Pampa Mar

“Todos los lectores de Buenos Aires le debemos algo y acaso mucho.”
Jorge Luis Borges sobre Luis Alfonso, fundador de la librería La Ciudad

 

William Fettes Douglas: El refugio del bibliófilo, 1891. Colección privada.

No contaría yo con años que me habilitaran a la inexperta consumación del amor cuando conocí, en una calle módicamente populosa de una ciudad de provincias, a Carlos Viglizzo.  Yo me había iniciado en el hedónico hábito de la lectura y ansiaba poseer, como casi cualquier ávido aprendiz, la totalidad de los volúmenes del orbe. La librería Pampa Mar era, para los que buscábamos, rivalizando silenciosamente entre sí, el mediato contacto con todo autor que se nos antojara de renombre, una suerte de Olimpo cuyo acceso no estaba vedado a mortal alguno. La primera mañana que pisé el edén que regía Carlos Viglizzo, un hombre algo grueso, ya mayor, de cabellos añosos y voz pausadamente culta, pedí, para impresionarlo, torpe y temblorosamente, un ejemplar de alguna obra de Verlaine. Viglizzo accedió con un leve asentimiento y rebuscó una copia de Poèmes Saturniens en edición bilingüe. El precio, que era sideral, me desconcertó, pero Viglizzo se avino a una rebaja y a la recomendación de remitirme a la obra de Rubén Darío, cuya poesía,  Viglizzo enseñó,  es heredera de aquélla de Verlaine. Recitó, con la memoria prodigiosa de mester de librerías que era sola propiedad suya, unos versos de Lo fatal:

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente
.

Mi impresión de Carlos Viglizzo, en épocas en las que lo rozaba cierta decrepitud, fue la de un hombre que ha rendido sitio al cansancio y a cierta indiferencia ante su propia suerte. Fue beneficiario de un vasto saber, editor, mecenas y generoso acogedor de las artes. Alguien recordará que en el lejano año de 1949 Viglizzo ofició de anfitrión en el agasajo que se le otorgó al escritor  Ezequiel Martínez Estrada cuando decidió mudar de domicilio y abandonar Buenos Aires. Pampa Mar había sido, antes de la lenta declinación, un área en donde los libros se saboreaban como sábados que transcurren junto a las personas que han consentido en amarnos y de las que somos, como lo somos de esos libros degustados en la soledad de un sillón sin premuras, mansos dueños. Haberlo frecuentado cuando se aproximaba su final forjó en mí la débil pasión de sentir que había extraviado algo (su compañía, su conversación, su ámbito) que en realidad no había poseído nunca.

Carlos Viglizzo murió a mediados de la década de los noventa. Su librería prolongó en los avatares del tiempo la decadencia argentina. Hoy sé que tras años de malos libros, de magras ventas y de indiferentes lectores Pampa Mar ha dejado de existir, y con ella, el legado que Carlos Viglizzo quizás deseó dejar a una opaca ciudad que difícilmente lo mereciera. La muerte de una librería y la visión del frío espacio que ceden los desaparecidos libros que alguna vez esperaron en elegantes o rudos anaqueles la mano que viniese a concederles vida nos ensombrece siempre con la tristeza que emana como de una tumba.  Habrá de sucederla algún cafetín, alguna venta de baratijas o algún establecimiento de calzado o ropa deportiva. La Historia, que no es sino el cúmulo cronológico de nuestra pobreza, sigue su curso.

Hadrian Bagration

 

Los estragos lentos

Ignacio Manzoni: El asado, 1871. Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

“La cuñada de Su Excelencia el Restaurador de las Leyes estaba de audiencia, en su alcoba; y la sala contigua, con su hermosa estera de esparto blanco con pintas negras, estaba sirviendo de galería de recepción, cuajada por los memorialistas de aquel día.

Una mulata vieja, y de cuya limpieza no podría decirse lo mismo que de la ama, por cuanto es necesario siempre decir que las amas visten con mas aseo que las criadas, aun cuando la regla puede ser accesible a una que otra excepción acá o allá, hacía las veces de edecán de servicio, de maestro de ceremonias y de paje de introducción.

Parada contra la puerta que daba a la alcoba, con una mano agarrado tenía el picaporte, en señal de que allí no se entraba sin su correspondiente beneplácito, y con la otra mano recibía los cobres o los billetes que, según su clase, le daban los que a ella se acercaban en solicitud de obtener la preferencia de entrar de los primeros a hablar con la señora Doña María Josefa Ezcurra. Y jamás audiencia alguna fue compuesta y matizada de tantas jerarquías, de tan varios colores, de tan distintas razas.

Estaban allí reunidos y mezclados el negro y el mulato, el indio y el blanco, la clase abyecta y la clase media, el pícaro y el bueno; revueltos también entre pasiones, hábitos, preocupaciones y esperanzas distintas.

