La oscura duplicidad del recreador

Busto en mármol de Adriano, siglo II EC. Museo del Prado, Madrid.

Adriano, el ceño naufragado en un océano de sinsabores y deberes de hierro que impone la rigidez del oficio de Princeps , ordenó a los doce ejércitos que habían marchado desde confines impronunciables  del mundo y cuyos hombres se arrobaban ante la vista de la santa ciudad de Jerusalén que iniciaran la matanza. Una roja cosecha de más de medio millón de hombres y mujeres que en vida habían pertenecido a la nación hebrea, cincuenta ciudades amuralladas y casi mil aldeas pobladas sólo por pastores y ovejas fue necesaria para que Roma restableciera la seguridad de su frontera oriental en lo que fuera su tercera guerra contra Israel. Dión Casio escribió con asombro que la sangre de los muertos se elevó hasta manchar los sobresaltados rostros de los caballos. En su correspondencia, Adriano suprimió la fórmula tradicional que comenzaba toda comunicación imperial y mentía que él y sus legiones se encontraban bien. De regreso en la capital, se negó a celebrar el triunfo; infinitas hileras de hombres exhaustos y cabizbajos arrastraban consigo, junto a cientos de millares de esclavos, el recuerdo de atrocidades para los que la árida vida en los límites de Britania, Dacia o Egipto no los había preparado. Adriano cercenó de los mapas a Jerusalén y sobre ella fundó, en obvio y seguramente irrealizable homenaje a su propia gens, los Aelii, Aelia Capitolina, cuyo destino no cumplido sería servir de cabeza a la provincia que integraría a partir de entonces a las rebeldes regiones de Judea, Samaría y Galilea, y a la que eligió llamar Siria Palestina, en referencia a los tradicionales enemigos de sus enemigos israelitas, los filisteos, a quienes también se conocía como palaestinii. A los judíos prohibió la frecuentación de Jerusalén y la enseñanza de su religión; tan sólo rondar las cercanías para avistar la ciudad podía pagarse con la muerte. Así aconteció el inicio de la tercera, última y más feroz diáspora.

Rembrandt van Rijn: La circuncisión, 1669. Nationalmuseum, Estocolmo.

A pesar de todos esos escarnios, Adriano había sido el primero de los monarcas romanos en interesarse por la religión judía. Su visita a Israel data del año 130 EC, el mismo de su posterior viaje a Egipto y de la muerte de Antinoo en el Nilo. La Midrash explica que Adriano disputó sobre filosofía y teología con los principales rabinos de la época; invariablemente el ingenio y la sabiduría de Adriano se muestran impotentes ante la versada sutilidad de los doctores de la ley mosaica, o al menos así lo quiere la exégesis judía. Las fuentes aseguran que Adriano intentó reconciliar la concepción monoteísta de Yavéh con alguna manifestación de Júpiter, tal vez la de Iove Optimus Maximus, la divinidad reinante del panteón romano. Quizás hubiese podido tener éxito en ese respecto; no obstante, no alcanzó a comprender el profundo significado que la circuncisión posee para la piedad judía y declaró ilegal, apresurada y fútilmente, su práctica. La idea de un Israel escogido por el dios único para llevar su mensaje a las naciones y ser depositario de la Torah se le antojó contraria a su visión de un imperio poderoso encargado de difundir los encantos de la civilización griega allí donde las legiones le abriesen camino. La confusión que estrangula a este punto subsiste hasta hoy: no hay persona que desprecie a los judíos que no vocifere ante un auditorio poco avisado que es pura arrogancia lo que ha hecho que los hebreos se consideren a sí mismos un pueblo elegido. La falsedad de este argumento es recalcada por los mismos hijos de Israel: Rabbi Nachman de Breslov dedujo del Libro de Malaquías (es decir, el mensajero)  que no es la judeidad un carácter intrínseco que es otorgado o negado al nacer, sino una potencialidad presente en todo ser humano cuya voluntad se incline naturalmente hacia el bien.  Rabbi Isaac Arama negó que los gentiles sean distintos de los judíos en su capacidad para la caridad o la iniquidad. Rabbi Menachem ben Shlomo Hameiri, famoso en Cataluña como Don Vidal Solomón de Perpignan, quien seguía al gran Maimónides y comentaba monumentalmente el Talmud, aseguraba que toda persona pura de corazón pertenecía espiritualmente al pueblo de Israel, fuese o no judío. Rabbi Hameiri citó porciones del Levítico, del Segundo Libro de Samuel, del Libro de Isaías y del Libro de los Salmos para inferir que cualquier gentil que consagra su vida al estudio de la Ley vale a ojos de Yavéh lo que un kohen gadol (sumo sacerdote). La interpretación más bella es indudablemente la de Rabbi Abraham Yehudah Khein, para quien cualquier gentil podía llegar a ser un tzadik (sabio), y que las almas de los justos eran para Yavéh judías, aun cuando no compareciesen desde el seno del pueblo hebreo, mientras que las almas de los malvados, aun si provenían de la sangre de Israel, no comulgaban verdaderamente con éste. Y sin embargo, ni toda la compasiva voluntad de estos varones santos impidió que sobre Adriano pesara en todas las obras de la fausta literatura del venidero Israel la siguiente maldición: que se pudran sus huesos.

