La conjura de los médicos

Jan Steen: La visita del médico, 1662. Colección privada.

Jan Steen: La visita del médico, 1662. Colección privada.

La violencia del avance de la medicina supuso un deseable incremento en el número de buenas gentes dedicadas al arte de curar. Así, se juzgó conveniente que en cada calle de cada ciudad o pueblo residiera, al menos, un médico. Pronto se hizo evidente que el constante aumento del óptimo estado de salud de la población exigía multiplicar la cantidad de profesionales: cada esquina, de poseer su propio médico, mutó a ofrecer una media docena. Los pacientes ya no competían por los profesionales; más bien éstos recelaban unos de otros y prescribían tratamientos heterodoxos buscando aventajarse. El gobierno, para disminuir las rencillas, decretó que cada casa poseyera su médico, a quien le era obligatorio residir entre sus pacientes, como un miembro de la familia. Por lo general permanecían célibes, dedicados a enderezar la salud de quienes los alojaban. Los de mayor experiencia solicitaban aprendices a quienes legar conocimiento. Pronto cada hogar albergó más de un doctor, hasta que fue ley que toda persona estuviera acompañada de su médico, que era casi una mandante propiedad, casi una omnipotente cosa, que autorizaba o prohibía conductas. Estaban presentes en cada acto, sin obviar el momento del furibundo o desganado amor, en el cual recomendaban o desaconsejaban comportamientos.

Fue inevitable la rebelión. Los médicos, tan numerosos como los esclavos de la Antigüedad, vilipendiados y necesarios, se alzaron contra sus amos y los mataron. Asesinada gran parte de la población, sólo subsistieron los médicos, deseosos de no revelar sus secretos, aislados, curándose precariamente a sí mismos con métodos contradictorios, espiándose desde lejos tras ventanas a medio cerrar y puertas entreabiertas, procurándose alimento en las noches, en calles sin pisadas, sin mirarse ni hablarse, ni siquiera a un paso de la muerte.

H.B.

ABC

Rembrandt van Rijn: El rapto de Europa, 1632. John Paul Getty Museum, Los Angeles.

Rembrandt van Rijn: El rapto de Europa, 1632. John Paul Getty Museum, Los Angeles.

“La Argentina fue grande mientras creyó que era un país abierto. Creía que su tradición era la de Europa. Éramos los europeos del Sur. Y de pronto hemos querido ser folklóricos con un mínimo folklore argentino y hacer una civilización de ese mínimo folklore. Me parecía un país incontenible la Argentina. Recuerdo venir de Europa y ver Buenos Aires magnífica, limpia y generosa. Esos trabajadores habían hecho un país rico en el que la movilidad social era real. Las personas que venían pobres pasaban de una clase social a otra. Bueno, todo eso se podía hacer, y nada de eso puede hacerse.”

Adolfo Bioy Casares en entrevista con Jorge Urien Berri, 1987.

Segundas vidas de varones dolientes

Bartolomé Murillo: San Juan de Dios, 1672. Museo Municipal de Xàtiva, Valencia.

Bartolomé Murillo: San Juan de Dios, 1672. Museo Municipal de Xàtiva, Valencia.

Quiere la curiosidad que las dos historias que revelan estos párrafos hayan sucedido bajo el auspicio de la coincidencia temporal y geográfica; ese detalle reafirma la noción de que en cada época y en cada comunidad coexisten todos los tipos humanos, cuyas características más abundantes son la decadencia y la miseria; de no ser así, los hechos de obrar con justicia y venerar la belleza nos dejarían, merced a su reiteración, impávidos. Al igual que en las anécdotas anteriores, los detalles íntimos han sufrido ligera variación.

