Cosas de mono

Rogier van der Weyden: Los siete sacramentos (detalle), 1450-1455. Museo Nacional de Bellas Artes, Antwerp.

“Es necesario distinguir en la historia del catolicismo dos instancias en sus respuestas adaptativas a la modernidad, que han sido claves para vincular religión y política en nuestro pasado. El primer momento estuvo constituido por lo que podemos sintetizar –siguiendo los trabajos de Émile Poulat y, en nuestro medio, de Fortunato Mallimaci, bajo el concepto de catolicismo integral. Se puede utilizar este concepto descriptivo para comprender un fenómeno que se desenvuelve en Europa desde la segunda mitad del siglo XIX con el Syllabus (1864) de Pío IX y la Rerum Novarum de papa León XIII (1891). Su caracterización más clara se dio a partir de la creación de una serie de instituciones y grupos cuya finalidad era la confrontación en la arena pública frente al liberalismo. El pasaje de una coyuntura defensiva luego del largo ciclo de revoluciones de 1789-1848, a una actitud ofensiva.”

“En la Argentina, la génesis de ese fenómeno puede encontrarse en la creación de los Círculos Obreros Católicos en 1892. Sin embargo, su desarrollo y su diferenciación se hacen palpables a partir de la década de 1920. Su última ratio pasaba por una recristianización de la sociedad. La presencia pública del catolicismo en oposición a su relegamiento a la sacristía. Esto es posible a partir de un conjunto de experiencias, entre las que podemos mencionar los Cursos de Cultura Católica (gestados en 1922), la Acción Católica Argentina (fundada en 1931) y la revista Criterio (creada en 1928). Sin que hubiera una coordinación centralizada, y sin que podamos hablar de una racionalidad unívoca, el eje común a este entramado apuntaba no a una concentración de fuerzas, sino a una penetración en todas las instancias de la sociedad y el Estado. No a la creación de sindicatos, partidos y educación católicos, sino a católicos dirigiendo los sindicatos, los partidos políticos y la educación.”

Luis Miguel Donatello: Catolicismo y Montoneros: Religión, política y desencanto. Cuadernos Argentinos Manantial, Buenos Aires, 2010, páginas 34 y 35.

“La relativa autonomía del aparato de Estado, frente a las clases sociales en pugna, es alcanzada por los bonapartismos apoyándose en tres instituciones básicas: la Iglesia, el Ejército y la Policía. El apoyo de la Iglesia en el ascenso de Napoleón III fue decisivo. En carta abierta a Veuillot, de 1851, Montalembert aconsejaba a los católicos la conveniencia de votar por Napoleón III para “proteger a nuestra Iglesia, nuestras mujeres y nuestras familias frente a los delincuentes rojos” y “a favor de nuestra sociedad frente al socialismo y del catolicismo frente a la revolución.

Horacio March: Fábricas o El Mitín, 1933. Colección privada.

“Del mismo modo, la Iglesia argentina veía en el peronismo un medio de aislar a la clase obrera de los peligros del socialismo y del comunismo. En gran medida, la doctrina peronista se basaba en las envejecidas encíclicas papales Rerum Novarum (1891) de León XIII y Quadragesimo Anno (1931) de Pio XI, que proponían, antes que Perón, la conciliación de patrones y obreros. El propio Perón reconoció esta deuda hablando desde los balcones de la sede del Partido Laborista el 15 de Diciembre de 1945: “Nuestra política ha salido en gran parte de las encíclicas papales y nuestra doctrina es la doctrina social cristiana”. Más tarde, dirigiéndose a los obispos, afirmó: “He procurado poner en marcha muchos de los principios contenidos en las encíclicas papales.” [El Pueblo, 11 de Abril de 1948]. Y aun después de su ruptura con la Iglesia siguió admitiendo: “Afirmé que mi política social estaría inspirada en las encíclicas papales y mantuve hasta el final esa promesa.” [Juan Perón: Del poder al exilio: cómo y quiénes me derrocaron, Ediciones Argentinas, Buenos Aires, 1973].

Juan José Sebreli: Los deseos imaginarios del peronismo. Editorial Sudamericana (2da. edición), Buenos Aires, 2000, páginas 32 y 33.

“En su último período católico, Lugones escribió poesía de inspiración religiosa en la que extremó su gusto por llevar la estética hasta sus límites. Escribió, por ejemplo, un poema sobre los pañales del niño Jesús y un cuento sobre una campana milagrosa que salvó a un niño. Estos relatos, tomados en conjunto con los últimos escritos políticos de Lugones, muestran todo el espectro de su mirada sobre la política nacionalista en tanto católica. Para Lugones la “realidad” de esta política católica evidenciaba que constituía una elección religiosa y estética que trascendía las consideraciones éticas. Dios, concluía, estaba detrás de toda belleza y, por lo tanto, la belleza era esencial para la naturaleza armónica de la política que planteaba Lugones. La “síntesis medieval” de catolicismo y clasicismo le brindó un modelo para el Estado autoritario contemporáneo que propugnaba. La estética, para Lugones, no sólo estaba vinculada con la política, sino que, a veces, parecía conformarla. “

Alexandre-Gabriel Decamps: Mono tocando el laúd, ca. 1837. Bowes Museum, Durham.

(…) “Como la mayor parte de los nacionalistas, Lugones identificaba al enemigo secular y racionalista con una lubricidad sin frenos y una excesiva sexualidad, que envenenaban a la política y al Estado. Pero, aún peor, estos rasgos contaminaban la cultura argentina, que conformaba e influía al ser nacional: “la materialización del arte progresaba hacia el mismo fin, que ahora tocamos en el mamarracho sistemático –vale decir, la fealdad impúdica-, el jazz de los negros, la infame lubricidad del tango y del fox, el nudismo precursor del amor libre: todas cosas de mono, como según bien se echa de ver.” “

Federico Finchelstein: Fascismo transatlántico: Ideología, violencia y sacralidad en Argentina y en Italia, 1919-1945. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2010, páginas 284 y 286.

Hadrian Bagration

Vidas de varones dolientes

Eugène Delacroix: Torquato Tasso en el loquero de Santa Ana en Ferrara, 1839. Colección privada.

Los hechos que voy a referir no poseen, en abierta contradicción con la necesidad humana de la datación, lugar ni época, sino que son atemporales y ubicuos, como los dioses de antaño. La valía concedida a la procedencia suele incurrir en la obsesión: quienes me han transmitido estos mendrugos de angustia han querido permanecer en razonable anonimato; en una era de obligatorio optimismo un desprecio no exento de temor rodea a quienes se empeñan en abrumarnos con el desagrado del malestar. En cada uno de los alrededores que nos visten es posible hallar un sinónimo, o varios, de la desdicha; ante nuestros voluntariamente ciegos ojos transcurren estas silenciosas cámaras de tormento cuya existencia ajena consuela nuestra modesta calamidad, porque para disfrazar la queja que padecemos deseamos que suceda, desde y para siempre, una epidemia de dolores. Los nombres y las circunstancias han sido, presumiblemente, falseados.

