Morir en Farsalia

John Clark Ridpath: Pompeyo huye de Farsalia, 1894.

Un hombre en los albores de la inexorable madurez es abandonado por su amante. Nada nos es dado saber acerca de las causas de la separación o de sus justificaciones o mezquindades; suponemos apenas que el abandonado pasó de la honda y breve desesperación al interregno de la desazón y del reproche y de allí a la interminable resignación y a la inútil lentitud del olvido. Para atenuar la soledad que lo circunda, casa con una mujer que le da varios hijos, por los que conservará algún afecto. Una tarde oye que un gentío se congrega alrededor de unos hombres que distribuyen alimentos y dineros, y que prometen más a quienes se alisten en la facción de Cayo Julio César en la guerra civil, cuyas razones desconoce y, además, le son indiferentes. Se enrola y marcha con otros reclutas y con los veteranos de César a tierra griega, donde los ejércitos de Pompeyo aguardan. Su geografía es incierta, pero a través de una corta conversación se entera de que las legiones se combatirán en la mañana en las llanuras de Farsalia. También, que el joven que había sido su amante es ahora un soldado en el bando de sus enemigos, por los que no siente pasión alguna. Ansioso, se pregunta si durante el día que seguirá a esa noche sus espadas se encontrarán.

Dión Casio escribió el mejor lamento por la jornada de Farsalia: romanos combatieron contra romanos y los moribundos dejaban en manos de sus vencedores recados para sus familias, que en muchos casos se conocían. Cuando, tras el estrépito y la polvareda de la huida de los pompeyanos, el hombre avanza hacia el puesto que sabe que su amante ocupa en el ejército de los vencidos, lo encuentra muerto. La imagen del cadáver lo paraliza y sólo puede ver cómo el cuerpo es arrojado a las piras comunes que se encienden para evitar la peste. Por años la visión del fuego familiar, ya retornado a casa, le recordaría esa escena.  De regreso en su pueblo, lo recibieron como a un héroe, a pesar de que admitía, para incredulidad de quienes lo escuchaban, que no había matado a nadie y que la ordenada marea de la batalla le había dictado órdenes vagas, que a medias había sabido cumplir. De a poco fueron olvidando su historia, hasta que sólo él y los ancianos la recordaban.  Nunca sabría que Lucano, en venideros tiempos de Nerón, le concedería en un extenso e inacabado poema su ínfima cuota de inmortalidad.

Había perdido la cuenta de su edad; quizás tendría, a lo más, setenta años cuando unos matones provocaron el arrebato de su hijo menor, que era a la sazón algo más que un adolescente. Tomó su vieja espada y corrió a defenderlo. En la gresca, recibe una puñalada. El pueblo, enfurecido, clama a los soldados, que prenden a los asesinos. A éstos los sentenciarán a la cruz. Lloran al hombre en un módico y multitudinario funeral, lloran al héroe de Farsalia mujer, amigos, hijos y vecinos, y encienden una diminuta pira en su honor, en donde arde, feliz de creer, cuando el acero entraba en el pecho, que moría en Farsalia junto a su amor y que los cuerpos de ambos, colocados uno junto al otro bajo el fuego, mansamente se extinguen.

Hadrian Bagration

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2 comentarios en “Morir en Farsalia

  1. Otra muestra de la calidad literaria a la que HADRIAN nos tiene acostumbrados. Un texto que comienza con una experiencia de vida cotidiana se remonta luego a los confines sagrados de la Historia. Una bocanada de aire puro en el fárrago de la mediocridad que nos ahoga.

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