Palimpsestos II: Divagaciones sobre Adriano

Busto en mármol de Antinoo, ca. 131 EC. Museo del Prado, Madrid.

A sus ya ilustrados veinte años, Marguerite Yourcenar había visitado la Villa de Adriano en Tívoli y había comenzado su amorosa relación con un emperador del que la separaban dieciocho siglos. Yourcenar declinó en esa extrema juventud, por buenos motivos, abocarse a la escritura de la novela que le depararía fama mundial y el ingreso, a su tiempo, en la prestigiosa Academie Française. Para la Academia Sueca su éxito se tradujo en un nuevo baldón por causa de negar otro bien merecido Nobel de Literatura, sospechamos, en razón de la abierta homosexualidad de la escritora. Se corre la voz de que Yukio Mishima vio derrotadas esas mismas apetencias, más ávidas que en el caso de la belga, por idénticas presiones más que por sus posiciones políticas nada identificadas con la izquierda. En una entrevista concedida al periodista de L’ Express Matthieu Galey en 1980, Yourcenar adujo razonablemente que a tan temprana edad hubiera visto en Adriano al artista, al mecenas, al amante, pero no al hombre de Estado. Esa aguda percepción de sus limitaciones etarias redundó en beneficio de la evolución de su genio.

Yourcenar refiere que a fines de los años cuarenta, de lleno trabajando en su Mémoires, visitó el Museo de Ostia, por esas épocas regido por la arqueóloga Raïsa Calza, primera esposa del pintor Giorgio de Chirico. Yourcenar coleccionaba imágenes de las estatuas de Antinoo a fin de dotar a su relato del retrato perfecto. Calza, quien había formado parte del elenco de varios cuerpos de ballet rusos, le sugirió que el joven tenía un parecido más que notable con Vaslav Nijinsky, tal vez el más grande bailarín de la historia de la danza. Yourcenar decidió fundamentar, partiendo de la acertada impresión de Calza, la relación entre Adriano y Antinoo como las malogradas entre un gran director y su destacado dirigido.

Adriano redactó unas memorias que la descuidada o malévola posteridad extravió. De sus habilidades literarias sólo permanece un poema compuesto poco antes de morir que remata la obra de Yourcenar, y que es sinónimo del nombre del emperador:

Animula, vagula, blandula,                           Petite âme, tendre et flottante,

Hospes comesque corporis,                           Compagne de mon corps, qui fut ton hôte,

Quae nunc abibis in loca                                 Tu vas descendre dans ces lieux

Pallidula, rigida, nudula,                                Pâles, durs et nus,

Nec, ut soles, dabis iocos.                              Où tu devras renoncer aux jeux d’autrefois.

 

Los versos son mencionados como innegablemente de Adriano en la Historia Augusta. Birley concuerda con el notorio erudito de la Universidad de Columbia, Alan Cameron, el que en la entrega número 84 de la Harvard Studies in Classical Philology confirma la autenticidad de la melancólica estrofa. Indudablemente se inspira en uno de sus poetas favoritos, Quinto Ennio, por supuesto un romano que versificaba a la manera de los griegos. La buena interpretación de Julio Cortázar mejora, no es ingrato suponerlo, a la de Grace Frick, compañera de Yourcenar y su traductora al inglés:

Mínima alma mía, tierna y flotante,          Little soul, gentle and drifting,

Huésped y compañera de mi cuerpo,        Guest and companion of my body,

Descenderás a esos parajes                           Now you will dwell below

Pálidos, rígidos y desnudos,                         In pallid places, stark and bare,

Donde habrás de renunciar                          There you will abandon your

a los juegos de antaño.                                                      play of yore.

Yourcenar, quien visitara a Borges en su estancia en Ginebra días antes del fallecimiento de éste, de hecho no ignoraría la frase del argentino que aseveraba que cada escritor crea a sus propios precursores. La novela moderna, lejos de ser una invención medieval, halla su antecesor en el Satyricon de Tito Petronio y en El Asno de Oro de Lucio Apuleyo, y en tantas obras que la avara medianía de los copistas eclesiásticos nos negó.

Fue a través de una fugaz entrevista al huidizo escritor Daniel Herrendorf (el autor de unas raras Memorias de Antinoo) que tuve noticia de que el jurista argentino Carlos Cossio había escrito un poema dedicado a la relación entre Adriano y su amante, inspirado a la vez en una escultura de Carlos de la Cárcova y en los voluminosos versos de  Fernando Pessoa que se suceden algo artificialmente en su Antinous, incluido en sus English Poems de 1918. La madre de Pessoa había enviudado; de esa soledad nació un nuevo matrimonio con el cónsul portugués en Sudáfrica, por ese entonces conocida como la colonia británica de Natal. Pessoa se educó en inglés en Dunbar y usó ese idioma en buena parte de su obra, no siempre justificada (Harold Bloom, usualmente en lo cierto, lo ubica junto a Pablo Neruda en lo más representativo de la poesía del siglo XX. Ignoramos si ese adjetivo significa para Bloom un honor o un insulto). Pessoa relata el lamento del emperador ante el cuerpo inerte de Antinoo y su promesa de procurarle enclenque inmortalidad merced a un culto que, durante un par de siglos, no diferiría mucho de los sueños del cristianismo. Pessoa pone en labios de Adriano una acusación: ha sido el celoso Zeus el autor de la muerte, ya que Antinoo, más bello que Ganímedes, reemplazó a éste como catámito del dios en el Olimpo:

The clod of female embraces resolve
To dust, o father of the gods, but spare
This boy and his white body and golden hair!
Maybe thy better Ganymede thou feel’st
That he should be, and out of jealous care
From Hadrian’s arms to thine his beauty steal’st.

¡Reduce el cúmulo de abrazos de mujeres
al polvo, oh padre de los dioses, pero deja vivir
a este joven y su blanco cuerpo y a su cabello de oro!
Quizás sientieras que mejor que tu Ganímedes
él fuera a ser, y por celosa ternura
de los brazos de Adriano a los tuyos su belleza hurtaste.

Paul Cézanne: L’avocat (l’oncle Dominic), 1866. Musée d’Orsay, París.

Entre  Enero de 1972 y Agosto de 1973 Carlos Cossio dirigió dos cartas al estudioso barcelonés de la filosofía del derecho Juan Ramón Capella Hernández. El motivo de Cossio era un tanto pedante: deseaba con fervor ser incluido en la nómina de biografías de juristas que en esos días Capella Hernández componía pacientemente. Junto con la carta, Cossio envió una copia de su libro de poemas (he sabido que no es el único, hay por lo menos uno más), explicando que pronto lanzaría una nueva edición, pero que no era su deseo ser conocido como poeta; así, había entregado al fuego cientos de páginas por él escritas al enterarse que Platón había hecho lo propio para ser alabado sólo como pensador. Capella Hernández no llegó a concluir su trabajo y los lauros de Cossio fueron conservados bajo forma epistolar únicamente.

Una anécdota más, cuyo origen he olvidado, cabe agregar sobre Cossio. Se lo considera el perpetrador de una curiosidad bautizada teoría egológica del derecho, fabricada alrededor de 1941 para competir con la Reine Rechtslehre (la teoría pura del derecho) de Hans Kelsen, que precedía a la de Cossio por unos siete años. No he alcanzado a comprender bien qué es lo que ha querido decir Cossio en su análisis de la egología; al parecer tal cosa es la fenomenología del ser jurídico. Sólo repetiré aquí que para Cossio todo acto es un hecho legal en el que dos entes se influyen mutuamente. Quizás sea así; no es impropio pensar que Mario Bunge exageraba al definir a Carlos Cossio como un filósofo de tercera categoría. En el Congreso Nacional de filosofía de 1949, para el cual la sede fue la ciudad de Mendoza, y al que asistieron importancias como las de Gadamer, Hyppolite, Croce y Abbagnano (pero asimismo trivialidades como las de Gabriel Marcel y Carlos Astrada, y monstruosidades como las de Hernán Benítez y Nimio de Anquín), Cossio desafió, en el curso de un debate, a Kelsen a que enunciara un ejemplo de conducta humana en interferencia intersubjetiva (Cossio dotaba a sus teorías de un lenguaje similar al psicoanalítico) que no fuese un acto jurídico. Dado que cada quien desconocía el idioma natal del otro, la lengua común fue el francés. Kelsen meditó su respuesta por unos segundos. “C’est facile, monsieur “-dijo. “Faire l’amour “.


Hadrian Bagration

 




Palimpsestos I: La brava de Toledo

Doña Luisa Isabel y Liliana María Dahlmann

Cervantes hace decir a aquél de sus personajes que pervive en la agradecida memoria de hasta el más ineficaz de los lectores que la Historia es “émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir”. La aguda sentencia halla su antecedente en la definición obsequiada por Cicerón en De Oratore, II, IX, 36: “Historia vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntia vetustatis”. Una buena parte de la memoria de la humanidad, la biblioteca del palacio de Sanlúcar de Barrameda, descansa luego de la vehemente tarea a la que Doña Luisa Isabel Álvarez de Toledo y Maura la sometiera casi hasta la jornada en la que brilló la majestad de su muerte. Yace a medias respondida la insolente misiva que le envié, en años curiosos, inquiriendo acerca de la dudosa existencia de Abdul Yasar ibn al Yamani, llamado también al Mizri (el terror), al Simawi (el médico), al Qemti (el egipcio) y al Mashdub (el demente, pero asimismo el ebrio de Dios), celebrado en la perplejidad de sus comentadores actuales como Abdurrabbí o Abdul Hadrat al Hazred, una cohesiva simplificación de sus apelativos que confirman su origen semita y su locura. Sería Abdul Yasar un egipcio de buena familia nacido a finales del siglo VII, de insegura procedencia judía, verosímilmente iniciado en la pureza de los comienzos de la Kabbalah importada de la lejana Babilonia, estrujado entre las exigencias  de la fe de Yahvé, las coloridas tradiciones de los aún potentes dioses egipcios y las astringencias del novísimo Islam.

El medioevo europeo llamó toledanas a las artes mágicas, sobre todo a aquéllas relacionadas con los grimorios y la necronomía. No faltan quienes imputan a Abdul Yasar la autoría del infame Necronomikon, el libro de los nombres de los dioses muertos, exterminados por el ascenso feroz de los monoteísmos; extintos mas no acabados, que no difuntos, sino dormidos, aguardando un despertar a despecho del ridículo y del olvido, prestos a premiar a quienes vuelvan a adorarlos en la forma correcta y secretísima con nimiedades como el imperecedero vigor, la fabulosa seducción y la posibilidad de contemplar los saberes del mundo con la facilidad con la que ellos, las divinidades de grotescos motes, bostezan sobre lo incomprensible. Desde su adoptiva Toledo, Abdul Yasar predijo para algún futuro distante e inalcanzable para sí mismo la resurrección de los auténticos poderes del universo en un dominio que, para aquellas épocas borrosas, era imaginado por la lucidez de pocos: el Occidente, allende el mar, mucho más allá de las columnas de Hércules; un suelo nunca visto que era denominado en susurros la tierra de la noche, el misterioso lugar en el que tenía fin la cabalgata por el cielo de Ra.

