Terror sagrado II: Las elecciones de la cruz

Pacelli y von Papen suscriben el Reichskonkordat en 1933.

El mayor y más pertinaz adversario que han conocido las eras para con los tenues alivios que obsequiara la vacilante luz de la modernidad al género humano es una hidra que carece hasta hoy del freno de un Heracles: la Iglesia Católica. Inútil es buscar su comprensión  o su diálogo; la Iglesia Católica se ostenta receptáculo de la autoridad inapelable de una divinidad suprema y se arroga también la facultad de interpretar esa muda voluntad. Este desafortunado desprendimiento de la religión judía alterna, ya despojado por sacrificio de quienes se atrevieron a enfrentarla desde su apogeo exterminador hasta su actual decadencia no carente de destellos de su majestad de antaño, ciclos de euforia propagandística con períodos de mansedumbre en los que opera en la tiniebla para maniobrar entre las desdichas que su existencia produce. La Iglesia Católica no se arrepiente sino a través del discurso apresurado y desganado de comunicados, redactados en el altivo estilo de los poderes terrenales, de sus atentados contra los avances científicos, su censura para con las osadías de los artistas y sus intentos de supresión para con  las innovaciones del pensamiento; el universo deseado por la Iglesia es estrecho y estático, en eterno reposo y constante recapitulación; su dios particular preside ese cosmos asfixiante y delega su soberanía invisible en las manos sedientas de sus vicarios, sin que éstos admitan que se les formule cuestionamiento alguno acerca de los desvaríos con los que pretenden  legislar respecto del asuntos tan disímiles como el origen de las especies, los misterios del rosario y su demencial prohibición del uso del condón. La Iglesia Católica, salvo escasísimas y honrosas excepciones, ha apoyado y hasta fomentado los regímenes más monstruosos del planeta, como la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini, el Vaterländische Front de la Austria de Dollfuß y Schuschnig, la Rumania de Codreanu y su Garda de Fier (la que tuviera a bien exportar a la Argentina de López Rega al luego tenebroso rector de la Universidad Nacional del Sur, Remus Tetu), aun cuando la simiente del fascismo rumano fuese el cristianismo ortodoxo; el rexismo de Léon Degrelle en Bélgica, la España de Franco, el Estado Novo del Portugal de Oliveira Salazar, cuanta dictadura militar latinoamericana asomase su cabeza, y hasta a la Cuba de Castro, a la que el papa Wojtyla visitó sin más interés por sus presos políticos y torturados que unas parrafadas ceremoniales en medio de los mutuos elogios que se prodigaron el dictador y el monarca.  La magnitud de estas aseveraciones puede sonar a acelerada y generalizadora exageración. Una amarga y rápida mirada a las zonas lóbregas de las historias de esos países demuestra que se trata de realidades de imposible refutación: el 20 de Julio de 1933 el papa Ratti, alias Pío XI, por intercesión de su Secretario de Estado, Eugenio Pacelli, convalidaba los jugosos términos del Reichskonkordat entre Berlín y el Vaticano, por el cual se garantizaba a la Iglesia Católica su inmunidad frente al Estado nazi, su derecho a proseguir con la recolección de impuestos eclesiásticos entre la feligresía, la continuidad de la enseñanza de la religión católica en las escuelas confesionales y la facultad de los obispos de promover o suspender a los maestros de los centros de estudio a voluntad, entre otras prebendas. No olvidó Hitler exceptuar a los miembros del clero católico de la obligación del inminente servicio militar con el que el nazismo planeaba la conquista de Europa. Franz von Papen, vicecanciller del Reich y devoto católico cuyo a su vez católico Deutsche Zentrumspartei había sido sin oposición devorado por el nazismo, preguntó, en el curso de las negociaciones previas, al cardenal Michael von Faulhaber acerca de si la Iglesia Católica manifestaría desagrado por las presentes y futuras atrocidades que el nazismo desplomaría sobre los judíos acorralados en su territorio y aquéllos que se proponía anexar. La respuesta del prelado fue la misma con la que había aconsejado a Pacelli y a Ratti apenas con meses de anterioridad: “Los judíos pueden cuidarse por sí solos.”

Hitler y el nuncio apostólico Cesare Orsenigo en 1939.

El Partito Populare Italiano, fundado en 1919 por el sacerdote católico Luigi Sturzo y dinámica y pecuniariamente estimulado por el papa della Chiesa (conocido también por su título oficial, Benedicto XV, inspiración del corriente locatario de la silla de Pedro) como escudo contra el Partido Socialista, se escindió en facciones que laudaban o denostaban a Mussolini, uno de los primeros cismas políticos entre católicos liberales y fascistas. Sturzo se decidió personalmente por Il Duce en 1922, lo que provocó la huida del sector liberal y la disolución del partido tres años después, sólo para ser absorbido por el Partito Nazionale Fascista. El austrofascismo halla su raíz en el Christlichsoziale Partei, el Partido Social Cristiano, creación del fanático antisemita Karl Lueger, lingüista aficionado que acuñara el peyorativo término Judapest para denominar a la capital húngara, una cuarto de cuyos habitantes eran judíos.