El primero de ellos me fue relatado en una lejana conversación telefónica. La persona que me retuvo durante un lapso incierto en escucha aceptablemente atenta bien pudo haber hallado valor para su revelación gracias a la distancia y a la frialdad de los aparatos. Día tras día sufría el manso acoso sentimental de un hombre de pobreza decente y modales de niño: esa extraña combinación, no menos inverosímil que muchas otras, era producto de una vida inverosímil y extraña, pero usual. Santiago (en este texto su nombre será ése) había sido hijo de una familia portentosa y de amena visibilidad social; había concurrido a establecimientos educativos de aranceles copiosos y había logrado ejercer la destacable profesión de la medicina. A pesar de tantas y tan encomiables ventajas, urgía a Santiago, como a tantos seres humanos, el impulso de la huida. Su padre, de quien heredara la profesión, era en su hogar rudo administrador de castigos: las amigas de su madre no ignoraban que ésta era golpeada por su esposo casi hasta la desintegración, pero nada se insinuaba en las casas de té a las cuales eran afectas a concurrir; quizás resaltar el padecer de una era clamar el de todas, y quizás era ésa una alianza incómoda que ninguna se hubiese otorgado permiso de construir.

Santiago, como el hijo de Zebedeo, era de sus hermanos el mayor. Una oscura predilección inclina a ciertos hombres violentos a desquitarse de sus males reales o imaginarios en la frágil madurez de los primogénitos. Santiago huyó y contrajo enlace con una mujer que padecía la dificultosamente curable enfermedad del alcoholismo. Se refugió junto a ella en un poblado distante de su ciudad natal; de esa unión tal vez no desaconsejable pero sí insólita emergieron dos hijas. Santiago esperaba que su madre cumpliese la promesa de la rebelión, a la que la instaba junto con sus hermanos, pero ella optaba por la paciente espera de la araña: su esposo, mayor que ella en numerosos años, moriría y así ella no se arriesgaría a desposeer a los vástagos ni a sí misma de la merecida recompensa que aguarda toda muda subordinación. El azar dispuso que la madre de Santiago agonizara y muriera mucho antes que su marido; una vez cumplido su entierro, los hermanos de Santiago sepultaron a su padre en un hogar de ancianos.

Francis Bacon: Estudio para un retrato de van Gogh IV, 1957. Colección privada.

Santiago realizó en el decurso de su oficio un lento y trabajoso ascenso y una caída rauda. Abundan las versiones: que de su mujer contrajo la dolencia del alcohol, que la aspereza de la relación lo fatigaba, que simplemente no sabía querer para sí destino distinto al de su madre. La severidad de un error de juicio dispuso que un tribunal, no menos severo, lo separase de su título. Sin más propósito que la modesta supervivencia y despojado del derecho de uso de su domicilio y de la compañía de sus hijas, quienes contra toda previsión culparon a su padre de las borracheras maternas, Santiago regresó a su ciudad. Nadie sabe, porque no es dado que así suceda, cuándo desaparece ese instante, en apariencia ínfimo y seguramente inmemorable, en el que dejamos de ser jóvenes; de igual modo aconteció con el momento en el que a Santiago lo abandonó la cordura. Suele ser visto deambulando por calles de casas bajas, apoyado en un báculo que no le es preciso utilizar, conversando, como Swedenborg, con fantasmales figuras que sólo su desierta existencia vislumbra en el florido lenguaje de quien busca agradar a las sombras.

Hace años un hombre de altura magnífica y dotado de la altivez de quienes sobrellevan la carestía con bien disimulado desánimo insistió y logró hacer que yo adquiriera unos cuantos libros que se había rebajado a vender. Buscó y obtuvo de mí el pesado alivio del vino; intuí que su propósito era la confesión y que era probable que fuese a hacerlo por primera vez, y por última. En su brillante juventud había ahondado la brusca pureza del lupanar, antes de que lo acorralara el sombrío derecho a contraer matrimonio con alguna joven casta.

Es excepcional que un hombre cuyos únicos apremios son el cuidado de la fortuna familiar y el monótono cumplimiento de los intrincados protocolos sociales renuncie a los privilegios que concede el mundo a la labor de esposo y de padre de sus hijos y de dueño y tutor de su propia mujer para someterse a una a medias clandestina mancebía bajo una matrona ya tomada por otro varón. Para que el escándalo no lo hostigase y mancillase a esa nueva y extravagante conquista, el hombre cedió casi todo lo que poseía a su antigua cónyuge. Refugiado en una mendicante pensión, recibía las irregulares visitas de su amante, mayor por una década y algo más, en su aposento minúsculo. Pese a las motivaciones que provoca el carácter secreto y radiante del adulterio, eran escasas las ocasiones en las que llevaban a cabo la cópula. La mujer esgrimía una razón tan creíble como cualquier otra: su marido, con quien sostenía una guerra cotidiana y cruel, tenía por costumbre realizar el coito contra su voluntad y (en opinión de ambos amantes) contra la de la naturaleza. Ella prefería, entonces, la suavidad del cariño a los arrebatos del ardor.

Henry Nelson O'Neil: La princesa Alexandra desembarca en Gravesend el 7 de Marzo de 1863, 1864. National Maritime Museum, Londres.

Para remota sorpresa de mi interlocutor, la mujer a quien recibía con indigente elegancia en la habitación de un inquilinato comenzó a invitarlo a asistir con ella al alborozo de los acontecimientos a los que él había sido obligado por su propia condición notoria a acudir en tiempos áureos. La mujer le prestaba ropas que habían sido propiedad de su ahora obsoleto esposo en una cierta juventud; él le murmuraba su temor por ser vistos en mutua y sospechosa compañía, por el bien de ella, pero la mujer se encogía de hombros: era común que se presentaran a los agasajos tomados de la mano, por petición de la dama. Solía referirse a él por su nombre propio, sin dar más explicación. Sus amistades, que la sabían casada con un hombre de mediana vejez, se indignaban a sus espaldas. Tras un par de meses el hombre comprendería que su papel era ser instrumento de la módica pero ingeniosa represalia de aquella mujer. Ese rencor, según ese hombre se había percatado, no se dirigía en contra de la violencia o de la tiranía del esposo, sino de la desventura de sus amigas, a las que gustaba zaherir en su sumisión al patriarcado ostentando un amante joven y de interesante belleza. El hombre supo que la mujer a la que se había asociado en osado e inofensivo desafío a las buenas costumbres no regresaría a visitarlo en su cuarto en la pensión cuando un comentario lo anotició de la muerte del marido. Quien se había complacido excitando la envidia en épocas de sometimiento gozaría ahora estimulando la compasión que genera la alegre debilidad de la solitaria viudez. El hombre se mudó a un alojamiento más rústico lejos del centro; en su antigua casa le permitieron llevarse sus libros, que estorbaban el paso. Una o dos veces al mes consigue desprenderse, a cambio de unos céntimos, de alguno.

Fernando Botero: La toilette, 1983. Colección privada.

La última de las historias es, quizás, la que deleite en mayor grado la incredulidad del lector; de ella fui informado en uno de esos salones que retienen el hábito de fumar en París: durante veintidós años un hombre, que ha sido ofendido en los morosos inicios de su juventud por las veleidades de una mujer, acaricia con mano doliente la sangría de la venganza. Su propia vida, que contiene casi todo lo que una existencia en la periferia de la grandeza y en la periferia de la destrucción puede contener, es menos importante, tras más de dos décadas, que el desagravio. Con laborioso denuedo pesquisa las intermitencias que le acontecen a su ofensora: adversa o buena suerte, periplos baratos o ilustres, celebraciones domésticas, acontecimientos banales o alarmantes, la ruina del esposo y su execración pública, la cárcel, el divorcio y las avaras subastas, la travesía desde el soberbio esplendor de una ciudad de provincias al desesperado e inútil afán de evitar encallar en la pobreza; finalmente, la resignación a ser envuelta, con perversa ternura, por ésta. Dos cosas son falsas: afirmar que la declinación de la mujer es retribución suficiente, y afirmar que en aras de ver consumada esa retribución el hombre conculcó actos que podrían haberle acarreado solaz: de ser así, sería lícito aseverar que la vida es un acto en sí mismo que no requiere más justificación que el hambre o el sueño; el hombre eligió esperar sin ansiedad el instante de la venganza como quien adiestra a un músculo para el esfuerzo y se preparó para enfrentar su llegada como quien va al inevitable encuentro de un cadalso.