Quizás la conclusión al enigma de Abdul Yasar emerja antes de la eternidad de entre alguno de los copiosos códices, manuscritos y relaciones que apabullan la vista en el refugio de libros más grande de España y uno de los mayores del mundo. Es cierto el original más antiguo que consiente en ser hallado en esos estupendos anaqueles no retrocede más allá de 1228, pero es sabido que bien entrado el siglo XVIII pueden leerse obras inspiradas en la usanza  de aquél al que llamaron el árabe loco: la Imitación Festiva del Moro Belaçar, del escritor farsesco Illán Magaz (éste, su nombre, a ciencia cierta un anagrama) finge reír de las supersticiones de una pobre alma a la que se le negó la salvación por la cruz, mas entre tanta jarana a expensas de un expulsado del Edén, Magaz se las arregla para perpetuar la comunicación de las técnicas más básicas de convocación de las irritables deidades sin sufrir el arder al que lo sometería la Santa Inquisición.  Imploro a las omnipotencias supervivientes que al menos una difusa copia de esos pergaminos haya anidado en la potestad de la biblioteca a cargo de la diligente duquesa.

Sin temor a equivocarnos, podremos esquivar la inclusión en tan magno catálogo de los papeluchos que componen el libelo llamado El Caso Medina-Sidonia, una trasnochada oda en homenaje al franquismo encargada por uno de los hijos de Doña Luisa, el cual ni siquiera merece la mención de su nombre. Consuelo, una joven amiga de años españoles, hizo advertir a mi distracción la superflua existencia de ese panfleto. El impagable estoicismo de esa amistad envió a un esforzado vecino a una librería española y minutos más tarde a la tediosa e ilegal tarea de convertir las páginas del volumen en documentos aptos para ser enviados desafiando al Atlántico hasta mi ordenador personal.  El esfuerzo es digno de mejor causa; costará encontrar producto menos sutil de la torpeza intelectual.

El deshonor de escribir este decorativo espécimen de la ineptitud biográfica recayó sobre el escasamente dotado Iñigo Ramírez de Haro, pluma a sueldo, presunto autor teatral que pergeñara joyas de la literatura universal tales como ¡Me cago en Dios! o Tu arma contra la celulitis rebelde. Ramírez de Haro no se contentó con ensuciar una vez más su propia autoría con la confección de una obra pésima y falaz; de igual modo erigió un estólido y enclenque manifiesto antihomosexual plagado de frases más adecuadas para un tratado de mercadotecnia (a guisa de ejemplo, Doña Luisa es definida como una lesbiana vergonzante, en tanto su familia es laureada a punto tal de ser considerada –a excepción hecha de la rebelde duquesa- gente de excelencia). No le basta a Ramírez de Haro con mentir acerca de la cacareada probidad de sus líneas; para dotar de módica publicidad a su libro, se pasea por los corredores de cuanto medio de comunicación se avenga a entrevistarlo en toda España de la mano de quienes han sido los mentores económicos de su creación, es decir, de los hijos de Doña Luisa, abiertamente hostiles a su madre, críticos de su accionar en contra del régimen de Franco e iracundos herederos frustrados, defraudados en el lecho muerte de esta indomable mujer. Será difícil hallar versión menos pretenciosa de la imparcialidad.

En su desprolijo afán por desacreditar a Doña Luisa, Ramírez de Haro le achaca una vida plena de contradicciones. Un detallado examen de sus días no podrá hallar ninguna; sí, en cambio, una lectura aun superficial del armatoste retórico de Ramírez de Haro se aburrirá con el hallazgo de docenas de inexactitudes, omisiones voluntarias, deslices, tergiversaciones y  negligencias a granel, como la de acusar a Doña Luisa de contraer matrimonio con su secretaria tan sólo horas antes de su deceso con el único objetivo de evitar que sus hijos accedan a los derechos de la herencia. No acierta este ensayista a pensar que, de ser así, Doña Luisa podría haberse casado con Liliana Dahlmann con tres años de anticipación, puesto que la ley que autoriza el matrimonio entre personas del mismo género (medida cuyo desagrado Ramírez de Haro se esfuerza por hacer aparecer como evidente en su persona) fue promulgada en España el 3 de Julio de 2005, y de ese modo regodearse en vida con el espectáculo de la angustia de los aristócratas despojados. Tampoco razona Ramírez de Haro que la conversión de las propiedades de la duquesa en la Fundación Medina-Sidonia efectivamente excluyó a los hijos de Doña Luisa de la posibilidad de echar mano al tesoro cultural que consiste en los seis millones de documentos que contiene la biblioteca en fecha tan temprana como 1990. Desconoce Ramírez de Haro que el señorío de Medina-Sidonia no era territorial, sino jurisdiccional (lo que equivale a apuntar que no poseían fincas, sino el usufructo de ellas, y que esto les fue anulado en 1823), por lo que las tan mentadas hectáreas que Doña Isabel habría despilfarrado en la compra de cariños en sus lujuriosos desplazamientos a centros de veraneo sólo existen en la afiebrada ilusión de sus familiares. Omite mencionar Ramírez de Haro que a partir de 1991 los tres hijos de Doña Luisa recibieron, a entera satisfacción, la parte del legado que les correspondía, y que la decepción nace de la magra naturaleza de la herencia. Mucho menos admite Ramírez de Haro que los tres vástagos de la duquesa no son, precisamente, huérfanos abandonados por una Medea cruel, según el apelativo baladí que el propio Ramírez de Haro elige para quien es objeto de sus diatribas. Tras su veloz separación luego de un matrimonio obligado en el alba de su juventud, Doña Luisa perdió la custodia de sus hijos gracias al corrompido estado del Poder Judicial bajo la cerrazón  del franquismo. Es tentador otorgar a esas tres personas el beneficio de la duda y suponer que, de haber sido educados por su distinguida madre, su calidad humana dejaría menos que desear.

La popularidad de Doña Luisa Isabel en España es cuantiosa; no es factible que este aturdido intento de falsificación de su historia personal se tope con demasiados oídos aviesos. Por mi parte, insisto en ignorar la suerte que correrá la curiosa averiguación de la improbable existencia del estudioso de la hechicería, Abdul Yasar. Quiero confirmar, eso es seguro, que el texto de Ramírez de Haro, luego de un exiguo e inicial y mórbido éxito de ventas se apague tristemente, cual la reputación del dramaturgo, y que no haya conjuro ni embrujo ni fascinación que rescaten, al autor o a la obra, del inventario de los nombres muertos.

Hadrian Bagration

Palimpsestos: Apuntes sobre el mínimo arte del retorno

Jean Jacques Henner: La liseuse, ca. 1880-1890. Musée d'Orsay, París.

Veinte han sido ya los escuetos artículos, reseñas, semblanzas, reflexiones, mutuos reproches, empobrecidas crónicas o indiscretas e íntimas (aunque anónimas) confesiones que la estoica paciencia del lector me ha permitido, no sin cierta resignada generosidad de su parte, publicar en esta aún modesta pero ambiciosa plaza de la Internet. Treinta días han transcurrido desde que aconteció la primera de las líneas, quizás injustificadamente. Ciertas obsesiones ya irrefutables en mi carácter se han encargado de la caótica selección de los temas. No he escrito para el asombro porque no ignoro que soy capaz de lograrlo sólo fugazmente; mis intromisiones en el mundo de las letras virtuales hallan su raíz más en la satisfacción de una caprichosa vanidad intelectual que en la tenaz defensa de una posición o de una ideología. Sospecho, sí, que al igual que la mayoría de los hombres soy más diestro en el oficio del rechazo que en el de la dádiva. Creo, es verdad, que cada quien es su propio dios y que da a luz al mundo en la similitud de sí mismo que supone poseer. La comedida majestad de mi habilidad para garabatear juicios sobre el blanco de un papel –o sobre la mortecina luz de una pantalla- es prueba suficiente de mis limitaciones como escritor: la sencillez de la condena o de la apología disfrazan la ausencia de un más complejo, y por ello menos profuso, árido hábito del análisis.

En palabras de Hegel, cada conciencia persigue la muerte de las otras. No he conseguido evadir esa tendencia egocéntrica y despótica; puedo jactarme, sin embargo, de haber obsequiado a quienes se han atrevido a la frecuentación de estas páginas, aun a su pesar, con una visión de la Historia y sus agentes a la que considero lejos de la utopía pero cerca de la modernidad, ese perenne regalo iniciado por los osados enciclopedistas del Siglo de las Luces bajo cuya envoltura evolucionaron la democracia, el laicismo, el conocimiento científico, la liberación de la mujer, la libertad sexual, la tolerancia para con las minorías de toda clase y un concepto antropocéntrico de la existencia humana basado en la realización a través del saber y del placer, según la sabia sentencia de Oscar Wilde pronunciada no sin valor no mucho antes de ser arrojado a las mazmorras.

En la soledad de un apartado hotel en alguna de las lejanías del mundo leí con fruición, hace unos veinte años, el originalísimo ensayo del no siempre ocurrente filósofo Jean Baudrillard, Cool Memories, producto de sus experiencias y visiones de la transición de los alocados principios de la década de los ’80 en los Estados Unidos en carrera hacia los más recoletos lustros que los sucedieron. A medio camino entre la novela de educación, el guión de una road movie y la crónica de costumbres, Cool Memories es un cuaderno de notas, en ocasiones introspectivas y erráticas, que bañan la gigantesca geografía del coloso estadounidense con la melancolía jubilosa del autor francés. No he superado a Baudrillard, sensata fue mi decisión de no intentar hacerlo. Empero, las anotaciones que me atrevo a consignar a los párrafos que escribí para Luminosa lentitud de la impureza son sólo un indicio más de que el escritor siempre vuelve a la escena de su obra, añorando la interminable e imposible oportunidad de obtener ese ilusorio brillo que concede la maladie de perfection, y que se esfuma toda vez que creemos, como al origen del viento, haberlo alcanzado.

Hadrian Bagration, 19 de Mayo de 2010

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El sueño perverso

Fredy Perlman

No por ya demasiado famosa es menos divertida la gaffe con la que el exótico pensador Fredy Perlman culminara su paso por la Facultad de Derecho de la Universidad de Belgrado en 1963: llamó a su tesis, por la cual se le obsequiaría un título de posgrado en economía, Conditions for the Development of a Backward Region; nada hacía sospechar a sus mentores yugoslavos que debían abocarse a la tarea de desarrollar la atrasada zona del mundo en la que tenían la desdicha de habitar. Cuando Perlman hizo pie nuevamente en aquel país seis años más tarde, trató de mendigar indulgencias componiendo un artículo al que tituló Revolt in Socialist Yugoslavia. La policía secreta prohibió su publicación y difusión, atribuyendo a Perlman el oficio de espía al servicio de la Agencia Central de Inteligencia. Como se ve, la memoria de los doctos catedráticos yugoslavos era larga.