El mentor del exotismo místico de Corneliu Codreanu fue el politólogo, economista y abogado Alexandru Cuza, de quien Rumania recibiera como obsequio su agrupación, la Unión Nacional Cristiana, en 1922, más tarde devenida Liga de Defensa Nacional Cristiana, la que usaba como emblema una cruz gamada en el centro de la bandera nacional. Cuza era un hombre grave y de ideales ascéticos; uno de sus objetivos vitales fue el combate contra el vicio del alcohol, al que aseguraba que los judíos recurrían para con ardides despojar a los campesinos rumanos embriagados de sus tierras. De su unión con el Partido de la Reforma Agraria emergió el Partido Nacional Cristiano. La tensión entre éste y la Guardia de Hierro de Codreanu surgía del conflicto de la mayoritariamente católica composición de la ideología de Cuza y el misticismo ortodoxo de Codreanu; ambos, sin embargo, rivalizaban en su ardor antisemita.

Publicación rexista de 1943.

Ningún conflicto entre dogmas amenazaba la integridad de la enseñanzas de Jean Denis, histrión político que encumbrara el delirio de la concepción cesaropapista de Christus Rex a alturas ideológicas desde las que el oportunismo de Léon Degrelle (de quien Hitler dijo alguna vez era el hijo que le hubiese gustado engendrar), aunado a la retórica ultraconservadora del  periódico católico XXe Siècle,  logró construir un partido político (el Parti Rexiste) que contó con la bendición del obispado de Bélgica. A excepción de su contenido altamente integrista y de la grotesca oratoria de Mussolini, el rexismo es la desventura política europea más similar al peronismo: corporativismo socioeconómico, captación de las clases populares por medio de la dádiva, progresiva abolición del sistema democrático y su reemplazo por un círculo de ordenadas y jerárquicas instituciones que controlasen todos los aspectos de la vida pública y privada de la ciudadanía. El rexismo permitió a la Iglesia Católica la prosecución de su tangible misión de intervención en los asuntos materiales de la nación belga; esa camaradería de compartimentos estancos le ahorró el choque que la imprevisión política de Perón se granjearía con el sector eclesiástico argentino. Jean Denis había razonado que el rexismo, cuyo nombre se inspiraba tanto en la encíclica Quas Primas del papa Ratti, la que instaurara la Fiesta de Cristo Rey, soberano del mundo entero y de la humanidad toda, quiéraselo o no, cuanto en el apelativo de la editorial que vomitaba los panfletos de la Action Catholique de la Jeunesse Belge,  la Éditions Rex, no debía constituir un partido ni una agrupación doctrinaria, ni una secta de vanguardia, sino un movimiento, con lo cual estrechó aún más la cercanía de sus ideales con los de Perón. Denis no barruntaría que su influencia iría a dilatarse mucho más allá de las módicas fronteras de su país natal: la España franquista adoptaría varios de sus postulados, angustiada por el carácter revolucionario-conservador de la Falange, y alcanzaría su apogeo en las décadas del integrismo lusitano de Oliveira Salazar desde Lisboa, quizás el modelo estatal más añorado por el catolicismo.

Quas Primas es uno de los documentos más reaccionarios de la Iglesia moderna. A pesar de que el papa Ratti se congratula por la cantidad  de los dominios alcanzados por la labor apostólica, se lamenta luego por la “vastedad de la regiones todavía no sujetas al dulce y redentor yugo de nuestro Rey.” El año 1925 fue ocasión de celebrar los dieciséis siglos transcurridos desde el Primer Concilio de Nicea, en Bitinia, donde tiempo atrás la virilidad del casi césar Cayo Julio se entregase sabrosa al deseo del rey Nicomedes IV a cambio de la herencia de su reino para la República Romana. El ágape condenó las proposiciones de Arrio y ratificó las del obispo Alejandro: Padre e Hijo en la Trinidad son consustanciales y coeternos. Más que por este galimatías teológico, el concilio es famoso por haber realizado el primer maridaje entre los escalafones divino y terreno; la alianza entre el poder político y el espiritual, los que estarían destinados en breve a combatirse pero también a sostenerse mutuamente en pos del simultáneo afán de dominación.

"No colocarás otros dioses delante de Mí..." Goebbels y prelados en el cumpleaños de Hitler.

