La gratitud

Rembrandt van Rijn: San Pablo en la prisión, 1627. Staatsgalerie, Stuttgart.

Desde su calabozo, en cuyas profundidades había jurado perpetuo silencio, el asesino, frondoso prevaricador, estafador e incendiario Donatien Gédéon respondió a sus jueces, antes del amanecer de su suplicio, las líneas que siguen acerca de las razones de sus crímenes, y que sus verdugos, para frialdad de las autoridades de la prisión, extraviarían: “Me propuse, cuando a mis ojos les fue dado descubrir el mundo, en aquella infancia tan breve, transitar todos los paisajes, oír todos los sonidos, recorrer todos los libros, amar a todas las mujeres, trabar amistad con todos los hombres, beber todos los vinos y defender todas las justicias. La prematura vejez en la que moriré me importunó con demasiadas revelaciones: los paisajes están hechos de polvo y de hedor, los sonidos aturden, los libros mienten, las mujeres abruman con su flojera y los hombres con su ímpetu; ambos prometen, desde el primer momento en el que nos resignamos a la miseria del contacto, obstinada decrepitud; acaso esa lealtad sea la única que no quebrantarán. Los vinos amargan la boca  y ni siquiera su sopor es duradero; he despertado tantas veces junto a un sendero sucio yaciendo sobre un cuerpo de hembra o de macho ebrios de aspereza en la voz sólo para oír el tosco ladrar de los perros. Supe que todas las proezas son torpes y que sirven a un mal amo, y que yo sería un mal señor si mi suerte me hubiese confinado a un trono. He descreído de los caminos y de los caminantes, sólo aguardo que ese ateísmo gradual ahogue al mismo Dios. Y es por ello, porque hay tanta fealdad en el mundo, y es éste tan insoportable, que ahora que mi cuerpo colgará de una horca y perderé mi última fe y ganaré mi último sueño, que os agradezco, os agradezco a todos vosotros tanto.”

Hadrian Bagration

Viñas

Salvador Dalí: El farmacéutico de Ampurdán buscando absolutamente nada, 1936. Museo Folkwang, Essen.

En el relativo olvido y en la desmesurada derrota muere David Viñas en Buenos Aires en Marzo de 2010. Un retrato sereno de su persona, la que solía brindar escasa serenidad en no pocas calculadas ocasiones, puede hallarse en El tiempo de una vida, la autobiografía de Juan José Sebreli. Esas páginas otorgarán de él una impresión fugaz y honesta, como quizás el propio Viñas fuese en la sumatoria de sus acontecimientos diarios. Pésimo dramaturgo, mediocre novelista y notable hombre de ensayo, David Viñas se esforzaba, fuera desde Buenos Aires, California o Berlín, en redactar con frecuencia regular el mismo texto, cuyos objetivos no eran innobles: hacer de su reputación intelectual una efigie que lo acercase a la de Sartre, y devolver la vida al desvanecido espectro de la oligarquía argentina, aun cuando desde su tumba no se oyesen siquiera estertores. Poco importaba a Viñas la irrupción política de formas más siniestras de sojuzgamiento de las plebes, a las que paternalmente pretendió guiar, a pesar de su pobre didactismo: la medicina literaria de Viñas había diagnosticado un mal que no admitía análisis ni réplica ni carácter marcesible y sobre él arrojó, párrafo tras párrafo, el veredicto. La oligarquía, desplazada del patíbulo por modos más feroces y más sutiles de manipulación política, no se inmutó y prosiguió su inexorable extinción en paz. En cuanto a su semejanza con Sartre, se sabe que éste rechazó en 1964 el Premio Nobel de Literatura; Viñas hizo lo propio en 1991 con la beca Guggenheim. El paralelismo, inapelablemente, acaba allí.

En su crítica a uno de los postreros ensayos de Viñas, De Sarmiento a Dios: viajeros argentinos a USA, de 1998, María Cristoff utiliza una frase óptima para resumir, en escasos términos, la ideología y la producción de Viñas: la aceptación feliz del prejuicio. Hacia fines de esa década, Viñas había descubierto en Sarmiento a una bête noire del devenir histórico argentino: según se presiente, a Sarmiento es achacable la interrupción de la pureza salvaje del continente americano y su sustitución por una suerte de extranjerismo estraperlista. Extraño resulta, entonces, que Viñas utilizara, para denostarlo, un lenguaje del todo ajeno a los cultores de la divisa punzó: “Un viaje egocéntrico es el que realiza Sarmiento por los Estados Unidos a lo largo de 1847. Porque si bien a la mayoría de los escenarios y de los personajes yanquis intenta tratarlos con una distancia prudente como si quisiera “enfriarlos” para exhibir cierta objetividad que apela a “las consabidas ciencias”, la puntualidad del día a día con que va inscribiendo sus notas condiciona un doble conjuro que subraya un “yo personalmente”: en primer lugar, el cuestionamiento de la figura del proscripto byroniano a lo Mármol que entona una elegía nostálgica y quejumbrosa por “la ciudad violada”, y que “erra por errar sin otro fin que soñar”… Aún cuando él se empeñe en actuar como un homme sérieux, sus tomas de posición serán descalificadas como “anacronismos”. Sus desmesuras les resultarán la negación de su definitivo sentido de la medida. Como preferirán héroes sin heroísmo, las imprudencias y los desbordes en el yoísmo en que suele incurrir Sarmiento les parecerán síntomas evidentes de su locura (“…avec ses gestes fous, /Comme les exilés, ridicules et sublimes“)”. Aburre (el pecado original del escritor) Viñas, como en casi todas sus otras digresiones, a través de una pedagogía diseñada para justificar al rosismo y al peronismo con apelaciones en francés para que se opongan éstos, aun desganadamente, a la maldad de los imperios.  Sorprende (pero es sabido que la contradicción es la forma hábil de la ceguera) Viñas al trazar esas líneas en fecha tan tardía luego de ser, obligada y dolorosamente, él mismo un exiliado, entre otras geografías, en los Estados Unidos.