Ése fue el último intento de Perlman por el cual buscara congraciarse con alguno de los regímenes del Este antes del derrumbe de la Unión Soviética. Perlman había sido, en su distraída época estudiantil, un mal discípulo del sociólogo Charles Wright Mills: en tanto Mills fue invitado con honores a Moscú por sus duras y justas críticas en contra de Washington, no se permitió volver a pisar suelo estadounidense sin hacer trizas en sus apreciaciones a la censura soviética y sus atrocidades. En su acertada opinión, ambas potencias estaban regidas por burocracias elitistas cuyas similitudes las hacían converger, en términos históricos, hacia un futuro, aun con matices dispares, común. El hundimiento de la URSS nubla la tétrica visión de cómo y en qué medida la sociedad estadounidense se mimetizó con las prácticas represivas de su antiguo enemigo y evoluciona lentamente hacia la conversión en una caricatura algo más reblandecida de éste. La honestidad intelectual de Mills es una reliquia entre los pensadores del hoy, reemplazada por un oportunismo grato al calor popular o por una ignorancia desenfadada.

Julius Paul Junghanns: Descanso a la sombra del sauce, 1937. Colección privada.

Perlman se definía, algo pomposamente, como un anarquista antimoderno y antioccidental. No olvidaba, por supuesto, aclarar que era también antisionista, una forma políticamente menos incorrecta de referirse a sí mismo como antisemita. Al igual que las ya olvidadas disputas entre los credos niceno y arriano, las variopintas formas de las concepciones falazmente antiautoritarias de la catástrofe en que ha devenido el pensamiento contemporáneo en el declive de la posmodernidad son copia de las risibles enumeraciones de las vanguardias artísticas: del mismo modo que distinguimos, con esfuerzo, nombres salvajes como el simulacionismo, el neo-pop, el superflat, el plop-art, el bad painting (de éste es posible hallar millares de ejemplos), la transvanguardia, el lowbrow o surrealismo pop, el toy-art y docenas de abstracciones más que desafían la vista y la paciencia, así existen (o simulan hacerlo) el anarco-capitalismo, el mutualismo, el anarquismo vegetariano, el ecopesimismo, el neo-ludismo, el primitivismo autárquico, el anarco-sindicalismo, el comunismo anárquico y docenas de abstracciones más que desafían el pensamiento y la paciencia. Como las ancestrales guerras entre teólogos, estas ramas de la confusión se combaten entre sí con más denuedo que al enemigo común. Perlman es considerado, no sin razones, el iniciador de algunas de estas mansas monstruosidades.

Oskar Martin-Amorbach: El sembrador, 1937. Colección privada.

En 1984 Fredy Perlman publicó en el periódico Fifth State una extensa homilía en la que acusaba a la ciencia de ser la aliada natural del capitalismo, de ser llevada esa complicidad a sus ojos nefasta hasta sus máximas consecuencias por Israel. Perlman deslizaba una lógica a la que seguramente juzgaba inapelable: dado que ya a mediados de esa década se presentía el colapso del capitalismo burocrático de los regímenes comunistas, los cuales habían encaramado al Estado a la condición de supra-clase social explotadora del resto de la población por obra de sus miembros y acólitos, Perlman razonó que si los judíos, a quienes los ejércitos aliados habían rescatado del Holocausto, se comportaban como ángeles exterminadores en sus conflictos con los países árabes en general y con los palestinos en particular, el oprimido, torturado y masacrado de ayer será el guardia del campo de concentración de hoy, de la misma manera que el mercader oprimido por la nobleza de antaño se había travestido en el sádico burgués que reducía a la miseria al asalariado en la actualidad. La solución, según Perlman, era la abolición de la civilización, a la que el autor hacía equivaler, en un razonamiento harto apresurado, al nacionalismo:

“The pure scientist, poets and researchers consider themselves innocent of the devastated countrysides and charred bodies. Are they innocent? It seems to me that at least one of Marx’s observations is true: every minute devoted to the capitalist production process, every thought contributed to the industrial system, further enlarges a power that is inimical to nature, to culture, to life. Applied science is not something alien; it is an integral part of the capitalist production process. Nationalism is not flown in from abroad. It is a product of the capitalist production process, like the chemical agents poisoning the lakes, air, animals and people, like the nuclear plants radioactivating micro-environments in preparation for the radioactivation of the macro-environment.” (Fredy Perlman, The Continuing Appeal of Nationalism).

“El científico dedicado a la ciencia pura, los poetas y los investigadores se consideran a sí mismos inocentes de perpetrar campiñas arrasadas y cuerpos carbonizados. ¿En verdad son inocentes? Se me ocurre que al menos uno de los asertos de Marx es verdadero: cada minuto dedicado al proceso de producción capitalista, cada pensamiento con el que se contribuye al sistema industrial, agigantan un poder que es hostil a la naturaleza, a la cultura, a la vida. La ciencia aplicada no es una entidad extraña; es una parte integral del sistema de producción capitalista. El nacionalismo no es un producto foráneo. Es un prodcuto del proceso de producción capitalista, como los agentes químicos que envenenan los lagos, el aire, los animales y la gente, como las plantas nucleares que derraman radioactividad en micro-medio ambientes preparándose para el derrame de radioactividad en macro-medio ambientes.” (Fredy Perlman, La continua seducción del nacionalismo. La traducción, mejorada del obtuso original en tanto ha sido posible, pertnenece al autor).

Karl Alexander Flügel: La siega, 1938. Colección privada.

Perlman no se hubiera ruborizado ni ofuscado en el caso de que durante un debate se lo hubiese acusado de ser un hombre de izquierda. No obstante, el párrafo transcripto más arriba bien puede ser el puntal de un manifiesto del romanticismo alemán: con excepción del nacionalismo, al que los románticos alemanes veían con signo positivo en tanto su carácter fuera étnico, Perlman revaloriza los componentes de la ideología que llevara al nacional-socialismo al poder bajo el jacobino disfraz de una revolución contra la anquilosada burguesía de entreguerras. Si se quiere pensar en algún filósofo que hubiera deseado plagiar con agrado estas frases, masivamente la elección recaerá en el decidido oportunismo de Heidegger. La inclusión del nacionalismo entre las pestilencias de la civilización no es ajena a su opinión acerca del Estado de Israel; para Perlman, la constitución de Israel en una nación no es una reparación histórica ni una compensación justificada por seis millones de cadáveres convertidos en humo, sino una jugarreta de las grandes potencias para mover a su antojo a su alfil en el Oriente Medio. Está claro que ambas interpretaciones son parcialmente demostrables y, en un caso, hasta cínica. Perlman diferencia con claridad las suertes de Hitler y las de Israel: el odio que acarreamos por el nazismo proviene de su derrota, en tanto que los éxitos de Israel nos empapan de bobalicona admiración. Failure is foolishness, reza Perlman. El fracaso es estupidez.

John Zerzan

Ha de notarse que Perlman, seguramente más platónico que aristotélico, menciona una misteriosa entidad (power), cuyo motor es el modo de producción capitalista, cuya parte inseparable es la ciencia aplicada, que es intrínsecamente enemiga de la naturaleza, la cultura y la vida. Perlman, quien recibiera a regañadientes un doctorado en economía en Belgrado, elogia sin sarcasmos formas de producción precapitalistas; ya que el proletariado ha perdido su calidad de sujeto histórico, Perlman se inclina por recomendar al planeta el modo de vida de los pueblos originarios (y presupone de éstos incapacidad para adaptarse a la maldita modernidad); como presintiendo su fracaso, la liberación de la clase trabajadora es relegada en favor de la de la clase primitiva pero sana, incontaminada por los violentos errores de la civilización. Barruntando su descrédito, Perlman se concentra en la redención de una entidad sin conciencia, la naturaleza, virgen otra vez por la desaparición de la catástrofe de la maquinaria. En su trabajo Against His-tory (sic), against Leviathan!, Perlman define los principios del anarco-primitivismo; nos concentraremos en la falacia que predica que en el estado natural no existe el patriarcado ni la división social del trabajo. Nada más erróneo: en las sociedades primitivas la mujer es un mero vehículo de intercambio; su debilidad relativa frente al varón la hacía acreedora de las tareas más infelices, jamás de la toma de decisiones. En los sangrientos encuentros entre tribus o grupos que se disputaban el acceso a una fuente de agua o a un territorio de caza, las mujeres eran botín del vencedor y su destino dependía (enfermedades y depredadores mis à part) de su grado de fertilidad. Las desigualdades son más desiguales en un contexto ajeno a la ausencia de la barbarie. La noción de Perlman, basada en los desatinos de Lévi-Strauss, acerca de un paraíso perdido en donde fluían ríos de miel y las personas intercambiaban bellos regalos es una concepción histórica ultraconservadora que nada tiene que hacer en compañía de un hombre que decía sostener ideas que, aunque resentidas y desilusionadas, provienen de la izquierda clásica. John Zerzan, orgulloso aunque algo desharrapado seguidor de Perlman, llega a proponer la destrucción de mecanismos simbólicos de la humanidad, tales como el lenguaje, las matemáticas  y el arte, y la erección de métodos directos de cognición, como el hedor o los gruñidos. Concedo que en más de un ejemplo la medida gozará de cierta popularidad.

El historiador Zeev Sternhell es, quizás, la mayor autoridad académica en el campo de los oscuros estudios acerca de los orígenes del fascismo. Sternhell rastreó el nido de la serpiente no sólo hasta el ya presentado romanticismo alemán, sino también hasta los movimientos espiritualistas franceses, los que negaban una visión individualista y materialista del hombre. Como tales, soñaban con un feroz retorno a los orígenes idílicos de la comunidad (el individuo, por supuesto, no contaba) que se realizaría, de producirse su acceso al poder, por fuerza de la destrucción de todas las miserias de las sociedades modernas. Ese turbio sopor que envolvió la vigilia de Fredy Perlman permanece, desordenada pero febrilmente, en los sombríos designios de aquéllos que nos desean, sedientos, la aniquilación total.

Hadrian Bagration

 

NB: Juiciosamente, el historiador del arte Peter Adam (Art in the Third Reich) concluye que Alemania no se hallaba, como vociferaba Hitler, en los albores de un nuevo Renacimiento en lo que toca a la producción artística con el arribo del nazismo al trono. El arte nazi era una forma vacía que fue atosigada con iconografía sentimental, moralista y pastoril en la pintura y con gigantismo hueco en la escultura y la arquitectura. Los ejemplos de Junghanns, Martin-Amorbach y Flügel ilustran sobradamente la similitud entre la Weltanschauung nacional-socialista y la actividad onírica del pesimismo cultural moderno.

