Prólogo

Reinaldo Arenas por Jorge Camacho

The Southernmost Point in USA. Así dice el cartel. Qué horror. ¿Y cómo podría decirse eso en español? Claro, el punto más al sur en los Estados Unidos. Pero no es lo mismo. La frase se alarga, pierde exactitud, eficacia. En español no da la impresión de que se esté en el sitio más al sur de los Estados Unidos, sino en un punto al sur. Sin embargo, en inglés, esa rapidez, ese Southernmost Point con esa T levantándose al final nos indica que aquí mismo termina el mundo, que una vez que uno se desprenda de ese point y cruce el horizonte no encontrará otra cosa que el mar de los sargazos, el océano tenebroso. Esas T no son letras, son cruces -mira cómo se levantan- que indican claramente que detrás de ellas está la muerte o, lo que es peor, el infierno. Y así es.” 

El tosco monumento que provocó hace más de veinte años esta expresión de la poesía del pensamiento en Reinaldo Arenas (y que volcara en su obra Adiós a Mamá, y que citara Pío Serrano en el Abecedario de Reinaldo Arenas, Revista Hispano Cubana N° 7, Mayo – Septiembre de 2000, pp. 145 y 146) aún se yergue en las costas de Cayo Hueso, más allá de la península de Florida. Podemos suponer con razonable esperanza de éxito que la muerte y el infierno que espantan a Arenas aun desde unas noventa millas de lejanía son una referencia a cierta isla. Arenas emigró con aliviada desesperación a los Estados Unidos en 1980 y murió por hidalga y propia decisión allí una década después. Su genio, que podía dominar el inglés, idioma que hubiera convenido a su integración, a su difusión y quizás hasta a su empleo, se aferró no obstante al español, que hablaba con ironía y escribía con prodigalidad.

Germán Arciniegas anotó en un ensayo sobre El Quijote que Cervantes, quizás el primer hombre moderno de España que sospechaba que lo era, se movía y hacía mover a su personaje entre la libertad y el miedo en una época en la que ascendía lentamente el sol del mundo secular. No es imposible que Arenas, quien había  soportado durante toda su existencia la incertidumbre de ambos extremos, alternara su enamoramiento por ambas lenguas (y es verosímil incluir el francés, idioma que modestamente admitía manipular) como por dos amantes maravillosas y opuestas que no ignoraban que competían por su talento. En el siglo que corre, el español es, seguramente ante el beneplácito de Cervantes, también la lengua de Borges, escritor a quien Arenas admiraba en nombre de todo autor módico o gigantesco que reconozca con razonada ortodoxia la porfiada influencia de la rigurosa maestría que el ciego magnífico ejerce sobre la azorada legión que se entrena a su sombra.

Borges en Creta

Esta arriesgada colección de relatos ha sido, debo confesarlo, concebida y  repudiada y corregida y osadamente consentida en inglés. Ha sido reescrita en esa resurrección monumental del parco latín, el español; la prolija torpeza de su ejecución constituye, claro está, una traducción temblorosa. No falta razón a Juan José Sebreli cuando afirma que toda lectura es, esencialmente, una traducción y que las diferencias entre los idiomas son secundarias. Es lícito agregar entonces que tal vez toda escritura también lo sea; una conversión a veces infiel de un algo poderoso y profundo, doloroso y feliz que debe traducirse a la galantería y la limitación que nos imponen las lenguas que nos han tocado en suerte. Goethe repudiaba al idioma alemán como inhábil para toda literatura. Intuyo, enseñado por Borges, quien a su vez amaba tanto al idioma de Goethe, que todo escritor y toda aproximación al hecho de la escritura implican la envidia de desear la frecuentación de otra lengua que de lejos vemos más precisa, a la que atribuimos mayor inteligencia y de la que pensamos que nos serviríamos con mejor elegancia y mordacidad. Es ilusión, pero yo tengo para mí que, como en la Kabbalah, algún antiguo rito transmutará cada lengua en un símbolo y que cada símbolo poseerá su secreta variación de la wildeana virtud del encanto.

