Celebración del resarcimiento

Andrea Mantegna: Los triunfos de César, escena IX, 1484-1492. Royal Collection, Hampton Court, Londres.

En una sobremesa muelle discurríamos acerca de cuál es la mejor forma de llevar a cabo esa maravillosa variación del crimen perfecto llamada venganza. A mi derecha se sentaba el maestro Pupko; no ignoraba yo que me superaría en su análisis y hasta en los silencios que se desprendiesen de éste, pero quise ofrecerle una victoria ligeramente esforzada, como el sabor de los postres que acabábamos de probar. Pensé en mencionar el vaso múrrino que Petronio, una vez y tristemente irrevocable su condena a muerte, negó a Nerón, quien esperaba hallarlo en un testamento en su favor, convirtiéndolo en añicos. Me decidí, en su lugar, a relatar la vieja anécdota que recuerda a un Julio César que, en su juventud, fuera capturado por piratas en las costas del Asia Menor, el norte de Mileto, en la isla de Farmacusa.  Los piratas intentaron fijar el rescate de César en veinte talentos; éste protestó que su persona valía por lo menos cincuenta. Durante su cautiverio, César se hacía atender como un príncipe, componía poemas y los leía a esas gentes rústicas; la estupefacción que devolvía el rostro de los piratas provocaba las lamentaciones de César: su mal hado lo llevaba a ser prisionero de bandidos sin cultura ni linaje. Bromeando, mientras la espera por el rescate se prolongaba, César les prometió que una vez libre los haría crucificar. El humor entre el rehén y sus captores se mantenía, así, incólume.

Abonada la suma y liberado César, los piratas se dispusieron al festejo. El joven Julio reunió una flota, sorprendió a los piratas en una bahía, y a quienes sus hombres no asesinaron, hizo crucificar, mientras les recordaba, en medio del tormento, su promesa. Esto es narrado, entre otros, por Plutarco y Velayo Patérculo.

Rembrandt van Rijn: Alejandro el Grande, 1655. Museo Calouste Gulbenkian, Lisboa.

El maestro Pupko había seguido mi relato con intermitencia; sin dudas ya lo conocía y mi versión era inferior a aquéllas que él habría frecuentado. Se extendió sobre su asiento, como si se dispusiese a dormir, y con los ojos bellamente entrecerrados, por fin, habló: “En el año 336 antes de la Era Común, Alejandro fue rey de Macedonia tras la forzosa muerte de Filipo, su padre. Átalo era uno de los dos generales de Filipo al que éste había confiado el mando de la vanguardia en la invasión de Persia; el otro general era Parmenión. Átalo intentó congraciarse con el joven rey remitiéndole las cartas que Demóstenes le había dirigido prometiéndole el oro y el apoyo de los atenienses si se rebelaba contra Alejandro; a pesar de este acto de apresurada lealtad, y quizás acicateado por los celos de Parmenión, quien permaneció incuestionablemente fiel al nuevo y sangriento soberano, Alejandro hizo ejecutar a Átalo, sin condescender a oír sus quejas. Premió a Parmenión y concedió a su hijo Filotas la soberanía sobre los hetairos, los compañeros de Alejandro que conformaban la élite de su caballería. Filotas devino orgulloso, devino suntuoso e incontrolable: las noticias más peligrosas y más exageradas llegaban a oídos de Alejandro: Filotas obligaba a sus cortesanos a comportarse como con el rey, Filotas hacía colocar tapices para que los cascos de sus caballos no tocasen la tierra, Filotas se sentía Alejandro, Filotas conocía la deuda que Alejandro había contraído con su padre desde su ascenso al trono. Tal favor, que era por todos acreditado, tornaba, de algún modo, a Alejandro súbdito de Parmenión y de Filotas.

Derrotados los persas, Alejandro escuchó a las bocas que acusaban a Filotas de traición e hizo descender a éste a las ergástulas; durante noches y días los compañeros y generales de Alejandro lo atormentaron: Pérdicas quemó su cuerpo con antorchas, Erigio quebró sus piernas con martillos, Coeno arrancó sus dientes, Hefestión lo desolló. Filotas suplicó piedad; le fue otorgada a cambio de una confesión, que firmó sin leer. Luego lo acribillaron  a lanzazos. Leonato fue cargado con la misión de hacer pública la dolorosa delación de Filotas: en ella inculpaba, sin malicia,  a su propio padre, Parmenión. Alejandro envió a sus verdugos, y así su otrora bienhechor murió, no sin saber que sucedía por palabras rubricadas por su hijo. Porque… ¿qué mayor venganza que lograr que la sangre traicione a la propia sangre y la carne envíe al cadalso a la propia carne para que así se satisfaga una deuda que era, a los sagrados ojos de todo el imperio, impagable?”

Hadrian Bagration

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