Miércoles de cansancio

Agnes Jorgensen: Sleeping giant, ca. 2005. Colección privada.

Dies Mercurii en su origen más rancio, la jornada de Odín (Woden’s day) en la germanía, el miércoles son las horas en las que comienza a asentarse ese estado de sinceramiento vital que llamamos fatiga. Recorrer una ciudad para hallar o conceder alivio, cuanto más enorme e impersonal ésta, tanto mejor, es una forma accesible (pienso en la palabra inexpensive) de vagar por el mundo; en cada urbe conviven todos los tipos humanos, es probable que en cada hogar así suceda, y hasta en cada individuo, dadas las suficientes garantías de anonimato.

Una dolencia mansa me enfrentó hoy a un profesional de la salud. Sartre acertaba al explicar cómo los oficios se encarnan cual divinidades pícaras en quienes los ejercen, y les insuflan una voluntad que borra el poder del capricho del humano. La medicina es un retórico género menor cuyos asertos no admiten réplica y que posee el monopolio del combate contra el dolor corporal; para aquéllos que lo han padecido en sus variantes más impiadosas, el único que existe más allá de las fantasías en las que se disuelve la angustia. El médico suele ser una composición de voz amable, porte docto, amigable o sereno según el caso, recatado hasta los límites de la probable rectitud; se le exige ostentar ese credo flexible con el que fustigamos a quienes nos ofenden y que denominamos ética. Una zafia característica hermana, sin embargo, a casi todos los vastamente ramificados discípulos de Hipócrates: en su opinión, hartos de ser importunados por recurrentes ayes, todos los sufrimientos son prolongables por oscuro designio de la todopoderosa enfermedad; la muerte del dolor es, por desgracia ajena a sus voluntades, un hecho siempre aplazable.

La a veces solitaria fiesta que nos ofrece la juventud declina cuando en nosotros asoman los primeros síntomas de ese inmisericorde crepúsculo que conocemos como cansancio. Llega el instante en el que la caída del sol marca el fin del día y no su comienzo eufórico y nocturno. El sueño deviene una telaraña de la que no nos debatimos para escabullirnos; más bien, dormimos ansiando que las tinieblas se extiendan, que nadie llame a la puerta ni nos sacuda el hombro, que esas tareas que no podemos ahuyentar, como la mordedura del dolor, nos dejen en paz.

Days become uneventful as we grow old; es sabido que no somos nosotros quienes estamos hechos de tiempo, sino él quien se compone de la vulnerabilidad y de la refulgente impureza de nuestra materia; sin humanidad, el tiempo no sería. Es para honrarlo que vivimos, y para arriesgarnos al albur de que mañana haya alguien, el tiempo lo quiera, que se apasione con nuestra fragilidad ante el dolor y con nuestro cansancio.

Hadrian Bagration

Felicidad y decadencia de los inocentes

Jon Stamford: Passion, sin datación. Colección del autor.

En épocas en las que la infancia era más endeble (los hechos a los que haré referencia deambulaban por los años en los que en Latinoamérica las autoridades militares eran tan cuestionables como la sed de sangre de las divinidades aztecas), algunas escuelas de índole confesional habían puesto en boga un juego al que denominaban, sin mayores pudores, la guerra. Las reglas eran harto sencillas: dos bandos se enfrentaban en un rectángulo dividido en sendos campos antagónicos; una pelota oficiaba de proyectil, con ella se buscaba impactar en cualquier parte del cuerpo de un adversario. Si éste no evitaba que la bola cayera al piso luego de ser golpeado por ella, su vida, en lo que tocaba al encuentro, llegaba a su fin. El balón era la metáfora del plomo. La ingenua niñez impedía establecer diferencias entre heridas leves y letales: todos los alcanzados eran, llanamente, muertos. Eliminados del match, se amontonaban en la retaguardia del equipo rival, un apartado al que se le daba el teológico nombre de cielo. Más similar a los infiernos clásicos, en donde las almas de los difuntos se apiñaban sin consideración de su conducta terrenal, desde ese lugar era posible matar a los enemigos sobrevivientes o ceder la táctica del cañonazo a los aliados que aún se contaban en el mundo de los vivos.  Los combates no tenían cuartel: sólo se daba por terminado un juego cuando la totalidad de uno de los equipos era exterminada. No descarto que habrán quienes recuerden con afecto esos días de viril preparación para la batalla por la existencia.

Un divertimento menos frecuente pero algo más cruento era la caza de la vizcacha. Éramos conducidos tierra adentro en un ómnibus escolar;  al bajar, a cada niño le era entregado un palo. Los encargados del contingente introducían mangueras en las guaridas de los animales; es de presumir que las crías morían ahogadas. Cuando los adultos intentaban huir se encontraban de frente con un muro de jovencitos ávidos de hazañas que los deshacían a bastonazos; no era raro que los cadáveres de las vizcachas no sirviesen ni para alimento de los perros. Fue en los alrededores de esas fechas que mi asombro oyó por primera vez una sutil justificación del Holocausto de boca de un maestro grandulón y afable, severo en su justa medida e ideólogo principal del juego de la guerra: Si Hitler, antes de morir, se arrepintió de todo corazón y pidió perdón, Dios lo habrá perdonado. Sus palabras, que eran las de un creyente más que ferviente, eximían al austríaco en cuestión de la dura reprobación que fomenta la Iglesia Católica para con los suicidas, quizás en reconocimiento al alto servicio que éste prestara en contra de la terquedad del judaísmo.

Una mañana fría de sábado fuimos reunidos en uno de los patios, el más amplio, para oír la áspera arenga que un uniforme de términos titubeantes nos espetó; con una lógica extraña y ajena a los conocimientos que le sospecho poseería, farfulló vaguedades acerca de una cruzada contra el mal, de la que nosotros éramos, desde la modestia de nuestros pelotazos y despedazamientos de vizcachas, partícipes. Ese verano pasé una temporada en un pueblecito de Adrogué, no lejos de un hotel en el que se hospedara Borges en momentos de mocedad (yo lo sabría mucho después). A la casa en la que me alojaba llegó el rumor breve y brutal de unos disparos. En las calles hubo una corrida. Quienes vivían conmigo pensaron que una desgracia podía haberle ocurrido a uno de los miembros de la familia, quien se había ausentado para ocuparse de un trámite. Tras una esquina vi el cuerpo seco de una mujer; un par de hombres con armas en la mano comentaban el éxito de la cacería a quienes se avinieran a conversar con ellos. Muchos vecinos se convirtieron en espontáneos exégetas de la acción; uno de ellos explicaba a su hijo, que observaba la escena con un dedo entre los labios, la trayectoria de las balas. Manos cariñosas me apartaron de esa realidad que la ficción no envidia y me refugiaron en la relativa seguridad del hogar.

