Saramago, de aquí en más

John Keats revive, en un poema de principios de 1819, las acres polémicas en las que se enzarzaban los partidarios de los dramaturgos más diestros de la Inglaterra isabelina en un establecimiento de reputación nada dudosa, la Mermaid Tavern, al este de la catedral de Saint Paul. Las parcialidades más ardientes correspondían a los dos autores más dotados: quienes se inclinaban por Jonson insistían en que el rigor clásico de sus comedias lo parangonaba con Plauto o Terencio, de quienes era legítimo sucesor; quienes se declaraban por Shakespeare, argüían una imaginación sin rienda y un uso de la lengua inusual. Para los seguidores de Jonson, tal licencia era anatema; la escasa formación escolástica de Shakespeare, demostrada en su difuso manejo del griego y del latín, lo hacía inelegible para la canónica posteridad. Thomas Fuller, historiador que era aún un niño en la fecha de la muerte de Shakespeare, recogió con paciencia los alegres recuerdos de quienes juraban haber presenciado los combates verbales entre quien escribiera Love’s Labour’s Lost y Jonson: era dogma de ese tiempo que ambos literatos se detestaban, que Shakespeare importunaba a su adversario con argumentos ingeniosos hasta la procacidad, y que Jonson se dignaba contestar de reojo con citas de los gloriosos antiguos. Releer a Fuller es sospechar que tampoco él creyó en la veracidad de esas acaloradas justas orales; quizás ambos hombres se entretenían trocando la pluma por el espontáneo escenario de una taberna atestada en la que , para escapar al tedio del día y al tedio de la literatura, improvisaban un escenario sobre el que disputar como veteranos actores.

Harold Bloom reprochó a José Saramago el haber comparado la penosa situación que sitia al pueblo palestino con Auschwitz; agregó de inmediato que de acuerdo a su juicio, nada erróneo, Saramago era uno de los mayores novelistas de la actualidad, y que el avaro futuro no lo olvidaría. A despecho de esa equivocación, a Saramago pertenece asimismo la inusitada valentía de haber roto públicamente con la barbarie del castrismo, de declararse sin ambages ateo (“Dios es el silencio del universo, y el ser humano, el grito que da sentido a ese silencio”), de redactar en un estilo incómodo para la ramplona industria editorial, cuyo mérito mayor es la simpleza de lo vendible, de reflotar, aun cuando sea por años escasos, un género al que la nada docta indiferencia del lector ha descuidado hasta enfermarlo de muerte.  Sobrevivirá la novela por tiempo incierto, y gracias a este buen portugués sucederá.

Al saber de la muerte de Shakespeare, Ben Jonson contribuyó a editar el primer folio de sus obras, al que añadió un prefacio que comienza con estas líneas: “To the memory of my beloved, THE AUTHOR (las mayúsculas le pertenecen), and what he hath left us.” (A la memoria de mi amado, EL AUTOR, y a lo que nos ha dejado) Cuando alguien osaba contrariar la memoria de Shakespeare en su presencia, Jonson, haciendo evidente su malestar, sentenciaba: “He was not of an age, but of all time.” (No pertenecía sólo a una época, sino a todos los tiempos). Bloom lo asegura, y debemos creerle, que Saramago también lo será.

Hadrian Bagration

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