El lector se sorprenderá hasta el fastidio con la asaz inclemente profusión de temas judíos que puebla este volumen. Llevo al judaísmo en todo lugar, excepto en la sangre; esa carencia es obra de una fatalidad por la que no puedo, en buena fe, ser hallado culpable. Los motivos son varios y vagos: oscilan desde una preferencia personal, una enemistad cuidadosamente cultivada hacia quienes sostienen una visión antagónica, la convicción de que Israel transitó, hasta el inicio de una brevedad que ha durado algo más de sesenta años, la senda del perdedor (la más óptima de las traducciones sufridas por el título de una de las obras de Charles Bukowski, Ham on Rye, y que sólo rivaliza con su par francesa, Souvenirs d’un pas grand-chose, en la superación del original. La contendiente italiana, Panino al prosciutto, es demasiado fiel a la primigenia intención de Bukowski; como toda fidelidad, acaba por ser caninamente tediosa); ese camino, que los habitantes de Sión han padecido desde aun antes de la Diáspora, les condujo a escribir a un poema, del cual la mayoría no tuvo noticia ni se supo coautor, y que se adjudica con certidumbre al escritor William Henley, y cuyos versos menos recordados y menos pomposos son un símbolo de la bienhadada altivez hebrea:

Under the bludgeonings of chance
My head is bloody, but unbowed.[1]

Para Reinaldo Arenas, cuyo talento tampoco sufrió genuflexión, la muerte de Borges significó el fin de una manera grandiosa de ver la literatura como la relación entre el escritor y las palabras desnudas, comunicadas en una lengua en particular pero capaces de sobrevivir al necesario acto de la traducción y seguir transmitiendo, aun con impurezas, la fuerza de la creación encerrada en el símbolo secreto. Arenas, con arrogante humildad, continuó esa tradición que llamamos literatura universal, y en la que incluía, no a sí mismo, sino a un notable compatriota suyo, Lezama Lima. Desde algún Olimpo nos observan, quizás no del todo descontentos. Nosotros, los mortales, nos esforzamos en habitar, de algún modo, en la memoria de esos dioses propicios.

Hadrian Bagration, Mayo de 2011


[1] Bajo los vapuleos del azar
Mi cabeza sangra, pero no se inclina.

Alicia

Balthasar Denner: Retrato de una anciana, ca. 1730. Museo Hermitage, San Petersburgo.

Balthasar Denner: Retrato de una anciana, ca. 1730. Museo Hermitage, San Petersburgo.

Fallece Alicia Jurado en Buenos Aires en los comienzos de Mayo rodeada del habitual y profundísimo analfabetismo de la mayoría de sus compatriotas. Los detalles de su vida y de su obra corresponderán, si los hubiere en  un siempre incierto futuro (y ella merece que los haya), a sus biógrafos; a Alicia Jurado cupieron dos enormes y dichosas distinciones: una de ellas fue la colaboración literaria con Borges; la otra, su amistad, que era quizás la cosa más bella que, después de su producción intelectual, podía esperarse de él. Alicia Jurado la cultivó desde el año 1954, cuando empezaba a derrumbarse el primer tramo de la infame eternidad del peronismo. En 1964, consciente de la perennidad de aquel extremo ciego de esa devoción áurea, Alicia Jurado publicó Genio y figura de Jorge Luis Borges, la primera de la biografías de Borges y probablemente la que narra su vida con mayor encanto. Otros estudios se mostraron más hondos y más eruditos; ninguno transformó al volumen de Alicia Jurado en falaz ni en obsoleto y ninguno supo ni sabrá acometer de igual manera la tarea más olvidada por casi todo biógrafo, que es seducir al lector por la interpósita persona del biografiado.

En 1976 asomó en las librerías de Buenos Aires Qué es el budismo, seguramente el mejor logrado intento de convertir a una religión en un hecho literario desde el convencido agnosticismo de sus autores, Borges y Jurado. De esa hábil sociedad Jurado conservó retazos de la casi ilegible letra manuscrita de Borges. En la vejez del escritor, éste regaló a su amiga una expresión que tal vez la haya acompañado en lustros venideros (la anécdota pertenece al libro The Man in the Mirror of the Book, una biografía de Borges de James Woodall): Borges y Alicia Jurado solían almorzar en un hotel situado frente a la casa de éste; en una ocasión, la conversación versó sobre el parecer de Borges acerca de una mujer. Prosigue Alicia Jurado: “Yo le pregunté: “¿Crees que estás enamorado de ella?”. Borges se sonrojó, y rió como un escolar- no lo admitió ni tampoco lo negó. Se sonrojó, y así era él, a los ochenta y tantos…”

Escribir en español, escribir aceptablemente en español, es parafrasear a Borges. De Luis Alfonso, dueño y anfitrión de la librería La Ciudad, en la que Borges dictó muchas de sus obras tardías, el escritor aseveró que todos los lectores de Buenos Aires le debían algo, y acaso mucho. En lo que respecta a Alicia Jurado y a los lectores de Borges, algo afortunada y copiosamente idéntico sucede.

