Sub rosa

Giuseppe Maria Crespi: Eneas, la Sibila y Caronte, c. 1695. Kunsthistorisches Museum, Viena.

Giuseppe Maria Crespi: Eneas, la Sibila y Caronte, c. 1695. Kunsthistorisches Museum, Viena.

Los franceses bautizaron al orgasmo como la petite mort; quiere ese nombre emular el estado de mortuoria calma que tiñe a los momentos que suceden a la culminación del sexo. La metáfora supone un error: nada existe más alejado de la muerte que el sexo; los cadáveres no aman ni desean. No en vano la vejez, lenta prefiguración de la muerte, es la declinación del sexo. Por siglos el espanto que el humano siente por la ligazón sexual ha convertido a la muerte en sigilosa compañera del placer, y en ocasiones su justo castigo: Sade, Freud, Bataille, Barthes, Lacan enarbolan esa vergonzante opinión. La muerte se sitúa en las antípodas del sexo, exactamente en el lugar en el que hallamos a la religión: hay pocas miserias de la humanidad más cercanas a la cesación y la descomposición que las religiones: toda preocupación y prevención es ultraterrenal, toda referencia pertenece al siguiente mundo, todo memento mori es una advertencia contra la fiesta sexual. El aparato de terror de las religiones es la cotidiana pequeña muerte.

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La Kultur argentina se desboca: la ignorancia, antes celebrada, es ahora exigible; saber es fracasar. Famosa es la sentencia borgesiana: Hemos pasado del francés al inglés, del inglés al español y del español a la ignorancia. Ésta ha dejado de ser simplemente negativa o privativa y ha devenido obligatoria. Breno exclamó: ¡Ay de los vencidos! Diariamente el sistema de premios y castigos que construye o derrumba sociedades grita en el país soñado por Sarmiento: ¡Ay de los que saben!

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Años atrás coincidí en un lupanar con un hombre al que la tristeza empujaba a la frecuentación de damas de compañía. Repetía que había existido en su vida alguien que se despedía de él en su correspondencia (eran épocas en las que la gente aún escribía cartas) en la persona tercera: Te ama, te desea, te busca.  La mujer lo abandonó. Una leve borrachera continua y las noches encintas de haraganería la reemplazaron. Se me reveló no hace mucho que ambos, el hombre y la mujer, han muerto, sin saber nada el uno del otro. Como la Sibila que guía a Eneas en el descenso a los Infiernos, así nos despeñamos por la vida: Ibant obscuri sola sub nocte per umbram. Este verso, que la literatura quiere que sea el mejor que Virgilio pergeñó, no es inferior a aquél que yace sólo unos pasos más allá: quale per incertam lunam sub luce maligna est iter in silius; como se viaja en un bosque bajo la luz maligna de la inconstante luna. Temerosos, inquietos, frágiles, traidores y traicionados, solos.

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De todos los tipos de inseguridad, quizás la peor sea la inseguridad alimentaria: más de mil millones de personas marchan a la cama hambrientas cada noche; once millones de niños que viven en la pobreza morirán antes de su quinto cumpleaños; en diez años, el África sólo podrá producir alimentos suficientes para un cuarto de su población. El sistema económico mundial (llamado erróneamente capitalismo; en rigor de verdad, en paráfrasis de von Clausewitz,  es una continuación del feudalismo por otros medios) es a la vez una usina de superfluidades y de penuria. La miseria toca, sin embargo, a la puerta de las naciones antes afluentes: zozobra la clase media, la muerte del Estado de bienestar es sustituida por la imposición del Estado corporativo y depredador. Ya no es importante quién se haga con el poder, en tanto el humilde mortal sienta la amenaza de la escasez y baje la cabeza. La doxología del clero económico canta alabanzas a las burbujas de consumo mientras, como después de las tormentas, la próxima depresión o recesión arrasará con millones de puestos de trabajo. Sin embargo, nadie desespera: nunca faltará quien trabaje todos los días un poco más a cambio de un poco menos.

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Años sin estaciones, días sin horas, presentes imperecederos en los que tanta gente vive como las sombras en la tediosa penumbra del Hades. Inmortalidades de bestia o de cosa, fomentadas por la analfabeta adicción a la tecnología: la cultura del gadget ha logrado convertir a la humanidad en un gigantesco jardín preescolar. Ahora sabemos que la destrucción del libro no será obra del fuego; la insipidez de las pantallas es una hoguera fría.

H.B.