Segundas vidas de varones dolientes

Bartolomé Murillo: San Juan de Dios, 1672. Museo Municipal de Xàtiva, Valencia.

Bartolomé Murillo: San Juan de Dios, 1672. Museo Municipal de Xàtiva, Valencia.

Quiere la curiosidad que las dos historias que revelan estos párrafos hayan sucedido bajo el auspicio de la coincidencia temporal y geográfica; ese detalle reafirma la noción de que en cada época y en cada comunidad coexisten todos los tipos humanos, cuyas características más abundantes son la decadencia y la miseria; de no ser así, los hechos de obrar con justicia y venerar la belleza nos dejarían, merced a su reiteración, impávidos. Al igual que en las anécdotas anteriores, los detalles íntimos han sufrido ligera variación.

Saverio había sufrido mal nacimiento: yermo de un brazo y repleto de cojera, sólo un intelecto tenaz y en ocasiones asombroso lo había librado de la burla perpetua. Había elegido como ocupación el derecho, en el que había llegado a ser docto; de sus colegas podían esperarse pedidos de consejo y algún comentario que avariciaba admiración. Era, previsiblemente, parco y tímido con las mujeres, que no lo comprendían y le guardaban respetuosa distancia. El hábito del lupanar y el hábito del desahogo de la pena compartida lo animaban a la frecuentación de las pupilas. Saverio ignoraba una regla de hierro que rige el rústico universo de los burdeles: quien desconoce la calidad de la fauna que puebla los territorios de las casas malas cede su puesto de  cazador y se convierte, sin que medie metamorfosis aparente, en presa. Le fue presentada así una mujer de atractivo módico; las razones por las que Saverio halló en ella una epifanía nos serán siempre esquivas, aun cuando sea posible aventurar alguna: pudo ser ella o cualquier otra que se demorara unos minutos en el lecho, encendiera un cigarrillo e iniciara una charla. Tan sencillo era despertar en Saverio la alucinación del amor.

Las opiniones, nunca necesarias, son, a veces, acertadas: varias voces se alzaron recomendando a Saverio que desistiera del matrimonio. Ignoraban que para él, desandar ese sendero grisáceo y aun rigurosamente banal era renunciar a aquello que el azar había decretado para sí inalcanzable: la normalidad. Casó, tuvo hijos, no dejó de saborear el respeto de sus pares. Creyó de este modo erigir justa compensación a sus antiguas cuitas; ésta era, quizás, una temperada felicidad, pero es de recordar que para quien es o cree ser feliz, toda dicha, breve o infinita, es inmensa y de justificación redundante.

El final no fue inesperado, pero sí abrupto: la mujer anunció que se iba. Saverio, que jamás había albergado sospecha alguna, recibió ahora tardías advertencias de engaños a los que era sometido con  insolencia y con frialdad: se habló de viejas historias nunca canceladas que provenían del lupanar y también de falsos amigos. Por piedad, Saverio prefirió no creer en todo lo que se contaba. Se avino a un divorcio rápido; él, que podría haber puesto años de obstáculos entre la acción y el veredicto, y proveyó una manutención suculenta. Si antes había recalado en el hábito del burdel, lo haría ahora en el del alcohol. Pronto fue una sombra entre sombras, el derrumbe de un hombre que había fingido creer que era dichoso y que era así despojado de los pretextos para proseguir la comedia.

Pocos son los temas que abordan las tragedias, pero es uno, particularmente, el que les confiere el carácter de tales: es el momento en el que la fortuna del héroe se despeña para siempre y ya ni memoria quedará de lo que antes era. Los griegos llamaron a ese instante περιπέτεια, la peripéteia, el a veces fugaz y hasta insípido detalle que precipita la caída. En su caso fue una segunda calculada decisión de su antigua mujer: mudaría de ciudad, y se llevaría consigo a los hijos; es probable que estuviera harta de ser llamada, a sus espaldas, prostituta, o que marchara detrás de algún cómplice. Saverio intentó negociar, ofreció, imploró y finalmente dedujo que la sentencia de la mujer era inapelable; tras algunos años de tregua, como las Erinias, lo asediarían ahora la soledad, la anatomía torpe y, más gravemente aún, la oprobiosa e insistente memoria del júbilo perdido. Días después, encerrado en el baño de su bufete, ponía un arma en su boca y se disparaba. Oh, Dios, murmuró su secretaria cuando lo encontraron. Fue durante largo tiempo comidilla que el calibre del arma que había usado le había borrado el rostro. De algún modo que no nos cuesta comprender, Saverio había querido ocultarse del mundo.

Años, décadas habían sucedido, cuando un viejo conocido se encontró, frente a frente, con uno de los hijos de Saverio, ya adulto. Lo abordó sonriendo, pero el muchacho apretó el paso. El hombre, confundido, le preguntó por su madre. El joven se apresuró. Tras unos metros, sin embargo, se volvió, miró a aquel hombre, que tendría la edad de su padre, y dijo: No lo sé. Yo huyo de mi madre. Y desapareció entre la gente.

Yo estaba en el Upper East Side, en Manhattan, cenando en un restaurante demasiado oneroso, disfrutando de comida escasamente indicada para mí, cuando mi interlocutor me recordó el nombre del lugar, que he jurado no revelar. ¿Le dice algo este nombre?, preguntó. Respondí que no. Intuí que mi amigo poseía un secreto y que tenía premura por revelarlo. Me dispuse a escuchar.

