El ídolo de pólvora

Soma Orlai Petrich: Ms. Perényi recogiendo los muertos tras la batalla de Mohács, ca. 1860. Galería Nacional Húngara.

Apenas ayer, dos individuos vestidos con atuendos ridículos y cargados hasta los dientes con armas de fuego  irrumpieron en un cinematógrafo en donde se exhibía una cinta de acción. Dieron muerte a una docena de personas; hirieron malamente a muchas más. El lugar es Denver, una ciudad de provincias en los Estados Unidos. La razón no es vaga, sino que procede de la cerril fascinación del pueblo estadounidense con el aparentemente magnético poder de rifles y revólveres. Sus producciones cinematográficas concuerdan, en gran medida, con esta afición por la balacera.

Apenas cuatro años atrás, desde la humildad de la mera opinión, escribí para la página virtual del extinto programa Raza Paria las siguientes líneas:

El ídolo de pólvora

“”I’d rather be judged by 12 than carried by 6” (Prefiero ser juzgado por 12 que enterrado por 6) es una frase repetida hasta la náusea por aquellos ciudadanos estadounidenses que se declaran ferozmente en favor de la Segunda Enmienda de la Constitución de su país, la cual los autoriza a adquirir, cobijar y, de ser necesario, utilizar armas de fuego en defensa propia, de sus familias y de sus bienes. Los números hacen alusión a los doce miembros de un jurado ante el que serían llevados en caso de que debieran rendir cuentas de su decisión de herir o matar, y a las seis personas allegadas al muerto a las que tradicionalmente se les encomienda cargar con el peso del ataúd hasta el sitio de descanso final, si es que el desdichado en cuestión, desamparado por un Estado indiferente a los derechos de los contribuyentes, ha caído víctima de la delincuencia.” 

“El jueves 26 de Junio la Corte Suprema de los Estados Unidos declaró perfectamente constitucional la posesión de un arma cargada en el domicilio particular y su portación en forma segura. Los estadounidenses rara vez concuerdan con esta cándida interpretación de los altos jueces. Así como muchas naciones en vías de lento desarrollo hacen desfilar por los medios de comunicación escandalosos episodios de corrupción y desgobierno, la sociedad americana, quizás frívolamente, exhibe la masacre suya de cada temporada: desde la acontecida en la Universidad de Texas en Austin en 1966, con 18 muertes, hasta  la de Northern Illinois en Febrero de este año, la cual acabó con seis vidas. En medio de estos dos límites del terror figuran más de medio centenar de casos; de entre ellos, las escalofriantes matanzas de Columbine, en 1999 en Colorado, y la de Virginia Tech, en el estado del mismo nombre, en 2007. El saldo total combinado fue de 48 cadáveres.”

“Para muchos estadounidenses, las armas de fuego no constituyen un último recurso de autodefensa, sino una suerte de ídolo totémico al que puede recurrirse para hallar alivio ante una frustrante situación límite de índole política, laboral, académica, familiar, sexual o de simple revancha contra un sistema considerado veleidoso y hasta olvidadizo de las despreciadas virtudes del jalador del gatillo. El tributo, pagado en moneda de sangre, ostenta a partir de estos días debido y legal permiso.

La fecha de composición de este breve texto fue el 30 de Junio de 2008. Unas cuantas semanas más tarde (suelo ser descuidado con las fechas), otro de los casi permanentes tiroteos volvió a suceder. Anoté, entonces, la reflexión que sigue:

Desde que la Corte Suprema de los Estados Unidos convalidó la tenencia y portación de armas de fuego como corolario del caso District of Columbia v. Heller el 26 de Junio de este año, se produjo al menos un hecho de sangre que, de no regir las irracionales leyes que apañan la idolatría del revólver en la mayoría de los estados, hubiera podido evitarse. Sucedió en la ciudad de Knoxville, en Tennessee, en una rama local de la Iglesia Unitaria Universalista. Docenas son las diferentes especializaciones y subdivisiones de las distintas denominaciones protestantes que operan en la ventilada hospitalidad del paisaje sureño. La Iglesia Unitaria Universalista es conocida por ciertos exotismos que otras manifestaciones más conservadoras del protestantismo observan con incomodidad: la práctica abierta de un marcado sincretismo religioso basado en enseñanzas tomadas del judaísmo, el budismo, el ecologismo y demás credos hacen de esta iglesia un paradigma de lo que en al análisis de las religiones comparadas se denomina, para alarma de muchos, post-cristianismo.”

