Soles bajo la sombra

Théodore Géricault: Le radeau de la Méduse, ca. 1818-1819. Musée du Louvre, París.

A poco de comenzar este siglo, yo me unía en una definitiva enemistad con una persona de enorme talento tanto para el amor cuanto para el estrago. Ambos nos habíamos acostumbrado a cierto pavoroso vaivén; nada se interpondría, quisimos pensar, entre esa renovada separación y el efímero regocijo del reencuentro, excepto el arrollador escollo de la muerte. La apasionada deidad que había sido en horas tiernas ese alguien a quien dirigí las líneas que siguen murió por su propia mano a causa de un fin noble: huir de la degradación de la carne en la enfermedad. Una demasiado breve conversación en el teléfono me reveló, desde una distancia inclemente, esa decisión a la que juzgo sabia. Una de sus últimas frases, puedo confesarlo ahora, parodió a la de un malvado y secundario escritor, Pierre Drieu la Rochelle, muerto por suicidio para evitar el castigo que sus compatriotas le habrían impuesto a menos de un año de la recaptura de París por los Aliados merced a su aquiescencia para con los alemanes: “Tu ne sais pas comme est bien ma mort, par une soirée superbe, ma fenêtre grande ouverte sur Paris.” (estas palabras resignadas, cuyo destino era Victoria Ocampo, corresponden a un primer intento fallido de la Rochelle en Agosto de 1944, la Deuxième Division Blindée bajo el  general Leclerc ya barriendo los Campos Elíseos). Antes de perpetrar menos torpemente ese acierto la Rochelle declarará, con empática solemnidad, al igual que un vasto número de obispos y cardenales, que en más de una ocasión había salvado la vida de anónimos judíos, sin que de tales hazañas quede registro ni testigo ni sospecha.

La figura de quien escribo aquí no gozaba de la endeble literatura de la Rochelle; aun así, esos largos minutos acontecieron junto a una ventana que daba al sol de otra enorme capital, a semejanza del caso de quien fuera, curiosamente, compañero de aventuras de Borges en su paso por América del Sur y malhadado protegido de André Malraux. En ocasiones lejanas, en medio de alegrías regadas con espumantes, aquella mujer y yo habíamos admirado, comentado y disputado acerca de una obra de Géricault, Le radeau de la Méduse. Con minucioso desorden hallábamos por doquier el rostro de Delacroix, quien había servido como modelo para varios de los moribundos. Para acentuar la opresión del desamparo en los océanos, Géricault había elegido representar el asomar de una tormenta; en verdad, la mañana del rescate había sido soleada y serena, como aquélla en la que esta inmensa y monstruosa mujer murió.

Hadrian Bagration


Un viernes

M:

En unas horas amanecerá. Como los judíos piadosos, con la cabeza cubierta por el tallit, debería inclinarme para alabar la pericia del dios que creó la luz sin destruir la tiniebla, y al mismo tiempo agradecer haber sido fabricado varón; las mujeres agradecen haber sido creadas según su voluntad. Seguramente es una ocasión fausta para ti el día de hoy, tu cumpleaños. Antes de emprender el descenso a los infiernos, yo decidí ignorarte; es por eso que el número de los tuyos, de los que se disputan migajas de tu afecto, de los que te han sido gratos, de los que han compartido lo que tu esplendidez no puede dejar de ofrecer, me es desconocido. Sólo recuerdo a aquél de tus amigos, prendado de un maître de belleza opulenta en un restaurante de  exotismo sutil.

Je me rappelle… una noche luminosa y dispuesta, como una novia. Tres individuos cenábamos con avidez de charla en el rincón más lejano de la finca; hiciste gala, como siempre, de saber: nadie derrotó tu despiadada connaissance sobre vinos. Los demás disputábamos, no sin cortesía, acerca de ese problema menor y agigantado del siglo XVIII que es Gibraltar. En el umbral de tu hogar, ante mi mansa perplejidad, besaste mi mejilla con frialdad hirviente; días después me enteraba yo que sufrías la bendición de la sangre menstrual. Yo devoraba, en esos instantes y en todos los otros que las mesas bien servidas nos depararon, tu silueta ferozmente dócil, con la que me enzarzaba en un eterno agon. Fue tu casa en una de las riberas del Támesis la que nos vio debatirnos entre luces tenues. Un espejo enorme y fiel me devolvía una imagen obstinada. Algo así como un vasto sillón insolente imitaba la  majestad de un trono. Un balcón repleto de hojas ocres, un secreto cuarto que jamás hollé. Un pasillo alargado como el cuello de un furibundo cisne. Un dormitorio a medias escondido, como una baja pasión de la que nos es lícito enorgullecernos.