Saverio había sufrido mal nacimiento: yermo de un brazo y repleto de cojera, sólo un intelecto tenaz y en ocasiones asombroso lo había librado de la burla perpetua. Había elegido como ocupación el derecho, en el que había llegado a ser docto; de sus colegas podían esperarse pedidos de consejo y algún comentario que avariciaba admiración. Era, previsiblemente, parco y tímido con las mujeres, que no lo comprendían y le guardaban respetuosa distancia. El hábito del lupanar y el hábito del desahogo de la pena compartida lo animaban a la frecuentación de las pupilas. Saverio ignoraba una regla de hierro que rige el rústico universo de los burdeles: quien desconoce la calidad de la fauna que puebla los territorios de las casas malas cede su puesto de  cazador y se convierte, sin que medie metamorfosis aparente, en presa. Le fue presentada así una mujer de atractivo módico; las razones por las que Saverio halló en ella una epifanía nos serán siempre esquivas, aun cuando sea posible aventurar alguna: pudo ser ella o cualquier otra que se demorara unos minutos en el lecho, encendiera un cigarrillo e iniciara una charla. Tan sencillo era despertar en Saverio la alucinación del amor.

Las opiniones, nunca necesarias, son, a veces, acertadas: varias voces se alzaron recomendando a Saverio que desistiera del matrimonio. Ignoraban que para él, desandar ese sendero grisáceo y aun rigurosamente banal era renunciar a aquello que el azar había decretado para sí inalcanzable: la normalidad. Casó, tuvo hijos, no dejó de saborear el respeto de sus pares. Creyó de este modo erigir justa compensación a sus antiguas cuitas; ésta era, quizás, una temperada felicidad, pero es de recordar que para quien es o cree ser feliz, toda dicha, breve o infinita, es inmensa y de justificación redundante.

El final no fue inesperado, pero sí abrupto: la mujer anunció que se iba. Saverio, que jamás había albergado sospecha alguna, recibió ahora tardías advertencias de engaños a los que era sometido con  insolencia y con frialdad: se habló de viejas historias nunca canceladas que provenían del lupanar y también de falsos amigos. Por piedad, Saverio prefirió no creer en todo lo que se contaba. Se avino a un divorcio rápido; él, que podría haber puesto años de obstáculos entre la acción y el veredicto, y proveyó una manutención suculenta. Si antes había recalado en el hábito del burdel, lo haría ahora en el del alcohol. Pronto fue una sombra entre sombras, el derrumbe de un hombre que había fingido creer que era dichoso y que era así despojado de los pretextos para proseguir la comedia.

Pocos son los temas que abordan las tragedias, pero es uno, particularmente, el que les confiere el carácter de tales: es el momento en el que la fortuna del héroe se despeña para siempre y ya ni memoria quedará de lo que antes era. Los griegos llamaron a ese instante περιπέτεια, la peripéteia, el a veces fugaz y hasta insípido detalle que precipita la caída. En su caso fue una segunda calculada decisión de su antigua mujer: mudaría de ciudad, y se llevaría consigo a los hijos; es probable que estuviera harta de ser llamada, a sus espaldas, prostituta, o que marchara detrás de algún cómplice. Saverio intentó negociar, ofreció, imploró y finalmente dedujo que la sentencia de la mujer era inapelable; tras algunos años de tregua, como las Erinias, lo asediarían ahora la soledad, la anatomía torpe y, más gravemente aún, la oprobiosa e insistente memoria del júbilo perdido. Días después, encerrado en el baño de su bufete, ponía un arma en su boca y se disparaba. Oh, Dios, murmuró su secretaria cuando lo encontraron. Fue durante largo tiempo comidilla que el calibre del arma que había usado le había borrado el rostro. De algún modo que no nos cuesta comprender, Saverio había querido ocultarse del mundo.

Años, décadas habían sucedido, cuando un viejo conocido se encontró, frente a frente, con uno de los hijos de Saverio, ya adulto. Lo abordó sonriendo, pero el muchacho apretó el paso. El hombre, confundido, le preguntó por su madre. El joven se apresuró. Tras unos metros, sin embargo, se volvió, miró a aquel hombre, que tendría la edad de su padre, y dijo: No lo sé. Yo huyo de mi madre. Y desapareció entre la gente.

Yo estaba en el Upper East Side, en Manhattan, cenando en un restaurante demasiado oneroso, disfrutando de comida escasamente indicada para mí, cuando mi interlocutor me recordó el nombre del lugar, que he jurado no revelar. ¿Le dice algo este nombre?, preguntó. Respondí que no. Intuí que mi amigo poseía un secreto y que tenía premura por revelarlo. Me dispuse a escuchar.