“Naturalmente, no ha de haber muchos fieles a esta denominación que sostengan ideas extremadamente ligadas al conservadurismo. En efecto, así es: la Iglesia Unitaria Universalista apoya los movimientos por los derechos civiles, las orientaciones sexuales heterodoxas, el ambientalismo, la igualdad entre los géneros y la separación entre la iglesia y el Estado. En rigor de verdad, no parece una iglesia cristiana; tal vez no lo sea. Su liberalismo notable bien pudo haber sido la razón por la cual James Adkisson, un desempleado de 58 años, en posesión de una escopeta legalmente adquirida en virtud del disparate jurídico de una nación que castiga la solicitación callejera pero permite a sus ciudadanos comparar precios y bondades de fusiles de asalto como si se tratase de botas de lluvia en una liquidación estacional, disparara contra un grupo de feligreses que presenciaba una obra infantil, el último 27 de Julio. Dos personas murieron, cinco fueron heridas de gravedad, varias más sufrieron lesiones menores. Contrariamente a lo que suele acontecer en estos previsibles episodios, Adkisson no se suicidó ni fue muerto por la policía, ya que un sector de las personas sobre las que disparaba lo enfrentó y logró reducirlo. Interrogado por las autoridades, Adkisson admitió que había perpetrado el ataque a sabiendas de que la Iglesia Unitaria Universalista suma sus esfuerzos a los de otras organizaciones que combaten la segregación racial, el sexismo, la homofobia, la xenofobia y la pobreza. Culpó de su ajustada situación económica especialmente a los homosexuales. Su razonamiento no se nos antojará tan ridículo si cotejamos sus palabras con las del director de la asociación civil Repent America (Arrepiéntete Estados Unidos), Michael  Marcavage, para quien los destrozos provocados por el huracán Katrina fueron el resultado de la ira divina causada por la perversión sexual de algunos (muchos) de los habitantes de New Orleans. Es harto fácil constatar la equivocación de esta meteorología homofóbica: el Barrio Francés, el más asociado a la decadencia gay en la ciudad del jazz, fue, con mucho, el menos afectado por el paso del tifón.”

“Es dudoso que personajes de la calaña de Jerry Falwell (quien anunciara al mundo que el origen de los actos terroristas del 9/11 debía buscarse en las feministas, los abortistas, los pecadores de toda laya y –ocioso es aclararlo- los homosexuales), Pat Robertson, Pat Buchanan y otros orondos miembros de la ultraderecha religiosa se detengan a reflexionar sobre el horror de sus palabras y sobre el mensaje de odio y violencia que inevitablemente calará en los más mentalmente inestables de entre sus seguidores. Menos claro aún es imaginar a alguno de los doctos magistrados que colocaron un arma en las canallescas manos de James Adkisson para que éste abriera fuego sobre una comunidad mayormente compuesta por mujeres, ancianos y niños, lamentándose porque, en buen romance, ayudaron al asesino a jalar el gatillo.” 

Hoy, menos de un lustro después, la matanza americana de cada temporada no deja de acontecer con fría y puntual ritualidad.

Hadrian Bagration

 

 

 

 

Morir en Farsalia

John Clark Ridpath: Pompeyo huye de Farsalia, 1894.

Un hombre en los albores de la inexorable madurez es abandonado por su amante. Nada nos es dado saber acerca de las causas de la separación o de sus justificaciones o mezquindades; suponemos apenas que el abandonado pasó de la honda y breve desesperación al interregno de la desazón y del reproche y de allí a la interminable resignación y a la inútil lentitud del olvido. Para atenuar la soledad que lo circunda, casa con una mujer que le da varios hijos, por los que conservará algún afecto. Una tarde oye que un gentío se congrega alrededor de unos hombres que distribuyen alimentos y dineros, y que prometen más a quienes se alisten en la facción de Cayo Julio César en la guerra civil, cuyas razones desconoce y, además, le son indiferentes. Se enrola y marcha con otros reclutas y con los veteranos de César a tierra griega, donde los ejércitos de Pompeyo aguardan. Su geografía es incierta, pero a través de una corta conversación se entera de que las legiones se combatirán en la mañana en las llanuras de Farsalia. También, que el joven que había sido su amante es ahora un soldado en el bando de sus enemigos, por los que no siente pasión alguna. Ansioso, se pregunta si durante el día que seguirá a esa noche sus espadas se encontrarán.

Dión Casio escribió el mejor lamento por la jornada de Farsalia: romanos combatieron contra romanos y los moribundos dejaban en manos de sus vencedores recados para sus familias, que en muchos casos se conocían. Cuando, tras el estrépito y la polvareda de la huida de los pompeyanos, el hombre avanza hacia el puesto que sabe que su amante ocupa en el ejército de los vencidos, lo encuentra muerto. La imagen del cadáver lo paraliza y sólo puede ver cómo el cuerpo es arrojado a las piras comunes que se encienden para evitar la peste. Por años la visión del fuego familiar, ya retornado a casa, le recordaría esa escena.  De regreso en su pueblo, lo recibieron como a un héroe, a pesar de que admitía, para incredulidad de quienes lo escuchaban, que no había matado a nadie y que la ordenada marea de la batalla le había dictado órdenes vagas, que a medias había sabido cumplir. De a poco fueron olvidando su historia, hasta que sólo él y los ancianos la recordaban.  Nunca sabría que Lucano, en venideros tiempos de Nerón, le concedería en un extenso e inacabado poema su ínfima cuota de inmortalidad.

Había perdido la cuenta de su edad; quizás tendría, a lo más, setenta años cuando unos matones provocaron el arrebato de su hijo menor, que era a la sazón algo más que un adolescente. Tomó su vieja espada y corrió a defenderlo. En la gresca, recibe una puñalada. El pueblo, enfurecido, clama a los soldados, que prenden a los asesinos. A éstos los sentenciarán a la cruz. Lloran al hombre en un módico y multitudinario funeral, lloran al héroe de Farsalia mujer, amigos, hijos y vecinos, y encienden una diminuta pira en su honor, en donde arde, feliz de creer, cuando el acero entraba en el pecho, que moría en Farsalia junto a su amor y que los cuerpos de ambos, colocados uno junto al otro bajo el fuego, mansamente se extinguen.

Hadrian Bagration