Era costumbre algo risible que, a medias en broma, se nos otorgaran grados militares y que fuésemos llamados a dar la lección del día o a hacer de mandaderos por nuestro apellido precedido del rango que la voluntad de los docentes había tenido la bondad de obsequiarnos. Mis relaciones con compañeros y superiores, excepto por alguna excepción que me honrara, consistían en una respetuosa hostilidad; no nos estimábamos, y en ocasiones nos lo hacíamos saber. La dirección del establecimiento no solía ampararme: ni una sola vez se me concedió una altura mayor a la de un cabo. En medio de generales que aún se afanaban intermitentemente por memorizar las tablas de multiplicar y las reglas de colocación de las tildes transcurrieron esos años lentos y chirles.

Suelo escuchar imprecaciones que sollozan por el perdido honor que aseguraba a las figuras de autoridad el poder absoluto sobre los actos y los pensamientos de la prole; abundan, se dice, demasiadas licencias; han brotado, se esgrime, demasiados permisos; nos hallamos, es la queja, ante el desencanto de la decadencia. Rememoro esas tardes sucias de hipocresía y de feroz enaltecimiento del oficio del verdugo con el que se adoctrinó a más de una generación y es mi único deseo que el caos que acecha a la sagrada inocencia de la juventud acabe por corromperla feliz y completamente.

Hadrian Bagration

Saramago, de aquí en más

John Keats revive, en un poema de principios de 1819, las acres polémicas en las que se enzarzaban los partidarios de los dramaturgos más diestros de la Inglaterra isabelina en un establecimiento de reputación nada dudosa, la Mermaid Tavern, al este de la catedral de Saint Paul. Las parcialidades más ardientes correspondían a los dos autores más dotados: quienes se inclinaban por Jonson insistían en que el rigor clásico de sus comedias lo parangonaba con Plauto o Terencio, de quienes era legítimo sucesor; quienes se declaraban por Shakespeare, argüían una imaginación sin rienda y un uso de la lengua inusual. Para los seguidores de Jonson, tal licencia era anatema; la escasa formación escolástica de Shakespeare, demostrada en su difuso manejo del griego y del latín, lo hacía inelegible para la canónica posteridad. Thomas Fuller, historiador que era aún un niño en la fecha de la muerte de Shakespeare, recogió con paciencia los alegres recuerdos de quienes juraban haber presenciado los combates verbales entre quien escribiera Love’s Labour’s Lost y Jonson: era dogma de ese tiempo que ambos literatos se detestaban, que Shakespeare importunaba a su adversario con argumentos ingeniosos hasta la procacidad, y que Jonson se dignaba contestar de reojo con citas de los gloriosos antiguos. Releer a Fuller es sospechar que tampoco él creyó en la veracidad de esas acaloradas justas orales; quizás ambos hombres se entretenían trocando la pluma por el espontáneo escenario de una taberna atestada en la que , para escapar al tedio del día y al tedio de la literatura, improvisaban un escenario sobre el que disputar como veteranos actores.

Harold Bloom reprochó a José Saramago el haber comparado la penosa situación que sitia al pueblo palestino con Auschwitz; agregó de inmediato que de acuerdo a su juicio, nada erróneo, Saramago era uno de los mayores novelistas de la actualidad, y que el avaro futuro no lo olvidaría. A despecho de esa equivocación, a Saramago pertenece asimismo la inusitada valentía de haber roto públicamente con la barbarie del castrismo, de declararse sin ambages ateo (“Dios es el silencio del universo, y el ser humano, el grito que da sentido a ese silencio”), de redactar en un estilo incómodo para la ramplona industria editorial, cuyo mérito mayor es la simpleza de lo vendible, de reflotar, aun cuando sea por años escasos, un género al que la nada docta indiferencia del lector ha descuidado hasta enfermarlo de muerte.  Sobrevivirá la novela por tiempo incierto, y gracias a este buen portugués sucederá.

Al saber de la muerte de Shakespeare, Ben Jonson contribuyó a editar el primer folio de sus obras, al que añadió un prefacio que comienza con estas líneas: “To the memory of my beloved, THE AUTHOR (las mayúsculas le pertenecen), and what he hath left us.” (A la memoria de mi amado, EL AUTOR, y a lo que nos ha dejado) Cuando alguien osaba contrariar la memoria de Shakespeare en su presencia, Jonson, haciendo evidente su malestar, sentenciaba: “He was not of an age, but of all time.” (No pertenecía sólo a una época, sino a todos los tiempos). Bloom lo asegura, y debemos creerle, que Saramago también lo será.

Hadrian Bagration

Borges llueve

Borges por Alicia D'Amico, 1963

Borges fue, como el francés, regalo de mi madre. Mi descubrimiento de su obra aconteció en la dilatada biblioteca familiar, que contenía sus originales y las versiones en lengua inglesa en las que el mismo escritor se afanara junto a su amigo y traductor Norman Thomas di Giovanni (las que ya casi no existen, y bien pueden considerarse  como trabajos de amor perdidos de Borges). Había sucedido mi  despertar al sexo mas no su consumación; el lector deducirá que hablo de tiempos harto pretéritos. El azar quiso que el primer poema que se reveló a mis ojos fuera aquél acerca del bárbaro (este término pasa hoy por un elogio en los diccionarios de la posmodernidad) Timur-i Lang, al que la tradición latina llama Tamerlán. El terror que causa su hábito de  la destrucción no es capaz de sustraerlo al temor que le produce la intuición de la proximidad de su muerte. Es la desesperación la que lo empuja a ordenar a sus ejércitos que apunten sus arcos hacia la bóveda del mundo para asesinar a las avaras divinidades que le niegan la eternidad:

“Ordenaré que mis arqueros lancen

Flechas de hierro contra el cielo adverso

Y embanderen de negro el firmamento

Para que no haya un hombre que no sepa

Que los dioses han muerto.”

No me abandonó esa imagen inmensa de millones de dardos arrojados hacia el norte de la frágil silueta de la humanidad como una lacrimosa lluvia inversa que llora su mortal impotencia. El 14 de Junio de 1986 Borges murió en Ginebra; es posible que las circunstancias, lúcidas o tormentosas, de sus últimos días no sean sabidas nunca.  Aunque se jactaba de su anglofilia, no dejaba escapar ocasión de reprochar a los británicos el haber inundado los continentes con deportes estúpidos; la casualidad, no sin ironía, hizo fallecer a Borges en medio de un campeonato mundial de fútbol. Un 14 de Junio, pero de 1982, las ateridas tropas argentinas se rendían en el Atlántico Sur; lejos de constituir una humillación, esa derrota fue el triste sacrificio necesario para que acaeciera el principio de la descomposición de la casta militar que había perpetrado, entre otros laudables actos de valentía, el estoico arte de la paciencia para con los períodos de gestación de mujeres embarazadas en cautiverio medieval, a las que se asesinaba luego del alumbramiento y del robo de los recién nacidos, como se procede con los animales engordados para la gula de los banquetes.