Ratti insiste en la liviandad de denominar rey a Cristo sólo en un sentido irreligiosamente metafórico. Según el obispo de Roma, Cristo, hecho de una misma naturaleza que la divinidad que lo engendrara, es, como el Padre, señor de todas las cosas, y especialmente, rey de los corazones (ignoramos si el papa Ratti era un secreto lector de Carroll). Cita los augurios de los profetas del Antiguo Testamento: Isaías, Jeremías, Zacarías, Daniel, quienes desde la lejanía del viejo Israel prologaron el cumplimiento de la llegada del redentor en gloria y, principalmente, en majestad. Ratti aduce que el propio Cristo hizo notar el poder delegado de Dios Padre a los recalcitrantes judíos que lo amonestaban por haber violado la disposición del Sabbat. Con su sangre compró para su Ecclesia triumphans la influencia en tópicos de ascendencia civil; es erróneo, de acuerdo a Ratti, apartar a la Iglesia de su señorío sobre la marcha de los asuntos ligados al sometimiento de las gentes. El mandato del que la realeza de Cristo emana se extiende a todos los hombres, “no sólo a los católicos, no sólo a aquéllos que aun habiendo recibido bautismo han sido guiados hacia el error a pesar de pertenecer por derecho a la cristiandad, o han sido aislados por el cisma, sino a todos aquéllos que moran fuera de la fe cristiana, de modo que en verdad es el género humano en su totalidad el que se halla bajo el poder de Cristo. No hay diferencia en lo que a esto respecta aun si se trata de un individuo, de una familia o de un Estado, puesto que todos los hombres, solitaria o colectivamente, se encuentran bajo el dominio del Señor…  Sólo cuando todos los hombres reconozcan, tanto en sus vidas privadas cuanto públicas, que Cristo es Rey, la sociedad recibirá las bendiciones de la verdadera libertad, la disciplina del buen orden, la paz y la armonía.

Estadio Berlin-Neukolln, Agosto de 1933.

La interpretación católica ha querido hacer del papa Ratti un líder de la resistencia internacional contra el fascismo, especialmente en desmedro de Mussolini: si Cristo es reconocido como rey, arguyen los fieles católicos, la idolatría del Estado no puede suceder, ya que todo gobernante es efímero frente a la eternidad del verdadero regente. El celo por la independencia política de la grey católica exhibido por Ratti tiene una explicación mucho menos desinteresada: en 1870 el nacimiento de la nación que hoy conocemos como Italia implicó la supresión de los Estados Pontificios, ficción política de no menor extensión en la región central de la península a través de la cual el papado se erigía como potencia territorial, ejércitos y moneda incluidos. La alianza entre Italia y Prusia en la guerra que enfrentó a Napoleón III y a Bismarck determinó que los prusianos, enemigos del papa Ferretti (o bien Pío IX) en razón de su apoyo a la Francia imperial, autorizaran a los italianos a invadir las posesiones papales, indefensas luego de la partida de las guarniciones francesas que no podrían conjurar la derrota del sobrino de Bonaparte. El papa Ferretti logró reunir una tropa de ocho mil hombres, a quienes envió a los campos de batalla sin atender a los dictados del mandamiento que prohíbe matar. Nada consiguieron: el 20 de Septiembre de 1870 el rey Vittorio Emanuele II hacía su entrada en Roma, usurpada desde tiempos de Constantino, y establecía su residencia en el Quirinal. Ferretti se negó a abandonar su trono y se consideró prisionero en el Vaticano, distinción que hasta el pacto con Mussolini exhibieron los pontífices a quienes les correspondió sucederlo. Los tratados de Letrán de 1929, que incluyeron compensaciones financieras para con una siempre necesitada Iglesia y el compromiso de Mussolini de adecuar las leyes que regían los vínculos matrimoniales a la aprobación de la corporación eclesiástica, amén de la exención de los miembros del clero a prestar servicio militar, concedieron a los papas absoluta potestad sobre las cuarenta y cuatro hectáreas que integran la Ciudad del Vaticano, Estado gangsteril que se hace llamar Santa Sede, mantiene relaciones diplomáticas con el mundo exterior, es una de las retrógradas monarquías absolutas del orbe  y es refugio de estafadores y pedófilos a los que la justicia internacional se ve impedida de capturar en virtud de la inviolabilidad de sus fronteras. No debe sorprender la duplicidad del papa Ratti y su tediosa encíclica: fustigar el peso de las autoridades terrenales en favor de la supremacía de la omnipotencia de Cristo para, cuatro años después, convertirse en una de ellas, sin someterse a la vigilancia de un parlamento o de un poder judicial y dejar librada la elección del máximo paterfamilias católico a las corrupciones de los cónclaves. Poco más podía esperarse del papa que en 1933 se sentara a la mesa del Führer como socio y amigo.

Hadrian Bagration

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