Parusía

Otto Dix: Verwundeter, 1916. National Museum of Australia, Canberra

En la oscuridad de una noche de Agosto de 1918 el soldado alemán Erwin Fleischer acaricia dolorosamente su pierna izquierda y solloza; dos balas le horadan la carne y un fulgor escarlata entibia su mano como el brillo de una hoguera distante. Sabe que los británicos se lanzarán sobre él al alba; herido, hambriento, débil, el fusil roto, el rostro recorrido por lágrimas de temor, será uno de los primeros en morir en su refugio sucio. Separada por instantes de quejidos, murmura una oración cuyas palabras suponen un exceso para su memoria fatigada: Denn Dein ist das Reich und die Kraft und die Herrlichkeit Fleischer aún no descree de algún prodigio que pudiera salvarlo, al igual que todavía no ha dejado muy atrás la confianza en el Kaiser y en Alemania. No se resigna a morir solo y ser olvidado bajo las montañas de cadáveres que llegarán con el nuevo día. Piensa que de su madre sólo conoció la tumba a la que su padre lo llevó de pequeño, y que ese hombre amargo le había explicado con ojos enrojecidos que su madre dormía bajo la piedra como esperando la salida de un sol que los simples mortales no atinaban a distinguir. Una joven mujer reemplazó al cabo de unos años a su madre en la alcoba de su progenitor severo pero justo; era una niña cariñosa algo mayor que él que le enseñó versículos de los Evangelios mientras su padre sudaba con el fervor del trabajo inútil en su taller de carpintero. En medio de un invierno clemente oyó que el silencio se escapaba de las toscas herramientas que las manos de su padre blandían. Al asomarse, vio a su segunda madre llorar junto al quieto cuerpo del hombre gastado; durante toda esa tarde y la noche que le siguió ella colocó vino y migajas de pan en la boca de su esposo para ensayar una resurrección.

Jan van Bronchorts: Ninfa dormida y pastor, ca. 1645-1650. Herzog Anton Ulrich-Museum, Braunschweig.

Erwin Fleischer y su madrastra siguieron el curso de un río para emigrar hacia Ulm. Durante la caminata ella le confesó que no había conocido varón: el padre de Fleischer era un hombre cansado que había buscado en ella a una criada sin más sueldo que el alimento diario. Cuando los acorralaba el hambre, Fleischer hundía su mano por unas horas en las aguas hasta que capturaba un pez; entonces encendían un fuego y devoraban lentamente a la presa. Fleischer repetía para sí trozos de las Escrituras mientras su mano se helaba bajo el río; el milagro no fallaba jamás, porque el dios que habitaba la inmensidad de los cielos proveía protección a esa madrastra virgen y a su predestinado hijo, cuyo padre terrenal había ejercido el oficio de José. En la ciudad durmieron en las calles hasta que Fleischer se empleó en una curtiembre; ella retornó a la servidumbre, esta vez en casa del dueño de una imprenta que vendía su labor al Partido Socialista. Ese dinero les procuró una humilde habitación en un hotel de las afueras. Un domingo la madrastra de Fleischer lo urgió a permanecer en la cama que compartían unos minutos más. Él obedeció; poco más tarde hacían el amor bajo las sábanas frías. Erwin Fleischer fue torpe a lo largo de esa jornada gélida; su capataz, aunque lo estimaba, debió reprenderlo en más de una ocasión a causa de sus distracciones. Por la noche, de regreso en el hotel, su madrastra gozaba del sueño después de otra tarde de trabajo en el polvo de la imprenta y en el hogar de su patrón. Fleischer razonó que la terca explosión de sangre seca que inundaba el lecho revelaba que esa mujer no era la madre sin mancha de un salvador, sino la serpiente del Jardín. Erwin Fleischer se deslizó sobre el seno dormido de su madrastra y la estranguló. Luego huyó a los campos y rogó comida en una granja. Le permitieron quedarse y cuidar de los cerdos. El amo de la finca tenía por costumbre embriagarse y moler a golpes a su mujer y a sus hijos; en esos días furiosos Fleischer rogaba a su padre divino que el espíritu inmundo que sin dudas invadía la humanidad del hombre ebrio se trasladara a alguno de los animales. Cuando la violencia daba paso al estupor y aquel hombre se derrumbaba para dormitar su borrachera, Fleischer agradecía con vehemencia esos favores que le concedía el todopoderoso creador que lo había enviado al mundo por segunda vez.

Fleischer recibió la noticia de la guerra con entusiasmo, para él era la señal de que debía comenzar a difundir la palabra de su padre. Fue alistado en uno de los innumerables regimientos de infantería. Cuando el oficial de reclutamiento le preguntó por sus orígenes, Fleischer habló de un establo y una carpintería. Al pedirle que describiera su profesión, Fleischer contestó con piedad: Sohn Gottes. El oficial se encogió de hombros y anotó que Fleischer no tenía domicilio fijo ni ocupación. Entre sus compañeros fue una figura callada que no ocultaba cierto aire de autoridad.

Dan Taylor: Present tense, 2007. Colección del autor.