Maurycy Gottlieb: Judíos orando en la sinagoga el día de Yom Kippur, 1878. Museo de Arte de Tel Aviv.

En el capítulo decimoctavo de su Les lourds secrets du Golgotha, Robert Ambelain relata que de los cuatro maestros de la ley a los que en una experiencia extática les fueron abiertas las puertas del pardes (el Edén), sólo Rabbi Akiva ben Yossef emergió intacto; Rabbi Simeón ben Azzai contempló el paraíso y murió, Rabbi Simeón ben Zoma perdió el juicio; Rabbi Elisha ben Abuya causó desorden entre las plantas (es decir, cayó en la herejía, y desde entonces fue llamado Acher, el otro, para que se evitara pronunciar su nombre). Rabbi Akiva gozó de menor fortuna en los asuntos terrenales: apoyó la rebelión de la facción zelote del pueblo hebreo, asentada particularmente en la Alta Galilea, y bendijo a su adalid, Simeón bar Kokheba, o lo que es lo mismo, Simeón hijo de la estrella. Rabbi Akiva ben Yossef  lo reconoció como el Mesías esperado por Israel para que se cumpliera lo predicho en el Libro de los Números: “Un astro se levanta de Jacob, un cetro se eleva de Israel… Israel manifiesta su fuerza; y aquél que sale de Jacob, reinará como soberano.” Ignoramos cuál era el nombre que le había sido impuesto a Simeón bar Kokheba al momento de su nacimiento. Ambelain razona que para dotar de validez a su reclamo de autoridad política sobre un Israel libre de la ocupación romana (en tanto sería Rabbi Akiva quien se alzaría con la supremacía en materias de religión), Simeón debía de pertenecer forzosamente a la estirpe davídica, de la cual descendía también Jesús ben Judá, a quien los cristianos llaman el Cristo, quien fuera ejecutado por crucifixión en el año 35 EC en Jerusalén por orden del procurador Poncio Pilato. No es inverosímil que ambos hombres fueran parientes; Robert Ambelain, en una muy documentada aseveración, sugiere que Simeón bar Kokheba era sobrino nieto de Jesús ben Judá.

Jean-Léon Gérôme: Mercado de esclavos en Roma, ca. 1884. Museo Hermitage, San Petersburgo.