Hadrian Bagration

Némesis

Alfred Rethel: Némesis, 1837. Museo Hermitage, San Petersburgo.

Es revelado en la página trescientos treinta y tres del volumen Hitler’s Death: Russia’s Last Great Secret from the Files of the KGB de Viktor Vinogradov que hacia 1970 el servicio secreto soviético estaba algo fastidiado con la carga de la custodia de los restos de Adolf Hitler que habían hallado en las inmediaciones del bunker en Berlín y enterrado secretamente en Magdeburgo en 1946; como cediendo a una reiterada petición, el jefe supremo de ese organismo del terror que respondía al nombre de Comité de Seguridad del Estado, Yuri Andropov, ordenó que aquellas nada gloriosas osamentas fueran exhumadas, abrasadas y disueltas, y que el polvo que esas alquimias de justa destrucción devengaron fuese vertido en el Biederitz, uno de los tributarios del Elba. Los seguidores de Hitler, que aún se cuentan por varios millares, devenían así desposeídos para siempre de la posibilidad de rendir honras fúnebres a su mentor. El porvenir se encargará, no obstante, de que todas las tumbas sean apócrifas o anónimas; era y es, en las épocas que corren, un asunto de urgencia que la que correspondía a Hitler se encontrara con ese destino ubicuo antes que las del resto de la humanidad.

Osama bin Laden y algunos de sus secuaces murieron ayer tras sumaria e irreprochable ejecución por crímenes oportunamente confesados, cuyas víctimas fueron, deliberadamente, miembros de la población civil, y de los que, al igual que la soberbia del nazismo, jamás osó dudar de su calidad de santos y necesarios en la jihad que emprendiera contra el Occidente. La labor supuso un esfuerzo que se dilató por una década; no escasearon los protectores de bin Laden, y asombra que pocos hayan sido los logros obtenidos por las sucesivas administraciones de George Walker Bush, cuya familia ostentaba lazos incómodos pero provechosos con magnates saudíes demasiado solícitos en convertir, de grado o por fuerza, a los infieles a la fe de Mahoma. Que el óbito de bin Laden haya acontecido merced a la planificación de los asesores de Barack Obama ayudará a desterrar el mito, tan acicateado por el republicanismo, que sostiene que los demócratas son ínclitos contemporizadores; compensará, quizás, la infortunada estrella de James Carter en su malhadado cometido de liberar a los rehenes de la embajada estadounidense en Irán en 1979.

Otra de las razones que otorga esta buena nueva para el regocijo es que acompaña la desintegración del mundo árabe en tanto nacionalismo tercermundista (de seguir al filofascismo de la ideología del egipcio Gamal Abdel Nasser) o islamismo político, al estilo talibán, con variopintas formas de gangsterismo autocrático en un injusto medio, de imitar a tahúres sangrientos como el sirio Bashir al-Assad o el libio Moammar Gaddafy. Siguen parcialmente incólumes las obtusas monarquías de la península arábiga y la teocracia iraní. Es inútil el oficio de la predicción, pero es de esperar que ninguna de esas rémoras del Medioevo conozca una apacible vejez.

El cadáver de Osama bin Laden fue arrojado en alguna parte de la zona norte del Mar de Arabia, luego de que se cumpliesen apaciguadores (para con sus acólitos) rituales religiosos que a su persona ya nada pueden importarle. Al igual que Hitler, era y es menester privar a bin Laden de obvio sitio de reposo en donde manos torpes escriban mensajes de solidaridad y esperanza de resurrección. Es en la mazmorra eterna de las aguas del Biederitz y del Mar Arábigo que  los deudos de tantos seres humillados, ofendidos, mutilados, torturados y muertos por designio de la inquebrantable malevolencia del fanatismo encuentran tardía retribución.

Hadrian Bagration