Palimpsestos: Apuntes sobre el mínimo arte del retorno

Jean Jacques Henner: La liseuse, ca. 1880-1890. Musée d'Orsay, París.

Veinte han sido ya los escuetos artículos, reseñas, semblanzas, reflexiones, mutuos reproches, empobrecidas crónicas o indiscretas e íntimas (aunque anónimas) confesiones que la estoica paciencia del lector me ha permitido, no sin cierta resignada generosidad de su parte, publicar en esta aún modesta pero ambiciosa plaza de la Internet. Treinta días han transcurrido desde que aconteció la primera de las líneas, quizás injustificadamente. Ciertas obsesiones ya irrefutables en mi carácter se han encargado de la caótica selección de los temas. No he escrito para el asombro porque no ignoro que soy capaz de lograrlo sólo fugazmente; mis intromisiones en el mundo de las letras virtuales hallan su raíz más en la satisfacción de una caprichosa vanidad intelectual que en la tenaz defensa de una posición o de una ideología. Sospecho, sí, que al igual que la mayoría de los hombres soy más diestro en el oficio del rechazo que en el de la dádiva. Creo, es verdad, que cada quien es su propio dios y que da a luz al mundo en la similitud de sí mismo que supone poseer. La comedida majestad de mi habilidad para garabatear juicios sobre el blanco de un papel –o sobre la mortecina luz de una pantalla- es prueba suficiente de mis limitaciones como escritor: la sencillez de la condena o de la apología disfrazan la ausencia de un más complejo, y por ello menos profuso, árido hábito del análisis.

En palabras de Hegel, cada conciencia persigue la muerte de las otras. No he conseguido evadir esa tendencia egocéntrica y despótica; puedo jactarme, sin embargo, de haber obsequiado a quienes se han atrevido a la frecuentación de estas páginas, aun a su pesar, con una visión de la Historia y sus agentes a la que considero lejos de la utopía pero cerca de la modernidad, ese perenne regalo iniciado por los osados enciclopedistas del Siglo de las Luces bajo cuya envoltura evolucionaron la democracia, el laicismo, el conocimiento científico, la liberación de la mujer, la libertad sexual, la tolerancia para con las minorías de toda clase y un concepto antropocéntrico de la existencia humana basado en la realización a través del saber y del placer, según la sabia sentencia de Oscar Wilde pronunciada no sin valor no mucho antes de ser arrojado a las mazmorras.

En la soledad de un apartado hotel en alguna de las lejanías del mundo leí con fruición, hace unos veinte años, el originalísimo ensayo del no siempre ocurrente filósofo Jean Baudrillard, Cool Memories, producto de sus experiencias y visiones de la transición de los alocados principios de la década de los ’80 en los Estados Unidos en carrera hacia los más recoletos lustros que los sucedieron. A medio camino entre la novela de educación, el guión de una road movie y la crónica de costumbres, Cool Memories es un cuaderno de notas, en ocasiones introspectivas y erráticas, que bañan la gigantesca geografía del coloso estadounidense con la melancolía jubilosa del autor francés. No he superado a Baudrillard, sensata fue mi decisión de no intentar hacerlo. Empero, las anotaciones que me atrevo a consignar a los párrafos que escribí para Luminosa lentitud de la impureza son sólo un indicio más de que el escritor siempre vuelve a la escena de su obra, añorando la interminable e imposible oportunidad de obtener ese ilusorio brillo que concede la maladie de perfection, y que se esfuma toda vez que creemos, como al origen del viento, haberlo alcanzado.

Hadrian Bagration, 19 de Mayo de 2010

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