preservada. Volví al día siguiente (de estos episodios no ha todavía transcurrido un par de meses), a la media tarde. Llevé papeleríos en los que el antiguo pater familias se sumergió. El té era servido por madame con gentileza y complicidad; ella creería que yo compartía de seguro la triunfal sensación que le proporcionaba esa  justa retribución que se tomaba por dieciséis años de frustraciones, renunciamientos, placeres lánguidos y cuernos. Es sabido que el odio que más lejos viaja es aquél que sentimos por quien ha estado más cerca. Yo saboreaba desganadamente el té y deseaba, sinceramente, serle útil.

Finalmente, el desvencijado  y depuesto amo del dormitorio  debió abandonar el hogar. Ciertos fines de semana cargaba con los niños para que lo ayudasen a cumplir con su deber de progenitor nuevamente célibe. La señora hizo uso entonces de su derecho a ser poseída en lo que fuera el viejo tálamo, antes maldito, ahora renovado por el agua bendita que santificaba sus espasmos, en este caso tal vez verdaderos. Ella  pertenece al bando de las gimoteantes o lloronas, aquéllas que, contrariamente a las volcánicas o explosivas, no estallan en un clímax sonoro y feroz, sino que derraman una suerte de placentero llanto  continuo  y monótono, mientras musitan un nombre; quiera la Fortuna que sea el nuestro.

Inútil hubiese sido confesarle mis heterodoxas ansias en el territorio del sexo: la audacia de la señora se había agotado en aquella fornicación falsamente ilícita. Sensatamente, advirtió que mi aburrimiento era imposible de ser barrido bajo la alfombra de su fervor por los cálculos, y lentamente dejamos de vernos, sin extrañarnos, sin zaherirnos, sin acosarnos; más bien, sin nada. Un té nos reúne cada tanto; es entonces cuando escucho con fingida atención sus cuitas de divorcio en la pequeña burguesía sin ilustrar: incidentes alimentarios, acaloradas discusiones en ocasión de los fracasos escolares de la prole, disputas por el tiempo para estar con los niños y sin ellos, los malos oficios del plomero y las inadmisibles ausencias de la fámula.

Me recuerdas bien, y a mí me golpea la nostalgia de esos tiempos en los que no aplastaba con peso de león la fragilidad de las mujeres, ni mi rostro de polvo era recorrido con desesperación por dedos ávidos, y era aún un misterio el sabor de la lengua. A veces creo que echo de menos esa blindada debilidad, a pesar de la risa que vomitamos cuando hacemos sangrar nuestros sudores con esas espadas a medio afilar a las que te ruego no dejes morir de herrumbre. Bebo de vez en cuando con paciencia tediosa el tibio té que me prepara con sus propias manos esta mujer modesta,  y oigo como un eco confuso las vagas predicciones que tocan a mi porción del zodíaco para el próximo domingo.

Te abraza,

Hadrian

P.S.: La perseverancia, que todo lo vence (especialmente a sí misma), empujó a la señora a demandar obstinadamente una pieza de literatura escrita por mí y dedicada a ella. En media hora o algo menos di forma a un poema adormilado que no quiero enviarte. Un mes, el del inicio de la liaison, es mencionado sin mayores explicaciones. Diría Lucio Mansilla que es un poema causerie, sólo para entendidos, un selecto círculo de dos. La obra mereció su aprobación y una copia descansa entre las consultadas hojas de un horóscopo.

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