Los dolores del agua

Gustave Caillebotte: L'Yrres, lluvia, 1875. Indiana Art Museum, Bloomington.

La escueta vaguedad de los párrafos que siguen debería constituir, y de hecho alguna vez lo fue, una carta. No obstante, a quien fuera dirigida decidió, inconsulta, repentina y obstinadamente, dejarse alcanzar por el único de entre nuestros perseguidores que se yergue desde el primer santiamén de nuestras vidas como el más tenaz: la muerte. Desde el húmedo descuido de un erosionado cajón en una azotea la recobré; a medias rota y casi borrada por el estertor del paso de los días la releí para confirmar que ya era, para siempre, ajena. He cometido la descortesía de soñar a esta persona, en lapsos nocturnos, como quien lo hace con una premonición; intuyo que tras haber logrado una serena disolución, su aspiración actual es la de no ser molestada. No he ensayado la reescritura del mensaje, sino que lo he convertido en una confesión que nada revela y en un recuerdo que no rememora nada, excepto los dolores del agua.

Hace tiempo

Es en la adolescencia cuando la exploración de las incertidumbres del erotismo nos induce simultáneamente al descaro de la osadía y al del ocultamiento. Para el varón, uno de tantos recuerdos que desea, a la vez, recobrar y perder, y que quizás calle o niegue, ya que los hombres juran haber alcanzado desde el nacimiento la madurez sexual, es el pudibundo instante en el que adquirió su primer ejemplar de una publicación para adultos. En esta era el tráfico de iconografía embarazosa se produce a través de medios digitales o, sencillamente, en la pantalla del televisor. Se antojará extraño y hasta increíble a los jóvenes de hoy creer que existieron años en donde la visión de la voluptuosidad de la generosa carne era posible sólo a través de la imagen impresa o en una arriesgada incursión a salas de cine de reputación vergonzante. La quimera de la despreocupada frecuentación del sexo es privilegio de generaciones novísimas; aquella a la que yo pertenezco se esforzaba por disfrazarse, en toda ocasión, de la más estricta y aprobada normalidad. Las transgresiones, anheladas y temidas, ocurrían en el silencio de la sombra.

Cumplido el ritual de la transacción, y reiterado el asombro de hallar que las efigies eran harto menos extraordinarias que lo que la imaginación había prometido, di entre las páginas con una rara ilustración que prologaba el comienzo de un cuento corto: una piel desnuda y, quizás detrás, un ancho espejo de agua. En la narración se hablaba de un lago, en cuyas orillas un grupo de mujeres acorrala a un hombre y, en contra de su voluntad, lo somete. No figura ya entre las posesiones que mi memoria va perdiendo si luego del sacrificio la víctima sufría asesinato o si por el contrario seguía viviendo con el secreto de su demérito a cuestas; esa pequeña obra instaló entre las advertencias a mi propio proceder que es también justa potestad de las mujeres el ejercicio de la destrucción y de la crueldad. Releí en tiempos venideros varias veces el cuento, quizás como si de recitar una fórmula de exorcismo se tratase; de él se mantienen, agradables, dos aspectos entre las anécdotas de la remota fragilidad que era yo: el título, por cierto bello, y la autora, cuyo nombre he escogido no mencionar; no pocos son los escritores que prefieren desconocer que algunas líneas (no es que sospeche que éste sea el caso) les pertenecen. De tanto en tanto yo elogiaba esa pieza breve; aquel día me inflamaron tu apariencia y cierta temeridad amorosa y cedí a tu petición: buscar y encontrar ese íntimo tesoro de juventud y disponerlo para tu examen, como minutos atrás habías procedido conmigo. A orillas de los comienzos de un mes caluroso, con sobrado consentimiento y en la gemela soledad que fuimos, me tomaste.

Paolo Cagliari, il Veronese: Lucrezia, ca. 1580. Kunsthistorisches Museum, Viena.

Entre la lectura de la concisión de ese cuento y tu presencia a los pies de la acompasada frialdad de un lago transcurrió la pausada ceremonia con la que nos asesina el tiempo; una década bastará para describir ese curso. Serían, quizás, las nada memorables tres de la tarde de un día de sol furioso. De rodillas ante la majestad del agua, buscaste la dádiva que consiste en la precaria medicina que logra refrescar el olvido de ser inundados por una tristeza inmortal. Años atrás tu mirada se había detenido ante la perenne caída de una llovizna, un jueves, una fecha en la que lamentaste que nos encontráramos en la infinita distancia que separa de un abrazo. Con la ciega voluntad que las cosas ejercen, esa mansa lluvia y esa marea inmóvil teñida de añil que cubría tu cintura te prodigaron una revelación: no sucedía en los solitarios alrededores del lago la vejación de un hombre, sino que tal era la metáfora de su suicidio. No meditaste la tentación de imitarlo; con una reflexión instantánea hundiste tu cabeza en las aguas para que tu cuerpo se cubriera de la costumbre de una pátina álgida. Bajo la superficie te volviste; tus ojos se abrieron hacia el confuso resplandor que progresaba desde las alturas del cielo; aun desde la quietud de esa mínima profundidad adivinabas las nubes. Fue a orillas del falso lago, frase que no pergeñé pero cuya maestría agradezco, que te arranqué de la muerte. Me maldijiste y me vituperaste, como hacen los fieles con la eterna somnolencia de las divinidades, porque interrumpí tu empresa y porque te privé de la simplicidad de una conclusión llana. Por la noche cenamos y dormimos entre palabras  que escapaban tanto de la gratitud cuanto del reproche.

Hube de sospechar que vencerías, y fue así. De entre las idénticas jornadas cuyo ritmo trazan los calendarios escudriñaste y hallaste una cuyo manso regalo era la lluvia, y a orillas de la falsa vejez, a la que tanto y tan en vano temiste, y de tu cama, que en sola sequedad te sintió morir, moriste, belleza.

Hadrian Bagration

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