A medio camino entre el esoterismo y la prostitución, la mujer ejercía bajo una luz tenebrosa en una casucha los menesteres de la pobreza supersticiosa cuya servidumbre se adapta al capricho del cliente. Ella, comprensiblemente, no lo reconoció; no sólo habían cambiado los rostros y los cuerpos de ambos, sino que el propósito que los reunía, sabido sólo por él, era tan distinto al de su quebradiza adolescencia que hasta las miradas serían las de otros. En algún rincón de su abrigo el hombre escondía una daga.

La mujer entabló la yerta lectura de la fortuna de su consultante; la noche había caído hacía horas y sentía reiterado cansancio; hasta para sus propios oídos tanto benévolo vaticinio era una exageración. La mujer bostezaba, se disculpaba por hacerlo, farfullaba más bienaventuranza e insinuaba la oferta de un coito económico. El hombre pensó en darse a conocer, pero calló. Algo en esa vejez y en esa obesidad lo movían, no a la misericordia, sino a la aversión. La mujer, instigada por el amanecer del día y el amanecer de su beodez, comenzó a hablar de sí; es posible que en la extensa relación de sus pesares, que el hombre no interrumpió, mencionara el nombre de quien ahora era su usuario con la confusión que genera haber poseído un pasado entrañable.

En los albores del sueño, la mujer intentó desnudarse y desnudar al varón, pero éste la apartó sin efusión de fuerza. La mujer se tendió en la raída alfombra sobre un piso de baldosas chillonas iluminadas por la prudencia de la mañana. Pronto el hombre oyó sus resuellos, que eran como el agitado respirar de un asno. En medio de la impúdica luz que las ventanas cubiertas por telas de colores sucios traían, pronunció en voz baja, luego de veintidós años, el nombre de la mujer. A excepción de esos rítmicos resoplidos, nada en el desorden de la habitación respondió.

Hadrian Bagration

El asesinato de Bill Zeller

“Siento la necesidad de asegurar que soy una persona cuerda y de justificar mis actos, pero presumo que nunca seré capaz de convencer a nadie acerca de lo correcto de mi decisión. Quizás sea cierto que quien lleve a cabo lo que voy a hacer esté loco por definición, pero al menos puedo explicar por qué razono de este modo. No escribo estas líneas para mostrar cuán íntimo es mi motivo, pero prefiero atar los cabos sueltos que pudieran haber quedado, y tampoco deseo que  la gente se pregunte vanamente por qué he hecho esto. Dado que jamás he hablado con nadie acerca de lo que me ocurrió, es posible que la gente saque conclusiones erróneas.

Los primeros recuerdos de mi infancia son los de haber sido violado reiteradamente. Esto ha afectado cada aspecto de mi vida. Esta oscuridad, el único término con el que puedo describir lo que pasó, me ha seguido como una niebla, y en ocasiones se ha incrementado y me ha doblegado, usualmente disparada por alguna situación en particular. En el jardín de infantes yo no era capaz de usar el baño y me quedaba tieso, de pie, cuando necesitaba hacerlo, lo cual inició un patrón de comportamiento social extraño e inexplicable. El daño que se le hizo a mi cuerpo aún me impide utilizar el baño con normalidad, pero ahora se trata menos de un impedimento físico que un recordatorio cotidiano de lo que padecí.

La oscuridad me siguió mientras crecía. Recuerdo haber pasado horas jugando con el Lego, un mundo que consistía en una caja de fríos trozos de plástico y yo. Esperando que todo terminara. Es lo mismo que hago hoy, pero en lugar del Lego, navego por Internet o leo o escucho un juego de béisbol. He pasado la mayor parte de mi vida muerto por dentro, esperando que mi cuerpo se diese cuenta.

A veces, durante mi crecimiento, sentía una furia inconsolable, pero nunca relacionaba esa sensación con lo que me había ocurrido hasta la pubertad. Fui capaz de mantener a raya a la oscuridad haciendo tareas que requiriesen de una intensa concentración, pero siempre regresaba. Me agradaba la programación por esta causa. Nunca me interesaron mayormente las computadoras ni jamás tuve inclinaciones matemáticas, pero la paz temporaria que me proveían era como una droga. Pero la oscuridad siempre retornaba y lograba desarrollar una especie de resistencia, porque la informática se ha convertido cada vez más en un refugio menos apropiado.

La oscuridad está conmigo casi todo el tiempo toda vez que me despierto. La siento como una suciedad que me cubre. Siento estar en un cuerpo contaminado que ninguna dosis de agua podrá limpiar. Cada vez que pienso en lo que me ocurrió me siento irritado e incómodo y no consigo concentrarme en nada más. Suele equivaler a horas de ingerir comida sin parar o a no dormir durante días o a dormir  durante dieciséis horas seguidas o a atracones de programación que duran una semana o a ir constantemente al gimnasio. Sentirme así a toda hora durante todo el día me agota.

Tres o cuatro noches a la semana tengo pesadillas acerca de lo que ocurrió. Hace que evite el sueño y esté permanentemente cansado, porque dormir plagado de lo que parecen ser horas de pesadilla no es descansar. Me despierto sudoroso y enojado. Todas las mañanas se me recuerda lo que me han hecho y cuánto control eso ha tenido sobre mi vida.

Nunca he podido dejar de pensar acerca de lo que me pasó y esto ha obstaculizado mis relaciones sociales. Me mostraba enfadado y perdido en mis propios pensamientos, y cuando era interrumpido por alguien que me decía: “hola”, o trataba de entablar conversación conmigo, la gente no era capaz de entender por qué yo me proyectaba como un individuo frío y distante. Me conducía sin rumbo, observando el mundo exterior desde un punto distante detrás de mis ojos, incapaz de responder a las cortesías cotidianas. Me preguntaba cómo sería poder hablar con otras personas sin tener en mente constantemente lo que me había ocurrido, y me preguntaba si otras personas habían tenido experiencias similares y eran capaces de enmascararlas mejor que lo que yo lo hacía.

El alcohol era algo que me permitía escapar de la oscuridad. Sin embargo, siempre podía hallarme más tarde, furiosa a causa de mi huida, y me las hacía pagar. Muchas de las acciones irresponsables que cometí en mi vida fueron resultado de esa oscuridad. Es obvio que soy responsable de cada decisión y de cada acto, incluyendo éste, pero existen razones por las cuales las cosas ocurren del modo en el que ocurren.

El alcohol y otras drogas me proveían una forma de ignorar la realidad de mi situación. Era fácil pasar la noche bebiendo y olvidar que no tenía futuro que esperar. Nunca me gustó el efecto que el alcohol causaba en mí, pero, honestamente, era mejor que tener que enfrentar mi propia existencia. No he vuelto a tocar las drogas o el alcohol en más de siete meses (y ni las drogas ni el alcohol tendrán nada que ver en lo que haga a continuación), y esta abstinencia ha hecho que pudiera evaluar mi vida en una forma honesta y clara. No hay futuro para mí. La oscuridad estará siempre conmigo.