 

Soles bajo la sombra

Théodore Géricault: Le radeau de la Méduse, ca. 1818-1819. Musée du Louvre, París.

A poco de comenzar este siglo, yo me unía en una definitiva enemistad con una persona de enorme talento tanto para el amor cuanto para el estrago. Ambos nos habíamos acostumbrado a cierto pavoroso vaivén; nada se interpondría, quisimos pensar, entre esa renovada separación y el efímero regocijo del reencuentro, excepto el arrollador escollo de la muerte. La apasionada deidad que había sido en horas tiernas ese alguien a quien dirigí las líneas que siguen murió por su propia mano a causa de un fin noble: huir de la degradación de la carne en la enfermedad. Una demasiado breve conversación en el teléfono me reveló, desde una distancia inclemente, esa decisión a la que juzgo sabia. Una de sus últimas frases, puedo confesarlo ahora, parodió a la de un malvado y secundario escritor, Pierre Drieu la Rochelle, muerto por suicidio para evitar el castigo que sus compatriotas le habrían impuesto a menos de un año de la recaptura de París por los Aliados merced a su aquiescencia para con los alemanes: “Tu ne sais pas comme est bien ma mort, par une soirée superbe, ma fenêtre grande ouverte sur Paris.” (estas palabras resignadas, cuyo destino era Victoria Ocampo, corresponden a un primer intento fallido de la Rochelle en Agosto de 1944, la Deuxième Division Blindée bajo el  general Leclerc ya barriendo los Campos Elíseos). Antes de perpetrar menos torpemente ese acierto la Rochelle declarará, con empática solemnidad, al igual que un vasto número de obispos y cardenales, que en más de una ocasión había salvado la vida de anónimos judíos, sin que de tales hazañas quede registro ni testigo ni sospecha.

La figura de quien escribo aquí no gozaba de la endeble literatura de la Rochelle; aun así, esos largos minutos acontecieron junto a una ventana que daba al sol de otra enorme capital, a semejanza del caso de quien fuera, curiosamente, compañero de aventuras de Borges en su paso por América del Sur y malhadado protegido de André Malraux. En ocasiones lejanas, en medio de alegrías regadas con espumantes, aquella mujer y yo habíamos admirado, comentado y disputado acerca de una obra de Géricault, Le radeau de la Méduse. Con minucioso desorden hallábamos por doquier el rostro de Delacroix, quien había servido como modelo para varios de los moribundos. Para acentuar la opresión del desamparo en los océanos, Géricault había elegido representar el asomar de una tormenta; en verdad, la mañana del rescate había sido soleada y serena, como aquélla en la que esta inmensa y monstruosa mujer murió.

Hadrian Bagration


Un viernes

M:

En unas horas amanecerá. Como los judíos piadosos, con la cabeza cubierta por el tallit, debería inclinarme para alabar la pericia del dios que creó la luz sin destruir la tiniebla, y al mismo tiempo agradecer haber sido fabricado varón; las mujeres agradecen haber sido creadas según su voluntad. Seguramente es una ocasión fausta para ti el día de hoy, tu cumpleaños. Antes de emprender el descenso a los infiernos, yo decidí ignorarte; es por eso que el número de los tuyos, de los que se disputan migajas de tu afecto, de los que te han sido gratos, de los que han compartido lo que tu esplendidez no puede dejar de ofrecer, me es desconocido. Sólo recuerdo a aquél de tus amigos, prendado de un maître de belleza opulenta en un restaurante de  exotismo sutil.

Je me rappelle… una noche luminosa y dispuesta, como una novia. Tres individuos cenábamos con avidez de charla en el rincón más lejano de la finca; hiciste gala, como siempre, de saber: nadie derrotó tu despiadada connaissance sobre vinos. Los demás disputábamos, no sin cortesía, acerca de ese problema menor y agigantado del siglo XVIII que es Gibraltar. En el umbral de tu hogar, ante mi mansa perplejidad, besaste mi mejilla con frialdad hirviente; días después me enteraba yo que sufrías la bendición de la sangre menstrual. Yo devoraba, en esos instantes y en todos los otros que las mesas bien servidas nos depararon, tu silueta ferozmente dócil, con la que me enzarzaba en un eterno agon. Fue tu casa en una de las riberas del Támesis la que nos vio debatirnos entre luces tenues. Un espejo enorme y fiel me devolvía una imagen obstinada. Algo así como un vasto sillón insolente imitaba la  majestad de un trono. Un balcón repleto de hojas ocres, un secreto cuarto que jamás hollé. Un pasillo alargado como el cuello de un furibundo cisne. Un dormitorio a medias escondido, como una baja pasión de la que nos es lícito enorgullecernos.

Je me rappelle el laberinto de oscuras y nubladas calles del Soho por el que nos extraviamos voluntariamente para encontrar, con algo de desazón, un sitio intranquilo al que no dimos aprobación y del que huimos, raudos, hasta otro meandro del laberinto, el que nos ofreció una esquina solitaria y lluviosa y una cerveza sazonada con el gusto agridulce de la confesión. Ya habíamos pasado por el arduo hábito del sueño de a dos, pero sólo fue después de aquella vez que, al quitarme la ropa, me desnudé ante ti como la novia luminosa y dispuesta en la que se convertirá este día.

Sí, la carta. No lo olvido; esa redacción temblorosa que se resignó a farfullar amores heréticos revelados como bajo el encanto de la borrachera. En los ornados claustros de una universidad  la concebí hace un siglo. Nació sin prisa, de un empujón suave; tu rostro era aquello que acicateaba mi furor. Hay algo de benigna brujería y de rara nobleza en tu cara. Tus rasgos son como de mármol, más proclives al inagotable tiempo de las estatuas de Grecia que al de la carne humana. Tus brazos vigorosos, que podrían haberme aplastado o estrangulado. Tu poder, que no ejerces, porque ese ejército terrible que eres se contenta con mostrarse erizado de lanzas que no se clavan, escudos que no protegen, dagas que no apuñalan, porque sabe que sólo puede ser derrotado por sí mismo.

Géricault nos brinda de los optimistas sólo las espaldas; la oscura desesperación es el motivo del cuadro. Al igual que cuando me cercaste con la hambrienta envergadura del águila sobre la presa, ni piedad te suplico.  Nada te pido; no me pidas tú que no te recuerde así, todopoderosa y vencedora, aun desde tu revés y tu llanto, mientras los días se apagan con luminosa tristeza y pueda yo ver cómo, con el somnoliento sabor de la memoria en la lenta tarde de tu morada generosa, abrazas a alguien en un calmo y soleado viernes, como hoy.

Hadrian

La mujer a la que designo con supina prudencia sólo con una inicial poseía el asombroso don de provocar placer a través de la escritura. Pudo alcanzar el genio; algún ronco lamento en su interior se negó a permitírselo. De una producción apenas vasta casi todo lo destruyó, a excepción de un vago y quizás a medias veraz recuerdo de su iniciación sexual. Escribía, al decir de Oscar Wilde, plena de aquella virtud sin la cual las otras virtudes son inútiles: el encanto. A despecho de su voluntad, derramo sobre ojos desconocidos la incorrecta traducción al español desde el original inglés del único texto que sobrevivió al exterminador arrepentimiento de M.


EL PASADO ES LA ETERNIDAD

Los amantes de la lectura reconocerán en el título una poco ingeniosa paráfrasis de un volumen del pensador francés Louis Althusser, al que la posteridad premió con la fama de una crónica policial que revelaba que había asesinado a su esposa, que no con los laureles de haber reescrito un (de acuerdo a su docta opinión) equivocado Das Kapital, arrancando de Marx el mérito de la agonía del capitalismo.

Lawrence Alma-Tadema: The favourite poet, 1888. National Museum, Liverpool.

Dicen que los jóvenes ya no se interesan por la lectura. No he podido comprobarlo sino confiando en las anécdotas de desesperados amigos algo añosos y bastante malhumorados. Lo que sin duda la juventud actual ignora casi por completo es que hace casi cuatro décadas la iniciación sexual era un asunto tan delicado como un viaje interestelar, y quizás tan ultrasecreto como la tecnología que permite llevarlos a cabo. Pertenezco a la generación que sufrió su niñez bajo la moralina chirle de la segunda posguerra. Crecí en medio de los susurros de un secreto terrible: estadounidenses, británicos, franceses, rusos y todos aquellos que habían contribuido a la caída del Eje se empeñaban ahora en imitar su hueca castidad de costumbres. De todos los sepulcros, el intento de regresar a los valores sociales y sexuales de los años del fascismo triunfante, aun en los países que lo soportaron a medias o en una versión aguachenta, fue el que nos deparó la pesadilla más interminable y más profunda: el tedio y sus días mudos. Hay ecos que sólo quienes hayan sufrido una grisácea tarde de domingo prolongada para siempre en la soledad de una calle silenciosa entenderán. Yo asistía a una costosa y pulquérrima escuela de señoritas que militaba bajo el signo de una cruz. Una mentirosa camaradería al estilo de las  Bund Deutscher Mädel enmascaraba a veces amistades algo demasiado cercanas.  Sobre nosotras flotaba una mitología cuyo dios principal era el pudor; su esposa, reina de los cielos, era la sumisión. Por ese entonces yo era una niña tímida y solitaria, algo enfermiza (recurso para evitar concurrir a ese ministerio del terror que era la escuela primaria), literariamente voraz, disimuladamente despreciada y odiada por sus pares pero temida de igual modo merced a su intelectualidad freak.

El comienzo de mis estudios secundarios coincidió en parte con la incierta liberalización de la moral acarreada por la locura de los sesenta.  No quiso esa nouvelle vague arrimarse hasta la fortaleza de la prudencia donde transcurría mi tiempo adolescente. Martha era una joven rubia, de ojos celestes algo cenicientos, delgada. La acosaba el mal hábito de roer sus uñas; yo evitaba mirar sus manos nerviosas. Martha poseía dos virtudes que no podían dejar de ejercer poder sobre mí: una cierta languidez, que la hacía a veces indistinguible de una niña, y la ávida ingenuidad de quien suspira por un resbaladizo contacto sexual y se desliza por una pendiente (o es deslizada por ella) cuyo fondo no atina a reconocer. Yo había visto en un par de ocasiones a su madre, una mujer cabizbaja ante su esposo, y a su padre, un típico Dr. Jekyll que solía golpear a ambas por infracciones inocuas.