Las relaciones de Borges con el más reciente régimen militar argentino se resumen con imparcialidad en un texto de Juan Gelman, Borges o el valor, en el que el autor reconoce que la actitud de Borges para con las juntas fue de enfrentamiento directo. Sus detractores suelen insistir en la leyenda de su complicidad con la niebla de los generales, y recalcan para ganar ese objetivo falaz una anécdota que es ya parte de la memoria popular y al mismo tiempo un complejo acto de desinformación, sobre la cual convendrá descorrer el impiadoso manto de silencio: el 19 de Mayo de 1976 Borges concurrió a la Casa Rosada, deshonrada en ese entonces por el usurpador Videla, para asistir a un almuerzo; habían sido invitados también Ernesto Sábato, Horacio Ratti, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores y el sacerdote Leonardo Castellani. El mito, reproducido hasta la náusea por uno de los mayores adalides del plagio, García Márquez, quien recoge la versión canónica que ofreciera Castellani, sostiene que Borges halagó profusamente a Videla y solicitó para el país una guerra de purificación; iguales sandeces habría proferido Sábato, en tanto Ratti deslizaba en manos de Videla una lista de escritores desaparecidos en la que figuraban Roberto Santoro y Antonio Di Benedetto, y Castellani hacía igual cosa con un pedazo de papel en el que se había escrito el nombre de Haroldo Conti. Esas audacias son sólo atestiguadas por los  módicos héroes que las protagonizaron: Ratti era un burócrata genuflexo al que la comisión directiva de la SADE había encargado una misión cuyo cumplimiento era de constatación imposible. Castellani relató haber recibido en su domicilio días antes del ágape a una persona que pidió por la vida de Conti; solícito (si hemos de creerle) , transmitió el ruego a Videla. Estos testimonios se volcaron en una publicación brancaleónica, la revista Crisis, la que reunía en su redacción a los coqueteos mutuos del nacionalismo católico (al que adscribía Castellani), el Partido Comunista, que había presionado para crear a su imagen a la comisión directiva de la SADE (y en razón de ello Ratti fue cargado con la incomodidad de importunar a la suma del poder con sus súplicas), un oxímoron (una de las figuras retóricas arrastradas hasta los extremos de la maestría por Borges) denominado peronismo de izquierda y toda la exótica fauna que componía en esos años al socialismo nacional, ingenuo creyente en las limitaciones que se impondría a sí mismo el totalizador exterminio del régimen militar. Sábato había publicado vastamente en Crisis antes de distanciarse de sus directivos, entre los cuales se contaba la áurea mediocridad de Eduardo Galeano; ese conflicto tras los telones ofició para que se lo desacreditara junto con Borges en favor de las arriesgadas gestiones de Ratti y Castellani. La revista Crisis, por supuesto alérgica a Borges y enemistada con Sábato, reservó para ellos el papel del sicofante. Semanas después era clausurada por el gobierno, quien pagaba de ese modo el salario del apoyo crítico, predicado por el Partido Comunista, a la sinuosa figura de Videla.

En 1980, uno de los años plomizos de la dictadura, Castellani fue entrevistado por el comentarista deportivo, presunto escritor (esta boutade es una paráfrasis de Gelman), Rodolfo Braceli, por entonces al servicio del servil semanario Siete Días. Nada quedaba de la temeridad que el religioso había sabido esgrimir (siempre según su propia deposición) en aquella oportunidad gastronómica. Castellani, además de las reiteradas blasfemias en contra de la modernidad y la relajación de costumbres nada sorprendentes en quienes ejercen su escasamente prestigiosa profesión, se permitió proferir declaraciones nada dudosas en lo que respecta a su pensamiento político, más cercano a la antigua línea editorial de Crisis que, quizás, lo que el iluminado staff de la revista hubiera sospechado: “Bien mirada, la pena de muerte es más cristiana que la prisión perpetua, que no hace sino pudrir al criminal y no lo convierte ni mejora. Jesucristo no reprobó la pena de muerte. Al fin y al cabo para un cristiano es preferible la salvación del alma del injusto que la conservación de su vida para que la pierda“. En la impávida opinión de Castellani, es acción amantísima dar muerte al infiel, para de ese modo impedirle el riesgo de la condenación. Podía sentirse muy a gusto el padre Castellani en la fecha de su sentencia: en la Argentina sucedía, en toda ocasión, su designio.

Castellani y Braceli: diálogo de obtusos

¿Cómo llevar a cabo la roja pero sagrada hechicería que mezcla dos ingredientes tan disímiles como el asesinato y el amor? La palabra que da respuesta al enigma es órgano sustancial del pensamiento preconciliar de Castellani: la cruzada. Amplia y profunda era la que estaba en continuo proceso de realización y de renovación en este país en los momentos  en que Castellani emitía su consabida ortodoxia. El sacerdote no menciona en una sola línea de esa extensa y autovenerable entrevista su preocupación por la suerte de los desaparecidos, en 1980 mucho más numerosos que aquéllos que integraban la nómina de Ratti o la solitaria presencia en un trozo de papel de Haroldo Conti. Tal vez se hubiera marchitado, en razón de su avanzada edad, algo de su valor, mas no así el fulgor de su lucidez cívica: “Los nacionalistas y los no nacionalistas muchas veces  han querido imponer dictatorialmente la moral a toda esta nación, pero han fracasado. Porque no eran dictadores de verdad”. Braceli pregunta luego por las características deseables en un hombre fuerte. Castellani contesta: “Es necesario que sea un santo. Porque el grado de violencia que un hombre tiene derecho de inflingir a otros hombres corresponde, por lo menos, al grado de amor que les tiene.” Resulta fácil imaginar a Castellani decretar la absolución de un uxoricida a causa del hondo sentimiento que lo indujo a matar a la mujer con la que compartía el lecho. ¿No habían sido acaso el amor al pecador y a su destino de ultratumba los cosmbustibles que encendieran las hogueras de la Inquisición? El entrevistador inquiere acerca de su concepto del periodismo: “Yo creo, como Kirkegord (sic), que el periodismo de hoy es una gran porquería, pero una porquería necesaria, buena.” Nos es dado sospechar que Castellani adeudaba de su paso por el seminario sacerdotal algunas asignaturas relacionadas con la ciencia de la lógica.