Yo solía pensar que si podía resolver algún problema o alcanzar cierto logro, tal vez él se iría. Es tranquilizador identificar causas concretas como el origen de mis problemas en lugar de algo que nunca seré capaz de cambiar. Yo pensaba que si lograba entrar en una buena universidad, o conseguir un buen posgrado, o si perdía peso, o si iba al gimnasio casi todos los días durante un año, o si creaba programas que usaran millones de personas, o pasaba un verano en California o Nueva York o publicaba tesis de las que estuviese orgulloso, quizás entonces podría sentir algo de paz y no estar constantemente acechado e infeliz. Pero nada de lo que hice melló el grado de depresión que siento diariamente y nada fue, de ningún modo, satisfactorio. No estoy seguro de por qué pensé alguna vez que algo podría cambiar.

No me había percatado de cuán profunda era la herida que él había causado en mí y en mi vida hasta que tuve mi primera relación sentimental. Estúpidamente, inferí que no importaba cuánto me lastimara la oscuridad, mis relaciones estarían del algún modo apartadas y protegidas de ella. Al crecer, comencé a ver a mis futuras relaciones como una posible vía de escape de esta cosa que me persigue todos los días, pero luego me di cuenta de cuán imbricado estaba en cada aspecto de mi vida y de que nunca me dejará en libertad. En lugar de poder escapar, las relaciones y el contacto sentimental con otras personas sólo intensificaban todo lo que de él yo no podía soportar. Nunca podré entablar una relación en la que él no esté en el centro, afectando cada aspecto de mis relaciones sentimentales.

Las relaciones siempre comenzaban bien, por lo que yo podía ignorarlo por unas cuantas semanas. Pero a medida que la otra persona y yo nos acercábamos emocionalmente, la oscuridad retornaba, y cada noche éramos la mujer, la oscuridad y yo conformando un trío sombrío y macabro. Él me cercaba y me penetraba, y cuanto más frecuente era el contacto, más intenso se tornaba. Me hizo sentir horror a ser tocado, porque cuando la otra persona no estaba, yo podía visualizarla como a una extraña observándome, y yo era alguien bueno y amable e inmaculado. Pero cuando la persona y yo nos tocábamos, la oscuridad la envolvía a ella también, y la poseía, y el mal que está dentro de mí la cercaba a ella también. Siempre sentí que yo infectaba a quienquiera estuviese conmigo.

Las relaciones que yo tenía no funcionaban. Nadie con quien salía era la persona correcta, pero aun así yo pensaba que si podía hallar a ese alguien indicado, esa persona derrotaría a la oscuridad. Parte de mí sabía que encontrar a la persona correcta no ayudaría en nada, de modo que cortejaba a chicas que evidentemente no tenían ningún interés en mí. Durante cierto tiempo pensé que era homosexual. Intenté convencerme de que la razón de mi problema no era en absoluto la oscuridad, sino mi orientación sexual, porque de ese modo yo obtendría control sobre la cosas que no estaban bien. El hecho de que la oscuridad afectara más intensamente que a ninguna otra cosa a mis asuntos sexuales me hizo creer que la conjetura acerca de mi homosexualidad tenía sentido, y de hecho estuve seguro de estar en lo cierto por algunos años, estando en la universidad, al momento de acabar mi primera relación afectiva. Comenté con algunas personas mi supuesta homosexualidad (en Trinity, no en Princeton), aun cuando no me sintiera atraído por los hombres y sí por las mujeres. Porque si ser homosexual no era la respuesta… ¿qué lo era entonces? La gente creía que yo estaba evitando mi orientación sexual, pero en realidad estaba evitando la verdad, la cual afirma que si bien soy heterosexual, jamás seré feliz con nadie. Ahora sé que la oscuridad jamás se marchará.

La primavera pasada me relacioné con alguien que no era como ninguna persona que hubiese conocido nunca. Alguien que me mostró cuán bien dos personas pueden llevarse y cuánto podía yo interesarme por el bienestar de otro ser humano. Alguien de quien sé que hubiera podido amar y permanecer a su lado por el resto de mi vida, si yo no estuviese tan [enfermo]. Sorprendentemente, yo le gustaba. Ella gustaba de la cáscara que la oscuridad había producido en lo que antes había sido un hombre. Pero no importaba, porque me era imposible estar a solas con ella. Nunca éramos sólo nosotros dos, siempre éramos tres: ella, la oscuridad y yo. Cuanto más nos uníamos, más intensamente sentía yo a la oscuridad, como un espejo malvado de mis emociones. Toda la cercanía de la que gozábamos, y a la que yo era tan afecto, era contrarrestada por una agonía que yo no podía soportar, y él era la causa. Me di cuenta de que nunca podría entregar, a ella o a cualquier otra persona, a mí mismo, en todo o en parte, sólo a mí. Ella nunca podría tenerme sin la oscuridad y el mal dentro de mí. Yo nunca podría tenerla a ella, sólo a ella, sin que la oscuridad fuese parte de todo lo que hacíamos. Nunca seré capaz de estar en paz o satisfecho o en una relación saludable. Me doy cuenta de lo inútil del costado romántico de mi vida. Si nunca hubiese conocido a esta mujer, me hubiese dado cuenta tan pronto como hubiera encontrado a otra persona con quien me hubiera conectado igualmente bien. Es probable que las cosas no hubiesen funcionado con ella, y que hubiésemos roto (y que la relación llegase a su fin, como la mayoría de las relaciones lo hacen) aun si yo no tuviese este problema, ya que sólo salimos por un lapso corto. Pero es seguro que yo enfrentaré exactamente los mismos problemas que tengo con la oscuridad con cualquier persona que conozca. Pese a mis esperanzas, el amor y la compatibilidad no son suficientes. Nada es suficiente. No hay forma de que pueda arreglar esto o siquiera tapar la existencia de la oscuridad de modo de lograr un aceptable nivel de intimidad en una relación de cualquier tipo.

Así que simplemente contemplé cómo las cosas se derrumbaban entre nosotros. Yo había puesto una fecha exacta de caducidad a nuestra relación, ya que sabía que no podía durar debido a la oscuridad y no quería retener a esta joven; todo esto causó un sinnúmero de problemas. Ella debió sobrellevar una situación desagradable de la que nunca debió haber sido parte. Debió haber sido muy duro para ella, que ignoraba la realidad de lo que sucedía dentro de mí, pero tal cosa es algo que nunca he podido sincerar con nadie. Perderla fue muy duro para mí también. No por causa de ella (me repuse de su pérdida de forma relativamente rápida), sino por el hecho de saber que jamás tendría otra relación y porque significó el fin de la última conexión personal, exclusiva y verdadera que llegaría a tener con alguien. Esto no fue en absoluto evidente para otras personas, ya que jamás pude hablar con nadie acerca de las reales razones de mi tristeza. Me sentí muy triste durante el verano y el otoño, pero no por su ausencia, sino porque nunca podría escapar de la oscuridad a través de alguien. Ella fue tan amable y cariñosa conmigo, me dio todo lo que yo pude querer en esas circunstancias. Jamás olvidaré cuánta felicidad me trajo en esos breves momentos en los que pude ignorar a la oscuridad. Mi plan original era suicidarme el invierno pasado, pero no me resolví a hacerlo (algunas partes de esta carta fueron escritas hace más de un año, otras días antes de hacer lo que haré). Fue un error de mi parte involucrarme en su vida, si es que esto ocurrió efectivamente así; debí simplemente dejarla en paz, aun cuando sólo salimos unos cuantos meses y las cosas terminaron hace tiempo. Ella sólo es una persona más en una larga lista de gente que he lastimado.

