La sana ignorancia

Base football player…
Shakespeare: King Lear, I, 4

Gonzalo Centelles: Fútbol en el bar, 2006. Colección del autor.

Con excepción de las religiones, pocas cosas habrá menos importantes que los deportes. A horas de comenzar el oprobio de un nuevo (el adjetivo es caprichoso, ya que los certámenes, las compulsas, los cotejos son interminables y permanentes, además de agresivamente invasivos) campeonato de football, del que nada sé y nada quiero saber, se da a conocer la noticia que sin pudor asevera que se han gastado noventa millones de dólares en acondicionar estadios para que el juego se realice en condiciones opíparas. Buena parte de esa fortuna ha sido solventada, afanosa y orgullosamente, por el Estado argentino.

Hace unas cuantas semanas me enfrenté a la obligación de ser testigo de parte en un litigio de familia. La sede de los tribunales a los que debí concurrir, ajena a la ciudad de Buenos Aires (no quiero decir que las dependencias que se hallen bajo la jurisdicción de la capital argentina gocen de mejor salud), era un vergonzante monumento a la negligencia. Nada tenían que ver en ello empleados: con los medios de los que disponían, hicieron lo posible por brindar una atención adecuada. Bastará consignar una sola anécdota: una de las testigos, aquejada por un mal en una de sus piernas, no podía trasladarse por las escaleras, por lo que fue preciso que le fuese tomada declaración en la planta baja del edificio, cuyo aspecto desdecía la circunstancia de hallarse habitado. La razón de esa medida excepcional era el sempiterno estado de reparación del único ascensor, descompuesto desde tiempo inmemorial y muy probablemente fuera de servicio hasta el fin de los tiempos, salvo hechicerías de corta duración. A quienes supongan que tal incomodidad es sólo una molestia pasajera, deberá recordárseles que la situación de la Justicia, tanto en su ecuanimidad cuanto en su celeridad y eficacia, contra las que conspiran la condición de constante abandono (así como en hospitales, escuelas, refugios y hasta en viviendas para personas que sólo cuentan a la hora de emitir un voto), habla a las claras de la calidad de una nación. Nada importa que la Argentina supere a muchos países en esta competencia de la miseria; en comparación a su propio prestigio, a la dignidad de sus habitantes y la potencialidad de sus instituciones, este país se hunde en el más apesadumbrado de los aplazos.

Poco de esto constituiría una cotidiana tragedia de no ser por la carencia absoluta de voluntad en la que la dirigencia nacional, sea gobierno u oposición, el empresariado y la población en general caen si la inversión no da de lleno en la optimización de los recursos de los que disponen el deporte y, tal vez, la banalidad de la farándula. Los alumnos de las escuelas públicas deben amotinarse para que los establecimientos sean dotados de las características mínimas para su subsistencia; los hospitales públicos deben recurrir a la generosidad de los profesionales de la salud para contar con pertrechos y hasta con medicamentos. Noventa millones de dólares (si no más) a ser dilapidados por capitales públicos cuanto privados fueron conseguidos en un santiamén para la remodelación de estos módicos coliseos.

Leo en la página ciento veintitrés de Los cuadernos de don Rigoberto, de Mario Vargas Llosa, una original Diatriba contra el deportista: “… y no se pierde partido de la selección nacional, ni el clásico Alianza Lima versus Universitario de Deportes, ni campeonato de boxeo por el título sudamericano, latinoamericano,  estadounidense, europeo o mundial, ocasiones en que, atornillado frente a la pantalla del televisor y amenizando el espectáculo con tragos de cerveza, cubalibres o whisky a las rocas, se desgañita, congestiona, aúlla, gesticula o deprime con las victorias o fracasos de sus ídolos, como corresponde al hincha antonomásico…  No conozco mentira más abyecta que la expresión con que se alecciona a los niños “Mente sana en cuerpo sano”. ¿Quién ha dicho que una mente sana es un ideal deseable? Sana quiere decir, en este caso, tonta, convencional, sin imaginación y sin malicia, adocenada por los estereotipos de la moral establecida y de la religión oficial. ¿Mente sana, eso? Mente conformista, de beata, de notario, de asegurador, de monaguillo, de virgen y de boyscout. Eso no es salud, es tara.

Y sin embargo, el football se seguirá jugando a vida o muerte, los deportes seguirán reinando, los tribunales, las escuelas y los hospitales continuarán derruyéndose, los estadios proseguirán su existencia de califas en medio de cuidados sólo interrumpidos por la frecuencia de los desbordes de los fanáticos. De tanto en tanto, claro está, las autoridades se sorprenderán y se azorarán con nuestra tosquedad y con nuestra ignorancia. Pero, al fin, estarán satisfechas y agradecidas por ellas.

Hadrian Bagration

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2 comentarios en “La sana ignorancia

  1. Doy fe de la estricta verdad en lo que refiere HADRIAN en relación con el estado de la justicia. Mi dilatada experiencia durante 32 años en Tribunales me permite corroborar el lamentable y paulatino deterioro del engranaje judicial. Adhiero también a su aversión hacia el football, que genera la peligrosa raza de los fanáticos a ultranza. Mariel

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