Vidas de varones dolientes

Eugène Delacroix: Torquato Tasso en el loquero de Santa Ana en Ferrara, 1839. Colección privada.

Los hechos que voy a referir no poseen, en abierta contradicción con la necesidad humana de la datación, lugar ni época, sino que son atemporales y ubicuos, como los dioses de antaño. La valía concedida a la procedencia suele incurrir en la obsesión: quienes me han transmitido estos mendrugos de angustia han querido permanecer en razonable anonimato; en una era de obligatorio optimismo un desprecio no exento de temor rodea a quienes se empeñan en abrumarnos con el desagrado del malestar. En cada uno de los alrededores que nos visten es posible hallar un sinónimo, o varios, de la desdicha; ante nuestros voluntariamente ciegos ojos transcurren estas silenciosas cámaras de tormento cuya existencia ajena consuela nuestra modesta calamidad, porque para disfrazar la queja que padecemos deseamos que suceda, desde y para siempre, una epidemia de dolores. Los nombres y las circunstancias han sido, presumiblemente, falseados.

El primero de ellos me fue relatado en una lejana conversación telefónica. La persona que me retuvo durante un lapso incierto en escucha aceptablemente atenta bien pudo haber hallado valor para su revelación gracias a la distancia y a la frialdad de los aparatos. Día tras día sufría el manso acoso sentimental de un hombre de pobreza decente y modales de niño: esa extraña combinación, no menos inverosímil que muchas otras, era producto de una vida inverosímil y extraña, pero usual. Santiago (en este texto su nombre será ése) había sido hijo de una familia portentosa y de amena visibilidad social; había concurrido a establecimientos educativos de aranceles copiosos y había logrado ejercer la destacable profesión de la medicina. A pesar de tantas y tan encomiables ventajas, urgía a Santiago, como a tantos seres humanos, el impulso de la huida. Su padre, de quien heredara la profesión, era en su hogar rudo administrador de castigos: las amigas de su madre no ignoraban que ésta era golpeada por su esposo casi hasta la desintegración, pero nada se insinuaba en las casas de té a las cuales eran afectas a concurrir; quizás resaltar el padecer de una era clamar el de todas, y quizás era ésa una alianza incómoda que ninguna se hubiese otorgado permiso de construir.

Santiago, como el hijo de Zebedeo, era de sus hermanos el mayor. Una oscura predilección inclina a ciertos hombres violentos a desquitarse de sus males reales o imaginarios en la frágil madurez de los primogénitos. Santiago huyó y contrajo enlace con una mujer que padecía la dificultosamente curable enfermedad del alcoholismo. Se refugió junto a ella en un poblado distante de su ciudad natal; de esa unión tal vez no desaconsejable pero sí insólita emergieron dos hijas. Santiago esperaba que su madre cumpliese la promesa de la rebelión, a la que la instaba junto con sus hermanos, pero ella optaba por la paciente espera de la araña: su esposo, mayor que ella en numerosos años, moriría y así ella no se arriesgaría a desposeer a los vástagos ni a sí misma de la merecida recompensa que aguarda toda muda subordinación. El azar dispuso que la madre de Santiago agonizara y muriera mucho antes que su marido; una vez cumplido su entierro, los hermanos de Santiago sepultaron a su padre en un hogar de ancianos.

Francis Bacon: Estudio para un retrato de van Gogh IV, 1957. Colección privada.

Santiago realizó en el decurso de su oficio un lento y trabajoso ascenso y una caída rauda. Abundan las versiones: que de su mujer contrajo la dolencia del alcohol, que la aspereza de la relación lo fatigaba, que simplemente no sabía querer para sí destino distinto al de su madre. La severidad de un error de juicio dispuso que un tribunal, no menos severo, lo separase de su título. Sin más propósito que la modesta supervivencia y despojado del derecho de uso de su domicilio y de la compañía de sus hijas, quienes contra toda previsión culparon a su padre de las borracheras maternas, Santiago regresó a su ciudad. Nadie sabe, porque no es dado que así suceda, cuándo desaparece ese instante, en apariencia ínfimo y seguramente inmemorable, en el que dejamos de ser jóvenes; de igual modo aconteció con el momento en el que a Santiago lo abandonó la cordura. Suele ser visto deambulando por calles de casas bajas, apoyado en un báculo que no le es preciso utilizar, conversando, como Swedenborg, con fantasmales figuras que sólo su desierta existencia vislumbra en el florido lenguaje de quien busca agradar a las sombras.

Hace años un hombre de altura magnífica y dotado de la altivez de quienes sobrellevan la carestía con bien disimulado desánimo insistió y logró hacer que yo adquiriera unos cuantos libros que se había rebajado a vender. Buscó y obtuvo de mí el pesado alivio del vino; intuí que su propósito era la confesión y que era probable que fuese a hacerlo por primera vez, y por última. En su brillante juventud había ahondado la brusca pureza del lupanar, antes de que lo acorralara el sombrío derecho a contraer matrimonio con alguna joven casta.

Es excepcional que un hombre cuyos únicos apremios son el cuidado de la fortuna familiar y el monótono cumplimiento de los intrincados protocolos sociales renuncie a los privilegios que concede el mundo a la labor de esposo y de padre de sus hijos y de dueño y tutor de su propia mujer para someterse a una a medias clandestina mancebía bajo una matrona ya tomada por otro varón. Para que el escándalo no lo hostigase y mancillase a esa nueva y extravagante conquista, el hombre cedió casi todo lo que poseía a su antigua cónyuge. Refugiado en una mendicante pensión, recibía las irregulares visitas de su amante, mayor por una década y algo más, en su aposento minúsculo. Pese a las motivaciones que provoca el carácter secreto y radiante del adulterio, eran escasas las ocasiones en las que llevaban a cabo la cópula. La mujer esgrimía una razón tan creíble como cualquier otra: su marido, con quien sostenía una guerra cotidiana y cruel, tenía por costumbre realizar el coito contra su voluntad y (en opinión de ambos amantes) contra la de la naturaleza. Ella prefería, entonces, la suavidad del cariño a los arrebatos del ardor.