Podría agotar páginas hablando de otras relaciones que he tenido y que fueron arruinadas por mis problemas y mi confusión respecto de la oscuridad. He lastimado a tanta buena gente por ser quien soy y por mi incapacidad de sentir lo que debe sentirse. Sólo puedo decir que traté de ser honesto acerca de lo que creí que era correcto.

He pasado mi vida lastimando gente. Hoy será la última vez.

Le he dicho montones de cosas a tanta gente, pero jamás le he dicho a nadie lo que me ocurrió, nunca, por obvias razones. Me llevó mucho tiempo saber que no importa cuánta confianza puedas tener con alguien o cuánto afirmen quererte, la gente simplemente no sabe guardar secretos. Aprendí que esto es así años atrás, cuando pensaba que era homosexual y lo comenté. Cuanto más dañino es el secreto, más deliciosa es la habladuría y mayor la probabilidad de ser traicionado. La gente no siente estima por su palabra empeñada o por sus promesas de lealtad, sólo hacen lo que [cuernos] se les antoja y luego se justifican. Uno se siente muy solo cuando descubre que no se puede compartir nada con nadie ni confiar secretos. No pongo culpas en nadie en particular, creo que la gente es así. Aun cuando yo hubiera tenido la posibilidad de compartir lo que me sucede, no me interesa formar parte de una relación o de una amistad en la que la otra persona me vea como la parte dañada o contaminada, que lo soy. De modo que aun si pudiera confiar en alguien, probablemente no hubiese revelado lo que me ocurrió. En este punto, simplemente no me importa si alguien sabe.

Siento un mal dentro de mí. Un mal que hace que quiera poner fin a mi vida. Necesito detenerlo. Necesito asegurarme de que no mataré a nadie, lo cual es algo que no puede deshacerse con facilidad. No sé si esta sensación se relaciona con lo que me sucedió o con algo diferente. Puedo ver la ironía de querer matarme para evitar matar a otros, pero lo que he decidido hacer es una muestra de lo que podría ser capaz de perpetrar en lo futuro.

Me he dado cuenta de que nunca escaparé a la oscuridad o a la miseria que se asocia a ella y tengo la responsabilidad de evitar llegar a dañar físicamente a otros algún día.

Soy la cáscara rota y mísera de un ser humano. Haber sido sexualmente abusado me ha definido como persona y me ha formado como ser humano y me ha hecho el monstruo que soy y no hay nada que pueda hacer para escapar de ello. No conozco otra forma de existencia. Ignoro cómo se siente vivir en aquellas situaciones en las que yo hubiera podido alejarme de esto. Desprecio con intensidad la persona que soy. Me siento esencialmente destruido, casi desprovisto de humanidad. Me siento como un animal que un día despertó en un cuerpo humano, tratando de hallar sentido en un mundo ajeno, viviendo entre criaturas que no entiende y con las que no puede conectarse.

He aceptado que la oscuridad nunca me permitirá estar en una relación. Nunca iré a dormir con alguien en mis brazos, sintiendo el respaldo de sus manos en torno a mí. Nunca sabré en qué consiste una intimidad sin contaminación. Nunca tendré un lazo exclusivo con alguien, alguien que pueda recibir todo el amor que tengo para dar. Nunca tendré hijos; yo, que tanto deseé ser padre. Creo que hubiera podido ser un buen padre. Y aun de haber logrado atravesar la barrera de la oscuridad, casarme y tener hijos, pero sin conseguir jamás sentir el don de la intimidad, es imposible que yo hubiera querido que todo eso fuera posible con el suicidio como opción permanente. He tratado de dañar a la menor cantidad de gente, aun cuando sé que mi decisión lastimará a muchos de ustedes. Si esto los lastima, al menos espero que puedan olvidarme con rapidez.

No tiene sentido revelar quién abusó sexualmente de mí, de modo que dejaré ese tema como está. Dudo que la palabra de un hombre muerto sin pruebas sobre algo que tuvo lugar hace más de veinte años tenga algún peso.

Tal vez se pregunten por qué no consulté a un profesional acerca de esto. He visto a varios doctores desde mi adolescencia para tratar otros tópicos y estoy absolutamente seguro de que otro doctor no ayudará en nada. Jamás obtuve de un profesional algún tipo de ayuda o tratamiento sobre el que pudiera actuar, jamás. Una buena cantidad de ellos gastaban gran parte de la sesión releyendo sus notas para recordar quién era yo. Y no tengo ningún interés en hablar de haber sido violado de niño, tanto por saber que no ayudará en nada cuanto porque no confío en que permanecerá en reserva. Conozco los límites legales y prácticos de la confidencialidad entre el médico y el paciente, ya que crecí en una casa en la que oíamos con frecuencia relatos de las enfermedades mentales de gente famosa, historias que pasaban de generación en generación. Sólo hace falta un doctor que piense que mi historia es lo suficientemente interesante como para compartirla o un doctor que piense que es su derecho o su responsabilidad ponerse en contacto con las autoridades y obligarme a identificar al abusador (justificando su decisión con el razonamiento de que alguien más podría estar en peligro) Sólo hace falta un doctor que traicione mi confianza, tanto como hicieron los “amigos” a los que dije que era homosexual, y así todo se haría público y yo sería forzado a vivir en un mundo en donde la gente supiera cuán [enfermo] estoy. Y lo admito, todo esto indica que sufro de graves problemas de confianza, pero se basan en un vasto número de experiencias con personas que han deshonrado su palabra y la privacidad de otros.

La gente suele opinar que el suicidio es egoísta. Pienso que es egoísta pedir que se siga viviendo una vida dolorosa y miserable, por si acaso te sintieras bien durante una semana o dos. El suicidio puede ser una solución permanente a un problema temporario, pero es también una solución permanente a un problema de veintitrés años que se hace más intenso y arrasador cada día.

Hay gente que, como en los juegos de cartas, recibe malas manos en la vida. Sé que existen quienes lo pasan peor que yo, y que quizás yo no sea una persona fuerte, pero de verdad he tratado de lidiar con esto. He tratado de lidiar con esto todos los días durante los últimos veintitrés años y sencillamente ya no puedo […] soportarlo más.

A menudo me pregunto cómo ha de ser la vida para otra gente. La gente que puede sentir el amor de otros y devolverlo sin estropearlo, gente que puede experimentar el sexo de modo íntimo y gozoso, la gente que puede experimentar los detalles y las circunstancias de este mundo sin sufrir constante miseria. Me pregunto quién sería yo si las cosas hubieran sido diferentes o si yo fuera una persona más fuerte. Pienso que sería muy bello.

Estoy preparado para la muerte. Estoy preparado para el dolor y estoy listo para ya no existir más. Gracias al estricto carácter de las leyes sobre tenencia de armas de fuego en Nueva Jersey esto será probablemente mucho más doloroso de lo necesario, pero qué le vamos a hacer. Mi único temor a estas alturas es fallar y sobrevivir.

También me gustaría hablar de mi familia, si es que merecen ese nombre. Desprecio todo lo que sostienen y realmente los odio de un modo distante y desapasionado, en una forma que creo es sana. El mundo será un lugar mejor cuando estén muertos; un lugar con menos odio e intolerancia.

