La fría pasión

Egon Schiele: Die Umarmung, 1917. Österreischische Gallerie, Viena.

Mademoiselle Bonheur es francesa; la conocí en las últimas juventudes de una década que no mencionaré. Era, como yo en ese envejecido entonces, joven; a diferencia de mis intenciones, en pocos meses era su deseo contraer matrimonio con un hombre afable. Una dama pequeña, vivaz, pálida, de ojos del color del agua tibia, me sedujo en virtud de sus raros conocimientos acerca del cine y del sinnúmero de proyectos que un avaro azar privó de concreción. Nuestra herética unión se consumó sólo una vez, en las discretas recámaras del hogar de un silencioso amigo en común. En la mitad de París, como delatando nuestro pecado, un gallo cantó en el alba que puso fin al único sueño que compartimos. La rotunda Julie Bonheur, temiendo la presencia de divinos y severos ojos que juzgasen el indecente calor de aquellas sábanas, se vistió con la urgencia de la avergonzada Eva del Edén y se marchó. No volví a verla jamás, pero la amarga incompletitud de cualquier recuerdo es compensada por la memoria del aroma de quien nos regaló el secreto de su pecado en la sombra.

Carolus Duran: Le baisier, 1848. Palais de Beaux-Arts, Lille.

Un par de años después, yo residía tras el Canal de la Mancha. Nuestro común amigo, que no había mudado de morada, me visitó en mi guarida del norte y me entregó una carta añeja; si mi capricho era una respuesta, me informó, él mismo constituía la dirección a la que yo debía dirigirme. Hice servir a este buen hombre vinos y quesos; ya que no sólo había acudido a Londres para ensayar el oficio de la mensajería, me apresuré a redactar unas líneas para quien me había obsequiado el amantazgo dichoso y feroz de una sola noche, cuya cifra exigua bien valía por todos aquellos lapsos de oscuridad en los que Scherezade doblegó a la asesina voluntad del sultán.

Es necesario consignar dos detalles más: en el transcurso de esos veinticuatro meses, Julie había acudido puntualmente al altar y había sufrido, de una forma absurda, la viudez. No había, sin embargo, en sus líneas una intención ligada al reencuentro; cuando una noche basta, el canto del gallo es el final más propicio para dos sentimientos que se eluden como fantasmas. Julie se preguntaba si la angustia que la invadiera en el exacto instante de la temprana muerte de su esposo en el transcurso de unas vacaciones lejos de ella no revelaba alguna esotérica ligazón más allá de la severa frialdad de la materia visible. Un objetivo, que no llegó a consumar jamás, era la realización de un film sobre transexualidades muy à la road-movie que hubiera despertado la desganada curiosidad de Kerouac.

Londres, algún día de Noviembre

Julie:

Me alegra leer que tus asuntos marchan tal como quieres, sobre todo en lo que concierne a los aspectos ligados a la herencia, de la que la familia de tu difunto esposo ha querido privarte. ¿De modo que te convertirás en la nueva  (y en esta ocasión, mucho menos proclive a la celebración del grotesco) Divine junto a tres sospechosos amigos? Welcome to trans-tripping, mon amie. No puedo dejar de imaginarte en tal o cual film (o, por qué no, en la televisión); en verdad creo que es lo que mejor te sienta, la autoridad sobre las cámaras. Lo sé, el problema son los fondos y la falta de dividendos (y cierto desencanto con el personal amateur), pero no estará mal contar con tu voz profunda en esa descendencia visual de la literatura que se ha bautizado como cine. Manténme al tanto.

Yendo a tu inquietud: creí que éramos ateos. De todos modos, he oído más de una leyenda urbana cuanto rural acerca de quienes sufren pesar y malestares al mismo tiempo que se produce el lejano deceso de un ser querido. Nunca comprobé por mí mismo esas afirmaciones, ni sé si pasan del mero rumor, la exageración o la broma. En lo que toca al mundo sobrenatural, mi esperanza se cifra en que no lo haya. Detestaría, como Borges, tener que seguir existiendo después de la muerte, aun cuando sea bajo formas más propicias. John Allegro, en ese volumen sobre los malos hábitos de Jesús, enseña cómo las culturas más antiguas confundían los truenos con los orgasmos de una divinidad. Quizás un fenómeno se asiente sobre la naturaleza en tanto una explicación mejor no pueda ser ofrecida. Contando con el auxilio de las ciencias, es difícil pensar que el esoterismo puede hoy día proveer una mejor descripción de lo aún inexplicable que el paciente trabajo en el laboratorio. Nunca he experimentado un episodio que pueda ser tachado de sobrenatural, ni conozco a nadie que lo haya hecho (aparte de quienes lo imaginan o lo falsean), pero podría apostar todas mis futuras conquistas amorosas y todos mis brutales rechazos a que nada de éso sucede. Es posible que la angustia, la ansiedad, el temor y la incertidumbre puedan traducirse en síntomas físicos, y hasta en alucinaciones, como en el caso de las NDE (Near Death Experiences), un fraude particularmente ameno y motivador.