“Había llegado a Buenos Aires en otoño, desde Nueva York. Días después estaba de regreso en el pueblo. Mi madre había muerto y era imprescindible que yo me ocupara de los asuntos funerarios. En el entierro, que fue menos concurrido de lo que las viejas amigas de mi  madre auguraban, me fijé en un hombre mediano, delgado, cansado, que apoyaba su cuerpo contra una pared, como si durmiera de pie. Era evidente que había sido rico y que esa riqueza había sido reemplazada por una estrechez educada y gentil. Cuando estaban a punto de retirar el ataúd, se acercó a saludarme. Sospeché de quién se trataba y le hablé en italiano. Me comprendió y se sorprendió a la vez; su sorpresa se debía a creer que ya no existía en la memoria de nadie. Como la partida del cortejo se demoraba, lo invité a sentarse; había sido un amigo cercano de mi madre en mi niñez. Cuando yo me instalaba en Europa comenzaba su desgracia. Nos sentamos a conversar. Algo le urgía a recuperar un poco de su pasado a través del diálogo.”

“Ettore (no es ése su verdadero nombre) nunca supo por qué su esposa, luego de tantos años, cerró un día la puerta de su cuarto y le hizo saber que prefería dormir sola. En su decisión no había animosidad, tan solo la férrea prohibición de volver a ser tomada por varón, aunque fuese su esposo. Ettore conversó con su hijo, que ya era hombre de entendimiento, pero además de un agudo cansancio de la vida formal y familiar que llevaba la mujer, nada se dedujo. Ettore no era hombre de urgencias eróticas: el trato con mujeres de pago lo asustaba y toda su vida, dedicada al trabajo, lo había aislado de los saberes nocturnos. No lo sorprendió (era verano, creía recordar yo) ser invitado por su secretaria a almorzar.”

“De la mujer prefiero olvidar el nombre; sólo recuerdo que era robusta, rubia, que había sido abandonada por su marido y que tenía un hijo pequeño. Ettore se dejó enamorar como quien es arrastrado por una ola hacia el mar sin fondo. Afirman que el más vil de los sentimientos, el que inaugura cualquier traición, es la lástima. El error de Ettore, si es que consentimos en considerar que cometió uno, es haberse enamorado merced a una suerte de bondad egoísta.”

“Ettore no se convirtió sólo en el amante de aquella mujer, sino en el de su familia entera: remodeló el hogar, costeó los estudios del hijo, cuidó de la salud de los padres, hasta pagó por arreglos que correspondían al vecindario. Nunca deseó saber, o quizás ya lo sabía, quién fue el delator; en su casa el teléfono sonó una vez y su esposa fue anoticiada del asunto. Ettore regresó un atardecer a su vivienda y encontró que la cerradura había sido cambiada. No protestó. Desde ese día malvivió en soledad, en un departamento alquilado con apresuramiento, alimentado por comida enlatada. Ni una sola vez su amante se rebajó a visitar su morada de soltero.”

Rembrandt van Rijn: Jeremías lamentando la destrucción de Jerusalén, 1630. Rijkmuseum, Amsterdam.

Rembrandt van Rijn: Jeremías lamentando la destrucción de Jerusalén, 1630. Rijkmuseum, Amsterdam.

“Narro una historia de tiempos que la juventud no barrunta: el divorcio era escabroso en Argentina, más aun en una familia que cultivaba el contacto con la buena sociedad. La lenta declinación de Ettore no pasaba inadvertida para nadie; ésa era una de las razones por las que todos preferían no verla. Un día enfermó malamente. Su hijo, que quizás esperaba que un acontecimiento de ese tenor iniciara la aproximación, lo trajo casi inconsciente a su casa. Su mujer aceptó el regreso bajo dos condiciones: no volverían a compartir lecho, ya era sabido, y no volvería a dirigirle la palabra. Contra toda premonición, su amante, que le había sido esquiva durante el exilio de su hogar excepto para la obtención de óbolos, se interesó por él. Exigió y obtuvo que su suma mensual se mantuviera, a cambio de nada. Cuando Ettore, ya repuesto, sugirió que al menos compartieran un cariño de superficie, su amante demandó, por la entrega de su sexo, más dinero. Ettore pagó.”