Martha tenía uno o dos hermanos menores, no lo recuerdo ya, que habían logrado conquistar todo el celo reproductivo de sus padres. Sola y aburrida, pasaba horas en el ocio vespertino de su casa mientras su familia desaparecía entre los muros. En esas oportunidades me invitaba, y su voz sonaba como un ruego, a acompañarla mientras los minutos de la tarde avanzaban hacia la oscuridad.

Henri de Toulouse-Lautrec: Les deux amies, 1895. Colección privada.

No me es posible establecer cuándo de mi imaginación exaltada pasé al deseo de acercarme íntimamente a ella, al principio jugando a realizar el sexo, luego tomando ese juego más seriamente. De conversar cada una en su silla frente a una mesa en las afueras de su casa habíamos pasado al borde de la cama, desde allí a la cama misma y a toda la inmensa y juvenil extensión de ese momento. El día había prometido luz y calor, y a la hora de apogeo había cumplido. No sin cierta parsimonia nos liberamos de nuestras camisas. Es raro, pero es poco lo que recuerdo de sus senos; ignoro si ya las pecas cubrían los bordes de sus pezones a la luz del sol. Yo comencé a provocarla, desfiándola a medir fuerzas conmigo, presa ya de una turbación que se negaba a actuar con disimulo. Luchamos juguetonamente durante un rato sobre la cama; más corpulenta y fuerte que ella, me demoré en dominarla para prolongar el placer del roce. Un par de minutos después Martha yacía exhausta bajo mi cuerpo. Había reído durante toda la batalla, como modo de exorcizar el pecado que seguramente sabía estar cometiendo. Por supuesto, cuando todo aquello acabó, me pidió que la dejara ir.

Mi vista se había nublado en el curso de ese huracán de cuerpos que había significado nuestra lucha. Apoyé mi sexo sobre su ingle y noté, sin asombro, que el suyo se alzaba para enfrentar al mío. Algo de temor se asomó en sus ojos; yo bien sabía que abundaban los rumores sobre los inmencionables recovecos de mi sexualidad, y ahora Martha comprobaba estar acorralada por la letal asesina de inocencias. Hubo un tanto de resistencia, alguna protesta, cierto reproche en una mirada que me acusaba de ser su verdugo a la vez que su alivio. En unos minutos estuvimos totalmente desnudas, las bocas unidas, el sudor amalgamando su piel y mi piel. Mi escasa experiencia en ardores similares a ésos, infinita para su perspectiva, me puso al timón de nuestro ágil contacto.

He leído que el mundo existe para llegar a ser un libro. La página que escribimos Martha y yo debe incluir la prisa angustiada de esa tarde lúbrica, el mutuo descubrimiento de las partes íntimas, la fascinación por zonas secretas y vírgenes, el clímax punzante, los instantes de afecto prodigados después de todo aquel oleaje, la obsesión por borrar toda evidencia, la partida veloz y la ausencia de comentarios, y aun de miradas, ante un encuentro en presencia de terceros.

Todos los inicios son incompletos. Mi vacilante amor y mi menos vacilante deseo por Martha no se extinguieron, aunque no haya vuelto a saber de ella y no desee averiguarlo. La desazón es enemiga de los recuerdos gozosos, y es allí, por la tarde, en donde Martha y yo volvemos, es seguro, a buscarnos la una a la otra de cuando en cuando.

M.

La oscura duplicidad del recreador

Busto en mármol de Adriano, siglo II EC. Museo del Prado, Madrid.

Adriano, el ceño naufragado en un océano de sinsabores y deberes de hierro que impone la rigidez del oficio de Princeps , ordenó a los doce ejércitos que habían marchado desde confines impronunciables  del mundo y cuyos hombres se arrobaban ante la vista de la santa ciudad de Jerusalén que iniciaran la matanza. Una roja cosecha de más de medio millón de hombres y mujeres que en vida habían pertenecido a la nación hebrea, cincuenta ciudades amuralladas y casi mil aldeas pobladas sólo por pastores y ovejas fue necesaria para que Roma restableciera la seguridad de su frontera oriental en lo que fuera su tercera guerra contra Israel. Dión Casio escribió con asombro que la sangre de los muertos se elevó hasta manchar los sobresaltados rostros de los caballos. En su correspondencia, Adriano suprimió la fórmula tradicional que comenzaba toda comunicación imperial y mentía que él y sus legiones se encontraban bien. De regreso en la capital, se negó a celebrar el triunfo; infinitas hileras de hombres exhaustos y cabizbajos arrastraban consigo, junto a cientos de millares de esclavos, el recuerdo de atrocidades para los que la árida vida en los límites de Britania, Dacia o Egipto no los había preparado. Adriano cercenó de los mapas a Jerusalén y sobre ella fundó, en obvio y seguramente irrealizable homenaje a su propia gens, los Aelii, Aelia Capitolina, cuyo destino no cumplido sería servir de cabeza a la provincia que integraría a partir de entonces a las rebeldes regiones de Judea, Samaría y Galilea, y a la que eligió llamar Siria Palestina, en referencia a los tradicionales enemigos de sus enemigos israelitas, los filisteos, a quienes también se conocía como palaestinii. A los judíos prohibió la frecuentación de Jerusalén y la enseñanza de su religión; tan sólo rondar las cercanías para avistar la ciudad podía pagarse con la muerte. Así aconteció el inicio de la tercera, última y más feroz diáspora.

Rembrandt van Rijn: La circuncisión, 1669. Nationalmuseum, Estocolmo.

A pesar de todos esos escarnios, Adriano había sido el primero de los monarcas romanos en interesarse por la religión judía. Su visita a Israel data del año 130 EC, el mismo de su posterior viaje a Egipto y de la muerte de Antinoo en el Nilo. La Midrash explica que Adriano disputó sobre filosofía y teología con los principales rabinos de la época; invariablemente el ingenio y la sabiduría de Adriano se muestran impotentes ante la versada sutilidad de los doctores de la ley mosaica, o al menos así lo quiere la exégesis judía. Las fuentes aseguran que Adriano intentó reconciliar la concepción monoteísta de Yavéh con alguna manifestación de Júpiter, tal vez la de Iove Optimus Maximus, la divinidad reinante del panteón romano. Quizás hubiese podido tener éxito en ese respecto; no obstante, no alcanzó a comprender el profundo significado que la circuncisión posee para la piedad judía y declaró ilegal, apresurada y fútilmente, su práctica. La idea de un Israel escogido por el dios único para llevar su mensaje a las naciones y ser depositario de la Torah se le antojó contraria a su visión de un imperio poderoso encargado de difundir los encantos de la civilización griega allí donde las legiones le abriesen camino. La confusión que estrangula a este punto subsiste hasta hoy: no hay persona que desprecie a los judíos que no vocifere ante un auditorio poco avisado que es pura arrogancia lo que ha hecho que los hebreos se consideren a sí mismos un pueblo elegido. La falsedad de este argumento es recalcada por los mismos hijos de Israel: Rabbi Nachman de Breslov dedujo del Libro de Malaquías (es decir, el mensajero)  que no es la judeidad un carácter intrínseco que es otorgado o negado al nacer, sino una potencialidad presente en todo ser humano cuya voluntad se incline naturalmente hacia el bien.  Rabbi Isaac Arama negó que los gentiles sean distintos de los judíos en su capacidad para la caridad o la iniquidad. Rabbi Menachem ben Shlomo Hameiri, famoso en Cataluña como Don Vidal Solomón de Perpignan, quien seguía al gran Maimónides y comentaba monumentalmente el Talmud, aseguraba que toda persona pura de corazón pertenecía espiritualmente al pueblo de Israel, fuese o no judío. Rabbi Hameiri citó porciones del Levítico, del Segundo Libro de Samuel, del Libro de Isaías y del Libro de los Salmos para inferir que cualquier gentil que consagra su vida al estudio de la Ley vale a ojos de Yavéh lo que un kohen gadol (sumo sacerdote). La interpretación más bella es indudablemente la de Rabbi Abraham Yehudah Khein, para quien cualquier gentil podía llegar a ser un tzadik (sabio), y que las almas de los justos eran para Yavéh judías, aun cuando no compareciesen desde el seno del pueblo hebreo, mientras que las almas de los malvados, aun si provenían de la sangre de Israel, no comulgaban verdaderamente con éste. Y sin embargo, ni toda la compasiva voluntad de estos varones santos impidió que sobre Adriano pesara en todas las obras de la fausta literatura del venidero Israel la siguiente maldición: que se pudran sus huesos.

Maurycy Gottlieb: Judíos orando en la sinagoga el día de Yom Kippur, 1878. Museo de Arte de Tel Aviv.

En el capítulo decimoctavo de su Les lourds secrets du Golgotha, Robert Ambelain relata que de los cuatro maestros de la ley a los que en una experiencia extática les fueron abiertas las puertas del pardes (el Edén), sólo Rabbi Akiva ben Yossef emergió intacto; Rabbi Simeón ben Azzai contempló el paraíso y murió, Rabbi Simeón ben Zoma perdió el juicio; Rabbi Elisha ben Abuya causó desorden entre las plantas (es decir, cayó en la herejía, y desde entonces fue llamado Acher, el otro, para que se evitara pronunciar su nombre). Rabbi Akiva gozó de menor fortuna en los asuntos terrenales: apoyó la rebelión de la facción zelote del pueblo hebreo, asentada particularmente en la Alta Galilea, y bendijo a su adalid, Simeón bar Kokheba, o lo que es lo mismo, Simeón hijo de la estrella. Rabbi Akiva ben Yossef  lo reconoció como el Mesías esperado por Israel para que se cumpliera lo predicho en el Libro de los Números: “Un astro se levanta de Jacob, un cetro se eleva de Israel… Israel manifiesta su fuerza; y aquél que sale de Jacob, reinará como soberano.” Ignoramos cuál era el nombre que le había sido impuesto a Simeón bar Kokheba al momento de su nacimiento. Ambelain razona que para dotar de validez a su reclamo de autoridad política sobre un Israel libre de la ocupación romana (en tanto sería Rabbi Akiva quien se alzaría con la supremacía en materias de religión), Simeón debía de pertenecer forzosamente a la estirpe davídica, de la cual descendía también Jesús ben Judá, a quien los cristianos llaman el Cristo, quien fuera ejecutado por crucifixión en el año 35 EC en Jerusalén por orden del procurador Poncio Pilato. No es inverosímil que ambos hombres fueran parientes; Robert Ambelain, en una muy documentada aseveración, sugiere que Simeón bar Kokheba era sobrino nieto de Jesús ben Judá.

Jean-Léon Gérôme: Mercado de esclavos en Roma, ca. 1884. Museo Hermitage, San Petersburgo.