En mi humildísma opinión, estamos hechos de viento. La ventaja de esa fragilidad es que podemos soplar con relativa libertad hacia donde queramos, o hacia donde nos arrastren vicios admirables como el deseo, la ambición o la soledad, que no por inevitable es menos preciosa, de vez en cuando.

Cariñosamente,
Hadrian


Simone Lipschitz: Lovers' winter, sin datación. Colección de la autora.

Curiosamente, Julie tomó mis palabras como una insolencia en contra de la memoria de su marido muerto. No supe de ella hasta mucho después. Mi cordial amigo Philippe, un correo de lo más eficaz, me telefoneó para inquirir acerca de si yo estaría dispuesto a revelar mi dirección en Viena para así no tener que emprender un viaje innecesario con motivo de poner en mis manos una carta que adivinaba breve. Yo asentí; hay personas de las que nada cuesta leer un nuevo y reiterativo capítulo de sus vidas. A su debido tiempo, la carta de Julie era abierta sobre mi escritorio con una daga cuya empuñadura imitaba las cabezas de Cerbero.  Mis razonables expectativas acerca de una tregua amistosa se desvanecieron como el polvo en los huracanes: la carta era un extenso reproche que hubiera podido reducirse a una sola línea. Elegí no responder y guardé el sobre de Julie y su belicoso contenido en algún sitio en donde no pudiese verlo.

Regresé a Londres el verano de ese año. Philippe y Julie se habían convertido en amantes; aun así la vocación de cartero de Philippe permanecía incólume. Nos reunimos tarde una noche en el Black Cap; no sin ironía, el bar ofrece drag shows seis de siete noches a la semana. Philippe me entregó las líneas de Julie exento de cualquier amenza de jalousie; podría decirse que sentía cierta feliz resignación por su labor. Rogué al staff del establecimiento que me proporcionara pluma y papel; en unos minutos un mozo regresó con un bolígrafo y sinceras disculpas por no poder proveerme nada sobre lo que escribir. El casi último mensaje que redacté a Julie fue apresuradamente escrito en el reverso de su misiva.

Londres, meses más tarde

Julie:

Mademoiselle Bonheur, no puedo sino extrañarme por el asomo de virulencia que llovizna sobre tu anterior mensaje. Me veo en la obligación de aclarar que no siento por Philippe asco o descontrolada lástima; sí, es verdad, me ha generado en numerosas ocasiones fastidio y hasta exacerbación, pero así son los tercos colegas que nos toman por férreos amigos. Si tú y yo no llegamos a serlo, es porque hemos muerto en el intento. Asimismo, noto que suscita en ti un innegable desprecio el término intelectual. No sin cierto orgullo confieso que lo soy, y que hemos causado a la humanidad mucho bien y mucho mal, según haya sido el bando en el que hayamos tomado parte. Agustín de Hipona y Herder no han significado lo mismo que Diderot o Sartre. Recuerdo una boba frase producto de la bobería de Eduardo Galeano: los hinchas somos inocentes (sabes cuánto detesto hablar de fútbol, y Philippe y su Olympique de Marseille me tienen más harto que la roca a Sísifo). Los intelectuales, afortunadamente, no.


Sostengo, aun en medio de esta cortés polémica, que tu belleza, tu personalidad y bonhomía harán que rara vez estés sola. Difieren nuestras concepciones de la
philía; entonces, que cada quien disfrute de la suerte de ligazón con el prójimo que más le apetezca. En lo que toca al solícito Philippe, mi juicio  sobre él es superficial, efímero y veleidoso; es más, viniendo de mí, le importará un bledo. Le reprocho no haber actuado con buena fe respecto de un proyecto que pudo haber sido nuestro  y que le diera la oportunidad de hacer sus primeras armas en los oficios del guión. Si no supo o no quiso aprovecharlo, allá él. Dudo que existan patrones tan complacientes como tú. De todos modos, soy algo inexperto en el arte de la permanente justificación.

