Everything is wrong

Vincent van Gogh: A las puertas de la eternidad, 1890. Kröller-Müller Museum, Otterlo, Países Bajos.

Vincent van Gogh: A las puertas de la eternidad, 1890. Kröller-Müller Museum, Otterlo, Países Bajos.

El 14 de Marzo de 1995 el mejor músico popular de la actualidad, Richard Melville Hall, más conocido por su nombre artístico, Moby, en abierto homenaje a su ser chozno de Herman Melville, el autor de una metáfora en forma de libro sobre la impotencia humana que acabó por ser un regalo de cumpleaños para adolescentes, Moby Dick, lanzó al mercado su tercer álbum, cuyo undécimo tema, Everything is wrong (Todo está mal), es absolutamente perfecto en toda la desesperante brevedad de su minuto y catorce segundos. Everything is wrong fue compuesto en una época en la que pocos sospechaban que el mundo, tras la caída del estalinismo, el descrédito de los gobiernos militares y la bonanza económica que manifestaba la cara sonriente del capitalismo de acopio fácil, se precipitaría en el pánico del 11 de Septiembre de 2001 (en vacía coincidencia, tal el día que celebra el nacimiento de Moby, pero en 1965), el casi decenio de guerra en Iraq y sus 1.446.063 cadáveres (de acuerdo al estudio, en su estimación más alta, de la agencia Opinion Research Business de Londres, ignorado sin mayores escándalos por la industria de la información), la crisis financiera de 2008 y el neo-desempleo a escala global, la posesión, por parte de un Estado medieval como Irán, de armas de destrucción masiva cuyo propósito es la aniquilación de Israel, la persecución de los tziganes en Francia en 2010, los desplazamientos forzosos de masas de población en China y Sudáfrica para hacer lugar a solemnes estadios en los que ovacionar al opio del deporte; esas y tantas otras catástrofes, muchas llevadas a cabo con el encomio y la justificación de sectores de la sociedad (de varias de ellas) que nada tienen que ganar sometiendo su adhesión al régimen, obligan a meditar acerca de la incapacidad humana de sufrir arrebato por la miseria del prójimo.

En la madrugada del 6 de Junio de 2004 en la ciudad de Sadr, en Iraq, un grupo de soldados estadounidenses, de adolescentes, espantados por el calor, la oscuridad, los alaridos de dolor que ejercen de coro a cada una de las explosiones con las que se pulveriza automóviles, edificios, gente, y que sirven a una bandera por unas cuantas libras de comida y una cama, abre fuego contra cualquier sombra que se agita en la tiniebla, y entre ellas muere el vehículo que lleva a Mohammed Saleem y sus dieciocho meses y sus cuatro familiares. Al amanecer todos reciben un tosco ataúd que no respeta edades ni tamaños ni confesión; la callejera morgue de la ciudad se encoge de indiferencia ante la mirada de miedo con la que sus rostros se despidieron de la vida.

En la tarde del 17 de Noviembre de 2009, una asociación ilícita conocida como Harakat al-Shabaab al-Mujahideen (Movimiento de los Jóvenes Combatientes), entierra a una mujer sin mote ni edad hasta la cintura en los duros suelos del poblado de Wajid, en Somalia,  y la lapida con pedruscos que (según la versión menos afable de la ley islámica) no han de ser demasiado grandes como para producir una muerte instantánea ni demasiado pequeños como para no merecer el nombre de piedras. Los hombres aguardaron con piadosa paciencia a que  la mujer diese a luz para asesinarla luego: en el invariable comunicado que el juez religioso o mullah (usualmente analfabeto, ya que ha aprendido de memoria las suras o versículos del Corán por transmisión oral; a esto ha llegado la civilización que alguna vez devolvió Aristóteles a Occidente en la Edad Media) da a publicidad como medida de adiestramiento de la población, la mujer es adúltera y su hijo, por voluntad de Alá, nace muerto. La realidad sugiere que la mujer ha sido violada, en no pocas ocasiones por sus más tarde ejecutores, y su hijo es estrangulado o ahogado nueve meses después en un país con demasiadas bocas que alimentar y sin recursos naturales que justifiquen una paternal invasión.

