Los otros por qué de la rosa

Tamara de Lempicka: A rose, 1938. Colección Víctor Manuel Contreras, Ciudad de México.

Nada existe más rígidamente elitista que aquello que ha sido llamado popular, nada más alejado de la sensatez que aquello que a lo que damos el nombre de normalidad. El gusto popular posee sus ceremonias de iniciación, sus jerarquías, sus líderes, sus adeptos y sus vates; no escasean quienes acopian violentas fortunas con él. La norma es el método más popular, a su vez, de convertir a los sensatos en marginales. Cuando lo popular ejerce el poder de la convención, es dada la señal que anuncia que la decadencia, ya en la sociedad, ya en el individuo, que principia, en toda ocasión, desde el primer instante, se ha vuelto tan irreversible como la frialdad de los cadáveres.

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Dos mujeres se enzarzan en un combate de box; alguien de tantos, que no ha lanzado un golpe en su vida, decreta que la visión es ridícula. Esa sentencia ignora que en un mundo en el que se sobrevalora y sobreabunda el humor, la ridiculez cuenta con la invisibilidad que otorga la omnipresencia: ridículo es obligar a personas que no se han elegido y cuya única compatibilidad es la sanguínea, y que en la taxonomía de la comunidad son catalogadas como parientes de diversas especies, a amarse. Ridículo es suponer que un ser etéreo, ubicuo, todopoderoso y que todo lo sabe (aun las virtudes que deseamos que de los demás ignore) vela por nosotros, cuando es fama que las únicas potestades de la omnipotencia son la indiferencia y la crueldad. Ridícula es la veneración con la que millones de individuos se apasionan por una criatura vulgar, de trabajada desafinación, cualidades musicales pertenecientes a la literatura fantástica, y que es conocida como cantante. Ridículo es el sudor bajo el que se abrasan los espectadores de un deporte en el cual la victoria de su parcialidad les implica sólo una erogación más; también la derrota. Ridículo es sospechar que la función pública es una vocación y no la vía legal de incumplir un código penal. Ridículo es sostener que el azar de los nacimientos nos pone en deuda con un territorio. Ridícula es la superstición. Ridícula es la reputación de quienes sólo pueden ufanarse de poseer una. Ridículo es el peronismo.

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Solían ser las iglesias las que clamaban al cielo por castigos de inenarrable justicia contra los prevaricadores de la sexualidad, la cual debía ser, invariablemente, mesurada, reseca, reproductiva. Hoy las personas que han acercado sus mentes a esa forma de impensar se autodenominan con orgullo progresistas: desean un orbe en el que el deseo sea ligeramente indeseable y políticamente correcto; a su modo, concuerdan con las patrañas de los pontífices acerca de la obligatoria y duradera naturaleza del sentimiento y su superioridad respecto de la sencillez del encuentro sexual; defienden, con metodologías distintas y aun opuestas, una institución y no un impulso; la regulación del frenesí erótico y quizás hasta su disgregación en blanqueadas ceremonias nupciales. Nunca fenecen los cultos; son, fatalmente, destronados en su vejez por el ignorante vigor de una nueva superchería.

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La prosa española de los siglos XV y XVI es denostada en los persistentes manuales en donde se anquilosa la literatura como latinizante: costará imaginar mejor madre para una lengua que el idioma en el que fue compuesto el Satyricon. En su Ulrica, Borges, ya completada la seducción de la hembra, hace decir a Javier Otálora, un profesor latinoamericano que la mujer olvidará, y al que bromeando había comparado con Sigurd, que si él lo es, ella será su Brynhild. Con dos mil años de anticipación, Petronio, harto su personaje de aguardar paciente consentimiento de un joven, lo amenaza con una espada en la sordidez de un albergue y grita: “Si Lucretia es, inquit, Tarquinium invenisti!” (¡Si eres Lucrecia, como dices, has hallado a tu Tarquino!). Dos milenios y cien civilizaciones atravesó esa línea del favorito de Nerón hasta llegar a una noruega y a un colombiano en York; quién sabe qué destinos y qué ropajes de palabras el ingenio de tiempos venideros le proveerá.

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La recomendada valentía que pregonan quienes felicitan al ajeno coraje prescribe vivir como si se fuese a morir mañana, morir como si se fuese a vivir para siempre. Se nos juzga, falsamente, irreemplazables. Las labores de Hércules fueron imaginadas para las habilidades de un semidiós que aún no había sido concebido; él, y ningún otro, estaba compelido a ellas y a prevalecer sobre ellas. A nosotros nos resta vivir como nuestra modesta fuerza lo permita, morir según nuestra decepcionada soledad sea saciada; somos, sencillamente, inútiles.

Hadrian Bagration

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