Interregnos I: El lirismo de lo salvaje

Horacio González

Un preciso síntoma de opción por la popularidad en desmedro del análisis, la crítica o la denuncia por parte de muchos desprolijos intelectuales es la banal teorización de acontecimientos banales, a los que se otorga salvoconducto académico merced a un uso ampuloso de la lengua. El viernes 2 de Julio de este año de multiplicados tedios, quien dirige actualmente la Biblioteca Nacional Argentina, el sociólogo Horacio González (improbable sucesor de probidades como las de Mármol, Groussac o Borges), publicó en el diario Página 12 un artículo de lograda extensión y excelso carácter nacionalista y sonrisa complaciente y cómplice para con la cruel exigüidad llamada, en español, fútbol. Quien se haya interesado, aun superficialmente, en las atrocidades organizativas de este todavía corriente campeonato mundial sabrá de las urgencias a las que han sido sometidas poblaciones enteras a las que se desplazó para hacer lugar a estadios y hoteles de acabado impersonal, amén del criminal desvío de fondos por los que la República de Sudáfrica solloza inútilmente bajo cada uno de sus indiferentes gobiernos. González da inicio a su oda con una drástica y osada negación de la evidencia que sorprende, no en virtud de su valor estilístico, sino de su mendacidad: “El fútbol resiste bien su conversión en mercancía. Su planetarización compulsiva no asfixia su enigmática sustancia lúdica.” La vastedad de la sociología de González no atina a deslumbrarse con el descubrimiento de que es el fútbol uno de los negocios más rapaces y fraudulentos del mundo: los sponsors de la FIFA no son otros que las multinacionales a las que la ideología del autarquismo  y la organizada comunidad en la que un omnipresente dios tutelar administra los destinos de la población desde el conservadurismo más maloliente engalanado con ropajes de justicia social (me refiero a la miseria del peronismo) afirma combatir desde la heroica resistencia a la maléfica globalización y al invasor capital transnacional: Coca-Cola, Hyundai-KIA, Sony, VISA, Adidas. González no ha de haber prestado excesiva atención a las investigaciones del periodista británico Andrew Jennings, quien en 2006 publicara Foul! The Secret World of FIFA: Bribes, Vote Rigging and Secret Scandals. El volumen revelaba la solución a acertijos cuyo enigma no es misterio para nadie: elecciones amañadas por la compra de votos para elegir a las autoridades de la nada transparente Association, cohechos de toda índole, secretas cuentas de sus directivos en paraísos fiscales, connivencias con monstruosidades políticas de cualquier zona del planeta. El ejemplo más sangriento de esas crónicas venalidades tuvo lugar en el país natal de Horacio González en 1978; asombra que la sangre que se derramó mientras giraba la pelota en ese invierno torturador no haya ayudado a González a corregir su visión del juego.

Fútbol

“Restando del fútbol todo lo que no tiene que ver con su esquema libidinal-capitalista, queda indemne su último recurso a lo irreductible del juego.” De producirse esa operación matemática, hemos de advertir a González, poco o nada es lo que sobra del fútbol. Los aficionados no observan con el mismo entusiasmo la batalla final de un torneo universal que un ignoto encuentro entre combinados de barrios bajos; aquello que liga a ambos acontecimientos es, sin embargo, la posibilidad de la violencia: en el primero de los casos, conjurada gracias a incólumes dispositivos de seguridad; en el segundo, librada a la suerte de los puñetazos o las puñaladas que estropean vidas cuya cotizaciones son sensiblemente inferiores a las de los ases del balón. En cuanto a esa mística esencia que duerme en perenne eternidad en una platónica realidad ideal y que sólo sería aprehensible por quienes, como González, han sido favorecidos con el don de la fe en la deidad de la esfera, sólo queda reservar la risa. Es de sospechar, si es que a González asiste la razón, que las instituciones no equivalen a los actos de los hombres y mujeres que las integran, ni que los hechos de un individuo definen su carácter; así, el ejército alemán debe ser admirado por su pericia táctica en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, que no denostado por entregar a los campos de exterminio a quienes habitaban en las regiones conquistadas; así, las fuerzas armadas o de seguridad de una nación (quizás la Argentina, con seguridad muchas más) que someten al estrago a la ciudadanía a la que han asegurado proteger deben ser diferenciadas, de acuerdo a esa categorización divisoria que emplea González para defender el sacro honor del balompié, de la nada menor porción que las deshonra. De igual manera que un violador puede resultar ser mejor que su vejamen o un verdugo más afectuoso que su crimen (de acuerdo a los silogismos de González), el fútbol merece redención en atención a su inmarcesible pureza más allá de este mundo. Corporaciones que carecen de toda posibilidad de justificación, como las iglesias y sus desvaríos y manipulaciones, variopintas ideologías y sus dislates y barbaridades, los ejércitos y de la humillación y la muerte sus exaltaciones, son, según González, tan inocentes como la lúdica sustancia del fútbol.