A las 12:40 AM del domingo 16 de Mayo de 2010 en Detroit la policía irrumpe en una vivienda indigna en cuya sala duermen Aiyana Jones, de siete años, y su abuela. Pertrechados como para una guerra en el desierto, alguien arroja una granada de iluminación luego de derribar la puerta; una bala, disparada por el oficial Joseph Weekley, desintegra el cuello de la niña. Weekley, en lugar de enviar un mensaje a sus seres queridos, realizar el saludo militar y volarse la cabeza, acusa a la abuela de Aiyana de haber intentado arrebatarle el arma. La anciana es llevada sin demasiada cortesía al cuartel policial; bien podría haber acabado condenada por provocar el homicidio de su nieta, de no ser por las cámaras del canal A&E; la filmación desmiente la versión de la policía y obliga, a regañadientes, a que las autoridades civiles abran una investigación. De ella se averigua que Weekley participó en un episodio similar en 2007, en el que habría matado a dos perros, las mascotas de una familia, y amenazado con torturar a un niño para obtener una confesión inútil. El hombre que tan ardorosamente perseguía la policía de Detroit vivía en el departamento inmediatamente superior y se entregó sin resistencia.

Walter Sickert: The rose shoe, ca. 1904-1905. Colección privada.

Walter Sickert: The rose shoe, ca. 1904-1905. Colección privada.

El 23 de Abril de 2005, en Southall, a diecisiete kilómetros al oeste de Londres, en la tibieza del mediodía, Samaira Nazir es degollada y apuñalada dieciocho veces por su hermano y su primo frente a sus dos hijas, de cuatro y dos años de edad, en venganza por el horroroso delito de querer contraer matrimonio con un hombre de su preferencia. Su hermano confesaría después que había obligado a las infantes a presenciar la masacre de su madre como acto ejemplificador. Los Nazir son oriundos de Pakistán; Samaira, primera generación de nacidos en suelo inglés, se había graduado en turismo en la Universidad de Thames Valley; en 2000 formó pareja en secreto con un inmigrante afgano, luego de un primer matrimonio fallido. Para lograr la anuencia del todopoderoso paterfamilias paquistaní, el novio pagó de su bolsillo el traslado del primo Imram desde Pakistán a Gran Bretaña; poco después éste sería uno de los asesinos de Samaira. El hermano y primo de la mujer fueron condenados a reclusión perpetua; el padre huyó a Pakistán. La madre de Samaira y abuela de las dos desgraciadas niñas tuvo a su cargo, durante la ceremonia que constituye, para quienes así piensan, un crimen de honor, mantener a su hija con las manos atadas por una bufanda mientras los hombres la desangraban.

Poco antes del promedio de la mañana del 9 de Octubre de 2002 Aileen Wournos, convicta por el asesinato de siete hombres en un plazo algo mayor a un año, es ejecutada por inyección letal. Wournos, nacida en Michigan de una madre de quince años que la abandonó y violada repetidas veces por su padre hasta que éste se suicidó en prisión por el vejamen y asesinato de un niño de ocho años, fue a su vez violada a sus catorce años y colocada en estado de gravidez por un hombre al que la justicia no molestó. Luego  de alumbrar a su hijo, su abuelo materno la obligó a entregarlo en adopción y la arrojó de la casa. El año 1970 ve de este modo a una adolescente sometida a tormento por su familia inmediata y desprovista de todo cuidado vagar por los bosques que circundan a Rochester, su pueblo natal, en el país más rico y poderoso del planeta sin más alimento que lo que el azar y la forzosa prostitución quieran concederle.

A sus treinta años, Aileen Wournos conoció a una mucama de hotel, Tyria Moore, con la que formó pareja. Es quizás cruel hacer hincapié en el nada elegido modus vivendi de Wournos en el transcurso de esos tres lustros: el comercio sexual y el pequeño hurto; más de una vez algún cliente ebrio se negó a pagar y Aileen volvía a su desdicha con un diente roto. Tyria Moore representó la dádiva de afecto que Aileen Wournos pudo hallar en un mundo que le negaba la petición más ínfima. No obstante, la compañera de Aileen vio en ella un cierto lujo que podía manipular: así, la obligó a oficiar de mujer pública bajo amenaza de sustraerle sus afectos si no corría con los gastos. Aileen, aterrorizada por la promesa de una nueva soledad en medio de la destitución, cedió.

Era harto trabajoso para Aileen Wournos procurarse admiradores de índole erótica: la juventud se esfuma con rapidez en la pobreza; a ello se sumaban el alcohol y las golpizas que recibiera de niña y adulta y que afearon su rostro. Aileen Wournos descubrió que despojar a sus compradores de lo que les pertenecía era más sencillo que esperar por días la proposición de alguien. Los crímenes de Wournos son irrisorios en relación con las ganancias que obtenía de ellos; además de unos pocos cientos de dólares en alguna de las ocasiones, los asesinatos sólo le acarreaban la alegría de correr a casa con la ofrenda que retendría a Tyria por unas semanas más. Ella sería, durante el proceso, uno de los testigos de cargo.

Sarah Ferguson: Exhibit B (Aileen Wournos), 2010. Colección de la autora.