¿Qué puedo guardar yo en esa parte del cuerpo que no existe, el alma, contra un chiquillo tan encantador como el esposo que te ha legado como presente final la viudez? Algo de lástima, tal vez (asco jamás), y la esperanza de que sus amistades cinematográficas te aparten del peñasco de las sirenas cuyo canto te acerca a un cine de estética endeble (monstruos que, por añadidura, no afinan tan bien ni se ven tan atrayentes como las seductoras de Ulises).

One last thing, my dear beauty: si esperé hasta hallarme en la otra mitad del continente para decirte que sentí por ti algo parecido al amor, fue para que tu grado de incomodidad fuese el mínimo posible, hasta disolverse como una nube en un día de vientos ágiles.

Adiós,
Hadrian


Ése sería el lazo definitivo que me uniría a la vida de una persona que ya no estaba en mi vida. No fue así. Philippe y Julie se separaron en medio de reproches y de litigios judiciales. Cada quien expuso la validez de su caso ante mí. Julie me envió una carta repleta de imprecaciones para con Philippe y salpicada de preguntas acerca de las cuales sólo puedo ensayar contestaciones temerosas. Ignoré la alianza que me ofertaba Philippe a través de una postal en la que le recomendaba paciencia y prudencia. Como respuesta recibí de él una salutación de Navidad que no se repitió. De Julie quiero recordar los párrafos finales que nos unieron antes de que su figura grata se ocultara en algún rincón insospechado de la soberbia Francia.

Londres, durante los menguantes fríos de Marzo

Julie:

La demonización del sexo es en realidad un herramienta invalorable: nos ayuda a distinguir a un idiota antes de tener que tomarnos el trabajo de conocerlo. La histeria de la que acusas, quizás con acierto, a Philippe, es una característica universal más marcada que el patriotismo o el conservadurismo social (carezco de las tres en forma absoluta; es más, alguien, que creía insultarme, usó contra mí la frase de Sebreli que se encuentra en su autobiografía y describe a su amigo Carlos Correas, quien emulaba a Audrey Hepburn en algún rol: miope -lo soy-, alcohólico -no todavía- y desaforadamente lúbrico -tú sabrás juzgar-. Por desgracia, no es el sexo el único tema en el que puedo pensar; la multiplicidad de tópicos con los que he agotado la paciencia de tantos amigos y enemigos es prueba suficiente de ello.

No puedo aceptar tus disculpas, son innecesarias; jamás me ofendiste y sé que nunca lo harías motu proprio. Fui yo el que creyó haberte resultado agotadoramente pesado, un pelmazo quizás. No cambiaría un ápice de lo que eres, ni lo testaruda, ni lo lúdica, ni lo apasionadamente perpleja que estás respecto de las cosas que el mundo empieza a enseñarte de a poco. Estuve a un paso de enamorarme de ti. No lo hice porque sabía que no podías, con toda honestidad, corresponderme, ni debía yo cargarte con una irrespetuosa insistencia. Lo habrás olvidado, pero guardo muy celosamente el recuerdo de una de las reuniones de ese grupo de cinéfilos en la que, algo achispada, recitaste a medias tu ensayo acerca de la nouvelle vague; pocas veces deseé tanto hurtarte hacia cualquier alcoba como en aquel entonces, aun inapelablemente mayor que tú (especialmente si era así), aun desinteresado por esas charlas inocuas. Esa noche discutí acremente con la mujer que me acompañaba; quienes no son inteligentes suelen ser astutos, y ella se había percatado de cómo yo me sentía, y de que era gracias a, o por culpa de, ti. Quiso obligarme a hacer el amor;  lo que siguió fue una confirmación de que la relación que yo había creado para ella hacía varios años había muerto.

Eres una joven muy bella, Julie, los hombres te lo habrán hecho saber en más de una ocasión. Tu rostro en la reunión final me espía desde la fotografía que conservo, de cuando en cuando, ahora que todos los acentos se van acomodando a mi oído natural. Además, y sobre todo cuando logres desprenderte de lo poco demasiado juguetón que hay en tus aventuras intelectuales, lograrás hacer que brille un talento del que tal vez estés un tanto azorada. Me duele no haber podido darte más; si no me atreví fue porque no ha sido mi intención asediarte o que algún gesto o palabra de más arruinasen lo que intrínsecamente entre nosotros bastó: esa fría pasión llamada amistad, que sólo por espacio de una noche interrumpimos, y que espero nos unirá por el resto de lo que quede.

Yours,
Hadrian


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