El refugio antes del alba

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Marc Chagall: La Mariée, 1950. Colección privada.

Afirman que la ceremonia se inició en el Esquilino, en Roma, junto al templo de Minerva. Exactamente un día antes de la llegada de la muerte, los amantes que han sufrido separación reciben la visita de un grupo de hombres silenciosos. Nada importa acerca de la estricta hora de la muerte que viene; el instante de la visita será siempre nocturno. Con firmeza pero de ánimo gentil, instruyen a cada miembro de la malhadada pareja, que mansamente obedece, a vestirse de acuerdo al clima y lo conducen, a través de pasajes de la ciudad que son de tránsito escaso, a una suerte de refugio, una casa de múltiples cuartos de paredes desnudas provistos sólo de un par de sillas y una mesa y una ventana por la que penetra la moribunda noche. No pocas veces varias parejas coinciden en la misma jornada, los cuartos se colman y es necesario esperar. Es en los cuartos que hombres y mujeres, que no se han visto ni tocado por años o décadas, se reencuentran; invariablemente la primera reacción, luego de la perplejidad, es tomarse de las manos, aun ancianos o aquejados por enfermedades. Tienen hasta la primera luz, les advierten, y la puerta se cierra. Nadie puede saber qué sucede dentro. Los hombres, como lobos, guardan la entrada. No se distinguen culpas, edades o sexos; las únicas condiciones son haberse amado y haberse perdido, y hallarse, al menos uno de ellos, a un día de la muerte. En Buenos Aires, el rumor asevera que el refugio antes del alba se esconde en una casona del barrio inglés, tras la avenida Alberdi, y que la calle en la que se erige lleva el antiguo nombre de la dinastía de los Antoninos. Cuando el día amenaza, los amantes son separados con la misma firmeza y del mismo modo gentil y devueltos a donde pertenecen. Horas después, uno de ellos muere. El otro no ignora que ha quedado solo, pero es tan feliz como quien partió, porque esta mitología mínima asegura que en verdad son dos los que mueren, que la muerte de uno es la muerte de ambos, y que quien permanece en la realidad es sólo un fantasma que espera, ajeno al tedio, al cansancio y a la senectud, la desintegración final.

H.B.

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