Dado que sólo se pudo probar la comisión de sus crímenes en seis oportunidades más allá de toda duda razonable, Wournos recibió seis condenas a muerte. El gobernador del estado de Florida, Jeb Bush, hermano y cómplice dinástico del ex presidente de los Estados Unidos, concertó una entrevista de quince minutos (sic) en la que tres psiquiatras declararon que Aileen Wournos poseía excelente juicio. Jamás se aceptó en el tribunal que en al menos dos de los casos en los que Wournos mató sus víctimas habían estado en prisión por violación, único atenuante esgrimido por una defensa desganada.

Aileen Wournos jamás deseó apelar su sentencia. Rechazó todas las peticiones hechas en su nombre y despidió a su consejero legal. En prisión fue legalmente adoptada por una cristiana fanática que intentó convertirla a su fe. Al no lograr su cometido, la mujer desapareció y ni siquiera asistió a la ejecución. La prensa sensacionalista hizo de Aileen Wournos una asesina androfóbica y perversa; el título de otro desatino fílmico más de Hollywood, Monster, habla a las claras de la seriedad del análisis de la condición de Wournos. La mannequin (Isabelle Huppert puede ser llamada, sin desmedro, actriz) Charlize Theron interpretó el protagónico, y recibió por ello un devaluado premio Oscar exactamente en fecha del que hubiera sido el cumpleaños número cuarenta y siete de Wournos; eligió no hacer referencia alguna a quien sirviera de modelo a su personaje, no fuera que el público estadounidense, tan afín a la iracunda divinidad del protestantismo, confundiera su ícono con el de la reo.

En la mañana de su muerte Aileen Wournos reencontró a un amigo cuyo nombre es, por curiosa coincidencia, Dawn, la palabra inglesa que designa al alba. Con él había dormido en automóviles en su adolescencia sin hogar ni escuela. Dos mil ciento ocho kilómetros separan a Michigan de la cárcel en la que Aileen Wournos murió; quién sabe qué fuerza vigorosa movió al hombre a atravesar esa distancia para llegar a tiempo. Excepto por él, de no ser por Dawn, es Moby quien tiene la razón. Moby is right. Everything is wrong.

Hadrian Bagration

La mala educación

Ignacio Ruiz: Desapariciones. Sin datación. Colección del autor.

Fue en el periódico Crónica de la por entonces ya sitiada ciudad de Buenos Aires, a fines de Diciembre de 1975, que los lectores husmearon, sin que despertara mayor interés, una solicitada firmada por el más que prestigioso anciano Jean-Paul Sartre, la escritora Simone de Beauvoir, el hispanista Pierre Vilar (cuya Historia de España, prohibida por el franquismo, es la mejor lectura sobre el pasado de la nación más extensa de esa península) y el sociólogo Alain Touraine, entre otras suscripciones menos reconocidas, exigiendo “respeto a la vida y a la integridad física del Doctor Roberto Quieto y su puesta a disposición de las autoridades judiciales pertinentes.” Los intelectuales firmantes se solidarizaban con un pedido de la madre de Quieto, Josefa Argañaraz, testigo del secuestro de su hijo el día 28 del último mes de ese año, unos tres meses antes del inicio del reinado militar. Quieto había sido fundador de las FAR, las Fuerzas Armadas Revolucionarias en las postrimerías de los sesenta; al someter su creación a la égida de la agrupación Montoneros, conducida sin apelaciones por el tortuoso Mario Firmenich, Roberto Quieto había consentido, con toda seguridad ingenuamente, su propia destrucción: a poco de su desaparición, Firmenich, en similitud con los juicios de Stalin en Moscú con dilatada anticipación de cuatro décadas, presionó para que la cúpula de sus dirigidos condenara a la degradación y a la muerte a Roberto Quieto, bajo la acusación de negligencia operativa y de suministrar información al enemigo; en otras palabras, de no resistir estoica y permanentemente la tortura. Firmenich se desembarazaba así de un rival intelectual y humanamente muy superior a su propia persona (aun cuando su metodología revolucionaria no descartara la violencia), y a un vaticinador del fracaso y la aniquilación de las cofradías resistentes argentinas, en tanto éstas se alejaran de la política y se deslizaran hacia la militarización, campo en el cual no había competencia posible con los ejércitos regulares. Contrasta la severidad del locuaz Firmenich con la bonachona y entristecida comprensión de Jorge Luis Borges, quien en un fragmento de su texto Lunes, 22 de Julio de 1985, dictado durante la apesadumbrada continuación a oír las declaraciones del testigo Víctor Basterra, mantenido en cautiverio por cuatro años en la Escuela de Mecánica de la Armada, en el transcurso del juicio a las juntas militares, se lamentara de este modo: “Bajo el suplicio, había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas “sesiones” cualquier hombre declara cualquier cosa.

