Felicidad y decadencia de los inocentes

Jon Stamford: Passion, sin datación. Colección del autor.

En épocas en las que la infancia era más endeble (los hechos a los que haré referencia deambulaban por los años en los que en Latinoamérica las autoridades militares eran tan cuestionables como la sed de sangre de las divinidades aztecas), algunas escuelas de índole confesional habían puesto en boga un juego al que denominaban, sin mayores pudores, la guerra. Las reglas eran harto sencillas: dos bandos se enfrentaban en un rectángulo dividido en sendos campos antagónicos; una pelota oficiaba de proyectil, con ella se buscaba impactar en cualquier parte del cuerpo de un adversario. Si éste no evitaba que la bola cayera al piso luego de ser golpeado por ella, su vida, en lo que tocaba al encuentro, llegaba a su fin. El balón era la metáfora del plomo. La ingenua niñez impedía establecer diferencias entre heridas leves y letales: todos los alcanzados eran, llanamente, muertos. Eliminados del match, se amontonaban en la retaguardia del equipo rival, un apartado al que se le daba el teológico nombre de cielo. Más similar a los infiernos clásicos, en donde las almas de los difuntos se apiñaban sin consideración de su conducta terrenal, desde ese lugar era posible matar a los enemigos sobrevivientes o ceder la táctica del cañonazo a los aliados que aún se contaban en el mundo de los vivos.  Los combates no tenían cuartel: sólo se daba por terminado un juego cuando la totalidad de uno de los equipos era exterminada. No descarto que habrán quienes recuerden con afecto esos días de viril preparación para la batalla por la existencia.

Un divertimento menos frecuente pero algo más cruento era la caza de la vizcacha. Éramos conducidos tierra adentro en un ómnibus escolar;  al bajar, a cada niño le era entregado un palo. Los encargados del contingente introducían mangueras en las guaridas de los animales; es de presumir que las crías morían ahogadas. Cuando los adultos intentaban huir se encontraban de frente con un muro de jovencitos ávidos de hazañas que los deshacían a bastonazos; no era raro que los cadáveres de las vizcachas no sirviesen ni para alimento de los perros. Fue en los alrededores de esas fechas que mi asombro oyó por primera vez una sutil justificación del Holocausto de boca de un maestro grandulón y afable, severo en su justa medida e ideólogo principal del juego de la guerra: Si Hitler, antes de morir, se arrepintió de todo corazón y pidió perdón, Dios lo habrá perdonado. Sus palabras, que eran las de un creyente más que ferviente, eximían al austríaco en cuestión de la dura reprobación que fomenta la Iglesia Católica para con los suicidas, quizás en reconocimiento al alto servicio que éste prestara en contra de la terquedad del judaísmo.

Una mañana fría de sábado fuimos reunidos en uno de los patios, el más amplio, para oír la áspera arenga que un uniforme de términos titubeantes nos espetó; con una lógica extraña y ajena a los conocimientos que le sospecho poseería, farfulló vaguedades acerca de una cruzada contra el mal, de la que nosotros éramos, desde la modestia de nuestros pelotazos y despedazamientos de vizcachas, partícipes. Ese verano pasé una temporada en un pueblecito de Adrogué, no lejos de un hotel en el que se hospedara Borges en momentos de mocedad (yo lo sabría mucho después). A la casa en la que me alojaba llegó el rumor breve y brutal de unos disparos. En las calles hubo una corrida. Quienes vivían conmigo pensaron que una desgracia podía haberle ocurrido a uno de los miembros de la familia, quien se había ausentado para ocuparse de un trámite. Tras una esquina vi el cuerpo seco de una mujer; un par de hombres con armas en la mano comentaban el éxito de la cacería a quienes se avinieran a conversar con ellos. Muchos vecinos se convirtieron en espontáneos exégetas de la acción; uno de ellos explicaba a su hijo, que observaba la escena con un dedo entre los labios, la trayectoria de las balas. Manos cariñosas me apartaron de esa realidad que la ficción no envidia y me refugiaron en la relativa seguridad del hogar.

Era costumbre algo risible que, a medias en broma, se nos otorgaran grados militares y que fuésemos llamados a dar la lección del día o a hacer de mandaderos por nuestro apellido precedido del rango que la voluntad de los docentes había tenido la bondad de obsequiarnos. Mis relaciones con compañeros y superiores, excepto por alguna excepción que me honrara, consistían en una respetuosa hostilidad; no nos estimábamos, y en ocasiones nos lo hacíamos saber. La dirección del establecimiento no solía ampararme: ni una sola vez se me concedió una altura mayor a la de un cabo. En medio de generales que aún se afanaban intermitentemente por memorizar las tablas de multiplicar y las reglas de colocación de las tildes transcurrieron esos años lentos y chirles.

Suelo escuchar imprecaciones que sollozan por el perdido honor que aseguraba a las figuras de autoridad el poder absoluto sobre los actos y los pensamientos de la prole; abundan, se dice, demasiadas licencias; han brotado, se esgrime, demasiados permisos; nos hallamos, es la queja, ante el desencanto de la decadencia. Rememoro esas tardes sucias de hipocresía y de feroz enaltecimiento del oficio del verdugo con el que se adoctrinó a más de una generación y es mi único deseo que el caos que acecha a la sagrada inocencia de la juventud acabe por corromperla feliz y completamente.

Hadrian Bagration

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