La rebelión de Simeón bar Kokheba se encontró, en un principio, con etapas de éxito. Los romanos no habían presentido la catástrofe que se avecinaba. De Roma sucumben dos legiones completas, incluyendo sus cuerpos de caballería y sus tropas auxiliares: la legión X Fretensis, acuartelada en Jerusalén y la XXII Deitoriana, que había corrido en su auxilio desde Egipto, aunque fueron más tarde reconstituidas. Sumadas a la reciente pérdida de Antinoo, estos reveses deben de haber agriado los despertares de Adriano. Durante un número no exiguo de meses Simeón bar Kokheba manda acuñar moneda y gobierna con el título de nasí (príncipe), hasta que un tercio del total de las legiones de Roma lo aplasta. Rabbi Akiva recordaría entonces las burlonas palabras que su colega, Rabbi Iochanan ben Torta, le dirigiera cuando aquél le presentara con orgullo a quien había escogido como líder de Israel: “Akiva, antes te brotará hierba de las mandíbulas a que el hijo de David llegue…” El absoluto fracaso de la revuelta, las despiadadas represalias tomadas por los romanos, la irrevocable devastación que se abatiría sobre las tierras de Sión por casi dos milenios hicieron que el pueblo hebreo cambiara el apelativo de aquél a quien consideraban responsable de la desolación: Simeón había sido el hijo de la estrella (bar Kokheba); en adelante se lo llamaría bar Kozeba, el hijo de la mentira. No obró milagros, no logró que los ángeles de Yavéh se interpusieran entre Israel y las armas de Adriano, no era el ansiado Mesías. Simeón fue perseguido, atrapado y muerto en el desierto, tras la caída de la última fortaleza, Beitar; su cabeza fue llevada ante la vista del general Sexto Julio Severo en el 135 EC. Rabbi Akiva, quien había sido capturado dos años antes, fue despellejado, envuelto en la Torah y quemado vivo, según la ira de Adriano lo dispusiera. La tradición quiere que sus últimas palabras correspondieran a la Shema Yisrael: “Escucha, oh Israel, el Señor es tu dios, el Señor es uno solo…” El Talmud de Jerusalén le concede, de ser cierta esta agonía, la muerte de un héroe. Para Marguerite Yourcenar, insospechable de antisemitismo, Rabbi Akiva fue un hombre sapiente e ingenuo que se dejó engañar por un fanático imbécil.

Adriano, estatua del siglo II EC. Museo Hermitage, San Petersburgo.

Ni la anónima Historia Augusta, ni Dión Casio, ni sus posteriores biógrafos admiten de Adriano la perversa virtud de ser un hombre cruel; sí la de obrar con crueldad. ¿Es correcto asentir que Adriano dio su beneplácito a las matanzas, exhortó al asesinato en masa de pueblos enteros, instruyó a sus verdugos para que se solazasen con las tramas de la tortura, de la sevicia, de la sumaria ejecución? Sí. Ahora bien, exigir de Adriano concepciones modernas acerca del respeto por los vencidos, el trato humanitario para con los prisioneros de guerra, la renuncia a las conquistas militares como base de la expansión económica y el acatamiento de los rigurosos códigos de la identidad cultural del buen adversario es una torpeza histórica que se enraiza, inapelablemente, en la falta de cultura. Adriano vivió en un tiempo demasiado lejano de cualquier ideal de fraternidad universal proclamado por la Ilustración, la  Revolución Francesa o la Declaración de los Derechos del Hombre; igual cosa sucedía con sus enemigos, quienes no fueron, ciertamente, menos impetuosos en su capacidad para ejercer el furioso arte de la masacre. José de San Martín, por el contrario, disfrutó de una cercanía más inmediata con una era que bregaba para que se dejase de cumplir la ominosa sentencia de Plauto: “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit.” Es verdad que Séneca intentó refutar, para enamorarnos así de su posteridad, al comediógrafo en sus Epístolas a Lucilio: “Homo sacra res homini est...” Es innecesario aclarar que Séneca jamás se preocupó por poner en práctica sus propias enseñanzas; sus actos como consejero de Nerón no son, precisamente, los de un filósofo atracado por la austeridad y el desinterés.

Francois Bouchot: José de San Martín, 1828. Museo de la Academia Militar de West Point, Nueva York.