Fernando Botero: Monseñor, 1996. Colección privada.

La madre de Roberto Quieto, Josefa, era maestra. En razón de su edad, es de suponer, avanzada al instante del tormento de su hijo (Quieto había nacido en 1938), probablemente no fue perjudicada por la sanción de una disposición absurda: la abolición, por parte de decreto de la junta militar, del Estatuto del Docente, promulgado en Septiembre de 1958 durante la presidencia de Arturo Frondizi a través de la Ley 14.473.  Se ha analizado superficialmente en este sitio el dudoso valor de una reglamentación grata a la época de persecución de la militancia peronista (La muerte de un rey, 17 de Octubre de 2010) y la sinuosa contradicción que empañara la gestión de Frondizi: en perpetua capitulación ante las exigencias de la Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica, Frondizi estipuló en el Estatuto del Docente el espaldarazo al surgimiento (con apoyo económico del Estado nacional) de las universidades privadas de índole confesional y un requerimiento que sentaría precedente como forma rigurosa de control ideológico y hasta de la relajación de costumbres para dar cabida a la promoción jerárquica de un docente: los concursos de títulos, antecedentes y oposición. Era sabido que Frondizi ejercía cierto predominio en cuestiones de política exterior y búsqueda de inversiones; no así en lo que toca a los asuntos internos y a la ominosa sombra del Episcopado: el conflicto entre las formas de enseñanza laica y libre (en otras palabras, católica) se dirimió en favor de esta última con el apoyo del pusilánime mandatario, aun a costa de la enemistad con su hermano Risieri, rector de la Universidad de Buenos Aires.

Los artículos 19 y 20 de la Ley 14.473 otorgan al docente argentino estabilidad laboral, en cumplimiento del mandato impuesto por al artículo 14 bis de la Constitución Nacional, aunque haya sido éste el documento que más vejámenes ha sufrido en la dolorosa historia argentina: “Artículo 19: El personal docente comprendido en el presente estatuto tendrá derecho a la estabilidad en el cargo mientras dure su buena conducta y conserve las condiciones morales, la eficiencia docente y la capacidad física necesarias para el desempeño de las funciones que tiene asignadas.” Huelga aclarar que la buena conducta y las condiciones morales implicaban corrección en los hábitos sexuales tanto como en los políticos; tal ley, si bien adjudicaba al trabajador un hilo de seguridad jurídica, era, y a tal efecto el mecanismo de los concursos así lo confirmaba, una maquinaria de vigilancia.

Ernesto de la Cárcova: Sin pan y sin trabajo, 1892-93. Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

El gobierno presidido por Jorge Videla se esforzó, sin oposición posible, en ir más allá. El 29 de Marzo de 1976, tan sólo cinco días después del golpe de Estado, una disposición de la junta, la Ley 21.278, suspendía el Estatuto del Docente, entre otras medidas que favorecían a trabajadores de múltiples áreas,  excusándose con los siguientes pretextos: “Considerando que el Estatuto del Docente – que tiene vigencia desde 1958- ha sido elaborado sobre la base de pautas ideales y que, por diversas razones históricamente su aplicación ha sido siempre parcial… Que todo ello se ha proyectado en la práctica como un factor negativo en la organización del sistema educativo nacional y ha creado una situación de los cuadros docentes totalmente disfuncional…  Que debe dictarse el instrumento legal que facilite la consecución de los objetivos formulados en el punto 2.8 del Acta para el Proceso de Reorganización Nacional y que, en tal sentido, deben establecerse las disposiciones que permitan proceder en forma progresiva a la adecuación normativa en función de una coherente administración del personal…. Art. 1: Facúltase al Ministerio de Cultura y Educación de la Nación para suspender total o parcialmente el Estatuto del Docente… Art. 2: … la estabilidad del personal docente dependiente de establecimientos de enseñanza privada. Art. 3: … el régimen laboral de profesores designados por cargo”. Ninguno de  los  Ministros de Educación de Videla, Ricardo Bruera (Marzo de 1976 a Mayo de 1977), Juan José Catalán (Junio de 1977 a Agosto de 1978) y Juan Rafael Llerena Amadeo (Noviembre de 1978 a Marzo de 1981) se avino a explicar en qué consistían las pautas ideales de la educación argentina y cuáles habían sido las razones de la aplicación parcial del Estatuto que no fueran de responsabilidad estatal. El someramente mencionado punto 2.8 del Acta fundacional del Proceso arroja algo de oscura luz sobre las intenciones castrenses: “Conformación de un sistema educativo acorde con las necesidades del país, que sirva efectivamente a las necesidades de la Nación y consolide los valores y aspiraciones culturales del ser argentino.”

