El sueño de Nadia en Praga

Oskar Kokoschka: El Karlsbrücke en Praga, 1934. Národní galerie, Praga.

La literatura de Reinaldo Arenas contiene, en ese volumen que a toda persona sensible a los caprichos de la belleza le está vedado desconocer, Antes que anochezca, noticia de su improbable y feliz (adjetivos con los que es posible calificar a tantas cotidianas felicidades) arribo a Nueva York. La desilusión, en cualquier historia vital, es sólo cuestión de tiempo, y le llegaría a Arenas con prontitud; las semanas que esa crepuscular sensación demoró en presentarse ante él fueron, como lo es la euforia antes de la lágrima, el preámbulo al principiar de su derrota. No sería Nueva York la ciudad más luminosa para Arenas, mas le era provechoso escogerla por sobre la epidemia de tiendas que constituye Miami, la ajena sal del Pacífico o el lento veneno del racismo del profundo Sur de su admirado Faulkner. Barcelona y París habitaban tras el muro que separaba a su pobreza de Europa; de igual modo, gobiernos que no eran convencidos adversarios del castrismo atemorizaban un poco el nocturno escenario que recreaba su celda y su tortura.

Como el choque de dos cuerpos en la antónima tibieza de la carne en la frialdad de un cuarto al alba es que una ciudad sin certezas nos recibe en el claroscuro de sus avenidas a la madrugada. De ella se espera una recatada apertura a nuestro deseo que quiere detenerse en el detalle de cada ventanal en donde dos soledades se hacen el amor a la sombra; de nosotros, la condescendencia de actos breves, corteses y furiosos, como los besos.  Fue en el Karlsbrücke de Praga, sobre el Moldava, que una mujer de belleza vistosa me sonrió; no la atraían mis encantos, sino la oportunidad de trocar los suyos en metálico. Es la extensión del puente la de unas cinco cuadras; por la noche su piedra regresa al Medioevo y a la salmodiante soledad del río en la tiniebla. Mademoiselle no se había sometido a rudimentos de inglés o francés; su alemán era torpe y mi checo, horrísono. Miénteme tu nombre, alcancé a susurrar mientras lograba la leve desnudez que la luna sobre el puente consentía. Ella dijo llamarse Nadia; yo bromée una tonta jactancia que sonaba a español, y que pareció, sabiamente, no entender. Acabados los esfuerzos, le ofrecí tomar de un cúmulo de billetes los que su necesidad dictase; simplemente apartó el precio convenido e instaló de nuevo en su rostro una pública sonrisa, que los hombres deseamos única.

El día final de mi estancia en Praga caminé con respetuoso ritual hacia el Karlsbrücke a la luz de la penumbra que destila la vejez de la ciudad. Nadia dormía sola, con su cabeza sostenida por la inflexible piedra del puente; el benigno verano del aquel año se dignaba a obsequiarle esa cama señorial y extensa que no había sido pensada para ella. En el hueco de una de sus manos coloqué la sagrada cifra del intercambio; sus finos dedos disimularían esa módica posesión hasta que asomase la incomodidad del fin del sueño. Ese egoísmo último quiso condenar a Nadia a perder, sin tristeza, desde mi cara hasta mi voz, desde mis sutilezas tediosas hasta los atosigados idiomas que con ella intentara; no olvidaría, quizás, que de mí su memoria extraviaría, como Arenas de tantos amantes y tantos amantes de él, mi nombre.

Hadrian Bagration

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