Maestro, maestro

Y cuando vino, se acercó luego a él, y le dijo: Maestro, maestro. Y le besó.

Marcos 14, 45

Caravaggio: El beso de Judas, 1598. Galería Nacional, Dublin.

Caravaggio: El beso de Judas, 1598. Galería Nacional, Dublin.

La entrada que corresponde al jueves 15 de Septiembre de 1955 en el diario que Adolfo Bioy Casares construyera durante unas cuatro décadas delata una tímida esperanza: “Borges come en casa tardísimo; hacemos conjeturas, procurando no dejarnos arrastrar por la ilusión, aunque esta vez parece que es de veras. Con Silvina, llevamos a Borges a su casa; la ciudad está sola.” Al día siguiente el general Lonardi ordenaría a sus tropas de la escuela de Artillería de Córdoba que se negaran a sujetarse al régimen; comenzaba la caída de Perón, que el sentido común juzgaría eterna y que fue, tristemente, apenas duradera. Buena parte del pueblo, aun quienes querían hallarse lejos de la política, sintió alivio ante la huida del dictador; incluso los fervorosos adherentes de la jornada anterior buscaron refugio entre el contento general, quizás también a ellos la barbarie del peronismo los fatigaba.

La noticia me llegó por boca del escritor Atilio Zanotta, en una conversación animada por ciertas nostalgias. El lugar es una ciudad del interior de Argentina, las semanas posteriores a la liberación. La familia Zanotta habitaba una casa cómoda en un vecindario que era hostil a la liturgia peronista.  Compartían el pasar de los días con unas gentes de costumbres honestas, a quienes llamaremos los López, cuya cabeza era un sólido profesor de humanidades en la escuela secundaria. Una mañana el profesor López fue abordado por agentes de policía y conducido a prisión. A las purgas peronistas habían sucedido, calamitosamente, las purgas antiperonistas, pero nadie en esas calles identificaba al probo profesor López con aquella ideología rústica. Al embarazo sucedió la perplejidad y a ésta la desesperación de sus familiares. Por la tarde la policía comunicaba que el profesor López había sido trasladado a una base naval cercana y que su destino estaba en manos de la Marina de Guerra. Entre lágrimas, la esposa del profesor López pidió ayuda.

El padre de Zanotta y otro vecino, de apellido Palma, marcharon a la base a interesarse por la suerte del profesor López. Los recibió, amablemente, un oficial superior. Zanotta y Palma explicaron las razones de su angustia: el profesor López era un vecino apreciado por todos, intachable, solícito y, por sobre todo, ajeno a los estruendosos avatares de la política. El oficial los escuchó con atención; cuando hubieron terminado su apología de López, extrajo un pequeño cuaderno de un cajón de su escritorio y explicó que el profesor López no tenía nada que temer, que sería devuelto a su hogar en las próximas horas, y que desde un momento todavía no precisado exactamente en su biografía hasta la interrupción del peronismo había sido jefe de manzana; en otras palabras, un oficioso y secreto delator peronista cuyos reportes sobre la ideología de sus vecinos eran premiados con no pocas prebendas. El oficial extendió el cuaderno, propiedad de López, y señaló, entre sus hojas, los nombres de aquéllos que eran considerados enemigos del Estado peronista y pasibles de represalias de entre el grupo de vecinos, amigos y conocidos del profesor López en el apacible ámbito en el que la vida transcurría para todos: en esas páginas figuraban, prominentemente, los de Zanotta y Palma.

El profesor López regresó a su hogar poco más tarde. Nadie habló del asunto ni se mencionaron reproches, pero semanas después los López emprendían un acotado exilio y mudaban su residencia a un sitio menos expuesto de la ciudad. No se volvió a saber de ellos. El amargo destino de la recurrente Argentina peronista les habrá ofrecido, quizás, sus treinta monedas de plata.

Hadrian Bagration

Luis Gasulla: El negocio de los derechos humanos

Eugène Delacroix: La libertad guiando al pueblo, 1830. Musée du Louvre.

Eugène Delacroix: La libertad guiando al pueblo, 1830. Musée du Louvre.

El terror, en los inicios de lo que llegaría a ser, tras décadas de ardua expansión, consolidación y aun matanzas, la Argentina, comienza con Rosas. Es cierto que la Inquisición había logrado retrasar la llegada de la Ilustración a América del Sur, pero el océano que dilataba a  la metrópoli española era colosal, y el polvo y la distancia que separaban al Río de la Plata de los virreinatos del Perú y de Nueva España tan grandes que los autos de fe, las relajaciones y los incendios en persona o efigie se disgregaron mucho antes de la irrupción del Mayo rioplatense y de la disolución del Santo Oficio por las Cortes de Cádiz en 1813. Con apenas unas cuantas semanas de anterioridad, la Asamblea General Constituyente había decretado igual suerte para los sayos inquisitoriales en el sur. La esclavitud, en un principio por presión del Imperio del Brasil, hubo de aguardar su abolición hasta después de la caída de Rosas. En términos fácticos, el rosismo repuso en sitial de privilegio al sector del clero más cercano a la nostalgia inquisitorial y hostil a las reformas republicanas; la exigencia de Rosas acerca de la obligatoria colocación de su retrato en los altares de los lugares de católica adoración aproximaba su rústica ideología a la creación de una iglesia nacional y preanunciaba los hiperbólicos cultos a la personalidad del siglo siguiente. Todos los gobernantes autoritarios argentinos, carismáticos o no, desde Uriburu y Perón hasta los Kirchner, han vindicado de un modo u otro el personalismo rosista.