“El hijo de Ettore contrató a un investigador, que siguió a la mujer durante unos días, fotografió sus hábitos y sus procederes, y entregó un informe. Ettore observó imágenes de su amante en situaciones embarazosas con un hombre, quizás dos. Murmuró unas palabras que la excusaban, y que tenían que ver con su propia vejez y fealdad, y se recostó. Su hijo comprendió que nada más podía hacerse. La ficción de romance, en la que Ettore se presentaba en casa de su amante, era cordial y fríamente atendido, se resignaba a unas caricias raudas, abonaba y se iba se mantuvo por largo tiempo, un lustro, una década, tal vez. Supe después que su corazón falló, que sobrevivió unos años, viejo y enfermo. Su hijo cuidó de él. Tal vez su esposa se aviniera a una amistad en épocas finales. Ya ha muerto.”

Había acabado la cena. – Quisiera preguntarle algo – dije. El hombre asintió.

-¿Por qué Ettore compartiría con usted sus pesares? ¿Algo los unía?

-Mucho- dijo el hombre-. Mi madre era su amante. Mi departamento en Nueva York, y tantas otras cosas, fueron regalo suyo. Le guardo gratitud inmensa.

H.B.

El refugio antes del alba

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Marc Chagall: La Mariée, 1950. Colección privada.

Afirman que la ceremonia se inició en el Esquilino, en Roma, junto al templo de Minerva. Exactamente un día antes de la llegada de la muerte, los amantes que han sufrido separación reciben la visita de un grupo de hombres silenciosos. Nada importa acerca de la estricta hora de la muerte que viene; el instante de la visita será siempre nocturno. Con firmeza pero de ánimo gentil, instruyen a cada miembro de la malhadada pareja, que mansamente obedece, a vestirse de acuerdo al clima y lo conducen, a través de pasajes de la ciudad que son de tránsito escaso, a una suerte de refugio, una casa de múltiples cuartos de paredes desnudas provistos sólo de un par de sillas y una mesa y una ventana por la que penetra la moribunda noche. No pocas veces varias parejas coinciden en la misma jornada, los cuartos se colman y es necesario esperar. Es en los cuartos que hombres y mujeres, que no se han visto ni tocado por años o décadas, se reencuentran; invariablemente la primera reacción, luego de la perplejidad, es tomarse de las manos, aun ancianos o aquejados por enfermedades. Tienen hasta la primera luz, les advierten, y la puerta se cierra. Nadie puede saber qué sucede dentro. Los hombres, como lobos, guardan la entrada. No se distinguen culpas, edades o sexos; las únicas condiciones son haberse amado y haberse perdido, y hallarse, al menos uno de ellos, a un día de la muerte. En Buenos Aires, el rumor asevera que el refugio antes del alba se esconde en una casona del barrio inglés, tras la avenida Alberdi, y que la calle en la que se erige lleva el antiguo nombre de la dinastía de los Antoninos. Cuando el día amenaza, los amantes son separados con la misma firmeza y del mismo modo gentil y devueltos a donde pertenecen. Horas después, uno de ellos muere. El otro no ignora que ha quedado solo, pero es tan feliz como quien partió, porque esta mitología mínima asegura que en verdad son dos los que mueren, que la muerte de uno es la muerte de ambos, y que quien permanece en la realidad es sólo un fantasma que espera, ajeno al tedio, al cansancio y a la senectud, la desintegración final.

H.B.

Historia del esplendor

ἀλλὰ νόμος μὲν φονίας σταγόνας

χυμένας ἐς πέδον ἄλλο προσαιτεῖν

αἷμα.

Esquilo: Las coéforas, 400-402

John Collier: Clitemnestra, 1862. Guildhall Art Gallery, Londres.