José Francisco de San Martín Matorras nació en 1778, dos años después de la independencia de los Estados Unidos, once antes de la revolución que decapitaría a Luis XVI. El año de su primera victoria en América del Sur, el combate de San Lorenzo, es el mismo en el que la llamada Asamblea Constituyente del Año 1813 dictó la libertad de vientre de las esclavas (medida que el propio San Martín repetiría en ocasión de decretar la libertad del Perú de la Corona española el 28 de Julio de 1821), la eliminación de los mayorazgos y los títulos de nobleza, la derogación de la obligación del tributo que debían pagar los indígenas, la supresión de la trata de esclavos y la abolición de la Inquisición y de la tortura. Es improbable que la proba personalidad de San Martín estuviese en desacuerdo con estas medidas, puesto que de otro modo se hubiese rehusado a combatir para imponerlas en otras regiones del continente. Las repúblicas de Chile y de Perú le confieren su merecida calidad de sacrificado benefactor. Como todo hombre, como el mismo Adriano, José de San Martín es capaz de sorprendernos, al igual que los libros de los hebreos, por el esplendor y por el espanto.

Juan Lepiani: San Martín proclamando la independencia del Perú, 1904. Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, Lima.

No miente el periodista Martín Gregorio Allica cuando exhibe con triunfalismo retazos del Reglamento del Ejército de los Andes, puesto en vigor en 1816, los que develan a un San Martín en estrecha compenetración con la defensa de la religión católica. Allica redacta desde una exclusiva sección del diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca; allí se reúne un breve conjunto de lo que ha sido denominado Textos escogidos de Martín Allica. El periodista, del cual se incluye una veloz hagiografía, discurre sobre tópicos de su preferencia: la vocación periodística, su admiración por el papa Wojtyla, los horrores del cosmopolitismo y la mendicidad en su ciudad de adopción, Bahía Blanca, cómicos malentendidos en su relación con el mundo del balompié y, finalmente, la infalibilidad sanmartiniana, tema que obsesiona a no pocos argentinos en razón del carácter sobrehumano (quizás ya marmóreo, como el David de Buonarroti) de la estoica figura de José de San Martín. Las opiniones de San Martín en el campo de la fe han de quedar, como los de cualquier otra persona, bajo tutela de su propia conciencia; nadie se atreverá a insinuar con perfidia que el general no fue un buen católico. Es más, (y no dudo que Martín Allica no lo haya ignorado), el fervor católico de San Martín es mencionado por su propia pluma en ocasiones tan dichosas como las del establecimiento de la libertad de imprenta  por decreto del Superior Gobierno Protectoral del Perú el 13 de Octubre de 1821: “Artículo 2º- El que, abusando de esta libertad, atacare en algún escrito los dogmas de la religión católica, los principios de la moral, la tranquilidad pública, y el honor de un ciudadano, será castigado en proporción a la ofensa, previo el dictamen sobre la existencia del delito, de la Junta Conservadora de la libertad de imprenta, de la que se tratará más adelante.” Juan Emilio Phordoy, miembro del Instituto Nacional Sanmartiniano, escribe en un artículo al que da por título Reflexiones sobre su fe religiosa (de San Martín, entiéndase) que en el acta de promulgación del Estatuto Provisional del Perú, el 8 de Octubre del mismo año, San Martín inserta como primer mandato que “La religión católica, apostólica, romana es la religión del Estado. El gobierno reconoce como uno de sus primeros deberes el mantenerla y conservarla por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana. Cualquiera que ataque en público o en privado sus dogmas y principios, será castigado con severidad a proporción del escándalo que hubiere dado”. En ocasión de su partida a Chile, el 20 de Septiembre de 1822, ya concluida la misteriosa entrevista con Bolívar en Guayaquil, San Martín pidió que los diputados del Congreso del Perú respondieran afirmativamente al siguiente juramento colectivo: “¿Juráis conservar la santa religión católica, apostólica, romana como propia del Estado y conservar en su integridad el Perú?” Fue exactamente en Chile, aunque con casi un lustro de anterioridad, que José de San Martín consagra la República de Chile a la Virgen del Carmen, el 14 de Marzo de 1818: “El excelentísimo señor Director Supremo resuelve, con acuerdo y solicitud de todos los cuerpos representantes del Estado, declarar y jurar solemnemente por patrona y generala de las armas de Chile, a la sacratísima reina de los cielos María Santísima del Carmen, esperando con la más alta confianza que bajo su augusta protección triunfarán nuestras armas por sobre los enemigos de Chile. Que para monumento de la determinación pública y obligatoria, y con la segura esperanza de la victoria, hace voto solemne el pueblo de erigir una capilla dedicada a la Virgen del Carmen, que sirva de distinguido trofeo a la posteridad y de estímulo a la devoción y religiosa gratitud, en el mismo lugar que se verifique el triunfo de las armas de la patria.” Otro integrante del Instituto Sanmartiniano, Cayetano Bruno, reseña la preocupación de San Martín por brindar en todo instante ocasión para asistir a las ceremonias que prescribe el culto católico. En El servicio religioso para las nuevas tropas, Bruno dice que “Para las celebraciones religiosas del Ejército de los Andes en campaña, el general San Martín había ordenado la preparación de cuatro capillas portátiles, con los respectivos ornamentos y objetos litúrgicos.” Agrega Bruno: “La proclamación de la Virgen del Carmen como patrona del Ejército de los Andes y el solemne juramento a la gloriosa bandera -actos realizados el 5 de enero de 1817- centraron las solemnes manifestaciones de piedad y marcialidad en la ciudad de Mendoza, antes de la partida para el cruce de los Andes. En la iglesia matriz, el general San Martín presentó la bandera para ser bendecida por el capellán general castrense José Lorenzo Güiraldes.”

