El hijo varón

Pablo Picasso: Desnudo azul, 1902. Colección privada.

La historia me fue relatada en Nueva York, unos once años después de la muerte de Reinaldo Arenas, en las postrimerías de una celebración familiar. Quien la contó no mendigaba el asombro, sino simplemente unas horas de afecto y la mendaz promesa de un reencuentro. En Cuba, meses antes de la revolución, una mujer se emplea como criada en una casa rica. Los propietarios le dispensan un trato rudo pero amistoso, como a un animal. La caída de Batista los hace huir del país. La mujer recibe sola en la finca a las tropas de Castro, que no eran sino chiquillos. La nombran heroína de la revolución, corrigen su analfabetismo y le otorgan un mal remunerado empleo público. Poco después casa con un hombre dedicado a las labores del campo. Da a luz a un hijo, pero a los pocos años el pequeño cae a un pozo destinado a brindar agua a los animales y se ahoga. Es enterrado en medio del dolor general. Por años la mujer busca la justa sustitución, pero es a una hija a quien concibe esta vez. El esposo, en tanto, enferma y muere.

Crece la hija de la mujer, y en premio a su inteligencia y a su afán, y a la condición de heroína de la revolución de su madre, se le permite el ingreso a la carrera de medicina. Se gradúa con honores y es enviada a un hospital público, por lo que debe mudar de localidad.  A su vez, casa y tiene un hijo, al que la abuela, su madre, ve como la añorada compensación por el niño muerto bajo las aguas. La doctora avanza en su labor, y llega a dirigir una sección entera del hospital. El niño crece, vigilado y mimado por su abuela, hasta convertirse en un avezado estudiante de ingeniería. La vida transcurre apacible más allá de los vaivenes políticos y de los largos discursos; una sensación de rústico bienestar invade diariamente a la familia. Es entonces que la doctora cede a la tentación: se le ordena descuidar la atención de un grupo de disidentes que ha sido duramente golpeado en una protesta contra el régimen y que ha buscado refugio en el hospital. La mujer desobedece y alerta a su personal para que no escatime cuidados. Es separada de su derecho a ejercer y se la envía, casi como a su padre, a instruirse en humildad en un campo de trabajo. Su hijo integra ahora las listas negras; deambula por las calles de cualquier ciudad sin que le sea permitido hallar empleo. El marido de la médica, para evitar la desesperación de su suegra, que ha perdido la vista y que se contenta con tener en sus manos la fotografía de su nieto, oculta las nuevas a la mujer y en toda ocasión afirma que los asuntos de ambos marchan bien.

Un día el joven ingeniero se entera de que un grupo de amigos planea huir, como tantos miles de otros, en una balsa. Decide correr el riesgo y se juramenta como miembro de la confabulación. Parten esa misma noche, pero el océano exige su tributo: él no llegará a las costas de la Florida; muere, al igual que el primer hijo de su abuela, ahogado. Cuando la policía secreta nota su ausencia, va en busca del padre para arrestarlo. Éste, al verlos llegar, se abre la garganta. La médica, cuya obligación es la de apacentar la salud de los cerdos y las aves de corral de una granja que debe defender su cuota de producción, tardará años en enterarse de que su esposo y su hijo han muerto.

Sólo queda la abuela, antigua criada, liberada de la sumisión gracias a la buena voluntad  de Castro, a quien venera y llama con confianza Fidel, aferrando la foto de su nieto y esperando, sola en su casa y ciega, alguna noticia.

Hadrian Bagration