A mediados de 1914 Fleischer pisó suelo belga. A su batallón le fue asignada la tarea de incendiar la biblioteca de la universidad de Louvain; la estricta orden mencionaba la necesidad de causar terror para evitar que de la población surgiesen traicioneras guerrillas. Fleischer recordó su celestial habilidad para hacer nacer llamas en donde cocer los frutos del río en su adolescencia. La biblioteca ardió. Esa profética purificación confirmó a Fleischer que el favor de la eternidad regía sus pasos con la firmeza de la gracia. Esa misma tarde Erwin Fleischer mató a su primer hombre, un testarudo anciano que se negaba a consentir que su hijo fuera arrojado a los campos de trabajo forzado en Alemania. Fleischer se arrodilló junto a la moribunda vejez de ese hombre, murmuró unas vagas palabras del apóstol Pablo que de la boca de su madrastra había oído cantar (quizás fueran aquéllas con las que el escritor de epístolas fustigara a quienes nada hacían para merecer su sustento) y bendijo el cadáver. Con el resto de la tropa se preparó después para el ataque a Francia.

En la guerra, Erwin Fleischer fue apático espectador de casi todas las cosas, y hasta perpetrador de algunas. Casi no existía para sus superiores: no era especialmente hábil, ni obstinadamente pusilánime, ni locamente valeroso, ni excepcionalmente indigno. Era tenido en cuenta para los fusilamientos; se acercaba a los infelices para ofrecer un  cigarrillo y la misericordia del vendaje sobre los ojos. Mientras cumplía esas órdenes, Fleischer deslizaba en los oídos de a quienes aguardaba la ejecución la promesa de que lo verían pronto en su reino. La postrera impresión de muchos de esos condenados antes de la muerte era la perplejidad o la carcajada.

Fleischer llevaba un mínimo cuaderno entre sus limitadas pertenencias desde el principio de la guerra. Aunque fingía escribir sus memorias en él, las páginas permanecían, a su juicio, tan blancas como el sexo de su madre yaciente bajo la lápida de un cementerio rural. Cerca de Amiens unos soldados como él violentaban y mataban a una mujer. Fleischer contempló la escena sin asombro e inauguró su libro de notas; en su recuerdo, unas palabras rotundas habían bastado para disuadir a esos hombres infames. Horas después se enteraba de que su ejército huía en toda la longitud del frente: los británicos avanzaban guiados por ángeles rebeldes; él se prometió y prometió que no prevalecerían. Erwin Fleischer marchó por primera vez en cuatro años de sangre al combate desde su puesto en la sección de correos. Un proyectil perforó su muslo izquierdo; al caer, su propio fusil se disparó y lo hirió bajo la rodilla. Fleischer se arrastró hasta la modesta profundidad de una trinchera y pensó que había comenzado el glorioso camino de su pasión, aun cuando no sabía justificar por qué las balas no habían traspasado sus manos. Con su bayoneta intentó abrir su costado para acelerar la consumación de esa vía dolorosa; la mordida del metal lo entumeció y no se atrevió a volver a intentarlo. En un rapto de ira, desplomó sobre unas rocas su fusil, como quien parte en dos una lanza inservible. El crepúsculo del día lo amenazó con el suplicio de la sed. Desde una distancia imprecisa, Fleischer oyó voces que no eran angélicas, pero que vociferaban instrucciones en alemán. Fleischer pidió agua, pero esos gritos le respondieron que callase, para no tentar a los cañones ingleses.

Paul Nash: We are making a new world, 1918. Imperial War Museum, Londres.

Erwin Fleischer tocó sus heridas durante las claras horas de oscuridad. No quiso que fuese la luna la que lo viese flaquear en su fe; deseaba sobrevivir hasta el otro día, y un día más, y algún otro, porque su misión no debía quedar inconclusa. Intentó sobornar a su padre: Hágase en mí según tu voluntad, repetía, ansiando que ese designio le fuese favorable. Entendió que sus heridas no cerraban para que no le faltase sangre para beber, que la noche era calurosa para que no lo arropase el frío, que su miseria era afín al propósito de lograr que los ingleses lo contemplaran desde su escéptica necedad elevándose desde el estiércol de ese pozo en resplandesciente visión, para que o bien se convirtieran o bien fueran devorados por un fuego no lejano al de los humildes ágapes con su madrastra al borde del río, o mejor aún, por las llamaradas de aquella extática aniquilación de la biblioteca de Louvain.

Es el amanecer, y el soldado Erwin Fleischer muere ignorando si ha sido dado a luz desde el vientre de una virgen, si los milagros que quizás obrara honrarán los relatos de alguien, si volverá a la vida al cabo de unos cuantos días o si la espera se prolongará hasta el fin de los tiempos, si la humanidad grabará su epopeya de las maneras más áureas, si los hombres pronunciarán su nombre con reverencia, si las transgresiones a su divinidad serán reprimidas con dureza, si la derrota de Alemania es imprescindible para su santa victoria, o si esos instantes intensos que transcurrieran en el tálamo de su madrastra fueron las puertas de un paraíso al que, infortunada e inexplicablemente, en virtud de haber sido un dios que es hijo de un dios, se negó.

Hadrian Bagration

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2 comentarios en “Parusía

  1. Quedo cautiva de cada uno de los relatos de HADRIAN. Me pregunto si han sido publicados en algún libro, pues hartamente lo merecen.
    Que continúe el autor regalándonos el excelso don de la buena escritura, para regocijo de sus lectores.

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