El mar sin orillas

Corrían años aún jóvenes; yo habitaba las soledades de un apartamento en el número 43 de Radnor Walk, en Londres, a palmos de la casa del modesto y por entonces ya extinto escritor John Betjeman. Un medallón azul azotado por letras blancas recordaba a los transeúntes el evento, del que yo era cómplice cada vez que iba en busca de mi ración de café en la tienda junto a la iglesia metodista de Chelsea, cuyo portero me saludaba invariablemente con la cortesía que se suele desplegar sólo para los fieles. Betjeman no se había propuesto acabar por ser un poeta cómico, pero había conseguido ese galardón con holgura; en ocasiones, para aliviar los fríos soplos del otoño, yo repetía para mis adentros la fascinación con la que Betjeman había relatado su encuentro con una mujer a la que había admirado por su inusual corpulencia:

The sort of girl I like to see

Smiles down from her great height at me.

She stands in strong athletic pose

And wrinkles her retroussé nose….

(The Olympic Girl)


Francis Bacon: Estudio del retrato de Inocencio X de Velázquez, 1953. Des Moines Art Center, Nathan Emory Coffin collection.

Aunque cueste creerlo, les es posible también a los ingleses escribir mal. Una mañana de sol apenas tibio recibí el saludo epistolar de una amistad antigua a la que yo creía irrevocablemente extraviada. La persona en cuestión y yo nos habíamos conocido por obra de menguante azar en un teatro cercano a la calle Corrientes unos seis años atrás, en lo que fue mi único y enteramente reprochable experimento sobre las tablas hasta la actualidad. Ella dirigía una pieza de Federico Mertens, Las d’enfrente, y buscaba la osamenta que encajase en el personaje de Gennaro,el dependiente italiano que se enamora de la hija del dueño del almacén, a la sazón también un inmigrante de esa península. No tomé mi aceptación inmediata para el rol como un acto de disimulado elogio: Gennaro no era, precisamente, un galán. Las d’enfrente duraría un corto mes en cartel; la puesta no generó por parte de la prensa más que un medio comentario arrinconado en los sobrantes de las páginas de espectáculos. La directora agregó párrafos de su propia producción al ingenio de Mertens; así, quiso dotar a Gennaro de un apellido, y su creación se afanaba en encontrar aquél que sonara apropiadamente. Yo releía por esos tiempos el volumen de David Yallop, In God’s Name, acerca de la muerte, nada misteriosa, del papa Luciani. Sugerí este nombre, pero a ella se le antojó demasiado provocador tentar al espíritu de un papa caído bajo el veneno, y algo insolente comparar a un pontífice con un empleado semianalfabeto y su galimatías. Era una madrugada de jueves cuando en un café de puertas siempre abiertas hablé, con las inflexiones que corresponden a la novela policial, luego de que ella corrigiera una vez más las graciosas intervenciones de Gennaro, de la solitaria muerte del papa en sus aposentos y del vasto número de beneficiarios del crimen. La directora, enfundada su mano en el humo de un cigarrillo en el que sus labios habían dejado los rastros de una yerra gentil (en aquel Buenos Aires menos políticamente correcto era aún posible fumar en las íntimas mesas de un café), escogió el nombre, que no la figura, del cardenal Siri, un genovés ultraconservador que había estado a punto de aventajar a Luciani en las votaciones. Yo lo sabría más tarde: de Siri corría el rumor de que en verdad había sido el preferido de los cónclaves de 1958 y 1963, pero que cruentas amenazas le habían hecho declinar el áureo puesto en favor de Roncalli en un principio, de Montini más tarde, para que (de acuerdo a los grupos católicos menos soportables) la abominación del Concilio Vaticano II pudiera consumarse. Siri fue venerado como el verdadero papa hasta su muerte por los más cerriles de entre los tradicionalistas; según éstos, desde Juan XXIII hasta el actual papa Ratzinger, la Santa Sede ha estado ocupada por odiosos antipapas, a la manera del Medioevo. De Siri se sabe que era seguidor incondicional de Eugenio Pacelli; es verosímil deducir que de haber llegado al pontificado el concilio no se hubiese congregado nunca. Su fallida elección pertenece al reino de la mera conjetura; no así sus simpatías con el Nationalsozialistische Deutsche Arbeitpartei (el Partido Nazi Alemán), a uno de cuyos miembros más prominentes, Adolf Eichmann, ayudara a huir a las oscuridades de América del Sur. También yo ignoraba (como tantas otras cosas), que Siri era el apelativo paterno de un intendente de la ciudad de Buenos Aires nombrado en 1946 por Juan Perón. De Emilio Siri se recuerdan dos infamias: la de haber acatado en 1947 la orden de Perón de cerrar el periódico del Partido Socialista, La Vanguardia, dirigido por Américo Ghioldi, y la de haber capitaneado la degradación de Borges de su modesta posición en la biblioteca Miguel Cané en el barrio de Boedo a inspector de gallinas, pollos y conejos en ferias municipales. El cardenal murió en 1989; su silencio acerca de las afirmaciones que lo hacían víctima de una conspiración probablemente inflamaba, para gloria de su vanidad, a sus fanáticos. El más humilde Emilio Siri fallece en Octubre de 1976; ignoramos su opinión acerca del infierno en el que Argentina se sumergiría por ocho largos y flacos años desde ese entonces.