Por si no están al corriente de la situación, mis padres son cristianos fundamentalistas que me echaron de casa y me negaron sostén económico a mis diecinueve años porque rehusé concurrir siete horas semanales a la iglesia.

Viven en una realidad que es blanca o negra y que han construido para sí mismos. Dividen al mundo en buenos y malos y sobreviven odiando a todo lo que temen o no entienden, y a eso lo llaman amor. No comprenden que hay personas buenas y decentes a nuestro alrededor, “salvas” o no, y que gente malvada y cruel ocupa un amplio porcentaje de su iglesia. Se aprovechan de aquéllos que están buscando una esperanza enseñándoles a ejercer el mismo odio que ellos practican.

Un ejemplo al azar:

“Estoy plenamente convencido de que si un musulmán verdaderamente cree en el Corán y lo obedece, será un terrorista.” George Zeller, 24 de Agosto de 2010.

Si uno elige creer en una religión en la que, por ejemplo, católicos devotos que están tratando de ser buenas personas irán de todos modos al Infierno pero quienes cometen abuso sexual infantil irán al Cielo (siempre y cuando hayan encontrado el camino a la “salvación” en algún momento), es elección de cada uno, pero es una elección [muy equivocada]. Tal vez exista un Dios que se maneje con esas reglas. Si es así, [al diablo] con Él.

Su iglesia siempre fue más importante que los miembros de su familia y con alegría sacrificaron todo lo necesario para satisfacer sus calculadas convicciones acerca de qué papeles representar en el escenario social.

Crecí en una casa en la que el amor era asemejado a un Dios en el que nunca pude creer. Una casa en la que la afición a cualquier tipo de música que contuviese algo de ritmo me fue quitada a golpes. Una casa llena de odio e intolerancia, gobernada por dos personas expertas en el arte de aparecer como amables y cálidas cuando había testigos en derredor. Tuve padres que le dicen a un niño de ocho años que su abuela se irá al Infierno porque es católica. Padres que aseveran no ser racistas pero que hablan de los horrores de la mezcla de razas. Podría agregar cientos de otros ejemplos, pero es cansador.

Desde que fui expulsado de mi hogar, me he contactado con ellos en formas relativamente normales. Hablo con ellos por teléfono como si nada hubiera pasado. No sé muy bien por qué. Tal vez  porque quiero fingir que tengo una familia. Tal vez me gusta sentir que tengo gente a la que puedo contarle qué está sucediendo en mi vida. Sea cual fuere la razón, no es veraz y lo siento como una farsa. Jamás debí haber permitido que esa relación se restableciera.

He escrito lo que antecede hace tiempo, y me siento de la manera que he descripto en casi cualquier oportunidad. En otras ocasiones, sin embargo, siento menos odio. Sé que mis padres honestamente creen en la basura en la que creen. Sé que mi madre, al menos, me quiso mucho y trató de dar lo mejor de sí. Una de las razones por las cuales he pospuesto esto por tanto tiempo es porque sé cuánto dolor le causaré a mi madre. Ella ha estado tan triste sabiendo que no me he “salvado”, ya que cree que iré al Infierno, pero es una tristeza de la que no soy responsable. Su forma de pensar no cambiará nunca, y es de presumir que ella cree que el estado de mi cuerpo es mucho menos importante que el estado de mi alma. Y así, no puedo justificar intelectualmente mi decisión, sabiendo cuánto voy a lastimarla. Quizás el hecho de poder acabar con mi vida, sabiendo cuánto dolor voy a causarle, demuestra que soy un monstruo que no merece vivir. Sólo sé que no puedo soportar más este dolor y que me siento muy apenado por no poder esperar a que mi familia y todas las personas que conocí hayan muerto para poder hacer esto sin lastimar a nadie. Por años deseé ser atropellado por un ómnibus o morir rescatando a un bebé de las aguas para que mi muerte pudiera ser más aceptable, pero nunca tuve esa suerte.

A todos aquéllos que me otorgaron su cariño, gracias por soportar toda mi [miseria] y mi mal humor y mis caprichos. Nunca fui la persona que quise ser. Quizás sin la oscuridad yo hubiese sido una mejor persona, quizás no. Traté de ser una mejor persona, pero me doy cuenta que nunca llegué demasiado lejos.

Lamento el dolor que esto causará. Realmente querría tener otra opción. Espero que esta carta explique por qué necesité hacer esto. Si no pueden entender esta decisión, espero que al menos puedan perdonarme.

Bill Zeller

Por favor, guarden esta carta y vuelvan a subirla a Internet si es borrada. No quiero que la gente se pregunte por qué hice esto. La di a conocer más ampliamente de lo que lo hubiera hecho porque me preocupa que mi familia intente suprimirla. No me inquieta que esta carta sea dada a publicidad. De hecho, quisiera que fuese dada a publicidad para aquéllos que no tengan acceso a ella y así saquen sus propias conclusiones.

Doy permiso de publicar esta carta, pero sólo si es reproducida en su totalidad.”

Traducción de Hadrian Bagration

 

Prevalece la costumbre de adjudicar a los límites que marcan el comienzo y el acabar de las vidas humanas dos fechas, en ocasiones exactas, en una vasta cantidad de casos sumergidas en la vaguedad, en el anonimato que envuelve a la mayoría de las existencias mortales simplemente ninguna. William Paul Zeller había nacido en el poblado de Middletown, en el estado de Connecticut, el 26 de Octubre de 1983. La historia reciente de los Estados Unidos identifica a dos notables que compartieron lugar de origen con Zeller. El general Maurice Rose, hijo y nieto de rabinos, comandante de la Tercera División Blindada desde Agosto de 1944, es acorralado por los alemanes en las cercanías de Paderborn a fines de Marzo de 1945 y acribillado a pesar de haber comprendido lo inexorable de su rendición; es improbable que sus enemigos lo sospecharan judío al momento de asesinarlo. Dean Acheson ofició de Secretario de Estado del Presidente Harry Truman; como tal, delineó buena porción de la política exterior estadounidense de la segunda posguerra. Asesoró a otros dos mandatarios, John Kennedy durante la crisis cubana de 1962, y Lyndon Johnson, a quien intentó persuadir de la inutilidad de proseguir la intervención militar en Vietnam. Acheson cosechó fama de timorato, de cobarde y hasta de simpatizante comunista gracias a la nada sutil propaganda de injurias del conservadurismo estadounidense; son famosas las burlas de las que lo hiciera objeto Richard Nixon a causa de sus esfuerzos por lograr un entendimiento con Beijing. Cuando Nixon ocupó la presidencia, motivado por una intuición política digna de mejor inteligencia, se convirtió, en 1972, en el primer jefe de Estado de su país en realizar una amistosa visita oficial a la China de Mao Zedong.