La rebelión de Simeón bar Kokheba se encontró, en un principio, con etapas de éxito. Los romanos no habían presentido la catástrofe que se avecinaba. De Roma sucumben dos legiones completas, incluyendo sus cuerpos de caballería y sus tropas auxiliares: la legión X Fretensis, acuartelada en Jerusalén y la XXII Deitoriana, que había corrido en su auxilio desde Egipto, aunque fueron más tarde reconstituidas. Sumadas a la reciente pérdida de Antinoo, estos reveses deben de haber agriado los despertares de Adriano. Durante un número no exiguo de meses Simeón bar Kokheba manda acuñar moneda y gobierna con el título de nasí (príncipe), hasta que un tercio del total de las legiones de Roma lo aplasta. Rabbi Akiva recordaría entonces las burlonas palabras que su colega, Rabbi Iochanan ben Torta, le dirigiera cuando aquél le presentara con orgullo a quien había escogido como líder de Israel: “Akiva, antes te brotará hierba de las mandíbulas a que el hijo de David llegue…” El absoluto fracaso de la revuelta, las despiadadas represalias tomadas por los romanos, la irrevocable devastación que se abatiría sobre las tierras de Sión por casi dos milenios hicieron que el pueblo hebreo cambiara el apelativo de aquél a quien consideraban responsable de la desolación: Simeón había sido el hijo de la estrella (bar Kokheba); en adelante se lo llamaría bar Kozeba, el hijo de la mentira. No obró milagros, no logró que los ángeles de Yavéh se interpusieran entre Israel y las armas de Adriano, no era el ansiado Mesías. Simeón fue perseguido, atrapado y muerto en el desierto, tras la caída de la última fortaleza, Beitar; su cabeza fue llevada ante la vista del general Sexto Julio Severo en el 135 EC. Rabbi Akiva, quien había sido capturado dos años antes, fue despellejado, envuelto en la Torah y quemado vivo, según la ira de Adriano lo dispusiera. La tradición quiere que sus últimas palabras correspondieran a la Shema Yisrael: “Escucha, oh Israel, el Señor es tu dios, el Señor es uno solo…” El Talmud de Jerusalén le concede, de ser cierta esta agonía, la muerte de un héroe. Para Marguerite Yourcenar, insospechable de antisemitismo, Rabbi Akiva fue un hombre sapiente e ingenuo que se dejó engañar por un fanático imbécil.

Adriano, estatua del siglo II EC. Museo Hermitage, San Petersburgo.

Ni la anónima Historia Augusta, ni Dión Casio, ni sus posteriores biógrafos admiten de Adriano la perversa virtud de ser un hombre cruel; sí la de obrar con crueldad. ¿Es correcto asentir que Adriano dio su beneplácito a las matanzas, exhortó al asesinato en masa de pueblos enteros, instruyó a sus verdugos para que se solazasen con las tramas de la tortura, de la sevicia, de la sumaria ejecución? Sí. Ahora bien, exigir de Adriano concepciones modernas acerca del respeto por los vencidos, el trato humanitario para con los prisioneros de guerra, la renuncia a las conquistas militares como base de la expansión económica y el acatamiento de los rigurosos códigos de la identidad cultural del buen adversario es una torpeza histórica que se enraiza, inapelablemente, en la falta de cultura. Adriano vivió en un tiempo demasiado lejano de cualquier ideal de fraternidad universal proclamado por la Ilustración, la  Revolución Francesa o la Declaración de los Derechos del Hombre; igual cosa sucedía con sus enemigos, quienes no fueron, ciertamente, menos impetuosos en su capacidad para ejercer el furioso arte de la masacre. José de San Martín, por el contrario, disfrutó de una cercanía más inmediata con una era que bregaba para que se dejase de cumplir la ominosa sentencia de Plauto: “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit.” Es verdad que Séneca intentó refutar, para enamorarnos así de su posteridad, al comediógrafo en sus Epístolas a Lucilio: “Homo sacra res homini est...” Es innecesario aclarar que Séneca jamás se preocupó por poner en práctica sus propias enseñanzas; sus actos como consejero de Nerón no son, precisamente, los de un filósofo atracado por la austeridad y el desinterés.

Francois Bouchot: José de San Martín, 1828. Museo de la Academia Militar de West Point, Nueva York.

José Francisco de San Martín Matorras nació en 1778, dos años después de la independencia de los Estados Unidos, once antes de la revolución que decapitaría a Luis XVI. El año de su primera victoria en América del Sur, el combate de San Lorenzo, es el mismo en el que la llamada Asamblea Constituyente del Año 1813 dictó la libertad de vientre de las esclavas (medida que el propio San Martín repetiría en ocasión de decretar la libertad del Perú de la Corona española el 28 de Julio de 1821), la eliminación de los mayorazgos y los títulos de nobleza, la derogación de la obligación del tributo que debían pagar los indígenas, la supresión de la trata de esclavos y la abolición de la Inquisición y de la tortura. Es improbable que la proba personalidad de San Martín estuviese en desacuerdo con estas medidas, puesto que de otro modo se hubiese rehusado a combatir para imponerlas en otras regiones del continente. Las repúblicas de Chile y de Perú le confieren su merecida calidad de sacrificado benefactor. Como todo hombre, como el mismo Adriano, José de San Martín es capaz de sorprendernos, al igual que los libros de los hebreos, por el esplendor y por el espanto.

Juan Lepiani: San Martín proclamando la independencia del Perú, 1904. Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, Lima.

No miente el periodista Martín Gregorio Allica cuando exhibe con triunfalismo retazos del Reglamento del Ejército de los Andes, puesto en vigor en 1816, los que develan a un San Martín en estrecha compenetración con la defensa de la religión católica. Allica redacta desde una exclusiva sección del diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca; allí se reúne un breve conjunto de lo que ha sido denominado Textos escogidos de Martín Allica. El periodista, del cual se incluye una veloz hagiografía, discurre sobre tópicos de su preferencia: la vocación periodística, su admiración por el papa Wojtyla, los horrores del cosmopolitismo y la mendicidad en su ciudad de adopción, Bahía Blanca, cómicos malentendidos en su relación con el mundo del balompié y, finalmente, la infalibilidad sanmartiniana, tema que obsesiona a no pocos argentinos en razón del carácter sobrehumano (quizás ya marmóreo, como el David de Buonarroti) de la estoica figura de José de San Martín. Las opiniones de San Martín en el campo de la fe han de quedar, como los de cualquier otra persona, bajo tutela de su propia conciencia; nadie se atreverá a insinuar con perfidia que el general no fue un buen católico. Es más, (y no dudo que Martín Allica no lo haya ignorado), el fervor católico de San Martín es mencionado por su propia pluma en ocasiones tan dichosas como las del establecimiento de la libertad de imprenta  por decreto del Superior Gobierno Protectoral del Perú el 13 de Octubre de 1821: “Artículo 2º- El que, abusando de esta libertad, atacare en algún escrito los dogmas de la religión católica, los principios de la moral, la tranquilidad pública, y el honor de un ciudadano, será castigado en proporción a la ofensa, previo el dictamen sobre la existencia del delito, de la Junta Conservadora de la libertad de imprenta, de la que se tratará más adelante.” Juan Emilio Phordoy, miembro del Instituto Nacional Sanmartiniano, escribe en un artículo al que da por título Reflexiones sobre su fe religiosa (de San Martín, entiéndase) que en el acta de promulgación del Estatuto Provisional del Perú, el 8 de Octubre del mismo año, San Martín inserta como primer mandato que “La religión católica, apostólica, romana es la religión del Estado. El gobierno reconoce como uno de sus primeros deberes el mantenerla y conservarla por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana. Cualquiera que ataque en público o en privado sus dogmas y principios, será castigado con severidad a proporción del escándalo que hubiere dado”. En ocasión de su partida a Chile, el 20 de Septiembre de 1822, ya concluida la misteriosa entrevista con Bolívar en Guayaquil, San Martín pidió que los diputados del Congreso del Perú respondieran afirmativamente al siguiente juramento colectivo: “¿Juráis conservar la santa religión católica, apostólica, romana como propia del Estado y conservar en su integridad el Perú?” Fue exactamente en Chile, aunque con casi un lustro de anterioridad, que José de San Martín consagra la República de Chile a la Virgen del Carmen, el 14 de Marzo de 1818: “El excelentísimo señor Director Supremo resuelve, con acuerdo y solicitud de todos los cuerpos representantes del Estado, declarar y jurar solemnemente por patrona y generala de las armas de Chile, a la sacratísima reina de los cielos María Santísima del Carmen, esperando con la más alta confianza que bajo su augusta protección triunfarán nuestras armas por sobre los enemigos de Chile. Que para monumento de la determinación pública y obligatoria, y con la segura esperanza de la victoria, hace voto solemne el pueblo de erigir una capilla dedicada a la Virgen del Carmen, que sirva de distinguido trofeo a la posteridad y de estímulo a la devoción y religiosa gratitud, en el mismo lugar que se verifique el triunfo de las armas de la patria.” Otro integrante del Instituto Sanmartiniano, Cayetano Bruno, reseña la preocupación de San Martín por brindar en todo instante ocasión para asistir a las ceremonias que prescribe el culto católico. En El servicio religioso para las nuevas tropas, Bruno dice que “Para las celebraciones religiosas del Ejército de los Andes en campaña, el general San Martín había ordenado la preparación de cuatro capillas portátiles, con los respectivos ornamentos y objetos litúrgicos.” Agrega Bruno: “La proclamación de la Virgen del Carmen como patrona del Ejército de los Andes y el solemne juramento a la gloriosa bandera -actos realizados el 5 de enero de 1817- centraron las solemnes manifestaciones de piedad y marcialidad en la ciudad de Mendoza, antes de la partida para el cruce de los Andes. En la iglesia matriz, el general San Martín presentó la bandera para ser bendecida por el capellán general castrense José Lorenzo Güiraldes.”

El acérrimo catolicismo de José de San Martín no es, como se ha demostrado más arriba, dogma de fe; muchos y variados son los testimonios que así lo confirman: San Martín era católico y formaba parte de su honda convicción que sus subordinados y los pueblos a los que ayudaba a lograr su emancipación de España adhiriesen a su credo, lo cual no era infrecuente en una época en la cual la tolerancia religiosa era un derecho apenas incipiente. La amarga faz de las sonrientes fauces del autoritarismo es expuesta, una vez más, por el periodista Martín Allica en su artículo Al San Martín oculto.

Guillermo Roux: José de San Martín, 2000. Donado por el autor al Instituto Nacional Sanmartiniano.