John Collier: Clitemnestra, 1862. Guildhall Art Gallery, Londres.

Fue durante los primeros fríos del otoño de 1945 que el padre de Cándida escuchó por boca de su propia hija que estaba encinta. Era su parecer que el niño podía ser vástago de un soldado alemán, pero de tal cosa Cándida guardaba sólo sospechas. Su padre disipó su desazón durante algunos minutos, cabizbajo en su silla; luego rompió la nariz de Cándida de un puñetazo, la arrastró hasta la puerta y la echó a la calle. Sobre el cuerpo sangrante de su única hija derramó algunas ropas y unas cuantas monedas. Cerró la puerta, que Cándida ya no volvería a traspasar. Esa noche y las siguientes la muchacha durmió bajo los aleros y bebió el agua de la lluvia y las alcantarillas. Para la gente de su pueblo, de algún modo tácito, se había vuelto invisible. Su nariz sanó cuando, hambrienta y cargada de la suciedad de semanas, encontró refugio en el campo.

Quizás Elio tuviera unos cuarenta años. A poco de nacer,  su madre, que también había sido abandonada, se arrojó al paso de un carro y murió; Elio perdió una pierna. Esa herida constante lo había salvado de conocer la guerra. Había casado muy joven, pero había sido incapaz de engendrar. Su familia culpaba a la mujer, pero él la absolvía alegando que sin dudas su mala pierna se interponía entre ellos y la descendencia. Todavía joven, su mujer enfermó y murió. En la vasta soledad de la campiña de algún lugar de Italia la puerta de Elio se abrió para dar paso a la frágil figura de Cándida apenas días antes de los dolores del parto. Exhausta y casi desangrada, con la sola ayuda de Elio dio a luz a una niña. Cuando el hombre le preguntó por el nombre que deseaba para su hija, Cándida se arremolinó en la cama y pidió ser dejada en paz. Elio recordó las vagas historias que se habían contado de su madre y la llamó Febbia.  El acta de bautismo mentiría que la niña era suya. Cándida, por ruego del sacerdote que presidiera la entrada de Febbia en la Iglesia, se resignó al matrimonio. Para que nada faltara en la casa, Elio recurrió a sus ahorros y compró un molino. Durante el día molía el grano ayudado por una mula vieja; pasaba las tardes instruyendo a Febbia en lo que poco que podía enseñarle; por las noches dormía junto a la niña, hasta que asomaba el alba. Salvo por un par de ocasiones al año, Cándida y Elio no compartían lecho. Ella decía, sin embargo, guardarle gratitud. Apenas Febbia pudo comprender, su madre le obsequió la revelación: Elio no era su padre, pero era su destino de varón el servirle, al igual que ella era ahora servida por quien era su marido sólo en el amarillento papel.

No lograrían olvidar cierto día de Diciembre: la vieja mula había muerto, Febbia conoció la regla, Cándida descubrió que se hallaba nuevamente grávida. Con unas tijeras intentó abrirse las venas. Elio se arrodilló ante ella y le suplicó por su vida. Ella no comprendió. Si mueres, yo también muero, dijo él. Cándida buscó sostén en el único sillón de esa casa austera y mantuvo silencio por varios minutos, tal como su padre había hecho antes de repudiarla. Cuando habló, dijo que elegiría vivir y sobrellevar el embarazo, pero que Elio arrostraría la crianza del hijo por venir, al igual que había sucedido con Febbia, y que los dineros del molino se depositarían, cada mes, en un cofre del cual ella poseería la sola llave. Elio agradeció su largueza, colocó los dineros en el cofre y marchó a su cuarto, llevando de la mano a Febbia, quien en medio del miedo y del temblor esperó a que aquel hombre lavara su sexo sangrante sin heridas y la consolara.  Elio acostó a su hijastra en su catre y se echó en su cama, feliz de prolongar, por quién sabía cuánto tiempo, el desprecio de Cándida.