Si la Ley 21.278 anulaba el cuerpo legal al que el docente podía recurrir de sentirse amenazado por una injusticia y arrebataba al trabajador privado su estabilidad laboral, la Ley 21.274 posibilitaba la prescindibilidad de los empleados públicos sin sumario previo; para quien ocupaba una posición al frente de una institución educativa o de un aula, ya no había escapatoria. Cerrando el impiadoso cerco cuyas secuelas son padecidas aún hoy en el ámbito de la enseñanza, el Ministerio de Educación y Cultura quedaba facultado, por medio de la Ley 21.276 (en sentido estricto, de aplicación universitaria, pero usada en incontables ocasiones para apelmazar inquietudes en los ciclos primario y secundario) a resolver situaciones no previstas por la legislación, lo que equivalía, en términos llanos, a violarla cuantas veces fuera de su antojo.

Desplomado el régimen militar, el 31 de Diciembre de 1987 es puesto en vigor el nuevo Estatuto Docente de la Provincia de Buenos Aires de acuerdo a la Ley 10.579. La ciudad de Buenos Aires obtendría su reforma educativa a través de la Ley 24.049, la que a partir del 1 de Enero de 1992 transfería a las provincias y municipios los servicios educativos; el Estatuto Docente de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se denomina, escuetamente, Ordenanza 40.593. Es asunto de recurrente amargura, tanto institucional cuanto individual, que las autoridades argentinas se empeñen, con frecuencia y desvergüenza dignas de peores causas, en asumir la administración de la ley para, precisa y cínicamente, quebrantarla.

Hadrian Bagration

Pieter Bruegel el Viejo: Ciego guiando a otros ciegos, 1568. Galleria Nazionale di Capodimonte, Nápoles.

NB: Los lectores que hayan seguido la plomiza reproducción de los vaivenes con los que la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires mantiene a los docentes a su cargo en estado de angustiada servidumbre pueden consultar la página oficial en la red de la entidad gremial capitaneada por Roberto Baradel, el Sindicato Unificado de Trabajadores de la Educación de Buenos Aires (SUTEBA), el cual, en su apartado dedicado a la historia de la legislación docente, en un artículo sin firma, asevera, en un estilo algo informal: “LAS IDAS Y VUELTAS DEL ESTATUTO HASTA 1957: No existía un cuerpo orgánico que fijara derechos y deberes del educador. Se ingresa al sistema y se asciende a dedo. No están pautadas las condiciones laborales. 1957: Se impone por decreto-ley de la dictadura militar un Estatuto Docente. Refleja la concepción del educador que tenía ese gobierno: profesionalista, autoritario, verticalista. Concibe un sistema educativo de estructuras rígidas y anquilosadas, al que no penetró la realidad. Sin embargo, es un progreso. Una serie de derechos docentes se convierten en Ley. 1958: Se sancionó por decreto el Reglamento General de Escuelas. Mezcla deberes (no derechos) del docente con directivas para el funcionamiento de las escuelas. 1976: La dictadura militar deroga el Estatuto y suprime todos los derechos docentes.” Concuerdo con las críticas de Baradel a la ausencia de un cuerpo reglamentario, a las falencias que éste tuvo en el período que comenzó con Frondizi y a su conculcación durante la dictadura militar de 1976. Es paradójico entonces que el dirigente sindical no se solidarice con los miles de docentes a los que afirma representar y desea someter a concursos de títulos, antecedentes y oposición originados en una concepción legal profesionalista, autoritaria y verticalista, en tanto tales docentes han accedido a sus cargos directivos a través de exámenes conformes a la reglamentación establecida por la Ley 10.579 y, por lo tanto, no caprichosamente, o bien, como argumenta el anónimo articulista de Baradel, con quien coincido en forma total, a dedo. Curiosa contradicción inherente a la condición humana la que afecta al citado dirigente.

Hadrian Bagration

Enlace a las reflexiones de SUTEBA sobre la debida protección al trabajador docente:

http://www.suteba.org.ar/estatuto-del-docente-indice-214.html

Monstruosidades y poder

Pieter Bruegel el Viejo: El triunfo de la muerte, 1562. Museo del Prado, Madrid.