El acérrimo catolicismo de José de San Martín no es, como se ha demostrado más arriba, dogma de fe; muchos y variados son los testimonios que así lo confirman: San Martín era católico y formaba parte de su honda convicción que sus subordinados y los pueblos a los que ayudaba a lograr su emancipación de España adhiriesen a su credo, lo cual no era infrecuente en una época en la cual la tolerancia religiosa era un derecho apenas incipiente. La amarga faz de las sonrientes fauces del autoritarismo es expuesta, una vez más, por el periodista Martín Allica en su artículo Al San Martín oculto.

Guillermo Roux: José de San Martín, 2000. Donado por el autor al Instituto Nacional Sanmartiniano.

Martín Allica destaca la enorme deuda de la sociedad argentina para con José de San Martín. En una porción nada menor, gran parte de esa deuda ha de pagarse a través del cumplimiento de lo que Allica denomina “valores ónticos, por no decir religiosos”. Allica comienza entonces a revelar cómo se proponía castigar José de San Martín a quienes desoían la conveniencia de prestarse a una total concordancia en lo que se refiere a las abstrusas veleidades del dogma: ” Todo el que blasfemare el Santo Nombre de Dios, o de su adorable Madre, e insultare la religión, por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza atado a un palo en público por el término de ocho días, y por segunda vez será atravesada su lengua con un hierro ardiente.” Allica se regocija con la severidad con la que San Martín distribuye penas entre ociosos, falsificadores, ladrones, perjuros, incendiarios y beodos: “El que encubriese vagos sufrirá por primera vez tres años de presidio, seis por segunda y tercera, y si auxiliara al delincuente tendrá la pena del reo”. “El falseador de sello o moneda tiene pena de muerte, y el de firma, presidio o muerte según el caso. La misma sufrirá el ladrón que robe más de ocho reales”. “El falso acusador o denunciante, el testigo falso y el perjuro en causas criminales será castigado según el caso“. “El incendiario o quemador de campos, casas, etcétera, será ahorcado”. El que se embriague tendrá un mes de prisión, por primera vez; por segunda, cien palos; y por tercera, presidio.” Martín Allica se concentra luego en un crimen aberrante a los ojos de cualquier lógica: la violación; San Martín condena a pena de presidio o de muerte “al que forzare mujer o la robare”. Se trata del mismo castigo previsto para los falsificadores de moneda o de firma y para los ladrones de más de ocho reales (quizás se asignaba ese valor a la integridad física de una mujer en esas épocas y tierras). En cuanto al robo de una dama, se ha de proceder con cuidado; más de una mujer huía voluntariamente con su amado para escapar de un matrimonio pactado por sus padres sin su consentimiento (recuérdese el caso de Camila O’Gorman y el cura Uladislao Gutiérrez); el delito aquí tipificado por San Martín se asemeja más a una fórmula de control social que a una ley destinada a proteger el honor de una joven de buena familia. En lo que respecta a que la violación merece la cárcel o la muerte, por una vez el general y yo estamos de acuerdo.

