Terror sagrado I: Homosexualidad y desaparición

I loved you, so I drew these tides of men into my hands

and wrote my will across the sky in stars

To gain you Freedom, the seven-pillared worthy house,

that your eyes might be shining for me

When I came.

Thomas Edward Lawrence, The Seven Pillars Of Wisdom

Michelangelo Merisi da Caravaggio: San Giovanni Batista, 1606. Galleria Corsini, Roma.

La página ciento cuarenta y tres de la traducción al español del libro Homos del crítico literario Leo Bersani (autor, asimismo de uno de los mejores textos jamás fundamentados sobre la obra del infinito Michelangelo Merisi, el Caravaggio)  lamenta que desde edades en las que no podemos ejercer el doméstico pero a la vez épico derecho a la rebeldía se nos instruya en la respetabilidad de caer en los abismos de la economía sexual: nos es impuesta, y se nos premia por aceptar ese credo totalizador, la obligación de escoger un único deseo, una sola pasión, una excluyente vía; es grato a las opiniones ajenas, se nos alecciona, y por lo tanto más ventajoso para con nuestro destino social, optar en beneficio de las bondades y fastidios de sólo un género por sobre las  ternuras y monotonías que prevalecen (según la pública superstición) en aquél que se le opone. No es inusual que en pos de nuestra mayor gloria mundana se nos inste a preferir el recto sendero de la heterosexualidad; aún debatibles los orígenes de aquello que siglos más tajantes denominaron uranismo y décadas más cercanas, inversión, el péndulo de la condenación oscila entre una dolencia de índole congénita e irrevocable y una elección que recorre las sinuosidades de las malas compañías o la intrínseca perversión del malvado sujeto deseante. Trastabillando entre la paternal tolerancia y el repudio amable de quienes predican la urgencia de la enmienda, la persona homosexual, al momento de aceptar con reticencia o plenitud su especificidad erótica y amorosa, se hunde involuntariamente en un cobrizo río de profundas consecuencias políticas.

Thomas Eakins: The swimming hole, 1884-1885. Amon Carter Museum, Fort Worth.

Pocas personas hay que no consideren a la heterosexualidad, de la cual forman aquietadamente parte, una suerte de Herrenvolk; no estrictamente una raza superior, sino aquélla de las expectativas para con el futuro sexual de un ser querido del que deseamos una dicha que se nos antoja, rebosantes de confianza en su buen criterio, como la óptima. Este escalonamiento cumple la función de dividir a las categorías de la penetración en anhelada y repudiada, en propicia y nefanda; en cada individuo se realiza la mímesis de una ceremonia de creación de clases sexuales: hay en cierta heterosexualidad una mirada compasiva para con el homosexual, rudimentariamente solidaria en ocasiones, precavidamente amistosa en otras. La dialéctica del amo y del esclavo  del pensamiento hegeliano no es sinónimo en este ámbito de un pasatiempo compartido entre personas que asumen roles de dominación y de sumisión, sino la réplica renovada y añeja de una ética de la persecución: si Oscar Wilde fue obligado a confesarse sodomita porque al cuerpo social correspondía el deber de la indagación para así expulsar de su piel a los elementos corrosivos, del matemático Alan Turing, quien desanudara la encriptación del código secreto de comunicaciones militares de la Alemania nazi y contribuyera así a la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, se esperaba el recato del ocultamiento; en lugar de la cárcel, Turing fue obligado a arrostrar, sin el escándalo de la exposición pública, un benévolo tratamiento hormonal que destruyó su salud y lo empujó al suicidio. De la denuncia a la desaparición, y de allí a la tácita admisión de inferioridad: el homosexual, se trate de un hombre o de una mujer, es apto sólo para ciertas labores e inadecuado para otras: es un eximio couturier, una ruda atleta, un excelente hombre de letras, una espléndida escultora, un dedicado maître, una rigurosa bioquímica. ¿Cuántos padres confiarían la educación de sus hijos a un o una docente que no se aviniese a ocultar su homosexualidad, a despecho de sus habilidades pedagógicas? ¿Cuántos organismos, gubernamentales o no, otorgarían a un o una homosexual la guarda de un niño? ¿Cuántos ejércitos reconocerían del o la combatiente homosexual la estoica virtud del valor? ¿Cuántos preocupados familiares admitirían de un o una homosexual la eficaz caridad de velar por la frágil intimidad de un enfermo, de un anciano, de un individuo con capacidades diferentes? Así como de los afroamericanos se negaba la posibilidad de superar la precariedad del oficio de lustrabotas y de los judíos la codicia de la usura, del homosexual se presupone una ineptitud (o una calamidad, según sea el caso) para el contacto con la infancia, el propio sexo (lo cual incluye, en la imaginación popular, el acceso a la amistad), la paternidad o maternidad y la consolidación de un vínculo. En opinión de quienes así piensan, el homosexual es un miserable depredador sexual cuyas indomables promiscuidad y venalidad lo inhabilitan para la transmisión de conocimientos, el cuidado del prójimo y el amor.

Daniel Gerhartz: Amidst the lilacs, sin datación. Colección del autor.

Al igual que el racismo y el antisemitismo, la homofobia es una pasión; se sufre con los avances de aquello que es objeto de repulsa y se goza con su perdición. Jean-Paul Sartre definió con ese término doliente a quienes padecen horror ante la presencia judía: “L’antisémitisme est une tentative pour valoriser la médiocrité en tant que telle, pour créer l’élite des mediocres… La haine des juifs permet aux petits d’avoir l’impression d’être propriétaires, d’avoir quelque chose à défendre. » (El antisemitismo es un intento de valorar la mediocridad por sí misma, de crear una élite de mediocres… El odio a los judíos permite a los hombres comunes  tener  la impresión de sentirse propietarios, de poseer alguna cosa que defender. Réflexions sur la question juive). El odio al homosexual convence a su portador de pertenecer a una nobleza sexual cuyos privilegios de sangre y fluidos no puede extraviar: su bendita y orgullosa heterosexualidad absuelve al creyente en la homofobia de su involucramiento con el proletariado de las caricias. No obstante, y a diferencia de las razas de colores indeseables y de los judíos, quienes han sido privados a perpetuidad de la posibilidad de redención pero también de la del contagio, el homosexual puede, a juicio de quienes lo suponen herético y maligno, como un medieval heresiarca,  llevar a cabo la propagación de la peste; es, además, sutil como las serpientes, y puede pasar inadvertido si se esfuerza en ocultar su impudicia. De entre las infamias del racismo, el antisemitismo y la homofobia, es la última la que ha sobrevivido con mayor éxito a la inexorabilidad del tiempo; al igual que el régimen militar que proveyó a la Argentina de sistemática aniquilación  en ese casi decenio de botas sangrientas, y en el que se advertía que el traicionero terrorista se ocultaba tras  el anonimato de la muchedumbre que era blanco de sus crímenes, el homosexual pasea arteramente su vergüenza sin uniforme para atentar contra la integridad de tradiciones, instituciones e inocencias. La afiebrada defensa de esos pilares de dudosas sabidurías, siguiendo vagamente los versos del coronel Lawrence, justifica las módicas vidas e insignificancias cotidianas de quienes no renuncian a ceder un ápice de, al menos ante la visión de quienes consienten en ser, a la vez, sus obligados o gustosos espectadores y jueces, la pureza de sus costumbres.

Hadrian Bagration

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