Escribir sobre Emilio Eduardo Massera, aun  a escasas horas de su muerte, es un acontecimiento que desafía la más atrevida de las originalidades: nada es posible agregar a ese demasiado extenso decurso de horrores que constituyó su persona y su obrar, las que fueron, en la medida en la que su influencia fue reptando hacia destinos cuyos portales fueron abiertos por tantas complicidades, crecientemente indiscernibles. No obstante, es dable detectar en las antípodas de un error demasiado reiterado en la vaguedad del pensamiento político argentino, la teoría de los dos demonios, la cual se afana en justificar el terrorismo de Estado concediendo a los crímenes de las guerrillas un talante apocalíptico para, con el pretexto de condenar a ambos, absolver ardorosamente al primero, una igualmente añeja equivocación: reconstruir a la última de las dictaduras militares argentinas, la más inhumana, como un producto de excepción, una monstruosidad foránea devenida autoridad por accidente de la Historia, un azote impuesto por las cíclicas deidades que se suceden en los verdes jardines de ese Valhala al que los latinoamericanos vituperan respetuosamente como la Casa Blanca. El innegable rol de Washington en el alzamiento militar de 1976 no logra cegar las toscas responsabilidades vernáculas: quien encaramara a Massera a la jefatura suprema del almirantazgo en 1974 fue uno de sus camaradas de armas, si bien de distinto estamento: el viejo coronel, ya ascendido, Juan Perón.

En tanto Jorge Videla supuso la tradicional dictadura cuyas amenidades son compartidas por las fuerzas vivas de la sociedad, el alto clero, el empresariado y aun la veleidosa farándula, Massera encarnó la ficción revolucionaria con la que se inyectó tranquilidad en las capas medias de la población; las prebendas de la masacre, en imitación de la Alemania nazi, no serían exclusiva propiedad de los poderosos, sino de  todos aquéllos cuya aquiescencia fuera depositada en el altar de la tríada militar. Massera representó, con bien ensayada vulgaridad, la porción del totalitarismo que coquetea con la muchedumbre, en tanto Videla se aferró a su papel de divinidad habitante de la lejanía. Videla desdeñaba la política y se acurrucaba en la sólida posteridad del régimen; Massera, a pesar de su mansedumbre intelectual, intuía que, como toda interrupción, el Proceso de Reorganización Nacional llegaría algún día a su fin, y se propuso sobrevivirlo.

Massera fue a la vez sangriento y afable: a un tiempo se permitía participar en las operaciones de secuestro y tormento, y quizás incluso en las de asesinato, mientras administraba con sonriente y diurna avidez el tercio del poder que la junta castrense se arrogara. Quien desee poner a prueba su relación con el asombro deberá frecuentar las páginas que su no autorizado biógrafo, Claudio Uriarte, tal vez una de las prosas periodísticas más elegantes en lengua española, redactara para dar forma a su volumen de 1992, Almirante Cero. El proyecto político de Massera recibió el beneplácito institucional de sus subordinados, hartos de la preponderancia del Ejército en la toma de decisiones, y la fundamentación económica conformada por la pertenencia del marino a logias mafiosas, como la Propaganda 2, oculto avatar del fascismo del que los apologistas de Perón omiten mencionar que éste también formaba parte (es verosímil barruntar que el anciano general franqueara la entrada de Massera a las filas de la organización regenteada por Licio Gelli), su sociedad con calañas como las del déspota rumano Nicolae Ceausescu, mimado por la Unión Soviética, y la amplia telaraña de saqueos a través de la cual la Marina de Guerra y sus adláteres acopiaban formidable botín.

Al igual que múltiples caudillos, Massera comprendió que era imprescindible crear una forma vacía, en emulación del peronismo, para que pudiera ser embutida de cualquier apariencia que sostuviera siniestras sandeces tales como la unión nacional, la comunidad organizada, el país para todos o la Argentina potencia: latiguillos como éstos siguen azuzando arrebatos, en ocasiones duraderos; la saludable objeción, como en todas las dictaduras, es un fenómeno con el que se identifica a quienes se relaciona con la traición.

La sociología ha denominado delirio de unanimidad a la recurrente enfermedad que padecen pueblos de escasa sabiduría democrática; en esa oscura nómina puede incluirse, sin temor a error, a la Argentina. Durante ese despreciable calvario que el encumbramiento de la casta militar significó, tal dolencia no estuvo marcada únicamente por aparatosos fenómenos de masas, como la miseria del certamen mundial de fútbol de 1978 (uno de cuyos lamentables legados es una imagen de Massera, junto a los restantes miembros del triunvirato, Jorge Videla y Orlando Agosti, celebrando un tanto de la selección argentina), la tragedia del Atlántico Sur, helada tumba de tantas inocencias reclutadas en el caluroso interior del país, sino la misma e irrestricta admiración que suscitó, casi hasta el fin del ciclo marcial, la vigilante presencia de los uniformados en las calles de un país atontado por el castrense lustre de las botas. En la mayoría de los casos, se trató de una pasiva fascinación para con quienes, se argumentaba, estaban ligados estrechamente al orden, a la eficiencia y a las buenas costumbres. Tanto la obra de Uriarte sobre Massera cuanto la de María Seoane y Vicente Muleiro acerca de Videla (El dictador: la historia secreta y pública de Jorge Rafael Videla, 2001) revelan un otrora almirante entregado a ciertos excesos en comparación con el carácter deliberadamente adusto de Videla, pero dotado de un pragmatismo sin límites que ensombreció las estrategias proselitistas del Ejército. Ese realismo político arrastrado a los extremos de la crueldad costó demasiadas vidas; entre ellas, puede citarse la de Helena Holmberg Lanusse, testigo parlante, para su infortunio, de los tratos entre Massera y Mario Eduardo Firmenich, adalid de la agrupación Montoneros, en el París de Valéry Giscard d’Estaing.