Nicolay Bessonov: La tortura, 1992. Colección del autor.

Más adelante, Allica subraya una declaración de San Martín como especialmente benéfica: “Miro como bueno y legal todo gobierno que establezca el orden de un modo sólido y estable”. Es sólo una sospecha lo que me hace figurar cuáles son las formas de gobierno que, de haberse consultado a Allica, enumeraría éste como las más apropiadas para establecer un orden sólido y estable. La frase completa, que Allica opta por resumir, es como sigue: “Miro como bueno y legal, en tanto se libra la lucha por la independencia, un gobierno que asegure el orden de manera sólida y estable”. De todos modos, asistía a Martín Allica el derecho de pensar a favor o en contra de los asertos del general San Martín. Yo he elegido la tarea de señalar al lector dos ingratas incongruencias en el pensamiento de San Martín y en la valoración de éste por Allica. En primer término, los párrafos presentados por Allica como una suerte de decálogo de uso general provienen, como el propio periodista aclara al inicio de su texto, de un código de justicia militar cuya severidad pudo bien San Martín haber justificado en razón de vivirse tiempos de guerra, del carácter escasamente experimentado de sus tropas, de la heterogénea calidad de éstas (cuyanos, españoles desertores, emigrados chilenos, puñados de ingleses, franceses, polacos, y un alemán) y de la necesidad de imponer una disciplina rígida que permitiese alcanzar la victoria sobre los realistas. No obstante, y aquí el yerro de José de San Martín es estricto e indigno de su persona, es imposible no advertir que el crimen que es castigado con la represión más atroz es, injustamente, aquél cuya víctima es una etérea divinidad: la blasfemia contra las deidades cristianas o la religión católica. San Martín amenaza con la aplicación de la barbarie de la tortura a los infractores tres largos años después de la abolición de ésta por la Asamblea Constituyente del Año 1813, hecho que no podía desconocer, y recurre a una metodología monstruosa que parece copiar de los inquisidores españoles, contra cuyos ejércitos en América se bate por la libertad de los pueblos y la desaparición del yugo realista. No sospecharía, desde luego, que algo menos de dos siglos más tarde un periodista utilizaría esa equivocación para llevar a cabo un mal disimulado elogio de la tortura.

Louis Joseph Daumas: José de San Martín (réplica de 1951). Avenida de las Américas, Nueva York. Copia reducida de la escultura de 1862 ubicada en Plaza San Martín, Buenos Aires.

Existe, desde luego, otro San Martín, preclaro y audaz: el 27 de Febrero de 1822 ordena la demolición en Lima de los infiernillos, calabozos inmundos donde los detenidos vegetan en condiciones misérrimas sin debido proceso ni juez que los oiga ni derecho a defensa. El 23 de Marzo da a conocer un nuevo Reglamento Carcelario, el cual, entre otras medidas harto urgentes, estipula la separación de los reos en razón de su sexo, edad e índole del delito; la obligación de informar al tribunal de cada detención y de sus motivos; los derechos de visita; el recreo al aire libre, el derecho a la atención médica, la distinción entre reos y detenidos, la prohibición de disponer de los bienes de los acusados. Estas consideraciones son ampliadas en el nuevo Reglamento Provisional para los Tribunales de Justicia, los que ya no podrán aplicar la ley a su antojo. ” Nada prueba tanto el progreso de la civilización de un pueblo como la moderación de su Código Criminal “; esta máxima sanmartiniana, tal vez, pudo haberse ocultado a la devota investigación de Martín Allica.

