Amores estéticos

Oscar Wilde en 1881. Colección Hulton/Getty

El vigésimo tercer capítulo de la biografía de Joseph Pearce sobre el tal vez más grande de entre los dramaturgos que proyectan su brillo desde la tiniebla del  mediano siglo XIX, Oscar Wilde, comienza con una concisa descripción de la algarabía con la que la prensa de esos años victorianos recibiera la caída del escritor en las semanas finales de Mayo de 1895. El periódico News of the World, hoy el segundo pasquín más vendido en el universo angloparlante, por ese entonces (también ahora) un envenenado manjar con el que alimentar la confusión conservadora que distraía a parte de la vasta clase trabajadora británica de sus intereses, anunció con una sonrisa en sus páginas el canto del cisne del esteticismo: “The aesthetic cult, in its nasty form, is over.” El lector hispano debe ser advertido del carácter oscuro del término cult en el idioma inglés; en español su equivalente más cercano es la palabra secta. Nadie ignoraba las razones de la condena de Wilde a dos años de trabajos forzados; el News of the World se comprometía a respetar la atemorizada imaginación popular que sospechaba de la existencia de un inframundo homosexual omnipresente y diseñado con militar eficacia que, de no ser combatido por todos los medios, se alzaría con violencia para intentar la toma del poder y decretar la dictadura de la conversión sexual. Es posible escuchar de varias bocas esta estrafalaria teoría en el presente, en más de un vecindario de un sinnúmero de ciudades de una considerable cantidad de regiones del orbe. El veredicto permitía barruntar la existencia de alguna otra versión, más decente, o al menos un tanto simplemente pícara, de esa suerte de supuesta religión desorganizada. La minuciosa destrucción de Oscar Wilde no sólo significó la aniquilación de la voluntad de un hombre de genio de reanudar su producción literaria una vez que la ira de la sociedad se hubo satisfecho, sino también el principio del letargo en el que se  sumiera, honrosas excepciones aparte, la concepción del artista como creador de una obra coherente, universal y acabada, y su reemplazo por la desventura banal del ideólogo (de toda índole), del ludista, del operador sumiso al complejo industrial-cultural, del cantor de la buena espiritualidad y del profesional del cotilleo. Claro que estas bastas formas de la idiotez existían en ese ayer, mas no pasaban de novelas desprolijas develadas en entregas por capítulos en revistas de nivel acorde a la calidad de un Dickens o de los Dumas, padre e hijo, o de la literatura de cordel. Hoy es el escritor serio el que no es tomado seriamente; el propio Wilde es más conocido por obras menores como The Happy Prince o The Selfish Giant, redactadas para el placer de sus hijos, que por trabajos como The Picture of Dorian Gray o The Soul of Man under Socialism.  Para un detractor del esteticismo, esta escuela despreciable contiene todos los rasgos de la decadencia, del afeminamiento y hasta del grotesco.

Harold Bloom

Nadie ha hecho favor más grande a la causa del esteticismo y de las deseables cualidades por las que un artista debe bregar en el proceso de confección de su obra, aun de la más básica, y así escabullirse de las posibilidades que otorga el azar de la mediocridad, que el crítico y escritor Harold Bloom. En oposición a él desfilan pléyades de gentes bienintencionadas que consideran que el verdadero arte no puede carecer de las bondades del atavismo y de la simplificación; el aburguesamiento para algunos, la resbaladiza pendiente de la carne para otros, son flagelos que no caben en una mente que sólo desea gozar de aquello que sí osa decir su nombre. Esta priorización de valores flacos invariablemente redunda en un paternalismo insultante para las masas a las que tales censores dicen proteger, y hasta amar; si el pueblo no puede entender el arte (excesos de la posmodernidad excluidos) la culpa debe ser puesta en la vanidad o la procacidad del artista; elevar el grado de comprensión de la belleza por parte de las multitudes a través de un recurso cada vez más escaso y menos renovable, la educación, parece, a juzgar por las políticas de la mayoría de los gobiernos y de los intelectuales que los cortejan, una dilapidación de energías. Así, las masas son alimentadas con una rigurosa dieta que sólo tolera lo baladí, lo moralmente correcto según el juicio general, lo pudibundo y la mera basura. Este ciclo de tedios sin fin llega a perpetuarse hasta los extremos más imbéciles de la repetición; es de esta manera cómo se forma a millones de eternos niños obedientes que reaccionarán con desagrado o con desapasionamiento pueril ante la escena de una mujer que corre desnuda por entre las soledades de un bosque o dos hombres que curiosean mutuamente sus cuerpos durante un solitario certamen de lucha que celebran frente a la abrasadora calidez de un hogar, según se lee en Women in Love, de David Herbert Lawrence, obra magnífica que ninguna editorial aceptó publicar en Gran Bretaña en 1920 (aún fresco el escándalo que había triturado a Wilde); el libro apareció en una tirada ínfima en New York, con una repercusión cercana a la nulidad. Birkin, uno de los cuatro protagonistas de la novela, dice de otro de ellos, Gerald, las siguientes líneas, que hablan de la muerte de éste:

“And was he fated to pass away in this knowledge, this one process of frost-knowledge, death by perfect cold? Was he a messenger, an omen of universal dissolution into whiteness and snow?”

“¿Era su destino morir bajo esta sabiduría, este proceso de saber helado, la muerte a través del frío perfecto? ¿Fue él un mensajero, una profecía de disolución universal en la blancura y la nieve.”

Jan Juta: David Herbert Lawrence, 1920. National Portrait Gallery, Londres.

Costará creer que el autor de una literatura tan alta haya muerto perseguido por la reputación de ser un pornógrafo. En 1915 le había sido iniciado un proceso por obscenidad nada lejano al que sufrió Flaubert a causa de Madame Bovary. Su libro The Rainbow (concebido como parte de Women in Love, pero publicado separadamente a instancias de su editor, quien previó el desastre al que Lawrence se enfrentaría) fue quitado de circulación y, como en las futuras épocas del nazismo, casi todos los ejemplares ardieron. Lawrence permaneció cinco años sin escribir. Quién nos devolverá lo que su talento pudo habernos dado de no ser por esa monstruosa legalidad, del mismo modo que Wilde no retornara a la escritura luego de su liberación, es una pregunta que no nos  será contestada, y cuya respuesta quizás a pocos interese.

Desde que los atenienses rehusaran conceder a Eurípides el primer premio en el festival de las Dionisias por escribir que Medea diera muerte a sus propios hijos en lugar de que el crimen fuese perpetrado, como quería la tradición, por los corintios, el artista ha debido soportar con estoicismo infeliz los dictámenes del tribunal de la estupidez. Nadie lo precisó mejor que Wilde en su prefacio a The Picture of Dorian Gray: “There is no such thing as a moral or an immoral book. Books are well written or badly written. That is all.” (Los libros no son morales o inmorales. Los libros están bien o mal escritos. eso es todo) Lawrence agregó: “Life doesn’t matter. It is one’s art which is central.” (La vida no importa. Es el propio arte lo que es vital). El propio arte y, entre muchos otros, Lawrence y Wilde.

Hadrian Bagration




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