Borges por Héctor Villalobos, 1973

Braceli compara a Castellani, precisa e inexplicablemente, con Borges, y destaca su animadversión por Sartre, quien muriera el mismo año en el que Borges firmara la solicitada de las Madres de Plaza de Mayo hecha pública por el diario Clarín el 12 de Agosto de 1980, la cual exigía del régimen la explicación del destino de los desaparecidos. Es justo aclarar que el documento fue tambien suscrito por Sábato. El 16 de Septiembre que siguió a esa demanda, Borges reflexiona en un reportaje concedido al periódico italiano Panorama y reproducido por Clarín, anticipándose a quienes cuestionarían la supuesta hinchazón de las cifras de quienes fueron aniquilados en medio del tormento: “Se dice que el número de víctimas ha sido exagerado, pero bastaría un solo caso, Caín mató a Abel una sola vez, Cristo fue crucificado una sola vez.” La piedad de Borges, un confeso agnóstico, resulta muy superior a la del confesional Castellani. En Octubre, agrega: “Las declaraciones oficiales dicen que sólo hay ochocientos dos presos políticos. Bueno, ochocientos dos presos políticos sin defensores, y el hecho de que estén detenidos clandestinamente, es algo que yo no acepto.” El 10 de Abril de 1981, Borges afirma en una entrevista de Roberto Alifano para el mismo diario que las autoridades de la dictadura deben publicar los nombres de las personas desaparecidas, pero que “eso no va a suceder. Hacer eso es declararse culpable”. Es oportuno recordar que el mecanismo productor de secuestros, torturas y ejecuciones funcionaba sin descanso todavía en esas fechas, y que el proceso militar no se tambaleó sino hasta después de la debacle bélica, instante luego del cual más de un antiguo apologista se reencontró con su fervor democrático.  Un testimonio oral subraya de Borges una hidalguía que pocos están dispuestos a reconocer: el día de la aparición de la solicitada en Clarín, Borges fue consultado radiofónicamente acerca de si su apoyo a esos párrafos era real; en otras palabras, desde las alturas del poder se le otorgaba la posibilidad de la retractación. Ante el estupor de los desde hacía largo tiempo prosternados conductores del programa, Borges, contumazmente, respondió que sí. De inmediato la transmisión se cortó. Juan Gelman, con cuyo pensamiento Borges no concordaba,  es quien rescata el coraje de un hombre anciano y ciego en una tierra sin leyes.

María Elvira de Alvear Cambaceres

Una desprolija superstición hace de Borges un escritor gélido, más apto para el comentario de las heladas sagas de Escandinavia que para la celebración del costado carnal de las pasiones. Basta vagar por entre sus páginas guiados por la luz de un errabundo azar para desmentir ese error. Borges es el autor de un poema de amor que no tiene parangón en la historia de la literatura. Nadie ignora que es fatalmente sencillo componer versos apurado por la euforia de la conquista o la meláncolica furia de la desazón; también son aliados de las musas el rencor o el desprecio, o la pérdida. Hablar de amor cuando éste ya ha cesado, pero hacerlo con la serena compostura de quien admite que por instantes efímeros vuelve a enamorarse de los restos de la majestad de quien ejerciera sobre él el poder del abrazo es sólo generosa capacidad de Borges. Cuando Ronsard advierte a Helena que lo extrañará en una vejez que la privará de su atractivo, los versos son a un tiempo un reproche y una maliciosa predicción (Quand vous serez bien vieille, au soir, à la chandelle,/Assise auprès du feu, devidant et filant,/Direz, chantant mes vers, et vous esmerveillant :/Ronsard me celebroit du temps que j’estois belle). De Elvira de Alvear se recuerda con hilaridad un descuido no exento de cierta justicia literaria: había prometido al ávido Neftalí Ricardo Reyes (cuyo nom de plume fue Pablo Neruda), un ya algo olvidado y aceptable escritor, amén de deleznable persona, la publicación de Residencia en la Tierra, desde la fortuna que el linaje del que descendía Elvira le permitía. Reyes (o Neruda) envió presuroso el manuscrito a París, por el que se le abonaría una suma cuantiosa. Elvira lo extravió; el despojado poeta la asedió con misivas en las que la tildaba de irresponsable, de loca y de gusano. Seguramente olvidaron quienes habían tenido a su cargo la educación de Neruda impartir la lección que establece que los caballeros no tienen memoria.  Borges había cortejado con seriedad pero sin éxito a Elvira de Alvear; hay exégetas que la identifican con la Beatriz Viterbo de El Aleph, la Teodelina Villar de El Zahir y la Beatriz Frost de El Congreso (término que simboliza, en una acepción perdida accesible sólo a la inteligencia de Borges, la cópula). La declinación económica del módico patriciado argentino y la del país en general esfumaron los tesoros de la familia Alvear. De su casona en París, Elvira se rebajó a existir en un departamento ínfimo del barrio de San Telmo. La lenta hiedra de la locura la cubrió, como una clámide brumosa. Hasta su muerte, Borges, ya amainada la época más punzante de su afecto, la visitó en ese refugio indigno. Elvira ya no era hermosa ni rica; agitaba una campanilla y se quejaba de la holgazana tardanza de una servidumbre fantasmal. Borges le obsequiaba el más tierno de los regalos que puede prodigar un hombre a la mujer que ha construido por años el sinsabor del rechazo: para él, Elvira era, todavía y siempre, y así se lo insinuaba con compasivo y hábil pudor, bella y afortunada, para que esos días indecorosos lejos de la brillante Europa transcurrieran en el candor de aquella otrora amada mujer y en la felicidad de ignorar el saberse sumida en la caída de la pobreza y la fealdad. Quien recorra los versos que describen la extensión de la relación de Borges con Elvira de Alvear hallará de ella sólo la imagen del encanto:

“Todas las cosas tuvo y lentamente
todas la abandonaron. La hemos visto
armada de belleza. La mañana
y el arduo mediodía le mostraron,
desde su cumbre, los hermosos reinos
de la tierra. La tarde fue borrándolos.

De Elvira
lo primero que vi, hace tantos años,
fue la sonrisa, y es también lo último.”

Borges en el Hôtel d'Alsace en 1969, por Pepe Fernández

1944 es el año de Normandía en el oeste y de la ofensiva Bagration del Ejército Rojo en el oriente; ésta arrasará más hombres y armas de la Wehrmacht que Stalingrado y llevará a los rusos hasta el Vístula y los arrabales de Varsovia. En 1944 la literatura escrita en lengua española es modificada para el asombro de varios de los siglos por venir. Artificios es universalmente catalogada como la segunda de las partes que componen a Ficciones, volumen de Borges que data de 1941. Cada uno de los cuentos (género hoy moribundo en razón del imbécil dictamen de la industria editorial) que constituyen ambos ciclos es una obra maestra. No es sin embargo hasta 1956 que Ficciones encuentra su forma definitiva en edición de Emecé. Borges advierte en el prólogo con añeja indiferencia por su fama que El Fin, tal vez la pieza corta mejor lograda jamás escrita, casi no le pertenece: fuera de algún personaje menor, todo es una invención de Hernández que él ha querido reescribir sin mayor pretensión. Un hombre espera a otro en la rústica soledad de una pulpería para vengar una muerte. El hecho es observado desde la inmovilidad de un camastro por el patrón, cuya vista es testigo del estallido del genio de Borges: antes de revelar el desenlace, que nadie barrunta, el combate se interrumpe y la voz de un escritor por entonces casi ignoto se inmiscuye entre los aceros y dice: “Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo: nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos y es intraducible como una música. Desde su catre, Recabarren vio el fin.” No ha de existir escritor en cualquier lengua que no desee ser el agradecido autor de esas líneas.

