Los estragos lentos

Ignacio Manzoni: El asado, 1871. Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

“La cuñada de Su Excelencia el Restaurador de las Leyes estaba de audiencia, en su alcoba; y la sala contigua, con su hermosa estera de esparto blanco con pintas negras, estaba sirviendo de galería de recepción, cuajada por los memorialistas de aquel día.

Una mulata vieja, y de cuya limpieza no podría decirse lo mismo que de la ama, por cuanto es necesario siempre decir que las amas visten con mas aseo que las criadas, aun cuando la regla puede ser accesible a una que otra excepción acá o allá, hacía las veces de edecán de servicio, de maestro de ceremonias y de paje de introducción.

Parada contra la puerta que daba a la alcoba, con una mano agarrado tenía el picaporte, en señal de que allí no se entraba sin su correspondiente beneplácito, y con la otra mano recibía los cobres o los billetes que, según su clase, le daban los que a ella se acercaban en solicitud de obtener la preferencia de entrar de los primeros a hablar con la señora Doña María Josefa Ezcurra. Y jamás audiencia alguna fue compuesta y matizada de tantas jerarquías, de tan varios colores, de tan distintas razas.

Estaban allí reunidos y mezclados el negro y el mulato, el indio y el blanco, la clase abyecta y la clase media, el pícaro y el bueno; revueltos también entre pasiones, hábitos, preocupaciones y esperanzas distintas.

El uno era arrastrado allí por el temor, el otro por el odio; uno por la relajación, otro por una esperanza, otros en fin por la desesperación de no encontrar a quien ni en dónde recurrir en busca de una noticia, o de una esperanza sobre la suerte de alguien caído en la desgracia de Su Excelencia. Pero el edecán de aquella emperatriz de un nuevo género, si no es en nosotros una profanación escandalosa el aplicar ese cesáreo nombre a la señora Doña María Josefa, tenía fija en la memoria su consigna, y cuando salía de la alcoba la persona a quien hacía entrar, elegía otra de las que allí estaban, siguiendo las instrucciones de su ama, sin cuidarse mucho de las súplicas de unos, y de las reclamaciones de otros, que habían puesto en su mano alguna cosa para conquistar la prioridad en la audiencia: y era de notarse que precisamente la audiencia no se daba a aquellos que la solicitaban, sino a los que nada decían ni pedían, por cuanto estos últimos habían sido mandados llamar por la señora, en tanto que los otros venían en solicitud de alguna cosa.”

José Mármol: Amalia (1844). Editorial Espasa-Calpe, Colección Austral, Madrid, 1969.

 

“La obra tan elogiada de la Fundación Eva Perón, por sus buenas intenciones de resolver problemas mínimos entre sectores desamparados de la sociedad, merece serios reparos en cuanto a los métodos y los móviles.  El salón rococó del Palacio del Concejo Deliberante se había transformado en una corte de milagros de pobres y desclasados, más que de trabajadores. Evita repartía máquinas de coser, colchones, bicicletas, muñecas, vestidos de novia y siempre daba algunos pesos sacados de un montón de billetes que sus ayudantes renovaban permanentemente.

Cuando recorría las provincias en tren, desde la ventanilla arrojaba al voleo paquetes a la multitud, que se atropellaba para recogerlos y, en alguna ocasión, las avalanchas provocaban heridos. Copi, en su pieza teatral, parodiaba esos rituales de don: la mostraba regresando de una villa miseria, desnuda y en taxi, porque había repartido hasta su ropa y su auto. Néstor Perlongher  la hacía descender del cielo y la ponía a repartir marihuana entre los pobres.

Desde la Fundación, Evita imponía la idea de que todos los problemas se solucionaban por arte de magia o por la generosidad de un gobernante, pero más grave fue hacer pensar que los beneficios no eran derechos que debían reclamarse al Estado, sino favores personales otorgados por ella. Visitantes de prestigio o huéspedes del extranjero asistían al ritual frente a las siempre presentes cámaras de los fotógrafos de prensa y de los noticieros cinematográficos. Los pobres seguirían siendo tan pobres como antes, pero nunca más olvidarían a esa hada bella y buena que había satisfecho en el acto sus deseos o necesidades inmediatas.”

Juan José Sebreli: Comediantes y mártires. Ensayo contra los mitos. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2008.

 

Eugenia Belin Sarmiento: Domingo Faustino Sarmiento, 1887. Museo Histórico Sarmiento, Buenos Aires.

“Pero todos están de acuerdo, y esto sin intención y sin estudio, en que los caminos públicos vayan desapareciendo; los salteadores se propaguen por los campos; las escuelas estén desiertas; los correos del comercio suprimidos; la justicia abandonada al capricho de jueces estúpidos o imbéciles; la prensa enmudecida, si no es para vomitar contra los salvajes injurias soeces, o elogios serviles al Restaurador; las costumbres descendiendo a la barbarie; el cultivo de las letras despreciado; la ignorancia hecha un título de honor; el talento perseguido… ¡Hacen bien! Cualquiera de estos gobernadores, que mostrase capacidad, interés por el bien público, espíritu organizador, deseo de moverse y obrar, no la había de penar muy lejos, porque no son estas cualidades las que los mantienen en la gracia del soberano. La barbarie de las masas elevó al Dictador, y la pobreza y la ignorancia de las provincias lo sostienen contra todos los ataques. Los pueblos mejor gobernados apenas notan su decadencia y retroceso. El despotismo, aun ejercido por hombres buenos, es para los pueblos lo que la tisis para el cuerpo: el enfermo no siente dolor alguno, come, ríe, baila sin cuidado, nada le duele, sólo el físico ve los estragos lentos que la muerte va haciendo, y los pasos con que se encamina sin zozobra hacia la tumba.”

Domingo Faustino Sarmiento: Vida de Aldao, gobernador de Mendoza (1845). Editorial Argos, Buenos Aires, 1947.

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Un comentario en “Los estragos lentos

  1. Similitud de opiniones vertidas por personajes célebres que configuran la ingrata y reiterada realidad. Huelgan los comentarios, salvo elogiar como siempre la memoriosa excelencia de la pluma de HADRIAN.

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