La altiva mujer que estaba a la cabeza de Las d’enfrente afrontaba por esos días un divorcio complejo. Las atribuladas (y en ocasiones, ásperas, ya que a muchos intérpretes les resulta harto fastidioso digerir la autoridad del director) horas de ensayo eran seguidas, con creciente frecuencia, por instantes de confidencias y de lágrimas enturbiadas por el humo de un cigarrillo. En los pasillos del teatro se insinuaba que yo había sido elevado, por gracia de su decisión erótica, a la categoría de protégé. De haber estado interesado en insistir en el error de aventurarme en un oficio para el que carezco de talento, es posible que esa distinción me hubiese obnubilado. En lugar de ello, yo sentía la amarga mordedura de la compasión y la obligación de fingir una leve euforia.

La obra, es baladí negarlo, fracasó. La troupe, a la que no le faltaban actores y actrices capaces, se disolvió mansamente. Luego de un café y un cigarrillo, ella y yo nos marchamos; yo lejos, ella a su ciudad natal. Desde esa inmensa distancia me llegó su carta en la mañana.

Desde la Argentina profunda, Septiembre

Hadrian:

He aquí de nuevo mis ganas de escribirte. Desde ya agradezco tu carta anterior, me gustó mucho que me respondieras, fue una carta muy linda. Debo decirte que tenías razón: Proust es hartamente descriptivo, me aburre eso. Estoy siguiendo la lista de recomendaciones que alguna vez me diste; como verás, la conservo. Ahora que tengo todo el tiempo libre y las ganas de leer, voy a dedicarme a eso.

No voy a volver este año a las clases. Estoy muy cansada, mi hija mayor se fue a vivir con el novio y, sabrás, eso aquí es como una sentencia de muerte. No es que me importe, me importa ella, su bienestar, que no cometa mis errores, pero seguramente eso es demasiado pedir. No quiero olvidarme de contarte que con un grupo de personas a las que les gusta el teatro armamos unas funciones en las vacaciones de invierno y hasta gente de la municipalidad nos vino a ver (¡me pidieron autógrafos!). Quise pensar en vos y preparamos Las d’enfrente. El actor que hizo de Gennaro estaba un poco mayorcito para el papel, pero igual salió todo bien.

Antes de intentar  con Proust me deleité con Oscar Wilde (otra recomendación tuya). Leí El Retrato de Dorian Gray. Hay un personaje que me recuerda mucho a vos, Lord Henry Wotton. No creo que se parezcan (de todos modos él es sólo un personaje), pero sí que inspiras esa misma sensación de encanto ácido que él.

Un lugar raro en este pueblo es la biblioteca. Es pequeña, pero los empleados atienden muy bien, están siempre de buen humor. Hace tiempo que volví a acostumbrarme a la siesta, antes me molestaba mucho cortar en la mitad del día, ahora la necesito, supongo que si la pierdo otra vez la extrañaré.

Hadrian, me voy despidiendo  y no quiero, pero odiaría hacerte perder el tiempo, y además no quiero ni sé escribir cartas largas. Me quedo con las ganas de seguir contándote cosas (Milly murió de viejita, ya estaba ciega y apenas podía caminar, así que preferí sacrificarla), pero quedarán para otra carta. Puede ser que a fin de año viaje a Buenos Aires; si es así, voy a pasear por ese café en donde le dimos un poco más de vida a Gennaro.

Gracias.

Madame La Directora

Me entretuve en demasiadas negligencias antes de contestar la carta; unos meses pasaron, quizás. Lo hice, finalmente, después del día de Año Nuevo. Varias semanas más tarde me fue devuelto el sobre sin abrir: el destinatario había mudado su lugar de residencia y ahora esas palabras tardías no tenían más dueño que su perplejo autor. De la paciente y bella directora de teatro nada más he sabido; el mundo es un mar sin orillas en cuyas aguas es fácil hundirse. He guardado y perdido y vuelto a guardar docenas de veces la carta que transcribí más arriba en el huracán de papeles que me rodea. Una fotografía en la que aparezco entregándole un ramo de rosas la noche del estreno era la única prueba que demostraba que esa estrecha amistad no había sido una alucinación intensa; mucho me temo que jamás me reencontraré con ese ícono.

De la señora retengo uno a uno los rasgos que hacían a su rostro elegante, uno a uno sus dedos ágiles en los que danzaban con desvergonzada asiduidad cigarrillos, uno a uno los pliegues de la ropa que en las desnudas butacas deslizaba, para mórbido solaz de los fantasmas que moran en cada teatro de rancia estirpe. Penosamente, yo, que recuerdo tantas cosas inútiles, he olvidado su nombre.

Hadrian Bagration

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