Recapitulaciones de tediosos espantos

Nicolas Poussin: El rapto de las Sabinas, 1637. Musée du Louvre.

Nicolas Poussin: El rapto de las Sabinas, 1637. Musée du Louvre.

A mis años, he debido soportar con estoicismo digno de mejor causa una docena de parodias de aquello que los regímenes burocráticos del Este, en especial la China de Mao, llamaron la obra de arte de masas, o la fiesta total: la fase final de una competencia planetaria de fútbol.  Los politólogos sostienen que una de las diferencias que separan a los totalitarismos de raíz conservadora de los que optan por la concentración estatal del capital es que los primeros estetizan la política, en tanto los últimos politizan el arte. La banal hipérbole del fútbol ha hecho que esta aparente contradicción se desdibuje: aun en las democracias (sobre todo en aquéllas más débiles que lo tolerable), el fútbol es un vacío ritual en el que el colorido comportamiento del público es imprescindible para la buena salud del juego- espectáculo, violencias incluidas (aunque hipócritamente deploradas) por quienes viven con holgura del sudor de hombres sencillos.

No soy una voz imparcial: aborrezco el fútbol con un apasionamiento que no podría hallar mejor razón. Alain Finkielkraut se lamenta en su La défaite de la pensée de que haya sido comparado con el ballet; no se me ocurre método más científico para confirmar la estupidez del responsable de esa atrocidad verbal. Es una ingenua ilusión pensar que existe una platónica esencia de ese deporte depositada en un mundo de ideas alejado del vandalismo de las hinchadas, de los negocios turbulentos de las dirigencias y de las operaciones políticas que se cometen en su nombre. El fútbol ha reemplazado a cualquier actividad humana en seriedad e importancia; esta enunciación, que debiera causar escalofríos, provoca solaz en acomodados apologistas de esa tontería infinita, como lo son o eran Galeano, Alabarces, Fontanarrosa, Soriano et alia, sólo por citar a los latinoamericanos. Rara vez son mencionados autores como Vinnai, Buford o Sebreli en sus concienzudos análisis del tenebroso mundo de la pelota. Al fútbol le son perdonadas y hasta justificadas por adelantado, como en una descarada venta de indulgencias, todos sus crímenes, manipulaciones de multitudes y complicidades políticas con los peores regímenes del planeta. Todo el bienvendible populismo de autores que pregonan progresismo inaudito se vuelca en la defensa de un sistema que posee poco de deportivo y un gran exceso de ideología reaccionaria, además de una nada sutil explotación de la marginalidad social traducida en el reclutamiento de jóvenes de clase baja para la conformación del núcleo duro del hooliganismo, aquél que mata y muere en enfrentamientos que se olvidan luego de voltear unas cuantas páginas de la sección policial de cualquier periódico.

La versión más reciente de este teatro de la crueldad transcurre en la más inmediata actualidad en la República de Sudáfrica, una nación que padece, luego de décadas de esa vergüenza sin límites que la indiferencia y el burdo anticomunismo de las potencias occidentales toleraron, el apartheid, crónicas carencias en ámbitos tan poco atendibles como la salud y la educación, además de hallarse inmersa en pavorosos abismos de caos social y sanitario: ese país alberga a un 15% de la población mundial que sufre el Virus de Inmunodeficiencia Humana, el mayor de cualquier territorio del orbe. Las cinco naciones que le siguen en esa triste lista lindan en su totalidad con la República de Sudáfrica, lo cual implica un infierno para la cotideaneidad humanitaria de la región cuyas  proporciones dejarían azorado al Dante.  De acuerdo a un serio estudio realizado por el Medical Research Council of South Africa en Junio de 2009, uno de cada cuatro hombres (no es éste un error de cálculo ni de tipeo) admite haber violado al menos una vez a una mujer; algo más del 70% de ellos agrega que ha llevado a cabo la hazaña antes de cumplir veinte años, que su víctima fue una adolescente, que en un buen porcentaje de casos la agresión fue celebrada en forma múltiple y que se trata, orgullosamente quizás, de una suerte de oscura ceremonia de iniciación. Un trabajo similar advertía en fecha tan temprana como 1999 que una de cada tres mujeres de un grupo de cuatro mil había sido objeto de vejámenes al menos en una ocasión. Las denuncias, como ya es costumbre, se detienen en un porcentaje ínfimo de las ofensas; aun así, desde las autoridades la respuesta es el silencio o la burla. Diez penosos años han pasado sólo para confirmar la esclavitud sexual de las mujeres sudafricanas respecto de la otra mitad de la población.

