Miércoles de cansancio

Agnes Jorgensen: Sleeping giant, ca. 2005. Colección privada.

Dies Mercurii en su origen más rancio, la jornada de Odín (Woden’s day) en la germanía, el miércoles son las horas en las que comienza a asentarse ese estado de sinceramiento vital que llamamos fatiga. Recorrer una ciudad para hallar o conceder alivio, cuanto más enorme e impersonal ésta, tanto mejor, es una forma accesible (pienso en la palabra inexpensive) de vagar por el mundo; en cada urbe conviven todos los tipos humanos, es probable que en cada hogar así suceda, y hasta en cada individuo, dadas las suficientes garantías de anonimato.

Una dolencia mansa me enfrentó hoy a un profesional de la salud. Sartre acertaba al explicar cómo los oficios se encarnan cual divinidades pícaras en quienes los ejercen, y les insuflan una voluntad que borra el poder del capricho del humano. La medicina es un retórico género menor cuyos asertos no admiten réplica y que posee el monopolio del combate contra el dolor corporal; para aquéllos que lo han padecido en sus variantes más impiadosas, el único que existe más allá de las fantasías en las que se disuelve la angustia. El médico suele ser una composición de voz amable, porte docto, amigable o sereno según el caso, recatado hasta los límites de la probable rectitud; se le exige ostentar ese credo flexible con el que fustigamos a quienes nos ofenden y que denominamos ética. Una zafia característica hermana, sin embargo, a casi todos los vastamente ramificados discípulos de Hipócrates: en su opinión, hartos de ser importunados por recurrentes ayes, todos los sufrimientos son prolongables por oscuro designio de la todopoderosa enfermedad; la muerte del dolor es, por desgracia ajena a sus voluntades, un hecho siempre aplazable.

La a veces solitaria fiesta que nos ofrece la juventud declina cuando en nosotros asoman los primeros síntomas de ese inmisericorde crepúsculo que conocemos como cansancio. Llega el instante en el que la caída del sol marca el fin del día y no su comienzo eufórico y nocturno. El sueño deviene una telaraña de la que no nos debatimos para escabullirnos; más bien, dormimos ansiando que las tinieblas se extiendan, que nadie llame a la puerta ni nos sacuda el hombro, que esas tareas que no podemos ahuyentar, como la mordedura del dolor, nos dejen en paz.

Days become uneventful as we grow old; es sabido que no somos nosotros quienes estamos hechos de tiempo, sino él quien se compone de la vulnerabilidad y de la refulgente impureza de nuestra materia; sin humanidad, el tiempo no sería. Es para honrarlo que vivimos, y para arriesgarnos al albur de que mañana haya alguien, el tiempo lo quiera, que se apasione con nuestra fragilidad ante el dolor y con nuestro cansancio.

Hadrian Bagration

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