Je me rappelle el laberinto de oscuras y nubladas calles del Soho por el que nos extraviamos voluntariamente para encontrar, con algo de desazón, un sitio intranquilo al que no dimos aprobación y del que huimos, raudos, hasta otro meandro del laberinto, el que nos ofreció una esquina solitaria y lluviosa y una cerveza sazonada con el gusto agridulce de la confesión. Ya habíamos pasado por el arduo hábito del sueño de a dos, pero sólo fue después de aquella vez que, al quitarme la ropa, me desnudé ante ti como la novia luminosa y dispuesta en la que se convertirá este día.

Sí, la carta. No lo olvido; esa redacción temblorosa que se resignó a farfullar amores heréticos revelados como bajo el encanto de la borrachera. En los ornados claustros de una universidad  la concebí hace un siglo. Nació sin prisa, de un empujón suave; tu rostro era aquello que acicateaba mi furor. Hay algo de benigna brujería y de rara nobleza en tu cara. Tus rasgos son como de mármol, más proclives al inagotable tiempo de las estatuas de Grecia que al de la carne humana. Tus brazos vigorosos, que podrían haberme aplastado o estrangulado. Tu poder, que no ejerces, porque ese ejército terrible que eres se contenta con mostrarse erizado de lanzas que no se clavan, escudos que no protegen, dagas que no apuñalan, porque sabe que sólo puede ser derrotado por sí mismo.

Géricault nos brinda de los optimistas sólo las espaldas; la oscura desesperación es el motivo del cuadro. Al igual que cuando me cercaste con la hambrienta envergadura del águila sobre la presa, ni piedad te suplico.  Nada te pido; no me pidas tú que no te recuerde así, todopoderosa y vencedora, aun desde tu revés y tu llanto, mientras los días se apagan con luminosa tristeza y pueda yo ver cómo, con el somnoliento sabor de la memoria en la lenta tarde de tu morada generosa, abrazas a alguien en un calmo y soleado viernes, como hoy.

Hadrian

La mujer a la que designo con supina prudencia sólo con una inicial poseía el asombroso don de provocar placer a través de la escritura. Pudo alcanzar el genio; algún ronco lamento en su interior se negó a permitírselo. De una producción apenas vasta casi todo lo destruyó, a excepción de un vago y quizás a medias veraz recuerdo de su iniciación sexual. Escribía, al decir de Oscar Wilde, plena de aquella virtud sin la cual las otras virtudes son inútiles: el encanto. A despecho de su voluntad, derramo sobre ojos desconocidos la incorrecta traducción al español desde el original inglés del único texto que sobrevivió al exterminador arrepentimiento de M.


EL PASADO ES LA ETERNIDAD

Los amantes de la lectura reconocerán en el título una poco ingeniosa paráfrasis de un volumen del pensador francés Louis Althusser, al que la posteridad premió con la fama de una crónica policial que revelaba que había asesinado a su esposa, que no con los laureles de haber reescrito un (de acuerdo a su docta opinión) equivocado Das Kapital, arrancando de Marx el mérito de la agonía del capitalismo.

Lawrence Alma-Tadema: The favourite poet, 1888. National Museum, Liverpool.

Dicen que los jóvenes ya no se interesan por la lectura. No he podido comprobarlo sino confiando en las anécdotas de desesperados amigos algo añosos y bastante malhumorados. Lo que sin duda la juventud actual ignora casi por completo es que hace casi cuatro décadas la iniciación sexual era un asunto tan delicado como un viaje interestelar, y quizás tan ultrasecreto como la tecnología que permite llevarlos a cabo. Pertenezco a la generación que sufrió su niñez bajo la moralina chirle de la segunda posguerra. Crecí en medio de los susurros de un secreto terrible: estadounidenses, británicos, franceses, rusos y todos aquellos que habían contribuido a la caída del Eje se empeñaban ahora en imitar su hueca castidad de costumbres. De todos los sepulcros, el intento de regresar a los valores sociales y sexuales de los años del fascismo triunfante, aun en los países que lo soportaron a medias o en una versión aguachenta, fue el que nos deparó la pesadilla más interminable y más profunda: el tedio y sus días mudos. Hay ecos que sólo quienes hayan sufrido una grisácea tarde de domingo prolongada para siempre en la soledad de una calle silenciosa entenderán. Yo asistía a una costosa y pulquérrima escuela de señoritas que militaba bajo el signo de una cruz. Una mentirosa camaradería al estilo de las  Bund Deutscher Mädel enmascaraba a veces amistades algo demasiado cercanas.  Sobre nosotras flotaba una mitología cuyo dios principal era el pudor; su esposa, reina de los cielos, era la sumisión. Por ese entonces yo era una niña tímida y solitaria, algo enfermiza (recurso para evitar concurrir a ese ministerio del terror que era la escuela primaria), literariamente voraz, disimuladamente despreciada y odiada por sus pares pero temida de igual modo merced a su intelectualidad freak.

