Némesis

Alfred Rethel: Némesis, 1837. Museo Hermitage, San Petersburgo.

Es revelado en la página trescientos treinta y tres del volumen Hitler’s Death: Russia’s Last Great Secret from the Files of the KGB de Viktor Vinogradov que hacia 1970 el servicio secreto soviético estaba algo fastidiado con la carga de la custodia de los restos de Adolf Hitler que habían hallado en las inmediaciones del bunker en Berlín y enterrado secretamente en Magdeburgo en 1946; como cediendo a una reiterada petición, el jefe supremo de ese organismo del terror que respondía al nombre de Comité de Seguridad del Estado, Yuri Andropov, ordenó que aquellas nada gloriosas osamentas fueran exhumadas, abrasadas y disueltas, y que el polvo que esas alquimias de justa destrucción devengaron fuese vertido en el Biederitz, uno de los tributarios del Elba. Los seguidores de Hitler, que aún se cuentan por varios millares, devenían así desposeídos para siempre de la posibilidad de rendir honras fúnebres a su mentor. El porvenir se encargará, no obstante, de que todas las tumbas sean apócrifas o anónimas; era y es, en las épocas que corren, un asunto de urgencia que la que correspondía a Hitler se encontrara con ese destino ubicuo antes que las del resto de la humanidad.

Osama bin Laden y algunos de sus secuaces murieron ayer tras sumaria e irreprochable ejecución por crímenes oportunamente confesados, cuyas víctimas fueron, deliberadamente, miembros de la población civil, y de los que, al igual que la soberbia del nazismo, jamás osó dudar de su calidad de santos y necesarios en la jihad que emprendiera contra el Occidente. La labor supuso un esfuerzo que se dilató por una década; no escasearon los protectores de bin Laden, y asombra que pocos hayan sido los logros obtenidos por las sucesivas administraciones de George Walker Bush, cuya familia ostentaba lazos incómodos pero provechosos con magnates saudíes demasiado solícitos en convertir, de grado o por fuerza, a los infieles a la fe de Mahoma. Que el óbito de bin Laden haya acontecido merced a la planificación de los asesores de Barack Obama ayudará a desterrar el mito, tan acicateado por el republicanismo, que sostiene que los demócratas son ínclitos contemporizadores; compensará, quizás, la infortunada estrella de James Carter en su malhadado cometido de liberar a los rehenes de la embajada estadounidense en Irán en 1979.

Otra de las razones que otorga esta buena nueva para el regocijo es que acompaña la desintegración del mundo árabe en tanto nacionalismo tercermundista (de seguir al filofascismo de la ideología del egipcio Gamal Abdel Nasser) o islamismo político, al estilo talibán, con variopintas formas de gangsterismo autocrático en un injusto medio, de imitar a tahúres sangrientos como el sirio Bashir al-Assad o el libio Moammar Gaddafy. Siguen parcialmente incólumes las obtusas monarquías de la península arábiga y la teocracia iraní. Es inútil el oficio de la predicción, pero es de esperar que ninguna de esas rémoras del Medioevo conozca una apacible vejez.

El cadáver de Osama bin Laden fue arrojado en alguna parte de la zona norte del Mar de Arabia, luego de que se cumpliesen apaciguadores (para con sus acólitos) rituales religiosos que a su persona ya nada pueden importarle. Al igual que Hitler, era y es menester privar a bin Laden de obvio sitio de reposo en donde manos torpes escriban mensajes de solidaridad y esperanza de resurrección. Es en la mazmorra eterna de las aguas del Biederitz y del Mar Arábigo que  los deudos de tantos seres humillados, ofendidos, mutilados, torturados y muertos por designio de la inquebrantable malevolencia del fanatismo encuentran tardía retribución.

Hadrian Bagration

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