Fútbol

González prosigue enseñando al lector que quienes perjudican el buen nombre del fútbol no son los jugadores, quienes viven en un estado de gracia emanado de éste (sic), sino las corruptas dirigencias: Blatter, Havelange, Grondona. En oposición a estos capitostes, relumbra un pobre héroe de épocas pobres, al que González, con fino tacto diplomático, se enorgullece en ensalzar: “Antípoda y complemento de esos jerarcas, Maradona es lo que las viejas antropologías amerindias denominaron un trickster, es decir, un mediador jocoso, simpáticamente burlador y tunante, entre las camadas tecnocráticas y las gentes golpeadas, entre los instrumentos del poder y su desarreglo jovial o licencioso”. Tal vez un ángel, de seguir la parrafada más que ligeramente religiosa de González: mediador, intercesor, mensajero, protector, servidor, maravilla, eternidad, comunicador de misterios y partícipe de ellos. “Maradona, caído y resurrecto, forjó una imagen virginal de la pelota. Mala explicación de un fervor que sin embargo puede justificarse de otra manera. La pelota es lo más equívoco que podría haber; tiene consistencia de talismán y atiende al capricho de enojados demiurgos.” A pesar de su insistencia en la creación, en perversa imitación de Pablo de Tarso, de una religión a su necesidad y conveniencia, González confiesa lo que se  propone negar: el fútbol es el único de entre los deportes que asfixian al planeta en cuyas reglas se encuentra, tácitamente, la autorización a negarse a jugar. En miles de ocasiones se ha visto a equipos ofrecer espectáculos soporíferos en los que, contentos con una victoria parcial, ruegan que los minutos se esfumen velozmente para alzarse con un triunfo concedido por la casualidad de la patada. No son obligatorios ataques ni intenciones de marcar puntos; sencillamente, los jugadores pueden echar la pelota fuera un millón de veces sin que esto signifique sanción alguna. Luego se oye decir a los entusiastas de ese somnoliento fervor que la pesca, la filatelia o el oficio del stripping son tonterías aburridas. González se apresura a barnizar de instrumentos culturales  (expresión que Beatriz Guido utilizaba para elogiar, sin ironías, la histriónica retórica del siniestro José María Muñoz) sus líneas: nos recuerda que Albert Camus había ocupado con hidalguía su puesto de arquero en épocas argelinas. Pudo haber agregado que Faulkner fue fogonero y portero de un burdel; Rimbaud, comerciante de esclavos; Hegel, preceptor de niños acaudalados; Marx, protégé de Engels;  Shakespeare, prestamista. El cantante Julio Iglesias no quiso ser menos y también se detuvo a evitar que los pelotazos perforaran su arco en años mozos; es de lamentar que su carrera deportiva no hubiera sido más exitosa.

Fútbol y banderas

“En algún momento se escuchó a los partidarios de exorcizar los correlatos nacionalistas en los encuentros internacionales, pedir que no se canten los himnos nacionales de los equipos. ¿Se aliviaría así el vínculo entre la selección nacional, la moneda nacional, la bandera nacional y el drama nacional? No, el fútbol ya está destinado a ser una representación colectiva con el hincha en su centro. El hincha es el coreuta exánime capaz de una emboscada o de las últimas manifestaciones de tribalismo lírico que pueden ofrecer las violentas metrópolis contemporáneas. No hay hinchas sin himnos ni himnos sin hinchas”. La resoluta fe en el destino del fútbol, contra el cual el ser humano nada puede hacer sino encender la televisión para presenciar el partido, es de un estoicismo de inmensidad azorada. González olvida la grotesca guerra del fútbol, que enfrentó, a raíz de un match por una plaza en el Mundial de México de 1970, a Honduras y El Salvador en 1969 (y cuyo tratado de paz se firmó sólo en 1980, aun cuando las mutuas matanzas duraran cuatro días); olvida los incidentes diplomáticos entre Egipto y Argelia por las incidencias de un encuentro en 2009 (Egipto retiró a su embajador de Argel), olvida los disturbios en Beijing cuando el seleccionado de China fue derrotado por el de Japón en Julio de 2004. Pueden continuar indefinidamente los olvidos de Horacio González acerca de las emboscadas que se tienden unas a otras las hinchadas de países cuyos cotejos exacerban odios nacionalistas o raciales; tal tribalismo lírico (expresión que, debo admitirlo, me sumió en exánime incredulidad y de la que González no se avergonzó) es el causante de masacres de las que González, seguro en su despacho, puede jactarse de desconocer.

Fútbol

“Cuando decimos Maradona, no somos él, no lo queremos ser ni nadie podría serlo, sino que sin proponérnoslo comenzamos a explorar en nuestra propia incertidumbre el carácter de una época y de un país, fatalidad que nos hace tan parecidos a lo que somos tan diferentes”. ¿Qué lleva a un ser humano, sea éste bailarín, oficinista, docente, escritor o sociólogo, a admirar a personajes tan alejados de su inmediatez y de los que no logra obtener un provecho ni siquiera erótico, lo cual justificaría en completitud su sujeción? La arrebatada psiquis del fanático deportivo sueña que ese esfuerzo distante lo representa en plenitud y lo compensa por la maldición de una existencia polvorienta y hasta imbécil, de un modo nada disímil al hechizo de las estrellas de rock o al de los preferidos del espectáculo. Esa majestad de ídolo sostiene en los tronos de la sociedad a seres precarios, ora hábiles para el traslado de un objeto fetiche, ora bellos hasta la más absurda insipidez que se traduce en su carácter irreproducible: el varón (o la mujer) que se solazan replicando la hazaña sexual de una cinta mas allá de lo confesable  recogen alguna migaja de un producto que ha sido fabricado, como el fútbol, con el exclusivo propósito de ganar dinero. En la líquida tristeza del deporte, tal como sucede con las amigables reflexiones de Horacio González, una vez acabado el ritual, retornamos a nuestra miseria, agigantada por todo aquello que la contemplación de esta pudorosa idiotez provoca en nuestros ánimos de niño.

Hadrian Bagration

Enlace al artículo Maradona y el carácter nacional, por Horacio González, en Página 12:

http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-148670-2010-07-02.html

Para una descripción más tenebrosa de la justificación de realizar un campeonato mundial en la República de Sudáfrica, véase Recapitulaciones de tediosos espantos, en este blog.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s