Tetrapharmacum

Gustav Klimt: El beso, 1907-1908. Österreischische Galerie Belvedere, Viena.

Gustav Klimt: El beso, 1907-1908. Österreischische Galerie Belvedere, Viena.

La gentil reproducción que adorna la sala Klimt en el número 20 de la rue d’Artois en París, el preciado restaurante Apicius, no puede ser otra que la de El beso (Der Kuß). Apión, el que naciera en el oasis de Siwa (el mismo que confirmó, honesta o maliciosamente, su origen divino a Alejandro) y áspero contradictor de Flavio Josefo, nos hace creer que Apicius era un confundido seguidor de los epicúreos (la confusión se ajusta a la verdadera doctrina de Epicuro: la moderación; Apicius practicaba el olvido de la compostura y su reemplazo por la grata, opípara y afiebrada molicie, al estilo, cómo olvidarlo, de Cayo Petronio, sólo que éste la ensayó bajo Nerón y aquél bajo Tiberio). Apión enseña que Apicius cenaba, privilegiadamente, con Cayo Cilnio Mecenas, y que recomendaba cocer en salsa de salmonete al salmonete mismo, y adornarlo para ser servido con generosas porciones de salsa de salmonete, ya que cualquier otro sabor corrompería la pureza del plato. Ignoramos si fue, propiamente, autor: Apicius o De re coquinaria es un tratado de recetas de la Roma del Alto Imperio; si provino del dictado de Apicius o si fue éste sólo su inspirador, como tantas otras cosas, no lo sabremos nunca. Para Apión, la existencia de Apicius, que databa de alrededor de no más de unas cuantas décadas, también era un misterio.

Dícese que Lucio Ceonio Cómodo dedicaba horas nocturnas a las líneas que Apión había compuesto sobre Apicius, para rebasarlo. Su vida breve (murió a los treinta y seis años) le permitió, sin embargo, embarcarse en la invención del hoy ya olvidado y demasiado complejo tetrapharmacum (los cuatro remedios), un manjar compuesto por ubre de cerda, faisán, jabalí y pernil, del que no nos es dado sospechar cómo era servido. Lucio Cómodo era favorito de Adriano César, quien lo había preparado, en los inicios de su vejez, para la sucesión. Mala era la salud de Lucio Cómodo: en la noche que precedió al día de año nuevo del 138 de la Era Común, horas antes de presentarse ante el Senado para su confirmación como heredero del Imperio, enfermó súbita y agudamente y murió. Anthony Birley afirma que este desenlace apenó a Adriano, quien esperaba contar con un sucesor joven que extendiera su proceder imitando su obra; Marguerite Yourcenar infiere que esa muerte alegró secretamente al emperador, ya arrepentido de haber dejado el trono en manos de un indolente. La corte murmuró, por supuesto, la palabra veneno, pero las constantes hemorragias de Lucio Cómodo enmascararon eficazmente los rumores en la escena de su funeral.  Adriano se abocó, ya en su lecho de muerte, a buscar a un hombre digno: lo halló en la persona del sereno senador Tito Fulvio Antonino, a quien instruyó para que a su vez adoptara a Lucio Vero y a Marco Catulio Severo; era sabida la preferencia de Adriano por la juventud; además, temía que la vida de Antonino fuera corta y algún ambicioso cortesano o apresurado general desbaratara sus planes de sucesión. Sus precauciones fueron a medias vanas: Antonino reinaría probamente durante veinte largos años y se haría acreedor, en honor a su rectitud, al apelativo de Pío. Lucio y Marco gobernarían conjuntamente hasta la temprana muerte del primero; desde entonces Marco, conocido como Marco Aurelio Antonino, manejó el Imperio quizás como Adriano hubiera querido. La sabia designación imperial, que no fue pródiga en otros ejemplos, volcó todos sus aciertos en el erastés de Antínoo.

Comparar a Adriano con Hugo Chávez Frías suena menos a blasfemia que a humorada. No obstante, Hugo Chávez se hizo coronar como una suerte de grotesco emperador de Venezuela (Mussolini tropical, lo llamó Carlos Fuentes), prescindiendo sin ambages de cualquier cuota de refinamiento romano. Sabedor de su muerte próxima nombró a su chauffeur sucesor y mandatario. A ojos argentinos, es dable contrastar el episodio con un hipotético y deseable deceso de Perón a principios de la década de los cincuenta y su maligna voluntar de legar los destinos de la Argentina  a un incapaz: tal vez un obediente burócrata como José Espejo o el equino mayor de intendencia Carlos Aloé. Para quienes no estén informados acerca de la cíclica historia de las pampas, piénsese en un orate. No otra cosa es Nicolás Maduro.