David Viñas es una mención en la historia de la literatura argentina; una ligera mención sin llanto.

Hadrian Bagration

Los otros por qué de la rosa

Tamara de Lempicka: A rose, 1938. Colección Víctor Manuel Contreras, Ciudad de México.

Nada existe más rígidamente elitista que aquello que ha sido llamado popular, nada más alejado de la sensatez que aquello que a lo que damos el nombre de normalidad. El gusto popular posee sus ceremonias de iniciación, sus jerarquías, sus líderes, sus adeptos y sus vates; no escasean quienes acopian violentas fortunas con él. La norma es el método más popular, a su vez, de convertir a los sensatos en marginales. Cuando lo popular ejerce el poder de la convención, es dada la señal que anuncia que la decadencia, ya en la sociedad, ya en el individuo, que principia, en toda ocasión, desde el primer instante, se ha vuelto tan irreversible como la frialdad de los cadáveres.

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Dos mujeres se enzarzan en un combate de box; alguien de tantos, que no ha lanzado un golpe en su vida, decreta que la visión es ridícula. Esa sentencia ignora que en un mundo en el que se sobrevalora y sobreabunda el humor, la ridiculez cuenta con la invisibilidad que otorga la omnipresencia: ridículo es obligar a personas que no se han elegido y cuya única compatibilidad es la sanguínea, y que en la taxonomía de la comunidad son catalogadas como parientes de diversas especies, a amarse. Ridículo es suponer que un ser etéreo, ubicuo, todopoderoso y que todo lo sabe (aun las virtudes que deseamos que de los demás ignore) vela por nosotros, cuando es fama que las únicas potestades de la omnipotencia son la indiferencia y la crueldad. Ridícula es la veneración con la que millones de individuos se apasionan por una criatura vulgar, de trabajada desafinación, cualidades musicales pertenecientes a la literatura fantástica, y que es conocida como cantante. Ridículo es el sudor bajo el que se abrasan los espectadores de un deporte en el cual la victoria de su parcialidad les implica sólo una erogación más; también la derrota. Ridículo es sospechar que la función pública es una vocación y no la vía legal de incumplir un código penal. Ridículo es sostener que el azar de los nacimientos nos pone en deuda con un territorio. Ridícula es la superstición. Ridícula es la reputación de quienes sólo pueden ufanarse de poseer una. Ridículo es el peronismo.

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Solían ser las iglesias las que clamaban al cielo por castigos de inenarrable justicia contra los prevaricadores de la sexualidad, la cual debía ser, invariablemente, mesurada, reseca, reproductiva. Hoy las personas que han acercado sus mentes a esa forma de impensar se autodenominan con orgullo progresistas: desean un orbe en el que el deseo sea ligeramente indeseable y políticamente correcto; a su modo, concuerdan con las patrañas de los pontífices acerca de la obligatoria y duradera naturaleza del sentimiento y su superioridad respecto de la sencillez del encuentro sexual; defienden, con metodologías distintas y aun opuestas, una institución y no un impulso; la regulación del frenesí erótico y quizás hasta su disgregación en blanqueadas ceremonias nupciales. Nunca fenecen los cultos; son, fatalmente, destronados en su vejez por el ignorante vigor de una nueva superchería.

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La prosa española de los siglos XV y XVI es denostada en los persistentes manuales en donde se anquilosa la literatura como latinizante: costará imaginar mejor madre para una lengua que el idioma en el que fue compuesto el Satyricon. En su Ulrica, Borges, ya completada la seducción de la hembra, hace decir a Javier Otálora, un profesor latinoamericano que la mujer olvidará, y al que bromeando había comparado con Sigurd, que si él lo es, ella será su Brynhild. Con dos mil años de anticipación, Petronio, harto su personaje de aguardar paciente consentimiento de un joven, lo amenaza con una espada en la sordidez de un albergue y grita: “Si Lucretia es, inquit, Tarquinium invenisti!” (¡Si eres Lucrecia, como dices, has hallado a tu Tarquino!). Dos milenios y cien civilizaciones atravesó esa línea del favorito de Nerón hasta llegar a una noruega y a un colombiano en York; quién sabe qué destinos y qué ropajes de palabras el ingenio de tiempos venideros le proveerá.

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La recomendada valentía que pregonan quienes felicitan al ajeno coraje prescribe vivir como si se fuese a morir mañana, morir como si se fuese a vivir para siempre. Se nos juzga, falsamente, irreemplazables. Las labores de Hércules fueron imaginadas para las habilidades de un semidiós que aún no había sido concebido; él, y ningún otro, estaba compelido a ellas y a prevalecer sobre ellas. A nosotros nos resta vivir como nuestra modesta fuerza lo permita, morir según nuestra decepcionada soledad sea saciada; somos, sencillamente, inútiles.

Hadrian Bagration