El uno era arrastrado allí por el temor, el otro por el odio; uno por la relajación, otro por una esperanza, otros en fin por la desesperación de no encontrar a quien ni en dónde recurrir en busca de una noticia, o de una esperanza sobre la suerte de alguien caído en la desgracia de Su Excelencia. Pero el edecán de aquella emperatriz de un nuevo género, si no es en nosotros una profanación escandalosa el aplicar ese cesáreo nombre a la señora Doña María Josefa, tenía fija en la memoria su consigna, y cuando salía de la alcoba la persona a quien hacía entrar, elegía otra de las que allí estaban, siguiendo las instrucciones de su ama, sin cuidarse mucho de las súplicas de unos, y de las reclamaciones de otros, que habían puesto en su mano alguna cosa para conquistar la prioridad en la audiencia: y era de notarse que precisamente la audiencia no se daba a aquellos que la solicitaban, sino a los que nada decían ni pedían, por cuanto estos últimos habían sido mandados llamar por la señora, en tanto que los otros venían en solicitud de alguna cosa.”

José Mármol: Amalia (1844). Editorial Espasa-Calpe, Colección Austral, Madrid, 1969.

 

“La obra tan elogiada de la Fundación Eva Perón, por sus buenas intenciones de resolver problemas mínimos entre sectores desamparados de la sociedad, merece serios reparos en cuanto a los métodos y los móviles.  El salón rococó del Palacio del Concejo Deliberante se había transformado en una corte de milagros de pobres y desclasados, más que de trabajadores. Evita repartía máquinas de coser, colchones, bicicletas, muñecas, vestidos de novia y siempre daba algunos pesos sacados de un montón de billetes que sus ayudantes renovaban permanentemente.

Cuando recorría las provincias en tren, desde la ventanilla arrojaba al voleo paquetes a la multitud, que se atropellaba para recogerlos y, en alguna ocasión, las avalanchas provocaban heridos. Copi, en su pieza teatral, parodiaba esos rituales de don: la mostraba regresando de una villa miseria, desnuda y en taxi, porque había repartido hasta su ropa y su auto. Néstor Perlongher  la hacía descender del cielo y la ponía a repartir marihuana entre los pobres.

Desde la Fundación, Evita imponía la idea de que todos los problemas se solucionaban por arte de magia o por la generosidad de un gobernante, pero más grave fue hacer pensar que los beneficios no eran derechos que debían reclamarse al Estado, sino favores personales otorgados por ella. Visitantes de prestigio o huéspedes del extranjero asistían al ritual frente a las siempre presentes cámaras de los fotógrafos de prensa y de los noticieros cinematográficos. Los pobres seguirían siendo tan pobres como antes, pero nunca más olvidarían a esa hada bella y buena que había satisfecho en el acto sus deseos o necesidades inmediatas.”

Juan José Sebreli: Comediantes y mártires. Ensayo contra los mitos. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2008.

 

Eugenia Belin Sarmiento: Domingo Faustino Sarmiento, 1887. Museo Histórico Sarmiento, Buenos Aires.

“Pero todos están de acuerdo, y esto sin intención y sin estudio, en que los caminos públicos vayan desapareciendo; los salteadores se propaguen por los campos; las escuelas estén desiertas; los correos del comercio suprimidos; la justicia abandonada al capricho de jueces estúpidos o imbéciles; la prensa enmudecida, si no es para vomitar contra los salvajes injurias soeces, o elogios serviles al Restaurador; las costumbres descendiendo a la barbarie; el cultivo de las letras despreciado; la ignorancia hecha un título de honor; el talento perseguido… ¡Hacen bien! Cualquiera de estos gobernadores, que mostrase capacidad, interés por el bien público, espíritu organizador, deseo de moverse y obrar, no la había de penar muy lejos, porque no son estas cualidades las que los mantienen en la gracia del soberano. La barbarie de las masas elevó al Dictador, y la pobreza y la ignorancia de las provincias lo sostienen contra todos los ataques. Los pueblos mejor gobernados apenas notan su decadencia y retroceso. El despotismo, aun ejercido por hombres buenos, es para los pueblos lo que la tisis para el cuerpo: el enfermo no siente dolor alguno, come, ríe, baila sin cuidado, nada le duele, sólo el físico ve los estragos lentos que la muerte va haciendo, y los pasos con que se encamina sin zozobra hacia la tumba.”

Domingo Faustino Sarmiento: Vida de Aldao, gobernador de Mendoza (1845). Editorial Argos, Buenos Aires, 1947.

La sombra

Eugène Delacroix: Milton dictando "El paraíso perdido" a sus hijas, 1826. Colección G. H. Hamilton, Williamstown, Massachusetts.