El comienzo de mis estudios secundarios coincidió en parte con la incierta liberalización de la moral acarreada por la locura de los sesenta.  No quiso esa nouvelle vague arrimarse hasta la fortaleza de la prudencia donde transcurría mi tiempo adolescente. Martha era una joven rubia, de ojos celestes algo cenicientos, delgada. La acosaba el mal hábito de roer sus uñas; yo evitaba mirar sus manos nerviosas. Martha poseía dos virtudes que no podían dejar de ejercer poder sobre mí: una cierta languidez, que la hacía a veces indistinguible de una niña, y la ávida ingenuidad de quien suspira por un resbaladizo contacto sexual y se desliza por una pendiente (o es deslizada por ella) cuyo fondo no atina a reconocer. Yo había visto en un par de ocasiones a su madre, una mujer cabizbaja ante su esposo, y a su padre, un típico Dr. Jekyll que solía golpear a ambas por infracciones inocuas.

Martha tenía uno o dos hermanos menores, no lo recuerdo ya, que habían logrado conquistar todo el celo reproductivo de sus padres. Sola y aburrida, pasaba horas en el ocio vespertino de su casa mientras su familia desaparecía entre los muros. En esas oportunidades me invitaba, y su voz sonaba como un ruego, a acompañarla mientras los minutos de la tarde avanzaban hacia la oscuridad.

Henri de Toulouse-Lautrec: Les deux amies, 1895. Colección privada.

No me es posible establecer cuándo de mi imaginación exaltada pasé al deseo de acercarme íntimamente a ella, al principio jugando a realizar el sexo, luego tomando ese juego más seriamente. De conversar cada una en su silla frente a una mesa en las afueras de su casa habíamos pasado al borde de la cama, desde allí a la cama misma y a toda la inmensa y juvenil extensión de ese momento. El día había prometido luz y calor, y a la hora de apogeo había cumplido. No sin cierta parsimonia nos liberamos de nuestras camisas. Es raro, pero es poco lo que recuerdo de sus senos; ignoro si ya las pecas cubrían los bordes de sus pezones a la luz del sol. Yo comencé a provocarla, desfiándola a medir fuerzas conmigo, presa ya de una turbación que se negaba a actuar con disimulo. Luchamos juguetonamente durante un rato sobre la cama; más corpulenta y fuerte que ella, me demoré en dominarla para prolongar el placer del roce. Un par de minutos después Martha yacía exhausta bajo mi cuerpo. Había reído durante toda la batalla, como modo de exorcizar el pecado que seguramente sabía estar cometiendo. Por supuesto, cuando todo aquello acabó, me pidió que la dejara ir.

Mi vista se había nublado en el curso de ese huracán de cuerpos que había significado nuestra lucha. Apoyé mi sexo sobre su ingle y noté, sin asombro, que el suyo se alzaba para enfrentar al mío. Algo de temor se asomó en sus ojos; yo bien sabía que abundaban los rumores sobre los inmencionables recovecos de mi sexualidad, y ahora Martha comprobaba estar acorralada por la letal asesina de inocencias. Hubo un tanto de resistencia, alguna protesta, cierto reproche en una mirada que me acusaba de ser su verdugo a la vez que su alivio. En unos minutos estuvimos totalmente desnudas, las bocas unidas, el sudor amalgamando su piel y mi piel. Mi escasa experiencia en ardores similares a ésos, infinita para su perspectiva, me puso al timón de nuestro ágil contacto.

He leído que el mundo existe para llegar a ser un libro. La página que escribimos Martha y yo debe incluir la prisa angustiada de esa tarde lúbrica, el mutuo descubrimiento de las partes íntimas, la fascinación por zonas secretas y vírgenes, el clímax punzante, los instantes de afecto prodigados después de todo aquel oleaje, la obsesión por borrar toda evidencia, la partida veloz y la ausencia de comentarios, y aun de miradas, ante un encuentro en presencia de terceros.

Todos los inicios son incompletos. Mi vacilante amor y mi menos vacilante deseo por Martha no se extinguieron, aunque no haya vuelto a saber de ella y no desee averiguarlo. La desazón es enemiga de los recuerdos gozosos, y es allí, por la tarde, en donde Martha y yo volvemos, es seguro, a buscarnos la una a la otra de cuando en cuando.

M.

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