El sueño de Nadia en Praga

Oskar Kokoschka: El Karlsbrücke en Praga, 1934. Národní galerie, Praga.

La literatura de Reinaldo Arenas contiene, en ese volumen que a toda persona sensible a los caprichos de la belleza le está vedado desconocer, Antes que anochezca, noticia de su improbable y feliz (adjetivos con los que es posible calificar a tantas cotidianas felicidades) arribo a Nueva York. La desilusión, en cualquier historia vital, es sólo cuestión de tiempo, y le llegaría a Arenas con prontitud; las semanas que esa crepuscular sensación demoró en presentarse ante él fueron, como lo es la euforia antes de la lágrima, el preámbulo al principiar de su derrota. No sería Nueva York la ciudad más luminosa para Arenas, mas le era provechoso escogerla por sobre la epidemia de tiendas que constituye Miami, la ajena sal del Pacífico o el lento veneno del racismo del profundo Sur de su admirado Faulkner. Barcelona y París habitaban tras el muro que separaba a su pobreza de Europa; de igual modo, gobiernos que no eran convencidos adversarios del castrismo atemorizaban un poco el nocturno escenario que recreaba su celda y su tortura.

Como el choque de dos cuerpos en la antónima tibieza de la carne en la frialdad de un cuarto al alba es que una ciudad sin certezas nos recibe en el claroscuro de sus avenidas a la madrugada. De ella se espera una recatada apertura a nuestro deseo que quiere detenerse en el detalle de cada ventanal en donde dos soledades se hacen el amor a la sombra; de nosotros, la condescendencia de actos breves, corteses y furiosos, como los besos.  Fue en el Karlsbrücke de Praga, sobre el Moldava, que una mujer de belleza vistosa me sonrió; no la atraían mis encantos, sino la oportunidad de trocar los suyos en metálico. Es la extensión del puente la de unas cinco cuadras; por la noche su piedra regresa al Medioevo y a la salmodiante soledad del río en la tiniebla. Mademoiselle no se había sometido a rudimentos de inglés o francés; su alemán era torpe y mi checo, horrísono. Miénteme tu nombre, alcancé a susurrar mientras lograba la leve desnudez que la luna sobre el puente consentía. Ella dijo llamarse Nadia; yo bromée una tonta jactancia que sonaba a español, y que pareció, sabiamente, no entender. Acabados los esfuerzos, le ofrecí tomar de un cúmulo de billetes los que su necesidad dictase; simplemente apartó el precio convenido e instaló de nuevo en su rostro una pública sonrisa, que los hombres deseamos única.

El día final de mi estancia en Praga caminé con respetuoso ritual hacia el Karlsbrücke a la luz de la penumbra que destila la vejez de la ciudad. Nadia dormía sola, con su cabeza sostenida por la inflexible piedra del puente; el benigno verano del aquel año se dignaba a obsequiarle esa cama señorial y extensa que no había sido pensada para ella. En el hueco de una de sus manos coloqué la sagrada cifra del intercambio; sus finos dedos disimularían esa módica posesión hasta que asomase la incomodidad del fin del sueño. Ese egoísmo último quiso condenar a Nadia a perder, sin tristeza, desde mi cara hasta mi voz, desde mis sutilezas tediosas hasta los atosigados idiomas que con ella intentara; no olvidaría, quizás, que de mí su memoria extraviaría, como Arenas de tantos amantes y tantos amantes de él, mi nombre.

Hadrian Bagration

Terror sagrado III: El polvoriento rastro del secreto

Dios con nosotros: hebilla de cinturón del uniforme de combate de la Wehrmacht, 1937.

El papa Ratti fue un prolífico, si bien irregular, escritor: su actividad literaria se iniciaría con una encíclica que data del año 1922, la tenebrosa Ubi Arcano Dei Consilio, que sentara las bases para la creación de la Acción Católica con la excusa de combatir al comunismo; la verdadera intención era derrumbar todo aspecto secular de la sociedad que no inclinara su cabeza ante el pulgar de la Iglesia. Un presunto intelectual y cómodo burócrata del aparato eclesiástico vaticano, Tarsicio Bertoli, se refiere vagamente, en un artículo de nada sorprendente ausencia de rigor histórico acerca del olor a santidad del papa Pacelli (Pío XII) en L’Osservatore Romano, a las negociaciones que éste encarara como nuncio con enviados soviéticos en 1924; el diálogo se prolongaría por tres años, al cabo de los cuales quedaba claro que el gobierno comunista emprendería una campaña de erradicación dirigida sólo contra la Iglesia Ortodoxa Rusa. Stalin era ya el sucesor inevitable de Lenin y su decisión de consolidar su posición en el interior de la Unión Soviética era del agrado de un mundo que temía la exportación forzosa del modelo de Moscú. La vasta mayoría de los católicos que habitaba el Estado soviético se concentraba en las Repúblicas Bálticas, especialmente en Lituania, y en Bielorrusia; los tratados de Rapallo de 1922 y de Berlín de 1926 entre Alemania y la Unión Soviética forjaron una alianza formal entre ambas naciones, por la que renunciaban a combatirse, se avenían a cooperar entre sí incluso en asuntos de índole militar e inauguraban una era de provechoso intercambio económico; lejos estaba en el ánimo de la Unión Soviética la invasión de Europa: Stalin se contentaba con extender su zona de influencia, por el momento, a expensas de fineses, polacos y rumanos.  Cuando la coalición entre Hitler y Stalin hizo caer las mandíbulas del planeta al firmarse el pacto Molotov-Ribbentrop en 1939 (el que, entre otras cláusulas, establecía la división de Polonia luego de la invasión alemana desde el occidente y la soviética desde el oriente y la anexión, por parte de los soviéticos, de los Estados bálticos), la Iglesia Católica ya llevaba doce años de entendimiento con la URSS, diez con la Italia fascista y seis con la Alemania nazi; no hay mejor ejemplo de la pérfida y veleidosa habilidad de la diplomacia vaticana.

La imagen más extraña: Hitler firma un autógrafo a una religiosa, por Heinrich Hoffmann, fotógrafo oficial del Führer, 24 de Septiembre de 1935.

Ratti prohijó además, en consonancia con la doctrina de la supremacía papal por sobre las limitaciones de las jerarquías terrenales, Mortalis Animos en 1928, en la que condena al ecumenismo religioso y ensalza la superioridad de la Iglesia Católica, romana, santa, apostólica y una, gobernada por él y por sus obispos; Non Abbiamo Bisogno, de 1931, es un recordatorio a Mussolini de las obligaciones a las que los tratados de Letrán lo engrillaban y repudiaba su intento de arrancar a la Iglesia la exclusividad de la manipulación ideológica de la juventud al tratar de sustituir a las organizaciones juveniles católicas en Italia por la Opera Nazionale Balilla, más tarde inspiración de la Hitlerjugend en Alemania y, parcialmente, de la Unión Estudiantil Secundaria, regalo del Ministro de Educación argentino, Armando Méndez San Martín, a Perón en 1953. Curiosamente, Ratti hace cargar la culpa, en la encíclica, de la creación de esa organización fascista para niños a la masonería y el liberalismo; no fuera que Il Duce se sintiese ofendido con el contenido de la misiva que no constituía más que una oficiosa protesta en tono de boutade.

Es universalmente sabido el hecho de que la Iglesia Católica no se halla ligada a ésta o aquélla forma de gobierno, en tanto los divinos derechos del Señor y de las conciencias cristianas se encuentren a salvo.” Esta descarada declaración del papa Ratti, contenida en la encíclica Dilectissima Nobis de 1933, un nada velado vituperio de la República Española, es una confesión, a la vez, de la arrogancia y de la indiferencia de la Iglesia Católica para todo aquello que no afecte su realidad material: Ratti equipara los derechos de su dios con los de la institución que presidió (no hay dudas de que ésa era su intención, puesto que la carta papal tronaba contra las expropiaciones en contra de las nada indigentes propiedades y activos de la Iglesia en España), acto de idolatría que ninguno de sus sucesores enmendó. Como se explicara más arriba, la única condición que la Iglesia Católica impone a sus interlocutores es la inviolabilidad de sus prebendas; de cumplirse ésta, da lo mismo negociar con republicanos, monárquicos, liberales, fascistas, comunistas, vegetarianos, demócratas, ácratas, nestorianos, pelagianos o monofisitas. Dado que todo lo que la Iglesia venera, en el campo teológico, es puro espíritu, y por lo tanto, invisible, vale más sufrir pesada angustia por la suerte de las conciencias de los fieles en peligro que por su integridad física; de todos modos, a quien se haya comportado como manda la ubicua institución, le corresponderá en caso de muerte el consuelo del paraíso.

Ilustración del libro para niños Der Giftpilz (El hongo venenoso): "Cuando veas una cruz, recuerda su horrible asesinato por los judíos en el Gólgota".

