Los amantes

Charles Le Brun: La familia de Darío ante Alejandro, 1660. Musée du Chateau, Versailles.

El 30 de Diciembre de 1845 las hermanas Charlotte y Susan Cushman asombraron a los asistentes a la exótica (en virtud de su fidelidad al original) representación de Romeo and Juliet en el teatro The Haymarket de Londres; Charlotte compuso al heredero del clan de los Montesco; se haría también célebre por interpretar a Hamlet y a una vasta cantidad de papeles masculinos; la delicada Susan labró, durante las ochenta noches en las que el público vitoreó las funciones, la imagen de Julieta. Afiebradas imaginaciones se figurarán entre ambas mujeres ardores inmencionables;  en rigor de verdad, Susan, la menor de las hermanas, pasó de un matrimonio de marido huidizo a la placidez de un hogar apadrinado por un químico. Charlotte sometió a varias amantes antes que una prematura convalecencia la acercara a los cuidados de la escultora Emma Stebbins, no sin antes despedirse de la algarabía de sus fanáticos obsequiando la sorpresa de pisar los escenarios como Lady Macbeth. Reputadas como enormes actrices (Charlotte un tanto más que Susan), las hermanas Cushman no dejaron mayor portento que el recuerdo de fieles espectadores cuyas voces han muerto y de cuyo placer sólo se nos permite concebir justificada existencia. Las obligatorias y adecuadas palabras de amor que se confieren los desgraciados cónyuges de Verona sucedieron en ese lapso que la prensa juzgó dichoso entre dos afectuosas hermanas.

Flavio Arriano quiso, con siglos de antelación y escribiendo con el patrocinio de Adriano, opacar a tanto a Shakespeare cuanto al casi centenar de noches en las que las hermanas Cushman fueron hijas del ingenio de un joven inglés y consortes destinados al martirio. La Anábasis de Alejandro narra que tras doblegar a los generales persas en el Gránico, Alejandro de Macedonia aplastó a Darío en Issos y le hizo huir sin escolta, ni bagaje, ni honor. Tras la catástrofe, Darío había abandonado a su familia, que lo aguardaba con la seguridad de la victoria, en la tienda real. Alejandro y su compañero, Hefestión, penetraron al día siguiente de la batalla en el sollozante refugio de los parientes de Darío. De Hefestión, bastará consignar que su muerte fue asimismo la muerte de Alejandro; Hefestión entró primero en la tienda y las suplicantes manos de Sisigambis, la madre de Darío, que lo confundieron con el rey, se postraron ante él. Los cortesanos le hicieron notar su error, pero Alejandro insistió: No te equivocas, mujer,– y extendió su brazo hacia Hefestión- él también es Alejandro.

Hadrian Bagration

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