Ítaca, 1983

Made weak by time and fate, but strong in will

to strive, to seek, to find, and not to yield.

Alfred Tennyson, Ulysses.

Gustave Doré: David llorando la muerte de Absalón, 1865.

Encerrado en esa blanda prisión llamada vejez, mi padre reposaba en las penumbras de la casa sin dejarse ver, como una sombra sobre las paredes oscuras. Yo lo visitaba una o dos veces a la semana; más ocasiones hubiesen resultado innecesarias, porque él insistía en que nada le faltaba, que era todo lo feliz que su declinación le permitía ser, que me fuese. Su mano apretaba la mía con cariño mudo al despedirnos; yo me marchaba con la vulgar sensación de que cada visita podía ser la última. Mi padre había renunciado a contestar el teléfono, era una súplica inútil instarlo a que lo hiciese. Hallarlo dormido con un libro en la mano cuyas páginas releía en orden exacto, porque gustaba, como los niños, de la repetición, era usual, y para mis deberes, de una deseable tranquilidad.

Mi madre había muerto hacía tiempo. Yo fui su única hija y la vez he sido hija única. Horas antes de apagarse, con las palabras mermando desde su garganta, me preguntó si había sido para mí todo aquello que de una madre puede esperarse. Yo respondí (es sin vanidad que escribo estas palabras) que aun en ese sueño final que se aproximaba lo era. Mi madre soltó una sonrisa que yo sólo había visto en su juventud una vez; yo devolví ese regalo con la ineptitud de la lágrima. Ella mandó llamar a mi padre; quizás lo hiciese para que esos largos instantes de luz tenue (se avecinaba la noche) sucedieran con él, o para liberarme de ser su gimoteante testigo. Mi madre murió en la mañana de un día de Enero, en medio del bochorno y la urgencia de las vacaciones, que llegué a detestar. Mi padre, que era un hombre inmenso, se refugió en un ejemplar de mínimo sillón que suele abundar en las anónimas salas de los hospitales. Algo de su vista orgullosa quedó para siempre inerte en los rudos suelos de esa sala sin nombre. Cuando alzó la cabeza para abrazarme, sentí que una vasta parte de sí le había sido quitada, como si desde entonces careciese de la mitad de su pecho o si de su voz hubiesen sido restadas las palabras. Cuando la casa que habitáramos nos vio cruzar de nuevo el umbral, mi padre, de pie ante el dormitorio vacío, murmuró en hebreo el llanto que derramara el rey David al saber de la mísera muerte del hijo que se había rebelado contra su trono: ¡Absalón, Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti!

Fuimos judíos en una tierra hostil, como casi todo Israel lo fuera desde la Diáspora. Mi madre había perdido su cátedra en la Universidad de Buenos Aires, que le había sido concedida en 1960 por petición de Sir John Beazley al entonces rector Risieri Frondizi, en 1966. Sobrevivió enseñando griego a los aspirantes a cursar letras clásicas. Mi padre deambulaba por las periferias de la política. Aunque era un par de años mayor que mi madre, el entusiasmo de aquel decenio a medias fausto lo llevó a querer producir un híbrido entre el judaísmo y la revolución. Mi madre, que era agnóstica, y a quien yo debo la lectura del griego y del hebreo, escuchaba los achispados razonamientos de mi padre con la paciencia de los pedagogos; según avanzaba el final de la jornada, al acabar él su discurso, ella servía la cena o simplemente un té.

Rafaello Sanzio: Moisés salvado de las aguas, ca. 1518. Palazzi Pontifici, Ciudad del Vaticano.

A fines de Marzo de 1976 yo cumplí quince años. Con esfuerzo, mis padres organizaron una pequeña reunión a la que asistirían amistades cuyos nombres y rostros hoy no me afano en recordar. Mi padre, que se había ausentado al mediodía, había prometido volver no más tarde de las siete. Eran las nueve cuando el teléfono sonó: una de las invitadas llamaba temblorosamente para disculparse con un pretexto banal; mi madre y yo habíamos permanecido en solitaria espera en toda la extensión de esa velada. Desde la calle se oían sirenas y acaso algún disparo. Antes de la medianoche mi padre regresó; traía consigo a una joven mujer que sollozaba. Mi padre, cabizbajo, pálido, vacilante en explicaciones otrora elocuentes, admitió que su compañera sufría gravidez y que era buscada en toda la vastedad del territorio para que se le diera muerte; él era, también, víctima de esa persecución. Mi madre no se asombró. No ignoraba que mi padre era un seductor feroz, ella misma había sido y era quizás aún presa de esa ceguera basada en la apariencia y en el verbo de mi padre. Ella, que era custodio de los ahorros que ocultaba la casa, puso en manos de mi padre todo el dinero y le dijo, en apesadumbrada imitación de los iniciales párrafos del Libro del Éxodo: No abandones a tu hijo en las aguas. Mi padre y aquella mujer entraron así en la trágica luz de la noche.

Mi madre se sostuvo por años en sus clases de griego. Los alumnos escaseaban; en ocasiones nos preguntábamos si quienes dejaban de venir lo hacían voluntariamente. Mi madre sólo se alarmó cuando aquel muchacho moreno y gentil que comentaba la Odisea desapareció. Acudió a su casa y allí le revelaron que nada sabían de él ni querían hacerlo. Esa madrugada el hombre llamó a la puerta. Había huido durante días; una bala le había rozado el hombro y la sangre colgaba de él como una rama muerta. Mi madre lo alojó y lo ayudó a curarse. No me recordaba a mi padre, pero era un hombre tierno y juguetón que alternaba períodos de sobresalto con raptos de docta holgazanería en los que deshojaba de mi madre los libros de su biblioteca. En horas de oscuridad yo sufría embates de miedo; más de una vez me acerqué al cuarto de mi madre y los vi dormidos y abrazados. Me enfadaba, pero sólo porque hubiera querido que la belleza de ese varón magnífico me hubiese pertenecido, como me lo habían profetizado falsamente los sueños.