Borges y Beppo

Más de una vez Borges manifestó un capricho gentil: morir en el mismo hotel de la Rue de Beaux-Arts en el cual se apagara Oscar Wilde en Saint-Germain-des-Prés. Narran las biografías que el 30 de Noviembre de 1900, Borges contando ya con algo más de un año, Wilde moría en la habitación número dieciséis del  Hôtel d’Alsace a las dos de una tarde lluviosa. Seis décadas depués, Borges, incorregible apologista de Wilde, escribía para homenaje de su padre acerca del esplendor de la pesadumbre que invade las memorias cuando, como comprobara la rudeza de Tamerlán al devorar los suelos implacables su intento de herir con sus flechas a los cielos, desciende el renovado prodigio de las aguas:

“Bruscamente la tarde se ha aclarado

Porque ya cae la lluvia minuciosa.

Cae o cayó. La lluvia es una cosa

Que sin duda sucede en el pasado.

Borges combinó dos aspectos de la perfección que fueron hasta él antitéticos: la absoluta erudición y la absoluta belleza. Su modestia lo llevó a que hasta su partida se empeñara en negarlo. Nosotros, que sabemos de la ineficacia de esa tímida intentona de  engaño, recibimos sedientos la lluvia que se derrama desde las páginas de un alguien que sabía ver mucho más allá de su ceguera.

Hadrian Bagration

Recapitulaciones de tediosos espantos

Nicolas Poussin: El rapto de las Sabinas, 1637. Musée du Louvre.

Nicolas Poussin: El rapto de las Sabinas, 1637. Musée du Louvre.

A mis años, he debido soportar con estoicismo digno de mejor causa una docena de parodias de aquello que los regímenes burocráticos del Este, en especial la China de Mao, llamaron la obra de arte de masas, o la fiesta total: la fase final de una competencia planetaria de fútbol.  Los politólogos sostienen que una de las diferencias que separan a los totalitarismos de raíz conservadora de los que optan por la concentración estatal del capital es que los primeros estetizan la política, en tanto los últimos politizan el arte. La banal hipérbole del fútbol ha hecho que esta aparente contradicción se desdibuje: aun en las democracias (sobre todo en aquéllas más débiles que lo tolerable), el fútbol es un vacío ritual en el que el colorido comportamiento del público es imprescindible para la buena salud del juego- espectáculo, violencias incluidas (aunque hipócritamente deploradas) por quienes viven con holgura del sudor de hombres sencillos.

No soy una voz imparcial: aborrezco el fútbol con un apasionamiento que no podría hallar mejor razón. Alain Finkielkraut se lamenta en su La défaite de la pensée de que haya sido comparado con el ballet; no se me ocurre método más científico para confirmar la estupidez del responsable de esa atrocidad verbal. Es una ingenua ilusión pensar que existe una platónica esencia de ese deporte depositada en un mundo de ideas alejado del vandalismo de las hinchadas, de los negocios turbulentos de las dirigencias y de las operaciones políticas que se cometen en su nombre. El fútbol ha reemplazado a cualquier actividad humana en seriedad e importancia; esta enunciación, que debiera causar escalofríos, provoca solaz en acomodados apologistas de esa tontería infinita, como lo son o eran Galeano, Alabarces, Fontanarrosa, Soriano et alia, sólo por citar a los latinoamericanos. Rara vez son mencionados autores como Vinnai, Buford o Sebreli en sus concienzudos análisis del tenebroso mundo de la pelota. Al fútbol le son perdonadas y hasta justificadas por adelantado, como en una descarada venta de indulgencias, todos sus crímenes, manipulaciones de multitudes y complicidades políticas con los peores regímenes del planeta. Todo el bienvendible populismo de autores que pregonan progresismo inaudito se vuelca en la defensa de un sistema que posee poco de deportivo y un gran exceso de ideología reaccionaria, además de una nada sutil explotación de la marginalidad social traducida en el reclutamiento de jóvenes de clase baja para la conformación del núcleo duro del hooliganismo, aquél que mata y muere en enfrentamientos que se olvidan luego de voltear unas cuantas páginas de la sección policial de cualquier periódico.

La versión más reciente de este teatro de la crueldad transcurre en la más inmediata actualidad en la República de Sudáfrica, una nación que padece, luego de décadas de esa vergüenza sin límites que la indiferencia y el burdo anticomunismo de las potencias occidentales toleraron, el apartheid, crónicas carencias en ámbitos tan poco atendibles como la salud y la educación, además de hallarse inmersa en pavorosos abismos de caos social y sanitario: ese país alberga a un 15% de la población mundial que sufre el Virus de Inmunodeficiencia Humana, el mayor de cualquier territorio del orbe. Las cinco naciones que le siguen en esa triste lista lindan en su totalidad con la República de Sudáfrica, lo cual implica un infierno para la cotideaneidad humanitaria de la región cuyas  proporciones dejarían azorado al Dante.  De acuerdo a un serio estudio realizado por el Medical Research Council of South Africa en Junio de 2009, uno de cada cuatro hombres (no es éste un error de cálculo ni de tipeo) admite haber violado al menos una vez a una mujer; algo más del 70% de ellos agrega que ha llevado a cabo la hazaña antes de cumplir veinte años, que su víctima fue una adolescente, que en un buen porcentaje de casos la agresión fue celebrada en forma múltiple y que se trata, orgullosamente quizás, de una suerte de oscura ceremonia de iniciación. Un trabajo similar advertía en fecha tan temprana como 1999 que una de cada tres mujeres de un grupo de cuatro mil había sido objeto de vejámenes al menos en una ocasión. Las denuncias, como ya es costumbre, se detienen en un porcentaje ínfimo de las ofensas; aun así, desde las autoridades la respuesta es el silencio o la burla. Diez penosos años han pasado sólo para confirmar la esclavitud sexual de las mujeres sudafricanas respecto de la otra mitad de la población.

Sudáfrica atraviesa una crisis energética severa que redunda en una desaceleración constante de la economía y es imputable, en su mayor parte, a la ineficiencia y el desinterés de los gobiernos (quienes no la padecen), la corrupción y la imprevisión. En Sudáfrica, sólo el 14% por ciento de la población negra (el lector no se confunde) accede a un nivel de educación más allá del primario, una cifra sólo levemente superior a la que acontecía durante el siniestro sistema que impusieran los blancos. La responsabilidad social de la Fédération Internationale de Football Association o del Comité Olímpico Internacional es, como esas sufrientes estadísticas lo demuestran, nula. También lo es la de las empresas que se avienen calurosamente a estrechar las manos de gobernantes que sólo sienten sorna por los cotidianos dolores de su pueblo.

Edvard Munch: El grito, 1893. Nasjonalmuseet, Oslo.

Edvard Munch: El grito, 1893. Nasjonalmuseet, Oslo.

