El sueño perverso

Fredy Perlman

No por ya demasiado famosa es menos divertida la gaffe con la que el exótico pensador Fredy Perlman culminara su paso por la Facultad de Derecho de la Universidad de Belgrado en 1963: llamó a su tesis, por la cual se le obsequiaría un título de posgrado en economía, Conditions for the Development of a Backward Region; nada hacía sospechar a sus mentores yugoslavos que debían abocarse a la tarea de desarrollar la atrasada zona del mundo en la que tenían la desdicha de habitar. Cuando Perlman hizo pie nuevamente en aquel país seis años más tarde, trató de mendigar indulgencias componiendo un artículo al que tituló Revolt in Socialist Yugoslavia. La policía secreta prohibió su publicación y difusión, atribuyendo a Perlman el oficio de espía al servicio de la Agencia Central de Inteligencia. Como se ve, la memoria de los doctos catedráticos yugoslavos era larga.

Ése fue el último intento de Perlman por el cual buscara congraciarse con alguno de los regímenes del Este antes del derrumbe de la Unión Soviética. Perlman había sido, en su distraída época estudiantil, un mal discípulo del sociólogo Charles Wright Mills: en tanto Mills fue invitado con honores a Moscú por sus duras y justas críticas en contra de Washington, no se permitió volver a pisar suelo estadounidense sin hacer trizas en sus apreciaciones a la censura soviética y sus atrocidades. En su acertada opinión, ambas potencias estaban regidas por burocracias elitistas cuyas similitudes las hacían converger, en términos históricos, hacia un futuro, aun con matices dispares, común. El hundimiento de la URSS nubla la tétrica visión de cómo y en qué medida la sociedad estadounidense se mimetizó con las prácticas represivas de su antiguo enemigo y evoluciona lentamente hacia la conversión en una caricatura algo más reblandecida de éste. La honestidad intelectual de Mills es una reliquia entre los pensadores del hoy, reemplazada por un oportunismo grato al calor popular o por una ignorancia desenfadada.

Julius Paul Junghanns: Descanso a la sombra del sauce, 1937. Colección privada.

Perlman se definía, algo pomposamente, como un anarquista antimoderno y antioccidental. No olvidaba, por supuesto, aclarar que era también antisionista, una forma políticamente menos incorrecta de referirse a sí mismo como antisemita. Al igual que las ya olvidadas disputas entre los credos niceno y arriano, las variopintas formas de las concepciones falazmente antiautoritarias de la catástrofe en que ha devenido el pensamiento contemporáneo en el declive de la posmodernidad son copia de las risibles enumeraciones de las vanguardias artísticas: del mismo modo que distinguimos, con esfuerzo, nombres salvajes como el simulacionismo, el neo-pop, el superflat, el plop-art, el bad painting (de éste es posible hallar millares de ejemplos), la transvanguardia, el lowbrow o surrealismo pop, el toy-art y docenas de abstracciones más que desafían la vista y la paciencia, así existen (o simulan hacerlo) el anarco-capitalismo, el mutualismo, el anarquismo vegetariano, el ecopesimismo, el neo-ludismo, el primitivismo autárquico, el anarco-sindicalismo, el comunismo anárquico y docenas de abstracciones más que desafían el pensamiento y la paciencia. Como las ancestrales guerras entre teólogos, estas ramas de la confusión se combaten entre sí con más denuedo que al enemigo común. Perlman es considerado, no sin razones, el iniciador de algunas de estas mansas monstruosidades.

Oskar Martin-Amorbach: El sembrador, 1937. Colección privada.