“Había llegado a Buenos Aires en otoño, desde Nueva York. Días después estaba de regreso en el pueblo. Mi madre había muerto y era imprescindible que yo me ocupara de los asuntos funerarios. En el entierro, que fue menos concurrido de lo que las viejas amigas de mi  madre auguraban, me fijé en un hombre mediano, delgado, cansado, que apoyaba su cuerpo contra una pared, como si durmiera de pie. Era evidente que había sido rico y que esa riqueza había sido reemplazada por una estrechez educada y gentil. Cuando estaban a punto de retirar el ataúd, se acercó a saludarme. Sospeché de quién se trataba y le hablé en italiano. Me comprendió y se sorprendió a la vez; su sorpresa se debía a creer que ya no existía en la memoria de nadie. Como la partida del cortejo se demoraba, lo invité a sentarse; había sido un amigo cercano de mi madre en mi niñez. Cuando yo me instalaba en Europa comenzaba su desgracia. Nos sentamos a conversar. Algo le urgía a recuperar un poco de su pasado a través del diálogo.”

“Ettore (no es ése su verdadero nombre) nunca supo por qué su esposa, luego de tantos años, cerró un día la puerta de su cuarto y le hizo saber que prefería dormir sola. En su decisión no había animosidad, tan solo la férrea prohibición de volver a ser tomada por varón, aunque fuese su esposo. Ettore conversó con su hijo, que ya era hombre de entendimiento, pero además de un agudo cansancio de la vida formal y familiar que llevaba la mujer, nada se dedujo. Ettore no era hombre de urgencias eróticas: el trato con mujeres de pago lo asustaba y toda su vida, dedicada al trabajo, lo había aislado de los saberes nocturnos. No lo sorprendió (era verano, creía recordar yo) ser invitado por su secretaria a almorzar.”

“De la mujer prefiero olvidar el nombre; sólo recuerdo que era robusta, rubia, que había sido abandonada por su marido y que tenía un hijo pequeño. Ettore se dejó enamorar como quien es arrastrado por una ola hacia el mar sin fondo. Afirman que el más vil de los sentimientos, el que inaugura cualquier traición, es la lástima. El error de Ettore, si es que consentimos en considerar que cometió uno, es haberse enamorado merced a una suerte de bondad egoísta.”

“Ettore no se convirtió sólo en el amante de aquella mujer, sino en el de su familia entera: remodeló el hogar, costeó los estudios del hijo, cuidó de la salud de los padres, hasta pagó por arreglos que correspondían al vecindario. Nunca deseó saber, o quizás ya lo sabía, quién fue el delator; en su casa el teléfono sonó una vez y su esposa fue anoticiada del asunto. Ettore regresó un atardecer a su vivienda y encontró que la cerradura había sido cambiada. No protestó. Desde ese día malvivió en soledad, en un departamento alquilado con apresuramiento, alimentado por comida enlatada. Ni una sola vez su amante se rebajó a visitar su morada de soltero.”

Rembrandt van Rijn: Jeremías lamentando la destrucción de Jerusalén, 1630. Rijkmuseum, Amsterdam.

Rembrandt van Rijn: Jeremías lamentando la destrucción de Jerusalén, 1630. Rijkmuseum, Amsterdam.

“Narro una historia de tiempos que la juventud no barrunta: el divorcio era escabroso en Argentina, más aun en una familia que cultivaba el contacto con la buena sociedad. La lenta declinación de Ettore no pasaba inadvertida para nadie; ésa era una de las razones por las que todos preferían no verla. Un día enfermó malamente. Su hijo, que quizás esperaba que un acontecimiento de ese tenor iniciara la aproximación, lo trajo casi inconsciente a su casa. Su mujer aceptó el regreso bajo dos condiciones: no volverían a compartir lecho, ya era sabido, y no volvería a dirigirle la palabra. Contra toda premonición, su amante, que le había sido esquiva durante el exilio de su hogar excepto para la obtención de óbolos, se interesó por él. Exigió y obtuvo que su suma mensual se mantuviera, a cambio de nada. Cuando Ettore, ya repuesto, sugirió que al menos compartieran un cariño de superficie, su amante demandó, por la entrega de su sexo, más dinero. Ettore pagó.”

“El hijo de Ettore contrató a un investigador, que siguió a la mujer durante unos días, fotografió sus hábitos y sus procederes, y entregó un informe. Ettore observó imágenes de su amante en situaciones embarazosas con un hombre, quizás dos. Murmuró unas palabras que la excusaban, y que tenían que ver con su propia vejez y fealdad, y se recostó. Su hijo comprendió que nada más podía hacerse. La ficción de romance, en la que Ettore se presentaba en casa de su amante, era cordial y fríamente atendido, se resignaba a unas caricias raudas, abonaba y se iba se mantuvo por largo tiempo, un lustro, una década, tal vez. Supe después que su corazón falló, que sobrevivió unos años, viejo y enfermo. Su hijo cuidó de él. Tal vez su esposa se aviniera a una amistad en épocas finales. Ya ha muerto.”

Había acabado la cena. – Quisiera preguntarle algo – dije. El hombre asintió.

-¿Por qué Ettore compartiría con usted sus pesares? ¿Algo los unía?

-Mucho- dijo el hombre-. Mi madre era su amante. Mi departamento en Nueva York, y tantas otras cosas, fueron regalo suyo. Le guardo gratitud inmensa.

H.B.

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