El apoyo intelectual a las metódicas ambiciones presidencialistas de Massera fue realización de dos de sus embajadores ante el universo extraño a los navíos de combate: Hugo Ezequiel Lezama, antiguo estudiante de la Facultad de Teología del Colegio Máximo de San Miguel, y Edgardo Arrivillaga,  un nacionalista de derecha, descripto por Uriarte en la página 316 del monumental ensayo sobre la prensa argentina en años de las juntas, Decíamos ayer, de Eduardo Blaustein y Martín Zubieta, como “extremadamente culto y astuto”; el primero, director del diario Convicción, aparecido en Agosto de 1978 para difundir el dogma de que el ex almirante adscribía a las causas nacionales y populares, era meticulosamente antiperonista, siempre desde la derecha; el segundo, editor general y éminence  grise detrás de Lezama, a quien oponía una visión más populista y conservadora, a la usanza peronista, arremetió contra la política económica de José Martínez de Hoz y logró concitar algo del descontento de esa época magra también en lo mercantil. Si Convicción fue el diario de Massera, el periódico La Nueva Provincia de Bahía Blanca el portavoz de la Marina y el Partido para la Democracia Social el breve disparate político que arremolinó a oportunistas de laya ínfima, el resto de las instituciones, entidades, publicaciones, asociaciones y simples individuos pueden asegurar que su conciencia dormirá en paz. Es estrictamente falso: a excepción de las víctimas y de aquéllos encerrados en temblorosos silencios, una mayúscula fracción de la población argentina sobrelleva la vergüenza de haber consentido y hasta aprobado, explícita o tácitamente, el régimen del exterminio.

Es penoso admitir que Emilio Massera no murió impune, pero sí inconfeso. Sórdidas conspiraciones de silencio cubrieron su retirada de la vida pública, montaron sus escudos legales y hasta sus fingidas demencias para evitar ser llevado a juicio en el exterior, todo lo cual contó con el aval de la fuerza a la que entrañablemente perteneció. Massera no personificó una anomalía en la dignidad de la Marina de Guerra argentina, sino la confirmación de la voluntad de una corporación armada que experimentara con su jefe el entusiasmo de acariciar la suma del poder, por una vez.

Hadrian Bagration

NB: La óptima pluma de Claudio Uriarte, quien integrara, sin negarlo jamás ni desterrar el dato de su currículo, la redacción del diario Convicción, es a la que corresponde el  derecho de enterrar sin honores a la figura de Emilio Massera. Urjo al lector a recorrer esas líneas atinadas.

Enlace al artículo inédito de Claudio Uriarte El jefe más maquiavélico, en el diario Página 12:

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-156584-2010-11-09.html

Los dolores del agua

Gustave Caillebotte: L'Yrres, lluvia, 1875. Indiana Art Museum, Bloomington.

La escueta vaguedad de los párrafos que siguen debería constituir, y de hecho alguna vez lo fue, una carta. No obstante, a quien fuera dirigida decidió, inconsulta, repentina y obstinadamente, dejarse alcanzar por el único de entre nuestros perseguidores que se yergue desde el primer santiamén de nuestras vidas como el más tenaz: la muerte. Desde el húmedo descuido de un erosionado cajón en una azotea la recobré; a medias rota y casi borrada por el estertor del paso de los días la releí para confirmar que ya era, para siempre, ajena. He cometido la descortesía de soñar a esta persona, en lapsos nocturnos, como quien lo hace con una premonición; intuyo que tras haber logrado una serena disolución, su aspiración actual es la de no ser molestada. No he ensayado la reescritura del mensaje, sino que lo he convertido en una confesión que nada revela y en un recuerdo que no rememora nada, excepto los dolores del agua.