Desde mediados de la cuarta década del siglo pasado Europa se preparaba para una nueva guerra. La militarización en el totalitarismo alemán era absoluta; en la Unión Soviética, la paranoia de Stalin montaba, con trágico histrionismo, una sucesión de juicios en los que la Vieja Guardia Bolchevique, que había contemplado con satisfacción la elevación del máximo jefe a la cima del Kremlin, era obligada a confesarse culpable de ficticias traiciones, atentados y conspiraciones: hombres con sus narices rotas y dentaduras hechas pedazos balbuceaban falsas admisiones de crímenes inenarrables contra el Estado y pueblo soviéticos para que la piedad de un disparo en la nuca pusiera fin a los tormentos. La Iglesia Católica creyó conveniente hacer ostensible su calidad omnipresente y el papa Ratti emitió dos encíclicas con una diferencia de apenas cinco días: Mit brennender Sorge (Con apremiante angustia) se distribuyó secretamente en muchas diócesis del Reich con el mandato de ser leída durante la celebración del Domingo de Ramos de 1937. Por el contrario, Divini Redemptoris, una manifestación de frontal oposición al comunismo, se dio a conocer en medio del protocolo más barroco reservado para estas ocasiones faustas. La nota de color de esta obra de género incierto es la definición del rol de la mujer, de acuerdo a Ratti bajo amenaza de prevaricación por causa de las doctrinas de Marx: “El comunismo se caracteriza en particular por el rechazo de cualquier ligadura que ate la mujer a la familia y el hogar, y su emancipación es proclamada como un principio básico. Se la retira del cuidado de su familia y sus hijos, para ser enviada a la vida pública y la producción colectiva en las mismas condiciones que un hombre.”

La razón de esta inequidad de conductas (el papa Ratti se lamentó, en un comunicado oficial, de que las potencias occidentales no hubieran prestado la debida atención a su denuncia de la Alemania nacionalsocialista: sus gemidos eran una hipócrita negación de la satisfacción que en él causaba que su maniobra hubiera logrado no irritar a los jerarcas del nazismo) radica en la popularidad de un hoy oscuro y abstruso libro: en 1930, aún bajo la República de Weimar, el arquitecto Alfred Rosenberg publicó su Der Mythus des zwanzigsten Jahrhunderts (El mito del siglo XX), un festival de pseudociencia histórica en la que argüía una creación separada en estamentos rígidamente distanciados: a la cabeza, y productores de toda generosidad para con el universo y la humanidad se halla la raza aria; progresivamente se desciende hasta tocar la degeneración y animalidad de los judíos. Rosenberg empleaba la palabra mito con signo positivo: la sangre, la hermandad de los pueblos arios y la destrucción del judaísmo eran la mitología que devolvería la Kultur germánica a un siglo herido por los abusos de la judería.

Hitler saluda al obispo protestante Ludwig Müller y al abad Schachleitner.

Rosenberg era uno de los escasos nazis de cierto renombre en rechazar de plano la religión católica. No dejaba nunca de referirse al dios cristiano, pero lo hacía en términos eminentemente protestantes, y de la figura de Jesús aseveraba que se había tratado de un santo ario (Rosenberg le atribuía un probable origen amorita, ignorando que este pueblo era de irrefutable raíz semita, excepto para el antropólogo Felix von Luschan, creador de una escala cromática para clasificar el color de la piel humana de acuerdo a treinta y seis categorías, desde la pureza de la nieve hasta la abyección del carbón) asesinado por una conspiración judía, y de cuyo mensaje los judíos se habían apropiado en un principio y la Iglesia Católica más tarde. Su obra no era del agrado de Hitler ni de la de su círculo más íntimo: nunca fue publicada por la editorial del partido nazi, ni a Rosenberg se le otorgaron cargos más que secundarios; Goebbels, quien era un devoto católico, lo despreciaba públicamente, con el beneplácito del Führer. Aun así, la teoría racial y el flagrante antisemitismo que sus páginas defendían lo hicieron popular en amplias capas del pueblo alemán, y útil al clero protestante, embarcado en una guerra de privilegios que disputar frente al trono de Hitler. La encíclica de Ratti se refería explícitamente al culto de la sangre y la raza, tan burdamente expresado en el volumen de Rosenberg cuanto en Mein Kampf; éste era de posesión y lectura obligatoria, en tanto aquél pasaba de mano en mano en ediciones abreviadas y copias baratas. El protestantismo alemán había aventajado a la Iglesia de Roma en más de una concesión de prebendas a través de la potestad conferida al Estado nazi de legislar según su conveniencia en materias de administración religiosa sin atender a la necesidad de consultar un sínodo, facultad que el catolicismo no estaba dispuesto a delegar. Las veintiocho denominaciones regionales protestantes de Alemania confirmaron el nombramiento del obispo Friedrich von Bodelschwingh en Abril de 1933 como Reichsbischof de la Deutsche Evangelische Kirche, la Iglesia Evangélica Alemana; Hitler no aceptó la exaltación de un moderado y en su lugar impuso al antisemita visceral y antiguo capellán Ludwig Müller. Desde el sínodo de Dahlem de 1934 surgió un movimiento de resistencia conocido como la Bekennende Kirche, la Iglesia Protestante de la Confesión, que agrupaba a los miembros cuyas ideas se oponían al nazismo. Perseguida y hostigada, jamás poseyó el favor del que gozó el cuerpo principal bajo la dirección del obispo Müller. Mit brennender Sorge, la encíclica papal que revocaba cualquier opinión a favor de la preponderancia de la raza sin hacer mención alguna al antisemitismo, simplemente hacía llegar de modo cortés a Hitler un recordatorio de que la Iglesia Católica también era acreedora de la parte del león, aun cuando no estuviese dispuesta a la genuflexión política del protestantismo oficialista, en tanto que Estado soberano cuyos intereses nacionales se encontraban por encima hasta de su propio dogma.

Tres son las encíclas de importancia que resta mencionar del papa Ratti: Quadragesimo Anno, de 1931, es alabada como el perfecto equilibrio en el esfuerzo de regular las relaciones entre capital y trabajo, expuesta cuarenta años después de la sosa Rerum Novarum del papa Pecci (León XIII), carta fundacional de la Doctrina Social de la Iglesia. La carta de Ratti es un extenso colofón a la misiva del papa Pecci: de esos polvos corporativistas se engendrarían los lodos de la comunidad organizada mussoliniana, rexista y peronista. Más que una confirmación del carácter sacro de la propiedad privada, Quadragesimo Anno es el epítome de la gatopardista habilidad eclesiástica de revolucionarlo todo para luego retornarlo a su manso lugar original.

Tumba del papa Ratti en las Grutas Vaticanas.

El que hubiese sido el último de los mensajes pontificios de Ratti quedó,  según el augusto testimonio del muy conservador cardenal Eugène Tisserant, decano del Sacro Colegio Cardenalicio, en el escritorio del obispo romano al momento de su muerte, el 10 de Febrero de 1939. Humani generis unitas condenaba, en esta ocasión sin ambivalencias, el racismo; también, portentosamente, el antisemitismo y la persecución de los judíos. Aunque su autoría se atribuye a los jesuitas LaFarge, Gundlach y Desbuquois, no cabe duda que fue comisionada por el papa Ratti. En Septiembre de 1938 el superior general de la Compañía de Jesús, Vladimir Ledochowski, puso en manos de Ratti el borrador de unas cien páginas. El vaticanólogo George Johnston, quien certifica haber leído el manuscrito desde que el papa Ratzinger pusiera a disposición de los estudiosos los documentos desclasificados del pontificado de Ratti en fecha tan tardía como el año 2006, escribió una reseña en la que se constata que del papa Ratti, si bien patrocina la unidad del género humano y acusa abiertamente al régimen nacionalsocialista de vejaciones contra los judíos alemanes, el típico talante dogmático en contra del pueblo hebreo aflora intacto en todo el transcurso del códice: “Por misteriosa providencia de Dios, estos infelices, destructores de su propia nación, sobre cuyas cabezas sus propios líderes desorientados habían hecho caer la maldición divina, condenados, por lo tanto, a errar eternamente por la faz de la Tierra, no son llamados a perecer jamás, han sido preservados a través de los tiempos hasta nuestra era. No hay una causa natural y evidente que explique esta persistencia milenaria, esta coherencia indestructible del pueblo judío.” A pesar de que al propio Ratti le resultaba imposible argumentar sobre los judíos sin coger la fiebre del antisemitismo, alguna misteriosa sabiduría, quizás de suerte extremadamente terrenal, lo empujó a romper con el silencio eclesiástico acerca del diario suplicio de los judíos en la Alemania nazi. Su sucesor, el papa Pacelli (Pío XII), ordenó archivar el documento en los atestados archivos vaticanos, y lo reemplazó por una versión muy muelle, la encíclica Summi Pontificatus de 1939, en la que la unidad no era ya del género humano, sino de la sociedad; de ella, se entiende, los judíos se hallaban en el gueto, excluidos. El puntilloso cardenal Tisserant, consultado sobre si hubiera cabido el albur de que el papa Ratti hubiese vivido unos meses más para llevar a cabo la promulgación de su última encíclica, nada contestó.

Funerales del papa Pecci, 1903.