Poco antes del fin de la madrugada del domingo 2 de Enero de este año, William Paul Zeller, llamado Bill por propios y extraños, da a conocer, en su original inglés, la extensa carta publicada más arriba a través de su correo electrónico, su sitio personal y las redes sociales a las que pertenecía, y lleva a cabo un a medias exitoso intento de suicidio: si bien la alarma que la misiva generó hizo irrumpir en su domicilio a un grupo de rescatistas que lo trasladó a un centro médico de Princeton, Zeller se había provocado con eficacia serio daño cerebral. Muere al atardecer del 5 de Enero, a los veintisiete años, en medio de la aparente incredulidad de colegas, amigos y familiares. Los obituarios suelen constituir una nómina de aquéllos que han tenido la fortuna, en los casos en los que seguir viviendo lo es, de sobrevivirnos; el de Bill Zeller exhibe los nombres de sus padres, George y Anna Zeller, el de su hermano John, sus tíos Patrick, Daniel y Nathan Clark, sus tías Billie Lawson, Jennie Clark y Barbara y Jacque Zeller,  y sus abuelos paternos, el doctor William Zeller y su esposa, quien carece de nombre propio, prolongando la vetusta costumbre inglesa (presente también en el mundo hispánico) de considerar suficiente la mención del marido para justificar la existencia de la mujer.

He firmado la autoría de la traducción al español de las últimas palabras de Bill Zeller sin desear incurrir en un acto de vanidad, más bien para responsabilizarme de ella. He pergeñado lo que creo es un reflejo fiel de la intención de Zeller, aun si he suprimido las imprecaciones, no en virtud de cierta pudibundez, sino porque es mi opinión que el verdadero espíritu de los exabruptos es, como el acto poético, en realidad intraducible; al lector español se ofrecen entre corchetes versiones morigeradas de la compresible furia de Zeller; en un caso, que sin embargo permanece identificable, omití la inclusión de expresión alguna, ya que hacerlo hubiera significado acudir a alguna pesada perífrasis de dudosa pertenencia a la sintaxis española.

En la carta de Zeller es dable notar la ubicuidad de un término que él denomina oscuridad, y que es sinónimo, en mayor medida, de una persona o de un grupo de personas que de un doloroso estado íntimo. Si bien el lector de lengua española identificará a esa palabra con un sustantivo femenino, en tanto quien siga con ojos ingleses las torturadas líneas de Zeller pensará neutralmente en esa darkness, Bill Zeller se refiere a ella invariablemente de modo masculino: he, him, his son los pronombres y adjetivo posesivo con los que Zeller denuncia la invasión de la negrura. Es tenebrosamente sencillo intuir que entre el exiguo número de dolientes varones que suscribieron la nota necrológica, con la segura excepción de su pequeño hermano, se encuentra el causante de lo siniestro.

El lamento de Bill Zeller es asimismo una contradicción: no en tanto, como casi todo suicida, dude del derecho que asiste a cualquier persona a poner fin a su propia vida sin atender al egoísmo de quienes se aferran a la holgazana labor de obligar a quien desea la muerte a persistir su efímero tramo de eternidad, sino en los sentimientos que se permite expresar por quien acompañó, desde la silenciosa comodidad que otorga el papel del cómplice pasivo, su tormento: su madre. Contrariamente a la suposición general, y a favor de las palabras de Susan Sontag sobre la ínfima calidad de la institución familiar, el aparentemente sagrado vínculo de la relación madre-hijos es aquél que con mayor facilidad puede pervertirse, ya que se trata de una mutua y rencorosa servidumbre en la que los extremos se reclaman deberes irrenunciables al tiempo que proclaman, en oposición al nudo que ata a los respectivos cónyuges, que no hay mejor ni más amantísima madre que la propia, ni hijo más apuesto y dotado, ni hija más guapa y encantadora. Es bien recibida en círculos de toda índole la noticia de que padres, madres e hijos se amarán y sostendrán mutuamente sin importar ofensas ni daños irreparables ni abiertas traiciones o veladas venganzas; la mayor parte del tiempo que transcurre en la vida de las familias es consumido por la trama tortuosa de esas tragicomedias. Suelen poseer nebuloso intelecto quienes profesan este culto popular, pero al mismo tiempo una afinada sensibilidad en lo que respecta a cómo su propia persona es percibida en ámbitos sociales: Bill Zeller admite que sus padres, por una parte, lo golpeaban y aterrorizaban con su credo monstruoso, y por la otra, que sabían mostrarse solícitos e insospechables cuando no actuaban en la sombra. Los sospecha hipócritas, pero asimismo los imagina capaces de creer con espontaneidad en su militancia religiosa. Se equivoca Bill Zeller cuando se figura a sus padres severos pero honestos; nadie que no desee para sí la acritud con la que trata a su prójimo puede ser beneficiado con la presunción de sinceridad. Bastan las palabras de Borges cuando se lo ilustró acerca de que el afortunadamente extinto general Ramón Camps había afirmado que si un solo culpable de entre cien desaparecidos por el régimen de las juntas en Argentina era ejecutado, esa sumarísima justicia era salvoconducto para el martirio de noventa y nueve inocentes. La aguda soltura de Borges respondió: “Debió haberse ofrecido a sí mismo para ser torturado y muerto y así probar su teoría”. Mi hipótesis es que Bill Zeller no consiguió arrojar a la oscuridad fuera de su vida no en razón de no haber buscado con el suficiente ahínco al profesional indicado, ni por hallarse prisionero de una personalidad tímida e introvertida, ni por la abismal hondura de la herida, sino por no haber sido capaz de mandar a su familia al lugar al que envió, en algún momento de su vida y en su carta, al dios cristiano.

Poco después de la primera media hora de presenciar el documental Deliver us from evil de la realizadora Amy Berg, puesto a disposición del público en el año 2006 y discretamente quitado de la conciencia general en silenciosa operación, se observa al obispo Roger Mahoney, jefe espiritual de la diócesis de Stockton, en California, y autoridad directa del cura párroco Oliver O’Grady entre 1980 y 1985, al serle preguntado si era suficiente con probar que este sacerdote había cometido delitos sexuales con personas de nueve, diez, once años, para proceder a separarlo de su ministerio (así sucedió por gracia de la justicia terrenal: O’Grady fue a prisión por unos magros siete años, fue liberado bajo palabra, fue deportado a Irlanda, de donde es oriundo, se hizo llamar el padre Francis, fue reconocido merced al documental, huyó a Rotterdam, regresó a Dublin y en Diciembre de 2010 fue arrestado nuevamente por posesión de pornografía infantil); el obispo Mahoney, desde 1985 arzobispo de Los Angeles, contesta, luego de vacilar un segundo, que no.  Tanto Mahoney cuanto su antecesor, Merlin Guilfoyle, sabían, por confesión explícita de O’Grady y por las repetidas quejas de las familias perjudicadas, que el padre O’ Grady había abusado sexualmente de niños de ambos sexos desde el remoto año de 1973. Para evitar esa palabra tan punzante para la jerarquía católica, el escándalo, O’Grady fue mudado varias veces de parroquia, un método más que apropiado para proporcionarle víctimas frescas e incautas.