Hace tiempo

Es en la adolescencia cuando la exploración de las incertidumbres del erotismo nos induce simultáneamente al descaro de la osadía y al del ocultamiento. Para el varón, uno de tantos recuerdos que desea, a la vez, recobrar y perder, y que quizás calle o niegue, ya que los hombres juran haber alcanzado desde el nacimiento la madurez sexual, es el pudibundo instante en el que adquirió su primer ejemplar de una publicación para adultos. En esta era el tráfico de iconografía embarazosa se produce a través de medios digitales o, sencillamente, en la pantalla del televisor. Se antojará extraño y hasta increíble a los jóvenes de hoy creer que existieron años en donde la visión de la voluptuosidad de la generosa carne era posible sólo a través de la imagen impresa o en una arriesgada incursión a salas de cine de reputación vergonzante. La quimera de la despreocupada frecuentación del sexo es privilegio de generaciones novísimas; aquella a la que yo pertenezco se esforzaba por disfrazarse, en toda ocasión, de la más estricta y aprobada normalidad. Las transgresiones, anheladas y temidas, ocurrían en el silencio de la sombra.

Cumplido el ritual de la transacción, y reiterado el asombro de hallar que las efigies eran harto menos extraordinarias que lo que la imaginación había prometido, di entre las páginas con una rara ilustración que prologaba el comienzo de un cuento corto: una piel desnuda y, quizás detrás, un ancho espejo de agua. En la narración se hablaba de un lago, en cuyas orillas un grupo de mujeres acorrala a un hombre y, en contra de su voluntad, lo somete. No figura ya entre las posesiones que mi memoria va perdiendo si luego del sacrificio la víctima sufría asesinato o si por el contrario seguía viviendo con el secreto de su demérito a cuestas; esa pequeña obra instaló entre las advertencias a mi propio proceder que es también justa potestad de las mujeres el ejercicio de la destrucción y de la crueldad. Releí en tiempos venideros varias veces el cuento, quizás como si de recitar una fórmula de exorcismo se tratase; de él se mantienen, agradables, dos aspectos entre las anécdotas de la remota fragilidad que era yo: el título, por cierto bello, y la autora, cuyo nombre he escogido no mencionar; no pocos son los escritores que prefieren desconocer que algunas líneas (no es que sospeche que éste sea el caso) les pertenecen. De tanto en tanto yo elogiaba esa pieza breve; aquel día me inflamaron tu apariencia y cierta temeridad amorosa y cedí a tu petición: buscar y encontrar ese íntimo tesoro de juventud y disponerlo para tu examen, como minutos atrás habías procedido conmigo. A orillas de los comienzos de un mes caluroso, con sobrado consentimiento y en la gemela soledad que fuimos, me tomaste.

Paolo Cagliari, il Veronese: Lucrezia, ca. 1580. Kunsthistorisches Museum, Viena.

Entre la lectura de la concisión de ese cuento y tu presencia a los pies de la acompasada frialdad de un lago transcurrió la pausada ceremonia con la que nos asesina el tiempo; una década bastará para describir ese curso. Serían, quizás, las nada memorables tres de la tarde de un día de sol furioso. De rodillas ante la majestad del agua, buscaste la dádiva que consiste en la precaria medicina que logra refrescar el olvido de ser inundados por una tristeza inmortal. Años atrás tu mirada se había detenido ante la perenne caída de una llovizna, un jueves, una fecha en la que lamentaste que nos encontráramos en la infinita distancia que separa de un abrazo. Con la ciega voluntad que las cosas ejercen, esa mansa lluvia y esa marea inmóvil teñida de añil que cubría tu cintura te prodigaron una revelación: no sucedía en los solitarios alrededores del lago la vejación de un hombre, sino que tal era la metáfora de su suicidio. No meditaste la tentación de imitarlo; con una reflexión instantánea hundiste tu cabeza en las aguas para que tu cuerpo se cubriera de la costumbre de una pátina álgida. Bajo la superficie te volviste; tus ojos se abrieron hacia el confuso resplandor que progresaba desde las alturas del cielo; aun desde la quietud de esa mínima profundidad adivinabas las nubes. Fue a orillas del falso lago, frase que no pergeñé pero cuya maestría agradezco, que te arranqué de la muerte. Me maldijiste y me vituperaste, como hacen los fieles con la eterna somnolencia de las divinidades, porque interrumpí tu empresa y porque te privé de la simplicidad de una conclusión llana. Por la noche cenamos y dormimos entre palabras  que escapaban tanto de la gratitud cuanto del reproche.

Hube de sospechar que vencerías, y fue así. De entre las idénticas jornadas cuyo ritmo trazan los calendarios escudriñaste y hallaste una cuyo manso regalo era la lluvia, y a orillas de la falsa vejez, a la que tanto y tan en vano temiste, y de tu cama, que en sola sequedad te sintió morir, moriste, belleza.

Hadrian Bagration