A algo menos de un decenio de su muerte, el papa Ratti reiteró párrafos de su antecesor de feliz memoria, como lo son todos los papas que se citan entre sí, Vincenzo Pecci, para resaltar las mortales cualidades del tedio en el matrimonio cristiano. Casti Connnubi, de 1930, es un plagio con licencia eclesiástica de la encíclica Arcanum divinae sapientia del papa Pecci, un tanto más antigua; “El hombre es el señor de la familia, y cabeza de la mujer, pero puesto que es ella carne de su carne y hueso de su hueso, sea ella súbdita y servidora del hombre, no como su sierva sino como su compañera, de modo que nada falte en lo que toca al honor y la dignidad de la obediencia que ella le debe. Sea la divina caridad la guía constante de sus mutuas relaciones, tanto en él, quien ordena, cuanto en ella, quien obedece, ya que cada uno es imagen, de Cristo el esposo, de la Iglesia la esposa.” Cuarenta años distan entre las encíclicas de Pecci y Ratti; esas líneas, que pertenecen a Pecci, son íntegramente reproducidas por el papa Ratti en Casti Connubi: nada ha cambiado un ápice en casi medio siglo; ochenta años más tarde, la Iglesia sigue sosteniendo las mismas sandeces en cuanto a la sumisión de la mujer.

Peter Paul Rubens: Las tres gracias, ca. 1636-1639. Museo del Prado, Madrid.

Casti Connubi contiene, a pesar de su carácter decimonónico, una revelación indirecta. Remite al venerable texto cuya autoría corresponde al papa Pecci, y que, quizás involuntaria pero gentilmente, guarda uno de los secretos mejor defendidos de ojos extraños por la Iglesia, amén de que es más que probable que muchos miembros del clero no sospechen de su existencia. Reza en su porción undécima la Arcanum divinae sapientia del papa Vincenzo Pecci en 1880: “Ahora bien: estatuir y mandar en materia de sacramentos, por voluntad de Cristo, sólo puede y debe hacerlo la Iglesia, hasta el punto de que es totalmente absurdo querer trasladar aun la más pequeña parte de este poder a los gobernantes civiles. Finalmente, es grande el peso y la fuerza de la historia, que clarísimamente nos enseña que la potestad legislativa y judicial de que venimos hablando fue ejercida libre y constantemente por la Iglesia, aun en aquellos tiempos en que torpe y neciamente se supone que los poderes públicos consentían en ello o transigían. ¡Cuán increíble, cuán absurdo que Cristo Nuestro Señor hubiera condenado la inveterada corruptela de la poligamia y del repudio con una potestad delegada en Él por el procurador de la provincia o por el rey de los judíos! ¡O que el apóstol San Pablo declarara ilícitos el divorcio y los matrimonios incestuosos por cesión o tácito mandato de Tiberio, de Calígula o de Nerón! Jamás se logrará persuadir a un hombre de sano entendimiento que la Iglesia llegara a promulgar tantas leyes sobre la santidad y firmeza del matrimonio, sobre los matrimonios entre esclavos y libres, con una facultad otorgada por los emperadores romanos, enemigos máximos del cristianismo, cuyo supremo anhelo no fue otro que el de aplastar con la violencia y la muerte la naciente religión de Cristo; sobre todo cuando el derecho emanado de la Iglesia se apartaba del derecho civil, hasta el punto de que Ignacio Mártir, Justino, Atenágoras y Tertuliano condenaban públicamente como injustos y adulterinos algunos matrimonios que, por el contrario, amparaban las leyes imperiales. Y cuando la plenitud del poder vino a manos de los emperadores cristianos, los Sumos Pontífices y los obispos reunidos en los concilios prosiguieron, siempre con igual libertad y conciencia de su derecho, mandando y prohibiendo en materia de matrimonios lo que estimaron útil y conveniente según los tiempos, sin preocuparles discrepar de las instituciones civiles.

No falta a la verdad el papa Pecci: la Iglesia Católica, desde las antiguas catacumbas hasta las postrimerías de la Europa premoderna, celebró ritos matrimoniales que contravenían, en todo o en parte, las disposiciones de las instituciones y autoridades que les eran indiferentes e incluso hostiles, ya que muchos de los malditos de la sociedad en unas épocas,  o aquéllos que se atenían a ritos que la Iglesia no consideró abominables hasta siglos más cercanos, buscaron en los legatarios de Pedro el solaz que las astringencias del orden civil les negaba. Entre esas formas del consuelo que la Iglesia no quiso, no hasta hace mucho, rehusar, figura la anuencia para que dos personas del mismo sexo contrajesen enlace ante el imperio del Cristo.

Pesa el alba sobre mis hombros; es hora de ceder, no sin cierto fastidio, al sueño. Las líneas que seguirán a estos capítulos torpes que la vanidad del escándalo del testimonio profundo ha querido dictarme me verán relatar, con las cavilaciones que ya son incuestionable costumbre, la caprichosa tradición de la Iglesia, de perseguida a perseguidora, de compasiva a cruel, de católica, en su sentido de universal, a rociada con la sangre del martirio que narran las vidas ya no de sus santos, sino los instrumentos de sus verdugos. La tradición católica recorre, entonces, el ancho e irreparable camino que conduce de la piedad para con los amantes a algo que éstos sienten como sinónimo de la muerte, y que es la separación.  Hasta mañana.

Hadrian Bagration

Terror sagrado II: Las elecciones de la cruz

Pacelli y von Papen suscriben el Reichskonkordat en 1933.

El mayor y más pertinaz adversario que han conocido las eras para con los tenues alivios que obsequiara la vacilante luz de la modernidad al género humano es una hidra que carece hasta hoy del freno de un Heracles: la Iglesia Católica. Inútil es buscar su comprensión  o su diálogo; la Iglesia Católica se ostenta receptáculo de la autoridad inapelable de una divinidad suprema y se arroga también la facultad de interpretar esa muda voluntad. Este desafortunado desprendimiento de la religión judía alterna, ya despojado por sacrificio de quienes se atrevieron a enfrentarla desde su apogeo exterminador hasta su actual decadencia no carente de destellos de su majestad de antaño, ciclos de euforia propagandística con períodos de mansedumbre en los que opera en la tiniebla para maniobrar entre las desdichas que su existencia produce. La Iglesia Católica no se arrepiente sino a través del discurso apresurado y desganado de comunicados, redactados en el altivo estilo de los poderes terrenales, de sus atentados contra los avances científicos, su censura para con las osadías de los artistas y sus intentos de supresión para con  las innovaciones del pensamiento; el universo deseado por la Iglesia es estrecho y estático, en eterno reposo y constante recapitulación; su dios particular preside ese cosmos asfixiante y delega su soberanía invisible en las manos sedientas de sus vicarios, sin que éstos admitan que se les formule cuestionamiento alguno acerca de los desvaríos con los que pretenden  legislar respecto del asuntos tan disímiles como el origen de las especies, los misterios del rosario y su demencial prohibición del uso del condón. La Iglesia Católica, salvo escasísimas y honrosas excepciones, ha apoyado y hasta fomentado los regímenes más monstruosos del planeta, como la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini, el Vaterländische Front de la Austria de Dollfuß y Schuschnig, la Rumania de Codreanu y su Garda de Fier (la que tuviera a bien exportar a la Argentina de López Rega al luego tenebroso rector de la Universidad Nacional del Sur, Remus Tetu), aun cuando la simiente del fascismo rumano fuese el cristianismo ortodoxo; el rexismo de Léon Degrelle en Bélgica, la España de Franco, el Estado Novo del Portugal de Oliveira Salazar, cuanta dictadura militar latinoamericana asomase su cabeza, y hasta a la Cuba de Castro, a la que el papa Wojtyla visitó sin más interés por sus presos políticos y torturados que unas parrafadas ceremoniales en medio de los mutuos elogios que se prodigaron el dictador y el monarca.  La magnitud de estas aseveraciones puede sonar a acelerada y generalizadora exageración. Una amarga y rápida mirada a las zonas lóbregas de las historias de esos países demuestra que se trata de realidades de imposible refutación: el 20 de Julio de 1933 el papa Ratti, alias Pío XI, por intercesión de su Secretario de Estado, Eugenio Pacelli, convalidaba los jugosos términos del Reichskonkordat entre Berlín y el Vaticano, por el cual se garantizaba a la Iglesia Católica su inmunidad frente al Estado nazi, su derecho a proseguir con la recolección de impuestos eclesiásticos entre la feligresía, la continuidad de la enseñanza de la religión católica en las escuelas confesionales y la facultad de los obispos de promover o suspender a los maestros de los centros de estudio a voluntad, entre otras prebendas. No olvidó Hitler exceptuar a los miembros del clero católico de la obligación del inminente servicio militar con el que el nazismo planeaba la conquista de Europa. Franz von Papen, vicecanciller del Reich y devoto católico cuyo a su vez católico Deutsche Zentrumspartei había sido sin oposición devorado por el nazismo, preguntó, en el curso de las negociaciones previas, al cardenal Michael von Faulhaber acerca de si la Iglesia Católica manifestaría desagrado por las presentes y futuras atrocidades que el nazismo desplomaría sobre los judíos acorralados en su territorio y aquéllos que se proponía anexar. La respuesta del prelado fue la misma con la que había aconsejado a Pacelli y a Ratti apenas con meses de anterioridad: “Los judíos pueden cuidarse por sí solos.”

Hitler y el nuncio apostólico Cesare Orsenigo en 1939.