Martín Allica destaca la enorme deuda de la sociedad argentina para con José de San Martín. En una porción nada menor, gran parte de esa deuda ha de pagarse a través del cumplimiento de lo que Allica denomina “valores ónticos, por no decir religiosos”. Allica comienza entonces a revelar cómo se proponía castigar José de San Martín a quienes desoían la conveniencia de prestarse a una total concordancia en lo que se refiere a las abstrusas veleidades del dogma: ” Todo el que blasfemare el Santo Nombre de Dios, o de su adorable Madre, e insultare la religión, por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza atado a un palo en público por el término de ocho días, y por segunda vez será atravesada su lengua con un hierro ardiente.” Allica se regocija con la severidad con la que San Martín distribuye penas entre ociosos, falsificadores, ladrones, perjuros, incendiarios y beodos: “El que encubriese vagos sufrirá por primera vez tres años de presidio, seis por segunda y tercera, y si auxiliara al delincuente tendrá la pena del reo”. “El falseador de sello o moneda tiene pena de muerte, y el de firma, presidio o muerte según el caso. La misma sufrirá el ladrón que robe más de ocho reales”. “El falso acusador o denunciante, el testigo falso y el perjuro en causas criminales será castigado según el caso“. “El incendiario o quemador de campos, casas, etcétera, será ahorcado”. El que se embriague tendrá un mes de prisión, por primera vez; por segunda, cien palos; y por tercera, presidio.” Martín Allica se concentra luego en un crimen aberrante a los ojos de cualquier lógica: la violación; San Martín condena a pena de presidio o de muerte “al que forzare mujer o la robare”. Se trata del mismo castigo previsto para los falsificadores de moneda o de firma y para los ladrones de más de ocho reales (quizás se asignaba ese valor a la integridad física de una mujer en esas épocas y tierras). En cuanto al robo de una dama, se ha de proceder con cuidado; más de una mujer huía voluntariamente con su amado para escapar de un matrimonio pactado por sus padres sin su consentimiento (recuérdese el caso de Camila O’Gorman y el cura Uladislao Gutiérrez); el delito aquí tipificado por San Martín se asemeja más a una fórmula de control social que a una ley destinada a proteger el honor de una joven de buena familia. En lo que respecta a que la violación merece la cárcel o la muerte, por una vez el general y yo estamos de acuerdo.

Nicolay Bessonov: La tortura, 1992. Colección del autor.

Más adelante, Allica subraya una declaración de San Martín como especialmente benéfica: “Miro como bueno y legal todo gobierno que establezca el orden de un modo sólido y estable”. Es sólo una sospecha lo que me hace figurar cuáles son las formas de gobierno que, de haberse consultado a Allica, enumeraría éste como las más apropiadas para establecer un orden sólido y estable. La frase completa, que Allica opta por resumir, es como sigue: “Miro como bueno y legal, en tanto se libra la lucha por la independencia, un gobierno que asegure el orden de manera sólida y estable”. De todos modos, asistía a Martín Allica el derecho de pensar a favor o en contra de los asertos del general San Martín. Yo he elegido la tarea de señalar al lector dos ingratas incongruencias en el pensamiento de San Martín y en la valoración de éste por Allica. En primer término, los párrafos presentados por Allica como una suerte de decálogo de uso general provienen, como el propio periodista aclara al inicio de su texto, de un código de justicia militar cuya severidad pudo bien San Martín haber justificado en razón de vivirse tiempos de guerra, del carácter escasamente experimentado de sus tropas, de la heterogénea calidad de éstas (cuyanos, españoles desertores, emigrados chilenos, puñados de ingleses, franceses, polacos, y un alemán) y de la necesidad de imponer una disciplina rígida que permitiese alcanzar la victoria sobre los realistas. No obstante, y aquí el yerro de José de San Martín es estricto e indigno de su persona, es imposible no advertir que el crimen que es castigado con la represión más atroz es, injustamente, aquél cuya víctima es una etérea divinidad: la blasfemia contra las deidades cristianas o la religión católica. San Martín amenaza con la aplicación de la barbarie de la tortura a los infractores tres largos años después de la abolición de ésta por la Asamblea Constituyente del Año 1813, hecho que no podía desconocer, y recurre a una metodología monstruosa que parece copiar de los inquisidores españoles, contra cuyos ejércitos en América se bate por la libertad de los pueblos y la desaparición del yugo realista. No sospecharía, desde luego, que algo menos de dos siglos más tarde un periodista utilizaría esa equivocación para llevar a cabo un mal disimulado elogio de la tortura.

Louis Joseph Daumas: José de San Martín (réplica de 1951). Avenida de las Américas, Nueva York. Copia reducida de la escultura de 1862 ubicada en Plaza San Martín, Buenos Aires.

Existe, desde luego, otro San Martín, preclaro y audaz: el 27 de Febrero de 1822 ordena la demolición en Lima de los infiernillos, calabozos inmundos donde los detenidos vegetan en condiciones misérrimas sin debido proceso ni juez que los oiga ni derecho a defensa. El 23 de Marzo da a conocer un nuevo Reglamento Carcelario, el cual, entre otras medidas harto urgentes, estipula la separación de los reos en razón de su sexo, edad e índole del delito; la obligación de informar al tribunal de cada detención y de sus motivos; los derechos de visita; el recreo al aire libre, el derecho a la atención médica, la distinción entre reos y detenidos, la prohibición de disponer de los bienes de los acusados. Estas consideraciones son ampliadas en el nuevo Reglamento Provisional para los Tribunales de Justicia, los que ya no podrán aplicar la ley a su antojo. ” Nada prueba tanto el progreso de la civilización de un pueblo como la moderación de su Código Criminal “; esta máxima sanmartiniana, tal vez, pudo haberse ocultado a la devota investigación de Martín Allica.

En el Enuma Elish, el poema babilonio de la creación, Marduk (más tarde devenido Zeus) destruye a la serpiente marina Tiamat (la Tifón de los griegos, quizás el Leviatán del Libro de Job) y a su esposo, un demonio de nombre Kingu, y exclama: “Amasaré de Kingu la sangre y haré que haya huesos. Crearé una criatura salvaje, ‘hombre’ se llamará”. La humanidad padecerá de este modo una doble naturaleza divina y demoníaca, obra a la vez del dios Marduk y de una materia prima que es la carne y la sangre de un monstruo; quizás de estas páginas se nutriera Robert Louis Stevenson para esbozar a su manso y asimismo diabólico Doctor Jekyll. Adriano, desde la majestad de su imperio, y San Martín, desde la modestia de sus conflagraciones en la olvidada América del Sur, procedieron seguramente con incertidumbre, con dolorosos arrebatos, con apego a tradiciones precarias aunque arraigadas y, es posible, hasta con maliciosa confusión. De todos esos azares puede erigirse, tímida y vacilantemente, el tambaleante retrato de un hombre destinado a permanecer incompleto hasta la extinción de la cultura, ya que cada fiel y cada detractor reflotará, como en un ínfimo remedo del Génesis, al personaje a su imagen y semejanza. Martín Allica escogió exaltar, de entre todas las contradictorias regiones que constituyeron la compleja geografía personal de José de San Martín, a, quizás, la peor. Quedará para siempre en las sombras concluir si esa desafortunada predilección reflejaba íntimas convicciones de Martín Allica, quien muriera en Bahía Blanca en Noviembre de 2005, pero cuya labor y pensamiento son continuados con esmero por numerosos discípulos.

Del cautiverio en Babilonia los hebreos extrajeron las secretas llamadas de conjuración a poderes menores, los ángeles, siervos de Yavéh a los que se temía en cuanto eran quienes hacían efectiva la plomiza voluntad de la naturaleza más oscura de un dios solitario y omnipotente; uno de ellos bien pudo ser Samael (a quien los cristianos se refieren como Satán), a un tiempo bondadoso y terrible, el acusador que por indicación de Yavéh examinara la obediencia de Eva y de Adán en el Jardín y la paciencia de Job en sus años desventurados. De Adriano prefiero recordar al espléndido mecenas, al exquisito esteta, al mesurado príncipe, al justo legislador, al previsor hombre de Estado, al inflamado erastés, al tierno megalómano que ideó un culto para que el amor de su amado sobreviviera hasta a la desintegración del polvo de sus estatuas. De José de San Martín elijo al esforzado general que compartía las privaciones con sus humildes hombres, al aclamado vencedor que pudo concentrar en sus manos todos los poderes y renunció para morir en una ciudad-puerto al norte de París, al mal remunerado soldado que llevó una chispa, por débil que ésta fuese, de la modernidad y de la Europa menos bárbara a los pueblos a los que regaló la libertad. De Martín Allica, de su propia persona, sólo él habrá sabido con qué quedarse.

Hadrian Bagration

 

Enlace al texto Al San Martín oculto de Martín Allica:

http://www.lanueva.com/nota/f13e45911b/174/47.html

La fría pasión

Egon Schiele: Die Umarmung, 1917. Österreischische Gallerie, Viena.

Mademoiselle Bonheur es francesa; la conocí en las últimas juventudes de una década que no mencionaré. Era, como yo en ese envejecido entonces, joven; a diferencia de mis intenciones, en pocos meses era su deseo contraer matrimonio con un hombre afable. Una dama pequeña, vivaz, pálida, de ojos del color del agua tibia, me sedujo en virtud de sus raros conocimientos acerca del cine y del sinnúmero de proyectos que un avaro azar privó de concreción. Nuestra herética unión se consumó sólo una vez, en las discretas recámaras del hogar de un silencioso amigo en común. En la mitad de París, como delatando nuestro pecado, un gallo cantó en el alba que puso fin al único sueño que compartimos. La rotunda Julie Bonheur, temiendo la presencia de divinos y severos ojos que juzgasen el indecente calor de aquellas sábanas, se vistió con la urgencia de la avergonzada Eva del Edén y se marchó. No volví a verla jamás, pero la amarga incompletitud de cualquier recuerdo es compensada por la memoria del aroma de quien nos regaló el secreto de su pecado en la sombra.

Carolus Duran: Le baisier, 1848. Palais de Beaux-Arts, Lille.

Un par de años después, yo residía tras el Canal de la Mancha. Nuestro común amigo, que no había mudado de morada, me visitó en mi guarida del norte y me entregó una carta añeja; si mi capricho era una respuesta, me informó, él mismo constituía la dirección a la que yo debía dirigirme. Hice servir a este buen hombre vinos y quesos; ya que no sólo había acudido a Londres para ensayar el oficio de la mensajería, me apresuré a redactar unas líneas para quien me había obsequiado el amantazgo dichoso y feroz de una sola noche, cuya cifra exigua bien valía por todos aquellos lapsos de oscuridad en los que Scherezade doblegó a la asesina voluntad del sultán.

Es necesario consignar dos detalles más: en el transcurso de esos veinticuatro meses, Julie había acudido puntualmente al altar y había sufrido, de una forma absurda, la viudez. No había, sin embargo, en sus líneas una intención ligada al reencuentro; cuando una noche basta, el canto del gallo es el final más propicio para dos sentimientos que se eluden como fantasmas. Julie se preguntaba si la angustia que la invadiera en el exacto instante de la temprana muerte de su esposo en el transcurso de unas vacaciones lejos de ella no revelaba alguna esotérica ligazón más allá de la severa frialdad de la materia visible. Un objetivo, que no llegó a consumar jamás, era la realización de un film sobre transexualidades muy à la road-movie que hubiera despertado la desganada curiosidad de Kerouac.