Celebrado el simulacro de elecciones en Venezuela, ni siquiera la monumental escenografía oficial pudo disimular el gigantesco fraude. Venezuela posee así la nada envidiable labor de cargar con dos presidentes: el electo por voto popular, Henrique Capriles, y el ilegítimamente impuesto Maduro. En su gris discurso de victoria de ayer por la noche Maduro careció de fervor; las desnutridas masas que lo rodeaban imitaron su falta de entusiasmo. El engaño es tan torpe que genera a un tiempo lástima e indignación. Maduro quizás sea rehén de la voluntad de un muerto (cuya voz entonó el himno venezolano ayer ante la pobre felicidad de los comparsas), rehén de las cúpulas militares, rehén de los principales beneficiarios del chavismo, los siniestros hermanos Castro, que desde una isla en la miseria han logrado la pleitesía de Caracas, como en tiempos de las colonias. Cuba deviene así una potencia del costado ideológico que siempre aseveró combatir: el imperialismo; en este caso, dígase del imperialismo pordiosero.

¿Qué hacer? Si Capriles persiste en desconocer el conteo fraudulento, se lo acusará de perturbar el orden constitucional y de llevar al país al borde de una guerra fratricida; si mansamente se abstiene de combatir,  no tendrá ya más derecho que al pasado y será recordado como un timorato. Capriles en soledad poco podrá hacer si las masas que votaron por él no lo acompañan y desafían la ocupación de las calles perpetrada por los chavistas, y si la comunidad internacional, al menos la parte honrosa de la comunidad internacional (escribo estas líneas con dolor: al día de hoy la Argentina está ausente de ese conjunto) no pone en duda el indecoroso triunfo de Maduro. Como sucediera con Alberto Fujimori en su intentona de perpetuación en el poder en Abril de 2000, frustrada por el esfuerzo de Alejandro Toledo y sus partidarios, la clave para Capriles será mover al escándalo internacional, al obligatorio recuento de la totalidad de los votos (saludable moción a la que el chavismo, por razones inconfesables, se opone) y a la derrota de la inacción popular: si alguien debe reconquistar la democracia en Venezuela, son los venezolanos.

El fraude guarda consecuencias nada desdeñables para la Argentina: alertar contra una posible, nada improbable, repetición del fenómeno en las elecciones de Agosto y Octubre de este año. Si algo ha logrado en Buenos Aires la falsa victoria de Maduro es enardecer a la población y ponerla en guardia. Con toda seguridad, se trata un efecto no deseado.

Tanto en Venezuela cuanto en Argentina una épica de pacotilla ha intentado transformar en héroes o en prohombres (quizás, en honor a la corrección política, que reemplaza sencillamente a la corrección, deba escribir también y promujeres) a seres que no son más que mediocres líderes autoritarios, en ocasiones simples advenedizos de mentes agrestes, en ocasiones vulgares ladrones, siempre prevaricadores de los valores que juran sostener; se trata,  por el contrario, de corruptores de causas que pudieron haber sido nobles y cómplices de fines que se resisten a los controles que la modernidad y la Ilustración han diseñado para el gobernante: la alternancia en el poder, la transparencia en la gestión, la tolerancia, el disenso, la convivencia democrática y la pluralidad de opiniones y saberes. Nada de eso pueden soportar movimientos fascistas como el chavismo y el peronismo, a riesgo de verse descubiertos, en un sistema republicano, democrático y moderno, como meros intrusos en un universo que los desprecia, y del que sólo quieren arrebatar prebendas, botín y perpetuidad. Cuatro eran los ingredientes de la ambrosía de un heredero imperial; cuatro son los temores del fascismo que no osa decir su nombre y que elige el disfraz de la dádiva: un pueblo esclarecido, cultivado e informado, una prensa independiente, una justicia insobornable y una elección insospechable. De todo ello ha quedado privada Venezuela, en parte, gracias a la catástrofe del chavismo; el peronismo en Argentina querrá conducir a la República hacia esas pasturas de podredumbre. Quizás no lo logre.

Y mientras tanto, arrepintámonos de existir en una época de demasiadas miserias, de no haber sido invitados al último banquete del buen indolente de Lucio Cómodo, antes de morir, casi en el sueño, poco antes de ser presentado ante el Senado de Roma, con el regusto del excelso tetrapharmacum en los labios, bajo la poderosa protección de Adriano.

Hadrian Bagration

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