El Partito Populare Italiano, fundado en 1919 por el sacerdote católico Luigi Sturzo y dinámica y pecuniariamente estimulado por el papa della Chiesa (conocido también por su título oficial, Benedicto XV, inspiración del corriente locatario de la silla de Pedro) como escudo contra el Partido Socialista, se escindió en facciones que laudaban o denostaban a Mussolini, uno de los primeros cismas políticos entre católicos liberales y fascistas. Sturzo se decidió personalmente por Il Duce en 1922, lo que provocó la huida del sector liberal y la disolución del partido tres años después, sólo para ser absorbido por el Partito Nazionale Fascista. El austrofascismo halla su raíz en el Christlichsoziale Partei, el Partido Social Cristiano, creación del fanático antisemita Karl Lueger, lingüista aficionado que acuñara el peyorativo término Judapest para denominar a la capital húngara, una cuarto de cuyos habitantes eran judíos.

El mentor del exotismo místico de Corneliu Codreanu fue el politólogo, economista y abogado Alexandru Cuza, de quien Rumania recibiera como obsequio su agrupación, la Unión Nacional Cristiana, en 1922, más tarde devenida Liga de Defensa Nacional Cristiana, la que usaba como emblema una cruz gamada en el centro de la bandera nacional. Cuza era un hombre grave y de ideales ascéticos; uno de sus objetivos vitales fue el combate contra el vicio del alcohol, al que aseguraba que los judíos recurrían para con ardides despojar a los campesinos rumanos embriagados de sus tierras. De su unión con el Partido de la Reforma Agraria emergió el Partido Nacional Cristiano. La tensión entre éste y la Guardia de Hierro de Codreanu surgía del conflicto de la mayoritariamente católica composición de la ideología de Cuza y el misticismo ortodoxo de Codreanu; ambos, sin embargo, rivalizaban en su ardor antisemita.

Publicación rexista de 1943.

Ningún conflicto entre dogmas amenazaba la integridad de la enseñanzas de Jean Denis, histrión político que encumbrara el delirio de la concepción cesaropapista de Christus Rex a alturas ideológicas desde las que el oportunismo de Léon Degrelle (de quien Hitler dijo alguna vez era el hijo que le hubiese gustado engendrar), aunado a la retórica ultraconservadora del  periódico católico XXe Siècle,  logró construir un partido político (el Parti Rexiste) que contó con la bendición del obispado de Bélgica. A excepción de su contenido altamente integrista y de la grotesca oratoria de Mussolini, el rexismo es la desventura política europea más similar al peronismo: corporativismo socioeconómico, captación de las clases populares por medio de la dádiva, progresiva abolición del sistema democrático y su reemplazo por un círculo de ordenadas y jerárquicas instituciones que controlasen todos los aspectos de la vida pública y privada de la ciudadanía. El rexismo permitió a la Iglesia Católica la prosecución de su tangible misión de intervención en los asuntos materiales de la nación belga; esa camaradería de compartimentos estancos le ahorró el choque que la imprevisión política de Perón se granjearía con el sector eclesiástico argentino. Jean Denis había razonado que el rexismo, cuyo nombre se inspiraba tanto en la encíclica Quas Primas del papa Ratti, la que instaurara la Fiesta de Cristo Rey, soberano del mundo entero y de la humanidad toda, quiéraselo o no, cuanto en el apelativo de la editorial que vomitaba los panfletos de la Action Catholique de la Jeunesse Belge,  la Éditions Rex, no debía constituir un partido ni una agrupación doctrinaria, ni una secta de vanguardia, sino un movimiento, con lo cual estrechó aún más la cercanía de sus ideales con los de Perón. Denis no barruntaría que su influencia iría a dilatarse mucho más allá de las módicas fronteras de su país natal: la España franquista adoptaría varios de sus postulados, angustiada por el carácter revolucionario-conservador de la Falange, y alcanzaría su apogeo en las décadas del integrismo lusitano de Oliveira Salazar desde Lisboa, quizás el modelo estatal más añorado por el catolicismo.

Quas Primas es uno de los documentos más reaccionarios de la Iglesia moderna. A pesar de que el papa Ratti se congratula por la cantidad  de los dominios alcanzados por la labor apostólica, se lamenta luego por la “vastedad de la regiones todavía no sujetas al dulce y redentor yugo de nuestro Rey.” El año 1925 fue ocasión de celebrar los dieciséis siglos transcurridos desde el Primer Concilio de Nicea, en Bitinia, donde tiempo atrás la virilidad del casi césar Cayo Julio se entregase sabrosa al deseo del rey Nicomedes IV a cambio de la herencia de su reino para la República Romana. El ágape condenó las proposiciones de Arrio y ratificó las del obispo Alejandro: Padre e Hijo en la Trinidad son consustanciales y coeternos. Más que por este galimatías teológico, el concilio es famoso por haber realizado el primer maridaje entre los escalafones divino y terreno; la alianza entre el poder político y el espiritual, los que estarían destinados en breve a combatirse pero también a sostenerse mutuamente en pos del simultáneo afán de dominación.

"No colocarás otros dioses delante de Mí..." Goebbels y prelados en el cumpleaños de Hitler.

Ratti insiste en la liviandad de denominar rey a Cristo sólo en un sentido irreligiosamente metafórico. Según el obispo de Roma, Cristo, hecho de una misma naturaleza que la divinidad que lo engendrara, es, como el Padre, señor de todas las cosas, y especialmente, rey de los corazones (ignoramos si el papa Ratti era un secreto lector de Carroll). Cita los augurios de los profetas del Antiguo Testamento: Isaías, Jeremías, Zacarías, Daniel, quienes desde la lejanía del viejo Israel prologaron el cumplimiento de la llegada del redentor en gloria y, principalmente, en majestad. Ratti aduce que el propio Cristo hizo notar el poder delegado de Dios Padre a los recalcitrantes judíos que lo amonestaban por haber violado la disposición del Sabbat. Con su sangre compró para su Ecclesia triumphans la influencia en tópicos de ascendencia civil; es erróneo, de acuerdo a Ratti, apartar a la Iglesia de su señorío sobre la marcha de los asuntos ligados al sometimiento de las gentes. El mandato del que la realeza de Cristo emana se extiende a todos los hombres, “no sólo a los católicos, no sólo a aquéllos que aun habiendo recibido bautismo han sido guiados hacia el error a pesar de pertenecer por derecho a la cristiandad, o han sido aislados por el cisma, sino a todos aquéllos que moran fuera de la fe cristiana, de modo que en verdad es el género humano en su totalidad el que se halla bajo el poder de Cristo. No hay diferencia en lo que a esto respecta aun si se trata de un individuo, de una familia o de un Estado, puesto que todos los hombres, solitaria o colectivamente, se encuentran bajo el dominio del Señor…  Sólo cuando todos los hombres reconozcan, tanto en sus vidas privadas cuanto públicas, que Cristo es Rey, la sociedad recibirá las bendiciones de la verdadera libertad, la disciplina del buen orden, la paz y la armonía.

Estadio Berlin-Neukolln, Agosto de 1933.

La interpretación católica ha querido hacer del papa Ratti un líder de la resistencia internacional contra el fascismo, especialmente en desmedro de Mussolini: si Cristo es reconocido como rey, arguyen los fieles católicos, la idolatría del Estado no puede suceder, ya que todo gobernante es efímero frente a la eternidad del verdadero regente. El celo por la independencia política de la grey católica exhibido por Ratti tiene una explicación mucho menos desinteresada: en 1870 el nacimiento de la nación que hoy conocemos como Italia implicó la supresión de los Estados Pontificios, ficción política de no menor extensión en la región central de la península a través de la cual el papado se erigía como potencia territorial, ejércitos y moneda incluidos. La alianza entre Italia y Prusia en la guerra que enfrentó a Napoleón III y a Bismarck determinó que los prusianos, enemigos del papa Ferretti (o bien Pío IX) en razón de su apoyo a la Francia imperial, autorizaran a los italianos a invadir las posesiones papales, indefensas luego de la partida de las guarniciones francesas que no podrían conjurar la derrota del sobrino de Bonaparte. El papa Ferretti logró reunir una tropa de ocho mil hombres, a quienes envió a los campos de batalla sin atender a los dictados del mandamiento que prohíbe matar. Nada consiguieron: el 20 de Septiembre de 1870 el rey Vittorio Emanuele II hacía su entrada en Roma, usurpada desde tiempos de Constantino, y establecía su residencia en el Quirinal. Ferretti se negó a abandonar su trono y se consideró prisionero en el Vaticano, distinción que hasta el pacto con Mussolini exhibieron los pontífices a quienes les correspondió sucederlo. Los tratados de Letrán de 1929, que incluyeron compensaciones financieras para con una siempre necesitada Iglesia y el compromiso de Mussolini de adecuar las leyes que regían los vínculos matrimoniales a la aprobación de la corporación eclesiástica, amén de la exención de los miembros del clero a prestar servicio militar, concedieron a los papas absoluta potestad sobre las cuarenta y cuatro hectáreas que integran la Ciudad del Vaticano, Estado gangsteril que se hace llamar Santa Sede, mantiene relaciones diplomáticas con el mundo exterior, es una de las retrógradas monarquías absolutas del orbe  y es refugio de estafadores y pedófilos a los que la justicia internacional se ve impedida de capturar en virtud de la inviolabilidad de sus fronteras. No debe sorprender la duplicidad del papa Ratti y su tediosa encíclica: fustigar el peso de las autoridades terrenales en favor de la supremacía de la omnipotencia de Cristo para, cuatro años después, convertirse en una de ellas, sin someterse a la vigilancia de un parlamento o de un poder judicial y dejar librada la elección del máximo paterfamilias católico a las corrupciones de los cónclaves. Poco más podía esperarse del papa que en 1933 se sentara a la mesa del Führer como socio y amigo.

