Faulkneriana

Charles McIlhenney: Barco a vapor en la noche en el río Mississippi, 1885. Colección Arthur Phelan

Charles McIlhenney: Barco a vapor en la noche en el río Mississippi, 1885. Colección Arthur Phelan

“Dijo: no hay batalla que pueda ganarse. Ni siquiera que pueda librarse. El campo en el que se pelea sólo revela al hombre su propia locura y desesperación, y aun la victoria es ilusión de filósofos e idiotas.”

El sonido y la furia (1929).

“Recordé que mi padre solía decir que la razón para seguir viviendo es prepararse para estar muerto durante mucho tiempo. Y cuando debí posar mis ojos sobre ellos, día tras día, cada uno, hombre o mujer, con su pensamiento secreto y egoísta, completamente extraños entre sí y completamente extraños para mí, y tener que pensar que era ésta la única manera de prepararme para permanecer muerto, odiaba a mi padre por haberme engendrado. Recordaba con ansias los momentos en los que cometían errores y me era posible castigarlos. Cuando el látigo caía, podía sentirlo en mi propia carne; cuando la carne se inflamaba y la costra emergía y se endurecía, era mi sangre la que veía correr, y pensaba con cada golpe de látigo: ¡Ahora sabes que existo! Ahora soy algo en tu vida secreta y egoísta, que ha marcado tu sangre con mi sangre por siempre jamás.

Mientras agonizo (1930).

“El día en el que el sheriff trajo a Goodwin al pueblo, había un asesino negro en la cárcel, que había matado a su mujer; había cortado su garganta  con una navaja de modo que ella, con la cabeza cayendo más y más hacia atrás, lejos de la sangre que manaba de la herida palpitante en la garganta, dio unos pasos saliendo de la cabaña por el camino iluminado por la luna. El negro se apoyaba en la ventana de la celda al atardecer y cantaba. Después de la cena, algunos negros se reunían a lo largo del cerco que daba a la prisión, vestidos con trajes prolijos y baratos o con mamelucos manchados de sudor, parados hombro con hombro, y al unísono con el asesino cantaban spirituals, mientras los blancos se detenían en la oscuridad de los arbustos de ese inicio del verano, para escuchar a aquéllos que iban a morir y a aquél que ya estaba muerto cantar acerca del cielo y del cansancio; o quizás oír, en los intervalos entre canciones, una colorida voz cuyo origen era incierto, emanando de la profunda oscuridad en el sitio en donde la gastada sombra del ailanto cubría como una caperuza la farola, e inquietarse y lamentarse así: ¡Cuatro día’ má’!   ¡’Tonce’ van a mata’ al mejo’ canto’ del no’te de Mississippi!

Santuario (1931). 

“Yo, soñador que se aferra aún al sueño como el paciente se aferra al último y delgado y extático instante de agonía para aguzar el sabor del cese del dolor, despertando a la realidad; más que a la realidad, no al tiempo, viejo e inalterable e inalterado, sino a un tiempo manipulado para derramarse en el sueño, el que, junto con el soñador, halla su inmolación y su apoteosis.”

¡Absalón, Absalón! (1936).

“Dicen que el amor muere entre dos personas. Es falso. No muere. Sólo te abandona, se marcha, si no eres bueno, si no vales la pena. No muere; tú eres el que muere. Es como el océano: si no vales nada, si comienzas a transmitirle tu hedor, simplemente te escupe en alguna parte para que mueras. Morirás de todos modos, pero prefiero ahogarme en el océano que ser vomitado en una playa muerta y secarme al sol hasta quedar como una sucia mancha sin nombre como único epitafio.”

Las palmeras salvajes (1939).

Traducciones de H.B. 

P.S.: William Faulkner posee el raro privilegio de ser a la vez un escritor para escritores, un erudito de la técnica y de la tambaleante profesión de la escritura, y un escritor cuyos lectores desconocen la fatiga. Faulkner ofició como maestro de generaciones de escritores de varias lenguas, y su sombra se prolongó, en ocasiones hasta incluir el plagio, en la quizás demasiado profusa literatura latinoamericana. Borges (a la sazón, traductor de Faulkner), quien fuera magro en elogios para autores que no profesaran la sobria tradición británica, opinó que la magnum opus de Faulkner, ¡Absalón, Absalón!, era sólo comparable a El sonido y la furia, y que tenía para sí que esa sentencia implicaba una alabanza que no podía ser superada. Una vez más, el maestro Borges estaba en lo cierto. 

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