Philip Spitta, el biógrafo más frondoso de Johann Sebastian Bach, es quien nos acerca este pequeño asombro: su vista fatigada, en el invierno que precedió a su muerte Bach se sometió a dos rústicas operaciones en sus ojos para morigerar los pesares de su visión; ninguna tuvo éxito. Ciego y un tanto olvidado por la sorda volubilidad de sus contemporáneos, Bach muere lentamente, al igual que se extingue la suprema majestad del barroco, ignorando que es, como todos los hombres, la prefiguración de un destino amargo y común a tantos hombres: la soledad, la miseria, la ceguera, la enfermedad, la muerte; de todas ellas puede forjarse un conjunto que en el declive vital de los asuntos humanos bien podría denominarse la sombra. No asaltó a Bach en sus años últimos la soledad y su hogar, si bien modesto, estaba bien provisto; su desdicha consistió más bien en una fama disgregada y módica y el afianzado avance de la ceguera. No a otra cosa aludió John Milton al componer un soneto que desconocía, involuntariamente, la música de Bach :

When I consider how my light is spent,
E’re half my days in this dark world and wide,
And that one Talent which is death to hide
Lodg’d with me useless, though my Soul more bent
To serve therewith my Maker, and present
My true account, least he returning chide,
Doth God exact day-labour, light deny’d,
I fondly ask?

(Traduce magnánimamente Jorge Perednik:

Cuando pienso que mi luz se ha gastado
Y hay noche antes de promediar mi día
Y oculta y muerta esa moneda mía
Me hallo inepto, aunque mi alma se ha inclinado
Tras ello a servir a Dios y ha abjurado
De culpas por ganar Su Simpatía,
Pregunto: “¿Qué trabajo él mandaría
Si me niega luz?”)

Milton, ciego y enfermo de vejez, dictó a sus amanuenses la segunda parte de Paradise Lost (Paradise Regained), tras la que incluyó una tragedia en verso en la cual ocupaba el lugar del cegado, humillado y desposeído Sansón, preso de los filisteos:

Thou art become (O worst imprisonment!)
The Dungeon of thy self; thy soul
(Which men enjoying sight oft without cause complain)
Imprisoned now indeed,
In real darkness of the body dwells,
Shut up from outward light
To incorporate with gloomy night
For inward light, alas,
Puts forth no visual beam

(Samson Agonistes, 155-163)

(Te has convertido (¡oh, cruel confinamiento!)
 En la Mazmorra de ti mismo; tu alma,
(Por la que hombres que gozan de la vista a menudo sin causa gimen)
Por completo encarcelada hoy,
Habita en total oscuridad tu cuerpo,
Oculta de la luz exterior
Y se funde con la lúgubre noche,
Porque nuestra interna luz, oh, desgracia,
No ofrece un haz visible.) 

La primera de las estrofas de Milton (When I consider how my light is spent) es merecedora de un sombrío nombre: On his blindness (Sobre su ceguera). Borges juzgó tan apropiado ese título que dos de sus poemas lo calcan: On his blindness aparece en El oro de los tigres (1972) y en Los conjurados (1985). Ninguno de esos versos posee (¿de qué virtud, nos atrevemos a inquirir, carece un verso de Borges?) la lánguida tristeza de Lo perdido:

¿Dónde estará el perdido
antepasado persa o el noruego,
dónde el azar de no quedarme ciego,
dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy?  

Elias Gottlob Haussmann: Johann Sebastian Bach, 1746. Altes Rathaus, Leipzig.

Spitta informa que los meses finales de Bach transcurren sin alborozo y envueltos en la rudeza de la tiniebla, a la que, impotente, había dedicado el resignado hábito de la costumbre. El 18 de Julio de 1750 Bach despierta del sueño de la noche para proseguir el sueño de la ceguera cuando descubre, quizás con una mezcla de exaltación y de pavor, que ha vuelto a ver; son suyos otra vez los reconocidos rostros y los habituales impedimentos y los enseres. Manos amables acercan a sus ojos débiles la cara de uno de sus nietos. Ordena a su yerno que tome el dictado del coral en el que había estado trabajando hasta que se sumió en la sombra: Wenn wir in höchsten Nöthen sein (Cuando estemos en profunda necesidad); desde allí  la composición vira a Vor deinen Thron tret’ ich hiermit (Ante tu trono me presento); ambas obras se preservan bajo el mismo número de catálogo (Bach-Werke-Verzeichnis 668 para ésta y 668ª para la anterior).  Poco después se duerme y muere diez días más tarde, tal vez feliz.  Por un siglo y medio su tumba se perderá (como un día se perderán todas las tumbas) Recuperado en 1894, su féretro reposa hoy en la iglesia de Santo Tomás en Leipzig.

De esa breve ceguera, que sólo duró unas cuantas lunas, debemos a Bach dos piezas magníficas; a John Milton, los paraísos que cimentaron la fama de un dios taciturno y adusto y también la suya propia, que admiró William Blake. Mármol y Groussac ya habían encontrado su destino cuando entraron en la penumbra. Honoré Daumier asistió bajo el silencio de la ceguera a la primera exposición que se hizo de su arte;  viviría seis años preso de la inhabilidad que implica la crueldad del oxímoron de ser un artista ciego. Galileo, que murió aplastado por la Inquisición, sufrió ceguera durante sus últimos cuatro años. Jean-Paul Sartre oscureció durante sus finales siete.  ¿Qué será de mis años si es que alguna vez me alcanza la sombra, yo, que tan poco tengo para ofrecer a cambio de ese error que santifica a tanto y a tantos, el sufrimiento?

Hadrian Bagration