En 1984 Fredy Perlman publicó en el periódico Fifth State una extensa homilía en la que acusaba a la ciencia de ser la aliada natural del capitalismo, de ser llevada esa complicidad a sus ojos nefasta hasta sus máximas consecuencias por Israel. Perlman deslizaba una lógica a la que seguramente juzgaba inapelable: dado que ya a mediados de esa década se presentía el colapso del capitalismo burocrático de los regímenes comunistas, los cuales habían encaramado al Estado a la condición de supra-clase social explotadora del resto de la población por obra de sus miembros y acólitos, Perlman razonó que si los judíos, a quienes los ejércitos aliados habían rescatado del Holocausto, se comportaban como ángeles exterminadores en sus conflictos con los países árabes en general y con los palestinos en particular, el oprimido, torturado y masacrado de ayer será el guardia del campo de concentración de hoy, de la misma manera que el mercader oprimido por la nobleza de antaño se había travestido en el sádico burgués que reducía a la miseria al asalariado en la actualidad. La solución, según Perlman, era la abolición de la civilización, a la que el autor hacía equivaler, en un razonamiento harto apresurado, al nacionalismo:

“The pure scientist, poets and researchers consider themselves innocent of the devastated countrysides and charred bodies. Are they innocent? It seems to me that at least one of Marx’s observations is true: every minute devoted to the capitalist production process, every thought contributed to the industrial system, further enlarges a power that is inimical to nature, to culture, to life. Applied science is not something alien; it is an integral part of the capitalist production process. Nationalism is not flown in from abroad. It is a product of the capitalist production process, like the chemical agents poisoning the lakes, air, animals and people, like the nuclear plants radioactivating micro-environments in preparation for the radioactivation of the macro-environment.” (Fredy Perlman, The Continuing Appeal of Nationalism).

“El científico dedicado a la ciencia pura, los poetas y los investigadores se consideran a sí mismos inocentes de perpetrar campiñas arrasadas y cuerpos carbonizados. ¿En verdad son inocentes? Se me ocurre que al menos uno de los asertos de Marx es verdadero: cada minuto dedicado al proceso de producción capitalista, cada pensamiento con el que se contribuye al sistema industrial, agigantan un poder que es hostil a la naturaleza, a la cultura, a la vida. La ciencia aplicada no es una entidad extraña; es una parte integral del sistema de producción capitalista. El nacionalismo no es un producto foráneo. Es un prodcuto del proceso de producción capitalista, como los agentes químicos que envenenan los lagos, el aire, los animales y la gente, como las plantas nucleares que derraman radioactividad en micro-medio ambientes preparándose para el derrame de radioactividad en macro-medio ambientes.” (Fredy Perlman, La continua seducción del nacionalismo. La traducción, mejorada del obtuso original en tanto ha sido posible, pertnenece al autor).

Karl Alexander Flügel: La siega, 1938. Colección privada.

Perlman no se hubiera ruborizado ni ofuscado en el caso de que durante un debate se lo hubiese acusado de ser un hombre de izquierda. No obstante, el párrafo transcripto más arriba bien puede ser el puntal de un manifiesto del romanticismo alemán: con excepción del nacionalismo, al que los románticos alemanes veían con signo positivo en tanto su carácter fuera étnico, Perlman revaloriza los componentes de la ideología que llevara al nacional-socialismo al poder bajo el jacobino disfraz de una revolución contra la anquilosada burguesía de entreguerras. Si se quiere pensar en algún filósofo que hubiera deseado plagiar con agrado estas frases, masivamente la elección recaerá en el decidido oportunismo de Heidegger. La inclusión del nacionalismo entre las pestilencias de la civilización no es ajena a su opinión acerca del Estado de Israel; para Perlman, la constitución de Israel en una nación no es una reparación histórica ni una compensación justificada por seis millones de cadáveres convertidos en humo, sino una jugarreta de las grandes potencias para mover a su antojo a su alfil en el Oriente Medio. Está claro que ambas interpretaciones son parcialmente demostrables y, en un caso, hasta cínica. Perlman diferencia con claridad las suertes de Hitler y las de Israel: el odio que acarreamos por el nazismo proviene de su derrota, en tanto que los éxitos de Israel nos empapan de bobalicona admiración. Failure is foolishness, reza Perlman. El fracaso es estupidez.