Hadrian Bagration

Terror sagrado I: Homosexualidad y desaparición

I loved you, so I drew these tides of men into my hands

and wrote my will across the sky in stars

To gain you Freedom, the seven-pillared worthy house,

that your eyes might be shining for me

When I came.

Thomas Edward Lawrence, The Seven Pillars Of Wisdom

Michelangelo Merisi da Caravaggio: San Giovanni Batista, 1606. Galleria Corsini, Roma.

La página ciento cuarenta y tres de la traducción al español del libro Homos del crítico literario Leo Bersani (autor, asimismo de uno de los mejores textos jamás fundamentados sobre la obra del infinito Michelangelo Merisi, el Caravaggio)  lamenta que desde edades en las que no podemos ejercer el doméstico pero a la vez épico derecho a la rebeldía se nos instruya en la respetabilidad de caer en los abismos de la economía sexual: nos es impuesta, y se nos premia por aceptar ese credo totalizador, la obligación de escoger un único deseo, una sola pasión, una excluyente vía; es grato a las opiniones ajenas, se nos alecciona, y por lo tanto más ventajoso para con nuestro destino social, optar en beneficio de las bondades y fastidios de sólo un género por sobre las  ternuras y monotonías que prevalecen (según la pública superstición) en aquél que se le opone. No es inusual que en pos de nuestra mayor gloria mundana se nos inste a preferir el recto sendero de la heterosexualidad; aún debatibles los orígenes de aquello que siglos más tajantes denominaron uranismo y décadas más cercanas, inversión, el péndulo de la condenación oscila entre una dolencia de índole congénita e irrevocable y una elección que recorre las sinuosidades de las malas compañías o la intrínseca perversión del malvado sujeto deseante. Trastabillando entre la paternal tolerancia y el repudio amable de quienes predican la urgencia de la enmienda, la persona homosexual, al momento de aceptar con reticencia o plenitud su especificidad erótica y amorosa, se hunde involuntariamente en un cobrizo río de profundas consecuencias políticas.

Thomas Eakins: The swimming hole, 1884-1885. Amon Carter Museum, Fort Worth.

Pocas personas hay que no consideren a la heterosexualidad, de la cual forman aquietadamente parte, una suerte de Herrenvolk; no estrictamente una raza superior, sino aquélla de las expectativas para con el futuro sexual de un ser querido del que deseamos una dicha que se nos antoja, rebosantes de confianza en su buen criterio, como la óptima. Este escalonamiento cumple la función de dividir a las categorías de la penetración en anhelada y repudiada, en propicia y nefanda; en cada individuo se realiza la mímesis de una ceremonia de creación de clases sexuales: hay en cierta heterosexualidad una mirada compasiva para con el homosexual, rudimentariamente solidaria en ocasiones, precavidamente amistosa en otras. La dialéctica del amo y del esclavo  del pensamiento hegeliano no es sinónimo en este ámbito de un pasatiempo compartido entre personas que asumen roles de dominación y de sumisión, sino la réplica renovada y añeja de una ética de la persecución: si Oscar Wilde fue obligado a confesarse sodomita porque al cuerpo social correspondía el deber de la indagación para así expulsar de su piel a los elementos corrosivos, del matemático Alan Turing, quien desanudara la encriptación del código secreto de comunicaciones militares de la Alemania nazi y contribuyera así a la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, se esperaba el recato del ocultamiento; en lugar de la cárcel, Turing fue obligado a arrostrar, sin el escándalo de la exposición pública, un benévolo tratamiento hormonal que destruyó su salud y lo empujó al suicidio. De la denuncia a la desaparición, y de allí a la tácita admisión de inferioridad: el homosexual, se trate de un hombre o de una mujer, es apto sólo para ciertas labores e inadecuado para otras: es un eximio couturier, una ruda atleta, un excelente hombre de letras, una espléndida escultora, un dedicado maître, una rigurosa bioquímica. ¿Cuántos padres confiarían la educación de sus hijos a un o una docente que no se aviniese a ocultar su homosexualidad, a despecho de sus habilidades pedagógicas? ¿Cuántos organismos, gubernamentales o no, otorgarían a un o una homosexual la guarda de un niño? ¿Cuántos ejércitos reconocerían del o la combatiente homosexual la estoica virtud del valor? ¿Cuántos preocupados familiares admitirían de un o una homosexual la eficaz caridad de velar por la frágil intimidad de un enfermo, de un anciano, de un individuo con capacidades diferentes? Así como de los afroamericanos se negaba la posibilidad de superar la precariedad del oficio de lustrabotas y de los judíos la codicia de la usura, del homosexual se presupone una ineptitud (o una calamidad, según sea el caso) para el contacto con la infancia, el propio sexo (lo cual incluye, en la imaginación popular, el acceso a la amistad), la paternidad o maternidad y la consolidación de un vínculo. En opinión de quienes así piensan, el homosexual es un miserable depredador sexual cuyas indomables promiscuidad y venalidad lo inhabilitan para la transmisión de conocimientos, el cuidado del prójimo y el amor.

Daniel Gerhartz: Amidst the lilacs, sin datación. Colección del autor.

Al igual que el racismo y el antisemitismo, la homofobia es una pasión; se sufre con los avances de aquello que es objeto de repulsa y se goza con su perdición. Jean-Paul Sartre definió con ese término doliente a quienes padecen horror ante la presencia judía: “L’antisémitisme est une tentative pour valoriser la médiocrité en tant que telle, pour créer l’élite des mediocres… La haine des juifs permet aux petits d’avoir l’impression d’être propriétaires, d’avoir quelque chose à défendre. » (El antisemitismo es un intento de valorar la mediocridad por sí misma, de crear una élite de mediocres… El odio a los judíos permite a los hombres comunes  tener  la impresión de sentirse propietarios, de poseer alguna cosa que defender. Réflexions sur la question juive). El odio al homosexual convence a su portador de pertenecer a una nobleza sexual cuyos privilegios de sangre y fluidos no puede extraviar: su bendita y orgullosa heterosexualidad absuelve al creyente en la homofobia de su involucramiento con el proletariado de las caricias. No obstante, y a diferencia de las razas de colores indeseables y de los judíos, quienes han sido privados a perpetuidad de la posibilidad de redención pero también de la del contagio, el homosexual puede, a juicio de quienes lo suponen herético y maligno, como un medieval heresiarca,  llevar a cabo la propagación de la peste; es, además, sutil como las serpientes, y puede pasar inadvertido si se esfuerza en ocultar su impudicia. De entre las infamias del racismo, el antisemitismo y la homofobia, es la última la que ha sobrevivido con mayor éxito a la inexorabilidad del tiempo; al igual que el régimen militar que proveyó a la Argentina de sistemática aniquilación  en ese casi decenio de botas sangrientas, y en el que se advertía que el traicionero terrorista se ocultaba tras  el anonimato de la muchedumbre que era blanco de sus crímenes, el homosexual pasea arteramente su vergüenza sin uniforme para atentar contra la integridad de tradiciones, instituciones e inocencias. La afiebrada defensa de esos pilares de dudosas sabidurías, siguiendo vagamente los versos del coronel Lawrence, justifica las módicas vidas e insignificancias cotidianas de quienes no renuncian a ceder un ápice de, al menos ante la visión de quienes consienten en ser, a la vez, sus obligados o gustosos espectadores y jueces, la pureza de sus costumbres.

Hadrian Bagration

Patrick Michael Rice (1945-2010)

Seguramente nadie ha descripto mejor la indecorosa apatía con la que la frecuente indiferencia de la sociedad argentina desdeña la revisión y la administración de justicia en lo referente a la desdichada cuestión del doloroso pasado y presente de sus derechos humanos que el periodista Tom Gatehouse. En un artículo reciente reproducido por Javier Farje en el Latin American Bureau de Londres, Gatehouse repasa la errática dedicación de los gobiernos que sucedieron a las engominadas juntas militares destinaron a la, para el juicio de buena parte de la población de una nación sobrecogida por fenómenos de mayor importancia, tales como el fútbol, superficial causa de compensar la atrocidad para con la víctima con el castigo prescripto para el verdugo. En uno de sus párrafos, Gatehouse comparte con el lector su estupor ante la opinión de una jovencita de algo más de veinte años, la que equipara la situación de inseguridad que prospera en la Argentina con los crímenes del último régimen militar; quizás debamos creer que el hampa se ha organizado y ha sistematizado sus operaciones de tal modo que su accionar se asemeja a estas alturas a un ejército amparado por la negra luz de la noche.

Gatehouse menciona en cronológico orden el juicio a los cabecillas del terror en 1985 por decisión de Raúl Alfonsín y su consiguiente y típicamente radical capitulación plasmada en las leyes de Obediencia Debida y Punto Final; los indultos del menemismo y las sospechosamente enérgicas y electoralistas osadías de los miembros del matrimonio Kirchner, las que pese a su brío no incluyen la extradición a Francia, Suecia o Italia de la letrina llamada Alfredo Astiz. La continuación con vida de Astiz es un misterio castrense: el código de justicia militar recomienda el fusilamiento para quien rinda su posición al enemigo sin combatir, como sucediera con la bravura del antiguo capitán en las Georgias del Sur. Acude a la memoria un poema del general samurái Minamoto Yo Orimasa, vencido en la batalla de Uji en los lejanos siglos de las guerras del Japón medieval, compuesto antes de realizar el honor final del seppuku:

Como un viejo árbol

Del que ya no recogemos flores,

Triste ha sido mi vida,

Y sin frutos su destino

Los galones de Astiz, por el contrario, son exhibidos en una vitrina del Imperial War Museum en la capital británica, sin que a su anterior portador avergüence el haber concedido, desde la ignominia de sus rodillas, botín.

