Patrick Michael Rice (1945-2010)

Seguramente nadie ha descripto mejor la indecorosa apatía con la que la frecuente indiferencia de la sociedad argentina desdeña la revisión y la administración de justicia en lo referente a la desdichada cuestión del doloroso pasado y presente de sus derechos humanos que el periodista Tom Gatehouse. En un artículo reciente reproducido por Javier Farje en el Latin American Bureau de Londres, Gatehouse repasa la errática dedicación de los gobiernos que sucedieron a las engominadas juntas militares destinaron a la, para el juicio de buena parte de la población de una nación sobrecogida por fenómenos de mayor importancia, tales como el fútbol, superficial causa de compensar la atrocidad para con la víctima con el castigo prescripto para el verdugo. En uno de sus párrafos, Gatehouse comparte con el lector su estupor ante la opinión de una jovencita de algo más de veinte años, la que equipara la situación de inseguridad que prospera en la Argentina con los crímenes del último régimen militar; quizás debamos creer que el hampa se ha organizado y ha sistematizado sus operaciones de tal modo que su accionar se asemeja a estas alturas a un ejército amparado por la negra luz de la noche.

Gatehouse menciona en cronológico orden el juicio a los cabecillas del terror en 1985 por decisión de Raúl Alfonsín y su consiguiente y típicamente radical capitulación plasmada en las leyes de Obediencia Debida y Punto Final; los indultos del menemismo y las sospechosamente enérgicas y electoralistas osadías de los miembros del matrimonio Kirchner, las que pese a su brío no incluyen la extradición a Francia, Suecia o Italia de la letrina llamada Alfredo Astiz. La continuación con vida de Astiz es un misterio castrense: el código de justicia militar recomienda el fusilamiento para quien rinda su posición al enemigo sin combatir, como sucediera con la bravura del antiguo capitán en las Georgias del Sur. Acude a la memoria un poema del general samurái Minamoto Yo Orimasa, vencido en la batalla de Uji en los lejanos siglos de las guerras del Japón medieval, compuesto antes de realizar el honor final del seppuku:

Como un viejo árbol

Del que ya no recogemos flores,

Triste ha sido mi vida,

Y sin frutos su destino

Los galones de Astiz, por el contrario, son exhibidos en una vitrina del Imperial War Museum en la capital británica, sin que a su anterior portador avergüence el haber concedido, desde la ignominia de sus rodillas, botín.

Una de las fuentes de las que se nutre el análisis de Gatehouse es el ex sacerdote Patrick Rice. Desde antiguo Irlanda ha dado al mundo jerarquías como las de Swift, Shaw, Wilde, Joyce, Yeats o Beckett; a Rice corresponde el mérito de haber redactado con su sufrimiento parte de la memoria atontada de un país ingrato. Rice recibió una inequívoca premonición acerca cuál sería su desventura cuando en Agosto de 1976 el obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, fue asesinado, para beneplácito de la cúpula de la Iglesia Católica argentina. Rice viajó a la diócesis que había sido responsabilidad de Angelelli, donde halló la más cerril de las hostilidades para con sus intentos de averiguar qué había sucedido con uno de los pocos miembros de la jerarquía católica que se oponía al régimen militar.

Patrick Rice

Rice desde hacía tiempo había incurrido en la decepción de sus superiores. Enviado a Santa Fe como profesor del Departamento de Filosofía de su universidad católica, cambió su pertenencia a la ultraconservadora Congregación del Verbo Divino por la de los Pequeños Hermanos de Charles de Foucauld, menos comprometidos con el mensaje pastoral para con los pobres y más para con sus estómagos. Rice se avino a morar en la barriada de Villa Soldati con varios de sus compañeros de obra; su sustento era ganado por sus propias manos ejerciendo el oficio de carpintero. Entre los apilados cadáveres que aparecían casi diariamente en las inmediaciones de la humilde residencia de Rice figuraron el del senador uruguayo Zelmar Michelini (cuya hija Elisa era torturada en Uruguay para obligar a su padre a entregarse) y el del diputado de la misma nacionalidad, Héctor Gutiérrez Ruiz, además de aquéllos de los militantes tupamaros William Whitelaw Blanco y Rosario del Carmen Barredo. Rice cometió un error en el que la holgada mayoría de los habitantes de la Argentina no cayó: construyó un informe sobre las intimidaciones, actos de violencia, secuestros y asesinatos de sacerdotes distanciados de la intimidad de la Curia, al que tituló Violence against the Argentine Church. Quienes recibieron ese reporte en los sectores más límpidos de Buenos Aires supieron a cuáles ojos remitirlo.

El 11 de Octubre de 1976 Patrick Rice fue secuestrado junto a la catequista Fátima Edelmira Cabrera. Rice fue sometido, además de a los tormentos de rigor, a la tal vez peor de las torturas: desde la oscuridad de su reclusión y de su dolor oía con claridad cómo, en el mismo cuarto donde acontecía su infortunio, Fátima era violada y torturada a un par de metros de su impotencia. El tosco argumento que justifica los procedimientos criminales ordenados por los  jefes militares, bendecidos por la Iglesia y tolerados y hasta aprobados por sensatos sectores de la sociedad a causa de la peligrosidad del terrorismo marxista muestra en esa escena su contenido falaz: una joven, casi una adolescente, que enseñaba plegarias en una villa de emergencia y un sacerdote cuyas manos se arruinaban con el cotidiano roce de la madera eran obligados a ser testigos de la pormenorizada destrucción de la que el otro era objeto sangrante. Años después, Rice aseguraría en una entrevista que dos cosas no podría jamás olvidar de esos días de capucha: el prolijo aroma del perfume de sus captores, y que la desesperación por la muchacha que sufría a un brazo de distancia de sí se parecía menos a la conmiseración por el martirio de una fiel que al amor.