No debe pensarse que es únicamente el fútbol quien ha de ser culpado por la reducción de los seres humanos a la impotencia de la idiotez: los Juegos Olímpicos modernos, esa invención del filonazi barón Pierre de Coubertin, compiten denodadamente con los certámenes mundiales de balompié en popularidad e insensibilidad para con la discriminación, el desamparo y la pobreza. En unos y en otros, la urgencia de presentar al turismo y a la prensa una nación idílica que goza de envidiables estados de abundancia es motivo de gastos suntuarios y el desvío de fondos que se reclaman con desesperación en áreas en las que se juegan, en lugar de trofeos o medallas, la vida y el bienestar de seres humanos; otra desgarradora consecuencia de estos fastos de vulgar etiqueta es un fenómeno que los sociólogos han denominado economic cleansing, el desplazamiento forzoso de una abultada cantidad de personas cuya mísera situación económica las hace indeseables para la delicada vista de las cámaras y de los invitados al palco oficial. Salvo honrosas excepciones como la BBC o el New York Times, los medios se han cuidado muy bien de resultar antipáticos al rufianismo de la alianza entre el deporte y las insolentes formas de la impiedad política.

No es sensato achacar al fútbol todos los males que se desploman sobre las cansadas espaldas de hombres y mujeres; sí es lícito afirmar que quienes detentan la potestad de ese negocio rapaz hayan creado una rústica conciencia que confunde todo acto con las incidencias de un match (incluidas las guerras) y de que la contemplación de cualquier otra competencia se haya asimilado a los defectos de ese deporte. Juegos como el tenis, el rugby, las carreras de automóviles y hasta la desgracia del box son observados como si de partidos de fútbol se tratase, con parcialidades (muchas veces más que inquietas) alentando a sus favoritos en razón de su origen geográfico, que no de su habilidad o de su estilo. El fútbol, entre sus múltiples legados empobrecedores, ha elevado a la categoría de valor al nacionalismo; ya no sólo es un equipo compuesto por veintitrés jugadores el representante de una nación, aun cuando tal aserto rebase las fronteras del grotesco, sino que también lo son un ajedrecista, un nadador o un saltador de garrocha. La mirada que el fanático del fútbol imprime a la realidad lo ha invadido todo, como una peste cuya cura parece todavía lejana.

No tengo esperanzas de disfrutar de la disolución del complejo industrial-futbolístico y olímpico antes de mi muerte. Confío en que generaciones más sensatas llevarán a cabo esa tarea necesaria y ardua.

Hadrian Bagration

Ítaca, 1983

Made weak by time and fate, but strong in will

to strive, to seek, to find, and not to yield.

Alfred Tennyson, Ulysses.

Gustave Doré: David llorando la muerte de Absalón, 1865.

Encerrado en esa blanda prisión llamada vejez, mi padre reposaba en las penumbras de la casa sin dejarse ver, como una sombra sobre las paredes oscuras. Yo lo visitaba una o dos veces a la semana; más ocasiones hubiesen resultado innecesarias, porque él insistía en que nada le faltaba, que era todo lo feliz que su declinación le permitía ser, que me fuese. Su mano apretaba la mía con cariño mudo al despedirnos; yo me marchaba con la vulgar sensación de que cada visita podía ser la última. Mi padre había renunciado a contestar el teléfono, era una súplica inútil instarlo a que lo hiciese. Hallarlo dormido con un libro en la mano cuyas páginas releía en orden exacto, porque gustaba, como los niños, de la repetición, era usual, y para mis deberes, de una deseable tranquilidad.

Mi madre había muerto hacía tiempo. Yo fui su única hija y la vez he sido hija única. Horas antes de apagarse, con las palabras mermando desde su garganta, me preguntó si había sido para mí todo aquello que de una madre puede esperarse. Yo respondí (es sin vanidad que escribo estas palabras) que aun en ese sueño final que se aproximaba lo era. Mi madre soltó una sonrisa que yo sólo había visto en su juventud una vez; yo devolví ese regalo con la ineptitud de la lágrima. Ella mandó llamar a mi padre; quizás lo hiciese para que esos largos instantes de luz tenue (se avecinaba la noche) sucedieran con él, o para liberarme de ser su gimoteante testigo. Mi madre murió en la mañana de un día de Enero, en medio del bochorno y la urgencia de las vacaciones, que llegué a detestar. Mi padre, que era un hombre inmenso, se refugió en un ejemplar de mínimo sillón que suele abundar en las anónimas salas de los hospitales. Algo de su vista orgullosa quedó para siempre inerte en los rudos suelos de esa sala sin nombre. Cuando alzó la cabeza para abrazarme, sentí que una vasta parte de sí le había sido quitada, como si desde entonces careciese de la mitad de su pecho o si de su voz hubiesen sido restadas las palabras. Cuando la casa que habitáramos nos vio cruzar de nuevo el umbral, mi padre, de pie ante el dormitorio vacío, murmuró en hebreo el llanto que derramara el rey David al saber de la mísera muerte del hijo que se había rebelado contra su trono: ¡Absalón, Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti!

Fuimos judíos en una tierra hostil, como casi todo Israel lo fuera desde la Diáspora. Mi madre había perdido su cátedra en la Universidad de Buenos Aires, que le había sido concedida en 1960 por petición de Sir John Beazley al entonces rector Risieri Frondizi, en 1966. Sobrevivió enseñando griego a los aspirantes a cursar letras clásicas. Mi padre deambulaba por las periferias de la política. Aunque era un par de años mayor que mi madre, el entusiasmo de aquel decenio a medias fausto lo llevó a querer producir un híbrido entre el judaísmo y la revolución. Mi madre, que era agnóstica, y a quien yo debo la lectura del griego y del hebreo, escuchaba los achispados razonamientos de mi padre con la paciencia de los pedagogos; según avanzaba el final de la jornada, al acabar él su discurso, ella servía la cena o simplemente un té.

Rafaello Sanzio: Moisés salvado de las aguas, ca. 1518. Palazzi Pontifici, Ciudad del Vaticano.

A fines de Marzo de 1976 yo cumplí quince años. Con esfuerzo, mis padres organizaron una pequeña reunión a la que asistirían amistades cuyos nombres y rostros hoy no me afano en recordar. Mi padre, que se había ausentado al mediodía, había prometido volver no más tarde de las siete. Eran las nueve cuando el teléfono sonó: una de las invitadas llamaba temblorosamente para disculparse con un pretexto banal; mi madre y yo habíamos permanecido en solitaria espera en toda la extensión de esa velada. Desde la calle se oían sirenas y acaso algún disparo. Antes de la medianoche mi padre regresó; traía consigo a una joven mujer que sollozaba. Mi padre, cabizbajo, pálido, vacilante en explicaciones otrora elocuentes, admitió que su compañera sufría gravidez y que era buscada en toda la vastedad del territorio para que se le diera muerte; él era, también, víctima de esa persecución. Mi madre no se asombró. No ignoraba que mi padre era un seductor feroz, ella misma había sido y era quizás aún presa de esa ceguera basada en la apariencia y en el verbo de mi padre. Ella, que era custodio de los ahorros que ocultaba la casa, puso en manos de mi padre todo el dinero y le dijo, en apesadumbrada imitación de los iniciales párrafos del Libro del Éxodo: No abandones a tu hijo en las aguas. Mi padre y aquella mujer entraron así en la trágica luz de la noche.