Una de las fuentes de las que se nutre el análisis de Gatehouse es el ex sacerdote Patrick Rice. Desde antiguo Irlanda ha dado al mundo jerarquías como las de Swift, Shaw, Wilde, Joyce, Yeats o Beckett; a Rice corresponde el mérito de haber redactado con su sufrimiento parte de la memoria atontada de un país ingrato. Rice recibió una inequívoca premonición acerca cuál sería su desventura cuando en Agosto de 1976 el obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, fue asesinado, para beneplácito de la cúpula de la Iglesia Católica argentina. Rice viajó a la diócesis que había sido responsabilidad de Angelelli, donde halló la más cerril de las hostilidades para con sus intentos de averiguar qué había sucedido con uno de los pocos miembros de la jerarquía católica que se oponía al régimen militar.

Patrick Rice

Rice desde hacía tiempo había incurrido en la decepción de sus superiores. Enviado a Santa Fe como profesor del Departamento de Filosofía de su universidad católica, cambió su pertenencia a la ultraconservadora Congregación del Verbo Divino por la de los Pequeños Hermanos de Charles de Foucauld, menos comprometidos con el mensaje pastoral para con los pobres y más para con sus estómagos. Rice se avino a morar en la barriada de Villa Soldati con varios de sus compañeros de obra; su sustento era ganado por sus propias manos ejerciendo el oficio de carpintero. Entre los apilados cadáveres que aparecían casi diariamente en las inmediaciones de la humilde residencia de Rice figuraron el del senador uruguayo Zelmar Michelini (cuya hija Elisa era torturada en Uruguay para obligar a su padre a entregarse) y el del diputado de la misma nacionalidad, Héctor Gutiérrez Ruiz, además de aquéllos de los militantes tupamaros William Whitelaw Blanco y Rosario del Carmen Barredo. Rice cometió un error en el que la holgada mayoría de los habitantes de la Argentina no cayó: construyó un informe sobre las intimidaciones, actos de violencia, secuestros y asesinatos de sacerdotes distanciados de la intimidad de la Curia, al que tituló Violence against the Argentine Church. Quienes recibieron ese reporte en los sectores más límpidos de Buenos Aires supieron a cuáles ojos remitirlo.

El 11 de Octubre de 1976 Patrick Rice fue secuestrado junto a la catequista Fátima Edelmira Cabrera. Rice fue sometido, además de a los tormentos de rigor, a la tal vez peor de las torturas: desde la oscuridad de su reclusión y de su dolor oía con claridad cómo, en el mismo cuarto donde acontecía su infortunio, Fátima era violada y torturada a un par de metros de su impotencia. El tosco argumento que justifica los procedimientos criminales ordenados por los  jefes militares, bendecidos por la Iglesia y tolerados y hasta aprobados por sensatos sectores de la sociedad a causa de la peligrosidad del terrorismo marxista muestra en esa escena su contenido falaz: una joven, casi una adolescente, que enseñaba plegarias en una villa de emergencia y un sacerdote cuyas manos se arruinaban con el cotidiano roce de la madera eran obligados a ser testigos de la pormenorizada destrucción de la que el otro era objeto sangrante. Años después, Rice aseguraría en una entrevista que dos cosas no podría jamás olvidar de esos días de capucha: el prolijo aroma del perfume de sus captores, y que la desesperación por la muchacha que sufría a un brazo de distancia de sí se parecía menos a la conmiseración por el martirio de una fiel que al amor.

Justin Harman y Patrick Rice en 2008

La suerte de Rice cambió cuando el embajador irlandés, Wilfred Lennon, enterado de la desaparición de su compatriota, dio la alarma al diario británico The London Times el 14 de Octubre, el cual publicó el escándalo en primera plana.  Al día siguiente, el mismo medio dio a conocer el informe de otra fuente de la embajada de Irlanda en Buenos Aires, el tercer secretario Justin Harman, quien sostenía que Rice se hallaba encarcelado por orden del gobierno argentino, aunque se ignoraba el lugar de la detención, sus condiciones, los cargos y el estado de salud del sacerdote. El gobierno irlandés llamó a una sesión especial del Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en donde se exigió a la Casa Rosada la aportación de datos acerca del destino de Rice. Confrontado con tamaña presión internacional, el gobierno de Videla instruyó a sus oficiales para que Rice fuera alimentado, aseado, afeitado y trasladado a dependencias de la Policía Federal. Allí se le informó que debía decir que sus heridas eran producto de una caída, si es que quería que a Fátima no le ocurriese un algo peor que la muerte. El 19 de Octubre Patrick Rice fue visitado en prisión por el embajador Lennon y el secretario Harman, quienes le aseguraron que las gestiones para lograr tanto su liberación cuanto la de Fátima (lo cual, en tanto se trataba de una ciudadana argentina, era casi una imposibilidad) habían avanzado. Kempton Jenkins, el subdirector de Asuntos Latinoamericanos del Congreso de los Estados Unidos de la administración Carter, por su parte, debió comparecer ante al cuerpo de senadores para rendir cuentas de la acciones tomadas por ese país para sancionar a la Argentina. Corrían épocas en la que una pequeña garantía de supervivencia, por mínima que fuese, en el improvisado Reich argentino era la extranjería. Desde el Vaticano se escuchaba, silenciosamente, la bendición papal.

Patrick Rice fue entregado a un vuelo con destino a Londres el 3 de Diciembre de 1976 en calidad de deportado, acusado de violar la ley 21.259, que protege, irónicamente, la paz y seguridad de la nación argentina, y de pertenecer a la organización Montoneros, imputación de absoluta falsedad.  Antes de quitar sus grilletes, los carceleros lo instaron a dejar por escrito alguna impresión positiva de su estancia. Con humor nada lejano al de Wilde, Rice lacónicamente anotó: I might have been treated better (Pude haber sido tratado mejor). Fátima (a la que, huelga aclararlo, la escueta imaginación militar abrumó con las mismas acusaciones que a Rice) permanecería en cautiverio un año más, hasta que el 24 de Diciembre de 1977 se le otorgó un régimen de libertad vigilada con la condición de que no cruzase los límites del distrito federal. El 18 de Noviembre de 1978 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos aprobó una resolución en la que instaba a la Argentina, todavía ahíta de la borrachera de su éxito en el torneo mundial adquirido groseramente en ese año, a poner fin a la libertad vigilada de Fátima Cabrera y a investigar los delitos de lesa humanidad cometidos su perjuicio y en el de Rice.

Patrick Rice, Fátima Cabrera y Blanca Rice

En 1985 Patrick Rice y Fátima Cabrera se reencontraron en Buenos Aires. Rice ya había tenido suficiente paciencia para con la desvergüenza de la Iglesia a la que alguna vez estuvo ligado y que le había prohibido celebrar misa y vestir hábitos, ya que confiaba en la versión oficial de su parentesco con una agrupación fuera de la ley. Rice abandonó felizmente su nada estimulante profesión y desposó a Fátima en Venezuela; con ella concibió tres hijos. Rice no había descansado durante los años posteriores a su calvario: en 1978 fundaba en Washington el Comité para los Derechos Humanos en Argentina. Vivió en Caracas, en la pobreza de lugares en los que sólo consentían en compartir con los miserables la congregación de los Hermanitos. En 1981 organizó en Costa Rica el Primer Congreso Latinoamericano de Familiares de Desaparecidos. Fátima coordina campañas de alfabetización de adultos en la dureza del Gran Buenos Aires. Documentar la vastísima labor de Rice en el campo de los derechos humanos amerita la detallada concepción de varios volúmenes. En 2008 la Universidad de Cork le reconoció un doctorado honorario en admiración para un hombre que desafió en lugares más inhóspitos que los infiernos a la costumbre de la crueldad.

Patrick Rice murió ayer en Miami en medio de su trabajo, en la agitación de una escala de un vuelo que lo trasladaba de Buenos Aires a Dublin. Sus cenizas se reunirán con Fátima; espantos y maravillas compartidas, también. Ante la pérdida, ante la temprana pérdida, sólo queda enunciar la brevedad de lo que sigue: Vete en paz, Patrick Rice. Ya has hecho mucho.

