El oráculo

Eugène Delacroix: La justicia de Trajano, 1858. Museo de Arte de Honolulu, Hawaii.

Eugène Delacroix: La justicia de Trajano, 1858. Museo de Arte de Honolulu, Hawaii.

Edward Courtney sugiere que creamos que la maravilla del Satyricon pudo haberse extendido por cientos de páginas más, que sólo ha llegado hasta nosotros una pequeña parte (no hay erudito que no consienta este milagro disfrazado de desgracia), que en algún lugar de la obra perdida un oráculo le comunica a Encolpio que en su destino habitan viajes por Egipto y el Danubio.

Concluyamos que la predicción se lleva a cabo en Crotona, en el templo de Príapo, tras el sacrificio de uno de los gansos sagrados con el que la sacerdotisa Enotea obsequia a Encolpio. Éste oye las vagas palabras que le prometen un futuro de aventura junto al Nilo y más allá de las fronteras del norte, en tierras pálidas y disimuladas. Seducido por el misterio y por la gutural voz del porvenir, Encolpio desdeña Egipto en favor de los campos bárbaros. Quizás creería que en esos dominios sin dueño él podría ser rey. Se despide de sus amantes y amigos, que tratan de retenerlo con el llanto, y se aleja para siempre. Todos quienes lo han visto y amado lentamente lo olvidan. Alcanza a cada uno la vejez y la enfermedad, y mueren. Ya nadie queda que recuerde quién ha sido Encolpio.

Un siglo después, Trajano emprende la conquista de Dacia, tras el Danubio. Doblega la fuerza de Decébalo, de quien se decía poseía el vigor de diez hombres; los ejércitos dacios son arrasados y la nobleza se suicida de a docenas. En pocos meses Dacia es una nueva provincia romana. Trajano saborea la victoria e imagina la caída de reinos de nombres impronunciables, allende Partia y Arabia, cuando sus soldados llevan ante su presencia a un hombre viejo. Es Encolpio. Trajano se asombra al oírlo hablar, con ligeras variaciones, el latín. Con la cautela de saberse frente a un trozo de la divinidad, pregunta a Encolpio quién es. Encolpio no contesta. Sólo habla de un oráculo que profetiza a los hombres un destino errabundo que sólo se interrumpirá cuando quien lo haya oído se convierta, él mismo, en un oráculo; esto sólo ocurre cuando quien forzosamente deba recibir la predicción llegue hasta él. Encolpio convirtió en oráculo a Enotea (nadie sabrá cuántos cientos o miles de años Enotea aguardó para poder ofrecer su auspicio); él, Trajano, trocará en oráculo a Encolpio. Encolpio pregunta a Trajano si desea oír lo que los años, las décadas o los siglos le reservan, porque hasta que no halle a quien deba escuchar su augurio su vida no tendrá término.  Trajano, espantado, ordena que Encolpio sea ejecutado de inmediato.

Nada detiene al idioma de los augures. Esa noche, en sueños, Trajano oye las proféticas palabras de Encolpio: conquistará Partia y Arabia y se sentará, frente al inmenso océano que no podrá abrazar, a sollozar. Pedirá ser dejado solo. Se ocultará tras unas rocas. Sus cortesanos creerán que se ha arrojado al mar. Adriano lo sucederá. Trajano aguardará, su débil llanto ahogado por el fragor de las playas del Índico, la lenta llegada de aquél que está destinado a escuchar su oráculo; aquél que, irremisible e involuntariamente, devenga su libertador.

 H.B.

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