Henry Nelson O'Neil: La princesa Alexandra desembarca en Gravesend el 7 de Marzo de 1863, 1864. National Maritime Museum, Londres.

Para remota sorpresa de mi interlocutor, la mujer a quien recibía con indigente elegancia en la habitación de un inquilinato comenzó a invitarlo a asistir con ella al alborozo de los acontecimientos a los que él había sido obligado por su propia condición notoria a acudir en tiempos áureos. La mujer le prestaba ropas que habían sido propiedad de su ahora obsoleto esposo en una cierta juventud; él le murmuraba su temor por ser vistos en mutua y sospechosa compañía, por el bien de ella, pero la mujer se encogía de hombros: era común que se presentaran a los agasajos tomados de la mano, por petición de la dama. Solía referirse a él por su nombre propio, sin dar más explicación. Sus amistades, que la sabían casada con un hombre de mediana vejez, se indignaban a sus espaldas. Tras un par de meses el hombre comprendería que su papel era ser instrumento de la módica pero ingeniosa represalia de aquella mujer. Ese rencor, según ese hombre se había percatado, no se dirigía en contra de la violencia o de la tiranía del esposo, sino de la desventura de sus amigas, a las que gustaba zaherir en su sumisión al patriarcado ostentando un amante joven y de interesante belleza. El hombre supo que la mujer a la que se había asociado en osado e inofensivo desafío a las buenas costumbres no regresaría a visitarlo en su cuarto en la pensión cuando un comentario lo anotició de la muerte del marido. Quien se había complacido excitando la envidia en épocas de sometimiento gozaría ahora estimulando la compasión que genera la alegre debilidad de la solitaria viudez. El hombre se mudó a un alojamiento más rústico lejos del centro; en su antigua casa le permitieron llevarse sus libros, que estorbaban el paso. Una o dos veces al mes consigue desprenderse, a cambio de unos céntimos, de alguno.

Fernando Botero: La toilette, 1983. Colección privada.

La última de las historias es, quizás, la que deleite en mayor grado la incredulidad del lector; de ella fui informado en uno de esos salones que retienen el hábito de fumar en París: durante veintidós años un hombre, que ha sido ofendido en los morosos inicios de su juventud por las veleidades de una mujer, acaricia con mano doliente la sangría de la venganza. Su propia vida, que contiene casi todo lo que una existencia en la periferia de la grandeza y en la periferia de la destrucción puede contener, es menos importante, tras más de dos décadas, que el desagravio. Con laborioso denuedo pesquisa las intermitencias que le acontecen a su ofensora: adversa o buena suerte, periplos baratos o ilustres, celebraciones domésticas, acontecimientos banales o alarmantes, la ruina del esposo y su execración pública, la cárcel, el divorcio y las avaras subastas, la travesía desde el soberbio esplendor de una ciudad de provincias al desesperado e inútil afán de evitar encallar en la pobreza; finalmente, la resignación a ser envuelta, con perversa ternura, por ésta. Dos cosas son falsas: afirmar que la declinación de la mujer es retribución suficiente, y afirmar que en aras de ver consumada esa retribución el hombre conculcó actos que podrían haberle acarreado solaz: de ser así, sería lícito aseverar que la vida es un acto en sí mismo que no requiere más justificación que el hambre o el sueño; el hombre eligió esperar sin ansiedad el instante de la venganza como quien adiestra a un músculo para el esfuerzo y se preparó para enfrentar su llegada como quien va al inevitable encuentro de un cadalso.

A medio camino entre el esoterismo y la prostitución, la mujer ejercía bajo una luz tenebrosa en una casucha los menesteres de la pobreza supersticiosa cuya servidumbre se adapta al capricho del cliente. Ella, comprensiblemente, no lo reconoció; no sólo habían cambiado los rostros y los cuerpos de ambos, sino que el propósito que los reunía, sabido sólo por él, era tan distinto al de su quebradiza adolescencia que hasta las miradas serían las de otros. En algún rincón de su abrigo el hombre escondía una daga.

La mujer entabló la yerta lectura de la fortuna de su consultante; la noche había caído hacía horas y sentía reiterado cansancio; hasta para sus propios oídos tanto benévolo vaticinio era una exageración. La mujer bostezaba, se disculpaba por hacerlo, farfullaba más bienaventuranza e insinuaba la oferta de un coito económico. El hombre pensó en darse a conocer, pero calló. Algo en esa vejez y en esa obesidad lo movían, no a la misericordia, sino a la aversión. La mujer, instigada por el amanecer del día y el amanecer de su beodez, comenzó a hablar de sí; es posible que en la extensa relación de sus pesares, que el hombre no interrumpió, mencionara el nombre de quien ahora era su usuario con la confusión que genera haber poseído un pasado entrañable.

En los albores del sueño, la mujer intentó desnudarse y desnudar al varón, pero éste la apartó sin efusión de fuerza. La mujer se tendió en la raída alfombra sobre un piso de baldosas chillonas iluminadas por la prudencia de la mañana. Pronto el hombre oyó sus resuellos, que eran como el agitado respirar de un asno. En medio de la impúdica luz que las ventanas cubiertas por telas de colores sucios traían, pronunció en voz baja, luego de veintidós años, el nombre de la mujer. A excepción de esos rítmicos resoplidos, nada en el desorden de la habitación respondió.

Hadrian Bagration

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