Que la Iglesia Católica pone ferviente empeño en asemejarse día tras día un poco más a una asociación ilícita es de una fatalidad sabida y tolerada. No obstante, sus errores y sus atrocidades suelen ocultar las faltas, no menos graves ni menos truculentas, pero menos públicas para el indignado observador latinoamericano, del protestantismo. La familia de Bill Zeller pertenece a la Iglesia Bautista Fundamentalista Independiente, una rama menor de la Iglesia Evangélica Bautista. La diferencia política, aparte del extenso y tedioso galimatías teológico en el que sería preciso adentrarse con las precauciones de quien se interna en un loquero, reside en el vocablo independiente: el fundamentalismo bautista es agrio mecenas del congregacionalismo, una doctrina que niega la competencia de la autoridad central del Consejo Mundial de Iglesias Bautistas y dispone que cada comunidad debe atenerse a sus propias reglas, a su propio líder y a su propio mesianismo, incluso a su propio sistema de escolaridad, ya que los bautistas fundamentalistas no concuerdan con el laicismo de la escuela pública y recomiendan a sus adeptos enviar a sus hijos a la institución intraeclesiástica o bien, de no contar con ella, educarlos en sus casas con manuales redactados a tal efecto con una simpleza rayana en la ignorancia absoluta. El credo que une a feligreses como los Zeller es harto raso: las Escrituras no contienen error alguno y son de interpretación literal, ninguna forma de entretenimiento mundano es permisible, el cinematógrafo es invención diabólica (no se refieren a la calidad de la cinematografía hollywoodense sino a las escenas que ellos consideran procaces), el consumo de alcohol bajo cualquier circunstancia es pecaminoso –para justificar los numerosos contactos de Jesús-ben-Judá con el vino, afirman que éste no era tal sino zumo de uvas, razón por la cual quizás se explique el descontento de los comensales en las bodas de Canaán- , la ciencia es una chapucería demoníaca, el contacto con personas que no pertenezcan a la iglesia es desaconsejable, la separación de los sexos es tajante y un estrictísimo código de vestimenta debe utilizarse en toda ocasión, especialmente en las mujeres, a las que se presiona para que no abandonen sus hogares en pos de una carrera o de un empleo; en cualquier disputa doméstica, es el esposo quien tiene la razón, y a quien la mujer debe obedecer en silencio. Como es de suponerse, el sexo, en tanto no se trate de un intento reproductivo, equivale a la perdición, al igual que, por supuesto, lo es la homosexualidad. El aborto es un sendero que conduce a Satanás, del que sólo es posible desandar gracias a la palabra del pastor, que es la ley, y que no admite réplica. Estas astringencias pueden sufrir variaciones menores de una comunidad a otra y de los caprichos de un clérigo respecto de los de otro de sus pares, pero ese catálogo de supercherías, y su cumplimiento firme y permanente es lo que aglutina a personas que se sienten obligadas a votar a los candidatos que sus pastores imponen como elegibles, y que sin variación alguna se encuentran en el conservadurismo más seco del espectro político estadounidense, en estado de beligerancia con el control de la natalidad, la homosexualidad y la modernidad. Ni la familia Zeller ni ningún otro seguidor pueden ignorar que estas comunidades son menos una expresión de fe, por grotesca que sea, que una mínima corporación política de corte absolutamente totalitario, sexista, manipulador y discriminatorio, afín a los desvaríos del judaísmo más ortodoxo o del islam, al que George Zeller aseguraba detestar con espíritu patriótico y cristiano.

Los abusos de diversa suerte cometidos por las miríadas de iglesias bautistas independientes han generado una razonable consternación en personas que no han extraviado del todo su sentido de la sensatez y en antiguos miembros que han logrado, no sin agudo y solitario peregrinar, huir de su influencia. La estructura de una iglesia bautista fundamentalista es similar a la de una secta de muros rígidos pero invisibles; la existencia social de sus acólitos está determinada por la lógica de la subordinación y de la dependencia en los lazos afectivos, económicos y laborales que pueden y deben generarse entre la grey; esta metodología tiene por fin dificultar los egresos. Los sitios que mantienen en la red atemorizados ex fieles detallan los operativos que se ponen en marcha para desacreditar a los decepcionados que atinan a apartarse: son aislados, social y financieramente (y se llega al punto de contactar a posibles empleadores para abrumarlos con las peores referencias acerca del descreído aspirante), se los amenaza a través de intimidaciones de todo tipo, se los tilda, en forma privada y pública, de subversivos (palabra que confirma la alineación política de estas iglesias), de resentidos, de insumisos, de antisociales. Dado que las geografías en las que estas congregaciones se asientan se diseminan sobre todo en sectores de baja densidad de población, en la profundidad  conservadora de los Estados Unidos, lejos de los grandes centros urbanos, seculares y anónimos –y vituperados por el credo protestante fundamentalista-, el objetivo es causar daño irreversible a la reputación del rebelde, en imitación verbal de la letra escarlata que pendía del cuello de Hester Prynne en el puritano Boston recreado por Hawthorne. Del mismo modo que el Estado tiene la potestad de restringir la ascendencia que agrupaciones políticas, deportivas, sociales, culturales o de índole irrestricta poseen sobre sus afiliados en pos de la pública salud de éstos, es sensato preguntarse si no es obligación de la autoridad democrática poner límites a los desvaríos y a los despotismos de la libertad religiosa, así como clava un freno a libertades de otras características cuando se presiente que derechos ajenos serán vulnerados, con o sin pretexto.

Las diferentes denominaciones protestantes estadounidenses han recurrido a una práctica inusual pero efectiva a la hora de buscar refugio en el frecuente caso de una demanda por abuso sexual o violación contra alguno de los integrantes de su clero: las compañías aseguradoras.  Tres son las que concentran la mayor tajada del mercado de horrores que los códigos de silencio no consiguen contener: la Church Mutual Insurance Company, la GuideOne Insurance y la Brotherhood Mutual Insurance Company. Combinadas, las aseguradoras reciben una cifra promedio de 260 demandas anuales. La cifra, de por sí espantosamente alta, se torna descomunal si se piensa en que registra únicamente los asuntos que son denunciados, y que no son sino, como establece casi cualquier estudio acerca del abuso sexual cometido contra infantes o adultos, un mero diez por ciento del total. La Iglesia Católica certifica triunfalmente que sus infracciones no pasan de las 228 incidencias al año. El catolicismo prefiere, por el momento, suplicar por dineros de generoso origen para cubrir los astronómicos gastos legales que le acarrean los crímenes de su jerarquía, y que a la fecha han sobrepasado largamente el millón de millones de dólares.

Bill Zeller fue alumno brillante de toda institución educativa a la que perteneció. Se describe con excesiva inclemencia en su larga carta de despedida; las anécdotas que se han vertido públicamente hasta el día de hoy, jornada de su entierro, cuentan gratas experiencias que lo dibujan como un ser afable, no exento de cierta poquedad, pero colaborador y buenamente chacotero. Si a Bill Zeller le fue arrebatada toda su vida en su niñez, en su juventud la frivolidad de los claustros universitarios estadounidenses, abocados a la obligación de divertirse a toda costa que  esa sociedad impone, le sustrajo su amargamente conquistado derecho a la tristeza.

Bill Zeller, autor anónimo, sin datación.

La frase inicial que los parientes de Bill Zeller estamparon en su escueto obituario, y que suena a blasfemia, es una famosa línea del Libro de Job: “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea su santo nombre.” William Paul Zeller muere asesinado por la oscuridad de su familia y por la oscuridad de la religión; es posible que en parte muriese asesinado por la fútil indiferencia de quienes lo rodearon y optaron por saber poco de él. Al revés de Gregor Samsa, quien despertó esa mañana convertido en gigantesco insecto, Bill Zeller dudaba de su capacidad para ser un hombre que viese el mundo con ojos de hombre, lo tocase con manos de hombre y lo gozase con sexo de hombre desde la frágil animalidad a la que, él así lo concebía, había sido reducido. Desde su lenta agonía y desde su lenta muerte, como de los dogmas a los que alguna vez se lo condenara, ya no vacila.

Hadrian Bagration

Enlace al original en inglés de la carta de Bill Zeller en el sitio The Huffington Post:

http://www.huffingtonpost.com/2011/01/07/bill-zeller-dead-princeto_n_805689.html