Hadrian Bagration

Interregnos II: Sagrada biografía de la saga

En el capítulo de su libro Las Locas de la Plaza de Mayo dedicado al servil estruendo para con el régimen de las Juntas que significó el Campeonato Mundial de 1978, Jean Pierre Bousquet observa con amargo asombro que en la Argentina el fútbol es una religión. Objetar que esa frase es una desmesurada exageración equivale a desconocer las hoscas similitudes entre esos dos esmerados instrumentos de la manipulación: tanto en el fútbol cuanto en las religiones tienen lugar complicados rituales que son a su vez nada complejos, ortodoxias y herejías, severas divisiones entre privilegiados y sencillos feligreses y la pálida distinción que hacen los apologistas de ambas ausencias de la razón respecto de la necesidad de diferenciar a la vez a las corruptas cúpulas y al dogma de la verdadera doctrina que se encuentra en las raíces. De la religión, sus detractores destacan la fe como contrapeso y la pureza de alguna figura de leyenda (Francisco de Asís, Namuncurá, un sacerdote milagrero), repudiada por las jerarquías, la que representaría, como el cebo para la boca del pez, a la esencia exacta de las aspiraciones de los desesperados a quienes las iglesias desprecian. Del fútbol, sus apologistas subrayan alguna esquiva entidad misteriosa, caprichosa, lúdica, a la que no les es posible desterrar a las dirigencias que a ese deporte dan mal nombre. Ese argumento, repetido hasta la saciedad del hartazgo, tranquiliza a la mente del creyente y a la del simpatizante y los absuelven, a sus propios ojos,  de complicidad, bien para con la prevaricación de las enseñanzas de, por citar a un ejemplar al azar, Jesús; bien para con la violencia, ramplonería y estupidez del juego más amado del planeta.

Es hoy martes 6 de Julio de 2010. La derrota de la selección argentina en el corriente torneo ya es una anécdota cuya frescura empieza a secarse. No obstante, un fenómeno risueño ha teñido de batalla el color tedioso de este campeonato: era costumbre que en medio de cualesquiera de estos certámenes la sociedad argentina se apretara como hoplitas en una falange tras el objetivo común de vencer o morir, en palabras de Mussolini. El enfrentamiento que desgarra a poderosos grupos económicos, éstos enemistados con el gobierno actual, aquéllos sentados a su mesa, y cuyo botín es el control de abultados recursos que ninguno de ellos compartirá, si no es a través de la dádiva, con el pueblo llano, terció para que desde la venalidad del periodismo (y en especial, desde el periodismo deportivo) los resultados deseados fueran opuestos: no todos los televidentes suspiraron por una victoria argentina. Finalmente, el equipo que dice representar a este país fue eliminado; a no pocos alegró esta noticia. Sus enemigos, por el contrario, se apresuraron a reivindicar la imagen, aliada por nada raro prodigio de la ventosa conveniencia política a la administración Kirchner, del máximo profeta de ese culto de ritos sudorosos.

Ricardo Forster

Ricardo Forster es indiscutido y destacado investigador e intérprete de la obra del inmenso pensador judeoalemán Walter Benjamin. Es autor de varios ensayos esclarecedores sobre la obra de un hombre al que Theodor Adorno aguardó con paciencia y frustración en Nueva York mientras él moría, quizás por suicidio, en un oculto pueblo de los Pirineos en donde lo había acorralado la Gestapo. Muy confusa es la sensación que invade a un lector de volúmenes de Forster al constatar que es su firma la que rubrica la frase que sigue: “Pasó, para los argentinos el mundial, se acabó, por ahora, la ilusión de la redención maradoniana.” Es una agrisada confirmación del carácter religioso del fútbol el comprobar, una y otra vez, que junto a este término y al nombre de Diego Maradona se escriben sustantivos de grotesca rimbombancia, como lo son redención, crucifixión, resurrección. La Iglesia Católica, tan sensible a intromisiones que amenacen licuar lo nada desdeñable que queda de su poder, no ignora que no debe alarmarse por la exaltación de una pasión popular que a ninguna rebeldía conduce y que sólo puede refrendar lo que ellos afirman sucedió con otro cadáver hace algo menos de dos mil años.

“Una pasión que conmueve la vida cotidiana, que altera los ánimos y le da forma, muchas veces, al carácter nacional no puede ser la expresión de lo rutinario ni asumir la forma burocrática de quienes no sienten hasta el fondo de sus almas la significación de un deporte que es más que un juego, mucho más que un entretenimiento o que la retórica del fair play; que pone en evidencia lo visceral y lo emotivo, lo racional y lo imaginativo y que se entrelaza con recuerdos y biografías de cada uno de nosotros.” ¿Qué extraña y macabra operación debe traspasar la mente de un hombre capaz de rumiar pensamientos más elegantes para que se permita ser sorprendido balbuceando expresiones menos que escolares, tales como carácter nacional (tan similar al siniestro modo de ser argentino, latiguillo de la última dictadura militar) o el fondo de sus almas (a menos que Forster se rebaje en horas de intimidad al consumo de culebrones). Sospechamos que Forster coincide, tal vez involuntariamente, con una de las peores páginas de Victoria Ocampo (no me refiero a aquélla en la que elogiaba a Il Duce), en donde reprochaba a Proust ser un parvenu incapaz de juzgar las costumbres y códigos de una clase social, la aristocracia, a la que no pertenecía y cuyas inconfesables iniciaciones no había frecuentado. De igual modo, a quienes no sólo no nos interesa sino que detestamos el fútbol, entidad majestuosa mayor a un juego, un entretenimiento o una retórica, nos están vedadas su crítica y análisis, ya que ese sentimiento arrasador no consigue penetrar, por inescrutable arbitrio, hasta el fondo de nuestras almas.

“Las derrotas también dejan sus marcas y asumen la forma del mito, están allí para recordarnos lo que solemos olvidar de nosotros mismos. Son parte de lo que somos y de lo que podremos ser si no las olvidamos ni dejamos de aprender de sus enseñanzas. Los ojos abiertos por el dolor suelen mirar más intensamente que los que nunca lo conocieron. Y también por eso las victorias, como las alegrías, se disfrutan mucho más. El técnico, único e irreemplazable, de nuestra Selección sabe algo de todo esto. Lo sabe porque lo vivió en carne propia. Y todo eso lleva el nombre de Maradona. El, como ninguno, representa las alturas más gloriosas de nuestro fútbol-poesía, ha sido el nombre de lo más entrañable que habita la saga de nuestro fútbol porque no sólo él fue el creador de un gol eterno, el pibe de los cebollitas que como un mago salido de un circo universal maravillaba con el jueguito interminable que le permitía hacer cualquier cosa con su máximo objeto de devoción que fue y es una pelota de fútbol.” No sorprende tanto la adhesión de Forster al culto a la insignificante personalidad de Maradona como su acción de redactar la palabra selección con una inicial mayúscula, lo que le concede con nada magra generosidad el rango de institución. Sobre la existencia de ese género literario aún no rescatado de los anaqueles de la historia de la literatura, el fútbol-poesía, admito no sólo mi total ignorancia sino también mi total incredulidad. Es pertinente, sin embargo, detenernos unos inútiles instantes con ánimo de justipreciar la casi escandinava y épica saga de nuestro fútbol, tarea para la cual he atiborrado a preguntas a expertos en la materia (puesto que yo, un miserable lego, no podría comprender la mística esencia del juego-magia, del pie-rapsoda, del delantero-vate o del mediocampista-endecasílabo). Maradona no ha sido un destacado jugador de fútbol. Reconozco el tamaño de la blasfemia y la sostengo con insolencia frente al tribunal de la inquisición de la pelota. A excepción de infrecuentes habilidades, que no son de su exclusivo haber, Maradona conoció en muchas más ocasiones la derrota que el triunfo, sin que tal desagrado contribuyera a aleccionarlo en nada. Sólo cuatro cortos años enmarcaron el apogeo de su carrera, desde 1986 a 1990; luego de esa breve eternidad sobrevino una decadencia que lo sepultó en un patetismo deportivo que sus fanáticos quieren disimular alegando lesiones, presiones, infiltraciones y conspiraciones. Docenas y quizás centenas de atletas más aptos han pisado las canchas. Maradona es una invención de la acalorada y chapucera Argentina potencia. En cuanto a su irreemplazable cualidad como técnico, de recordarse sus intervenciones en los clubes Mandiyú de Corrientes (al que su incapacidad disolvió) y Racing de Avellaneda, es para bien de los argentinos que se le consiga de la forma más atenta y rápida posible otro empleo.