En el Enuma Elish, el poema babilonio de la creación, Marduk (más tarde devenido Zeus) destruye a la serpiente marina Tiamat (la Tifón de los griegos, quizás el Leviatán del Libro de Job) y a su esposo, un demonio de nombre Kingu, y exclama: “Amasaré de Kingu la sangre y haré que haya huesos. Crearé una criatura salvaje, ‘hombre’ se llamará”. La humanidad padecerá de este modo una doble naturaleza divina y demoníaca, obra a la vez del dios Marduk y de una materia prima que es la carne y la sangre de un monstruo; quizás de estas páginas se nutriera Robert Louis Stevenson para esbozar a su manso y asimismo diabólico Doctor Jekyll. Adriano, desde la majestad de su imperio, y San Martín, desde la modestia de sus conflagraciones en la olvidada América del Sur, procedieron seguramente con incertidumbre, con dolorosos arrebatos, con apego a tradiciones precarias aunque arraigadas y, es posible, hasta con maliciosa confusión. De todos esos azares puede erigirse, tímida y vacilantemente, el tambaleante retrato de un hombre destinado a permanecer incompleto hasta la extinción de la cultura, ya que cada fiel y cada detractor reflotará, como en un ínfimo remedo del Génesis, al personaje a su imagen y semejanza. Martín Allica escogió exaltar, de entre todas las contradictorias regiones que constituyeron la compleja geografía personal de José de San Martín, a, quizás, la peor. Quedará para siempre en las sombras concluir si esa desafortunada predilección reflejaba íntimas convicciones de Martín Allica, quien muriera en Bahía Blanca en Noviembre de 2005, pero cuya labor y pensamiento son continuados con esmero por numerosos discípulos.

Del cautiverio en Babilonia los hebreos extrajeron las secretas llamadas de conjuración a poderes menores, los ángeles, siervos de Yavéh a los que se temía en cuanto eran quienes hacían efectiva la plomiza voluntad de la naturaleza más oscura de un dios solitario y omnipotente; uno de ellos bien pudo ser Samael (a quien los cristianos se refieren como Satán), a un tiempo bondadoso y terrible, el acusador que por indicación de Yavéh examinara la obediencia de Eva y de Adán en el Jardín y la paciencia de Job en sus años desventurados. De Adriano prefiero recordar al espléndido mecenas, al exquisito esteta, al mesurado príncipe, al justo legislador, al previsor hombre de Estado, al inflamado erastés, al tierno megalómano que ideó un culto para que el amor de su amado sobreviviera hasta a la desintegración del polvo de sus estatuas. De José de San Martín elijo al esforzado general que compartía las privaciones con sus humildes hombres, al aclamado vencedor que pudo concentrar en sus manos todos los poderes y renunció para morir en una ciudad-puerto al norte de París, al mal remunerado soldado que llevó una chispa, por débil que ésta fuese, de la modernidad y de la Europa menos bárbara a los pueblos a los que regaló la libertad. De Martín Allica, de su propia persona, sólo él habrá sabido con qué quedarse.

Hadrian Bagration

 

Enlace al texto Al San Martín oculto de Martín Allica:

http://www.lanueva.com/nota/f13e45911b/174/47.html

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2 comentarios en “La oscura duplicidad del recreador

  1. Excelente artículo!. Muy cierto lo que se comenta acerca de ese innombrable que recaló en Bahía Blanca huyendo de un Buenos Aires del que había sido “expulsado” con razón en la década de los 80.

    • Martin Allica, era un hombre y, como tal con defectos, pero puedo asegurar que su actitud siempre estuvo orlada de las mejores intenciones y siempre, como cristiano que era, entendió el amor al prójimo como así mismo. Las envidias que suscitó Martín Allica seguramente se parecen a las que Ud. presenta y, le diría casi idénticas a las que motivaron el exilio del General San Martín, que muriera ignorado. En cuanto a Martín Allica: no se fue expulsado a Bahía Blanca sino que se quedó seguramente con las mejores enseñanzas del General Dn. José de San Martín y, como a éste el reconocimiento le llegó tardíamente.

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