Mi madre mencionó el nombre de mi padre ante ese joven sólo en una ocasión, en el transcurso de un almuerzo informal. El hombre calló durante un lapso incómodo. Mi madre dedujo que se conocían, que quizás habían sido amigos, que su presencia en esa casa suponía, para todos, el exterminio. El hombre tomó sus ropas, me besó en la mejilla (y yo sudé durante las siestas luego de ese roce ínfimo), abrazó a mi madre, no quiso aceptar el dinero que ella le ofreció, y se fue. Mi madre lloró sólo una vez durante los años en los que mi padre fue un fantasma; fue cuando los periódicos anunciaron, jubilosamente, la aniquilación de su amante.Por años el recorte de esa cara luminosa permaneció escondido en los pródigos cajones del escritorio de mi madre.

Angelica Kaufmann: Penélope en el telar, 1764. Hove Museum and Art Gallery, Brighton.

Debajo de un catre antiguo en el dormitorio más lejano de la casa mi madre improvisó un escondite; me hizo jurar que no lo abandonaría por motivo alguno si había logrado instalarme allí, ni siquiera si a mis oídos llegaban los sonidos de su tormento o de su muerte. Me enseñó a tomarme de los hierros que cruzaban la parte superior, como Ulises hiciera con los rebaños para escapar del cíclope, y así apartarme de la vista de los verdugos. La tarde que golpearon con vehemencia la puerta me envió a ese cuarto, a empellones me sumergió bajo el polvo del camastro, y abrió. Una media docena de esbirros se precipitó en la sala. Desde esa inmovilidad escuché las amenazas; mi madre sentía furor, pero fingía temor, para satisfacerlos. Luego exigieron dinero y se dividieron parte del mobiliario; por último, demandaron de mi madre la sumisión. A la agitación de las ropas huyendo sin protestar del cuerpo de mi madre sucedió el brusco rumor de la intimidad violenta. Cuando quedamos de nuevo solas, mi madre vino por mí: una bofetada le cruzaba la cara, sobre su cuerpo aún lúcido se adivinaba el peso de varias humillaciones. Aun así, fui yo quien llorara y ella mi consolación, como en una trama defectuosa.

Mi madre no volvió a recibir a nadie; tampoco nosotras éramos bienvenidas en hogares ajenos. Judías y sospechadas, el vecindario nos contemplaba de reojo con una mezcla de desprecio y de alivio; el rechazo se fundamentaba en tantas cosas, el desahogo en una sola: de exigir un renovado sacrificio, los asesinos nos escogerían a nosotras y dejarían a esas gentes decentes en paz. Nada nos ligaba al mundo exterior, excepto cuando el régimen cayó; un 14 de Junio mi madre, que no había olvidado los relatos de mis abuelos apenas escamoteados del Ruhr, hizo ondear una bandera británica en la azotea: por esas  manos había caído el Reich hacía décadas, por las mismas lo hacía ahora esa réplica módica. Los vecinos se permitieron expresar repudio: durante semanas la basura del barrio se amontonó en nuestra puerta y sobre los muros se dibujaron cruces gamadas. Mi madre silenciosamente borró, mes tras mes, los símbolos del nazismo, hasta que los anónimos autores se cansaron.

John Flaxman: El encuentro de Ulises y Penélope, 1805.

Siguiendo al Génesis, Yavhé descansa al iniciar el séptimo día desde la creación del mundo. La séptima jornada del sexto mes del año séptimo desde aquella despedida apresurada mi padre regresó. En su cuerpo se notaban las huellas del dolor del espíritu,  también del de la carne. Desde dentro de ese paciente y callado amor que había durado lo que la ausencia, mi madre le obsequió para su bienvenida esa sonrisa única que repitiera para mí las horas anteriores a su muerte, y lo abrazó. Apelando a los rudimentos de griego que le había enseñado, mientras le acariciaba el rostro, le susurró, como le ocurriera a Ulises, una pregunta que era a un tiempo una exhortación tierna a la consumación: Describe nuestro cuarto. Mi padre balbuceó su torpeza en esa lengua olvidada y, aunque herido, sucio, derrotado, su honor quizás perdido en la forzosa delación que nace de la tortura, se dejó besar. Antes de alojarlo en el lecho para hacer el amor, mi madre inquirió por la suerte del niño y de la mujer que en su vientre lo llevara. Los ojos de mi padre se nublaron y su boca se arqueó, como en los inicios del llanto. Hasta hoy son dos nombres en una lista extensa y penosa. Nunca faltaron en la mesa desde el regreso de mi padre dos sitios más, con sus platos, vasos y cubiertos, para que la parte de la familia que de las tentaciones de mi padre surgiera recibiese humilde homenaje.

Acerca de qué se revelaron mutuamente mi padre y mi madre desde que aconteciera el diminuto milagro de su venida, nada sé. Yo he querido reencontrar para mí el beso de ese hombre hermoso que prefirió morir en las calles para eximirnos de la contrariedad del peligro; cuando creo que sucede y se inflaman mis labios y desde la adolescente memoria que retengo alguien imita esa majestad de héroe que le confiere mi ardor, remedo de mi madre esa sonrisa que en su vida esbozó sólo dos veces y la regalo desde la superstición de intuir que estoy, una vez más, enamorada.

Hadrian Bagration

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