Un niño nació. Cándida volvió a eludir el privilegio de escoger un nombre. Elio, que recordaba con afecto a un abuelo al que su niñez imaginaba cariñoso, lo bautizó Orestes. Temió, al principio de la infancia, por las piernas de su hijo: no fuera que heredase ese destino tímido que tantas veces lo había tentado a desear ser cualquier otro, un hombre sano y duro, pero la fría Cándida era tan poderosa que esa rebeldía tibia se desvanecía para no cometer la imprudencia de desobedecerla. A los pocos meses Elio sospechó que la salud de su hijo era mala. Un médico lo confirmó: el niño era idiota. Elio lloró; alguna merecida maldición, supuso, envenenaba la sangre de su gente. Cándida reposaba en su sillón y miraba su gemir, casi ciegamente.

Pronto se hizo evidente que Elio no podría enfrentar sin colaboración las labores del campo. En el pueblo buscó y encontró un ayudante que se contentaría con casa y alimento como única paga. Durante la primera cena, el muchacho devoró su comida agradecido. Sólo se hablaba del tiempo, hasta que Cándida se puso de pie y ordenó al joven que durmiera en su cuarto. Elio tomó a Febbia de la mano, la acostó en su catre, colocó a Orestes a su lado y se tendió en su cama. A esas alturas ya lograba dormir, cada noche, al menos un par de horas.

Frederic Leighton: Electra en la tumba de Agamemnón, 1869. Colección privada.

Frederic Leighton: Electra en la tumba de Agamemnón, 1869. Colección privada.

Fue en Septiembre, durante una seguidilla de días cálidos, que Elio despertó de un sueño ligero apenas antes del amanecer; un rumor se había deslizado entre sus sábanas y ahora lo abrazaba. Azorado, sintió los labios de Febbia sobre los suyos y el olvidado contacto de una mujer núbil que lo asediaba. Con gentileza, la rechazó. Estiró su cuello y comprobó que Orestes dormía seguro en el catre. Llevó a Febbia de regreso a su cama y comenzó a vestirse. Febbia acarició la espalda de su padrastro y se desnudó. Elio desvió la mirada y partió hacia la labor. Desde esa madrugada el acecho de Febbia tomó un carácter ritual: pujaba por el abrazo de Elio y rasgaba sus ropas intentando capturar su sexo. Elio se escurría en medio de la silenciosa habitación. Una noche Febbia despertó puntualmente ávida y se encontró amarrada a la cama. Hubo, quizás, una conversación, pero esas palabras no llegarán hasta nosotros. El ritual se acentuó: cada noche Febbia debía consentir en ser atada a su catre antes del sueño para que su padrastro pudiera descansar en paz. Mientras Elio ajustaba delicadamente las cuerdas en los brazos de su hijastra, Febbia declaraba su amor, ofrecía complacerlo con su corto catálogo de bondades y prometía romper el maleficio de la sangre de su padrastro, bendecirlo con docenas de hijos y convertirlo, como mandaba la ley de Dios, en señor del hogar que fundarían luego de la huida. Elio simplemente constataba la firmeza de las cuerdas, besaba a su hijastra en la frente y se echaba a dormir.

Los mayores aseguran que habrían transcurrido unos diez años, no más, cuando Elio, repentinamente, huyó. Abandonó a su Cándida, a aquel muchacho que silenciosamente lo secundaba en la molienda y en el tálamo, a su hijastra y a Orestes. La indignada esposa clamó que había tomado los valores de la familia. Despojados y empobrecidos, fueron auxiliados por los vecinos; el crédito de Cándida en materias de comercio en el pueblo fue ilimitado. El grano le era comprado a precio ventajoso. El joven, que ya pisaba la treintena, ocupó en la mesa el lugar de Elio. Cándida acarició cierto bienestar, hasta que de regreso del pueblo una tarde descubrieron que Febbia había escapado, llevándose a Orestes. Cándida rogó socorro; los jóvenes fueron interceptados y obligados a volver. Es verdad que Orestes sólo cumplía la voluntad de su media hermana; en su mente sencilla extrañaba, es cierto, el afecto de su padre. Cuando estuvieron reunidos, Cándida ordenó a su amante que llevara a Orestes a su cuarto. Febbia sintió la mirada de su madre, y en esos ojos no sólo había dureza sino escarnio.  Lo sabes,  dijo su madre a Febbia. La muchacha asintió: atada a su cama, fingiendo dormir, había oído que por el pasillo que unía los dormitorios alguien arrastraba una pesada pieza de metal, un hacha, y el joven que ocupaba ahora el sitial de su padre en la mesa entraba en la habitación con sigilo y de un golpe partía la cabeza de su padre. Cándida le dio a escoger: o callaba y se convertía en su criada, junto a su hermano idiota, o de lo contrario los haría asesinar por su amante. Por primera vez en su vida Febbia sintió el horror de la muerte y suplicó piedad: serviría a su madre como su padrastro lo había hecho y adiestraría a su medio hermano en las tareas del asno. Cándida aceptó la oferta de su hija; en la cena, ella y su amante gozaron de la temerosa dedicación de sus hijos.