Sudáfrica atraviesa una crisis energética severa que redunda en una desaceleración constante de la economía y es imputable, en su mayor parte, a la ineficiencia y el desinterés de los gobiernos (quienes no la padecen), la corrupción y la imprevisión. En Sudáfrica, sólo el 14% por ciento de la población negra (el lector no se confunde) accede a un nivel de educación más allá del primario, una cifra sólo levemente superior a la que acontecía durante el siniestro sistema que impusieran los blancos. La responsabilidad social de la Fédération Internationale de Football Association o del Comité Olímpico Internacional es, como esas sufrientes estadísticas lo demuestran, nula. También lo es la de las empresas que se avienen calurosamente a estrechar las manos de gobernantes que sólo sienten sorna por los cotidianos dolores de su pueblo.

Edvard Munch: El grito, 1893. Nasjonalmuseet, Oslo.

Edvard Munch: El grito, 1893. Nasjonalmuseet, Oslo.

No debe pensarse que es únicamente el fútbol quien ha de ser culpado por la reducción de los seres humanos a la impotencia de la idiotez: los Juegos Olímpicos modernos, esa invención del filonazi barón Pierre de Coubertin, compiten denodadamente con los certámenes mundiales de balompié en popularidad e insensibilidad para con la discriminación, el desamparo y la pobreza. En unos y en otros, la urgencia de presentar al turismo y a la prensa una nación idílica que goza de envidiables estados de abundancia es motivo de gastos suntuarios y el desvío de fondos que se reclaman con desesperación en áreas en las que se juegan, en lugar de trofeos o medallas, la vida y el bienestar de seres humanos; otra desgarradora consecuencia de estos fastos de vulgar etiqueta es un fenómeno que los sociólogos han denominado economic cleansing, el desplazamiento forzoso de una abultada cantidad de personas cuya mísera situación económica las hace indeseables para la delicada vista de las cámaras y de los invitados al palco oficial. Salvo honrosas excepciones como la BBC o el New York Times, los medios se han cuidado muy bien de resultar antipáticos al rufianismo de la alianza entre el deporte y las insolentes formas de la impiedad política.

No es sensato achacar al fútbol todos los males que se desploman sobre las cansadas espaldas de hombres y mujeres; sí es lícito afirmar que quienes detentan la potestad de ese negocio rapaz hayan creado una rústica conciencia que confunde todo acto con las incidencias de un match (incluidas las guerras) y de que la contemplación de cualquier otra competencia se haya asimilado a los defectos de ese deporte. Juegos como el tenis, el rugby, las carreras de automóviles y hasta la desgracia del box son observados como si de partidos de fútbol se tratase, con parcialidades (muchas veces más que inquietas) alentando a sus favoritos en razón de su origen geográfico, que no de su habilidad o de su estilo. El fútbol, entre sus múltiples legados empobrecedores, ha elevado a la categoría de valor al nacionalismo; ya no sólo es un equipo compuesto por veintitrés jugadores el representante de una nación, aun cuando tal aserto rebase las fronteras del grotesco, sino que también lo son un ajedrecista, un nadador o un saltador de garrocha. La mirada que el fanático del fútbol imprime a la realidad lo ha invadido todo, como una peste cuya cura parece todavía lejana.

No tengo esperanzas de disfrutar de la disolución del complejo industrial-futbolístico y olímpico antes de mi muerte. Confío en que generaciones más sensatas llevarán a cabo esa tarea necesaria y ardua.

Hadrian Bagration

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Un comentario en “Recapitulaciones de tediosos espantos

  1. Excelente crónica de la realidad!. Desconocía mucho de lo que HADRIAN dice en su artículo, pero coincido con todo, porque pertenezco a la “minoría de los desinteresados”, pecado capital para los que creen que todos debemos engancharnos y ponerle puntos suspensivos a nuestras tareas en estos días, estando atentos a lo que pasa con el equipo tripulado por “el egregio” Maradona. De los barrabravas mejor ni opinar, son una verguenza nacional, avalados por dirigentes siniestros.

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