Londres, algún día de Noviembre

Julie:

Me alegra leer que tus asuntos marchan tal como quieres, sobre todo en lo que concierne a los aspectos ligados a la herencia, de la que la familia de tu difunto esposo ha querido privarte. ¿De modo que te convertirás en la nueva  (y en esta ocasión, mucho menos proclive a la celebración del grotesco) Divine junto a tres sospechosos amigos? Welcome to trans-tripping, mon amie. No puedo dejar de imaginarte en tal o cual film (o, por qué no, en la televisión); en verdad creo que es lo que mejor te sienta, la autoridad sobre las cámaras. Lo sé, el problema son los fondos y la falta de dividendos (y cierto desencanto con el personal amateur), pero no estará mal contar con tu voz profunda en esa descendencia visual de la literatura que se ha bautizado como cine. Manténme al tanto.

Yendo a tu inquietud: creí que éramos ateos. De todos modos, he oído más de una leyenda urbana cuanto rural acerca de quienes sufren pesar y malestares al mismo tiempo que se produce el lejano deceso de un ser querido. Nunca comprobé por mí mismo esas afirmaciones, ni sé si pasan del mero rumor, la exageración o la broma. En lo que toca al mundo sobrenatural, mi esperanza se cifra en que no lo haya. Detestaría, como Borges, tener que seguir existiendo después de la muerte, aun cuando sea bajo formas más propicias. John Allegro, en ese volumen sobre los malos hábitos de Jesús, enseña cómo las culturas más antiguas confundían los truenos con los orgasmos de una divinidad. Quizás un fenómeno se asiente sobre la naturaleza en tanto una explicación mejor no pueda ser ofrecida. Contando con el auxilio de las ciencias, es difícil pensar que el esoterismo puede hoy día proveer una mejor descripción de lo aún inexplicable que el paciente trabajo en el laboratorio. Nunca he experimentado un episodio que pueda ser tachado de sobrenatural, ni conozco a nadie que lo haya hecho (aparte de quienes lo imaginan o lo falsean), pero podría apostar todas mis futuras conquistas amorosas y todos mis brutales rechazos a que nada de éso sucede. Es posible que la angustia, la ansiedad, el temor y la incertidumbre puedan traducirse en síntomas físicos, y hasta en alucinaciones, como en el caso de las NDE (Near Death Experiences), un fraude particularmente ameno y motivador.

En mi humildísma opinión, estamos hechos de viento. La ventaja de esa fragilidad es que podemos soplar con relativa libertad hacia donde queramos, o hacia donde nos arrastren vicios admirables como el deseo, la ambición o la soledad, que no por inevitable es menos preciosa, de vez en cuando.

Cariñosamente,
Hadrian


Simone Lipschitz: Lovers' winter, sin datación. Colección de la autora.

Curiosamente, Julie tomó mis palabras como una insolencia en contra de la memoria de su marido muerto. No supe de ella hasta mucho después. Mi cordial amigo Philippe, un correo de lo más eficaz, me telefoneó para inquirir acerca de si yo estaría dispuesto a revelar mi dirección en Viena para así no tener que emprender un viaje innecesario con motivo de poner en mis manos una carta que adivinaba breve. Yo asentí; hay personas de las que nada cuesta leer un nuevo y reiterativo capítulo de sus vidas. A su debido tiempo, la carta de Julie era abierta sobre mi escritorio con una daga cuya empuñadura imitaba las cabezas de Cerbero.  Mis razonables expectativas acerca de una tregua amistosa se desvanecieron como el polvo en los huracanes: la carta era un extenso reproche que hubiera podido reducirse a una sola línea. Elegí no responder y guardé el sobre de Julie y su belicoso contenido en algún sitio en donde no pudiese verlo.

Regresé a Londres el verano de ese año. Philippe y Julie se habían convertido en amantes; aun así la vocación de cartero de Philippe permanecía incólume. Nos reunimos tarde una noche en el Black Cap; no sin ironía, el bar ofrece drag shows seis de siete noches a la semana. Philippe me entregó las líneas de Julie exento de cualquier amenza de jalousie; podría decirse que sentía cierta feliz resignación por su labor. Rogué al staff del establecimiento que me proporcionara pluma y papel; en unos minutos un mozo regresó con un bolígrafo y sinceras disculpas por no poder proveerme nada sobre lo que escribir. El casi último mensaje que redacté a Julie fue apresuradamente escrito en el reverso de su misiva.

Londres, meses más tarde

Julie:

Mademoiselle Bonheur, no puedo sino extrañarme por el asomo de virulencia que llovizna sobre tu anterior mensaje. Me veo en la obligación de aclarar que no siento por Philippe asco o descontrolada lástima; sí, es verdad, me ha generado en numerosas ocasiones fastidio y hasta exacerbación, pero así son los tercos colegas que nos toman por férreos amigos. Si tú y yo no llegamos a serlo, es porque hemos muerto en el intento. Asimismo, noto que suscita en ti un innegable desprecio el término intelectual. No sin cierto orgullo confieso que lo soy, y que hemos causado a la humanidad mucho bien y mucho mal, según haya sido el bando en el que hayamos tomado parte. Agustín de Hipona y Herder no han significado lo mismo que Diderot o Sartre. Recuerdo una boba frase producto de la bobería de Eduardo Galeano: los hinchas somos inocentes (sabes cuánto detesto hablar de fútbol, y Philippe y su Olympique de Marseille me tienen más harto que la roca a Sísifo). Los intelectuales, afortunadamente, no.


Sostengo, aun en medio de esta cortés polémica, que tu belleza, tu personalidad y bonhomía harán que rara vez estés sola. Difieren nuestras concepciones de la
philía; entonces, que cada quien disfrute de la suerte de ligazón con el prójimo que más le apetezca. En lo que toca al solícito Philippe, mi juicio  sobre él es superficial, efímero y veleidoso; es más, viniendo de mí, le importará un bledo. Le reprocho no haber actuado con buena fe respecto de un proyecto que pudo haber sido nuestro  y que le diera la oportunidad de hacer sus primeras armas en los oficios del guión. Si no supo o no quiso aprovecharlo, allá él. Dudo que existan patrones tan complacientes como tú. De todos modos, soy algo inexperto en el arte de la permanente justificación.

¿Qué puedo guardar yo en esa parte del cuerpo que no existe, el alma, contra un chiquillo tan encantador como el esposo que te ha legado como presente final la viudez? Algo de lástima, tal vez (asco jamás), y la esperanza de que sus amistades cinematográficas te aparten del peñasco de las sirenas cuyo canto te acerca a un cine de estética endeble (monstruos que, por añadidura, no afinan tan bien ni se ven tan atrayentes como las seductoras de Ulises).

One last thing, my dear beauty: si esperé hasta hallarme en la otra mitad del continente para decirte que sentí por ti algo parecido al amor, fue para que tu grado de incomodidad fuese el mínimo posible, hasta disolverse como una nube en un día de vientos ágiles.

Adiós,
Hadrian


Ése sería el lazo definitivo que me uniría a la vida de una persona que ya no estaba en mi vida. No fue así. Philippe y Julie se separaron en medio de reproches y de litigios judiciales. Cada quien expuso la validez de su caso ante mí. Julie me envió una carta repleta de imprecaciones para con Philippe y salpicada de preguntas acerca de las cuales sólo puedo ensayar contestaciones temerosas. Ignoré la alianza que me ofertaba Philippe a través de una postal en la que le recomendaba paciencia y prudencia. Como respuesta recibí de él una salutación de Navidad que no se repitió. De Julie quiero recordar los párrafos finales que nos unieron antes de que su figura grata se ocultara en algún rincón insospechado de la soberbia Francia.

Londres, durante los menguantes fríos de Marzo

Julie:

La demonización del sexo es en realidad un herramienta invalorable: nos ayuda a distinguir a un idiota antes de tener que tomarnos el trabajo de conocerlo. La histeria de la que acusas, quizás con acierto, a Philippe, es una característica universal más marcada que el patriotismo o el conservadurismo social (carezco de las tres en forma absoluta; es más, alguien, que creía insultarme, usó contra mí la frase de Sebreli que se encuentra en su autobiografía y describe a su amigo Carlos Correas, quien emulaba a Audrey Hepburn en algún rol: miope -lo soy-, alcohólico -no todavía- y desaforadamente lúbrico -tú sabrás juzgar-. Por desgracia, no es el sexo el único tema en el que puedo pensar; la multiplicidad de tópicos con los que he agotado la paciencia de tantos amigos y enemigos es prueba suficiente de ello.

No puedo aceptar tus disculpas, son innecesarias; jamás me ofendiste y sé que nunca lo harías motu proprio. Fui yo el que creyó haberte resultado agotadoramente pesado, un pelmazo quizás. No cambiaría un ápice de lo que eres, ni lo testaruda, ni lo lúdica, ni lo apasionadamente perpleja que estás respecto de las cosas que el mundo empieza a enseñarte de a poco. Estuve a un paso de enamorarme de ti. No lo hice porque sabía que no podías, con toda honestidad, corresponderme, ni debía yo cargarte con una irrespetuosa insistencia. Lo habrás olvidado, pero guardo muy celosamente el recuerdo de una de las reuniones de ese grupo de cinéfilos en la que, algo achispada, recitaste a medias tu ensayo acerca de la nouvelle vague; pocas veces deseé tanto hurtarte hacia cualquier alcoba como en aquel entonces, aun inapelablemente mayor que tú (especialmente si era así), aun desinteresado por esas charlas inocuas. Esa noche discutí acremente con la mujer que me acompañaba; quienes no son inteligentes suelen ser astutos, y ella se había percatado de cómo yo me sentía, y de que era gracias a, o por culpa de, ti. Quiso obligarme a hacer el amor;  lo que siguió fue una confirmación de que la relación que yo había creado para ella hacía varios años había muerto.

Eres una joven muy bella, Julie, los hombres te lo habrán hecho saber en más de una ocasión. Tu rostro en la reunión final me espía desde la fotografía que conservo, de cuando en cuando, ahora que todos los acentos se van acomodando a mi oído natural. Además, y sobre todo cuando logres desprenderte de lo poco demasiado juguetón que hay en tus aventuras intelectuales, lograrás hacer que brille un talento del que tal vez estés un tanto azorada. Me duele no haber podido darte más; si no me atreví fue porque no ha sido mi intención asediarte o que algún gesto o palabra de más arruinasen lo que intrínsecamente entre nosotros bastó: esa fría pasión llamada amistad, que sólo por espacio de una noche interrumpimos, y que espero nos unirá por el resto de lo que quede.

Yours,
Hadrian