Nos es dado afirmar que la perversión de una causa noble envilece más que la preconización de una meta despreciable. No otra cosa hacen pensar las páginas de un libro aterrador, El negocio de los derechos humanos, cuyo acertado título remite a una forma cruel de estafa: es notorio que denominamos negocio a una transacción, en la cual dos o más participantes intercambian cosas que suponen de valía para acrecentar sus respectivos peculios. Luis Gasulla razonó, al redactar este volumen doloroso, que los términos negocio y derechos humanos, una expresión del pensamiento del avanzado siglo XVIII respecto de las facultades absolutas que vigilan, otorgan y garantizan libertad y dignidad a toda persona por el mero hecho de ser tal, inalienables e inconculcables, son antitéticos: en buen romance, los derechos humanos, en tanto negocio, interrumpen su carácter de negocio y se convierten en negociado; cesan en tanto derechos y se tornan privilegios. Para que tal prevaricación ocurra, alguien ha de existir que cercene derechos y confiera privilegios. Gasulla, tras paciente investigación, probó la necesaria complicidad del Estado nacional en épocas en las que es ocupado por un gobierno que provoca la desidia de un Estado mayormente ausente y reemplazado por un gobierno panóptico.

Hebe Pastor de Bonafini no es, para muchos argentinos, una mujer que pertenezca a la historia, sino a la hagiografía. No obstante, como en todas las vidas de santos, menos es lo revelado que aquello que sigilosamente se oculta. Aunque Gasulla se abstiene de formular una acusación directa, su asociación con los sórdidos hermanos Schoklender  es testigo de su pésimo criterio a la hora de escoger colaboradores (o, bien podría decirse, parientes, ya que personas que son ahora de su pública condena fueron llamadas por ella, alguna vez, hijos, hijos tan queridos y sentidos como los que pariera y fueran secuestrados y asesinados por las juntas militares argentinas, hijos a los que, violentamente, la desavenencia económica puso fin al lazo de sangre ) o una corroboración de la ley de las afinidades. Las páginas de Gasulla elaboran  un preciso mapa que transcurre temporalmente desde los inicios de la histriónica administración Kirchner, sus nada coquetas relaciones con el crimen organizado, el narcotráfico, la turbia financiación de campañas políticas, la utilización del aparato del Estado para enriquecimiento personal , el aprovechamiento electoral de pobres y lúmpenes, la nunca aclarada ni jamás ardorosamente investigada desaparición de Jorge Julio López, hasta la destrucción lisa y llana, a ojos de buena parte de la ciudadanía, del hasta ahora inviolable concepto de los derechos humanos. Como de toda obra, una reflexión emana de sus párrafos: en este caso, se trata de la triste conclusión de que para el gobierno kirchnerista y sus operadores y acólitos, no existe límite alguno, ni siquiera la memoria de los desaparecidos, torturados y asesinados.

Hábil elaboración de Gasulla es el capítulo dedicado al usufructo del sufrimiento: funcional a todos los gobiernos peronistas, la miseria se multiplica en Argentina como las llagas en un leproso. Todos los oscuros caminos políticos argentinos  conducen a la despiadada explotación de la pobreza: en una inhumana ecuación que iguala miseria con votos y cohecho, denunciada por el libro de Gasulla, el lector comprenderá la duramente explicable supervivencia del mito peronista, ecuación llevada al paroxismo por una agrupación que se juramentó cumplir con la tarea de procurar a los más desprotegidos una digna vivienda, como lo manda la Constitución Nacional de este país. El desenlace de ese juramento, lo imaginará el lector, ha sido harto diferente.

Desprovisto de éxitos políticos y económicos, el kirchnerismo, argumentaban incluso sus detractores, sería recordado por su ahínco en pugnar por un pasado mejor, una reparación histórica ofrecida a las víctimas del terrorismo de Estado, una cuenta resuelta con los múltiples organismos de derechos humanos de la Argentina. Luego de completar la lectura del libro de Luis Gasulla, sabremos que, a excepción de la generalizada corrupción, el kirchnerismo no será recordado por nada. Nada, ni siquiera el cuchillo de Muraña.

Hadrian Bagration