Mi madre se sostuvo por años en sus clases de griego. Los alumnos escaseaban; en ocasiones nos preguntábamos si quienes dejaban de venir lo hacían voluntariamente. Mi madre sólo se alarmó cuando aquel muchacho moreno y gentil que comentaba la Odisea desapareció. Acudió a su casa y allí le revelaron que nada sabían de él ni querían hacerlo. Esa madrugada el hombre llamó a la puerta. Había huido durante días; una bala le había rozado el hombro y la sangre colgaba de él como una rama muerta. Mi madre lo alojó y lo ayudó a curarse. No me recordaba a mi padre, pero era un hombre tierno y juguetón que alternaba períodos de sobresalto con raptos de docta holgazanería en los que deshojaba de mi madre los libros de su biblioteca. En horas de oscuridad yo sufría embates de miedo; más de una vez me acerqué al cuarto de mi madre y los vi dormidos y abrazados. Me enfadaba, pero sólo porque hubiera querido que la belleza de ese varón magnífico me hubiese pertenecido, como me lo habían profetizado falsamente los sueños.

Mi madre mencionó el nombre de mi padre ante ese joven sólo en una ocasión, en el transcurso de un almuerzo informal. El hombre calló durante un lapso incómodo. Mi madre dedujo que se conocían, que quizás habían sido amigos, que su presencia en esa casa suponía, para todos, el exterminio. El hombre tomó sus ropas, me besó en la mejilla (y yo sudé durante las siestas luego de ese roce ínfimo), abrazó a mi madre, no quiso aceptar el dinero que ella le ofreció, y se fue. Mi madre lloró sólo una vez durante los años en los que mi padre fue un fantasma; fue cuando los periódicos anunciaron, jubilosamente, la aniquilación de su amante.Por años el recorte de esa cara luminosa permaneció escondido en los pródigos cajones del escritorio de mi madre.

Angelica Kaufmann: Penélope en el telar, 1764. Hove Museum and Art Gallery, Brighton.

Debajo de un catre antiguo en el dormitorio más lejano de la casa mi madre improvisó un escondite; me hizo jurar que no lo abandonaría por motivo alguno si había logrado instalarme allí, ni siquiera si a mis oídos llegaban los sonidos de su tormento o de su muerte. Me enseñó a tomarme de los hierros que cruzaban la parte superior, como Ulises hiciera con los rebaños para escapar del cíclope, y así apartarme de la vista de los verdugos. La tarde que golpearon con vehemencia la puerta me envió a ese cuarto, a empellones me sumergió bajo el polvo del camastro, y abrió. Una media docena de esbirros se precipitó en la sala. Desde esa inmovilidad escuché las amenazas; mi madre sentía furor, pero fingía temor, para satisfacerlos. Luego exigieron dinero y se dividieron parte del mobiliario; por último, demandaron de mi madre la sumisión. A la agitación de las ropas huyendo sin protestar del cuerpo de mi madre sucedió el brusco rumor de la intimidad violenta. Cuando quedamos de nuevo solas, mi madre vino por mí: una bofetada le cruzaba la cara, sobre su cuerpo aún lúcido se adivinaba el peso de varias humillaciones. Aun así, fui yo quien llorara y ella mi consolación, como en una trama defectuosa.

Mi madre no volvió a recibir a nadie; tampoco nosotras éramos bienvenidas en hogares ajenos. Judías y sospechadas, el vecindario nos contemplaba de reojo con una mezcla de desprecio y de alivio; el rechazo se fundamentaba en tantas cosas, el desahogo en una sola: de exigir un renovado sacrificio, los asesinos nos escogerían a nosotras y dejarían a esas gentes decentes en paz. Nada nos ligaba al mundo exterior, excepto cuando el régimen cayó; un 14 de Junio mi madre, que no había olvidado los relatos de mis abuelos apenas escamoteados del Ruhr, hizo ondear una bandera británica en la azotea: por esas  manos había caído el Reich hacía décadas, por las mismas lo hacía ahora esa réplica módica. Los vecinos se permitieron expresar repudio: durante semanas la basura del barrio se amontonó en nuestra puerta y sobre los muros se dibujaron cruces gamadas. Mi madre silenciosamente borró, mes tras mes, los símbolos del nazismo, hasta que los anónimos autores se cansaron.

John Flaxman: El encuentro de Ulises y Penélope, 1805.

Siguiendo al Génesis, Yavhé descansa al iniciar el séptimo día desde la creación del mundo. La séptima jornada del sexto mes del año séptimo desde aquella despedida apresurada mi padre regresó. En su cuerpo se notaban las huellas del dolor del espíritu,  también del de la carne. Desde dentro de ese paciente y callado amor que había durado lo que la ausencia, mi madre le obsequió para su bienvenida esa sonrisa única que repitiera para mí las horas anteriores a su muerte, y lo abrazó. Apelando a los rudimentos de griego que le había enseñado, mientras le acariciaba el rostro, le susurró, como le ocurriera a Ulises, una pregunta que era a un tiempo una exhortación tierna a la consumación: Describe nuestro cuarto. Mi padre balbuceó su torpeza en esa lengua olvidada y, aunque herido, sucio, derrotado, su honor quizás perdido en la forzosa delación que nace de la tortura, se dejó besar. Antes de alojarlo en el lecho para hacer el amor, mi madre inquirió por la suerte del niño y de la mujer que en su vientre lo llevara. Los ojos de mi padre se nublaron y su boca se arqueó, como en los inicios del llanto. Hasta hoy son dos nombres en una lista extensa y penosa. Nunca faltaron en la mesa desde el regreso de mi padre dos sitios más, con sus platos, vasos y cubiertos, para que la parte de la familia que de las tentaciones de mi padre surgiera recibiese humilde homenaje.

Acerca de qué se revelaron mutuamente mi padre y mi madre desde que aconteciera el diminuto milagro de su venida, nada sé. Yo he querido reencontrar para mí el beso de ese hombre hermoso que prefirió morir en las calles para eximirnos de la contrariedad del peligro; cuando creo que sucede y se inflaman mis labios y desde la adolescente memoria que retengo alguien imita esa majestad de héroe que le confiere mi ardor, remedo de mi madre esa sonrisa que en su vida esbozó sólo dos veces y la regalo desde la superstición de intuir que estoy, una vez más, enamorada.