John Zerzan

Ha de notarse que Perlman, seguramente más platónico que aristotélico, menciona una misteriosa entidad (power), cuyo motor es el modo de producción capitalista, cuya parte inseparable es la ciencia aplicada, que es intrínsecamente enemiga de la naturaleza, la cultura y la vida. Perlman, quien recibiera a regañadientes un doctorado en economía en Belgrado, elogia sin sarcasmos formas de producción precapitalistas; ya que el proletariado ha perdido su calidad de sujeto histórico, Perlman se inclina por recomendar al planeta el modo de vida de los pueblos originarios (y presupone de éstos incapacidad para adaptarse a la maldita modernidad); como presintiendo su fracaso, la liberación de la clase trabajadora es relegada en favor de la de la clase primitiva pero sana, incontaminada por los violentos errores de la civilización. Barruntando su descrédito, Perlman se concentra en la redención de una entidad sin conciencia, la naturaleza, virgen otra vez por la desaparición de la catástrofe de la maquinaria. En su trabajo Against His-tory (sic), against Leviathan!, Perlman define los principios del anarco-primitivismo; nos concentraremos en la falacia que predica que en el estado natural no existe el patriarcado ni la división social del trabajo. Nada más erróneo: en las sociedades primitivas la mujer es un mero vehículo de intercambio; su debilidad relativa frente al varón la hacía acreedora de las tareas más infelices, jamás de la toma de decisiones. En los sangrientos encuentros entre tribus o grupos que se disputaban el acceso a una fuente de agua o a un territorio de caza, las mujeres eran botín del vencedor y su destino dependía (enfermedades y depredadores mis à part) de su grado de fertilidad. Las desigualdades son más desiguales en un contexto ajeno a la ausencia de la barbarie. La noción de Perlman, basada en los desatinos de Lévi-Strauss, acerca de un paraíso perdido en donde fluían ríos de miel y las personas intercambiaban bellos regalos es una concepción histórica ultraconservadora que nada tiene que hacer en compañía de un hombre que decía sostener ideas que, aunque resentidas y desilusionadas, provienen de la izquierda clásica. John Zerzan, orgulloso aunque algo desharrapado seguidor de Perlman, llega a proponer la destrucción de mecanismos simbólicos de la humanidad, tales como el lenguaje, las matemáticas  y el arte, y la erección de métodos directos de cognición, como el hedor o los gruñidos. Concedo que en más de un ejemplo la medida gozará de cierta popularidad.

El historiador Zeev Sternhell es, quizás, la mayor autoridad académica en el campo de los oscuros estudios acerca de los orígenes del fascismo. Sternhell rastreó el nido de la serpiente no sólo hasta el ya presentado romanticismo alemán, sino también hasta los movimientos espiritualistas franceses, los que negaban una visión individualista y materialista del hombre. Como tales, soñaban con un feroz retorno a los orígenes idílicos de la comunidad (el individuo, por supuesto, no contaba) que se realizaría, de producirse su acceso al poder, por fuerza de la destrucción de todas las miserias de las sociedades modernas. Ese turbio sopor que envolvió la vigilia de Fredy Perlman permanece, desordenada pero febrilmente, en los sombríos designios de aquéllos que nos desean, sedientos, la aniquilación total.

Hadrian Bagration

 

NB: Juiciosamente, el historiador del arte Peter Adam (Art in the Third Reich) concluye que Alemania no se hallaba, como vociferaba Hitler, en los albores de un nuevo Renacimiento en lo que toca a la producción artística con el arribo del nazismo al trono. El arte nazi era una forma vacía que fue atosigada con iconografía sentimental, moralista y pastoril en la pintura y con gigantismo hueco en la escultura y la arquitectura. Los ejemplos de Junghanns, Martin-Amorbach y Flügel ilustran sobradamente la similitud entre la Weltanschauung nacional-socialista y la actividad onírica del pesimismo cultural moderno.

 

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