“Maradona es Villa Fiorito, los picados del pobrerío, la palabra rea, esa que nos ha dejado sentencias únicas, aquel que la rompió en la vieja cancha de La Paternal, que se convirtió, para todo el pueblo napolitano, en un semidiós, aquel que redimió a los pobres del sur italiano contra los siempre triunfadores habitantes del norte; fue el de las lágrimas de bronca en la final del ’90, el de los tobillos reventados dando su último esfuerzo, el amado por los humildes y el odiado por los dueños del negocio. También fue el de la caída, el de una vida privada saqueada por la brutalidad amarillista de los medios de comunicación, el de una adicción que le robaba su palabra y le ofrecía el rostro espantoso de la desolación. Fue eso y mucho más. El triunfo deparado a los olímpicos, a los elegidos de los dioses y el que pagó el precio terrible de ser quien fue y quien es. Maradona lleva a cuestas el peso de ser Maradona y, eso creo, lo hace con una dignidad que muy pocos tienen; lo hace con la integridad de los que han conocido el cielo y el infierno, las máximas alturas del éxito y de los elogios rutilantes y su contracara, la caída en abismo, la soledad, la venganza de los mediocres que nunca han dejado de maltratar a Maradona en sus momentos de inquietante debilidad o en circunstancias signadas por la derrota, la futbolera y, peor todavía, la de la vida.” Zeus, si es que ha despertado bondadoso, no se ofenderá al hallarse comparado con un humano de dudosa calidad. Mis palabras, en tanto, me condenan a asegurar que Forster miente: es un hombre inteligente que no puede sufrir de innumerables distracciones. Maradona es un personaje deleznable que nada tiene que ver, ni quiere hacerlo, con la dolorosa cotidianeidad de los habitantes de un barrio de inapelable pobreza; es, más bien, vacaciones en la Polinesia (jamás la prensa ha informado haberlo hallado de incógnito en el Kunsthistorisches Museum de Viena), autos lujosos, gastos suntuarios, evasiones multimillonarias de impuestos, agresiones a periodistas, su constante negativa a reconocer a sus hijos extramatrimoniales, a uno  de los cuales repudió públicamente en un estudio de televisión (en este país) ante el cerrado aplauso de los concurrentes. Maradona es orgullosa exhibición de incultura y procacidad; él, que posee dinero más que suficiente para pagar toda la educación que desee. Forster insulta ladinamente a los pobres al elevar a este individuo abominable a la categoría de deidad: Maradona ha olvidado ya largamente las roncas vicisitudes de la pobreza; su vida privada no es producto de la angustia de las carencias, sino de la soberbia de los excesos. A este tahúr se le obsequiaron desde las élites todas las indulgencias que a los que nada poseen, ni siquiera su cuerpo, y que cruzan la línea de lo que el grave rostro de la sociedad considera delito, les son negadas con aire santulón: su adicción a las drogas fue paliada en costosas clínicas, al igual que su obesidad; sus dilatados roces con la ley fueron archivados en honor a su condición de patriótica celebridad. Forster apoya, me atrevo a imaginarlo, toda legislación que cierre la brecha entre las desigualdades que separan al hombre de la mujer y al rico del menesteroso. La conducta de esta pacotilla de héroe, a quien hubo que amenazar judicialmente por milenios para que se aviniese a abonar las cuotas alimentarias que corresponden a la manutención de sus hijos, da por tierra con la dignidad que Forster cacarea para alabarlo. La elección divina a la que hace referencia Forster, quien no es, por supuesto, un orate, no indujo a Maradona a suplicar a Fidel Castro por la suerte de los presos políticos en Cuba; amén de inepto entrevistador, Maradona cumplió esa tarea en la forma más complaciente posible, sin atender a la obediente utilización a la que se prestara bajo las infamias de Videla o Galtieri (nada enemistados con Castro en años en los que Cuba y la Argentina emitían declaraciones conjuntas en las Naciones Unidas trabando cualquier resolución en favor de instar a esos monstruos, nada mitológicos, a hacer valer, aun cuando tibiamente, los derechos humanos), o a sus impúdicos coqueteos con el menemismo, sin que el diario en el que Forster escribe lo colocara en su Index.

Fútbol en el potrero argentino

“Messi no es Maradona, no puede serlo. Su vida, el itinerario que lo llevó, siendo un chico, desde su Rosario natal hacia Barcelona no tiene nada que ver con los pasos seguidos por Diego. En Maradona hay todavía un resto de otro país, la saga mutilada de viejas historias populares, el camino desde la pobreza hacia la cumbre, la fidelidad a los orígenes que siempre se denuncia en sus momentos de arrebato, allí donde suele cincelar frases filosas y memorables como aquella que para siempre nos recordó “que la pelota no se mancha”. Messi, que es un buen chico, humilde pese a ser quien es, tiene más que ver con el futbol espectáculo, con Europa, con las canchas armónicas y prolijas, de esas que parecen mesas de billar y que nada tienen que ver con las nuestras (muchas veces impresentables y salpicadas por la violencia y lo delincuencial, pero también portadoras de la memoria del potrero).” ¿Creerá Forster que en la Argentina será para siempre imposible (e indeseable) lograr que la asistencia a un partido de fútbol se comporte con, al menos, una tolerable corrección y que los estadios no semejen jaulas en las que la fieras (el público) estén siempre hambrientas de escapar para el estrago? Forster, al adular la memoria del potrero, una idílica âge d’or que en toda ocasión reluce en el pensamiento conservador, hace en su extensa versión de la historia sagrada de Maradona sólo una mención a la habitual violencia que es parte inseparable del espectáculo del fútbol; no es ésta nunca un hecho lamentable más que por unos minutos, en tanto no se desangre sobre los pastos el cadáver apaleado de Diego Maradona, sino el de un simple mortal cuyas piernas no hayan sido bendecidas con las capacidades de un barrilete o las de una mariposa.

Hoy, martes 6 de Julio de 2010, un hombre, argentino, muere en Sudáfrica merced a una golpiza que recibiera de manos de otros hinchas argentinos en el curso de una disputa por una bandera.  No han llegado al sur del continente negro la prolijidad y la armonía europeas que Forster deplora y que quizás causen en los habitantes de ese país la gratitud por las memorias de la crudeza de una edad de oro que no han, al parecer, perdido.

Hadrian Bagration

Enlace al artículo Maradona y nosotros, por Ricardo Forster, en el diario Página 12:

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-148911-2010-07-06.html

Los por qué de la rosa

Die Rose ist ohne Warum (La rosa es sin por qué)

Angelus Silesius

Duffy Sheridan: Marieke with rose, 2009. Wyland Kauai Gallery, Kapaa, Hawaii.

La razón por la cual muchos individuos combaten aquello que denominan el sistema, una suerte de injusticia social, política y económica de la cual millones de veces no pueden dar razón ni nombre, es una acabada y amarga conciencia de su fealdad personal. De haber nacido dotados de la capacidad de ostentar al menos un ápice de atractivo, el destino de sus camaradas o compañeros de ruta en el arduo camino de y hacia la revolución les importaría un bledo. Entre todas aquellas cosas que el dinero puede comprar sobresale, primordialmente, la belleza. Quizás las clases sociales debieran definirse no excesivamente en relación a la apropiación de los medios de producción o del prestigio, sino en tanto la abundancia o la carencia del poseedor respecto de esa moneda que es también llave de tantas puertas y que conocemos como hermosura.

_____________________________________________________________________________________________

La mayoría de quienes orgullosamente se califican aún de marxistas son a la vez cultores de Nietzsche, lo que equivale a afirmar que un vegetariano es asimismo un voraz degustador de chuletas de cerdo. Sé que aquéllos que gozan del oprobio de conocerme no han leído las obras de ninguno de ellos, o lo han hecho en pésimas traducciones y fragmentaria y desordenadamente. Cuando se ven arrinconados durante un debate, recurren al grito que asevera que toda filosofía es literatura, que toda literatura es poesía y que toda poesía es una forma esencial y excelsa de arte. Dado que la holgazanería de los críticos de hoy considera que el arte contempóraneo es una rama de la filosofía (a lo que puede agregarse, en el más lato estilo escolar, que es ésta la madre de todas las ciencias), de tal modo queda rizado el rizo contra el cual nada puede argüirse excepto la silenciosa contemplación y la más humilde perplejidad para con ese fenómeno de masas ilustradas que llamamos absurdo.

_____________________________________________________________________________________________

Nadie puede sinceramente asegurar que trabaja para el interés común; toda creación es un ejercicio, en ocasiones noble, de egoísmo. Existen quienes aborrecen el dinero; también quienes nada quieren saber del poder. Ni un solo ser humano en este mundo puede prescindir de la admiración. Personajes como la Madre Teresa, Gandhi o cualquier otro santón mendicante sufren de una vanidad que haría sonrojar a un Wilde, un Francis Bacon o una Marlene Dietrich; persiguen nuestra admiración, pero en las tareas que llevan a cabo pueden ser sustituidos, sin variaciones y sin desmedro, por cualquier otro.

_____________________________________________________________________________________________

La única porción de la realidad de la que jamás podremos escapar es la necesidad; ésta es, de hecho, la más cruda y más auténtica de las realidades. Innumerables han sido los credos económicos, políticos y religiosos que han querido reemplazar la necesidad por el conformismo o la resignación; fracasaron, y así seguirá siendo, porque si algo existe que convierte nuestro polvo en carne ávida es la urgencia. Logros son los nombres que damos a nuestro pasado; necesidad es lo que determina nuestro futuro.

_____________________________________________________________________________________________

Uno de los acontecimientos más espantosos que pueden arruinar una vida es el amor. Las iglesias persiguen a herejes e incrédulos por amor a la incorruptibilidad de nuestra fe; las empresas y los gobiernos realizan ajustes devastadores para que la carestía que nos corroe no se agrave; las élites dirigentes arrasan naciones para protegernos de los atentados demenciales del terrorismo, mientras que el demencial terrorismo quiere hacer volar por los aires a las élites dirigentes y así escudarnos de sus maquinaciones. Quizás en el mundo debiera haber menos amor y más goce erótico; tal vez no sería un mundo mejor, pero indudablemente lo sentiríamos más placentero.

_____________________________________________________________________________________________

Sólo es posible amar aquello que de lo que arrancamos placer o poder; toda otra forma de afecto es compasión. Preferimos sentir por nuestros prójimos compasión antes que amor, porque la primera implica del otro una jerarquía inferior, y por lo tanto es el otro un adversario menos en nuestro afán por hallar a alguien a quien ofrecer la posibilidad de que nos despoje de nuestras ofrendas de placer y de poder.

_____________________________________________________________________________________________

A quienes los dioses aman, conceden la venganza. A quienes desprecian, todo menos ésta.

Hadrian Bagration