Hadrian Bagration

Amores estéticos

Oscar Wilde en 1881. Colección Hulton/Getty

El vigésimo tercer capítulo de la biografía de Joseph Pearce sobre el tal vez más grande de entre los dramaturgos que proyectan su brillo desde la tiniebla del  mediano siglo XIX, Oscar Wilde, comienza con una concisa descripción de la algarabía con la que la prensa de esos años victorianos recibiera la caída del escritor en las semanas finales de Mayo de 1895. El periódico News of the World, hoy el segundo pasquín más vendido en el universo angloparlante, por ese entonces (también ahora) un envenenado manjar con el que alimentar la confusión conservadora que distraía a parte de la vasta clase trabajadora británica de sus intereses, anunció con una sonrisa en sus páginas el canto del cisne del esteticismo: “The aesthetic cult, in its nasty form, is over.” El lector hispano debe ser advertido del carácter oscuro del término cult en el idioma inglés; en español su equivalente más cercano es la palabra secta. Nadie ignoraba las razones de la condena de Wilde a dos años de trabajos forzados; el News of the World se comprometía a respetar la atemorizada imaginación popular que sospechaba de la existencia de un inframundo homosexual omnipresente y diseñado con militar eficacia que, de no ser combatido por todos los medios, se alzaría con violencia para intentar la toma del poder y decretar la dictadura de la conversión sexual. Es posible escuchar de varias bocas esta estrafalaria teoría en el presente, en más de un vecindario de un sinnúmero de ciudades de una considerable cantidad de regiones del orbe. El veredicto permitía barruntar la existencia de alguna otra versión, más decente, o al menos un tanto simplemente pícara, de esa suerte de supuesta religión desorganizada. La minuciosa destrucción de Oscar Wilde no sólo significó la aniquilación de la voluntad de un hombre de genio de reanudar su producción literaria una vez que la ira de la sociedad se hubo satisfecho, sino también el principio del letargo en el que se  sumiera, honrosas excepciones aparte, la concepción del artista como creador de una obra coherente, universal y acabada, y su reemplazo por la desventura banal del ideólogo (de toda índole), del ludista, del operador sumiso al complejo industrial-cultural, del cantor de la buena espiritualidad y del profesional del cotilleo. Claro que estas bastas formas de la idiotez existían en ese ayer, mas no pasaban de novelas desprolijas develadas en entregas por capítulos en revistas de nivel acorde a la calidad de un Dickens o de los Dumas, padre e hijo, o de la literatura de cordel. Hoy es el escritor serio el que no es tomado seriamente; el propio Wilde es más conocido por obras menores como The Happy Prince o The Selfish Giant, redactadas para el placer de sus hijos, que por trabajos como The Picture of Dorian Gray o The Soul of Man under Socialism.  Para un detractor del esteticismo, esta escuela despreciable contiene todos los rasgos de la decadencia, del afeminamiento y hasta del grotesco.

Harold Bloom

Nadie ha hecho favor más grande a la causa del esteticismo y de las deseables cualidades por las que un artista debe bregar en el proceso de confección de su obra, aun de la más básica, y así escabullirse de las posibilidades que otorga el azar de la mediocridad, que el crítico y escritor Harold Bloom. En oposición a él desfilan pléyades de gentes bienintencionadas que consideran que el verdadero arte no puede carecer de las bondades del atavismo y de la simplificación; el aburguesamiento para algunos, la resbaladiza pendiente de la carne para otros, son flagelos que no caben en una mente que sólo desea gozar de aquello que sí osa decir su nombre. Esta priorización de valores flacos invariablemente redunda en un paternalismo insultante para las masas a las que tales censores dicen proteger, y hasta amar; si el pueblo no puede entender el arte (excesos de la posmodernidad excluidos) la culpa debe ser puesta en la vanidad o la procacidad del artista; elevar el grado de comprensión de la belleza por parte de las multitudes a través de un recurso cada vez más escaso y menos renovable, la educación, parece, a juzgar por las políticas de la mayoría de los gobiernos y de los intelectuales que los cortejan, una dilapidación de energías. Así, las masas son alimentadas con una rigurosa dieta que sólo tolera lo baladí, lo moralmente correcto según el juicio general, lo pudibundo y la mera basura. Este ciclo de tedios sin fin llega a perpetuarse hasta los extremos más imbéciles de la repetición; es de esta manera cómo se forma a millones de eternos niños obedientes que reaccionarán con desagrado o con desapasionamiento pueril ante la escena de una mujer que corre desnuda por entre las soledades de un bosque o dos hombres que curiosean mutuamente sus cuerpos durante un solitario certamen de lucha que celebran frente a la abrasadora calidez de un hogar, según se lee en Women in Love, de David Herbert Lawrence, obra magnífica que ninguna editorial aceptó publicar en Gran Bretaña en 1920 (aún fresco el escándalo que había triturado a Wilde); el libro apareció en una tirada ínfima en New York, con una repercusión cercana a la nulidad. Birkin, uno de los cuatro protagonistas de la novela, dice de otro de ellos, Gerald, las siguientes líneas, que hablan de la muerte de éste:

“And was he fated to pass away in this knowledge, this one process of frost-knowledge, death by perfect cold? Was he a messenger, an omen of universal dissolution into whiteness and snow?”

“¿Era su destino morir bajo esta sabiduría, este proceso de saber helado, la muerte a través del frío perfecto? ¿Fue él un mensajero, una profecía de disolución universal en la blancura y la nieve.”

Jan Juta: David Herbert Lawrence, 1920. National Portrait Gallery, Londres.

Costará creer que el autor de una literatura tan alta haya muerto perseguido por la reputación de ser un pornógrafo. En 1915 le había sido iniciado un proceso por obscenidad nada lejano al que sufrió Flaubert a causa de Madame Bovary. Su libro The Rainbow (concebido como parte de Women in Love, pero publicado separadamente a instancias de su editor, quien previó el desastre al que Lawrence se enfrentaría) fue quitado de circulación y, como en las futuras épocas del nazismo, casi todos los ejemplares ardieron. Lawrence permaneció cinco años sin escribir. Quién nos devolverá lo que su talento pudo habernos dado de no ser por esa monstruosa legalidad, del mismo modo que Wilde no retornara a la escritura luego de su liberación, es una pregunta que no nos  será contestada, y cuya respuesta quizás a pocos interese.

Desde que los atenienses rehusaran conceder a Eurípides el primer premio en el festival de las Dionisias por escribir que Medea diera muerte a sus propios hijos en lugar de que el crimen fuese perpetrado, como quería la tradición, por los corintios, el artista ha debido soportar con estoicismo infeliz los dictámenes del tribunal de la estupidez. Nadie lo precisó mejor que Wilde en su prefacio a The Picture of Dorian Gray: “There is no such thing as a moral or an immoral book. Books are well written or badly written. That is all.” (Los libros no son morales o inmorales. Los libros están bien o mal escritos. eso es todo) Lawrence agregó: “Life doesn’t matter. It is one’s art which is central.” (La vida no importa. Es el propio arte lo que es vital). El propio arte y, entre muchos otros, Lawrence y Wilde.

Hadrian Bagration