Justin Harman y Patrick Rice en 2008

La suerte de Rice cambió cuando el embajador irlandés, Wilfred Lennon, enterado de la desaparición de su compatriota, dio la alarma al diario británico The London Times el 14 de Octubre, el cual publicó el escándalo en primera plana.  Al día siguiente, el mismo medio dio a conocer el informe de otra fuente de la embajada de Irlanda en Buenos Aires, el tercer secretario Justin Harman, quien sostenía que Rice se hallaba encarcelado por orden del gobierno argentino, aunque se ignoraba el lugar de la detención, sus condiciones, los cargos y el estado de salud del sacerdote. El gobierno irlandés llamó a una sesión especial del Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en donde se exigió a la Casa Rosada la aportación de datos acerca del destino de Rice. Confrontado con tamaña presión internacional, el gobierno de Videla instruyó a sus oficiales para que Rice fuera alimentado, aseado, afeitado y trasladado a dependencias de la Policía Federal. Allí se le informó que debía decir que sus heridas eran producto de una caída, si es que quería que a Fátima no le ocurriese un algo peor que la muerte. El 19 de Octubre Patrick Rice fue visitado en prisión por el embajador Lennon y el secretario Harman, quienes le aseguraron que las gestiones para lograr tanto su liberación cuanto la de Fátima (lo cual, en tanto se trataba de una ciudadana argentina, era casi una imposibilidad) habían avanzado. Kempton Jenkins, el subdirector de Asuntos Latinoamericanos del Congreso de los Estados Unidos de la administración Carter, por su parte, debió comparecer ante al cuerpo de senadores para rendir cuentas de la acciones tomadas por ese país para sancionar a la Argentina. Corrían épocas en la que una pequeña garantía de supervivencia, por mínima que fuese, en el improvisado Reich argentino era la extranjería. Desde el Vaticano se escuchaba, silenciosamente, la bendición papal.

Patrick Rice fue entregado a un vuelo con destino a Londres el 3 de Diciembre de 1976 en calidad de deportado, acusado de violar la ley 21.259, que protege, irónicamente, la paz y seguridad de la nación argentina, y de pertenecer a la organización Montoneros, imputación de absoluta falsedad.  Antes de quitar sus grilletes, los carceleros lo instaron a dejar por escrito alguna impresión positiva de su estancia. Con humor nada lejano al de Wilde, Rice lacónicamente anotó: I might have been treated better (Pude haber sido tratado mejor). Fátima (a la que, huelga aclararlo, la escueta imaginación militar abrumó con las mismas acusaciones que a Rice) permanecería en cautiverio un año más, hasta que el 24 de Diciembre de 1977 se le otorgó un régimen de libertad vigilada con la condición de que no cruzase los límites del distrito federal. El 18 de Noviembre de 1978 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos aprobó una resolución en la que instaba a la Argentina, todavía ahíta de la borrachera de su éxito en el torneo mundial adquirido groseramente en ese año, a poner fin a la libertad vigilada de Fátima Cabrera y a investigar los delitos de lesa humanidad cometidos su perjuicio y en el de Rice.

Patrick Rice, Fátima Cabrera y Blanca Rice

En 1985 Patrick Rice y Fátima Cabrera se reencontraron en Buenos Aires. Rice ya había tenido suficiente paciencia para con la desvergüenza de la Iglesia a la que alguna vez estuvo ligado y que le había prohibido celebrar misa y vestir hábitos, ya que confiaba en la versión oficial de su parentesco con una agrupación fuera de la ley. Rice abandonó felizmente su nada estimulante profesión y desposó a Fátima en Venezuela; con ella concibió tres hijos. Rice no había descansado durante los años posteriores a su calvario: en 1978 fundaba en Washington el Comité para los Derechos Humanos en Argentina. Vivió en Caracas, en la pobreza de lugares en los que sólo consentían en compartir con los miserables la congregación de los Hermanitos. En 1981 organizó en Costa Rica el Primer Congreso Latinoamericano de Familiares de Desaparecidos. Fátima coordina campañas de alfabetización de adultos en la dureza del Gran Buenos Aires. Documentar la vastísima labor de Rice en el campo de los derechos humanos amerita la detallada concepción de varios volúmenes. En 2008 la Universidad de Cork le reconoció un doctorado honorario en admiración para un hombre que desafió en lugares más inhóspitos que los infiernos a la costumbre de la crueldad.

Patrick Rice murió ayer en Miami en medio de su trabajo, en la agitación de una escala de un vuelo que lo trasladaba de Buenos Aires a Dublin. Sus cenizas se reunirán con Fátima; espantos y maravillas compartidas, también. Ante la pérdida, ante la temprana pérdida, sólo queda enunciar la brevedad de lo que sigue: Vete en paz, Patrick Rice. Ya has hecho mucho.

Hadrian Bagration

Anuncios

Un comentario en “Patrick Michael Rice (1945-2010)

  1. Conociéndote tanto y desde hace tanto no debería sorprenderme tu excelencia al escribir pero sigo emocionandome hasta las lágrimas al leerte, es uno de los motivos por los que te entregué mi corazón

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s