Cándida pretendía declarar a su esposo oficialmente muerto. Se reunió con jueces, insinuó la entrega de una suma, se propuso seducir, pero la larga posguerra era pródiga en reapariciones y reencuentros, de modo que sólo logró acortar un poco los tiempos: se fijó en cinco años el plazo tras el cual se la asumiría plenamente casadera. Sentía, de tanto en tanto, que era prohijada por algún extraño poder al que no se preocupaba por indagar; más bien, sencillamente atribuía su buena fortuna a su tesón y a su hierro interno: sabía de la fidelidad de su amante, que no era sino un bello incapaz sin sus órdenes; sabía del sometimiento de su hija, que era su respuesta al terror; sabía de la mansedumbre de Orestes, que era una bestia feliz. Cándida meditaba la compra de tierras aledañas mientras en los vecindarios su nombre se pronunciaba con respeto. Le llegó así noticia de la muerte de su padre. Poco le importó. Y sin embargo, debía tanto a esa involuntaria preñez que la había instruido en las artes de la lástima.

Cuando Elio se convirtió finalmente en un cadáver para la ley y la fecha de la boda se fijó, Orestes había cumplido quince años. La diaria tiniebla intelectual lo hacía invulnerable a la traición; entre soles monótonos servía en la casa y en el campo y no reconocía sino un solo amor: el de Febbia. Noche tras noche, desde hacía, tal vez, años, Febbia, cuyos brazos no habían vuelto a ser sujetos por cuerda alguna, abandonaba su cama y se tendía en el jergón, junto a él, y buscaba y atrapaba su sexo, y ponía una de sus manos en su boca cuando lo sospechaba cercano al esplendor, para que a la escena no faltase el silencio. Sólo Febbia sabe, pero no lo revelará, cuánto fue su esfuerzo en hacer entender a la pobre cosa que era Orestes que aquel hombre afable que ya no estaba había sido su padre y que su sangre se había derramado por oscuro designio de Cándida, y que es ley eterna  que las gotas de sangre derramadas en la tierra clamen por más sangre. A veces Febbia se sumergía en la esperanza de que una ola de entendimiento bañara las costas de la mente de Orestes sólo para comprobar que él aguardaba la llegada de la noche para ejecutar una cópula más. ¿Semanas, meses, años habrán sido los que Febbia tardó en razonar que Orestes quizás no durmiera cuando sobre la cabeza de su padre se desplomó un filo? Solos, bajo un aguacero, su madre y su hombre de visita en el pueblo, Febbia había revuelto la seca tierra junto al molino y había hallado el hacha, aún cubierta con la costra de la sangre de Elio. Con un largo beso la colocó en las toscas manos de Orestes.

A punto de consumarse el alba, Cándida y su amante duermen con placidez y no oyen los cansinos pasos de Orestes, que arrastra una pesada pieza de metal, un hacha, con la que los hará pedazos, porque ese rostro amoroso que en instantes nocturnos le susurra incompresibles palabras de amor le ha prometido que huirán y se ocultarán en las profundidades de la Italia rural para que continúe, por días sin fin, lejos del terror y la servidumbre, el nocturno esplendor, para siempre.

Hadrian Bagration